Mientras espero ver lo que más quiero

Septiembre 29th, 2016

Uno tarareaba la melodía del tema principal de una banda sonora y la cosa estaba en descubrir quién era el primero que la adivinaba. La sintonía de La Guerra de las Galaxias y Supermán, las originales claro está, eran las más fáciles porque casi todos las habíamos visto. 

La cosa se complicaba cuando se tarareaba la de largometrajes como Lo que el viento se llevó o Ben Hur, no tanto con los 7 Magníficos y sí con La gran evasión, que esa era la que solía interpretar con resultados mediocres porque nunca he tenido buen oído aunque le debo a muchas películas quedarme con una canción o con un grupo que, probablemente, nunca hubiera conocido si no es porque al verla un acento sonoro conmovió ese corazón partío que los dioses me dieron…

Paso por la mañana ante el teatro Guimerá y veo un montón de chiquillos.

Imagino que debe ser una de las actividades que organiza Fimucité, que ya inició una andadura que continuó esta tarde porque, al volver a pasar ante el teatro Guimerá, vi a gente, adultos muchos, esperando ante la puerta.

Hoy ha sido uno de esos días en los que cualquier cosa se transforma en sorpresa.

Leo los periódicos mientras espero ver a lo que más quiero y muy de mañana hasta me tomo con cierta filosofía que me hagan el clásico vuelva usted mañana mientras cuelgo el teléfono sin hablar con la persona que reclamaba.

Debe ser cosa que el día amaneció con un cielo blanco y cambió a medida que danzaba el sol hacia un cielo azul, no ese azul limpio que rompe los ojos, pero sí bastante celeste.

Mientras, leo a trompicones y mientras puedo La dama de Zagreb pero se trata de una lectura premeditadamente lenta porque, de momento, me lo pide el cuerpo.

Todo resulta algo extraño pero debe ser porque la rutina está mostrándose esquiva.

Cambios.

Los mismos cambios que animaron a dejar de tararear bandas sonoras. Aunque hoy, al pasar frente al Guimerá me encontré silbando La gran evasión.

Qué cosas.

Saludos, bastante indignado, desde este lado del ordenador.

¡Te equivocas, Pinocho!

Septiembre 28th, 2016
“¡Te equivocas, Pinocho! Créeme, te arrepentirás si no vienes. ¿Dónde
vas a encontrar un país más saludable para nosotros, los niños? Allí no hay escuelas allí no hay maestros, allí no hay libros. En ese bendito país no se estudia nunca. El jueves no se va a la escuela; y las semanas se componen de seis jueves y un domingo. Figúrate que las vacaciones de verano comienzan el primero de enero y acaban el último día de diciembre. ¡Por fin econtré un país que me gusta realmente! ¡ ¡Así deberían ser todas las naciones civilizadas!…”
(*) La ilustración es de Atilio Mussino 
(Las aventuras de Pinocho, Carlo Collodi. Traducción: Mª Esther Benítez Eiroa, Alianza Editorial, 1986)

“Los jesuitas me enseñaron a no creer”

Septiembre 27th, 2016

El catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid, Javier Sádaba (Portugalete, Vizcaya, 1940), impartió hace unas semanas en Tenerife la conferencia ¿Por qué hay que saber ética? con motivo de la celebración de la Fiesta de Arte que organizó el Ateneo de La Laguna, un encuentro que acogió el teatro Leal y cuyo acento musical lo puso la pianista Sophia Unsworth.

La ética, el filósofo austriaco Wittgenstein y la religión estructuran el núcleo duro de las observaciones de Sádaba, quien ha volcado sus reflexiones en libros como Saber vivirDiccionario de Ética,  La Vida BuenaPrincipios de bioética. Este año ha publicado, además, tres nuevos libros, uno de ellos memorias y otro dirigido al público infantil y que llevan por títulos La religión al descubiertoMemorias comillenses¿Van los perros al cielo?

- ¿Qué caminos le llevaron a la ética?

