Arte salvaje, una biografía de Jim Thompson

Julio 31st, 2014

Esta misma semana y en un artículo dedicado al cincuenta aniversario de la publicación en los Estados Unidos de Norteamérica de 1280 almas de Jim Thompson, mencionábamos la biografía que el escritor y periodista Robert Polito escribió sobre su autor bajo el título de Arte salvaje. Avisábamos entonces que apenas nos quedaban un puñado de páginas de la biografía, más se seiscientas trufadas de fotografías personales del escritor, y tarea que finalizamos esta misma mañana con gran dolor de nuestra parte.

¿Dolor?, sí, esa es la palabra exacta, dolor porque Arte salvaje es un retrato muy aproximado no solo a la vida sino también a la obra de este francotirador que quemó sus pulmones consumiendo cajetillas de Pall Mall y envenenando la sangre con litros de alcohol mientras se sentía el hombre más miserable del universo.

Arte salvaje despeja muchas de las dudas que rodean a Thompson, y se agradece la edición española de este colosal trabajo que rastrea su existencia y valora su literatura porque revela los vasos comunicantes que hubo entre una y otra. Es un ejercicio biográfico a través del cual Polito rinde justicia a un genio incomprendido en su tiempo aunque siempre tuvo la certeza de que algún día, cuando ya estuviera muerto y enterrado, se recuperaría su literatura para colocarla en el lugar que se merece.

No hace falta decir a los lectores iniciados que las más de veinte novelas que escribió Jim Thompson son en la actualidad títulos de culto. La mayoría de ellas, sobre todo las que publicó en la editorial Lion, especializadas en sacar adelante trabajos destinados a lectores con manos sucias y en la que Thompson compartió catálogo con otros célebres hombres de letras norteamericanas como David Goodis, un escritor que en vida militó también en la nómina de los despreciados.

La biografía de Polito reconstruye la vida difícil y compleja de Thompson, un autor maldito, mestizo –por sus venas corría sangre Cherokee–, tremendamente marcado por una inestable vida familiar que definió una adolescencia y juventud en la que se dedicó a vagabundear y descender a los infiernos de las más extrema pobreza.

Trabajador en pozos de petróleo, vagabundo, periodista y escritor, y hombre con fuertes convicciones de izquierda cuyo ideario trató de filtrar en algunos de sus más celebrados títulos, la gran pregunta que plantea esta absorbente biografía es cómo un tipo generoso y amable fue capaz de escribir las terribles novelas que conforma el conjunto de su obra.

Polito se mantiene al margen y deja que sean otros los que proporcionen ciertas pistas sobre esta cuestión. La mayoría coincide en que trató de exorcizar sus demonios particulares en historias protagonizadas por personajes con dobleces que aparentan ser lo que no son. Psicópatas que esconden su verdadera identidad mientras van dejando tras de sí un reguero de cadáveres.

Arte salvaje es un libro destinado a los incondicionales de Thompson, pero también podría caer en manos de aquellos lectores que continúan mirando de reojo no ya solo su obra sino el género en el que se le ubicó: la novela negra y criminal.

Resulta muy interesante, en este sentido, la reconstrucción que hace Polito de en qué consistió el proceso de creación de Thompson pero también sus tanteos, frustrados, con el cine.

Como sabrán algunos, Jim Thompson estuvo detrás de los guiones de dos de las mejores películas del cineasta Stanley Kubrick (Atraco perfecto y Senderos de gloria) aunque su relación con el director de Barry Lyndon fue de todo menos bonita. Orson Welles también acarició la posibilidad de llevar a la pantalla grande Una mujer endemoniada, pero se quedó en otro proyecto frustrado del cineasta que nos mostró la otra cara del Ciudadano Kane. La adaptación que Waletr Hill hizo de La huida (Sam Peckinpah, 1972) no tiene nada que ver con la novela, una reflexión sobre el purgatorio en la tierra, entre otras.

La vida de Jim Thompson fue una carrera contra reloj y condenada al fracaso. No le trató bien su tránsito por este valle de lágrimas, lo que explica, sugiere Polito, que el desencanto se transformara en virulento furor en sus novelas. La literatura de Thompson se convierte así como en la otra cara del escritor. El saco donde arrojar sus más amargas frustraciones. Un medio a través del cual volcar sus inquietudes y sus miedos. La rabia profunda que sentía por vivir.

