Nicolás Estévanez según Secundino Delgado

Agosto 20th, 2014

El pasado 19 de agosto se cumplió el centenario del fallecimiento de Nicolás Estévanez, entre otros oficios poeta y militar que, retratado por Secundino Delgado, fue el único en una tierra, las Canarias, que solo produce “entecos, esclavos y eunucos al nacer.”

Se trata pues del retrato emocionado de un paisano que cumplía por aquel entonces pena de prisión, experiencia que recoge Delgado en Vacaguaré (Vía-crucis), un texto que pese a sus licencias y olvidos, resulta aún poderosamente atractivo por su desconcertante cercanía.

“¿Quién podía ser? Forzosamente había que ir. Bajé de mala gana dispuesto a despachar pronto al curioso que violentaba mi paz a tanta cosa adquirida.

Lo vi y lo amé. Es un anciano corpulento, nervudo, de mirada franca; revela una voluntad poderosa, como poderosa es su naturaleza física, tiene grandes bigotes blancos y retorcidos, una perilla larga exuberante y también muy blanca. De ademanes desenvueltos, como los de un gran jefe; noble a veces y fiero a ratos. Viste de negro y cubre su traje un abrigo oscuro.

Me espera en el interior de la reja. Sus palabras penetran dulce y amorosamente en mi corazón sediento de cariño. Es canario: el más grande de la época; el único. Mi tierra hoy solo produce entecos, esclavos y eunucos al nacer. El que me habla no es de éstos, tiene la arrogancia de los grandes de antaño. Y si no lleva la sangre de aquéllos se ve que mamó en el mismo ambiente.

Antes que me diga su nombre lo adivino; es Nicolás Estévanez. Los canarios de hoy somos ¡tan pequeños!…No hablemos de esto…

Me pregunta por sus peñas, por mi familia, por mi prisión.

Me cuenta, riendo buenamente, que Millán Astray trata de asustarlo, y le contesta siempre riendo, que sus recuerdos más gratos son los procesos y persecuciones del gobierno español; y añade:

- Estaría aquí, contigo, todo el día, hablando de allá… de mi hermano Patricio, de mis amigos, de mis almendros… pero están ahí detrás; no nos dejaron solo; nos están oyendo.

Se despidió. Me dio un mazo de cigarros, me aprieta la mano fuerte y nerviosamente, con su gran manaza blanca, musculada y carnosa.”

Saludos, érase una vez en…, desde este lado del ordenador.

Un puñado de escritores tras las cámaras

Agosto 19th, 2014

Reseñamos en este post, otro post imposible, a una serie de escritores que se han puesto detrás de las cámaras en la mayoría de las ocasiones para adaptar al cine algunas de sus novelas y relatos, también historias originales que no despertaron demasiado entusiasmo en la taquilla, así como entre sus lectores, la mayoría de los cuales coinciden en los resultados más que discretos, y en muchas ocasiones penosos, que obtuvieron cuando apostaron dejar la pluma para ponerse detrás de las cámaras y gritar ¡acción!

Hay numerosos casos de escritores tránsfugas, alguno de ellos con mucho éxito en la literatura pero perfectamente olvidables como cineastas. También un desmadrado egotismo digno de estudio psiquiátrico, aunque Mike Spillane solo escribió y ¡protagonizó a su rudo detective privado, Mike Hammer! en Cazadores de mujeres (The Girl Hunters, Roy Rowland, 1963); o el de excelentes escritores que encontraron en el cine un medio de expresión igual de perfecto que su literatura, Pier Paolo Pasolini, Edgar Neville, Michael Crichton y David Mamet, entre otros probablemente.

Pero son excepciones ya que la pauta general es que el escritor que prueba a ser director de cine no brille, precisamente, por su calidad. En este sentido, parece otro, como otras son las adaptaciones al cine de sus historias que han escrito y dirigido otros.

En una lista imaginaria de fiascos escritor/cineasta, creo que el primer puesto lo debe ocupar Stephen King con Maximum Overdrive (1986), donde adapta y estira su relato corto Camiones con resultados francamente mediocres.

En casilleros siguientes podría ubicarse a Michel Houellebcq y su La posibilidad de una isla (2008), rodada prácticamente en Lanzarote, y Manaos, de Alberto Vázquez Figueroa.