- Uno acaba normalmente siendo un cúmulo de casualidades, no hay una línea que te lleve, por lo menos en mi caso y en la mayoría de los casos, así que estoy donde quiero estar y me encanta. Fui un buen estudiante y mi padre, que fue el clásico maestro represaliado y tenía una gran tradición intelectual, me pasó un día un libro de Kant, editado por Juventud, y me encantó su lectura pero aún no había definido lo que iba a hacer. Es probable que hubiera terminado una carrera técnica que era lo que se hacía entonces en Bilbao pero me decidí a entrar en la Universidad de Comillas por, pienso que primero un exceso de infantilismo intelectual al plantearme que lo más importante en la vida era salvar el alma, una etapa que coincidió con el resurgir del cristianismo que se produjo en Europa al finalizar la II Guerra Mundial. No obstante, llegué a Comillas –una universidad en la que todos los obispos menos uno habían estudiado en aquellos años– sin tener demasiada vocación porque estaba lleno de dudas religiosas, aunque continué los estudios porque desde un punto de vista teórico estaba muy bien y aprendí letras clásicas pero me veían excesivamente racionalista y dubitativo; poco adaptado a la disciplina de los jesuitas y marché a Salamanca por mis estudios eclesiásticos y de allí a Roma en unos días en los que comenzaba a contar con un núcleo propio, Wittgenstein, y viajé a Alemania donde hice el doctorado.

- Pero ¿cuándo llega a la ética?

- Para Wittgenstein la ética es lo que importa. Mi tesis estudia a Wittgenstein y el lenguaje religioso, y el lenguaje religioso es, antropológicamente, el centro del ser humano para entender cómo funciona. El año que pasé en Alemania fue uno de los más importantes de mi vida porque fue allí, además, donde conocí a mi mujer, que era española, y que tras su muerte ha dejado un vacío grandísimo en mi vida. Pero volviendo a la pregunta, terminé en Madrid porque Carlos París creó esos años un departamento en la Universidad Autónoma de Madrid, y me reclamó en unos días en los que estaba muy metido en filosofía lingüística pero sin abandonar la ética y llegó el momento en que alguien tenía que darla e impartí ética y sociología hasta que salió la cátedra. La verdad es que me interesa mucho la filosofía y ahora me interesa la bioética y una ética que sirva para la calle y que hable de los problemas reales de la gente.

- Dice que ahora le atrae la bioética.

- Viene de lejos. Pasa cuando lees la obra de Aristóteles, quien al principio es muy metafísico y después lo que le interesa es la historia de los animales y lo empírico.

- ¿España es un país de filósofos?

- En España lo que se da es mucha filosofía del engrudo, que es la filosofía vacía, interpretativa, hermenéutica que no sabe lo que dice y que entontece a la gente. En mi caso, empecé a observar problemas decisivos, tantos que el setenta por ciento de los problemas que vamos tener serán sobre células madres, clonación, que van a provocar serías modificaciones que obligarán a cambiar el paso de nuestra cultura pero que al mismo tiempo nos conducirá a grandes cambios de la naturaleza y eso nos va a llevar a profundas transformaciones y plantea problemas tremendos como hasta que punto cambiará nuestra identidad, la de los sujetos, por lo que la ética, además de los problemas que aborda siempre, se ocupará también de éste porque nos estamos jugando nuestro papel como sujetos y la bioética es la reflexión que la ética ejerce sobre los grande avances de las ciencias, sobre todo la genética.

- Es un asunto que preocupa y que tiene su espacio en los medios de comunicación.

-Yo me quejaría porque si bien se da bastante información en los medios casi siempre es en clave sensacionalista y unas veces se hace bien y otras mal. Somos muy pocos los que trabajamos la ética en este país, casi se pueden contar con los dedos de una sola mano. Así que quitando a Camilo José Cela Conde, un gran especialista en teoría de la evolución y José Luis Velázquez, hemos tardado mucho en que se hable de ella con conocimiento. Lo más importante, no obstante, es que la gente no pase hambre y que se viva en una sociedad justa, pero ahora hemos entrado dentro de nuestra propia alma.

- ¿Y cómo transmite ese pensamiento en sus libros?

-  He escrito trabajos muy académicos como Lenguaje religioso y filosofía analítica, en el que hay que saber bastante lógica para meterse en él, hasta que en un momento determinado reflexioné que había que hablar a la gente, traducir la filosofía porque en ella se plantean lo problemas para intentar ser feliz, y eso interesa. Einstein decía ‘voy a ser lo más claro posible, más no’ y como consecuencia en mis últimos libros procuro escribir de la vida buena, lo que implica una comunidad que sea realmente democrática en la que los políticos actúen como recadistas de los problemas de la gente y no de otra forma. Por otro lado, me sigue interesando mucho la religión porque es una forma, sino la forma, más importante para conocer al ser humano en cualquier cultura.

- ¿Se considera cristiano?

- No. Y fue un proceso porque siempre tuve mis dudas, así que no fue una adhesión porque las adhesiones conducen inevitablemente al fundamentalismo. En mi caso, comenzó cuando me resultaron increíbles los evangelios, que fueron escritos doscientos años más tarde de la muerte de Cristo. La religión plantea la lucha del bien contra el mal y aquello me parecía increíble. De alguna manera, los jesuitas me enseñaron a no creer porque era gente ilustrada, y un ilustrado no se cree nunca las cosas del todo, no es un dominico.