Arte salvaje resulta un libro demoledor porque Jim Thompson fue un tipo característicamente autodestructivo. Parece que todo le salió mal para sacar adelante a los suyos. La falta de dinero y trabajos humillantes y alimenticios minaron poco a poco la salud de ese gigante que ahogaba sus penas en alcohol y fumando cigarrillo tras cigarrillo.

Termino de leer Arte salvaje con un sabor amargo en la boca, pero también con el entusiasmo de volver a leer los libros que a lo largo de mi existencia he ido recopilando de Jim Thompson Un escritor que hoy está perfectamente instalado en el paseo de la fama de aquellos cuya literatura es eterna.

Son muchas las sensaciones que en este momento recorren mi cabeza y mi corazón para hacer justicia, con discreta distancia, de lo que me enseñó su obra. Pero sí tengo claro que cuando caía en mis manos algún nuevo libro del autor, editado en su día en español por Bruguera, Júcar, Ediciones B, Plaza y Janés, me reencontraba con su universo.

Un universo con firma.

La firma de Jim Thompson, uno de los nuestros.

Saludos, transgresores, desde este lado del ordenador.

Marc Behm, la mirada del observador

Julio 30th, 2014

Luego vieron a la chica andando por el blanco camino, apresurándose probablemente por ir al encuentro de algún zagal en un establo. Cora la siguió lentamente, deslizándose justo a sus espaldas, pisando en el aire, ligera y dotada de alas con el arrebato de la caza. Y cuando la muchacha se dio la vuelta y vio aquella cosa horripilante que se abalanzaba sobre ella, se puso a gritar. ¡Ah, que chillido! ¡Wagneriano! Cora lo distinguía entre sus recuerdos como algo conmovedor, un crescendo de trompetas y címbalos, que la empapaban con su dulzura. Se apoderó de la muchacha y la arrojó a la fría hierba; desgarró el vestido y devoró sus hombros y su pecho. No sabía como iba a enfrentarse a aquello, pero hasta su propia torpeza resultó sublime; la hizo incluso sentir punzadas de placer.”

(La doncella de hielo, Marc Behm, colección Etiqueta Rota, Ediciones Júcar, 1988. Traducción: Jorge de Lorbar)

En la república de las letras Marc Behm continúa siendo un injusto desconocido aunque existe un puñado de seguidores que aún lo recuerda con agrado y que de tanto en tanto relee sus novelas para partirse de la risa porque Behm diseminó con habilidad un notable sentido del humor en algunas de sus historias.

Casi parece que Behm, que fue también guionista de deliciosas extravagancias como Help! (Richard Lester, 1965) y Charada (Stanley Donen, 1963), observa la vida a través de sus relatos con gruesa ironía, aunque sus dos primeras novelas, La reina de la noche y La mirada del observador, augurara otro destino a una literatura que tras la publicación de La doncella de hielo apostó por el humor.

Un humor salvaje, loco, desmadrado, aunque respetara muchas de las constantes y tropelías que ya había reflejado en sus dos primeros títulos: personajes femeninos conscientes de su sexo, casi retratados como deliciosas y excitantes mantis religiosas. Radicales vampiresas que no tienen mucho que ver con la tradicional mujer fatal porque sus protagonistas se mueven más por el instinto de la vida, aunque sean no muertos como sucede en La doncella de hielo, y una festiva y culta exaltación de los placeres.

El problema, el grave problema de Marc Behm para quienes nos sentimos miembros de la gran hermandad que configuró a su alrededor, es que dejó muy pocas novelas tras sus espaldas, seis y un puñado de relatos que publicó en su momento la Semana Negra de Gijón bajo el nombre de Aullidos. Un empeño personal de su ex director, Paco Ignacio Taibo II, confeso admirador de su obra.

Una obra rara, difícil de ubicar en un género porque Behm se servía de ellos para contar sus propias historias. Relatos que transitan casi experimentalmente por la novela de carácter negra y criminal (La mirada del observador, Un hombre al margen); la comedia, La doncella de hielo, y el erostimo travestido de nazismo en La reina de la noche, entre otras.

