El caso del paciente lector impaciente

Enero 27th, 2012

La acción se desarrolla en un pequeño consultorio. La habitación apenas cuenta con mobiliario, salvo una mesa de despacho, un diván y una silla próxima a la cabecera del diván.

PACIENTE (tumbado en un diván): Con las películas que veo no me pasa tanto pero sí con las novelas. Debo pensar doctor que ¿es algo grave?

DOCTOR (sentado a su lado): Si se explica usted podré darle un diagnóstico.

PACIENTE (moviendo los brazos nervioso): Pues verá usted, como la cosa no están para gastos excesivos y porque lo que me mantiene con cordura son los libros…

DOCTOR (golpeándonse la barbilla perfectamente rasurada con una estilográfica): Eso se llama el síndrome de don Quijote, tómese usted dos aspirinas y sálgame a la calle…

PACIENTE (dubitativo): … Pues que releo libros que me entretuvieron en mi ya lejana adolescencia y, ¿sabe usted una cosa, doctor?

DOCTOR (resignado): No lo sé pero imagino que me lo va a contar…

PACIENTE (con los ojos muy abiertos mirando al techo): Es usted bueno, doctor, merece la pena hablar con alguien que tiene más de dos dedos de frente y…

DOCTOR (negando con la cabeza): No se me vaya por las ramas y céntrese. Me decía que ahora está releyendo los libros que más le entretuvieron en su infancia ¿y?

PACIENTE:  ¿Y? Pues que abro el libro y es como si lo leyera de nuevo. No me acuerdo de haberlo leído antes. ¿Es eso grave, doctor?

DOCTOR: Mmmmmm.

PACIENTE (cerrando los ojos): Lo que me está haciendo pensar si realmente merece la pena leer libros que desconozco porque pasados unos días ya ni me acuerdo de lo que contaban. Se disuelven en mi memoria con pasmosa rapidez.

DOCTOR (sorprendido): Oh, me deja usted patidifuso.

PACIENTE (dubitativo): ¿Patidifuso? Eso de patidifuso me suena a nombre de murga.

DOCTOR (al que se le escapa la estilográfica de los dedos): ¿Conoce la murga?

PACIENTE: ¿Los Patidifusos?

DOCTOR (babeando): Esa misma.

PACIENTE:  Pues no, doctor. Lo lamento. Digamos que detesto cordialmente los carnavales.

DOCTOR (otra vez resignado):  Ya decía yo… En fin, volvamos a su caso. Estaba hablando de que ahora que relee libros ha descubierto que, al iniciarse de nuevo en ellos, como que no sabe de qué van. Que no recuerda la trama, ni los personajes y esas cosas. ¿Me equivoco?

PACIENTE:  No se equivoca, es algo así.

DOCTOR:  Pues no debería de preocuparse. A mi me pasa lo mismo.

PACIENTE: ¿Lo mismo?

DOCTOR: La verdad es que no leo libros sino cosas, apuntes, relacionadas con mi carrera.

PACIENTE (asombrado):  ¿Y no recuerda nada de lo que aprende a través de esas cosas?

DOCTOR: Pues no.

PACIENTE: Pero entonces ¿qué hace usted atendiendo a enfermos como yo?

DOCTOR (estirando los músculos):  Cosas de la práctica. Digamos que todos mis pacientes padecen la misma enfermedad de distinta manera.

PACIENTE: Ahhhh.

DOCTOR:  Sí, así es. O creo que debe ser. ¿Qué libros ha estado usted releyendo, criatura?

PACIENTE (contando con los dedos de la mano): Ahora mismo me coge con Viaje al miedo, de Eric Ambler. Ayer fue La educación de un ladrón, de Bunker; La ventana siniestra, de Chandler, La isla del tesoro, de Stevenson, Imán, de Sénder y…

DOCTOR: Bonito nombre el de Ambler. ¿Es pariente suyo?