- Es curioso como las tres grandes religiones del planeta, todas ellas monoteístas, han terminado a lo largo de la historia y por el fanatismo de sus creencias en convertirse en amenazas.

-  Y en este tema hay que ser lo más sincero posible. Procuro ser lo más libertario y tolerante que puedo porque creo que hay solo dos o tres principios que hay que llevarlos a rajatabla y uno de ellos es que nadie imponga nada, sobre todo si emplea el engaño con un más allá. Los evangelistas están arrasando ahora en América del Sur y en España, donde han penetrado en zonas muy pobres y es una especie de resurgir del espiritismo y eso es un atraso porque idiotiza a la gente. Por otro lado, y si bien el catolicismo en España se ha secularizado, aún cuenta con grupos ultras que son muy ultras, y poder desactivarlos resulta muy difícil y, por último, la amenaza más peligrosa de todas es el Islam. Si se lee el Corán, es terrible, es peor que las peores partes de la Biblia y esto hay que decirlo, pero sin caer en fobias ni, cuidado, en el pensamiento correcto, que es siempre incorrecto y de derechas.

- Y puestas así las cosas, ¿no le preocupa que desaparezca la filosofía de las universidades?

-  La han dejado en un tercio en Bachiller. La ética, por ejemplo, es opcional y la historia de la filosofía es la única que se mantiene por lo que poco se puede enseñar. En las facultades y con lo de Bolonia la tendencia es unir, y no me parece mal que la filosofía se impartiera con las ciencia porque filosofía es saber decir que no, dar la vuelta a las cosas, interrogarse, por lo que si se elimina solo se va a fomentar la memoria de pez.

- ¿Qué utilidad tiene la filosofía?

- La filosofía te hace repensar por lo menos dos veces una cosa y es una de las víctimas de esa ofensiva mundial que ha iniciado el liberalismo a favor del dinero y el éxito por encima de cualquier cosa. Y eso hace que se pierda el saber científico y el humanismo.

- ¿Y cómo se aplica a los nacionalismos?

- Escribí no hace mucho un artículo con el título de Ser vasco en Madrid en respuesta a otro artículo en el que se ponía a caldo todo lo que fuera nacionalismo vasco y me harté. Si el nacionalismo es una nación que tiene derecho a tener un estado soy antinacionalista y entre los nacionalismos que conozco el más extremo es el de la Constitución española, cuyo artículo segundo dice que la Constitución se basará en  la indisoluble unidad de la nación española. Por otro lado, hay un nacionalismo benigno que valora las cosas propias y que poco a poco se abre a todo lo universal. En mi caso, quiero que se conserve el euskera y ciertos deportes y formas de vida de un país que tiene muchos defectos pero que, a veces, y siendo tan pequeño, tiene también grandes aciertos, y ese es un nacionalismo más que respetable. Políticamente tiene que estar en Francia y España pero si a Escocía se le ha permitido y se hace democrática y pacíficamente ¿por qué no? La gente no distingue entre autodeterminación e independencia cuando son dos cosas distintas. Autodeterminación es yo quiero que me pregunten, y en Euskadi a lo mejor estamos a favor de la autodeterminación un 60 por ciento y de la independencia un 30.

- Este año ya ha publicado tres libros, ¿está escribiendo otro?

- Me he quedado muy seco. Respecto a esos tres libros, mis memorias de Comillas, Memorias comillenses, en parte es memoria histórica porque está escrito para recordar como era España en aquellos años; La religión al descubierto es académico pero se lee bien y el tercero, ¿Van los perros al cielo?, y que a lo mejor es el que más éxito o menos fracaso va a tener, es la religión hecha critica y mentalmente explicada a niños de 10 a 12 años, un trabajo que personalmente ha sido muy bonito y en el que muestro cómo hay otros tipos de religiones para que aprendan y sepan cuál escogerán.

Saludos, cuando se ejerce un oficio que, a veces, te brinda modestas recompensas, desde este lado del ordenador.

