¡Dios, qué novela!

Diciembre 9th, 2022

Si me preguntas cuál fue una de las primeras novelas que me marcaron porque llegó a mis manos como suelen llegar las cosas buenas, de manera imprevista, fue Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque.

Quizá se trate de una de las más reconocidas novelas pacifistas escritas nunca, aunque mucha de la literatura que se generó tras la I Guerra Mundial clamase por la paz mientras al mismo tiempo describía los horrores de las trincheras.

Salvo Ernest Jünger con sus Tempestades de acero y algún que otro autor belicoso que se encuentra por ahí, el grueso de los libros que he tenido la tentación de leer a lo largo de ya más de medio siglo de vida sobre aquel periodo de la Historia tienen un mensaje claramente de paz. No hay otra lectura posible. Desde John Dos Passos y su notable Tres soldados, al Hemingway de Adiós a las armas, el Robert Graves de Adiós a todo eso y otros tantos y tantos narradores — narradoras pocas, esa es la verdad– que nos contaron aquella catástrofe haciendo un importante examen de conciencia sobre sus experiencias en el frente.

Y así, mientras estudiaba segundo de BUP en el Teobaldo Power y a iniciativa de un profesor que nos daba Historia, se organizó en aquel Instituto una Feria del Libro en la que me llamó con alta voz, y desde donde se encontraba descansando, un ejemplar de Sin novedad en el frente que adquirí sin pensarlo demasiado.

El ejemplas estaba editado por Bruguera, en una colección para jóvenes e incluía ilustraciones que sin ser una cosa del otro mundo apoyaban gráficamente algunas de las escenas que Remarque contaba en la que fue su primera y más reconocida novela.

El caso es que lo leí lo que se dice en un santiamén y que poblé el ejemplar con subrayado en lápiz de las que pensaban eran algunas de sus mejores frases. En el libro, el autor narraba cómo se convenció a los jóvenes de la orgullosa nación alemana a marchar al frente por la patria y todo ese cuento y una vez en el frente, a luchar como valientes por una causa que nadie terminó por entender demasiado bien.

En la novela, el joven protagonista se rodea de un grupo de camaradas que van desapareciendo por la dichosa guerra a medida que se avanza en las páginas y al final… bueno, al final sucede algo terrible en una escena en la que aparece una mariposa revoloteando en un campo de batalla cubierto de muertos, estamos en 1918 y la I Guerra Mundial está a punto de finalizar. El protagonista, aniquilado, demolido por el poder del miedo, observa un campo de batalla repleto de cadáveres descuartizados por las bombas y las balas de ametralladoras. Sus botas se hunden en el lodo de la trinchera, trinchera por donde corretean libremente ratas del tamaño de gatos que roen la carne de los muertos. Arriba, en el cielo, el firmamento aparece encapotado por una eterna panza de burro mientras el olor de la muerte se mezcla con el de la pólvora. A modo de trágica banda sonora, los gritos y gemidos de los heridos que esperan fallecer mientras agonizan en la tierra de nadie…

Tal fue el éxito de Sin novedad en el frente que Erich Maria Remarque se convirtió en un personaje muy popular en la dolorida Europa de entreguerras. Luego, y tras el ascenso del partido nacionalsocialista al poder en Alemania, emigró como si hicieron tantos otros a los Estados Unidos de Norteamérica donde continuó su carrera como escritor.

Cuenta en esta segunda etapa con títulos bastante notables como El regreso, que intentaron venderla como la segunda parte de Sin novedad en el frente pero sin serlo. La historia cuenta la vuelta a casa de los soldados alemanes una vez licenciados y el cambio que notan que la guerra ha hecho en sus pueblos, en sus casas y en sus familia. Después, sería autor de una extraordinaria novela romántica: Tiempo de amar, tiempo de morir que sería llevada al cine por Douglas Sirk, y en la que cuenta las experiencias de un soldado alemán durante la II Guerra Mundial en el frente ruso y que vuelve de permiso a casa unas semanas para encontrarse con un lugar que ya no existe y por lo tanto que ya no le pertenece.

Me acuerdo de Sin novedad en el frente (que cuenta con dos adaptaciones cinematográficas más que recuerde, una, la mejor, dirigida por Lewis Mlestone y la otra, para televisión, al mando de Delbert Mann) porque no hace mucho se estrenó en una de las plataformas que ya forman parte de nuestra vida una nueva versión cinematogbráfica de la novela que dirige Edward Berger y que no está nada, lo que se dice nada mal aunque se tome algunas licencias que en vez de estropear dan mayor solidez a un relato cuyo mensaje sigue siendo el mismo: como la guerra liquidó los sueños y las esperanzas de una generación. Un mensaje, por otro lado, tan necesario para estos tiempos que vivimos.

El caso es que viendo la película me acordé de las sensaciones que la novela me produjo en su momento y que tras levantarme para buscar el libro en mi caótica biblioteca no encontré el ejemplar en el que sí que recuerdo cuando la finalicé de leer la frase que dejé escrita al principio, justo debajo de donde aparece el título y el nombre de su autor: ¡Dios, qué novela! Y que despertaron otra vez el entusiasmo por leerla, de sumergirme en el horror de un infierno desatado en el que solo es posible sobrevivir si cuentas con el compañero, el camarada, que tienes al lado.

Creo por eso y otras cosas más que no se le ha rendido la justicia que se merece a su autor, Erich Maria Remarque, un hombre que quiso y consiguió a través de su literatura denunciar la realidad de la guerra que son iguales aunque los tiempos cambien. Iguales no en el mortífero poder de las armas, que aumenta con el paso de los años sino en cuanto al sufrimiento que provoca. Y no solo en el soldado sino en la gente que se deja en retaguardia, esa mayoría silenciosa que soporta los embates del combate desde casa. Solo que esa casa ya no es la que conocieron.

En fin, que una nueva lectura a Sin novedad en el frente nunca viene mal, sobre todo si se tiene cierta sensibilidad por la novela pacifista, esa que denuncia la guerra a través de sus protagonistas, en el caso de Remarque, un puñado de soldados que apenas han cumplido los 20 años.

