Mi tesoro

Abril 23rd, 2014

El primer libro que me abrió los ojos fue La isla del tesoro. Un título que me marcó como supongo que habrán marcado otros títulos a otros tantos lectores. El transcurrir de los años ha disfrazado de cierta épica fantasiosa aquel descubrimiento, que más que descubrimiento llegó por uno de mis hermanos… Así que como Jim Hawkins me embarqué en La Hispaniola, acompañando a Long John Silver porque La isla del tesoro es una de esas novelas en la que te acuerdas de tipos como Long John Silver y no de los que representan el orden establecido.

Tanto, que con él terminé cantando Ron, ron, ron, la botella de ron… mientras navegábamos a las órdenes de Robert Louis Stevenson rumbo a la isla y me daba tiempo de esconderme en un barril de manzanas.

Leo ahora la continuación de Andrew Motion y recupero las sensaciones de un tiempo que ya creía perdido para siempre. Ya escribiré, si así lo permite la marea, mis impresiones en torno a esta segunda parte pero de momento ha logrado lo imposible, que vuelva a embarcarme no en La Hispaniola sino en la Nigthtingale para regresar a esa isla donde aún quedan tesoros. Me guío por el mismo mapa de entonces…

Mi agradecimiento pues es eterno y dentro del tiempo que aún me queda, con Robert Louis Stevenson, un escritor que me acompaña y con el que coincido tanto con tíos serios como lectores que se educaron con los libros que te da la vida.

Escribo todo esto porque es el día del libro, en minúscula porque el libro no tiene un día sino todos los días del año, y nunca terminó de convencerme lo del diez por ciento de rebaja. Una menudencia para los que aún les sonríe la cartera, pero un descuento de chiste para los que observan como sufre de anorexia.

Pero es lo que hay. Y cualquier excusa es buena para leer un libro con independencia de cómo lo encontraste y su formato. Aunque, en este sentido, los prefiera de bolsillo y continúe sin atraerme como aparato electrónico.

No me canso de abrirlos, leerlos por encima. También olerlos y acariciarlos. En soledad o rodeado de gente, sin pudor alguno.

Llámalo islas del tesoro… Mi tesoro, que susurraría Gollum, pero así son las cosas.

Y eso sabiendo que los libros, a veces, te abandonan. O no los encuentras en el caos en el que se ha convertido tu biblioteca. Piensas, mientras sacas volúmenes, si estará detrás de esa fila, o en la de más allá… Si alguna vez lo prestaste o, sencillamente, desapareció sigilosamente de casa quieres pensar ahora que una maldita madrugada.

Solo sé que no sé nada, y que cuanto más leo me preocupa no llegar al final del libro por si la señora de la guadaña aparece y me lleva a otra fiesta. El otro día, paseando con un amigo, una pesada rama de palmera cayó sobre la calle sin que le aplastara la cabeza a uno porque a veces, solo a veces, la señora está metida en otras cosas. Lo escribo porque apenas unos minutos antes habíamos pasado debajo de esa frondosa palmera… Y de golpe te das cuentas de lo vulnerable que somos.

Afortunadamente, me queda La isla del tesoro para alejar tan funestos pensamientos.

La Hispaniola, Long John Silver, un cofre repleto de monedas y piratas… Y otros tantos libros de Stevenson.

Ya ven qué cosas, pensé en Stevenson mientras observaba la rama de palmera en el suelo. En una céntrica calle de la ciudad de provincias en la que vivo. Todos mirándola sorprendidos.

Ron, ron, ron, la botella de ron.

(*) En la imagen que ilustra este artículo, Orson Welles como Long John Silver en La isla del tesoro (John Hough y Andrea Bianchi, 1972)

Saludos, por San Jorge, desde este lado del ordenador.