Es una lástima, sin embargo, que Behm no fuera traducido con el esfuerzo que se merecía al español, aunque aún con esas, se aprecia un estilo travieso que volcó en historias aparentemente excéntricas donde los hombres resultan de usar y tirar y sus mujeres personajes, la mayoría de ellos coherentes en su necesidad de caminar siempre hacia delante, aunque sus pasos solo dejen como rastro huellas con manchas de sangre.

Creo, de todas formas, que Behm se sentía particularmente cómodo con sus novelas escritas en clave de humor. En sus comedias corales pese a que vibra, ¡y cómo vibra!, en sus historias pesimistas como La mirada del observador, el relato de una fascinación. La fascinación que siente un detective, Ojo, por una mujer que está dejando tras de sí un reguero de cadáveres masculinos mientras el investigador se dedica a eliminar las pruebas del escenario del crimen, al modo de un rendido protector. De un ángel de la guardia.

Paco Ignacio Taibo II describe a Behm como un tipo simpático, tranquilo y de sonrisa triste. Otros como un  hombre extremadamente tímido, quizá porque no se acostumbró a tomarse en serio. Todos coinciden en que fue un innovador acostumbrado a romper los géneros. Una excusa, los géneros, en las novelas que dejó escrita.

El caso es que yo solo sé que no sé nada, aunque gracias a sus novelas y en particular a  La doncella de hielo, se despejan las tristezas que no son cretinismos elevado al cubo, y suelto intermitentemente la carcajada mientras la sonrisa no abandona mis labios a medida que avanzo en su ahora relectura.

Una relectura voraz, muy divertida y desinquieta, que vuelve a seguir las aventuras de tres vampiros, Brand, Tony y Cora, que planifican el gran robo de su no vida con el fin de estar en paz todas las noches que tienen por delante. Noches que serán eternas fiestas caracterizadas por un enérgico y desenfrenado hedonismo.

Es inevitable sentirse identificados con los tres protagonistas de La doncella de hielo, en especial con Cora, la doncella de hielo del título y nombre con el que la bautizó Francis Scott Fitzgerald en una de aquellas locas jaranas de los años veinte. Es una lástima, sin embargo, que Cora no vampirizara al autor de El gran Gatsby, pero hay que tener en cuenta que los tres vampiros de la novela son gente que respeta demasiado a los grandes artistas que a través de los siglos tuvieron la oportunidad de conocer mientras escondían su condición de no muertos. Unos no muerto que solo beben la sangre de aquellos a los que desprecian porque se lo merecen.

La doncella de hielo es una novela construida como una comedia en la que todo está permitido, y uno se pregunta mientras la lee cómo es que nadie se ha preocupado en llevarla al cine, porque resulta extremadamente cinematográfica, sobre todo a medida que vamos llegando a su final. Imagino a Blake Edwards, el maestro de la payada cinematográfica con películas como El guateque o la serie La pantera rosa, llevando al cine este clásico del humor grueso y negro.

No se confabularon los dioses para que esto fuera posible pero nos quedan sus novelas y un volumen de relatos cortos, Aullidos, que editó la Semana Negra de Gijón en 2008 y volumen por el que estuve detrás hasta hace apenas cuatro años, cuando charlando con el librero Paco Camarasa le pregunté cómo podía hacerme con un ejemplar. Camarasa tuvo que leer mi devoto entusiasmo porque me lo envío generosamente a casa tras regresas a su librería Negra y Criminal de Barcelona.

No pretendo saber más de Marc Behm. Me doy por satisfecho con sus historias. El mundo está hoy lo suficientemente loco, loco, loco, como para perder el tiempo esforzándote en fingir que estoy lo suficientemente bien informado. Lecciones como éstas son las que saco tras leer a un escritor de este calibre, sea o no una criatura de la noche.

Saludos, de un hombre discretamente al margen, desde este lado del ordenador.

