César González-Ruano, en blanco y negro, un retrato literario de Marino Gómez-Santos

Enero 14th, 2021

La editorial sevillana Renacimiento está realizando un gran esfuerzo en recuperar materiales del pasado muy atractivos en su colección Biblioteca de la memoria. El año pasado puso en circulación César González-Ruano, en blanco y negro, escrito por el periodista Marino Gómez-Santos, un retrato muy cercano al polémico periodista y escritor madrileño que puso su pluma al servicio de una literatura periodística que sorprende todavía por su agudeza.

Personaje cuestionado por cómo se aprovechó de las circunstancia en el París ocupado, y relegado a un discreto olvido por ser un escritor de derechas y encima monárquico, la recuperación de César González-Ruano se invita a hacerla sin prejuicios ideológicos y a estudiarla por su contrastable calidad literaria.

Se recomienda por ello dejar de lado juicios políticos (los morales son otra cosa) en torno a la producción como columnista y como escritor de un personaje cuanto menos raro en el universo literario nacional. En este aspecto, el retrato que ofrece Marino González-Santos que vuelca sus recuerdo sobre quien fue su amigo y mentor durante sus primeros años como periodista en Madrid, resulta tan interesante no solo para el conocedor en la agitada vida y obra de César González-Ruano sino también en su trabajo ya que se explican aquí muchas de las constantes que marcaron no solo su devenir creativo sino también existencial.

A medio camino de la biografía aunque se escore más hacia el perfil de un personaje, estos textos que evocan una amistad en la que hay más de respeto al talento del retratado que a su vida como hombre de a pie, no caen en la hagiografía y sí en el testimonio en primera persona de alguien que lo conoció como se puede conocer a otra persona a la que se le perdona (nunca justifica) sus equivocaciones, pero lo que importa y vuelca en estos recuerdos Gómez-Santos es más el proceso creativo de César González-Ruano que su amplísimo muestrario de anécdotas.

Se cruzan en el libro otros personajes que formaron parte de una época, los cuarenta y cincuenta del pasado siglo, que nadaba entre dos aguas, la del periodismo y la literaria.

No rehuye de todas formas el autor de la obra en contar algunos de los momentos en los que presenció el chispeante pero también demoledor sentido del humor de César González-Ruano, por lo que se consigue un retrato más luminoso que de sombras en torno a un escritor y periodista que conoció la bohemia, viajó, se dejó deslumbrar en los años treinta por el embrujo nazi y fue, desde sus orígenes, una especie de decadentista francés con traducción española. Algo de hidalgo escondía también un hombre al que le acompañaron los excesos y el fácil desprecio hacia los que no formaban parte de su estrecho círculo de amistades.

La prodigiosa memoria de Marino Gómez-Santos, fallecido a la edad de 90 años en 2020, pone color a muchos de los momentos en los que anduvo al lado de González-Ruano, y hace hincapié no demasiado extenso en la amistad que mantuvo el decadente hidalgo español con uno de los toros bravos de las letras españolas, Camilo José Cela. También la tertulia que se formó en el Café Gijón, que el mismo Marino Gómez-Santos describió en un libro, y cómo se perdió ese cónclave de escritores e intelectuales por una cuestión que subió de tono. La tertulia de González-Ruano se trasladaría posteriormente al Café Teide.

Para hacerse una idea del personaje lo mejor es recurrir a la voz de Charito González-Ruano, hija del escritor, quien describe a su padre según recoge la pluma de Marino Gómez-Santos:

“Mi padre era muy vocacional. Eso lo sabe todo el mundo, ahí está su obra para demostrarlo. ¿Qué te voy a decir a ti que has vivido tan cerca de él y has tenido ocasiones de ver con qué ilusión trabajaba? Una vez me preguntó: ‘Asquerosita: ¿Has leído mi artículo de ayer? ¿Has sabido que me han dado un premio?’. La verdad es que yo entonces le hacía poco caso y se me quejaba: ‘No me admiras nada’. Un día llegó a decirme que no podía tolerar que si su mejer le decía, por ejemplo, que Eugenio Montes tenía más talento que él, le pegaría una bofetada. Ahora, que si le engañaba físicamente, no le daría mayor importancia. A veces decía cosas sorprendentes como: ‘Tú suponte que no soy tu padre… ¿Te fugarías conmigo?’. Me decía esto como en broma, pero yo le respondí: ‘No, yo no me fugaría contigo. Me gustaría más ser hija de un tendero de ultramarinos que me quisiera mucho, preferible a un hombre importante como tú a quien veo tan poco y me hace tan poco caso…’ Se enfadó. ‘No me digas esas tonterías porque te quiero muchísimo, pero es que no hemos tenido ocasión de tratarnos y ahora, de repente, me encuentro con una mujer hecha y derecha y, claro, me sorprende mucho”.

En el libro, Mariano Gómez-Santos cuenta cómo era la casa de González-Ruano y como colgaban de sus paredes algunos cuadros de Óscar Domínguez. También la relación con su esposa, la escritora Esperanza Ruiz-Crespo y la unión sentimental que mantuvo con Mary de Navascués, relatos que afortunadamente no caen en lo rosa sino que forman parte del extravagante devenir sentimental de un hombre que parece que estuvo demasiado apegado a sí mismo.

El tono resulta así entretenido y en ocasiones incluso chispeante. Madrid aparece en muchas ocasiones en estas páginas como apareció en la producción literaria y periodística de González-Ruano, uno de los venerables de la villa y corte y ciudad a la que cantó, como decía “con estrofas de percal”.

Saludos, a leer, que son dos días, desde este lado del ordenador

Basilisco, un libro de Jon Bilbao

Enero 13th, 2021

“La negrura de la niña y la de la noche se confundían. Él solo oía sus lloros, que parecían provenir de direcciones cambiantes. Consideró ir tras ella, Nadar con todas las fuerzas que le quedaban. Pero ¿hacia dónde? ¿Y conseguiría volver con su hija? Si trataba de nadar llevando a esta de remolque, era seguro que no alcanzaría a la otra niña”.

(Basilisco, Jon Bilbao. Impedimenta, 2020)

Gente de la que confío en sus criterios literarios me habían recomendado la lectura de Basilisco (Impedimenta, 2020), de Jon Bilbao. Llegué pues al libro con numerosos elogios dentro de la cabeza, algo que tiene su lado bueno, claro está pero también su lado oscuro. Oscuro porque predispone al lector a una lectura con demasiadas expectativas, de que ese libro, en concreto Basilisco, iba a gustar porque quienes aconsejaron su lectura son tipos de los que uno se fía aunque no coincidamos, exactamente, en modos de vida ni en gustos literarios.

