Fallece Ricardo Lezcano
Junio 18th, 2013Ha muerto Ricardo Lezcano.
Juan Cruz le dedica un emotivo obituario en el diario El País.
(*) La imagen está tomada de Canarias 7.
Saludos, demasiado son ya los ausentes, desde este lado del ordenador.
Ha muerto Ricardo Lezcano.
Juan Cruz le dedica un emotivo obituario en el diario El País.
(*) La imagen está tomada de Canarias 7.
Saludos, demasiado son ya los ausentes, desde este lado del ordenador.
La culpa la tuvo una mala adaptación al cine de El Sueño eterno, Detective privado (Michael Winner, 1978), cinta que entre otras irreverencia trasplantaba el universo de Los Ángeles al gélido escenario londinense aunque su protagonista, el actor que encarnaba a Philip Marlowe, se convirtió desde ese día en el verdadero, en el único, en el insustituible detective privado amante de las causas perdidas.
¿Su nombre? Robert Mitchum, ya con bastantes años encima, y que en esta película repetía el mismo papel tras el relativo éxito alcanzado por Adiós, muñeca (Dick Richards, 1975), pulcra adaptación de una de las mejores novelas que Raymond Chandler dedicó al investigador aficionado a los gimlet y los cigarrillos Chesterfield.
Pero esta versión de Adiós, muñeca llegó tiempo después que viera en el cine –Cine Numancia, aún lo recuerdo numantinamente y como si fuera ayer– Detective privado con un Bob Mitchum al que todavía le faltaba tiempo para el sueño eterno. En el filme de Winner, mientras tanto, reparte justicia por las neblinosas (¿o son nebulosas?) calles, mansiones de Londres…
Después fue cuando leí a Chandler.
Cuando leí sus novelas y relatos protagonizados por Marlowe.
Y en todas, El largo adiós, La hermana pequeña, La ventana siniestra, Adiós muñeca, El sueño eterno, Playback e incluso la inconclusa Poodle Springs, que terminaría Robert B. Parker, todo un purasangre del género y que fue llevada al cine con James Caan como el detective privado que nunca probó el sabor de la gloria, Marlowe era Mitchum.
¿Hace falta que lo mastique?
En todas esas novelas, y en los relatos Marlowe, Robert Mitchum fue su encarnación perfecta en mi imaginario, en mi construcción de las historias que narraba con lirismo de perdedor Raymond Chandler. Un escritor, Chandler, al que todos los que leíamos citábamos en unos años de instituto que ya se han ido por el sumidero de la historia y del que conseguí en esa misma época de entusiasmos febriles y probablemente guiado por los fantasmas del mismo Chandler y de Mitchum, La vida de Raymond Chandler, de Frank MacShane (colección Libro Amigo, editorial Burguesa 1977, en una excelente traducción de Pilar Giralt) donde el propio escritor describe a su ¿héroe? como: “Tiene un sentido del carácter, o no conocería su trabajo. No acepta el dinero de otro deshonestamente ni soporta la insolencia de nadie sin una venganza debida y desapasionada. Es un hombre solitario, y su orgullo quiere que le traten como a un hombre orgulloso, o lamentarán haberle conocido. Habla como un hombre de su edad, es decir, con rudo ingenio, un gran sentido de lo grotesco, repugnancia por el fingimiento y desprecio por la mezquindad.”
Bob Mitchum, que es junto a Kirk Douglas un actor de hoyuelo en la barbilla, encaja a la perfección en esta descripción chandleariana sobre su criatura más famosa.
Y no es que ubique en segundo lugar el trabajo de Bogart, ni el de Robert Montgomery en su todavía desconcertante La dama del lago, filme que cuenta la historia a través de cámara subjetiva, lo mismo que deseaba hacer Orson Welles con su frustrada adaptación de El corazón de las tinieblas, relato conradiano donde, curiosamente, su protagonista se llama Marlow. Un Marlow al que solo le falta una e para ser Marlowe que es como reconocemos a Philip. Philip Marlowe.
Ese mismo Marlowe, con e, fue interpretado también por James Garner y Elliott Gould. Pero Gould, a mi juicio, no resultó un buen Philip Marlowe, tampoco una película para recordar El largo adiós, que dirigió Robert Altman en 1974 con entusiasmo renovador. Interés por ubicar al detective privado en la época en la que se rodó este filme que adapta la que considero la mejor novela de Chandler con Marlowe como protagonista.
El largo adiós, la novela, contagia su pesimismo.