1280 almas de Jim Thompson cumple 50 años

Julio 29th, 2014

Siguió murmurándome cosas y restregándoseme, alegando que iba ser una noche que yo no olvidaría jamás. Dije que apostaba a que ella tampoco y lo dije de veras. Porque tal y como me sentía, vacío como una flauta y con los riñones hechos polvo, me temía que no hubiera fiesta cuando llegáramos a casa de Rose. Lo que sigificaba que ella sabría que yo había estado con Amy. Lo que también significaba que podía coger la pistola que había comprado aquel mismo día y disparame en la zona culpable. Y con un recuerdo así, seguro que no me olvidaba jamás de aquella noche.

(1280 almas, colección Novela Policíaca, Editorial Bruguera, 1980. Traducción: Antonio Prometeo Moya)

Cuenta su biógrafo Robert Polito que 1280 almas fue la última gran novela que escribió Jim Thompson, autor de vida tormentosa, ahogada en alcohol, y escritor que malamente se ganó la vida con una serie de historias que tras su muerte –estas endemoniadas ironías suelen producirse habitualmente– alcanzó la categoría de grande mientras su cuerpo se disolvía bajo tierra.

Ya hablaremos de Arte salvaje, el ambicioso y más que recomendable retrato biográfico que sobre Thompson elabora Polito, pero aún nos quedan unas cuantas páginas para poner punto y final a su absorbente y documentado retrato sobre la vida y obra de un escritor que desde los años ochenta es objeto de culto así como de comparaciones francamente odiosas.

Mientras que para unos es un Céline de la literatura negra y criminal y para otros una especie de Dostoyevski de baratillo, se encuentran entusiastas que lo equiparan incluso con un Faulkner. Un Faulkner del arroyo.

No hagan caso sin embargo de ninguna de estas categorías y descubran a Thompson. Ojalá, pienso mientras escribo estas líneas, sirva este artículo para encender su interés en torno al trabajo de un peso pesado no ya dentro del género donde se le ha encajonado, sino de la literatura con todas sus letras. Ya saben, esa literatura de verdad que está escrita con la cabeza y sobre todo con las tripas.

Más de diez años separan las que, a mi juicio, son las dos obras redondas de Thompson. El asesino dentro de mi (1952) y 1280 almas (1964), novela esta última que celebra este año su cincuenta aniversario y razón que nos obliga a redactar un post que se mueve más por la rendida admiración del lector aficionado que por un análisis forzado y papanata de crítico literario. O de lo que sea, que lo mismo da.

Lo que desconcierta de 1280 almas es que cincuenta años después continúa agarrándote por el cogote y que el volumen tiemble entre tus manos porque el relato en primera persona que ofrece Nick Corey, sheriff de Pots Country, es de una virulencia extrema no apta para estómagos delicados. Una fotografía siniestra, narrada con sobresaliente tono burlón, en torno a una comunidad que su protagonista protege aparentemente aunque en verdad sea su demonio vengador.

Políticamente incorrecta para estos tiempos de fascismo dulce que vivimos, la ironía que late en cada una de las páginas de esta novela sirve de lección nihilista para enfrentarse a la realidad de todos los días. Más que ironía, y esto fue una característica de la mayoría de los personajes masculinos y femeninos de Thompson, Corey es un cínico psicópata por las circunstancias que le rodean. Siente demasiado asco de sí mismo y por lo tanto, sugiere Jim Thompson, asco por sus semejantes.

Con un personaje tallado así, lo natural sería sentir distancia pero el caso es que 1280 almas está narrada desde la perspectiva de Corey, y si bien no se está de acuerdo con lo que hace  ni comparte sus bajos instintos, digamos que el lector abrumado admite sus estrafalarias justificaciones, lo que lo convierte en un involuntario cómplice de las andanzas criminales ya que observa la realidad a través de su retorcido y estropeado punto de vista.

Como personaje, Nick Corey transmite a los pobladores de Pots Country una apariencia inofensiva y una actitud holgazana, pero esconde una inteligencia aguda que le ayuda a pergeñar sin descanso planes que le permitan ser reelegido frente a un contrincante sin trapos sucios y con principios. En su vida privada mantiene relaciones con tres mujeres muy distintas, y actúa en un entorno racista, clasista, puritano e hipócrita.