Inicié pues la lectura de Basilisco con entusiasmo y el entusiasmo me acompañó a lo largo de más de la mitad del libro, sobre todo porque desde el principio se entra en el juego literario que propone Bilbao y también porque se es consciente que más que novela, las distintas historias que se cruzan en el libro funcionan como cuentos y no como una sola e indivisible unidad narrativa.

Uno de esos cuentos, además, se trata de un western metafísico que respeta dentro de sus posibilidades los cánones que han hecho popular al género, sobre todo en el cine. Se aprecia así en Jon Bilbao grandes lagunas de lo que oferta el western como género literario, género que por otra parte está repleto de obras maestras. El escritor vasco prefiere optar por lo metafísico, lo que trasciende a personajes y paisajes (los grandes espacios abiertos) entroncando una parte de su relato con el horror con cierto aliento cósmico que le imprimió Ambrose Bierce en muchos de sus cuentos y, más recientemente, esa especie de metáfora sobre el mal que describen entre otros escritores norteamericanos E.L. Doctorow y Cormac McCarthy, en especial este último en su celebrada Meridiano de sangre que sigue siendo una de las grandes novelas del escritor.

La otra, u otras historias que narra Jon Bilbao nos sitúan en el presente y en ellas aparece un escritor vasco que busca espacio para escribir, lo que erosiona sus relaciones familiares. Hay otros textos dentro de esta ambiciosa ficción pero, desgraciadamente, no terminan de tener un acabado que convenza al menos a quien les escribe, aunque sí que ha convencido mayoritariamente a la crítica literaria de este país que ha encontrado en el libro situaciones que no he encontrado, y eso que me preocupé por revisar una y otra vez una obra que se anuncia como de lo mejorcito de ese año, el 2020, en el que vivimos peligrosamente.

Se reconoce de todas maneras la notable capacidad narrativa que tiene Bilbao, que es uno de esos autores que, pese a que cuente algo que no interesa, está escribe tan bien que se lee de arriba-abajo sin que molesten demasiado las reiteraciones y algún que otro impedimento. Obstáculos involuntarios que asaltan y no allanan el camino durante su lectura. Me sigue pareciendo por ello muy apresurado que Iván Repila asegure en una reseña publicada en El Cultural que Jon Bilbao “supera a los maestros norteamericanos del género por su sutiliza, profundidad y talento” porque no es verdad. Quizá recuerde, lo que no quiere decir que “supere” a Stephen King y su ciclo de novelas sobre la Torre Oscura, que es su peculiar y, más que complejo confuso, universo western fantástico al que le dedicó varias novelas pero no, por supuesto, a ese western metafísico en el que también se mueve el primer Doctorow con El hombre malo de Bodie, retitulada Cómo todo acabó y volvió a comenzar o el Cormac McCarthy de Meridiano de sangre. Cualquier comparación en este sentido es mentira, farsa publicitaria, propaganda engañosa de un libro, Basilisco, que no evoca lo mejor de las novelas anteriormente citadas.

No, flaco favor se le hace a la obra. Una obra que se mueve mejor cuando zigzaguea en tiempo presente que cuando se sumerge en un western con ramalazos fantásticos que se confunde con la otra realidad que presenta el escritor en su Basilisco, un texto que en definitiva peca de ambicioso, sí, pero que flaquea precisamente por ser tan ambicioso.

No he leído otros trabajos de Jon Bilbao pero se trata, leo en reseñas, de un escritor que se mueve mejor en el territorio de los cuentos que en el de la novela. De hecho, Basilisco podría entenderse como una novela aunque no lo sea. Está estructurada, ya se dijo, en historias que están interconectadas pero que no siguen el patrón común que se entiende como novela. Que alguien quiera decir que lo es no significa, sin embargo que lo sea, y Basilisco no lo es por mucho que se empeñen críticos y algún lector despistado.

Dicho esto ¿merece la pena gastar parte de su tiempo y paciencia leyendo un libro como Basilisco? Diría que no pero es, como se dice, una cuestión de opiniones.

Saludos, soooo, caballo, desde este lado del ordenador

Guanches, un libro de Antonio Tejera Gaspar

Enero 12th, 2021

En el imaginario canario los guanches siguen ocupando un espacio privilegiado precisamente porque habitan en un territorio propicio para la leyenda. Para muchos, representan al buen salvaje que fue aniquilado por una fuerza exterior y poderosísima; para otros, se produjo un mestizaje entre invasores y primeros pobladores y un poco más allá están los que creen sin fundamento científico que los guanches constituyen un pueblo con orígenes remotos, algo emparentados con los antiguos egipcios por su costumbre de momificar a los muertos y gente, eso casi siempre, libre que desarrollaron una forma de vida en unas islas por aquel entonces paradisíacas, con bosques que terminaban en la misma orilla de la playa y por la que fluían en sus escarpados barrancos manantiales de agua fresca.

Afortunadamente la historiografía sobre el pasado de los primeros pobladores de Canarias ha ido despejando mitos y leyendas para ofrecer un retrato lo más aproximado posible a quiénes fueron realmente los guanches. Se emplea guanches en este artículo para representar a todas las poblaciones que se desarrollaron en las islas antes de la conquista aunque en el libro que nos ocupa y que lleva por título precisamente Guanches (LeCanarien, 2020), del catedrático de Arqueología de la Universidad de La Laguna y Premio Canarias de Patrimonio Histórico, Antonio Tejera Gaspar, se centra específicamente en los que habitaron la isla de Tenerife, pueblo que por ser el último en someterse su denominación ha trascendido por encima de los que habitaban las otras seis islas restantes.

Guanches nace como otros libros del profesor Antonio Tejera Gaspar para aproximar al lector de la calle lo que se conoce hasta ahora de los guanches. El libro tiene un agradecido sentido orientativo y sobre todo divulgador, lo que hace que lo que cuenta resulte comprensible para lectores profanos. Esta línea discursiva no empalidece el rigor para narrar lo que se sabe de los primeros pobladores de la isla de Tenerife por lo que en conjunto su lectura resulta amena y muy instructiva, lo que hace pensar que quienes lo disfruten (porque se trata de una obra que además de enseñar está escrita para lograr el disfrute del lector) conocerán mucho mejor quiénes fueron y cuáles eran sus costumbres, religión y sistema social.