Varios, varios, varios

Abril 22nd, 2014

* El escritor Carlos Álvarez es el responsable de Crónicas de la conquista de Canarias, libro que se puede descargar gratuitamente desde el 22 de abril y a partir de las 14 horas en http://www.diadecanarias.es/ y http://calibre-ebook.com/. Con esta obra, cuya permanencia en versión digital continuará hasta el 30 de mayo, Álvarez reescribe las transcripciones paleográficas que en su momento realizaron investigadores como Francisco Morales Padrón, Elías Serra Ráfols-Buenaventura Bonnet y Agustín Millares Carlo.

* La sala MAC acoge este martes, 22 de abril, la presentación de El Agua de la discordia, de Marcelino Rodríguez Martín. Introducirá el acto, a las 19 horas, el director de Ediciones Idea, Francisco Pomares.

* Este miércoles, 23 de abril, y coincidiendo con la celebración del Día del Libro, Filmoteca Canaria exhibe a las 20 horas en el Espacio Cultural Aguere, en La Laguna, El Quijote, del cineasta italiano Maurizio Scaparro, adaptado a la pantalla por el guionista y escritor Rafael Azcona.

* El viernes, 25 de abril, TEA Tenerife Espacio de las Artes inaugura la exposición Arnold Haukeland, el rey de Icod, muestra que permanecerá abierta hasta el 31 de agosto y en la que se recoge trabajos del artista noruego, quien vivió junto con su mujer, Randi, de 1968 a 1975 en la localidad tinerfeña de Icod de los Vinos. La muestra exhibe también obra de Faldbakken, Marius Eng, Wyller y Ekblad.

* La Plataforma Cómplices Mueca organiza para este fin de semana dos conciertos en Puerto de la Cruz en colaboración con el Área de Cultura municipal. Los artistas que participan son Navy Blue Socks, Salvapantallas, Stereo, sobrelamarcha & Friends y Davide Pasquali (Dj & Producer) distribuidos en conciertos que tendrán lugar en la plaza de Europa este viernes 25 de abril y sábado, 26. Ambos conciertos se celebran en la plaza de Europa aunque en horarios distintos. El del viernes comenzará a las 22 y el del sábado a las 21 horas. La entrada es gratuita.

* La imagen corresponde al largometraje Vacaciones en Roma (William Wyler, 1953)

Saludos, ¿la langosta se ha posado?, desde este lado del ordenador.

El hombre en el castillo, una novela de P. K. Dick

Abril 21st, 2014

“- Las felonías callejeras de los nazis, una tragedia. – Joe habló tartamudeando mientras se adelantaba a un camión que marchaba despacio.- Pero los cambios son siempre duros para el que pierde. Nada nuevo. Recuerda las revoluciones anteriores, como la Francesa. O Cronwell contra los irlandeses. Hay demasiada filosofía en el temperamento germano, demasiado teatro también. Tantos actos públicos. Nunca sorprenderás hablando a un verdadero fascista, sólo actuando, como yo, ¿no te parece?

Riéndose, Juliana dijo: – Dios, tú has estado hablando a un kilómetro por minuto.

Joe gritó, excitado: -¡Estoy explicando la teoría facista de la acción!

Juuliana no pudo responder, era demasiado cómico.”

(El hombre en el castillo, Philip K. Dick. Traducción: Manuel Figueroa, colección Clásicos Minotauro, Editorial Planeta, 2012)

Como otros tantos escritores Philip K. Dick nunca conoció el éxito aunque disfrutara de las simpatías y la admiración de otros compañeros de oficio, como Robert A. Henlein y Stanilav Lem, y de cierto prestigio entre los consumidores de ciencia ficción. Un género el de la ciencia ficción con el que a lo largo de mi vida he mantenido apasionados encuentros como furibundos desencuentros.

Supongo que como muchos, llegué a K. Dick gracias a una película, Blade Runner, basada en un relato del escritor al que hoy catalogan de visionario, pero pronto descubrí que había más K. Dick puluando por ahí y que algo debía de tener cuando geniales historietistas como Robert E. Crumb le dedicaba tebeos.

