Una historia mágica de La Gomera

Diciembre 5th, 2016

A finales de los años veinte en Agulo, un pequeño pueblo del norte de La Gomera, sus habitantes no dejaban de sorprenderse cuando un pequeño grupo de vecinos acudía algunas noches y en procesión al cementerio para entonar extraños cantos y ritos.

Este grupo, conocido como los filiichristi, ha pasado a la historia de la comunidad con una mezcla de misterio y leyenda, ingredientes más que suficientes para llamar la atención de Daniel María (Agulo, 1985) e iniciase una investigación que comenzó hace ahora tres años mientras investigaba sobre poetas y escritores nacidos en la localidad.

“Los filiichristi pululaban en la memoria colectiva de Agulo”, dice.

Este investigación terminó convirtiéndose en un libro que bajo el título de El misterio de los filiichristi de Agulo, edita Baile del Sol en la colección Texto del desorden, y volumen en el que María intenta reconstruir el relato de un grupo de amigos que “llegaron a crear una congregación  teosófico-cristiana” en La Gomera durante los felices años veinte.

La teosofía fue una corriente que tuvo mucho éxito a finales del XIX y principios del XX al combinar religión, filosofía y esoterismo. Sus adeptos buscaban la Sabiduría Divina, a la que llamaban la Verdad y contaban con numerosos símbolos, mitos y rituales.

En el caso de los filiichristi de Agulo, como los conoce Daniel María y quienes ahora se acercan a su historia, las ceremonias las realizaban con absoluta discreción aunque los vecinos del pueblo sabían de sus misteriosas reuniones en el cementerio y en el Garajonay. También hay testimonios de encuentros en el faro de San Sebastián, capital de La Gomera y parece ser que establecieron un pequeña grupo en Vallehermoso, pero no existen muchas referencias en este caso, explica.

El guía, el maestro de los filiichristi de Agulo fue Agustín Bethencourt Padilla, un personaje que continúa siendo “todo un enigma”.

Políglota, viajero, profesor de latín y griego, Bethencourt Padilla se inició en la Sociedad Teosófica de Madrid y su último paradero conocido es Portugal, país en el que desaparecen sus huellas tras estallar la Guerra Civil. Corre el rumor, dice Daniel María, que acabó sus días en el Tíbet, probablemente como monje, pero es una leyenda. Una leyenda más de las tantas leyendas que rodean a los miembros de este grupo. Bethencourt es el autor del libro La misa y sus misterios aunque ya forma parte de la historia de Agulo por ser el fundador de esa congregación teosófica de corte cristiano.

El misterio de los filiichristi de Agulo podría servir de base para una novela de misterio sobrenatural, ya que además de ritos y cantos en cementerios o en lo más profundo de los bosques gomeros, aparecen personajes con innegable atractivo pese al paso de los años. Uno de ellos es Mario Rosso de Luna con el que los filiichristi mantuvieron una estrecha relación cuando un grupo se estableció en la capital de España y asistieron a algunas de las charlas que impartía en el Ateneo madrileño.

Los filiichristi durante su estancia en Madrid, aprovecharon además para iniciarse en la masonería, en concreto en la logia Fuerza Numantina No 355 (1914-1922), en la que entraron de la mano de Mario Rosso de Luna.

Que se tenga constancia, cuatro de los filiichristi fueron masones que asistieron a las tenidas que se celebraba en la logia de Añaza, en Tenerife y en la de Fuerza Numantina, en Madrid. Ellos fueron los hermanos Agustín y Pedro Bethencourt Padilla, además de Pascasio Trujillo y el pintor José Aguiar, que fue un filiichristi a medias, dice Daniel María.

El destino de los filiichristi de Agulo se truncó tras el estallido de la Guerra Civil española. Los cuatro masones fueron procesados y condenados por el ejército rebelde aunque Agustín Bethencourt Padilla desapareció. Su hermano Pedro y Pascasio Trujillo fallecieron en Madrid, mientras que José Bethencourt Padilla, Domingo Montesinos y Pedro Sánchez murieron a edades muy avanzadas en Tenerife y Luz López, la única mujer del grupo, en Madrid.

El misterio de los filiichristi de Agulo es un libro curioso por el hecho que narra, y atractivo porque aporta información sobre la obra literaria que dejaron algunos de los miembros de la congregación así como informa de los ambientes esotéricos que existían en Canarias en los años veinte.