El volumen viene acompañado de una serie de ilustraciones que firma Roberto F. Perdomo que apoyan gráficamente algunos de los momentos que aborda Antonio Tejera en una obra que, se insiste, es objetivamente divulgativa y en la que el especialista se ha esforzado por contar con un lenguaje llano y poco o nada académico la historia de los guanches, ese pueblo que, según la canción, acabó en la Historia para vivir en la Leyenda.

Se agradece y mucho el trabajo que ha realizado el catedrático de Arqueología de la Universidad de La Laguna, sobre todo porque es una voz autorizada para narrar quiénes fueron los guanches con un lenguaje cercano, que entienda toda clase de lectores. Lejos del aparato técnico que acompaña otras obras, en especial las que forman parte del universo universitario.

Ya escribimos en cierta ocasión la necesidad que se tiene de que la Historia con mayúscula se explique a los no iniciados con palabras que todos entendamos. Que huya de tecnicismos para que su alcance sea si no masivo sí al menos superior al del círculo académico. No es un trabajo sencillo, primero porque el historiador no tiene necesariamente que conocer las herramientas del lenguaje para hacerlo cercano al lector pero si se esfuerza, y ese es el caso de Antonio Tejera Gaspar –y a otros títulos de su nutrida bibliografía me remito– se consigue. Y ese consigue logra además que “nuestra” Historia, el remoto pasado de unas islas que cuenta con pasado antes de la llegada de los conquistadores, se difunda entre los interesados y que estos despierten similar interés en otros futuros interesados. Historiadores y escritores con todas sus letras como Antonio Tejera Gaspar alcanzan ese objetivo al mismo tiempo que adentran al lector en un mundo fascinante que, al mismo tiempo, proporciona una visión con sustancia de un pueblo que continúa enquistado en el imaginario del canario.

El libro está estructurado en doce capítulos que ofrecen un variado y completo abanico que aproxima al interesado a conocer quiénes fueron los guanches. Cuando se inicia la aventura de su lectura se le informa sobre las distintas y en ocasiones contradictorias investigaciones que se han realizado hasta la fecha sobre los guanches y continúa estudiando el origen de ese pueblo, quizá uno de los más interesantes para el desconocedor de, entre otros misterios, de dónde procedían y qué hablaban los primeros pobladores de Tenerife. Guanches se detiene también en estudiar los tres nombres de la isla (Ninguaria-Nivaria, Tenerife y Chinet-Achineche); las manifestaciones rupestres que reflejan los grabados en piedra; Tenerife, isla de los guanches para analizar también su ganadería, cómo vivían en cuevas y cabañas; su sociedad –a mi juicio otros de los capítulos que llamarán la atención porque los guanches, como hombres que fueron, fueron muchas cosas menos salvajes–; la organización política de la isla en nueve menceyatos, la religión, las enfermedades que padecían y, por último, la muerte, en el que se hace especial hincapié en el conocimiento que tenían de la momificación.

Como se dijo al principio, Guanches da lo que promete, una información sucinta pero rigurosa de los primeros pobladores de la isla narrado para toda clase de públicos. Una tarea nada fácil sobre todo porque para lograrlo hace falta, además de conocimientos, capacidad para transmitirlo.

Saludos, ahul, desde este lado del ordenador

Élmer Mendoza: “Nací y crecí en una región donde no temen a las balas ni al coronavirus”

Enero 11th, 2021

Estaba previsto que en la primavera del año pasado el padre de la narcoliteratura Élmer Mendoza (Culiacán, Sinaloa, 1949) visitara la capital tinerfeña pero, desafortunadamente, la pandemia lo obligó a quedarse en casa y que se suspendieran las actividades previstas en la V edición del Festival Tenerife Noir que se retomaron en diciembre de 2020 coincidiendo con la Feria del Libro que, por igual motivo, retrasó para ese mismo mes su programación.

Esta entrevista recoge solo una parte de la larga conversación que se mantuvo con el creador de Edgar Zurdo Mendieta a través de las redes sociales, una charla que se pudo seguir en vivo en la página de Facebook de Tenerife Noir y en la que Élmer Mendoza derramó toneladas de generosidad al mismo tiempo que agradecía el premio que le concedió este Festival en reconocimiento “a toda su trayectoria literaria”.

Élmer Mendoza además de escritor es catedrático de Literatura en la Universidad Autónoma de Sinaloa y es miembro correspondiente de la la Academia Mexicana de la Lengua. Creador de Edgar Zurdo Mendieta, detective de la Policía Ministerial del Estado en Culiacán, Sinaloa, al que ha dedicado hasta la fecha cinco novelas, trabaja en la actualidad en una nueva novela donde abandona el policíaco por la ciencia ficción.

- ¿Cómo aguantan los mexicanos la pandemia?

“Muy difícil, lo estamos pasando con las uñas. El gobierno miente y oculta datos, ha politizado la pandemia y como cuenta con muchos seguidores sigue las actitudes del presidente que no usa mascarilla. En mi región igual. Nací y crecí en una región muy temeraria, no temen a las balas ni al coronavirus pero ya vamos por unos cuatro mil muertos y eso genera un estado de reflexión en relación a lo que está ocurriendo que es muy grave. Hay que cuidarse. Desde el inicio de la pandemia familiares y amigos hemos iniciado una campaña para orientar y pedir a la ciudadanía que se cuide y siga todos los protocolos porque alguien tenía que hacerlo”.

- ¿Es la pandemia buen material literario?

“Hace unos cincuenta años quería ser escritor de ciencia ficción y escribí unas medias novelas pero no funcionaron. Ahora estoy trabajando en una que transcurre en 2052 y que se desarrolla en un mundo que ha tenido millones de muertos tras una pandemia. Solo quedan los más jóvenes y algunos de ellos están infectados aunque se han desarrollado curas. Son jóvenes marcados porque pertenecen a una sociedad de huérfanos y como la pandemia que sufren trae mucha angustia, se ha creado una droga capaz de volverlos felices así que, como ve, rápidamente me monté en la coyuntura”.

- ¿Transcurre la historia en México?

“Utilizo otros nombres pero por el lenguaje y algunas expresiones será fácilmente identificado con el norte de México”.