En cuanto a escritores que como cineastas parecían prometer otra cosa pienso en William Boyd y su película La trinchera (1999) y Paul Auster, el escritor estrella para los que necesitan leer un libro que esté firmado por un autor con pedigrí intelectual, que ha probado en varias ocasiones ponerse tras las cámaras en cintas de corte independiente como Smoke y Blue in the Face (1995), ambas codirigidas con Wayne Wang; o ya a solas en películas como Lulu on the Bridge (1998) y La vida interior de Martin Frost (2007).

Otros escritores que procuraron antes forjarse una carrera como novelistas y guionistas  fueron Ben Hecht y Dalton Trumbo, pero pasarán a la historia no por sus novelas ni por las películas que dirigieron, sino como guionistas. Un caso similar y objetivamente salvando las distancias al de los españoles Gonzalo Suárez, David Trueba y Ray Loriga.

Sí que supo mantener un equilibrio entre su literatura y el cine Jose Giovanni o iluminados para algunos estrafalarios como Alejandro Jodorowsky, películas como La montaña sagrada (1973) y Santa sangre (1989) cuanto menos continúan desconcertando, aunque considere el mejor del grupo Pánico a Roland Topor, productor y guionista de una fascinante cinta de animación: El planeta salvaje (René Laloux, 1973).

No me disgustaron en su día pero hoy no aguantan un asalto los flirteos como cineasta de Clive Barker en títulos como Hellraiser (1987), Razas de la noche (1990) y El señor de las ilusiones (1995), así como los de William Peter Blatty, el autor de El exorcista, que se atrevió a dirigir su tercera entrega, El exorcista III (1990) y La novena configuración (1980), que no he tenido la oportunidad de ver.

Somos conscientes que existen más nombres, y que se nos escapa alguno fundamental, uno de esos tipos cuyo talento logró derramar tanto en sus novelas como en sus películas, pero por mucho que nos estrujamos la cabeza y se consulte en la red, que para estos anodinos asuntos suele prestar un gran servicio, no he encontrado más aportaciones de literatos que oficiaron y oficien como cineastas, pero haberlos… haberlos hay.

Estamos completamente seguros.

La tentación de probar cosas diferentes es inherente a la condición humana, y si esto contribuye a reforzar el ego, mucho mejor porque la autoestima debe de estar al alza, aunque en ocasiones lo mejor sea dedicarse a lo que saben hacer mejor: escribir.

Stephen King olvidó la idea de ser director de cine tras el catastrófico fracaso de Maximun Overdrive. Vázquez Figueroa dirigió alguna película más pero optó por dedicarse a lo suyo, la misma reacción de Michel Houellebecq, que ahora hace de sí mismo en una película donde lo secuestran unos chalados.

Intentaremos en otros post repasar la trayectoria de los cineastas que en un momento u otro de sus carreras tontearon con la literatura pero mucho me temo que los resultados sean más o menos parecidos a los escritores que alguna vez asumieron el protagonismo  de convertirse en directores de cine…

Las puertas continúan abiertas. Y lamentos como siempre las ausencias, nada premeditadas.

IMÁGENES

1.- Stephen King hace que actúa en Maximum Overdrive.

2.- Michel Houellebecq en el rodaje de La posibilidad de una isla.

3.- Paul Auster, Harvey Keitel y Wayne Wang en una pausa del rodaje de Smoke.

4.- Clive Barker acompañado de Pinhead (Doug Bradley) en una fotogaría promocional de Hellraiser.

Saludos, se ha dicho, desde este lado del ordenador.

Miami Blues, una novela de Charles Willeford

Agosto 18th, 2014

A excepción de un joven de catorce años de edad, un hijo de papá judío cuya madre lo había internado para que le sacaran la muela del juicio, Hoke tenía toda la sala para él solo, aunque no le gustaba la habitación, odiaba el hospital, y detestaba al enfermero gay, un canario que parecía disfrutar de lo lindo cada vez que le aplicaba un enema.”

(Miami Blues, Charles Willeford, colección Serie Negra, RBA. Traducción: Iñigo García Ureta)

Recuerdo vagamente haber visto la película pero fue otro impulso el que me llevó a leer Miami Blues, de Charles Willeford, poeta y escritor norteamericano cuya vida podría dar origen a numerosas historias sobre la ironía del sueño americano.

Que conozca, Miami Blues es la única novela que se ha traducido al español de Willeford, además de ser la primera de las otras tres que dedicó al sargento de homicidios Hoke Moseley, todo un personaje dentro del universo negrocriminal, como un todo un personaje fue Willeford. Vagabundo, héroe de guerra, poeta y, finalmente, escritor que acarició la fama –murió unos pocos años después– tras la publicación de Miami Blues.