PACIENTE (haciendo ejercicio con los dedos de sus dos manos): Doctor, estoy pensando en estrangularlo.

DOCTOR (tocándose la nariz): Relájese y tómese un Prozac.

PACIENTE: No, si no me lo tomo a mal. Solo que me apetece estrangularlo.

DOCTOR: Continúe hablando mientras hago que tomo notas. Me decía que no recuerda absolutamente nada de los libros que leyó y que ahora relee como si fuera la primera vez, ¿verdad?

PACIENTE: Eso es.

DOCTOR: ¿Le pasa lo mismo con las películas que ha visto?

PACIENTE (cansado y frustrado): Ya le dije antes que no. Solo de algunas.

DOCTOR: Si no fuera un especialista como yo, otro doctor le diría que eso es un claro principio de Alzheimer.

PACIENTE (descolocado): No he leído nada del señor Alzheimer.

DOCTOR (tragando una pastilla de Prozac): Yo tampoco. Y cuénteme usted… esa novela del tal Ambler significó tanto…

PACIENTE (entrecortado): Significar, significar no… Pero es un título que me dio muy buenas vibraciones y me las está volviendo a dar ahora.

DOCTOR (que hace que escribe en el cuaderno de notas): Curioso. ¿Y dice que no se acuerda de nada?

PACIENTE (categórico): Por lo que llevo leído hasta ahora nada de nada.

DOCTOR: Vaya por Dios, vuelve usted a dejarme pati… sorprendido.

PACIENTE: Por eso estoy ahora tumbado en este incómodo diván, doctor.

DOCTOR: ¿Y le pasa este mismo fenómeno con todos los libros que se ha metido encima?

PACIENTE (con el rostro colorado): Ya le dije que sí. Bueno, miento, quizá algún fragmento me hace recordar que lo leí, pero no es habitual.

DOCTOR (poniendo cara seria): Un caso interesante.

PACIENTE (tontamente contento): ¿Usted cree?

DOCTOR (que deja la libreta de notas en una mesita): Por creer, creo que hay hasta perros verdes.

PACIENTE (inspirado): ¿Y en la capacidad de la mente humana?

DOCTOR: No tendrá usted un regaliz, ¿verdad?

PACIENTE (impaciente): ¿Pero entonces para que leo?

DOCTOR (haciendo chasquidos con la boca): Buena pregunta.

PACIENTE:

DOCTOR: No insista que es una buena pregunta.

PACIENTE (con voz estrangulada): Recéteme algo, por favor.

DOCTOR: ¿Un libro?

PACIENTE (levantándose del diván y cogiendo del cuello al doctor): ¡Ahgggg!

DOCTOR: Por el amor de Dios… Cálmese… Lea usted un libro…

PACIENTE: ¡Muere, muere!

Saludos, ¿qué me pasa, doctor?, desde este lado del ordenador.

Anoche soñé que todo sigue igual

Enero 26th, 2012

Apenas dos o tres narradores asisten, entre otras personas del público, al debate organizado por la Cátedra Pedro García Cabrera en el Ateneo de La Laguna y en la que intervienen, bajo la moderación de Alfonso González Jerez, Ángeles Alonso, por Baile del Sol; Miguel Ángel Rábade, profesor universitario y socio de la librería Mistério, y quien ahora escribe estas líneas.

Su título: A propósito del puchero narrativo canario: ¿caldo con sustancia o vapores volátiles.

Me llegan, no obstante, mensajes de algunos escritores que disculpan su ausencia. Otro cuelga en Facebook la razón que podría ser clave para que no estén ni como fantasmas: el partido de fútbol que enfrenta más o menos a esa misma hora al C. F. Barcelona con el Real Madrid. ¿Por qué –lamenta– se ha escogido la cita a la misma hora en la que esos veintidós multimillonarios juegan sobre el césped del Camp Nou?

Comienza el debate, un debate con más blanco que negro, con ligero retraso.

Por cierto, hace un frío del carajo en La Laguna.