Sin embargo, cuando decide tomar atajos, la violencia no será un simple instrumento, sino una extensión de una manera de pensar y de sentir que considera inevitable en el entorno en el que le ha tocado vivir, revelándose como un psicópata muy alejado del tipo simple y anodino que pretende ser. Tampoco dudará en dejar que otros, inocentes o culpables de otros crímenes, carguen con las muertes que sus enmarañados manejos van dejando por el camino.

Novelas como ésta instalaron a Jim Thompson en el paseo de la fama de los escritores que pese a militar en las enlodadas aguas del malditismo hoy se codea con los gigantes que jamás metieron sus pezuñas en el cenagal.

Lo paradójico de su producción –irregular pero con destellos fulgurantes como 1280 almas– es que aún respira de extraordinaria buena salud. Será, pienso, porque la mayoría de sus historias más que despertar, agita conciencias.

Un fuera de serie, el viejo Jim.

En la ilustración la portada original de Pop. 1280, publicada hace cincuenta años en Golden Medal Books.

Saludos, un alma más, desde este lado del ordenador.

Mi amigo Dahmer, según Derf Backderf

Julio 28th, 2014

Si no recuerdo mal fue Javier Coma quien dijo aquello de que los colorines, los chistes, los tebeos, las historietas, los comics fue algo así como el cine para los pobres. Coma tendría que tragarse hoy estas palabras porque los colorines, los chistes, los tebeos, las historietas, los comics ya no es el cine de los pobres porque su precio es cada día más prohibitivo para los que se han acostumbrado a llevar los bolsillos con agujeros.

No, para nada es un cine de y para pobres…

He tenido la fortuna de encontrarme en los últimos meses con dos colorines, llámalo novela gráfica para quedar serio, que todavía despiertan mi fe en un arte que muchos desconocen porque, aparentemente, no resulta elevado. O bien quieren conservarlo en su memoria como un producto simpático de su remota infancia y adolescencia.

Ya comenté una de estas historias, Coches abandonados, de Tim Lane. Retrato profundo y muy oscuro sobre los Estados Unidos de Norteamérica. Una fotografía desasosegante sobre hombres y mujeres que se han soltado del timón de la vida y que vagan por carreteras secundarias sin saber donde se detendrá el coche.

La otra novela gráfica es un relato igual de demoledor, literatura con letras mayúsculas. Un mazazo directo y sin aviso a tus conmocionadas extrañas. Se titula Mi amigo Dahmer (Astiberri) y lo escribe y dibuja con grueso trazos feista Derf Backderf, quien recuerda su amistad adolescente con quien años más tarde se convertiría en el tristemente célebre Jeffrey Dahmer, el Carnicero de Milwaukee.

Mi amigo Dahmer propone un viaje a mediados de los años setenta, y en concreto a uno de esos institutos norteamericanos de los que tenemos tantas noticias por películas la mayoría de ellas olvidadas y olvidables.

Pero la historia de Backderf va cuatro pasos por delante.

Indaga en la vida privada que pudo llevar el joven Dahmer durante aquellos años. El autor recurre para ello a diversas fuentes, también relatos que le contaban sus amigos de estudios sobre aquel gigante que provocaba la risa de los demás fingiendo ataques de epilepsia. Y el perfil que reconstruye es, francamente, demoledor. El despertar de la bestia, de un tímido friqui que se perdió en el laberinto tras hacer reales sus fantasías.

El autor, Backderf, mantiene una prudente distancia con Dahmer durante todo el relato mientras se pregunta cómo los adultos no se dieron cuenta de aquel carácter que ya comenzaba a ser sospechosamente enfermizo.

Para sus amigos, o mejor conocidos del instituto, Dahmer era un bicho raro, pero un bicho raro que les hacía gracia con sus retorcidas pantomimas. El cómic incluye una fotografía de Dahmer a esa edad haciéndose el epiléptico y por mucho que tardo en observar la imagen no encuentro rasgos, una mirada, algo que revele al demonio que llevaba dentro.

Mi amigo Dahmer se plantea esta misma pregunta.

Cómo circuló entre todos ellos, jóvenes y adultos, un chico que años más tarde se transformaría en lo que se transformó.

El cómic respira mucha tristeza. Tristeza por no ayudar a Dahmer cuando lo necesitaba y tristeza por las víctimas que perdieron la vida años más tarde.