Mejor argumentista que escritor, sin embargo, conviene acercarse a su trabajo con cierta reserva porque en su prolífica producción hay de todo: desde rarezas que han ido adquiriendo importancia con el paso del tiempo a obras demasiado herméticas, que permanecen a modo de incógnitas en su universo narrativo, aunque detrás de todas ellas, de sus libros recordados y de los olvidables se respira su sello, su mirada, su forma de entender el mundo y lo que lo rodea.

Llámalo paranoia, aunque yo prefiero denominarlo como una luminosa y reveladora visión individual la que tuvo K. Dick al describir la fragilidad de lo que consideramos real. La constante, quizá, más determinante de su trabajo como escritor.

Todo este proceso de cambio, observado más que con miedo con una inquietante objetividad, se mantiene a lo largo de su producción. Elementos que mutan, se transforman lentamente. Mundos que ya están aquí y que se definen como un ordeno y mando en virtud del control mental de las masas.

¿Es necesario, con todos sus defectos, leer a Philip K. Dick?

Creo que sí ya que en sus mejores novelas y cuentos vuelca su talento para demostrar que, efectivamente, todo cuanto vemos y damos por hecho es una sutil mentira.

Un tío curioso y bastante enfermizo Philip K. Dick, un autor que supo canalizar y también traducir muchas de sus neuras en excelentes libros a los que no araña el paso ni el peso del tiempo. Y un escritor que pese a sus dudas se agiganta cuando las revela con su personal sentido del humor. Un humor que te obliga a mantener una desconcertante sonrisa en los labios… Sonrisa que a su vez es un signo con el que se reconocen los aficionados a sus historias. Casi como si formaran parte de una hermandad que integran los iniciados en sus revelaciones. Revelaciones que no dejan de ser un castigo porque ¿de qué sirve saber la verdad? aún cuando la verdad deja de ser verdad cuando los demás creen y defienden otra verdad…

Entre las obras populares de Philip K. Dick siento especial cariño por El hombre en el castillo, una convincente ucronía que se desarrolla en unos Estados Unidos de Norteamérica que han dejado de serlo tras la II Guerra Mundial. La costa del Pacífico ha caído bajo la influencia japonesa mientras que la del Atlántico está en la órbita de los nazis. En el medio oeste, unos pocos estados hacen de tapón y se gobiernan solos…

Novela coral, El hombre en el castillo reflexiona continuamente sobre ¿qué es verdad? a través de una serie de personajes que son parte de un mismo rompecabeza. Circula de hecho dentro de ese mundo en el que ha triunfado el totalitarismo, un libro: La langosta se ha posado, en el que un escritor plantea otra realidad/verdad alternativa: los aliados ganaron la II Guerra Mundial. El libro circula libremente en la zona japonesa y se tratan de ejemplares que los nazis desean arrojar a la hoguera y asesinar a su autor.

Otro libro que se cita continuamente en esta novela es el I Ching, oráculo de consulta obligada entre algunos de los protagonistas de la obra y cuya influencia fue trascendental para K. Dick mientras escribía El hombre en el castillo. Una historia que se preocupa por reflejar cómo pudo ser esa otra realidad y no solo en recrearla…

En este aspecto, y como en otras de sus novelas, lo que importa es el contraste entre culturas, así como su proceso de absorción. También su denuncia de lo que el mismo K. Dick llama malignidad y cuyo veneno representan los nazis y no tanto los japoneses, un pueblo al que describe con un respeto que tiene mucho de reverencial.

Entre las numerosas novelas y cuentos que se han escrito para reescribir la historia, otra manera de escribir la historia, El hombre en el castillo junto a La conjura contra América, de Philip Roth son textos de referencia para hacerse una idea de lo qué pudo haber sucedido si los nazis dominan parte del mundo. Claro que mientras en el caso de Roth la preocupación es mostrar cómo afectan esos hechos alternativos a una familia judía norteamericana; en K. Dick, y siendo también sus ambiciones ciertamente intimistas, domina la cuestión de que no hay un solo fue sino muchos universos paralelos al nuestro cuya evolución de los acontecimientos históricos resultaron muy diferentes al que creemos que ahora es.