Entre las muchas cosas que se habla, se habla sobre todo de la antología Generación 21: nuevos narradores canarios. Y se habla y se habla de este librito que ha puesto de nuevo en órbita a algunos de los doces autores seleccionados. También de la ausencia de crítica en este archipiélago desvertebrado donde la crítica, se apunta, ha terminado por transformarse en artículo laudatorio salpicado de referencias literarias. Es más que probable que muchas de ellas, las referencias, mal digeridas.

Alguien apunta que en Canarias se necesita crítica que diga la verdad.

¿La verdad?

La misma persona apunta que ello contribuiría a que mejore el trabajo del escritor.

Bueno, reflexiono mientras me arropo con el abrigo, bueno…

Puede que sea justo en ese momento cuando cualquiera de los veintidós multimillonarios mete un gol en la portería del equipo contrario.

¿Hace falta un Mourinho de la crítica en Canarias?

La charla continúa y los temas se cruzan.

Y entiendo que detesto la palabra crítico.

Soy un lector. Un lector algo compulsivo. Me encanta el puchero porque lleva un poco de todo. Verdura y carne. Cuando lo disfrutas no sabe qué pieza vas a masticar. Si Forrest Gump puede decir que la vida es como una caja de bombones porque nunca sabes cuál le va a tocar, yo digo que la narrativa canaria es como un puchero porque como le pasa con los bombones a ese tonto genial que es Forrest, nunca sabes si lo que te vas a meter dentro es una batata o un pedazo de ternera. O unos garbanzos con habichuelas.

Alguien dice que la diferencia entre los narradores canarios de los 70 y los de esta G21 –ambas ¿generaciones? no dejan de resultar un recurso promocional cuya eficacia habrá que estudiarla dentro de unos años–  es que aquellos contaban con mayor bagaje intelectual tras sus espaldas. Es probable que no le falte razón, pero su obra, la de muchos de los 70, no ha sabido superar la prueba del tiempo. No voy a mencionar autores, pero a mi la mayoría de sus libros se me caen de las manos en la actualidad.

En mi intervención prefiero ir más allá de la G21, y hablo sobre escritores nacidos o residentes en las islas a partir de los 60 hacia acá. Con la mayoría de ellos comparto las mismas influencias artísticas y culturales que nos han definido como personas. Es decir, que somos criaturas que nos alimentamos viendo cine, leyendo colorines, escuchando la misma música y probablemente consumiendo las mismas sustancias tóxicas.

Con esto quiero decir que cuando leo sus relatos y novelas encuentro signos que son mis signos. Me hablan de paisajes que reconozco. Sea el escritor grancanario o palmero, sea el escritor conejero o tinerfeño.

A toda esta gente, y no solo a los doce de G21, les une pasiones e inquietudes en las que me reconozco. Noto sus influencias, que suelen ser las mías.

¿Qué que le dirán sus historias a las generaciones del siglo XXI? Eso nadie lo sabe, por razones obvias. Ni siquiera si alguno de esos potenciales lectores llegará a sus obras en formato tradicional –papel– o digital.

Lo que sí defiendo durante el debate es que a toda esta hornada de narradores nacidos o residentes en Canarias a partir de los sesenta ya no le hacen ascos a la literatura de género y que gracias a la literatura de género algunos de ellos ha logrado incluso ser publicados y reconocidos fuera de las islas.

Cito a Víctor Álamo, a Víctor Conde y a José Luis Correa, entre otros.