En cuanto a la producción literaria de sus miembros, Daniel María destaca la obra de Pedro Bethencourt Padilla, autor del poemario Salterio y del ensayo La corrupción del mundo o el imperio de la magia y la obra de su hermano, José Bethencourt Padilla, con las novelas La efigie de cera y El salmo de la bruja.

La efigie de cera fue calificada por su autor como un relato “de amor y de misterio” aunque esconde, a juicio de María, “un racimo de referencias al mundo ocultista del grupo, y se sirve de la trama amorosa para exponerlos en el texto.”

En esta novela se cruza la magia negra, los hechizos y la brujería, un cóctel de ciencias ocultistas que cuenta también con referencias al magnetismo, el cuerpo astral y el karma, e incluso el vampirismo. El salmo de la bruja se concentra más en la brujería de La Gomera, explica María, quien ha armado esta investigación recurriendo a fuentes orales y bibliográficas.

Las fuentes orales son resultado de largas entrevistas con los vecinos de Agulo, sacando información de un memoria colectiva que se resiste a olvidar a los miembros de esta congregación que casi parece confundirse con las leyendas que tejen el espíritu de la localidad.

“Según los testimonios recogidos, muchas personas acudían a ellos para encontrar objetos perdidos, saber del paradero de familiares durante la guerra y la emigración y para contactar con seres de otra dimensión”, opina María, quien concluye con una idea que ya planea en el prólogo de La corrupción del mundo o el imperio de la magia: “seres de otro mundo me han elegido para redactar las advertencias que ofrece esta obra, por lo que no soy el autor sino el medio del que se han servido los otros…”

Saludos, ¡la verdad!, desde este lado del ordenador.

Se hace saber…

Diciembre 1st, 2016

* Adrián Serrano Sanz ha obtenido por Sahara el X Premio de Poesía Joven Emilio Alfaro Hardisson que convoca el Ateneo de La Laguna y que está dirigido a autores noveles. El jurado lo formó Daniel Hernández María, Covadonga García Fierro y Alejandro Coello Hernández. Adrián Serrano Sanz (Zaragoza, 1992) es graduado en Psicología con mención en Psicología Social por la Universidad de Zaragoza y actualmente realiza el doctorando en el Programa de Doctorado en Sociología de las Políticas Públicas y Sociales por la misma universidad.

* Javier Marrero presenta su tercera novela, Nueve y media en Junta Suprema (2016), que ha sido editada por BL&W Editores. El libro es una precuela de La visión de Alma, y  forma parte de la trilogía La Reserva, cuya tercera parte, ya escrita, permanece inédita.

* El próximo viernes, día 2 de diciembre, a las 19 horas, en el MAC, Calle Robayna 2,  tendrá lugar la presentación del libro: El poder la escritura, de Rafael Lutzardo. En el acto intervendrán, además del autor,  Carmelo Rivero, premio Canarias de Comunicación (2004) y director del Diario de Avisos y Ánghel Morales, periodista y editor.

* El inspector, de Ángel Nazco, se presenta el viernes, 2 de diciembre, a las 19 horas, en la Casa Secundino Delgado, en Arafo (Tenerife). En el transcurso del acto, el autor ofrecerá la charla El hombre frente a sus circunstancias.

Saludos, ¡¡¡sereno!!!, desde este lado del ordenador.

El escritor de la ciudad de los prodigios

Noviembre 30th, 2016

Eduardo Mendoza, premio Cervantes 2016, no sería Eduardo Mendoza si no hubiera nacido en Barcelona. La llamada ciudad Condal ocupa gran parte de su producción literaria y ha terminado por convertirse en un personaje más en la mayoría de sus libros.

La relación que mantiene con Barcelona es casi una constante en sus novelas, novelas muchas de ellas en las que continúa y con la cabeza bien alta una tradición literaria en la que ha sabido combinar, y muy bien, por cierto, otros géneros venidos de fuera y los que aún nos laten por dentro. Cuando se escribe por dentro es inevitable destacar el apego profundo que siente Eduardo Mendoza por la picaresca y el hecho, singular en una literatura que históricamente tuvo excelente sentido del humor, por recuperarlo cuando inició su carrera como escritor.