Conservo ese ejemplar en algún lado y recuerdo, como dije, que lo tengo subrayado (porque tuve un tiempo en el que subrayaba frases que me impactaban de libros que más que leer, devoraba diga lo que diga el guanajo) en casi todas las páginas porque, ya digo, su lectura fue una sorpresa. Probablemente, se trata Sin novedad en el frente de uno de los primeros libros serios que leí tras anclar las lecturas lovecraftianas y antes, mucho antes, de Ray Bradbury que fue uno de los primeros escritores (el primero fue Robert Louis Stevenson) que me enseñó lo bien que se lo pasa uno cuando el libro que tienes en las manos se convierte en algo así como un cómplice… Y Sin novedad en el frente me cogió por el cogote y me sacudió tanto que todavía evoco con agrado aquel estremecimiento, ese placer que te acompaña cuando lo que tienes entre las manos ya no se lee sino que se vive.

Eso debería de bastar para explicar que escribiera, ya lo apunté antes, en la primera página de mi ejemplar de Sin novedad en el frente una expresión que no he vuelto a repetir a pesar de que en este camino que es la vida haya estado repleto de libros excelentes, muchos de los cuales me cambiaron la vida..

Dios, qué novela.

Saludos, la paz sea con ustedes, desde este lado del ordenador

Recuperan los artículos de arte de Padrón Acosta

Diciembre 8th, 2022

La Biblioteca Sebastián Padrón Acosta (BSPA) da a conocer sus dos nuevos volúmenes, Miscelánea artística y Miscelánea histórica, que rescatan un heterogéneo grupo de textos del escritor y erudito tinerfeño Sebastián Padrón Acosta (1900-1953), de temática artística e histórica.

Con respecto a los ensayos vinculados a las artes plásticas -consultados a lo largo de los años por muchos especialistas, y ahora recuperados en conjunto por vez primera-, hablamos de escritos publicados después de la Guerra Civil española, en la primera posguerra, especialmente en los rotativos La Tarde y El Día. Padrón Acosta tiene como uno de sus perfiles más importantes el de historiador del arte canario y de crítico que valora y anima la obra de jóvenes que comenzaban a crear por esos difíciles años, sobre todo desde la plataforma del Círculo de Bellas Artes santacrucero.

Antonio José Eduardo, Diego Nicolás Eduardo, Nicolás Alfaro, González Méndez, Davó, Bonnín, Martín González, Cejas Zaldívar, Juan Ismael, Antonio Torres, José Julio, Eva Fernández, Alonso Reyes, Carlos Chevilly… son algunos de los nombres sobre los que escribe en esta recopilación de dispersos textos sobre artistas, visiones que completan su obra en torno a la plástica canaria con las conocidas monografías sobre imagineros como Fernando Estévez, Rodríguez de la Oliva, Valentín Sanz, Luis de la Cruz o Juan de Miranda, que también reeditará próximamente esta colección.

Por su parte, el otro volumen, Miscelánea histórica, recopila artículos de temática estrictamente histórica, y donde sobresalen los vinculados a la capital tinerfeña (la iglesia del Pilar, la Virgen de Regla y su ermita, Los Campitos, la Cruz de la Conquista, plaza y el convento de Santo Domingo…), algunos sobre el Puerto de la Cruz, la quema del Judas en Tenerife, la biografía de Teobaldo Power, la derrota de Nelson (ensayo clave en la historia de la gesta) o en torno a figuras como Buenaventura Bonnet, Fernández Bethencourt o Nicolás Estévanez.

Tal y como dice el coordinador de la BSPA, autor de las ediciones e introducciones, José Miguel Perera, “si hablamos del trabajo de Sebastián Padrón Acosta, su nombre figura como uno de los más importantes y primeros dentro de la clave hornada de investigadores sobre los Estudios Canarios surgidos a partir de la década del 40 del siglo XX, fecha que coincidirá con la etapa de madurez de nuestro protagonista”.

La BSPA. La Biblioteca Sebastián Padrón Acosta es un proyecto que comenzó en 2017 y que es coeditado por Mercurio Editorial y el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias (IEHC), con la pretensión de editar desde la actualidad la obra completa de este importante escritor tinerfeño. La BSPA es coordinada por el poeta, crítico literario e investigador José Miguel Perera, que realizó su tesis doctoral sobre el sacerdote escritor Sebastián Padrón Acosta (Puerto de la Cruz, 1900-Santa Cruz de Tenerife, 1953). Hasta ahora se han editado los volúmenes Leyendas canarias, Prosa creativa I, Prosa creativa II y Las poetisas canarias (siglos XVIII, XIX y XX), el primer estudio sobre mujeres poetas de las Islas, a los que se suman estos otros dos que se presentan este viernes, a las 19:30 horas, en la sede del IEHC del Puerto de la Cruz, donde estarán presentes el coordinador y Margarita Rodríguez Espinosa, vicepresidenta de la institución cultural norteña.

Saludos, los decimos casi siempre, desde este lado del ordenador

Talón, un libro de cuentos de Nicolás Melini

Diciembre 7th, 2022

El trabajo de un editor no consiste solo en publicar libros sino, lo más importante, en cuidar y mimar las obras que presenta al público. Se traten de grandes o pequeñas piezas, todas ellas deben de estar ejemplarmente editadas. Sea su formato amplio o reducido. En mi caso, prefiero aquellas que pueden llevarse perfectamente en el bolsillo, un agradable aliciente para los que todavía tenemos la costumbre de transportar libros a todas partes.

Esta manía, la de llevar libros a todas partes, probablemente tiene su origen, al menos en nuestro caso, en la preocupación que tengo de no aburrirme a todas horas. Cansado del ritual de estar pegado siempre a la pantalla del teléfono móvil, me gusta sentir cómo en el bolsillo del pantalón o de la chaqueta descansa un libro que aprovecho para leer si voy en el tranvía o si dejo a la perra suelta en el parque. Un libro, y si está bien editado mejor que mejor, me abstrae y a la vez me evade del lugar en el que me encuentro. Me proporciona a través de las palabras las herramientas adecuadas para sentir que por una vez estoy en el escenario perfecto.