Estas voces narrativas canarias están metiendo sus pezuñas en la ciencia ficción, la novela negro criminal y el terror y la fantasía con resultados de verdad más que notables. También tantean la Historia. Otros, incluso, exploran vías experimentales e intimistas con resultados desarmantes. Se me viene a la cabeza La isla de las palabras desordenadas de Yolanda Delgado Batista, o tiran por un realismo crudo que sin renunciar a la poesía describen con pulso y mucho vigor la penosa realidad que nos rodea: el paro, el éxito y el fracaso, el dinero. Una línea en la que, a mi juicio, el escritor grancanario Santiago Gil ha escorado su producción en títulos tan recomendables como Las derrotas cotidianas o Queridos Reyes Magos. Álvaro Marcos Arvelo, por el contrario, supo fusionar Historia con su territorio mítico en Al sueño polar de golondrinas y Pablo Martín Carbajal tejer un relato urbano sobre sueños rotos en su La ciudad de las miradas.  

El debate que se mantiene en el Ateneo toca también a las editoriales canarias y su capacidad para distribuir sus libros. Alguien protesta del distingo que se hace en las librerías de aquí con la literatura de aquí. Como si la literatura canaria fuese un género en sí mismo. También se queja de la escasa presencia de muchos de estos títulos en las mesas de novedades.

Se tratan más temas pero muchos han quedado ocultos en el disco duro de mi memoria. Me quedo, eso sí, con la extraña sensación de haber dicho menos de lo que tenía que decir. La misma sensación, imagino, que le pasa al resto de los compañeros con los que comparto mesa.

Tras el turno de preguntas, termina el acto y salimos a la calle donde aprecio, una vez más, que hace un frío del carajo en La Laguna.

Cuando bajo a Santa Cruz no sé ni me importa, la verdad, como ha quedado el partido que enfrentaba a los veintidós multimillonarios en el Nou Camp.

En la capital tinerfeña, por cierto, también hace un frío del carajo.

Saludos, háganse una idea, desde este lado del ordenador.

Dando la nota

Enero 25th, 2012

* La Cátedra Pedro García Cabrera de la Universidad de La Laguna, que dirige el profesor Rafael Alonso Solís y en la que participa también la Fundación Pedro García Cabrera, ha tenido la generosidad de invitarme a la mesa redonda A propósito del puchero narrativo canario: ¿caldo con sustancia o vapores volátiles? Que tendrá lugar este miércoles, 25 de enero, a las 20 horas en el Ateneo de La Laguna. En el debate, que será moderado por el periodista Alfonso González Jerez, intervendrán también Ángeles Alonso, por la editorial Baile del Sol, y el doctor en Filología Clásica, actor y gestor de la librería Mistério, Miguel Ángel Rábade.

* La sede la Mutua de Accidentes de Canarias en Santa Cruz de Tenerife acoge este jueves, 26 de enero, a las 18.30 horas, la presentación de la novela Malpaís de Víctor Conde. Malpaís es el tercer título de la colección G21: Nuevos narradores canarios.

* TEA Tenerife Espacio de las Artes proyecta este jueves a las 20 horas los cortometrajes Los últimos días de Berto Plof y En mi casa todos los días son lunes, de Domingo Damián Ojeda; así como El descanso, de Cándido Pérez Armas. La sesión incluye además la exhibición de Sí o no, de Isabel Poveda, Lola, de Mónica Negueruela y A tiempo, de Guillermo Magariños.

* Ediciones Aguere y Ediciones Idea acaban de publicar el nuevo libro de Francisco Rodríguez Medina, titulado La grama, una novela costumbrista que refleja la vida cotidiana de algunos hogares de la isla de La Palma. El volumen se presenta el viernes, 27 de enero, a las 18.30 horas, en el Exconvento de Santo Domingo de La Laguna. En el acto, intervendrán junto al autor, el abogado, escritor y prologuista de la obra, Miguel Ángel Díaz Palarea, y el editor y escritor Ánghel Morales García.

Saludos, cambio y corto, desde este lado del ordenador.

‘Queridos Reyes Magos’ o una serie de catastróficas desgracias

Enero 24th, 2012

Pero qué diablos están haciendo. Alejandro y los otros niños que esperaban caramelos y saludos afectuosos de Baltasar están nerviosos y cariacontecidos. Está insultándolos mientras se quita la ropa, y al camello no hay quien le meta mano. Lo mejor sería que arrancara rápido con el niño. Se va a quedar aliquebrado si ve que su Rey Mago preferido tiene que abandonar la Cabalgata. Y se va, el muy canalla se va y deja a los niños colgados.”