Su tristeza eriza la piel.
Y todo porque, ya saben, la traición no es una de las bellas artes.
Me encuentro estos días releyendo precisamente El largo adiós.
Una novela que redescubro tras la tercera lectura que le dedico.
Es como si empezara de nuevo, como si me reencontrara otra vez con Marlowe.
El personaje crece en mi cabeza pero siempre como Robert Mitchum.
Un Mitchum que lleva gabardina. También sombrero y las manos metidas en los bolsillos mientras observa con mirada de no-me-creo-nada la telaraña de mentiras que debe de desenredar.
Cuenta la leyenda que para Chandler Marlowe era Cary Grant.
No sé así que habría pensado de Mitchum encarnando a su personaje.
Quiero imaginar, no obstante, que le habría gustado.
Ese hombretón destila tras su físico una ternura que lo convirtió en estrella.
Y esa misma estrella aún fulguraba cuando llegó a encarnar al detective privado en el otoño alimenticio de su carrera.
Así que dicho esto es mi mejor Philip Marlowe.
Ni Bogart, Ni Caan, ni Montgomery, ni Gould, ni Garner…
Cuando leo las novelas que Raymond Chandler le dedicó a su caballero sin espada no hay otro Marlowe que no sea Mitchum.
Un hombre que parece triste, solitario y final.
Saludos, decir adiós es morir un poco, desde este lado del ordenador.
“¿Que miran? No son más que una pandilla de cretinos ¿Y saben por qué? Porque no tienen huevos para ser lo que quieren ser, necesitan a personas como yo para poder señalarlas con el dedo y decir: ése es el malo. ¿En que les convierte eso? ¿En los buenos? No son buenos, simplemente saben esconderse. Saben mentir. Yo no tengo ese problema. Yo siempre digo la verdad. Incluso cuando miento. Así que darle las buenas noches al malo. Vamos, es la última vez que van a ver a un tipo malo como yo. Vamos, apártense que va a pasar el malo. El malo quiere pasar. Será mejor que se aparten…”
(El precio del poder, Scarface, Brian de Palma, 1983)
Saludos, How are you?, desde este lado del ordenador.
“- Y ya está bien de contarte historias por hoy. Ya sabes más de mi vida que yo mismo, me has hecho memorizar cosas de las que ni me acordaba. Pero te digo algo: tu manera de escuchar mis pasos por esta vida, la atención que has puesto, el interés que me has demostrado, me permite presagiar algo, y esta vez voy en serio, esta vez hablo como zahorí de profesión: algún día te harás escritor y terminarás por contar todo lo que has oído de mis labios.”
(El zahorí del Valbanera, Juan Manuel García Ramos, colección Narrativa, Baile del Sol Ediciones)
Las dos últimas novelas de Juan Manuel García Ramos son ejercicios narrativos en los que el escritor solo quiere contar historias. Se pone fin así al cripticismo experimental que caracterizó muchos de los textos de la generación del 70. Parece que ahora García Ramos, como otros compañeros de aquel fenómeno literario, desea ampliar su círculo de lectores. Llegar a un público que además de reconocer literatura quiere entretenerse, emocionarse con la literatura.
Si en El guanche en Venecia se trataba de un texto que se acoplaba cómodamente y sin sonrojarse al género de la novela histórica, el escritor apuesta ahora con El zahorí del Valbanera por la memoria familiar y también la fábula en un texto desconcertante para los que hayan seguido la producción literaria de su autor.
En este sentido, El zahorí del Valbanera es un libro que entretiene y, lo que es mejor, contagia emociones. Una novela que parece escrita más con el corazón que con la cabeza, lo que a mi juicio maximiza el interés de una obra que en apenas un centenar de páginas hace conmover y, de alguna manera, reconciliarme con las raíces de la geografía que habito.
En su nueva novela, Juan Manuel García Ramos no camufla intenciones, y ya desde el principio avisa que se trata de un libro en el que quiere reivindicar la memoria de su abuelo, pero también de todos aquellos canarios que en algún momento de su vida se vieron obligados a marcharse de su tierra por necesidad.
Esta temática resulta inquietantemente actual con los tiempos siniestros que vivimos, aunque hay otras reflexiones que empapan las páginas de un libro que se lee de una sentada.
Por un lado, describe con vigor narrativo la conexión –debido a las circunstancias– que unió durante unos años de penuria los destinos de Canarias y Cuba. Y por otro, permite al escritor reflexionar sobre la atlanticidad, pieza maestra que forma parte del discurso en el que se apoya el imaginario de García Ramos.