Franz Ediciones es una editorial independiente que mima mucho a sus libros. Cuenta en su catálogo además con una serie de autores canarios que no sé si enriquecen el fondo de la editorial pero tampoco lo desmerecen. La editorial incluye libros de poesía y cuentos de calidad diversa (para gustos se inventaron los colores) pero que resultan interesantes, sobre todo si se atiende a los títulos “canarios” que, como se dijo, incluye en su catálogo y que resultan un tanto ajenos por no decir extraños si se pretenden ubicar en el panorama circular literario del archipiélago.

Uno de los escritores de las islas que ha publicado en esta editorial es Nicolás Melini, un autor que cuenta ya con una notable bibliografía en la que se mezcla poesía con narrativa e incluso el ensayo. A mi me gusta mucho Melini (cuestión de gustos) como cuentista, no tanto como poeta ni cronista de la realidad, y Talón, el libro que presenta Franz Ediciones, reúne, precisamente, diecisiete cuentos que no terminan sin embargo de ser ni lo uno ni lo otro.

Tengo la sensación, tras varias lecturas, una de ellas clásica, de principio a fin y otra a saltos, sin obedecer a principio ni fin, de que se trata de un libro que no acaba de terminarse. En contra de otras obras del escritor, me ha costado incluso a ratos entender qué propósito escondían algunas de las historias que se distribuyen a lo largo de sus apenas 120 páginas.

Admito, en todo caso, que al ser de la vieja escuela frunza el ceño cuando me asalta el recelo porque leo historias que no me resultan historias sino palabras más o menos bien organizadas pero sin demasiada sustancia por dentro y por fuera. La sensación que me asalta entonces es que este puñadito de cuentos podían haberse trabajado con más denuedo aunque entienda que quizá la intención del escritor fuera, precisamente, ésa, dejar que los interrogantes flotaran en el aire y que fuera el propio lector quien les encontrara respuestas. Puede ser, pero como ya dije soy de la vieja escuela y por lo tanto muy poco por no decir nada entusiasta ante sospechosos “experimentos literarios”. Sospecho de hecho de los “experimentos” porque en cualquier rama del arte suelen emplearse para esconder carencias. No es el caso de Nicolás Melini, y a su obra anterior me remito, pero esto solo hace que acreciente mi extrañeza y suscite otra pregunta cuando me enfrento a Talón: ¿por qué?

Entiendo que el escritor esté en un continuo proceso de transformación, que la idea sea la de avanzar y no retroceder en su escritura y así ha dejado constancia en una bibliografía que incluye una demoledora novela (El futbolista asesino) y antología de relatos de una fuerza tan intensa que desconciertan como Historia sin cariño de Remedios Quiero Besarte y Pulsión del amigo, entre otros, pero no encuentro este desconcierto, salvo ocasionales destellos, en las piezas que reúne en Talón.
Y eso que los cuentos que presenta en este libro abordaban situaciones idóneas para un narrador como Melini: la pobreza, el abandono y el desarraigo, no pertenecer a ningún lugar, a ningún sitio.

Aprecio al escritor que descubrí hace años en varias de las historias de Talón pero en otras tengo la sensación de que se metió en un callejón del que no supo salir. Aún entendiendo que este fuera el objetivo, parece que al escribir el cuento de pronto se aburriera de él y lo dejara varado. Más interrogantes.

Los cuentos en los que encuentro al escritor que me convence, al Nicolás Melini que se crece incluso cuando ensaya la brevedad con la intención de ser más breve, son los que llevan por título Elasticidad comprobada y otros relatos que toman afortunado vuelo como Sí, Fe, El Roque y los muchachos y Talón, que da nombre a este libro y en el que derrama apuntes notables sobre la locura. Otros no terminan de cuajar, esa es la sensación con Salir.

Entre las narraciones más largas del libro destacaría Indolente y Nos es culpa de ellos, ellos no tienen la culpa, relatos que levantan el vuelo y que con los anteriormente citados me parecen de lo mejor de un libro que pide, al menos en mi caso, otra nueva lectura.

A modo de conclusión, Talón se inscribe en la línea en la que ha derivado la última literatura del escritor: una búsqueda por la contención y la brevedad que a mi juicio no termina de dominar. Con todo y como ya se dijo, se encuentran latidos del narrador que descubrí y conocí en el pasado en algunas de las diecisiete piezas que aglutina este volumen que espero no sea, permítaseme la broma fácil, un talón de Aquiles en la literatura de su autor.

Saludos, llueve, desde este lado del ordenador

El ’señó alcarde’ habla sobre el Museo Rodin

Diciembre 5th, 2022

Afortunadamente, y tiempo al tiempo, lo que ya se conoce como el escandalito va camino de convertirse en escandalazo Rodin aunque algo me dice que el tsunami de dimes y diretes lo veremos el año próximo y no éste que se acaba lánguidamente, augurando un futuro repleto de nubes oscuras que no, por una vez, espero que no nos eviten ver ante lo que nos jugamos.

El caso Rodin se está hinchando como un globo, poco a poco, mientras el artisteo y la periferia que lo rodea se le va quitando el miedito quizá porque algunas de estas voces están al borde de la jubilación y han dejado lo que les queda de futuro atado y bien atadio y que el 2023 es año de elecciones… que vaya uno a saber.

El caso es que sobre el escándalo del Museo Rodin ya se están publicando –aunque todavía sea a cuenta gotas– textos que firman Ramiro Carrillo y el arquitecto Federico García Barba. También se pronuncia un hombre poco dado a salir en los medios como Carlos Díaz Bertrana, quien en una entrevista con el periodista Andrés Chaves dice hoy mismo en Diario de Avisos mientras da cuenta de un steak tartar en el restaurante Los Limoneros: “El Museo Rodin es un disparate que puede acabar en malversación”.