(Queridos Reyes Magos, Santiago Gil)

Entre las doce historias incluidas en la antología Generación 21: nuevos escritores canarios (Ediciones Aguere/Ediciones Idea, 2011) me llamó en su momento notablemente la atención el relato El encargo de Santiago Gil. Y no solo por estar excelentemente escrito sino también por lo que contaba. Aquella historia supo sacudir mi cabeza pero sobre todo tuvo la habilidad de hacerme conectar con lo que estaba leyendo.

La última obra publicada por Gil lleva por título Queridos Reyes Magos (Anroart Ediciones) y su lectura, así como la que en estos momentos estoy digiriendo de una novela anterior del mismo autor, Las derrotas cotidianas (2006), me confirma que aquel destello que intuí cuando terminé su cuento El encargo no fue solo un disparo de nieve, una luz cegadora, sino el trabajo de uno de los pocos escritores canarios de mi generación con el que realmente disfruto, me cabreo, lloro y hasta río cuando leo sus libros.

Con esto quiero decir que lo que hasta ahora he leído de Santiago Gil –y quiero leer, demonios, más cosas de Santiago Gil–  me emociona y conmueva porque tiene la capacidad y el talento, permítanme que lo diga, de filtrarse por entre las rendijas de la torre de marfil que me he construido como lector.

Queridos Reyes Magos es una novelita –apenas supera el centenar de páginas–  armada con la precisión de una bomba de relojería. Hace reír –sobre todo en su primera parte, cuando narra la descacharrante y frustrada cabalgata de los Reyes Magos– así como petrificar la sonrisa en la boca del lector a medida que se van produciendo los catastróficos acontecimientos de una historia en la que sus reales majestades, y en especial Baltasar, pasan a un discreto segundo plano para describir con refinada crueldad el fin de los sueños de un niño y la brutal descomposición de su familia.

También golpea, y sin miramientos, esos rituales familiares tan característicos por esas fechas: “Las tardes del día de Reyes estaban para recordar la figura del abuelo romántico. Algunos bebían más de la cuenta para aguantar los coñazos nostálgicos de la abuela y de las hijas del muerto entronizado. Sus maridos, que estaban hasta los mismísimos de tanto gorigori, le daban a la picareta y acababan con una juma descomunal que les impedía incluso coger el coche cuando tenían que regresar a casa. La abuela, que iba de estoica y de marcial, algunos años no podía reprimir las lágrimas, pero generalmente se contenía y sabía estar en su sitio. Ella lo que defendía era el reencuentro y la memoria del difunto, los regalos por toda la casa, y la imagen de sus nietos yendo y viniendo de un lado para otro como le hubiera gustado a su marido.”  

Entre otros profundos arañazos envenenados que el escritor narra con desarmante e inevitable objetividad.

Esta especie de enfermizo cuento de Navidad descoloca pues a cualquiera. Incluso a los lectores con estómago para toda clase de tóxicos como creía hasta ahora estar protegido quien les escribe. Y es que Santiago Gil tiene una capacidad demoledora para meter el dedo en la llaga y hurgar y hurgar mientras te preguntas hasta donde va a ser capaz de seguir hurgando.

La solución la encontrarán si leen esta novela. Novela escrita en tercera persona y también a través de las reflexiones que los tres protagonistas del relato –el niño y sus padres– se van planteando a medida que avanza la acción.

Porque Queridos Reyes Magos es una novela con mucha acción. Una acción interior que se va deteriorando no sé si con malsano ánimo provocador por parte del escritor.

Al meterse –y meternos a los lectores– en la cabeza de sus protagonistas, Santiago Gil se permite, y nos permite, explorar en las ideas que van surgiendo en unos personajes que están hechos de carne y hueso. Muy parecidos por tanto en sus reacciones a muchos de nosotros. De ahí que parezca que nos está tocando –y perdonen ustedes el taco– los santos cojones.