Se rastrea así ese humor tan negro y español en títulos en los que mezcla con mano maestra estilos, puntos de vista y situaciones como en El misterio de la cripta embrujada, intriga en la que presenta a una especie de detective encerrado en un manicomio y personaje que protagoniza también El laberinto de las aceitunas, La aventura del tocador de señoras y El enredo de la bolsa y la vida.

En las novelas de Eduardo Mendoza se combina un poco de todo. Y ese un poco de todo está excelentemente sazonado por lo que sus libros resultan al final platos en los que el escritor recurre a la novela histórica para narrar las cruentas luchas sindicales en la Barcelona de principios del siglo XX (La verdad sobre el caso Savolta, aunque el título original fuera Los soldados de Cataluña); cómo se las gastaba el fundador de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, en aquel Madrid alegre y juvenil de antes de la Guerra Civil (Riña de gatos) o su visión hilarante del poder de Roma en El asombroso viaje de Pomponio Flato, en la que además de  parodiar el género epistolar, cuenta las extravagantes aventuras de un filósofo romano en tierras de Nazaret tras ser contratado por un joven al que llaman Jesús.

Y esto solo en cuanto a novelas se refiere, porque Eduardo Mendoza también ha escrito teatro, cuentos, ensayos e incluso novela por entregas. Recuerdo en este último caso Sin noticias de Gurb, o las desventuras de un extraterrestre por una ciudad, Barcelona, que en sus manos se convierte en una ciudad de prodigios.

Saludos, me dicen, desde este lado del ordenador.

Contra las cuerdas

Noviembre 29th, 2016

Hace unas semanas encontré en el Rastro de la capital tinerfeña, rastro que a veces funciona como solución mágica, espacio en el que tropezarte con libros olvidados y algo machacados por el paso del tiempo, con una novela titulada Tongo y escrita por Enrique Nácher.

Enrique Nácher nació en Gran Canaria en 1912 y falleció hace catorce en Valencia sin provocar ruidos ni alharacas. Con él desapareciera un escritor de difícil catalogación que a lo largo de su vida literaria no dejó de tantear géneros y ser acreedor de un estilo que si bien resulta algo recargado se amoldaba perfectamente al espíritu de su época, lo que lo reviste de cierto sabor a clásico e invita a explorar las curvaturas de una producción novelística que le valió obtener con La buhardilla el Premio Nadal en 1949 y ganarse otros merecimientos con obras como Guanche, que se desarrolla en su isla natal.

España no tiene demasiadas novelas que se desarrollen en el mundo del boxeo aunque cuenta con una obra redonda, que bordea esas líneas invisibles que dibujan lo que debe ser una obra maestra con La noche, de Andrés Bosch. También destacan los notables trabajos de Ignacio Aldecoa y Fernando Vadillo, entre otros. A esta nómina debe integrarse ahora el Tongo de Nácher en lo que podría ser la otra esquina del cuadrilátero pugilístico y narrativo español, todas ellas obras que transcurren en un país de postguerra, repleto de grises y pobreza.

Tongo, la novela, comienza en Campanar, un arrabal de Valencia donde nace su protagonista,  Manolo Baixauly y a quien más tarde se conocerá en los ambientes boxísticos como Tigre.

Enrique Nácher narra en la primera parte de la obra la infancia y adolescencia de ese Baixauly enclenque y perdedor. Le sirve este segmento para describir como se forja su carácter, porque Tongo es una novela que se preocupa más por estudiar la psicología de sus personajes que en ofrecer un retrato del boxeo de postguerra en España, aunque sea el boxeo de postguerra un personaje, un personaje principal, en la segunda y tercera parte de la novela, en la que Manolo Baixauly decide su destino tras romperle la mandíbula a un contrincante en una reyerta de taberna.

Tiene algo de Más dura será la caída, ese clásico de la narrativa pugilística de Budd Schulberg, el Tongo de Nácher, solo que en donde había crítica cruenta contra los negociantes del boxeo estadounidenses, se deriva a las ilusiones, cada vez más podridas que genera el ambiente en el que se mueve el protagonista, ya que por añagazas publicitarias han creado demasiados intereses en torno a su persona.