- A usted se le considera el padre de la narcoliteratura pero también como el de la literatura norteña. ¿Con cuál de estas etiquetas se siente más cómodo?

“Curiosamente ha prevalecido la de narcoliteratura y me gusta y eso que cuando se la inventaron lo hicieron para molestarme pero tengo la piel muy dura. La narcoliteratura se ha convertido en un referente académico y abrió otra opción a estudios literarios. Todos los años, de hecho, se publican uno o dos libros sobre la narcoliteratura. El concepto de literatura del norte no ha desaparecido pero México es un país centralista y era difícil que se mantuviera pero lo conseguimos. No solo yo sino un grupo de escritores que hace una literatura muy potente que le ha dado personalidad literaria a una región que tiene sus características particulares: los problemas de la frontera, el narco, la trata de blanca. Hay cantidad de delitos que transcurren en la frontera y sobre la dicotomía entre los que viven en México pero trabajan en Norteamérica y los que viven en Norteamérica y trabajan en México. Es decir, se trata de un universo entero. En los tres mil kilómetros de frontera hay partes que son desierto pero también hay ciudades y muchas leyendas y mitos como aquel que dice que hace años mexicanos y norteamericanos jugaban al voleibol en la raya que divide ambas fronteras, así como los corridos que, curiosamente, los cantan intérpretes que viven al otro lado como Los Tigres del Norte. Es un universo, y con este universo hacemos literatura”.

-¿Hasta que punto ha sido importante el narcocorrido para forjar una mitología del narco?

“Creo que mucho. El corrido que se canta es una derivación porque el corrido es nuestra música, una música que viene del XIX. Dicen que el primer narcocorrido data de 1936 pero no lo conozco. En los sesenta sí que aparece el más importante, Contrabando y traición, de Los Tigres del Norte, que canta la historia de Camelia la texana. Ese fue el momento en que tomó fuerza y se definió como el corrido del narcotráfico. A partir de ahí es cuando los corridos anteriores se volvieron a grabar y aparecieron los grandes personajes del narcotráfico en las canciones”.

-A los 28 años deja su trabajo y se dedica a la literatura.

“Cuando era joven me fui a estudiar Ingeniería Electrónica a ciudad de México pero regresé a mi ciudad en 1969, donde comencé a trabajar en una planta que hacía cinescopios de televisión a color que apenas se habían inventado. Yo era lector y siempre escribía cosas pero no para convertirme en un escritor en serio”.

-¿Qué tipo de historias escribía?

“ Se trataban de una especie de crónicas pero ya tenía dentro el gen de escribir. Me duermo muy temprano –crecí en el campo– y una noche, tras salir del trabajo como ingeniero, me la pasé escribiendo. Unas cien páginas hasta que llegó el amanecer y me pregunté qué me había pasado y dije: voy a ser escritor, fue como una epifanía y me pregunté: ¿qué necesito para ser escritor?, y yo mismo me respondí que estudiar literatura. Fui a estudiar a la Universidad Autónoma de Sinaloa, en Mazatlán, la carrera de Letras Hispánicas y accedí al universo de la literatura desde la academia. Comencé entonces a escribir con mucha formalidad y dejé mi empleo de ingeniero para trabajar en otras cosas y hasta aquí.”

- ¿Qué le llevó al género negro?

“En la facultad de literatura la tendencia no era esa, leíamos a los del boom. Fue en un seminario de literatura inglesa donde descubrí a James Joyce pero también y en serio a Shakespeare. Me di cuenta que las tragedias de Shakespeare contienen un delito muy grave. De todas formas yo ya era desde chico lector, lector de las novelas de vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía, cómics, casi todos policíacos hasta que, en algún momento, me hice lector de Julio Verne y de novelas policíacas de escritores norteamericanos. Creo que llegué a leer a Hammett, Chandler y Cain. También a Bradbury. Para mi formación también fue muy importante la lectura de Dumas, El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros. A partir de ahí tuve un territorio emocional que me pertenecía y que podía alimentar con ciertas lecturas. De hecho, cuando leí el Quijote a los catorce años de edad me dolía que el héroe siempre perdiera. Creo que todo eso hizo que me definiera primero como un autor de ciencia ficción pero como resultó un fracaso al comenzar a trabajar sobre la violencia sentí otra cosa. Escribí cuatro novelas que destruí hasta que un día me dije que todo iba en serio y me puse a pensar en crear a un detective. Había abrevado en muchos autores y escribí Un asesino solitario, que fue con la que entré en Tusquets, mi primera casa editorial, y me di cuenta que ellos creían que había escrito una novela policíaca que era narco pero la policíaca es Balas de plata y la narco El amante de Janis Joplin. Diseñé al detective, cómo iba a ser su pelo, los zapatos, el vestuario, sus interioridades, de quién iba a estar rodeado, cómo iba a ser su equipo, sus defectos y virtudes para escapar de la idea de que en México no se podía escribir novelas policíacas porque nuestra policía era muy corrupta pero en literatura se puede escribir de cualquier cosa. Hace unos cuatro años la secretaria de Seguridad Federal me invitó a dar una conferencia a 150 detectives y pregunté a mi anfitrión que no me podía explicar aquella invitación y me respondió que mi personaje de ficción tenía mucho parecido con los detectives reales”.

- Entonces Edgar Zurdo Mendieta es fruto de su imaginación?

“Estrictamente no porque lo tomé de otros detectives, de Marlowe, Wallander, Carvalho, Mandrake y mucho de James Bond, que es el personaje más irónico de la ficción y forma parte de la cultura del Reino Unido. Tomé de todos ellos algo pero también de dos policías reales. A los dos ya los han matado, uno era muy honrado y el otro un bandido pero los dos hacían su trabajo y eran de mi barrio, mis amigos”.

-Sus novelas son muy violentas.

“La novela policíaca latinoamericana y creo que también la europea no puede ser un paseo porque en la realidad hay violencia. Desgraciadamente pertenecemos a una sociedad descompuesta que ha generado una serie de delincuentes que tienen que ver con la época, los sueños y deseos, la política, la corrupción y todas las circunstancias particulares que vivimos como sociedad. En México la violencia es una cosa cotidiana pero a la que no se acostumbra uno. Leonardo Sciacia decía que los herederos de los capos que él trabajaba iban a ser muy violentos y así pasó en México con una nueva generación, los otros tenían una cierta ética criminal. La industria del armamento es increíble como ha mejorado y eso ha contribuido al universo de la violencia tanto como la desigualdad social que se vive en la región de América Latina y que en México es muy acusada. Si el narco fue una actividad un tanto romántica en el pasado se ha convertido ahora en un foco de violencia muy fuerte y por eso la literatura no puede ignorar ese estado de irrespeto por las leyes”.