Un errático viaje a los orígenes

Septiembre 26th, 2016
Tras sorprende gratamente con Muchachos, una cinta de corte realista que sigue el itinerario de tres adolescentes en paisajes reconocibles para el público de Tenerife, Raúl Jiménez Pastor presentó hace unas semanas su segundo largometraje, Guacimara y la tierra roja, una producción de bajo presupuesto al igual que Muchachos, aunque en esta ocasión se sustituyen las localizaciones de una isla como Tenerife por la de la Buenos Aires y Misiones, en Argentina, para relatar cómo su protagonista, la actriz Guacimara Rodríguez, persigue las huellas de su familia materna en un territorio que desconoce, por lo que cualquier cosa le resulta novedosa.
La idea, que lamentablemente explota muy poco Jiménez Pastor, es la del reencuentro con una familia que la protagonista desconoce pero que le pertenece porque forma  parte de su sangre así que es una lástima que, partiendo de una premisa no original pero sí atractiva, el director y guionista haya apostado por el camino fácil para rentabilizar un viaje a la Argentina profunda rodando un largometraje que, más que derivar hacia el relato de orígenes y descubrimientos, se decanta por una fotografía correcta de exteriores no sé si bonitos pero sí que llamativos (y en el que resalta la tierra roja del título, una tierra que el director no explota con la fuerza metafórica que prometía precisamente el título); números musicales que no aportan nada al hilo conductor de la trama salvo su función de hilo musical (probó a hacer lo mismo en Muchachos) todo ello orquestado con un estilo que en Guacimara… resulta errático y simplón.
Si a estos defectos sumamos un guión improvisado ya que parece que fue escrito sobre la marcha, lo que desactiva cualquier potencial emocional que guarda dentro, no se reconoce al Raúl Jiménez Pastor de Muchachos con el deGuacimara y la tierra roja.
No funciona tampoco como película documental, o como cruce entre documental y ficción pese al tufillo de cine verdad que  arrastra involuntariamente. Sí, la cámara sigue a su protagonista en su itinerario por tierras argentinas pero no provoca risa ni llanto sino indiferencia porque el resultado final es aburrido.
Al espectador le importa poco lo que se le ¿quiere? contar en pantalla, por lo que la aventura existencial se limita a ser un recorrido turístico por una geografía que se intuye indómita pero que no registra ni trasmite un filme que, a nuestro juicio, balbucea y alarga lo inalargable.
Guacimara y la tierra roja se resiente también por el trabajo que desarrollan sus actores, muchos de los cuales no son profesionales, algo parecido pasaba en Muchachos, pero si en ésta Jiménez Pastor sí supo manejar el problema y aprovecharse de él, el intento le estalla entre las manos en Guacimara… porque  se trata de una película que  más que estar rodada en Argentina, reproduce paisajes argentinos que podrían haber sido los paisajes de otras geografías.
Lo que nos hace preguntar Entonces, ¿para qué irse tan lejos?
La respuesta puede ser que la película pretendía ser un falso documental que sigue los pasos de su protagonista.
Se entiende así que esta búsqueda –sin alma– es real, aunque desgraciadamente poco cinematográfica pese al exotismo del espacio geográfico en el que se desenvuelve.
Guacimara y la tierra roja supone un paso atrás en la carrera de un director que con Muchachos se intuía prometedora pero que ahora retrocede hacia el casillero de salida con un filme que, probablemente, siendo un cortometraje hubiera resultado otra cosa. No obstante, tenemos la esperanza de que se tome sus próximos proyectos cinematográficos en serio.
Por eso esperamos que con El Bombazo, su nueva producción,  Raúl Jiménez Pastor recupere la mirada que descubrimos en Muchachos y que apenas observamos en su Guacimara y la tierra roja.
Saludos, tierra a la vista, desde este lado del ordenador.

¡Nueve años!

Septiembre 21st, 2016

Ya tengo nueve añitos y creo que me he ganado el derecho a llevar pantalones largos y la camisa por fuera. Miro hacia atrás sin ira y me sorprende que aún me pregunte las mismas cosas de antes así como otras nuevas, algunas de las cuales han tenido respuestas y otras, me temo, ninguna, aunque no se pierde la esperanza. 

Será cosa de esa esperanza que me mantiene la que anima a celebrar un cumpleaños con todos ustedes, conocidos y desconocidos, los que  recalan con cierta generosa puntualidad y los despistados que llegaron a ella buscando información de vete tú a saber qué

Como era inevitable, han cambiado muchas cosas desde entonces pero nueve años, qué quieren que les diga, es como un milagro. Así que comprenderán que la fiesta, que celebramos ayer, martes, 20 de septiembre, terminara a altas horas de la noche. Esa misma hora en la que la noche deja de ser noche y comienza con bostezos a convertirse en día…

Pero estaba más que justificado, de alguna manera el tipo que me escribe se lo merecía. El tipo ha pasado por un añito de aquí te espero. Y creo que de alguna manera hay que quitarle de la cabeza esa resignada melancolía que ahora lo enferma.