El Tigre debe de boxear contra Juanito Durán, contrincante en el que se explora –y con reveladora precisión quirúrgica– su cabeza. Durán es un señorito que ha querido ser boxeador y encuentra en su oponente, Tigre, la otra cara de lo que podría ser una misma moneda.

Tongo es una novela moral y maniquea y esto es un peso muerto que arrastra si se observa y se entiende bajo el disfraz que vestimos en la actualidad, pero su descripción del combate final, ese en el que enfrentan en el ring al Tigre y Juanito Durán son de una intensidad que revela al gran escritor que pudo ser Enrique Nácher. Es necesario por ello que el lector, y el lector aficionado al boxeo, obvie ese objetivo moralizante que planea al concluir la novela y se quede con el brioso estilo, ahora sin bisagras que chirríen, al que recurre para registrar con palabras un combate teñido de violencia en el que dos hombres radicalmente diferentes, encarnan también dos formas radicalmente diferentes de entender el boxeo.

Saludos,s e ha escrito, desde este lado del ordenador.

“La poesía es para ser oída más que para ser leída”

Noviembre 28th, 2016

El poeta y crítico de arte José Corredor-Matheos (Alcázar de San Juan, Ciudad Real, 1929) intervino la semana pasada en la cuarta jornada del VI Encuentro Arte Pensamiento que organiza la Fundación Cristino de Vera, en Las Laguna. En este foro, el autor de Un pez que va por el jardín impartió la conferencia Espiritualidad y trascendencia en el arte contemporáneo. Premio Nacional de Poesía 2005 y miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando e hijo predilecto de Alcázar de San Juan y de Castilla-La Mancha, aparte de Medalla de Oro del Ayuntamiento de Barcelona, el último libro de Corredor-Matheos son memorias que protagonizan los pintores, escultores, escritores y poetas que ha conocido a lo largo de su vida y en la que Canarias, junto a su natal Castilla-La Mancha, ocupa un capítulo especial.

- Corredor de fondo es una autobiografía, un libro de memorias…

“No es una autobiografía porque la autobiografía habla de tu vida mientras que unas memorias no hablas de ti mismo sino que das testimonio de lo que has visto, oído, presenciado aunque hables de ti en la medida que explicar el por qué estabas ahí y por qué conociste a todos esos personajes.”

- De los personajes que conoció y da cuenta en este libro, ¿cuál le llamó más la atención?

“Es difícil porque son personajes distintos, Yo, por mi cosa de supuesto poeta, he sido muy amigo de Alberti, Aleixandre, Gerardo Diego, Dámaso Alonso y José Hierro, entre otros, y de ellos el que más me impresionó fue Alberti porque además de ser el que más conocí, ya estaba envuelto por la leyenda. En el  mundo de las artes plásticas destacaría a Joan Miró, de quien fui amigo a quien le escribí tres libros; y Salvador Dalí, que si bien no fue amigo sí que traté. Pienso que la mejor etapa de Dalí como pintor es la de los años veinte y primeros treinta, lo que pintó a continuación ya no fue lo mismo. Sin embargo, sí que se reveló como un gran escritor en ese tiempo.”

- ¿Resultaba tan excéntrico en el trato personal?

- Que va, en el trato personal era muy llano y natural aunque si venía un periodista o alguien que reclamaba su presencia te decía: ‘perdonad que vuelvo a ser Dalí’, porque Dalí era teatro aunque tenía a veces grandes ocurrencias y algunas de ellas muy productivas.”

- En Corredor de fondo desfilan entonces poetas, artistas…

“Y también personajes del mundo del teatro. La poesía es lo que se ha mantenido siempre en mi persona, desde los catorce años, pero formé parte de un grupo de teatro en el que realizábamos teatro de cámara y allí conocí a Adolfo Marsillach, entre otros. En esos ocho o nueve años en los que estuve metido en teatro trabaja también en Espasa Calpe y eso hizo que conociera a gente del mundo editorial como José María de Cossío, que es uno de los grandes personajes de preguerra y que ayudó tantos a poetas como Miguel Hernández, Alberti, Lorca.”

- Canarias, en estas memorias, ocupa un capítulo muy especial.