El zahorí del Valbanera es además una novela cuidadosamente didáctica, en la que su autor repasa y subraya cómo afecta a sus protagonistas, en especial a José Aquilino Ramos, su abuelo materno, lo que significa ser testigos involuntarios de la Historia.
Un relato, el de la Historia, tan caprichosamente próximo al mito de Sísifo.
No abruma sin embargo el escritor con precisiones, obsesiva cronología de los hechos. No, Juan Manuel García Ramos no quiere resultar denso ni pedante. Muy al contrario, apuesta por la síntesis. En su novela lo que de verdad importa es la reivindicación de la memoria de un hombre que no lo tuvo fácil en la vida.
Un hombre bueno, que mantiene un diálogo con su nieto, el mismo escritor, mientras cuenta pedazos de una existencia entregada al trabajo en una tierra que no era la suya pero que terminó siendo algo así como suya tras su regreso a Valle de Guerra, localidad del nordeste de Tenerife con la que parece García Ramos quiere ajustar cuentas. Saldar una deuda histórica.
Como novela, El zahorí del Valbanera me parece así más sincera y menos pretenciosa que El guanche en Venecia. Lo que explica su grandeza. Quizá sea porque aquí ya no se trata de reivindicar nacionalismos extremos, recurriendo para ello a un mito más cercano al hombre de acero que a la realidad sino, precisamente, por narrar desde la distancia de un observador implicado la errática existencia de un canario de a pie. La de un hombre que se fue con lo puesto a otro lugar en el que tuviera la oportunidad de manifestar el concurso de sus modestos esfuerzos.
Tiene esta novela-memoria-fábula momentos que conmueven, y logra el escritor algo fundamental para todos aquellos que, como quien ahora les escribe, pide a una novela: que le entretenga y despierte emociones.
Ha logrado además que la leyera de un tirón. Sorprendido por el relato, por el cuadro que hace de un hombre que obedeciendo a su voluntad de presagio, salva su vida y la de sus tres amigos cuando el Valbanera, el barco que más tarde desaparecería en su trayecto hacia La Habana, hizo escala en Santiago de Cuba.
Sí se le puede reprochar a García Ramos una vez leída la novela que el lector exija más. Pero esto es así porque, al menos fue mi caso, José Aquilino Ramos pasó a formar parte de mi familia.
Ya he dicho que El zahorí del Valbanera despierta demasiadas emociones. También recuerdos de personas que han marcado mi existencia y que hoy, desafortunadamente, están ausentes.
Comparto así muchas de las emociones del autor, y agradezco su sereno equilibrio porque el libro nunca cae en lo cursi, en lo fácil. En explotar la lágrima ridícula.
Mencioné antes que está escrito en forma de un diálogo donde el abuelo materno narra su historia y en la que su nieto revela sus impresiones, la nostalgia ¿amarga? de recuperar una vida que hizo del trabajo su catecismo con el único objetivo de regresar a su tierra natal.
Concluyo, citando al autor de El zahorí del Valbanera:
“El nieto huye de idealizar a su abuelo, de convertirlo en una vida ejemplar, de aquellas que leía en los colorines de su primera infancia, pero no puede dejar de considerarlo una buena muestra de lo que fue la vida para muchos valleros de su época, abocados a salir de sus lugares natales a buscar el sustento y la dignidad negados por sus entornos de origen. La emigración siempre es una manera de negarnos a ser lo que otros quisieron que fuésemos. La emigración siempre es rebeldía, y esa actitud era la que el nieto admiraba en su abuelo cansado y vencido, arrepentido por no haber dado a su descendencia lo que él fue a buscar a América, una vida distinta, un mundo abierto, una alternativa a la condena dictada por lo alrededores del lugar de nacimiento.”
Saludos, he dicho, desde este lado del ordenador.
“Y trató de imaginar cómo se vería la luz de una vela cuando está apagada.” (Lewis Carroll)
Me encuentro con Eladio Fraga mientras rambleo y lo primero que le pregunto es si se ha vuelto loco.
- ¿Loco?
- Lo digo por eso de reabrir el Cine Víctor. ¿Va en serio la cosa?
Eladio se pasea la mano por el bigote a lo Clark Gable que alfombra debajo de su nariz.
- Pues sí.
- ¿Estamos hablando del mismo Cine Víctor?