K. Dick pone en cuestión una y otra vez ¿qué es la realidad? Y no da respuesta a la pregunta sino que suscita más preguntas. Entre las más inquietantes de la novela:  el paseo que inicia un japonés por nuestra realidad y a quien en una cafetería su clientela blanca llama despectivamente Tojo.

El paso de los años ha colocado con justicia El hombre en el castillo en las estanterías de los  clásicos de un género preocupado en ocasiones por imprimir más ciencia que ficción a sus relatos. Lo que sí sucede con esta novela, aparentemente sin rumbo fijo, es que despierta algo. Enciende un interruptor hasta ese momento apagado dentro de tu cabeza.

A Philip K. Dick. más que la ucrononía lo que le interesa es la endeblez de la realidad que, como bien apunta John Brunner, está sujeta en esta novela a El libro de los cambios.

Todos tenemos un hombre en el castillo. Un título, en definitiva, hoy más vivo que nunca. De obligada lectura y relectura según sean los casos. Una novela notablemente amarga que va más allá de la destacable Patria, de Robert Harris y esos inquietantes divertimentos que son El cuerno de caza y El sueño de hierro, de Sarban y Norman Spinrad, respectivamente.

Saludos, son tiempos de langosta, desde este lado del ordenador.

Bang, bang, bang, bang

Abril 14th, 2014

* Para los que leemos novela negra y no fruncimos el ceño porque se trata de novela de género y porque cada día estamos más convencido que es clave su lectura para quitarnos las vendas que nos tapan los ojos, es un placer y un orgullo provinciano, si quieren, descubrir que en la nómina de escritores que este año opta al II Premio Pata Negra –que organizan los responsables del Congreso de Novela y Cine Negro que se celebra del 6 al 9 de mayo en Salamanca– figura el escritor Alexis Ravelo con su novela La última tumba (editorial Edaf), título por el que ya obtuvo el Premio Novela Negra Ciudad de Getafe el año pasado. Otras de las novelas y otros de los autores seleccionados en este certamen son: Cien años de perdón (Claudio Cerdán, ed. Versátil);  Respirar por la herida (Víctor del Árbol, ed. AlRevés); Todos los buenos soldados (David Torres, ed. Planeta); Sociedad negra (Andreu Martín, ed. RBA); Afilado como un blues a medianoche (Javier Márquez Sánchez, ed. Salto de Página); Los hombres mojados no temen la lluvia (Juan Madrid, ed. Alianza); Peores maneras de morir (Francisco González Ledesma, ed. Planeta); Yo fui Johnny Thunders (Carlos Zanón, ed. RBA) y Don de lenguas (Rosa Ribas y Sabine Hoffman, ed. Siruela).

* Y hablando de novela negra, nos preguntamos ¿qué ha pasado con las jornadas que iban a celebrarse sobre este tipo de literatura en la Feria del Libro que se celebra cada año, y en las últimas ediciones chiripitifláuticamente, en las dos capitales canarias?

* La Editorial Anaya publica en su colección El Volcán la última novela del escritor Antonio Lozano, uno de los pesos pesados del género negrocriminal en Canarias. El título es Me llamo Suleimán y cuenta la historia de Suleimán, un joven que harto de la terrible situación de pobreza que vive en su país, Malí, decide marcharse junto a su amigo Musa a la próspera Europa. Allí esperan trabajar y conseguir suficiente dinero para regresar y montar sus negocios para ayudar a sus familias, pero el viaje es duro y difícil. Deberán cruzar el desierto en camiones incómodos y atestados de expatriados que como ellos buscan algo mejor.

* Circula en pdf el primer número de Meletea, una revista independiente de poesía y pensamiento, que próximamente presentará su versión en papel, y de la que se editarán 500 ejemplares. Dirigen la publicación Acerina Cruz y Daniel Barreto, y algunos de sus contenidos son: Sobre la física teórica y la poesía, que forma Guillermo de Jorge; Poemas, de Antonio Martín Medina; La Isleta, de Manuel Díaz Martínez y Acerca del «Programa de un teatro infantil proletario», de Francisco Amoraga, entre otros.