Y esto es solo de momento, a ver si se van apuntado nuevos representantes de “nuestra cultura” y se frena que los dioses lo vean, uno de los proyectos no solo más idiotas sino incluso infames que hayamos visto en los últimos tiempos en estas islas abandonadas a su suerte… Tan feliz en su ignorancia hasta el día de ayer mientras se hunde irremisiblemente en las turbulentas aguas del océano Atlántico.

En una entrevista que publicó Diario de Avisos este domingo, 4 de diciembre, con el alcalde de la capital tinerfeña, José Manuel Bermúdez, a la pregunta que la periodista Natalia Torres de si “¿entiende las críticas al Museo Rodin?”, éste responda sin que se le caiga la cara de vergüenza:

“Los mismos que critican el Museo Rodin son los que aplauden el Museo Picasso en Málaga, o el Guggenheim. Estamos planteando un proyecto que se basa en la cultura universal, y Rodin es un símbolo de la cultura universal, y por otro lado se basa en dar otro museo más a la ciudad, y además complementarlo con un centro de interpretación de nuestras dos exposiciones de esculturas en la calle, así como darle contenido al Viera y Clavijo”.

O sea que es una forma muy habitual del señó alcarde con “r” de ratón, de echar balones fuera.

Más adelante y ante la pregunta de:

“- La crítica va también por el hecho de que en un año preelectoral se comprometan 16 millones de euros…”

Responde el señó alcarde:

“Son 16 millones que se van a amortizar en 50 o 100 años por delante. Si miramos para atrás y se ve el coste de algunas cosas que tenemos ahora con respecto al beneficio que le ha producido a la ciudad, frente al coste que tuvieron en su momento, muy alto, lo que vemos es un beneficio ilimitado a lo largo del tiempo. Es algo que viene para quedarse, esas obras se quedarán en el patrimonio municipal”.

Ojo al dato, afirma José Manuel Bermúdez que esos 16 millones de nada se amortizarán en “50 o 100 años por delante” y uno se queda descolocado… ¿Cómo? ¿50 o 100 años por delante?

En fin… Que será verdad eso que el señó alcarde nos toma por tontos. No te digo nada cuando a partir de enero del próximo año notemos el incremento en la factura del agua. No nos queda nada a los chicharreros claro que Museo Rodin al precio que sea y cómo sea… que dentro de 50 o 100 años verá la ciudad, qué digo la ciudad, la isla, el archipiélago, España, Europa entera los beneficios de unas museo que contendrá 87 copias de copias y copias del escultor francés.

Ya sin tener relación con el Museo Rodin pero sí con la Cultura de esta ciudad, el señó alcarde se manifiesta partidario de que el Organismo Autónomo de Cultura deba incorporarse al Ayuntamiento “como en su día hizo el de Deportes”. Algo que ya sospechábamos en este su blog El Escobillon cuando explicamos las razones del nombramiento en julio de este año de Francisco Clavijo Rodríguez como director general de Cultura y Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife.

Y dicho esto pues que uno se queda como mosquiado, con esa terrible sensación de que me (nos) están tomando el pelo incluso a los que ya lo tenemos en franca retirada sobre la cabeza así que espero, porque la esperanza es lo que me mantiene en pie, que el escandalito que dejará de serlo en favor del escándalo del Museo Rodin, genere nuevos artículos, debates y sirva de ariete a una oposición que, actualmente, parece más cautiva y desarmada que nunca para frenar un proyecto millonario que por mucho que se empeñe el señó alcarde no tiene nada que ver con el Museo Picasso de Málaga ni el Guggenheim de Bilbao.

Más quisiera él, pero no.

No y no, ante un Museo Rodin que además de la fortuna que costará nace bichado y su olor a huevos podridos (muy parecido al que exhala la Refinería cuando suelta los gases) comienza a expandirse por la capital de una isla, Tenerife, que muere, cantó el trovador, en despiadada “soledad”.

Saludos, se dijo, desde este lado del ordenador

Pedro Herrasti: “Que una novela histórica sea divertida no quiere decir que no esté exhaustivamente documentada”

Diciembre 1st, 2022

Pedro Harresti no se arruga cuando reconoce que Jorge Blanco, el protagonista de Capitán Franco y Madrid era una fiesta, es la versión española de Harry Flashman, el personaje creado por el escritor escocés George MacDonald Fraser y a través del cual se narra en clave de humor la historia del imperio británico según las supuestas memorias de Flashy, un militar golfo y cobarde que termina en todas sus aventuras como lo que no es: un héroe. En el caso de Jorge Blanco, que aparece como personaje real en La forja de un rebelde, de Arturo Barea, se repite la fórmula solo que con un delicioso acento español.

Los seguidores de Blanco han tenido sin embargo que esperar casi diez años para que Herrasti ofreciera otra novela de “nuestro particular cobarde heroico” pero la espera ha merecido la pena. Tanto, que su creador avanza en la siguiente entrevista que espera sacar una novela al año de Blanco y que en todas ellas aparecerán muchos de los protagonistas de la Historia de España de ese momento como, entre otros, Manuel Azaña, Francisco Franco, Juan Negrín y escritores como Miguel de Unamuno o Juan Ramón Jiménez.

– Casi diez años después de publicar Capitán Franco aparece Madrid era en una fiesta, ¿por qué ha tardado tanto tiempo en publicar la segunda entrega de la serie Blanco?

“He estado volcado en mi ámbito profesional, algo que me ha impedido ocupar el tiempo que debería a la escritura. Efectivamente, creo que ha transcurrido demasiado tiempo entre la primera entrega y la segunda, pero espero sacar las próximas con un ritmo mucho más rápido. Si es posible, casi anualmente”.

- ¿Cómo se le ocurrió el personaje?