-Y en este escenario ¿qué papel tiene la mujer?

“Las mujeres no quedan fuera porque son mayoría y en mi región hay mujeres muy metidas en el mundo del narco, como Sandra, la reina del Pacífico y tengo registro de una, La Jefa, que era muy violenta así que a la hora de crear un personaje como Samantha Valdés, tomé de todas ellas un poco su estilo de mandar a un grupo de varones que se dedican a llevar cannabis a Fénix y después cocaína cuando aparecen los colombianos”.

-Una de las características de su literatura es la atención que presta al lenguaje, la mezcla de diálogos con el texto narrativo, el uso de la forma de hablar norteña…

“Cuando estaba en la facultad mi maestro era joyciano y nos dijo que Joyce había creado un sistema para contar que no había sido superado y le dije que yo lo iba a superar. Mis maestros en el género negro fueron siempre los libros y un escritor, Fernando del Paso, que fue un lector compulsivo de novela policiaca y que escribió una, Linda 67. Historia de un crimen, pero yo quería contarlas de manera diferente. Otro de mis maestros manejaba el concepto de voluntad de estilo y le entregué uno de mis relatos y me dijo que tenía esa voluntad de estilo de la que hablaba por lo que cuando me senté a escribir Balas de plata y concebí a Edgar Zurdo Mendieta tuve una mezcla de opiniones porque lo que quería era que quedara bien. Contaba ya entonces con la educación del desperdicio, había destruido cuatro novelas porque escribir una novela es una búsqueda real y efectiva. Descubrí entonces a Saramago, que desarrolló ese estilo, y en Un asesino solitario lo utilicé y a partir de entonces aparece en todas mis novelas. En cuanto a la técnica, tiene algo de Cormac McCarthy que mezclo con lo que aprendí de Saramago. Tengo derecho a jugar”.

-Sus dos últimos libros publicados, No todos los besos son diferentes y La cuarta pregunta van dirigidos al público juvenil. En La cuarta pregunta recupera además a Capi Garay, que aparece ahora en la segunda entrega de lo que ha anunciado será una trilogía.

“Mis sobrinas que tienen 19 años dicen que mis novelas suelen ser juveniles pero no para todos ya que tienen que ser lectores a los que les gusten las aventuras. Soy un escritor fiel al desarrollo de la personalidad del personaje así que el discurso no es igual en las novelas de el Zurdo Mendieta que en las otras que escribo. Es otro registro, más vivaz y con una dinámica diferente porque en éstas últimas no hay pistas falsas que es lo principal que las diferencia de las novelas policíacas. Los gringos la definen cono literatura para jóvenes adultos o adultos que se sienten jóvenes. Si no me equivoco estas novelas no han llegado a España, La cuarta pregunta iba a hacerlo pero la pandemia se atravesó”.

-¿Cuál es el origen de Todos los besos no son iguales?

“El origen de Todos los besos no son iguales fue un acuerdo al que llegué con otros cuatro escritores, tres escritoras y un varón, para sacar adelante una novela breve cada uno y publicarla pero no fue posible así que cada cual lo hizo por su cuenta. Me fijé en lo que hacía Andrzej Sapkowski, que es un autor polaco que trabaja la literatura infantil tradicional pero por el lado terrible y al que conocí la única vez que asistí a la Semana Negra de Gijón y me dije que haría lo mismo que Sapkowski solo que con La bella durmiente pero tuve muchos problemas y tardé casi ocho años en escribirla ya que era otro registro que no conseguí dominar hasta que fui encontrando las palabras y la historia que tenía que desarrollar. Creo que la novela ha gustado mucho a los jóvenes”.

- ¿Y Capi Garay?

La cuarta pregunta es la segunda entrega de una trilogía que protagoniza Capi Garay. La novela transcurre en el desierto –otro universo– que atraviesan cinco jóvenes montados en un jeep commander y que viven una serie de aventuras fantásticas, con portales del tiempo y tormentas. El grupo busca una ciudad mítica que en el pasado buscaron también los española, Cibola y Quibiria, para encontrar un tesoro que no es para ellos sino para construir un templo católico en un barrio muy bravo de Culiacán. La novela comienza cuando el sacerdote tiene una revelación para rescatar ese tesoro e involucra en la aventura a Capi Garay”.

- Una de las características de sus libros es que cuentan con banda sonora. El rock está muy presente en sus novelas.

“La música es muy importante en mis novelas. Al principio fue como un juego y es probable que lo tomara de Chandler y Hammett ya que suena jazz en sus historias. En El efecto tequila la música no podía ser circunstancial sino parte del discurso, que las canciones significaran momentos específicos que los personajes están viviendo. Esa estética de la música la he continuado después, sobre todo para enriquecer los momentos que viven los personajes, y sirve de orientación al lector porque hay canciones que recuerdan. Es una manera de conectar con ellos. Cuando estoy escribiendo una novela selecciono las canciones y unas sirven y otras no aunque a veces me arriesgo”.

-¿Se inspira en la realidad cuando escribe?

“Todo surge de mi imaginación que se alimenta de lo que ocurre en la ciudad y en mi país. En mis novelas parto de unos delitos que, citando al mundo del hampa, si fueran exactamente reales resultarían muy perjudicial para mi salud. Por eso me invento universos paralelos donde el delito lo identifican los lectores como algo que está pasando o que podría pasar pero en sentido estricto nunca digo voy a contar algo sobre esto sino que intento narrar lo que me impacta y penetra en mi cerebro y que convierto en algo con lo que puedo trabajar para crear una novela que luego desarrollo con mucha paciencia”.

-¿Sabe si los narcotraficantes leen a Elmer Mendoza?

“Solo tengo un testimonio pero me consta que entre ellos recomiendan algunos de mis libros. He firmado varios a un capo mediano que vive en los Estados Unidos. Lo conocí cuando era todavía un niño y probablemente lo convertí en lector porque le regalaba libros en aquel entonces. No supe hasta mucho tiempo después que ahora se dedica a esto, me quedé muy sorprendido cuando le pregunté a la persona que me llevó el libro para que se lo firmara a qué se dedicaba aunque antes de que me respondiera pensé ‘no me lo digas’”.