La imagen que ilustra este post corresponde al largometraje Hampa dorada (Mervyn LeRoy, 1931)

Saludos, el hombre en el castillo, desde este lado del ordenador.

Triple agente, una novela de Jorge M. Reverte

Abril 13th, 2014

La relación con los moros era muy contradictorias en la España franquista. Las damas sevillanas colgaban de los pechos de los mercenarios rifeños que combatían del lado nacional estampas del Sagrado Corazón. Si cobraban por luchar de su lado ¿por qué no pensar que se acabarían convirtiendo a la religión verdadera a cambio de dinero y atenciones? Aunque, en realidad, nadie acababa de fiarse de esos hombres. Luchaban por un sueldo y en cada familia española había una historia atroz relacionada con África. Pero los ciudadanos partidarios de Franco les aplaudían con rabia cuando desfilaban orgullosos luciendo sus lanzas y sus escarapelas sobre los caballos enjaezados con adornos morunos de gran vistosidad.”

(Triple agente, Jorge M. Reverte. Editorial Espasa, 2007)

Jorge M. Reverte dedica, entre otros, su Triple agente a Eric Ambler, probablemente el mejor escritor de novela de esponaje de la historia, y un autor por el que en este su blog El Escobillón.com sentimos predilección. Amor confeso por declarado, locura sensata en tiempos como son los actuales tan insensatos aunque quieran parecer lo contrario.

No responde sin embargo a las expectativas amblerianas su Triple agente… Carece de la sustancia y solidez del maestro. Debe ser leída así como una más del Reverte, pero nunca como la novela de espías sobre nuestra Guerra Civil que muchos esperábamos de un Reverte transmutado en Eric Ambler.

El protagonista de la historia, Mariano Fernández, es un sencillo periodista que trabaja en Burgos al servicio de la propaganda de los rebeldes. Los caprichos de la historia convierten primero a Fernández –que habla idiomas, francés e inglés y algo de alemán– en un espía al servicio del ejército de Franco, más tarde de los comunistas y de los franceses cuando todo parece perdido.

En esta peculiar aventura por tres bandos, no queda muy claro cuál es la misión de su protagonista, aunque el relato comienza a ir hacia delante tras abandonar Fernández el lado nacional y conocer en una Barcelona que se derrumba ante el impetuoso avance rebelde, al amor de su vida.

Mariano Fernández más que un superviviente es un pobre hombre al que las cosas le salen relativamente bien.

Parece que la fortuna le acompaña en una guerra donde se hace pasar por traidor para salvar la vida de su madre y hermana, aún a consta de despertar las sospechas de fascistas y comunistas y termine por ser una marioneta de otro gobierno que observa en el mapa de España los movimientos que realizan alemanes, italianos y soviéticos.

Falta apenas un año para que finalice la guerra y su victoria ya se decanta entre los partidarios de Franco. Recordar el último parte: “Cautivo y desarmado el ejército rojo…

Ha pasado mucho tiempo desde que se publicó Triple agente, una novela que su autor, Jorge M. Reverte, presentó en una Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife. Recuerdo que Reverte no supo entonces vender bien su novela.

Con todo, Triple agente se convirtió en uno de esos libros que tenía que leer porque el marco histórico en el que se desarrolla atraía y atrae mi atención. Además, me agradaban otros títulos que había leído de su autor. La serie Gálvez es una lectura facilona, sin complicaciones y con un algo de progre ironía. Debo de tener como unos tres Gálvez en algún rincón de mi caótica biblioteca. Un personaje al que, indirectamente, se recuerda en Triple agente en sus últimas páginas. No voy a revelar el motivo con la idea de que alguno de ustedes, iniciados en la producción literaria de Reverte, lea su Triple agente

En contra de los libros que Jorge M. Reverte dedica a la Guerra Civil Española –La caída de Cataluña, La batalla del Ebro y La batalla de Madrid, entre otras, y a la espera de hacerme con Guerreros y traidores, en la que cuenta la vida de Bill Aalto, comunista y homosexual norteamericano que combatió en los suelos de España– Triple agente es una novela sencilla, demasiado sencilla sobre un tiempo demasiado complejo.