Miami es, como cuenta Pedro Medina León, una ciudad con breve historia literaria y el escritor que marcó su antes y después, Charles Willeford, nacido en otra ciudad y en otro Estado pero ciudadano de Miami tras reflejar la complejidad de una urbe cuyo acento es marcadamente latino.

Miami como ciudad es pues uno de los grandes protagonistas de esta historia en la que se cruza en la vida de Moseley un despiadado pero atractivo psicópata, Frenger Jr.,  que recién salido de una prisión californiana llega a una ciudad que parece que se gobierna sola, poblada de ladrones y asesinos que apenas balbucean el inglés.

Nada más aterrizar y por circunstancias rocambolescas descrita con notable sentido del humor negro, Frenger Jr. inicia su peculiar huida hacia adelante. Un camino sin retorno cuyo destino dirige con mano golfa el autor de la novela, Charles Willeford, un escritor del que reclamo se publique el resto de las novelas que dedicó a Hoke Moseley para comprobar si ese tono entre irónico y cínico, al que cuaja con escenas de una contundente violencia, fue marca de la casa antes de que la muerte, ya digo, se lo llevara al otro lado.

Narrada en tercera persona y en capítulos alternos a través de las experiencias de sus dos antagonistas, Miami Blues se lee de un tirón y te hace sonreír e inquietar a partes iguales. A uno le puede caer simpático en un principio Frenger Jr., pero sabe y así se molesta en recordarlo Willeford con apenas dos o tres brochazos, que es un tío al que se le ha ido la olla. Delante, un sargento de homicidios que da pena, divorciado, rayando en la pobreza y que vive en un hotel, El Dorado, en el que solo se alojan jubilados.

Willeford no describe a Moseley, deja que sean otros personajes de la novela quienes lo confundan como un envejecido Ray Milland o José Ferrer. Observando la fotografía de Willeford, yo diría que tiene un ligero parecido con Ferrer, luego imagino a Moseley como un cruce entre el autor original de la novela y el actor. Se anuncia, leo en la red, una serie de televisión en la que Paul Giamatti podría tener el honor de interpretar a Moseley, una decisión acertada y que no hubiera disgustado al escritor porque su creación literaria está más próxima a la de Giamatti que a la de Fred Ward, que fue quien lo interpretó en la película Miami Blues (George Armitage, 1990).

Pero no divaguemos y centrémonos en la novela. Una novela que no es otra cosa que un artefacto perfectamente armado, sin fisuras, un libro que además de hacer cosquillas no se olvida de darte puñetazos en el estómago.

Alguien comenta que hay cercanía entre Elmore Leonard y Charles Willeford, pero no es cierto. Leonard nunca hubiera ido tan lejos como Willeford. Al menos en Miami Blues, historia que tampoco sería la misma en otra ciudad que no fuera Miami y sin Moseley y Frenger Jr. mirándose a los ojos. El primero con la lección aprendida del vive y deja vivir y el segundo, con mente empresarial, organizando como sacar beneficio del encuentro tras conocerse casualmente. Otro lado del triángulo es Susan, o Susie, prostituta y estudiante universitaria que no termina de entender muy bien que es un haiku y menos el que su profesor escribe en la pizarra:

Sol de Miami,

sube en los Everglades:

bollo redondo.

En contra de otros escritores que navegan por el género, resulta muy refrescante la capacidad de absorción que tuvo Willeford de sus claves. También su disposición a demolerlas cuando así lo exige la historia. Una historia negra y urbana, con policías y ladrones en una ciudad, Miami, para la que no existe la palabra rutina.

Un clásico, un clásico de la novela negra.

Saludos, ¿suena un blues?, desde este lado del ordenador.

El caso Fonseca

Agosto 16th, 2014

Yo cada vez me volvía más egoísta. Pensaba: no aguanto más esta vida, pero no tenía valor para abandonar a Cristina. Eso no se debía a ningún sentimiento de generosidad. Apenas a que no soportaba la idea de que alguien se fuera a vivir con ella. Para decir la verdad, no tenía el menor interés sexual. Después de diez años de casado todo se acaba. Es una pena, pero se acaba. De nada sirve tratar de seguir las instrucciones de los manuales que procuran garantizar la supervivencia del matrimonio por medio de ejercicios sexuales, recetas de comprensión y autoanálisis, y demás. Yo no había dejado a Cristina tan solo porque la consideraba mi propiedad privada.”