Gil sabe de lo que habla y por lo tanto sabe lo que cuenta.

En Queridos Reyes Magos como en Las derrotas cotidianas relata la descomposición familiar con refinada inteligencia. A veces sutil y otras con una artillera crueldad porque sabe, no lo pongo en duda, que el barro del que estamos hechos lo encontró quien supuestamente nos Creó en el lodazal del paraíso.

No puedo emitir un juicio total de los trabajos de este escritor porque solo he leído un cuento que me electrizó, una novela que supo quemarme por dentro y en la actualidad una ficción que me está noqueando a medida que avanzo en sus páginas con morbosa adicción, pero si todo el trabajo literario de Gil es como el de estas tres piezas compactas y diseñadas para dejarte huella, reitero lo dicho con anterioridad: más de Santiago Gil, por favor.

 Saludos, no somos nada, desde este lado del ordenador.

Explorando el ‘Malpaís’ literario de Víctor Conde

Enero 23rd, 2012

Tampoco me gustaría que me calificaran de escritor gafapasta. Por Dios, no, eso sería lo último. Siempre he pensado que en el infierno ese de Dante, el que está pulcramente organizado en circulitos, uno de los más profundos lo ocupan los artistas que van de divos y de relamidos, que se creen que su palabra es ley que con la ley se edifican catedrales. No, señores, a la mierda con los relamidos y con los que se expresan con polisílabos cuando van a un congreso, la literatura no va de eso. Ni de coñas. Ya lo descubrirán cuando se hagan viejos.”

 (Malpaís, Víctor Conde)

He necesitado no una sino dos lecturas para descubrir las claves que laten como dormidas en el fondo de Malpaís, la nueva novela del prolífico escritor tinerfeño Víctor Conde y en la que el autor se aparta de las geografías de la ciencia ficción y la fantasía para contarnos ahora su particular y peculiar proceso de creación literaria en una historia en la que se pueden detectar insólitas influencias borgianas y cortazianas.

Malpaís, cuya extensión apenas supera el centenar de páginas, se convierte así en un título desarmante para quienes siguen más o menos con atención el trabajo de un escritor que se mueve como pez en el agua en universos ajenos al nuestro, y quizá sea ésta, precisamente, la clave más interesante de un libro que puede llamar a la confusión ya que en Malpaís, y al modo de las muñecas rusas, se encuentran varios relatos que, como la piel de una cebolla hay que ir separando con meticulosa paciencia para obtener una visión de conjunto de un volumen cuyo mayor mérito es que está escrito por Conde para Víctor Conde.

Malpaís es así una especie de psicoanálisis en el que el escritor reflexiona sobre los mecanismos que han armado su proceso de creación y en un ejercicio literario cuanto menos sorprendente al intercalar cuentos y canciones que pertenecen a su pasado como narrador, fusionarlo con un relato lineal en el que su protagonista, Carlos, un escritor, termina conviviendo como espectador en una comuna de descreídos hippies que se hacen llamar los Bichos Despreocupados.

Estos Bichos Despreocupados quizá sea lo mejor de esta ¿novela? en la que Conde se desnuda sin pudor alguno para explicarnos qué es lo que él entiende como literatura y para contarnos qué es lo que entiende como proceso de creación y el arte de escribir. 

Malpaís no es, sin embargo, una novela de tesis ya que su autor deja muchas puertas abiertas para que el lector entre en cualquiera de ellas con el objetivo de que saque sus propias conclusiones, pero tiene un algo que la convierte en producto narrativo extraño. Una rareza experimental que de de manos de quien viene resulta sorprendente y muy arriesgada.

En este aspecto, las relecturas de Malpaís provocaron en mis ideas dos fenómenos contrapuestos:

La primera vez que la leí no entendí nada.