Para contar esta historia, Blackderf recurre al blanco y negro en ilustraciones muy planas en las que apenas existe la perspectiva. Un estilo que refuerza la soledad y la indiferencia del protagonista pero también la indiferencia del mundo que giraba a su alrededor. Un hombre que miró al abismo y se acomodó a la imagen que allí vio reflejada.

Mi amigo Dahmer es la historia de la juventud de su protagonista, y de su incapacidad para empatizar con los demás. Una personalidad que Derf Backderf describe fascinada por los animales muertos y mortificada por la atracción que siente ante  los hombres.

Una obra perturbadora. Extraña y siniestra.

Jeff Dahmer dijo antes de morir en la cárcel: “Éste es el gran final de una vida malgastada, y el resultado final es abrumadoramente deprimente… La historia de una vida patética, enferma y miserable, nada más”.

Es de noche cuando termino de leer este colorín, chiste, tebeo, historieta, cómic.

Y entre otras preguntas que rondan, hay una que insiste:

¿Cuándo me atreveré a leerlo otra vez?

Saludos, tras una temporada en el infierno, desde este lado del ordenador.

Érase una ven en Santa Cruz de Tenerife…

Julio 26th, 2014

El fantasma de Nelson y quien les escribe visitamos esta mañana las instalaciones del Museo Militar de Almeida donde mantuvimos una agradable conversación observando las maquetas que reproducen su frustrado ataque a la capital tinerfeña hace ya más de doscientos años. Nelson, que ya se había tomado unos vinos,  casi me obliga a reventar la vitrina donde se guarda la bandera de la Union Jack, esa misma en la que se lee Emerald, uno de los navíos británicos que participaron en la batalla.

- ¡Soy un fantasma y no puedo!.- exclamó el héroe de Trafalgar.

- Y no le parece mejor que nos tomemos una cerveza con un plato de queso amarillo.- respondí llevandómelo a la salida.

- ¡Vino!.- sentenció Nelson apresurando el paso.

Dimos un largo paseo por las inclinadas calles de Santa Cruz de Tenerife hasta llegar a la  plaza de España, donde me encontré con muchos amigos de la Asociación Histórico-Cultural del 25 de julio de 1797. Dos cañones bajo el arco de la Alameda del Duque de Santa Elena custodiaban la entrada a un campamento en el que soldados españoles y británicos vestidos de la época confraternizaban. El público se mezclaba en esa recreación que me hizo retroceder en el tiempo y a Nelson le hizo gracia. Tanta, que se llevó la mano al muñón que perdió por algún lado.

- ¡Vino!.- gritó.

Soplaba algo de brisa y nos sentamos en la terraza de una tasca donde el fantasma de Nelson además de vino se empeñó en un plato de camarones.

- Me saben a mar.- dijo bebiéndose de un trago el segundo vaso de tintorro. Cuando ya iba por el quinto se levantó y se puso a caminar como si andara por la cubierta de un barco.

- Ups.- dijo entonces llevándose la única mano a la boca.- Creo que voy a vomitar.

- No hombre, no… cómase los camarones.- le dije con mala leche.

Nelson continuaba dando eses aunque tuvo tiempo de mascullar algo así como una palabrota pero como la dijo en inglés no me di por enterado.

Al final me dio pena verlo vomitar en uno de los hitos que se han colocado recientemente por la plaza de España. Pero qué demonios, de repente se me había encendido el espíritu patriótico y pensé que si una vez le arrancamos el brazo no quedaba mal hacerlo vomitar, aunque Nelson, limpiándose la boca pidió otro vaso de vino.

Al final perdí el cálculo, pero creo que fue por el cuarenta y tantos cuando se levantó de la silla, se frotó satisfecho la barriga y dando un sonoro eructo dijo que se iba.

Lo acompañé hasta un lugar que no puedo revelar por razones de obvia discreción. Y allí se detuvo, miró a su alrededor y soltó otro eructo.

- En fin, hasta el año que viene.- dijo acariciándose el muñón.

Torpe me cuadré para saludarlo militarmente y casi se parte de la risa el fantasma de Nelson. El espectro se plegaba a un lado y al otro mientras soltaba la carcajada.