Nos detenemos en el kiosco de La Paz y nuestras miradas coinciden en la entrada del antiguo palacio –me niego a llamarlo templo– cerrado a cal y a canto.
Eladio asiente y por señas insisto que se ha vuelto loco.
- La nave va.- dice Eladio, no sé si porque de repente se ha vuelto felliniano, lo que pondría de manifiesto que, efectivamente, se ha vuelto loco.
- ¿Un cine como el Víctor rentable en estos tiempos?- pregunto por seguir hurgando en la herida, imbuido, quien sabe, por el espíritu del dichoso y loado sea su nombre Santo Tomás.
Eladio se encoge de hombros.
“Te has vuelto un romántico” pienso, no digo, mientras mi cabeza recupera momentos vividos dentro de ese cine que fue, reitero, un palacio nunca un templo.
- ¿Y para cuándo la inauguración?
- El 1 de agosto.
- Vaya. Encima, en verano, con dos… Ya sabes, con dos…
Eladio vuelve a pellizcarse el bigotito a lo Gable que sombrea su nariz.
- ¿Cuentas con algún respaldo institucional?
- No, todo privado.
- Vaya… ¿Y será cine, cine?
Eladio asiente.
- Nada de teatro, nada de monólogos, nada de conciertos, nada de mítines políticos que, como sabes, son algo así como teatro, monólogo y concierto todo junto y revuelto…- digo en plan bromeo.
- Cine. Solo cine.- asegura Eladio.
La mente se me ilumina entonces y suelto el tópico titular que circula beodo por mi cabeza.
- El Cine Víctor reabre sus puertas cual ave Fénix.
- ¿Qué dices de Félix?- comenta Eladio distraído, perdido en su universo con sonido a sensurround.
Pero no hago caso, y voy a lo mío.
- ¿Y se puede saber que película estrenará esta nueva etapa del renacido Cine Víctor?
Eladio continúa en su mundo con sonido sensurround.
- Eladio, ¿me escuchas, Eladio?
Me mira, se pellizca el bigotito y no sé si sonríe.
- Guerra Mundial Z.
- ¿La del Brad Pitt?
- La del Brad Pitt.- me confirma.
- ¿Y luego?
- La última de Guillermo del Toro.
Buscando por la red me entero que se trata de Pacific Rim, una película de monstruos con robots pilotados por humanos bajo el fondo del mar que combaten contra colosales criaturas infernales.
Cine de autor con todas sus letras.
O lo que es lo mismo, que Eladio sigue siendo Eladio.
- Cine de estreno entonces el que se proyectará en el Víctor. Como en los viejos tiempos…
Eladio asiente y vuelve a pellizcarse el bigotito a lo Gable que tiene debajo de la nariz.
- ¿Puedo publicar lo que me acabas de decir en el blog?
- Sí, sí…- repite.
- Hasta la próxima entonces.- respondo aún desconcertado.
Mientras lo veo alejarse no me queda muy claro todavía si Eladio es consciente de la inversión que tiene que ejecutar en el Cine Víctor.
De la profunda remodelación que debe someter a la sala, que cuenta con dos pisos –en mis tiempos decíamos la parte de arriba y la parte de abajo–, así como la de mejorar la instalación técnica. El proyector, la pantalla, el sonido entre otras ¿menudencias?
Veo como Eladio se sienta en una de esas sillas metalizadas que rodean la fuente de la que antaño fue la Plaza de la Paz y que da, como todo vecino que se precie de esta capital de provincias sabe, justo delante de la fachada del Cine Víctor, con su letrero de neón apagado.
¿O quizá esté fundido?
Vuelvo a mi café con leche.
Y susurro entonces
- Suerte, inglés….
Lo dice Nick Nolte en Adiós al rey (John Milius, 1988).
Saludos, ya lo saben, desde este lado del ordenador.
No hubo manera en mis años mozos que me dejaran entrar en una película que, pasado el tiempo, explica cómo funcionaba por aquel entonces la orden de prohibir que la vieran los que eran menores de 18 años.
Como otras tantas películas que se estrenaban en los cines, y sin referencias salvo que la protagonizaba Vincent Price, lo primero que me llamó la atención de este largometraje fue el cartel promocional que colgaba en distintos puntos de la capital tinerfeña… Un cartel que lograba disparar mi imaginación, de un sensacionalismo burlón que todavía, cuando lo contemplo, hace que viaje al pasado y que se despierten emociones que creía dormidas definitivamente.