(El caso Morel, Rubem Fonseca, colección Narradores de hoy, editorial Bruguera, 1978. Traductor: Carlos Peralta)

Entre los escritores intocables que han navegado con fortuna en la novela policíaca se encuentra Rubem Fonseca, un autor que casi todo el mundo conoce aunque casi nadie ha leído.

No es dado el señor Fonseca a dar entrevista ni a que se le fotografíe. Es un tipo muy celoso de su intimidad, uno de esos escritores que como los norteamericanos J. D. Salinger y Thomas Pynchon, huyen de una fama que sus lectores reclaman tras haber leído algunas de sus novelas.

Empecé a leer a Fonseca sin saber cómo era físicamente aunque en los últimos años sí que pude verlo en algunas fotografías y la decepción fue grande ya que sin haberme creado una imagen del escritor la real, la que se mostraba no tenía nada que ver con la que sospechaba. Pero esas cosas pasan.

Antes de ser escritor Rubem Fonseca fue, entre otras cosas, policía. Un policía de despacho pero policía al fin y al cabo, así que no resulta nada extraño que terminara dedicando algunas de sus mejores historias a lo criminal. Aunque lo criminal en manos de Fonseca son más cosas que lo criminal en sí.

Entiendo pero no asumo que los libros de Rubem Fonseca resulten tan extraños para algunos seguidores del género negro. Claro que las novelas de Fonseca van más allá de un relato criminal. De hecho, lo criminal es más bien una anécdota en sus historias. Historias de necesaria lectura para tomar el pulso no solo de ese gran país que es Brasil sino de cómo poco a poco estamos los humanos evolucionando como especie.

El escritor cuenta entre otras novelas con dos títulos que considero de obligada lectura no solo a lectores negros sino también de otras lagunas. Me refiero a El gran arte y Vastas emociones y pensamientos imperfectos. También a El caso Morel, un extraño y laborioso viaje a lo que somos y un estudio sobre quien toma conciencia y quiere ir más allá de esos límites.

El caso Morel comienza con la visita a la cárcel de un agente de la policía al protagonista de la historia, Paul Morel, un fotógrafo de éxito que cumple condena acusado del brutal asesinato de una mujer. En otras visitas, Morel le irá entregando una serie de páginas en las que narra el relato de su vida, aunque la novela no se queda solo en este plano sino que salta a otros espacios para contar otras historias que, inevitablemente, tienen que ver con la de Morel.

Fonseca ata y desata la trama, lo que en un principio produce cierto desconcierto en ese lector demasiado acostumbrado al sujeto-verbo-predicado, pero aquí respira uno de los pulmones de esta novela, que se disfraza de sencillez.

En contra de otros relatos de Fonseca, El caso Morel es el retrato de un hombre normal y corriente cuyas costumbres dejan de ser normales y corrientes en una sociedad demasiado cómoda y embriagada en sus límites. Claves morales que están ahí para que no te salgas del camino.

Morel hace todo lo posible para salir de ese camino. Vive con cuatro mujeres de condiciones sociales diferentes, con quien se relaciona con una sinceridad que no es crueldad aunque pudiera parecer lo contrario.

Es el juego. Un juego que averiguará si lee esta novela.

Al margen de la historia e historias que se van diseminando por El caso Morel, Ruben Fonseca reflexiona sobre su país y sus gentes como si lo observara desde un microscopio.

Y algunos de sus párrafos te hacen levantar la mirada del libro.

- La mayoría de los hombres de nuestra clase social –le dije a Gigi– inicia su vida sexual con putas o criadas, chicas importadas del norte o traídas de las favelas, en su mayoría mulatas a las que el hijo de la familia jode con desdén. Sabes, Laura, ayer mi marido pescó a Eduzinho en la cama de la criada: una frase dicha con gracia y alivio por las madres, el chico aprende a ser hombre  y no es necesario darle más dinero. –Gigi me miraba asustada–. El chico crece con la idea de que el acto sexual es una experiencia indigna y subterránea, y que las mujeres que se someten no pueden ser nunca dignas de respeto; se las culpará de todo lo malo que pasa en la Casa del Patriarca y se las considerará débiles mentales porque solo así, por la falta de respeto del hombre a la mujer podrá subsistir el matrimonio. El gran mito brasileño de la mulata como diosa sexual deriva de esta contingencia cultural. La mulata tiene la piel bastante oscura para parecer inferior a las mujeres de la familia del macho blanco, lo que le permite a éste rehacer las deseables condiciones de la primera experiencia sexual sin la menor ansiedad. Nada mejor que una mulata para la sodomía, es un tópico en todo el país.”