“Jorge Blanco es una adaptación española de las novelas de Harry Flashman del escritor británico George MacDonald Fraser. Al igual que Harry es un sujeto amoral, juerguista, bebedor, mujeriego y cobarde, aunque, por unas circunstancias u otras, al final siempre queda como un valiente y esforzado caballero. El gran mérito de las novelas de Flashman es el introducir en la novela histórica algo tan escaso en este género como es el humor. Que sean humorísticas, amenas y divertidas no quiere decir que no estén exhaustivamente documentadas. Eso es algo que también he querido hacer con las novelas de Jorge Blanco”.

- ¿Y por qué una secuela ambientada en aquel Madrid que no dormía de noche de los años 20?

“En Capitán Franco ya hablaba de la intensa vida intelectual del Madrid de principios del Siglo XX. Allí se relaciona con Manuel Azaña, entonces secretario del Ateneo, y con Rafael Cansinos Assens, una de las grandes figuras intelectuales que destacaba en las tertulias de la época. Sin embargo, la gran explosión de lo que se ha llamado la “edad de plata” llega en los años veinte. Es entonces cuando surge una generación de jóvenes de nivel internacional como Salvador Dalí, Luis Buñuel o García Lorca. Éstos se unen a grandes figuras ya consolidadas como Juan Ramón Jiménez o Miguel de Unamuno. Todos ellos residían o frecuentaban la Residencia de Estudiantes. Vi que allí había una historia que merecía ser contada. Para mí era muy importante convertir a esos personajes sacralizados en gente de carne y hueso con sus errores, defectos y grandezas. También acercarlos al gran público de una manera amena, divertida y, si es posible, conseguir arrancarles una carcajada. El origen de la novela lo tuve al leer La Residencia de Estudiantes de Isabel Pérez-Villanueva. Aquí descubrí ese mundo de jóvenes brillantes de provincias que venían a estudiar a Madrid y recalaban en lo que era una idea nueva: un edificio que alojase a los estudiantes basada en los College británicos. Anteriormente, los estudiantes se alojaban en modestas pensiones. El establecimiento de esa residencia a las afueras de Madrid creó un nuevo espacio de intercambio de ideas, opiniones y vivencias personales. También les permitió formar grupos de amigos y pasárselo muy bien”.

– ¿Y el título, Madrid era una fiesta?

Madrid era una fiesta es el título de la novela, pero también una realidad. La ciudad se estaba convirtiendo en un sitio vibrante y moderno. Pepín Bello decía que Buñuel era el hombre más divertido que había conocido, siempre estaba planeando nuevas actividades: representar el Don Juan Tenorio, obra que le encantaba, acudir a espectáculos de jazz, restaurantes, cafés, tertulias míticas como la que tenía lugar en el Pombo dirigida por Ramón Gómez de la Serna, merenderos, verbenas, combates de boxeo, visitas a Toledo (su ciudad favorita) y un largo etcétera. Tanto Dalí como Buñuel reconocen en sus memorias lo fundamental que fue para su formación aquel lugar”.

- Tiene entonces un plan diseñado para las novelas protagonizas por Blanco?

“Sí, la primera novela es Capitán Franco que narra los inicios de la gran aventura colonial del siglo XX española: Marruecos. Una parte se desarrolla en el Protectorado y otra en España. En Madrid Blanco toma parte en las tertulias y la vida intelectual de la época y, posteriormente, participa en la represión de la gran huelga de 1917 en Asturias. Un precedente de los grandes conflictos sociales que estallarán posteriormente y de la misma revolución de Asturias en 1934. Allí están ya los tres planos desde los que quiero narrar la primera mitad de la historia del siglo XX española: el bélico, el intelectual y el político. En la novela se presentan personajes que serán fundamentales en la trayectoria del personaje como Francisco Franco o Manuel Azaña. A Capitán Franco le sigue cronológicamente un segundo volumen ambientado en la Barcelona del pistolerismo anarquista de los años veinte. Me llama mucho la atención el movimiento anarquista que predicaban la Idea, como la llamaban ellos. Perseguían una utopía social igualitaria ideal y pacífica, algo que conjugaban con la práctica de la violencia. La sangre es un mal camino para llegar al paraíso, pero ellos no lo veían así. Su mundo era de apóstoles, pero también de asesinos. El tercer volumen es una novela sobre la guerra de Marruecos. Blanco hace referencias continuas a su participación en el desastre de Annual, Monte Arruit o el desembarco de Alhucemas. Debe ser una novela de aventuras coloniales en el más puro estilo Flashman. La cuarta novela sería la recientemente publicada Madrid era una Fiesta. La quinta entrega se desarrollará en Hollywood. El cine es una de mis grandes aficiones y no he podido evitar la tentación. A finales de los años veinte el cineasta y dramaturgo Edgar Neville estaba allí. Ya en las entregas anteriores he narrado la amistad que le unía a Blanco, así que no es extraño que le llamase a Hollywood. Allí reunió un grupo de amigos españoles para que trabajasen en los estudios de cine para hacer películas destinadas al público de habla hispana. Entre ellos Jardiel Poncela, Tono y, cómo no, Jorge Blanco. La sexta novela, que estoy a punto de acabar, se ocupa de la caída de la monarquía y los primeros años de la República. Una etapa tan convulsa como interesante, donde Jorge jugará un papel importante como conspirador y, posteriormente, como enchufado en varios ministerios. Pocas veces se ha tratado en la literatura el importantísimo papel que juegan los inútiles ocupando altos cargos. Es obvio que alguien como Blanco, pelota y con don de gentes, sería hoy en día un asesor muy disputado. Poco importa que, como tantos otros, sea una nulidad. La séptima entrega se corresponde con el estallido de la Guerra Civil. Sería algo totalmente inusual contar la este conflicto de una manera desapasionada, poco partidista y si es posible con un humor irónico que quite hierro a la tragedia. Es difícil, pero habrá que intentarlo. La octava entrega, y última, ocurriría en Rusia, durante el servicio de Blanco en la División Azul donde se encuentra para salvar el cuello. Ese es el plan de la obra, espero que el público apoye las novelas para que se pueda acabar el ciclo”.