- ¡Vino, más vino!.- gritó hasta desaparecer en el aire.

En la ilustración Laurence Olivier como Horacio Nelson en Lady Hamilton (That Hamilton Woman, Alexander Korda, 1941)

Saludos, érase una vez en…, desde este lado del ordenador.

¿Dónde está el brazo?

Julio 25th, 2014

El fantasma de Horacio Nelson recorre la plaza de España de Santa Cruz de Tenerife mientras busca su brazo. Tiene vagos recuerdo que por ahí debe de estar, aunque solo le viene a la memoria la luz de los fogonazos y humo. El humo de la pólvora y los gritos de marinos y soldados, así como de civiles que portan armas y chillan.

¿Pero qué chillan?

Chacho, chacho, chacho.

El fantasma de Horacio Nelson está rodeado de autoridades civiles y militares españolas que bajo un sol de justicia inauguran unos  bloques de piedra en los que se explica dónde se situaban los antiguos castillos y el lugar en el que, presuntamente, la metralla le arrancó uno de los brazos, aunque el marino victorioso y muerto en Trafalgar no recuerda que fuera ahí donde lo perdió.

En su cabeza de hombre de mar que marea solo aparecen destellos de luces, el sonoro silbo de las balas y el chacho, chacho, chacho que le gritan los hombres que combate cuando le arrancaron el brazo.

Extraño paseo el que hace Nelson una mañana de julio de 2014. Tan extraño que es arrastrado por un grupo de turistas británicos hasta una g-g-guagua de dos pisos para recorrer las calles de la ciudad. Igual tiene suerte y encuentra el brazo, piensa cuando una vieja seca-seca y que por su acento debe ser de Plymouth, le anima a que saque fotos.

Tiembla cuando escucha el chacho, chacho, chacho… que como un mantra ahora se repite mientras se encoje de hombros ante una ciudad de costa que, paradójicamente, huye mirar de frente al mar y que estos días celebra su primera y parece que única victoria.

¿Dónde está su brazo derecho?

Tanto chacho, chacho, chacho le machaca la sudorosa cabeza.

Se limpia el sudor con un pañuelo y la misma señora de Plymouth le ofrece una botella de agua mineral sin gas mientras la g-g-guagua atraviesa una capital de provincias con sus ramblas y calles que apenas cuentan con aceras por las que puedan caminar dos personas sin que se tropiecen.

La máquina se detiene delante de un museo y una guía atractiva informa al grupo de turistas británicos de quiénes eran los guanches, ¿los chachos?, mostrándole algunas momias que no tienen mucho que ver con las del antiguo Egipto aunque son interesantes. Se detiene para  observar la de un feto. Y discretamente, se separa del grupo para continuar la búsuqeda de su brazo. Pero no hay suerte.

Abrumado por el calor, Nelson se separa de los demás mientras un pintor callejero le cuenta en inglés que maldita la hora en que no dejaron entrar a los ingleses y si quiere que le haga un retrato, pero Nelson se escabulle porque por tener, ya no tiene ni brazo ni ná.

Deambula por las calles de una ciudad aplastada por la canícula y a las puertas de un edificio que alguien dice es el Cabildo se tropieza –pero esto lo sueña– con gente que protesta por la política cultural de TEA.

Pero Nelson cuando oye TEA entiende TEA, y le apetecería tomar uno y a ser posible con un chorrito de ron. No, no hay manera de hacerse entender entre esa gente que aúlla aunque el mar está cerca.

Nelson observa la franja azul y hacia allí dirige los temblorosos pasos. Los goterones de sudor que empapan su cara caen al suelo y nota que le pica la nuca mientras lo distrae el olor mareante de un muelle donde ya no cruje la madera de los barcos.

Un marinero educado invita a que suba a la cubierta de un crucero y Nelson cree entonces oír el canto de una gaviota. Pero se trata de una falsa alarma, es un graznido lo que en verdad oye. Un chacho, chacho, chacho que lo disuelve en la nada.

Esa misma nada donde probablemente se encuentre su dichoso brazo.

Saludos, God Save the Queen!, desde este lado del ordenador.