“Hablo mucho de toda España pero capítulos especiales solo se los dedicó a dos regiones: Castilla La Mancha, porque nací en Alcazar de San Juan, y Canarias. Conozco bien las islas, tuve una época en la que viajaba bastante y tuve la oportunidad de entablar amistad con algunos de sus artistas como Juan Ismael y Pino Ojeda, allá en 1954, y ya en los setenta con Eduardo Westerdahl, junto al que preparé una exposición del grupo ADLAN (Amics de l’Art Nou, amigos del arte nuevo) que fue un movimiento de vanguardia en la España de los años treinta que tuvo tres patas: Madrid, Barcelona y Tenerife. Más tarde vine a las islas a impartir una conferencia, invitado por Rodríguez Doreste y después con Eduardo contacté con el grupo que preparaba la exposición de Esculturas en la calle, asistiendo a reuniones en La casita de madera, que era donde hacíamos la selección de los escultores que se iban a invitar, y estuve en toda su preparación. Luego  he asistido a las conmemoraciones de aquel acontecimiento artístico que fue tan importante.”

- ¿Por qué cree que hay tanto artista en estas islas?

“Por varias razones y una, quizá la más importante, es que la apertura hacia el exterior que significó el puerto y la salida y llegada de gentes de Europa, eso hizo que la isla se convirtiera en una región abierta. Otras regiones de España han sido también creativas, pero su arte resulta más introspectivo. Aquí, en las islas, hubo apertura, y eso explica que cuando nace el grupo El Paso, de los siete miembros dos sean canarios, Millares y Chirino, lo que indica que es un lugar muy productivo para poetas, artistas plásticos, arquitectos y que yo tuviera la suerte de encontrarme con muchos de ellos.”

- Este capítulo lo titula Canarias, las islas culturalmente afortunadas.

Culturalmente afortunadas gracias a los hombres y mujeres que he mencionado antes y al arquitecto Vicente Saavedra, un personaje extraordinario que pone de manifiesto que cuando hay figuras creativas que emergen es porque se cuenta con una base más o menos sólida en la sociedad de la que procede. La cultura es una pirámide que sostiene mucha gente importante y eso indica además de esfuerzo, actividad, inquietud y creatividad.”

- Tras el capítulo canario, ¿por qué titula estas memorias de Corredor de fondo?

“Los títulos los buscas y no te salen pero éste lo cacé porque me apellido Corredor y fui atleta de velocidad.”

- En alguna reseña he leído que usted es muy amable con casi todo el mundo salvo con Antoni Tàpies en el libro. ¿Por qué?

“Tàpies es un gran pintor pero como persona fue negativo para el arte catalán. En Barcelona cortó el paso a otros artistas de su generación, y fui testigo, pero sé otras cosas que me han contado pero de las que no escribo porque solo doy fe de lo que he visto y, me duele tener que decirlo, es necesario contarlo porque eso explica que no haya otro pintor catalán que sea reconocido internacionalmente.”

- Otro personaje que no sale bien parado en el libro es la segunda mujer de Alberti.

“Mi amistad con Alberti comenzó cuando organicé en los setenta el primer acto albertiano que se celebraba en España tras la Guerra Civil y lo seguí tratando cuando regresó, lo que pasa es que a medida que se fue haciendo mayor, su ancianidad fue muy fuerte y su segunda mujer, que fue una señora que estaba preparando una tesis sobre él, una tesis que ignoro si se llegó a publicar, cuando el poeta se estableció en Cádiz se le ofreció que montara una fundación, fundación a la que donó todo lo que tenía (cartas, dibujos, algunos de Picasso, libros) que esa señora se apropió al cabo de un tiempo cuando le  hizo firmar a Alberti documentos en los que le donaba todo aquello a ella. Algo que ya no era de él. Y el juez lo aceptó, y eso lo explicó en el libro porque en Cádiz se sabe y había que decirlo.”

- A los catorce años comienza a escribir sus primeros poemas. ¿Cómo nace esta vocación?

“Recuerdo que una vez estaba solo en casa de un amigo y tuve la necesidad de escribir un poema, esto ocurrió en unas vacaciones de Navidad de 1943. Así que poco a poco comencé a conocer poetas, aunque fueron unos años en los que no trataba con los poetas catalanes porque la mayoría pertenecían a la alta burguesía y no se mezclaban con los pobres, y yo en ese tiempo estudiaba y trabajaba. En 1956, ya en Espasa Calpe, me invitaron a asistir a las tertulias del café Gijón, en Madrid, y que presidía en silencio Gerardo Diego, y fui y me hice amigo del poeta que fue una especie de maestro y una persona extremadamente generosa.”