- De la vida bohemia en la que se mete el personaje en Madrid era una fiesta ¿hay algún escritor por el que sienta especial predilección?

“Sí, Rafael Cansinos Assens. Era un perfecto caballero con una gran cultura. Tiene una obra tan amplia como desconocida, la mejor de sus obras es La novela de un literato. Cansinos acudía a sus tertulias con unos cuadernos donde apuntaba pequeñas notas que se han convertido en las actas de la vida intelectual madrileña del primer tercio de siglo veinte. Un retablo apasionante, divertido y repleto de curiosidades. Sus textos están cargados de humanidad e ironía. Consiguió algo tan difícil como que todo el mundo hablase bien de él. Apoyaba a los escritores jóvenes, en especial a los vanguardistas. Al menos, hasta que se hartó de sus estupideces e incongruencias. A esos escritores, un tanto chiflados, les dedicó un libro titulado El movimiento V.P.

- ¿Y que deteste con toda cordialidad?

“A una vaca sagrada como Juan Ramón Jiménez, un tipo impresentable donde los haya. Se construyó un personaje hipersensible, delicado y exquisito que poco tiene que ver con la realidad. Cansinos Assens cuenta cómo engañaba a los editores pidiéndoles continuamente ejemplares de sus obras. Cuando se los daban iba a venderlos a las librerías de viejo. Su amor por Zenobia Camprubí tiene mucho que ver con el interés económico. Ella era de familia adinerada y sus padres al ver al pretendiente salieron huyendo hacia Nueva York. Una buena táctica que no les salió bien. Juan Ramón sableó a los amigos para conseguir un pasaje con el fin de casarse con ella. Ese fue el medio que ideó para evitar su penosa situación económica. Zenobia dedicaría el resto de su vida a cuidar del hipersensible: vendía antigüedades, alquilaba pisos, la pobre hacía de todo con el fin de mantener al poeta. Vamos, un parásito de libro. Por si fuera poco, era una persona bastante insoportable de trato. Se llevaba muy mal con casi todos sus contemporáneos. Además, era envidioso. Criticó a todos los jóvenes poetas de la generación del 27, a los que consideraba unos rivales sin talento alguno”.

- Desde la distancia, ¿qué opinión le merece la bohemia de escritores y poetas que recalan en el Madrid de aquellos años?

“Sin duda, fascinante. Independientemente de su valía, me encantan esos escritores de segunda fila, extraños y de vida estrafalaria. En la novela hablo de Emilio Carrere, Armando Buscarini, Jesús de Aragón y Andrés Carranque de Ríos. Tal vez el mejor de ellos era Emilio Carrere, al menos fue el más popular. En un principio destacó como poeta modernista, pero cuando el movimiento pasó de moda se dedicó a escribir novelas cortas con las que consiguió una gran popularidad. Compaginaba la escritura con una vida bohemia repleta de tabernas, mujeres y mesas de juego. Ganaba mucho, pero se lo gastaba todo. Siempre estaba a verlas venir. Por eso propugnaba el reparto de la riqueza, al menos hasta que heredó de su padre, entonces se hizo derechista. Tanto que durante la Guerra Civil en Madrid tuvo que refugiarse en un manicomio haciéndose pasar por loco. En fin, una vida rocambolesca, casi tanto como que su obra más conocida La torre de los siete jorobados, en realidad, no está escrita por él. El que la escribió fue Jesús de Aragón, un joven contable que soñaba con ser el Julio Verne español, el gran escritor autóctono del género de aventuras. Consiguió publicar varias novelas tras escribir La torre de los siete jorobados, cuyo origen es un timo de Emilio Carrere a un editor. Carrere vendió unos folios que contenían el principio de una novela ya publicada, el final de otra y, entre medias, folios en blanco para hacer bulto. El editor encargó a Jesús de Aragón escribir algo con ese material tan precario con la promesa de publicarle después sus obras. Algo que no sólo consiguió, sino que convirtió la obra en un éxito popular. Incluso Edgard Neville hizo una película en 1944 que está hoy considerada un clásico del cine. Aquel fue el inicio de una carrera literaria con obras de títulos tan estrafalarios como Cuarenta mil kilómetros a bordo del aeroplano Fantasma. Pero mi favorito es Armando Buscarini. No hay una figura que encarne mejor el artista maldito. Maldito en todo: en su vida miserable, en la falta de éxito, talento o cualquier otro aspecto. En realidad, se llamaba Armando García, un nombre demasiado vulgar para la gran figura literaria que pretendía ser. Algo complicado porque sus poemas eran malísimos, casi todos eran ripios de estilo becqueriano que ya estaban pasados de moda. Se autopublicaba cuadernillos que vendía poniendo una manta al inicio de la calle de Alcalá, aunque también vagaba por los cafés tratando de colar a los clientes sus obras infumables. Nunca consiguió el ansiado triunfo. Sólo logró pasar hambre, pegar sablazos, publicar esos cuadernillos ínfimos que nadie leía y casi todos compraban por caridad. El éxito sólo le acompañó en dar pena y escribir poemas sin talento. Al final fue ingresado en el hospital psiquiátrico donde moriría en 1970. Una historia tremenda”.

- La novela se desarrolla durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Usted que ha estudiado este periodo, ¿cómo calificaría este gobierno?

-El régimen de Primo de Rivera fue muy positivo. Para empezar, acabó con la guerra de Marruecos, algo que le dio una inmensa popularidad. Además, consiguió un notable crecimiento económico, aumentó el nivel de vida de la población, emprendió una serie de grandes obras públicas, creo cientos de escuelas y casi todas las grandes empresas estatales como Telefónica. Fue una época de paz social, la UGT colaboró con la dictadura y acabó con el pistolerismo anarquista en Barcelona. El problema de la dictadura es que todo el mundo la aceptó como una solución temporal, pero Primo de Rivera quiso que perdurase en el tiempo. Fue una dictadura totalmente distinta a la de Franco. Primo de Rivera era un dictador paternalista y bien intencionado que trataba de resolver los problemas del país sin recurrir a medidas represivas o violentas. Además, había una gran libertad de costumbres (para la época), algo totalmente alejado del ambiente puritano y ultracatólico que se impuso tras el fin de la guerra civil. Al leer memorias de políticos republicanos me sorprendió ver como algunos consideraban una solución para acabar con la guerra el establecimiento de un régimen similar, algo que ya era imposible”.