La segunda vez, comencé a intuir sus intenciones y a unir las piezas que en un principio había desechado porque consideré que se trataban de materiales que poco o nada contribuían a la ilógica –ahora entiendo que lógica–  de su discurso.

Malpaís es una obra inclasificable. Hermosa y poética a ratos, pero también caprichosamente gamberra con el lector habituado a otras novelas y cuentos de su autor. ¿Por qué escribimos gamberra? Porque Conde se ríe bastante de sí mismo, y al reírse de sí mismo se convierte en una especie de duendecillo travieso que desordena los materiales para confundir al lector.

En este libro, que hace el tercero de la prometedora colección G21 Narrativa Canaria Actual, el aficionado a las spaces operas de Conde se va a encontrar con un universo también alternativo aunque sus territorios no sean planetas desconocidos de lejanas galaxias sino la geografía de unas islas, Tenerife y Gran Canaria, que gracias a su imaginación se transforman en territorios mágicos.

El relato que Conde narra linealmente en los capítulos pares son así una deliciosa aventura con clave iniciática en la que un escritor llega a la conclusión que para alcanzar otra percepción no se tiene que tomar, necesariamente, sustancias psicotrópicas y como un gurú de nuestro tiempo, o como un miembro más de ese grupo que alcanza la otra conciencia aprendiendo a combinar la química que alimentan nuestro cerebro, tanto Carlos como Conde nos muestran que las puertas de las otras conciencias están en nuestra cabeza. Y que solo basta con despertar al chamán que todos llevamos dentro para darnos cuenta del inagotable pozo de fantasía visionaria con el que podríamos observar la realidad que nos rodea sin emplear para ello venenos.

Los capítulos impares son, por otro lado, piezas que aparentemente no tienen ningún tipo de conexión con el relato aunque son ejercicios literarios que Carlos/Conde ha liberado de archivos que permanecían ocultos en su, supongo, abarrotado computador.

Malpaís va a descolocar tanto a los seguidores de Conde como a los que se acerquen por primera vez al imaginario de este escritor que se ha hecho escritor con mayúsculas. Lo que es de agradecer, porque solo un escritor mayúsculo es capaz de contarnos, en el aparente desorden de su malpaís creativo, que él escribe porque se entretiene y se divierte escribiendo.

Y muchos de sus lectores, entre los que me encuentro, al explorar el malpaís literario de Víctor Conde nos entretenemos y divertimos leyendo sus historias.

(*) Malpaís se presente el jueves, 26 de enero, a las 18.30 horas en la sede la Mutua de Accidentes de Canarias.

 Saludos, de un Bicho Despreocupado, desde este lado del ordenador.

Solo para iniciados: 150 aniversario del nacimiento de M. R. James

Enero 22nd, 2012

En unos tiempos donde el cine se ha acostumbrado a cebarnos con fantasmas cursis o ebrios de venganza contra los vivos siempre nos quedará el refugio de la literatura para encontrarnos con esos espíritus dolientes y en ocasiones bromistas como vía de escape ante tanta idiotez.

¿Qué no me creen?

Lean el todavía desternillante El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde, o el fascinante Cuento de Navidad de Charles Dickens, escritor de quien este año se celebra el 200 aniversario de su nacimiento, un 7 de febrero de 1812 en Pormouth, Inglaterra, por citar solo dos historias a las que el cine no ha sabido hacerle justicia y que se me vienen ahora a la cabeza.

Sin embargo, si hay un escritor nacido en la pérfida Albión que llevó a su apogeo las historias con espectros y aparecidos fue Montague Rhodes James en plena era victoriana.

Un autor, M. R. James, de quien los que cultivamos el fantástico como género celebramos con invocaciones prohibidas el 150 aniversario de su nacimiento en este 2012 apocalíptico para los fondos de la cuenta corriente del Primer Mundo.  