- A usted lo encasillan como poeta de la generación del 50 pero ¿se siente miembro de esa generación?

“La generación es discutible porque se habla de la del 98, el 27 y los 50 pero queda mucha gente descabalgada porque no se le ubica en esas mismas generaciones. El 98 coincidió con la crisis de la pérdida de las ultimas colonias y hubo una renovación y la necesidad de ver España de manera tradicional pero con otros ojos; la del 27 fue una generación que conectó con los movimientos internacionales mientras que la de los 50 representó a la de los niños de la guerra, los que se encontraron con los problemas de la postguerra pero entre esas generaciones hay otras generaciones no tienen una situación social o mundial que las identifique. Por eso digo que esto de las generaciones es caprichoso.”

- Y aunque para usted sea caprichoso, ¿con que poetas de la generación del 50 se identifica?

“El primer Claudio Rodríguez, que tiene un libro maravilloso, El don de la ebriedad; el último José Ángel Valente, el de No amanece el cantor, si bien Valente me parece un poeta demasiado intelectual y frío pero que con este libro reveló al gran poeta que fue. Me gusta mucho Francisco Brines y su El otoño de las rosas porque es un libro culminante y luego hay otra gente como Antonio Gamoneda, que es un grandísimo poeta y Ángel Crespo, Manuel Padorno y Luis Feria, aunque conecto más con la poesía de Padorno.”

- ¿Y José Corredor-Matheos con cual de sus libros se siente más satisfecho?

“Los que estudian mi poesía dicen que se produce un cambio sustancial a mitad de los años setenta porque mi trabajo poético no tienen nada que ver con el de mi generación. En aquellos tiempos yo era próximo a los comunistas porque sabía que no iban a ganar y escribía una poesía espiritual cada vez más alejada de la denuncia que, ya en democracia, entendí que no resultaba tan necesaria. Fue una época en la que escribía poemas influido por la poesía china y japonesa porque ese cambio del que hablan los expertos no solo fue un cambio literario sino también espiritual aunque ya desde los años cincuenta me interesaba el hinduismo.”

- ¿Le interesan las creencias orientales?

“Las creencias que más me interesan son el budismo zen y el tao lo que no querer decir que no me preocupe por el cristianismo porque los místicos cristianos en el fondo dicen lo mismo que el budismo zen y el tao.”

- ¿Y qué es lo que más le interesa de las religiones?

“Lo que más me interesa de las religiones son las creencia que hay en su fondo ya que al final se unen. Por eso cuándo me preguntan en que creo, yo digo que creo pero no sé en qué porque no sé ponerle nombre a eso.”

- Pero volvamos a la pregunta anterior, ¿aún no me ha dicho con cuál de sus libros se siente más satisfecho?

“Los que estudian mi poesía dicen que Carta a Li Po porque es un libro en el que me descubro a mi mismo. En 2004 publiqué El don de la ignorancia y al año siguiente me dieron el Premio Nacional de Poesía, que supuso un gran reconocimiento y al mismo tiempo algo así como la culminación.”

- Ha ejercido la crítica de arte. ¿Cómo se critica un cuadro, una escultura?

“Es una tarea muy difícil porque la crítica tiene a veces algo como de imposible y no debe ser un análisis frío como si lo criticado se tratara de un artefacto. Creo, más bien, que la crítica debe proponer un discurso paralelo a la obra de arte.”

- He leído que se define así mismo como una persona moderadamente apocalíptica.

“Lo de moderadamente lo decía para disimular pero ya no.”

- Pero dicho esto, ¿qué espacio le queda entonces a la poesía?

“Creo que la poesía tiene espacio aunque se trabaja demasiado y hayamos dejado de hablar entre nosotros para resolver los problemas. Es verdad que la gente no tiene la costumbre de leer poesía, ya que se requiere mucha serenidad y silencio para estar despierto pero los recitales son un éxito quizá porque la poesía es para ser oída más que para ser leída.”