- ¿Qué le parece las incursiones que tanto el norteamericano Don Winslow como el español Arturo Pérez Reverte han realizado en la literatura del narcotráfico con la trilogía de El poder del perro y La reina del sur?

“Tengo la fortuna de contar con la amistad de los dos. Conversamos sobre los procesos creativos y los universos que son posibles de narrar. Tanto Winslow como Reverte son excelentes escritores y siempre que nos vemos celebramos la vida. Me atrevo a incluir, junto a ellos dos, un tercer nombre: Cormac McCarthy ya que tiene su trilogía de la frontera que si bien no son delitos específicos sí que tienen que ver con el narcotráfico. No es país para viejos es una novela sobre narcotráfico y está extraordinariamente escrita. McCarthy vive en Texas, cerca de la frontera, y tiene una percepción de cómo es el espacio fronterizo de dos países que comparten un montón de cosas, entre otras, el universo del delito que es una de las fuentes de Winslow mientras que Arturo Pérez Reverte en La reina del sur escribe una extraordinaria historia que protagoniza un personaje femenino que me encanta y que no tiene nada que ver con la actriz Kate del Castillo, la protagonista de la serie que inspira su novela. La Teresa Mendoza que describe Arturo Pérez Reverte supo captar muy bien la esencia de las mujeres norteñas que son mujeres muy temerarias pero que también saben esperar”.

Saludos, aquí, varado, desde este lado del ordenador

Como polvo al viento, una novela de Leonardo Padura

Enero 5th, 2021

El universo literario de Leonardo Padura gira sobre mismos temas. Estos temas se han convertido de hecho en constantes de un escritor que casi siempre suele plantearse esas preguntas en sus obras. La amistad y el exilio se encuentran entre las claves a las que da prioridad en su ya respetable bibliografía, y en las que incide de una u otra manera en la saga que protagoniza Mario Conde, primero policía y ahora investigador privado cuando sus libros se lo permiten, como en otras novelas donde el peso de la Historia, y de la Historia de Cuba, juega un importante papel protagonista. Esta insistencia, volver una y otra vez a asuntos que han dejado profunda huella en su memoria como escritor, regresan con más intensidad si cabe en Como polvo en el viento (Tusquets, 2020), una de sus obras más ambiciosas no solo por la variedad de temáticas que abarca sino por el número de páginas, más de seiscientas, con las que ha contado para narrar una historia que son a la vez muchas historias.

Como polvo en el viento es una novela coral con la que el escritor más que rendir homenaje se ha dispuesto a contar las riquezas y penurias de una generación de cubanos, la misma a la que él pertenece y que por lo tanto conoce muy bien, que crecieron y fueron mimados en el seno de una revolución, la castrista, que terminó por devorarlos.

La novela compara su proceso de disolución, sobre todo cuando varios miembros del Clan que así se hace llamar el grupo de amigos emigran a Norteamérica, España, Francia y Puerto Rico no por ser sujetos acosados por el sistema sino porque no tienen expectativas de futuro en su país. Tampoco demasiado para llevarse a la boca. Hay que buscarse todos los días la vida para tener algo en la mesa. Esta es la idea principal que mueve a estos hombres ahora exiliados a marcharse aunque uno de ellos, Elisa, desaparecerá literalmente de sus vidas por un asunto que solo al final se aclarará al lector y no a la mayoría de los compañeros que compartieron alegrías y tristezas cuando vivían en La Habana, la hermosa pero erosionada capital cubana.

La novela, que toma su título de la canción de Kansas, probablemente sea una de las más ambiciosas de Leonardo Padura ya que intenta radiografiar no solo a su generación sino a la de sus hijos, gente esta última que tiene las cosas mucho más claras que la de sus padres. El socialismo castrista que gestiona el país ha evolucionado también con el devenir de los años y estos cambios, muchos de los cuales han sido profundos, han marcado a hombres y mujeres. A unos, obligándoles a asumir contradicciones que antaño no se hubieran tolerado, a los otros, a intentar encontrar una misión, un objeto, en un realismo socialista en el que se han acostumbrado a vivir. Hay más dilemas de carácter moral planeando por esta novela pero digamos que el fundamental es la mirada que una generación y otra tienen sobre sus respectivos pasado, presente y, lo que es más importante, futuro. Un futuro que solo puede ser posible si se sale de la isla. Antes, en los días gloriosos del proceso revolucionario, un anatema. Hoy, en plena decadencia del mismo, una solución.

Como en otras novelas de Leonardo Padura la política más que presente dibuja el marco histórico en el que se desenvuelven sus personajes. De los años 80 hasta un poco menos de lo que llevamos de agitado y extraño siglo XXI. En este sentido y siempre como telón de fondo, se menciona que Barak Obama ha sido nombrado presidente de Norteamérica y que anuncia importantes cambios en su política hacia Cuba. Es un apunte esperanzador en una novela que descansa sobre todo en la esperanza. La esperanza del reencuentro con los amigos que se fueron, la esperanza por conocer a los nietos que han nacido en el extranjero, la esperanza de que todo cambie para mejor siempre y cuando se mantenga férrea la amistad que unió y que pese a la distancia aún une a los protagonistas veteranos de un libro que, se reitera, es uno de los más comprometidos del escritor cubano.

Este compromiso resulta sin embargo uno de los principales lastres de la novela. También un número de páginas que hace que se ralenticen las emociones y las situaciones que se describen en cada uno de sus capítulos. Capítulos cada uno de ellos en los que se cuenta la vida de los miembros del Clan, los que se fueron y los que se quedaron. El secreto que une el seguimiento de la novela no termina tampoco de ser demasiado sorprendente aunque se reconoce el titánico esfuerzo que ha realizado Leonardo Padura para mostrar su visión de una isla a través de un amplio abanico de protagonistas. Todos ellos bastante bien definidos aunque unos resultan mejor acabados que otros.

La novela incide también en la mayoría de los tópicos en los que cae la literatura de amigos: amor y peleas entre ellos incluido. Pero no se debe de juzgar con severidad ya que la misma existencia marca los conflictos que nos acerca o aleja de los demás. Sobre todo si se refiere a amigos que marcaron nuestra juventud. El paso del tiempo, la soledad, el reencuentro son otros de los temas que explora Leonardo Padura, un escritor que no ha perdido afortunadamente músculo para mostrar la realidad cubana ni a morderse la lengua cuando tiene que criticar modos y actitudes que se han impuesto en la isla. Esto y no otra cosa, es lo que pone de manifiesto que lo mejor que nos puede pasar es estar rodeado de amigos, amigos que como el Clan son casi familia pese a la distancia. Y que la realidad de la vida es que amistades fraternas y amores a la luz de las velas quedarán, con el paso de los años como polvo en el viento.