Puedo entender ahora, pasado los años y con una visión un tanto legendaria de aquella adolescencia, que el interés por digerirla se acrecentara en vez de disminuir a medida que los porteros de los cines de estreno me negaban la entrada. Y siento aún la sensación de derrota con la que regresaba a casa, una frustración que no se iba a disipar de mi cabeza hasta que tuviera la oportunidad de verla…
Tuve que esperar así a que se repusiera en uno de aquellos cines de barrio que entonces poblaban el callejero de Santa Cruz de Tenerife. Concretamente, el Cine Somosierra, donde los custodios no resultaban tan estrictos a la hora de dejar pasar a un niñato con demasiados pajaritos en la cabeza.
Pasado los años, las emociones son encontradas.
Porque reconociendo que no se trata de una gran película, sí que es, a mi juicio, uno de los mejores papeles que interpretó Vincent Price.
El filme se tituló en España Matar o no matar, este es el problema (Theatre of Blood, Douglas Hickox, 1973) y en él intervienen algunos de los actores más grandes del cine británico como Jack Hawkins, Harry Andrews, Robert Morley, Diana Rigg y, en un papel pequeño pero explosivo, la explosiva Diana Dors.
Recuerdo que cuando salí del Cine Somosierra, una de aquellas salas, junto al Delta o al Fraga, en las que era posible colarte a las de mayores de 18 años, Matar o no matar, este es el problema fue una de esas películas que contribuyeron a que abandonase esa etapa de la vida en la que saltas sin red de la infancia al pantano de la adolescencia, y que para mi, Vincent Price se convirtiera desde ese día más en el fracasado actor shakesperiano Edward Lionheart que en el abominable doctor Phibes.
Aún conservo imágenes muy frescas de esta película en el disco duro de mi memoria. Debe ser que se trata de un filme que tontea con el gore con tono de deliciosa comedia macabra.
Descubro en dvd y a precio de crisis Matar o no matar, este es el problema, y siento como el chispazo de la emoción me recorre por la espalda.
Ya en casa, el cansado reproductor se pone idiota, lo que me hace rememorar los “déseme usted la vuelta” que me cantaban los porteros cuando nervioso y poniéndome de puntillas le hacía entrega de la entrada…
Pero por fin, quizá porque recito en silencio pedazos del Necronomicón, comienza la película en el televisor y la veo con ojos presuntamente adultos; descubriendo que lo que antaño me impactó ahora apenas me produce una sonrisa, aunque aún me captura la trágica historia del actor que es humillado por un grupo de críticos, dando pie a su furiosa y shakesperiana venganza con la colaboración de su hija y de un grupo de mendigos que me proporciona lecturas que en su día, más preocupado por el efectismo, fui incapaz de interpretar.
Con todo, la película no ha perdido su encanto. Me desconcierta su atrevido erotismo para la época, la etérea sexualidad de la encantadora Diana Rigg, y las carnes generosas de Diana Dors… Disfruto con esa venganza implacable que emprende Price contra esos críticos que le negaron su reconocimiento, así como ese aire de ópera bufa aunque trágica que planea en un largometraje que se permite readaptar al mismísimo Shakespeare explotando sus historias más sangrientas, su teatro de sangre, con largos parlamentos que, escuchados en inglés, sacan a relucir la musicalidad de un idioma que si no se enseña bien, uno termina por odiar.
Regreso, en definitiva, a mi ya lejana adolescencia recuperando una película que se ríe de sí misma pero que a la vez se toma muy en serio. Y quiero entender, mientras la observo, el valor que tenía aquel niñato que hacía lo imposible cuando le negaban lo posible.
Y aprecio que su debilidad por la señora Rigg no haya decrecido con el tiempo, y que ya desde ese entonces se pusiera del lado de Price y no de los cretinos que fueron incapaces de reconocer su talento.
Asumo, también, de donde procede mi afición por el cine británico, y su peculiar sentido del humor que en esta pequeña película termina con una frase que no voy a desvelar pero que dice mucho de los profesionales que están convencidos de su criterio.
Una película, Matar no matar, este es el problema, que para quien ahora les escribe es eso que unos denominan como película de culto.
Un título que, con todos sus inevitables defectos, despertó ideas a un niño impertinente que, treinta años después, descubre colorado que ya forman parte de su estrafalaria personalidad.
Tal vez y de tanto en tanto, un poco sobreactuada.
Saludos, ¡¡¡larga vida a Edward Lionheart!!! desde este lado del ordenador.