PUNTO Y APARTE

“Un manchego de nación”

TEXTO

José Corredor-Matheos es un poeta manchego que lleva viviendo prácticamente toda su vida en Barcelona, donde ha reivindicado su españolidad lo que le ha granjeado algunos problemas con los independentistas que no entienden a un hombre que se define “manchego de nación, como decían los clásicos”. La mirada del escritor sobre los nacionalismos no ha dejado de ser así crítica. El nacionalismo es un concepto anticuado y romántico, y poco ayuda seguir esta bandera en unos tiempos como los actuales que están marcados por la crisis. Esa misma crisis que ha generado un mundo “desquiciado, en el que todo se quiebra, se parcela, se fragmenta.” Un mundo en el que la gente ha dejado de tener ilusiones porque les cuesta vivir. En este estado alterado de las cosas, el poeta advierte que es idóneo para que aparezcan movimientos separatistas que alimentan las esperanzas de las personas ignorantes y de buena fe que no están bien informadas, y todas ellas resultan muy fáciles de manipular. “Lo terrible es que desde el centro no lo saben porque no habla con la gente. No sabe que en Cataluña existe una franja muy amplia de gente no bien informada que es susceptible de esas manipulación”, concluye.

Saludos, estrellas, desde este lado del ordenador.

Puro cuento puro

Noviembre 24th, 2016

Yolanda Delgado Batista debutó en la arena literaria con La isla de las palabras desordenadas (2011), una novela armada con fragmentos, aparentemente dispersos, en la que recurría a la memoria para hurgar en las entrañas de una familia.

La isla de las palabras desordenadas conmovía, en ocasiones por la desnudez emocional que su autora transmitía a través de sus páginas. Página en las que algo latía, como algo late ahora en Puro cuento (colección Sitio de fuego, Baile del Sol, 2016) que es el segundo libro publicado por Yolanda Delgado y volumen que recopila 32 relatos que revelan a una escritora que se mueve, y muy bien, en el complejo territorio de las historias cortas.

La literatura española cuenta con excelentes cuentistas pero no ha sido un género en el que transite demasiado. Esta tendencia ha ido cambiando en los últimos años por lo que no es extraño apreciar en quienes lo practican, al relato nos referimos, que se inspiren en autores extranjeros que hicieron del cuento un arte.

Chejov y Maupassant son, a nuestro juicio, dos de los grandes maestros del cuento. De cuento cuando el cuento bucea en las emociones humana; cuando desvela estados de ánimo con una profundidad psicológica que no necesita de páginas y más páginas para mostrar el alma de los personajes. Después vinieron Borges, Fitzgerald, Carver, Cortázar y no sé cuántos más que han hecho del cuento un género mayor.

Las historias que se reúnen en Puro cuento son 32 relatos independientes que cuentan, cada uno de ellos, con voz propia. Si se abre el libro, el lector se adentrará en las tinieblas de una cárcel colombiana, se sumergirá en la cabeza de una anciana británica a través de una de sus cartas, así como conocerá la fama que obtuvieron las películas de Tarzán protagonizadas por Johnny Weissmüller en la Rusia de Stalin. Y son solo tres historias de las 32 que contiene un libro que marca un antes y un después en la producción literaria de Yolanda Delgado Batista.

Resulta grato comprobar cuando se leen estos puros cuentos puros que en la mayoría de ellos subyace un sentido del humor que suaviza el pecado que arrastran los personajes que protagonizan las historias.

Hay que escarbar, sin embargo, en cada una de ellas para encontrar la veta de la que emana ese sutil sentido de la ironía que la escritora, no sé si por capricho, se empeña en muchas ocasiones por ocultar, casi como si quisiera que fuera el propio lector quien hallara la clave más que cómica, divertida, que respiran estas piezas que, como destaca el escritor Julio Llamazares en el prólogo del libro, carecen de unidad, son cuentos, cuentos puros o puros cuentos.

Así que Puro cuento ofrece lo que anuncia en su título: un conjunto variopinto de relatos que tocan muchos palos, géneros, y bucea en una serie de personajes que si tienen algo en común es, más que su soledad (la soledad a fin de cuentas es el pequeño reino que se fabrican algunos), un sentido abisal de la individualidad. O de esforzarse en seguir siendo persona.

Saludos, a leer que son dos días, desde este lado del ordenador.