Saludos, leer, leer, leer, desde este lado del ordenador

Reaparecen las ‘memorias sin importancia’ de Maud Westerdahl

Enero 4th, 2021

Los amigos e iniciados en Maud Westerdahl (Limoges, 4 de enero de 1921-Madrid, 13 de noviembre de 1991) conocían su existencia pero son muy pocos aún los que han tenido acceso a sus recuerdos dispersos. Recuerdos que la artista dejó escritos entre 1989 y 1990 con el título de Mémoires sans importance y que dedica a su hijo: “Pour toi Hugo, mon fils intelligent…

La reaparición de las memorias –al parecer escribió dos cuadernos, uno en francés y otro en español en el que reproduce más o menos similares vivencias– coincidirá el año próximo con el centenario del nacimiento de Madeleine Annette Bonneaud (4 de enero de 1921, Limoges, Francia – Madrid, 13 de noviembre de 1991) una mujer que estuvo muy vinculada a Canarias a través de dos hombres: Óscar Domínguez y Eduardo Westerdahl, que se convirtieron en su primer y segundo marido, respectivamente.

Memorias sin importancia busca de momento un editor para servir de complemento a los actos que rendirán reconocimiento a la labor de una mujer que no resultó indiferente a nadie. En este cuaderno, la especialista en esmaltes y crítica de arte rememora su infancia y adolescencia en Francia, también su primera juventud cuando el país fue invadido por las tropas alemanas los primeros años de la II Guerra Mundial. Por causa del conflicto, su padre, Arsènne Theódore Bonneaud, sería detenido y asesinado por los nazis.

Fruto de aquel matrimonio nacieron tres hijas, una de las cuales fallecería (Jeanne), quedando solo dos hermanas: Odile y Maud. Los recuerdos que desgrana en estas memorias hasta el momento inéditos para la mayoría, abarcan la infancia de la protagonista en Limoges, a su padre, un socialista convencido que tras ser capturado por los alemanes es enviado a un campo de concentración donde muere en 1944, y su madre, Adrienne Aimée L’Hotelier, que regentaba una farmacia en su localidad natal.

Estas Memorias sin importancia repasan también su adolescencia y como a la edad de quince años fue enviada a Londres donde, explica, se aficiona al cine. Algunos de los largometrajes que ve y que reseña en este cuaderno son La vida futura (William Cameron Menzies, 1936), que se basa en la novela del mismo título de H.G. Wells, y Tiempos modernos (Charles Chaplin, 1936), el primer filme sonoro del conocido popularmente como Charlot. En Londres, Maud se interesa también por el arte. Queda deslumbrada ante la obra de Van Gogh y Turner, entre otros artistas.

Maud Bonneaud regresa a Francia donde comienza sus estudios universitarios de Letras en la Universidad de Poitiers (1938) que concluye en 1940, e inicia su maîtrise, un trabajo de fin de carrera, que lleva el título de Procedimientos del terror y psicología del miedo en la novela llamada gótica inglesa, desde Ann Radcliffe a Mathew Lewis, que no concluye. La amenaza de la guerra hace que intente marcharse a Norteamérica pero al estallar el 1 de septiembre de 1939 la II Guerra Mundial, tiene que quedarse en Poitiers donde conoce a André Breton.

El escritor, poeta, ensayista y teórico del surrealismo será uno de los tres hombres determinantes en su devenir existencial. En estos recuerdos evoca una etapa febril, inquieta, de salidas. Maud se relaciona con Breton y algunos de sus amigos. Narra sus almuerzos en El Caracol y los largos paseos y conversaciones que mantiene con el fundador del surrealismo. Sellan una amistad en la que él le habla de Tenerife y de las calaveras de México.

Conoce también a Dora Maar, que se convertiría con el paso de los años en una de sus grandes amigas y se suma al grupo la mujer de Breton, Jacqueline Lamba, con quien éste había contraído matrimonio en 1934 y la hija que tienen en común, Aube, nacida dos año después.

Maud lee esos días sobre Ubú, rey, la obra teatral de Alfred Jarry que cuenta la historia de Ubú, capitán del ejército polaco y exrey de Aragón y gran doctor en patafísica quien instigado por su mujer, decide derrocar al rey de Polonia Venceslao, con la ayuda del capitán Bordura y su ejército, instalando una terrible tiranía.

Estas Memorias sin importancia son una pieza fundamental para entender la deriva de Maud Bonneaud años más tarde. También la vida de André Breton a finales de los años 30 e inicios de los 40. En estas páginas, Maud Bonneaud explica cómo André Breton tiene que marchar a América, trasladándose a Marsella para embarcar. Lo consigue. No regresará a Francia hasta 1946, recién terminada la guerra que ha mancillado la geografía de Europa.

Maud Bonneaud cuenta que se traslada a París en 1942 y que será allí, en la ciudad de las luces y un año después donde conocerá a Óscar Domínguez quien, escribe, le invita a una cena oriental pero no le convence, no le gusta mucho aquel hombre que viste con descuido, “desarreglado” y que va mal peinado, relata, y que en un rapto de confianza se atreve a llamarla “pequeño saltamontes” y “estrella del infinito”. “Yo me casaré contigo”, le revela el pintor tinerfeño que esos días vive con la pianista Roma Damska, a la que protege por su origen judío en el París ocupado.

A través de Domínguez será como Maud Bonneaud conozca a otro español instalado en París. Un malagueño que responde al nombre de Pablo Picasso. O “don Pablo”. En estos meses estrecha un poco más sus relaciones con Dora Maar y Valentine Penrose y ya en plena postguerra, cuando Europa y el mundo intenta levantar la cabeza después de tanta tragedia, Maud suma una nueva amistad, Man Ray, y fortalece sus relaciones con artistas españoles y de otras nacionalidades que regresan a París como quien despierta de un mal sueño. No será sin embargo lo mismo.