Reverte procura quedar en tablas entre los odios que desató aquel conflicto, aunque la balanza del desprecio se inclina inevitablemente en contra de los fascistas, aunque no deje en buen lugar a comunistas. Entre medio, entre el fuego cruzado de unos y de otros, Mariano Fernández intenta encontrar su lugar en el mundo.

Le falta a la novela tomarse en serio. Y curtir a los secundarios.

Es inevitable pensar en Ambler, un narrador que se caracterizó no ya por sus tramas rocambolescas sino por el dibujo que hacía de los otros, y sobre todo de los villanos. La mayoría más interesantes que el héroe. Un héroe a su pesar al que las circunstancias coloca como una legaña en el ojo del huracán.

Triple agante es una fantasía animada muy tintinesca ambientada en nuestra Guerra Civil. Pero nada más. Un libro que se lee y olvida.

Han pasado siete años desde su publicación en tapa dura y entonces y ahora abrigaba la esperanza de encontrarme con una novela de espías con aroma a Ambler. El autor de La máscara de Dimitros o Viaje al miedo.

Y necesito más te y menos café.

Saludos, una cierta angustia, desde este lado del ordenador.

Palabras que ya son hechos

Abril 12th, 2014

* La doctora en Historia del Arte por la Universidad de La Laguna y conservadora en TEA Tenerife Espacio de las Artes, Yolanda Peralta Sierra, publica Diccionario biográfico de mujeres artistas en Canarias (colección Volcado silencio, Ediciones Idea), un libro que recoge trescientas entradas de creadoras nacidas o residentes en las islas desde el siglo XVI hasta la década de los años setenta del XX. El libro se presentará en el salón de actos de la MAC el 15 de mayo y 6 de junio en el Gabinete Literario de Las Palmas de Gran Canaria.

* Tal y como hizo John Steinbeck con Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, una versión actualizada en inglés de La muerte de Arturo, de Thomas Malory, basado a su vez en los textos de Chrétien de Troyes, el escritor Carlos Álvarez dará a conocer coincidiendo con el Día del Libro, el 23 de abril, la edición digital de Crónicas de la conquista de Canarias, volumen en el que reescribe a partir de las transcripciones paleográficas, trabajos de Francisco Morales Padrón, Elías Serra-Ráfols y Agustín Millares Carló. Se trata de una obra, explica Álvarez, en la que ha tratado de conservar la literalidad del original, “pero modificando el texto lo suficiente para hacerlas comprensibles y de fácil lectura a cualquier persona en la actualidad.”

* Tras 9 horas para morir (colección G21 Narrativa Canaria Actual, ediciones Aguere/Idea, el escritor Ángel Vallecillo publica en la editorial vallisoletana Difácil su última novela, Bang Bang, Wilco Wallace, una novela negra en la que el autor rinde homenaje a la literatura y al cine de género en su clave más irónica y dura.

* No soy seguidor del anime, de hecho me aburren soberanamente las películas y series animadas japonesas. En mi época me torturaron con Heidi y Marco, también con Mazinger Z, aunque tenías que decirlo con la boca pequeña para que no te llovieran las collejas en el colegio. La cosa es que esta forma de entender los dibujos animados cosecha seguidores, tantos que el ciclo Japón se animan que organiza la Filmoteca Canaria para calentar motores ante Animayo, reunió a más de un centenar de aficionados en el Espacio Cultural Aguere y casi araña el centenar los que se dieron cita en el Teatro Guiniguada.

La imagen que ilustra este post corresponde al filme Cabeza borradora (David Lynch, 1977)

Saludos, ceñudos, desde este lado del ordenador.