Saludos, y la nave va, desde este lado del ordenador.

Ella

Agosto 13th, 2014

La culpa la tuvo Howard Hawks, ese cineasta bronco e irrepetible, al unir al pétreo Bogart con la elegante y sofisticada Bacall en Tener y no tener, una película que se inspira vagamente en la novela del mismo título de Ernest Hemingway y en cuyo guión colaboró un ya alcoholizado William Faulkner.

La química de la pareja hizo que sonaran las alarmas y que saltaran chispas desde la pantalla. Casi todo el mundo recuerda a Lauren Bacall cuando le recomienda a Humphrey Bogart que silbe si la necesita. Bogart tuerce los labios en su característica sonrisa cinematográfica, la misma que repetiría, una vez más a las órdenes de Hawks, en El sueño eterno interpretando al detective privado Philip Marlowe, una feliz creación del novelista Raymond Chandler y en el equipo de guionista repitiendo, una vez más, el autor de la novela Santuario.

La química B-B, por Bacall-Bogart, volvió a funcionar en pantalla. Tanta es la intensidad que la pareja volvió a reunirse en otro de lo grandes clásicos del cine negro, La senda tenebrosa, un filme dirigido por Delmer Daves y basado en otra de las grandes novelas del todavía poco reconocido Davis Goodis.

Historia de amor al margen, estas tres grandes películas contribuyeron a cimentar la imagen de Lauren Bacall en el cine. Dice más cosas con su mirada de ojos verdes y el cigarrillo colgando indolente entre sus labios, que interpretando cualquier línea de diálogo. Eso explica, entre otras cosas, que un duro como Bogey cayera rendido en sus brazos. Quién no, ¿verdad?

La pareja volvió a trabajar en Cayo Largo, otro gran clásico del cine negro bajo las órdenes de un ilustre cineasta al que hoy los osados critican o hacen que ningunean. John Huston debe de reírse de todos ellos en ese paraíso que no es otra cosa que un gran bar con barra libre toda la eternidad. Allí debe de encontrarse hoy Lauren Bacall, compartiendo tragos con Bogart, Hawks, Huston, Edward G. Robinson, Frank Sinatra…

En vida, mientras tanto, Lauren Bacall ya sin Bogey devora literalmente a todo el mundo, y ese mundo tiene nombre y apellidos como Kirk Douglas y Doris Day en ese drama con tintes oscuros que es El trompetista (Michael Curtiz, 1950), una extraordinaria película sobre el jazz basada en una extraordinaria novela de Dorothy Baker que ya reseñamos en este su blog.

Resulta imposible no enamorarse de esta mujer. También pensar que Hollywood fue durante unos años sencillamente una fábrica que sabía producir sueños.

Lauren Bacall continuó su carrera en el cine imprimiendo con su presencia una sofisticación que hoy ya no se encuentra. Tanteó la comedia musical en Cómo casarse con un millonario (Jean Negulesco, 1953) mientras compartía escenas con esa mujer de cabellos dorados que se llamó Marilyn Monroe y animó a su marido, Bogey, a que mostrase públicamente su rechazo a la Caza de Brujas que había emprendido un golfo, el senador McCarhty. Le dio tiempo incluso a ser ama de casa, madre cariñosa y esposa cuando el cáncer comenzó a devorar a Bogart…

Tras la muerte de su compañero, de aquel hombre al que enseñó a silbar, Lauren Bacall continuó su carrera aprendiendo a envejecer como solo envejecen los mejores vinos. Sus ojos no perdieron brillo, dice de  todo sin que haga falta una puñetera línea de diálogo.

Está como siempre en ese western crepuscular que es El último pistolero (Don Siegel, 1976), la última película de ese gigante que fue John Wayne. Es un miembro más del reparto plagado de estrellas de Asesinato en el Orient Express (Sidney Lumet, 1974) y en Misery (Rob Reiner, 1990) hace de agente literaria del escritor que interpreta James Caan antes de que éste caiga en las garras de su fan número 1, papel que interpreta Kathy Bates. Aparece incluso, ya al final de su carrera, en Dogville (2003) y Manderlay (2005), del inclasificable Lars von Trier. Siempre delgada, elegante, con esos ojos que parecen explorar todo cuanto se mueve a su alrededor… Los labios carnosos, quién sabe, echando de menos un cigarrillo.