- En Madrid era una fiesta vuelve a aparecer Miguel de Unamuno, un personaje que si no me equivoco no termina por caerle demasiado bien a Blanco pero ¿y a Pedro Herrasti?

“Los juicios sobre Unamuno de las personas que le conocieron son casi unánimes: era un hombre tan engreído como pesado. Le encantaban lo que él llamaba los “diálogos”, entendiendo por ello unas reuniones en las que el único que hablaba era él. Pepín Bello y Buñuel le conocieron por sus continuas visitas a la Residencia de Estudiantes y pensaban que era un hombre muy serio, rígido, pesado y carente del más mínimo sentido del humor. Sin embargo, hay que separar el personaje humano del intelectual. Uno puede ser una persona lamentable y un gran escritor. Blanco dice que era tan insoportable como sus obras, creo que algo hay de cierto. Unamuno era un autor que abordó la filosofía, el teatro, la poesía, el ensayo y, por supuesto, la narrativa. “Hacía de todo y todo lo hacía mal”, dice Blanco, tal vez un juicio excesivo pero que se acerca a la realidad. No creo que nadie pueda reivindicar la poesía o el teatro de Unamuno sin rubor. Yo, al igual que Blanco, soy bastante iconoclasta. Obras tan famosas como La Tía Tula o San Manuel Bueno y mártir me parecen flojas. Eso sí, Niebla, es una obra maestra, algo que pocos escritores logran en toda su vida”.

- ¿Cree que España está preparada para hablar de su pasado con mirada objetiva o continúa dividida ante periodos históricos como la Guerra Civil. Una Guerra, por cierto, que parece que no termina nunca?

“No, en absoluto. Creo que cada vez vamos a peor. Hemos pasado de espantarnos por los terribles crímenes del “Terror rojo” a espantarnos por los terribles crímenes de la represión franquista. A mi tanto espanto, si me permites la broma, me parece un espanto. El único momento en que ha habido cierto equilibrio ha sido en la Transición. En parte por una necesidad política de conciliación y, en parte, porque había mucha gente que había vivido la guerra y recordaba los crímenes y abusos que se habían dado en ambos bandos. No veo nada épico y admirable en la Guerra Civil. Fue un desastre sin paliativos. Hace poco leí Retaguardia roja de Fernando del Rey, obra por la que obtuvo el Premio Nacional de Historia. Allí se relata el transcurso de la guerra civil en la provincia de Ciudad Real, que estudia como un microcosmo de lo acontecido durante el conflicto. Es un estudio preciso, desapasionado y escrito con un rigor admirable. En él hace un recuento de las víctimas de ambos bandos. No recuerdo las cifras exactas, pero los franquistas ejecutaron unas 2.700 personas, una barbaridad. Por su parte, los “luchadores por la democracia y la libertad” republicanos acabaron con cerca de 2.400. Tampoco está mal. Esa es la realidad de la guerra: crímenes, abusos, ajustes de cuentas… una crueldad inhumana”.

- La novela histórica escrita por escritores y escritoras españoles parece que está de moda, ¿por qué?

“La novela histórica lleva de moda desde los años ochenta. Lo que resultaba extraño es que no hubiera autores españoles que la cultivasen. Aquí se consideraba un género menor destinado a escritores de segunda fila, algo que no se podía comparar a la “gran literatura”. Si eso es así la nómina de autores menores que han cultivado el género es chocante: Walter Scott, Robert Graves, Margarite Yourcenar, Alejandro Dumas, Umberto Eco, Charles Dickens, Manuel Mujica Laínez, Mario Vargas Llosa o mi amado Pérez Galdós. Tonterías aparte, sí es cierto que sólo en los últimos años los autores españoles han tenido éxito en atraer al público”.

Fue en aquellos agitados años 30

Pedro Herrasti afirma que está a punto de concluir la tercera novela de Jorge Blanco, que se desarrolla en España desde agosto de 1930, “cuando algunos conspiradores se reúnen en San Sebastián para derribar la monarquía”, hasta la revolución de octubre de 1934. Se trata según el escritor madrileño, de uno de los libros más ambiciosos de los que ha escrito hasta la fecha y en ella Blanco participa en muchos de los grandes hitos de la época como, por ejemplo, la sublevación de Jaca y Cuatro Vientos, la reforma militar de Azaña o la creación de la Guardia de Asalto por Muñoz Grandes (el futuro general de la División Azul), el incidente de Casas Viejas o incluso la declaración del Estat Catalá en Cataluña”. Todo ello, afirma, contado “con el habitual escepticismo y sentido del humor de Jorge Blanco, poco dado a arrebatos ideológicos. En ella salen viejos conocidos de otras entregas como Azaña, Fermín Galán, Ramón Franco o Victoria Kent. Por supuesto, también hay nuevos personajes tan interesantes como Niceto Alcalá Zamora, Largo Caballero, Miguel Maura, Alejandro Lerroux o Lluis Companys. Lo que pretendo es contar parte de la historia de la II República de una manera amena, divertida y empleando ese arma de destrucción masiva de los prejuicios que es el humor. Espero que los lectores disfruten leyéndola tanto como yo escribiéndola”.

Buñuel, ‘cazado’r de homosexuales

Uno de los grandes secundarios de Madrid era una fiesta, de Pedro Herrasti, es el cineasta aragonés Luis Buñuel, a quien no los muestra “cazando” homosexuales en los servicios públicos que en aquel entonces se encontraban en la plaza de Santa Bárbara “, en Madrid. Buñuel, un hombre atlético y con buena planta en su juventud, coqueteaba con alguno y lo sacaba al exterior donde fuera le esperaba un grupo de amigos y, entre todos, daban una paliza a la víctima”. Todo esto no estás inventado sino que lo cuenta el mismo Luis Buñuel en su autobiografía Mi último suspiro aunque hay que aclarar, dice Pedro Herrasti, que el cineasta se avergonzaba “de haber actuado así” en estas memorias imprescindibles.