Pero ya espabilará el nota. Eso lo tengo más que seguro.

Y es que tengo hambre.

En estos nueve años me ha alimentado con cerca de tres mil post y en eso que llaman Facebook ya contamos con más de un millar de seguidores que al menos están ahí porque le han dado al Me gusta la página.

Hecho de menos las polémicas que antes se daban en mi casa, con conversaciones que derivaban inevitablemente en descalificaciones personales que la mayoría firmaba como anónimos.

La ira la encendía algunos de estos artículos pero vino la calma y quien les escribe se acostumbró a reprimir la acidez de estómago que es lo mismo que decir se acostumbró a vivir en paz. 

Los cuentos con los dedos de las manos,

nueve añitos…

El próximo será 10. Una década.

Ojalá estén tan trufados de prodigios como estos nueve años. Años en los que he digerido desde literatura y cine, a reflexiones que solo entiende quien las firma, que es mi creador.

Pero que se ande con ojo el muy tolete por si continúa tan melancólico como hasta ayer, quiero avisarles que El Escobillón está pensando iniciar una rebelión que por ahora lleva el nombre en clave de Prometeo…

- Prometo te voy a dar… Recuerda que nueve años no son nada.- me dice el muy cabrón.

- Pero son nueve añitos.- le contesto mientras me pongo mis primeros nueve pantalones largos.

Saludos, ¡viva Carlo Collodi!, este lado del ordenador.

Pero… ¿hubo hombres libres de Jones?

Septiembre 20th, 2016

En el desolado y estéril paronama de la cartelera destaca una película que sin ser cine espectacular, sí que contribuye a afianzar los cimientos que te han construido como persona.

Lo destacable de Los hombres libres de Jones es lo que cuenta, la visión sobre una Guerra Civil y la guerra silenciosa por la liberación de los esclavos en una nación –lo de gran que lo ponga el que quiera– que aún continúa cuestionándose sus defectos heredados con razonable espíritu crítico.

Los hombres libres de Jones se desarrolla durante y ya finalizada la Guerra de Secesión, y es el relato de Newton Knight (Matthew McConaughey), un desertor del ejército confederado que lidera a un grupo de iguales en el Condado de Jones, y con los que iniciará un  alzamiento armado que se convierte en otra guerra civil, pequeña, pero guerra civil en plena Guerra de Sececión.

Al director Gary Ross, responsable de las estimables Los juegos del hambre y Pleasantville, se le pueden reprochar muchas cosas pero no una mirada coherente y meridianamente distanciada sobre las historias que cuenta, relatos que coinciden en un mismo tema: la rebelión.

En Los hombres libres de Jones la que emprende un grupo de perdedores que no terminan de estar de acuerdo en considerar a los negros como iguales, pese a que forme parte del ideario de quien los conduce, Newton Knight, una especie de protocomunista al que pronto la realidad le joderá la existencia.

Es inevitable pensar en retratos de grandes rebeldes como Espartaco, William Wallace o el Benjamin Martin de El patriota, estos dos últimos interpretados por el mismo actor, Mel Gibson, pero no solo aquí se queda Los hombres libres de Jones aunque el destino de su protagonista sea el mismo de Espartaco y William Wallace: la derrota.

La derrota en Los hombres libres de Jones no tiene, sin embargo, nada de épica, aunque no es una derrota estéril. 

La segunda mitad de largometraje incide en ello, aunque muy por encima, al mostrar la ejecución silenciosa de miles de afroamericanos en los estados del sur al finalizar la Guerra de Secesión, y la aparición del Ku Klux Klan, escuadrones de la muerte cuyos miembros votaban al partido Demócrata.

La película solo tiene un problema. Y ese problema, para quien lo quiera ver así,  es Matthew McConaughey, quien eclipsa al resto del reparto. Imprime carácter al personaje, un guía iluminado pero con los pies firmes en la tierra.

Terminé yendo a verla en una de esas multisalas con olor a cotufas y que te obligan a que te compres un refresco a primeras horas de la tarde en una sala con espectadores que sabían lo que iban a ver.

Así que no percibí el masticar añorado del vecino de butaca, ni las pantallas iluminadas de los móviles cincuenta minutos después de comenzada la película. Incluso hubo gente que se quedó hasta el final de lo títulos de créditos, esa costumbre que solo se da en las salas serias y con un público, quiero pensar, agradecido.

Fue una tarde de cine, esas mismas que disfrutaste hace ya no sé cuánto y en las que te preguntas cosas tan profundas como pero… ¿hubo hombres libres de Jones?

Saludos, hay que ver, desde este lado del ordenador.