Más allá de los sueños, Robin Williams tiene que haberse encontrado en la sala de espera con Lauren Bacall. Hechizado por esos ojos verdes, Williams acepta la mano que le tiende antes de partir al otro mundo.

- Vamos, vamos.- le susurrar al actor atolondrado.

- ¿P-pero y si me p-pierdo?.- tartamudea Williams.

- Silba.

- Pero es que no sé silbar…

-Oh, capitán, mi capitán.- bromea Bacall aplastando con el pie su décimo cigarrillo.

Saludos, a ella, desde este lado del ordenador.

Robin Williams, el hombre desenfocado

Agosto 12th, 2014

No puedo repetir como un mantra oh capitán, capitán porque no fui miembro del club de Los poetas muertos. No obstante, la ausencia de Robin Williams en esta vida que a veces se torna un complicado camino de espinas, la siento como la pérdida de un tipo al que conocí a través del cine.

No están aún muy claras las causas de su muerte. Alguien afirma que un suicidio, lo que lamentaría si tengo en cuenta que gran parte de su trabajo consistió, precisamente, en hacer de comediante. En hacernos reír mientras la procesión le iba por dentro.

Repaso su filmografía y destaco algunos títulos de su carrera. Es decir, que me sigue conmoviendo por El rey pescador (Terry Gilliam, 1991) aunque el protagonismo de esta cinta extraña se lo llevara el incombustible de Jeff Bridges. Y me gusta como hace de esa especie de Robinson Crusoe perdido en el fantástico mundo de Jumanji (Joe Johnston, 1995) aunque creo que abusó a lo largo de su trayectoria profesional interpretando grandes que no han dejado de ser niños como en Hook y Jack, dos trabajos muy pequeños en las filmografías de sus realizadores, Steven Spielberg y Francis Ford Coppola, respectivamente.

Como travestida Señora Doubtfire (Chris Columbus, 1993) aún continúa despertando algunas de mis pesadillas. Todo es exceso simplón en esta comedia para la familia a la que no contribuyó para nada las toneladas de maquillaje que lleva encima.

No le hacía falta.

Un atrevido paso hacia delante en su filmografía es Insomnia (Christopher Nolan, 2002), un policíaco que transcurre en Alaska y en donde Williams demostró que además de hacer reír también podía hacer llorar y provocar, si no miedo, sí que cierta inquietud.

Su carrera en el cine es extensa pero la mayoría de los trabajos que protagonizó son de compromiso y alimenticios.

Toys (Barry Levinson, 1992) es una grandiosa excentricidad y Más allá de los sueños (Vincent Ward, 1998) no está basada, precisamente, en una de las mejores novelas de Richard Matheson.

Good morning, Vietnam, también de Levinson, cuenta con una banda sonora tan buena que hace olvidar la película mientras que El indomable Will Hunting (Gus Van Sant, 1997) resulta un eficaz trabajo con el que Williams contribuyó a respaldar la carrera de sus hasta entonces desconocidos guionistas y actores: Ben Affleck y Matt Damon.

Acostumbrado a que lo transformaran en la sección de maquillaje, Williams hace de un convincente y divertido Teddy Roosvelt en las tres entregas de Noche en el museo, así como de otro presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Dwight Eisenhower, en El mayordomo (Lee Daniels, 2013), que no es otra cosa que uno de esos largometrajes que demuestran lo bien que saben contar su historia los de ese país. Aunque resulte sesgada, manipulada y objetivamente redentora.

La noticia de su muerte, sea por las razones que sean, me hizo recordar esta mañana todas estas cintas que ahora refresco recurriendo a la red. También las sensaciones que lograron despertar dentro de mi conciencia como espectador últimamente cansado de tanto timo.

Y me esfuerzo por verlo en Desmontando a Harry (Woody Allen, 1997), en la que Robin Williams termina siendo el hombre desenfocado.

Una imagen borrosa que define la trayectoria profesional de este actor extremadamente velludo y en ocasiones histrión.

Pero un tipo al que reconocías incluso cuando andaba por la película travestido de señora o de presidente, de niño grande e incluso de médico.

Robin Williams, el comediante.

Robin Williams, el hombre desenfocado.

Saludos, carpe diem, desde este lado del ordenador.