Saludos, diciembre, ya es diciembre, desde este lado del ordenador

Archipiélago, una novela de Inger-Maria Malhke

Noviembre 30th, 2022

La literatura que se escribe en estas tierras fragmentadas no cuenta con demasiadas novelas río que nos narre la vida de varias familias y de paso de la isla que habita a través de sus diferentes generaciones. Es verdad que en los últimos años han ido apareciendo libros bajo esta premisa pero todavía sigue siendo un terreno vedado para la mayoría de los escritores y escritoras de las islas, reacios a escribir historias que requieran además de un enorme esfuerzo de documentación, talento para que los lectores no decaigan su atención en obras que, por norma general, resultan muy generosas en páginas pero poco entusiastas por enganchar el entusiasmo del lector.

Lo ha intentado con resultados más que notables una escritora alemana, Inger-Maria Mahlke con Archipiélago (Vegueta, 2022), novela que recibió el Premio Alemán del Libro 2018, que se trata de un ambicioso y complicado fresco en torno a varias familias tinerfeñas que convergen unas con otras con el paso de los años.

El estilo que ha escogido la escritora para narrar esta especie de crónica de la nada hecha pedazos es el cronológico, solo que al revés. Es decir, la novela comienza en 2015 y finaliza en 1919, un amplio arco temporal (2007, 2000, 1993, 1981, 1975, 1970,1963, 1957-58, 1950, 1944, 1936, 1935, 1929) en el que aparecen y desaparecen las distintas familias que protagonizan este ambicioso retrato político y social tinerfeño, ya que los protagonistas, abuelos, padres e hijos, e hijos, padres y abuelos, proceden de clases sociales diferenciadas.

Ante la enormidad de esta aventura, de esta odisea que es la vida, Inger-Maria Mahlke, consciente de la cantidad de personajes que maneja deja un árbol genealógico al inicio del libro con la idea de que el lector no naufrague en un texto caudaloso, bien escrito y traducido por José Aníbal Campos, traductor cubano que conoce bien las entrañas del monstruo tinerfeño porque habitó en ellas no hace demasiado tiempo, y parte de esa sustancia se refleja en una obra monumental y muy bien documentada pese a que se cuele algún desliz.

Por el libro desfilan el conflicto sahariano, con el que está tan unido sentimentalmente gran parte de la población de las islas; la corrupción urbanística, el frustrado golpe de Estado de febrero de 1981, el control del agua, la Guerra Civil y la represión, franquista, entre otros vientos de la Historia y forma cada año como capítulos de un relato común pero desvertebrado como las islas de un archipiélago.

La intención de la autora no es, sin embargo, perderse en el contexto en el que se ven envuelto los protagonistas pero tampoco cuida demasiado una trama que se dispersa y que no termina de cerrar con la determinación que uno esperaba. Con todo, Archipiélago se merece todos los respetos y algún que otro parabién porque el esfuerzo realizado es titánico y por encima de muchas cosas más, me atrevería a decir que pionero en las letras que se escriben en y sobre este archipiélago abandonado de la mano de los dioses.

A través de las diferentes familias que aparecen en la novela, Inger-Maria Mahlke trata muchos de los temas que han forjado a la capital tinerfeña como ciudad. También retrata con cierta profundidad las relaciones que se producen entre sus vecinos y los visitantes que, episódicamente, recalan en esta isla. Pasa de puntillas por algunos temas de calado en la formación de lo que podríamos denominar entidad tinerfeña pero por otro muestra sin pudor las virtudes y miserias que caracterizan a sus gentes. Lo mejor que hace la autora, en este sentido, es que no juzga a sus personajes, los retrata como lo que son, seres humanos atados a un pasado del que no terminan de liberarse.

Pese a su número páginas, supera las quinientas, y a la estructura con la que se sostiene la obra, es muy recomendable leerla por sus ambiciones, su necesidad de sintetizar la historia en la que se producen los distintos pecados familiares que lastran las vidas de sus protagonistas. Y eso que cuando no iba aún por la mitad pensé que resultaría poco posible que me sumergiera en una novela que hace relato con la ciudad en la que vivo y, al mismo, tiempo, de la isla en la que habito. Se aprecia, además, que la escritora conoce lo que escribe y que pasó largas temporadas en este territorio con seguro de sol pese a que a veces se le cuele alguna reflexión fuera de tono, equivocada porque su mirada no deja de resultar ajena.

En otras ocasiones, por el contrario, sí que sabe convencer a quien conoce la geografía física pero también humana y sentimental de los habitantes que vivimos en estas islas que forman ese Archipiélago al que pienso que se refiere la escritora: un fresco en el que pesa sobre todos los protagonistas la sombra de una discordia que no han sabido (o no han querido) resolver. Ya se sabe que pueblo chico, infierno grande, aunque la gravedad que arrastran algunos de estos clanes que radiografía a lo largo y ancho de la aventura justifique la mayor parte de las veces sus comportamientos por equivocados que resulten.

Archipiélago forma parte así de una literatura digamos que canaria que se firma con otro acento. Una curiosidad tremendamente atractiva (nos permite conocer cómo nos ven unos ojos que no son de aquí aunque sean medio de aquí) sobre un territorio fragmentado no solo en el mapa físico sino también sentimental de una población en la que todo el mundo, ay, cree que conoce la historia de su vecino. Es decir, sus grandezas y miserias pero sobre todo sus flaquezas. Esas mismas flaquezas de las que parecen que no pueden librarse para mirar al futuro cara a cara tras haber superado los pesos que lo ataban y atan a un pasado que no termina por olvidar ni por supuesto asumir.

Saludos, sin fumar espero a la novela que yo más quiero…, desde este lado del ordenador