James, a quien no hay que confundir con el estadounidense Henry James, autor por otra parte de una excelente novela corta de aparecidos que aún hace estremecer los huesos como es Otra vuelta de tuerca, es un escritor que pese a caer en un enojoso olvido supo sembrar semilla y generar influencia pese a que muchos de sus pupilos lo obviaran en sus inevitables capítulos de autores que “me marcaron.”

Ese oscuro pero rebelde gigante que fue H. P. Lovecraft lo reivindica sin embargo en su recomendable ensayo El horror en la literatura.

Escribe el creador de Los mitos de Cthulhu acerca de James: “En el polo opuesto al genio de lord Dunsany, y dotado de una fuerza diabólica para invocar suavemente el horror, partiendo del centro mismo de la prosaica vida diaria, se encuentra Montague Rhodes James, preboste del Eton Collage, arqueólogo de renombre, y reconocida autoridad en manuscritos medievales  e historia de la catedral.”

Y añade más adelante: “En los relatos de M. R. James encontramos a menudo maliciosas escenas humorísticas, retratos de género y caracterizaciones muy naturales que en sus manos contribuyen a aumentar el efecto global, más que estropearlo, como ocurriría si los manejase un escritor menos experto.”

Para Lovecraft, James creó un nuevo tipo de fantasma que se aparta de la tradición gótica al representarlo como “una abominación perezosa e informal de la noche, a medio camino entre la bestia y el hombre, a la que llega a tocarse antes que verla. A veces, este espectro tiene una constitución de lo más excéntrica: es un rollo de franela con ojos de araña, o una entidad invisible modelada con las ropas de una cama cuyo rostro lo forma una sábana arrugada.”

Por razones obvias, llegué a James de la mano de H. P.

Por razones que no son tan lógicas me pasé una gran parte de mi adolescencia buscando una antología de relatos del escritor publicada por Alianza Editorial que encontré, coincidencias fantasmales de la existencia que nos guía, en la casa de un amigo de Santander.

En la siempre verde Cantabria.

Y fue descubrir el volumen –Trece historias de fantasmas, con un magnífico estudio de Rafael Llopis–  y ponerme literalmente de rodillas mientras veía como de las páginas de aquel volumen flotaban nubecillas doradas con vago resplandores plateados.

Desde ese día, M. R. James se ha convertido en uno de mis autores de cabecera. En uno de esos escritores que te pertenecen porque al abrir por primera vez el libro sentí como una especie de radiación mística que además de satisfacer una de esas búsquedas bibliófilas que los imbéciles como quien les escribe hace con determinados libros, significó, tras leerlo con inquietante adicción, una causa que mereció la pena.

Una victoria que me llevaré a la tumba cuando solo sea ceniza y, ¿quién sabe?, igual me transforme en uno de esos abominables espectros que imaginó James.

Si así son las cosas, ya sé a quien me apareceré para amargarle con una sonrisa lo que le quede de vida. A más uno y de una se le caerían las gafas al suelo si lo descubre.

Permitid, por lo tanto, una cómplice y siniestra carcajada.

Mientras, espero a que algún editor español se le ilumine la bombilla para editar los relatos de James aprovechando el 150 aniversario de su nacimiento.

Recomiendo a los aprendices que se inicien con ¡Silba y acudiré!, Panorama desde la colina o Una historia escolar.

Sabrán entonces que, efectivamente, los fantasmas existen.

Y que no son cursis, ni vengativos.

En todo caso espíritus caprichosos, extraños y en ocasiones algo gamberros.

Y esos, créanme, sí que dan miedo.

Háganse la pregunta: ¿Por qué me atormentan?

(*) La primera imagen corresponde a La noche del demonio (Jacques Tourneur, 1957), inspirada en el relato de M. R. James El maleficio de las runas. Argumento y película de la que a su manera bebe la terroríficamente estrafalaria Arrástrame al infierno (Sam Raimi, 2009).

(**) M. R. James.  

Saludos, noto una inquietante presencia invisible…, desde este lado del ordenador.