En estos años Maud Bonneaud aprovecha para aprender español como lo aprende el extranjero que no estudia en academias, primero los tacos, las palabrotas y luego todo lo demás. A tenor de lo que escribe, se vuelve imprescindible para el volcánico Óscar Domínguez.

A través de esta especie de autobiografía apresurada, escrita con letra menuda y casi ilegible, Maud Bonneaud relata sus primeras investigaciones con los esmaltes, que trabaja conjuntamente con Domínguez aunque éste se cansa muy pronto. Nacen así las primeras joyas diseñadas por Maud Bonneaud.

Óscar Domínguez cumple la promesa que le hizo varios años antes y se casan en 1948 iniciando un periodo de su vida feliz. Así se traduce por lo que relata en sus memorias: viajes, la puesta en escena de Las Moscas, de Jean-Paul Sartre, en Baden Baden con música de Guy Bernard, quien se convertirá en uno de sus amigos más íntimos…

Maud es ahora Maud Domínguez. Así la conocen. Las memorias finalizan abruptamente y no profundizan más en su relación sentimental con el pintor tinerfeño ni su viaje a la isla y cómo conoció a quien sería su segundo marido y padre de su único hijo, Eduardo Westerdahl. Maud ya no será Domínguez sino Maud Westerdahl.

Para conocer cómo fue ese encuentro y la vida que mantuvieron en común hasta la muerte de Eduardo se recomienda consultar Eduardo Westerdahl. Suma de la existencia de Pilar Carreño Corbella, una publicación del Instituto Óscar Domínguez de Arte y Cultura Contemporánea de 2002. La autora, Pilar Carreño, tuvo la oportunidad de conocer a la pareja por lo que el libro propone un interesante retrato del crítico de arte tinerfeño.

Pese a que algunos expertos han tenido acceso a estas Memorias sin importancia estos recuerdos continúan siendo inéditos para el público. Están escritos sin obedecer a un orden cronológico aunque es un material de primer orden para reconstruir una biografía más o menos completa de Maud Westerdahl, trabajo en el que se encuentra ahora la historiadora del arte Pilar Carreño Corbella, comisaria de una exposición sobre su obra artística que espera que se inaugure el 16 de diciembre de 2021 en TEA Tenerife Espacio de las Artes.

Autora de Los surrealistas en Tenerife, Óscar Domínguez en tres dimensiones y El triángulo de las artes, entre otros, señalan a Pilar Carreño como una de las grandes conocedoras de las vanguardias y el surrealismo en Tenerife. Es la profesora quien resalta que hubo tres personajes fundamentales en la vida de Maud Bonneaud: André Breton, Óscar Domínguez y Eduardo Westerdahl.

“Se trató de una mujer que se movió en diversos ambientes por lo que no se puede hablar de una sola Maud sino de muchas. Todas estas piezas forman un rompecabezas”, apunta la historiadora, quien añade: “es un personaje apasionante”.

La biografía en la que está trabajando Pilar Carreño Corbella y que formará parte del catálogo de la exposición que acogerá TEA Tenerife Espacio de las Artes en diciembre de 2021 con el título de Maud, c’est la vie), dibuja el retrato de una mujer extremadamente inteligente que, recuerda Pilar Carreño que la conoció, “siempre estuvo ahí para ayudar”.

“No sé si se sentía artista”, opina la profesora cuando se le pregunta sobre Maud como creadora, “pero sí que se lo tomaba como una actividad que la entretenía”. No tuvo veleidades rupturistas y una vez instalada en Canarias medio olvidó aquellas experiencias para volcarse en la educación de su hijo.

Su obra refleja sus gustos por el mundo antiguo y el de los artistas que conoció a lo largo de su vida y a ellos les rinde homenaje en algunas de sus creaciones.

Pilar Carreño cuenta que con motivo de un homenaje a Óscar Domínguez que se iba a celebrar en 1963, Maud invitó a Breton para que viniera a a Tenerife para participar en una serie de actos que iban a desarrollarse en Tacoronte. Breton nunca respondió. El hombre que le abrió al mundo intelectual, quien la inició en muchas lecturas y la relacionó con los artistas más ingeniosos de los años 30, hace mutis por el foro.

Si uno de los lados de su triángulo emocional e intelectual fue André Breton, los otros dos lo representan Óscar Domínguez, todo lo contrario del fundador del movimiento surrealista y el crítico Eduardo Westerdahl.

Domínguez no era y por lo tanto no presumía de ser un intelectual, se trataba más bien “de un surrealista nato”. Él será el primer amor de Maud. El segundo lo encontrará encarnado también en un tinerfeño, Eduardo, con quien vivirá en Tenerife.

La isla a la que llega no es un paraíso pero sí un lugar en el que se vive bien y en el que está rodeada por los amigos de su marido. El poeta Pedro García Cabrera y el escritor Domingo Pérez Minik, entre otros. Ese pequeño grupo encarna la otra cara de un archipiélago tan contradictorio y “surreal” por naturaleza.

SEGÚN MAUD (*)

“Picasso fue un encuentro más en mi camino siempre lo había admirado pero el conocerlo personalmente me enriqueció. Sobre todo me honró con su amistad y esto significó, un premio muy valioso para mi”.

“A los 18 años conocí a André Bretón y fue el encuentro más importante de mi vida. Entonces, se produjo en mí un desdoblamiento, mitad surrealista y mitad cartesiano. Ahí se inició mi juego intelectual de la razón y lo onírico. Si, en un momento determinado, me hace falta ser surrealista, soy surrealista y, por el contrario, si debo ser cartesiana; soy cartesiana. Lo curioso es que yo me las arreglo muy bien, aunque parezca contradictorio”.

“En Tenerife me encuentro muy bien. La verdad es que con Eduardo a mi lado cualquier sitio sería bueno para vivir. La isla no me es necesaria, pero sí me es terriblemente agradable. Quizás, también, porque tengo muchos amigos aquí. Aunque,
en ocasiones hay que salir para respirar otros aires. Sin embargo, al principio me costó un poco adaptarme”.

(*) Declaraciones extraídas de una entrevista a Maud Westerdahl publicada en la sección Exposiciones y artistas de Ramón Salarich:, “Maud Westerdahl”, Diario de Avisos, Santa Cruz de Tenerife, 25 mayo 1980, p. 47.

FOTOS:

1.- La imagen fue tomada por Eduardo Westerdahl en 1954.

2.- dos páginas de estas ‘memoria sin importancia.

Saludos, plásticos, desde este lado del ordenador