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	<title>Comentarios en: Así fue como llegué a ‘El guardián entre el centeno’</title>
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	<description>El blog de la cultura por Eduardo García Rojas</description>
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		<title>Por: editorescobillon</title>
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		<dc:creator>editorescobillon</dc:creator>
		<pubDate>Wed, 22 Apr 2009 21:30:42 +0000</pubDate>
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		<description>Gracias Antonio por tan aleccionador comentario.</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Gracias Antonio por tan aleccionador comentario.</p>
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		<title>Por: Antonio Jiménez Paz</title>
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		<dc:creator>Antonio Jiménez Paz</dc:creator>
		<pubDate>Wed, 22 Apr 2009 21:17:17 +0000</pubDate>
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		<description>Y con el permiso de tu aventura literaria, Eduardo, y con el de tu dolor por la aventura desatinada de David Chapman, copio aquí debajo para quien le interese el primer texto que escribí sobre la primera edición española de un libro de Antidio Cabal, &quot;Campo Nublo&quot;, aparecida en Canarias en 2000, hoy encontrable incluido en la edición completa de su poesía que está sacando Ediciones Idea. En todos partes y relacionado con todo siempre hay dolor. Este fue mi primer texto sobre ese deslumbramiento particular mío:



Un libro, mi padre y Nueva Gráfica

     &quot;Nacemos para morir; entretanto vamos al cine&quot;. No sé si me creerán, pero quien esto escribió es mi padre, a quien no tengo el gusto de conocer personalmente.
     Un día, revolviendo en una librería, me fijo en un libro recién editado, lo tomo entre mis manos y lo ojeo por curiosidad tras no identificar el nombre de su autor. Fisgoneo, y leo: &quot;Observo al mismo tiempo que el agua que veo corre hacia el este y que el sol que veo corre hacia el oeste. Qué hacer&quot;. Salto páginas, y leo: &quot;Históricamente, Dios es un espermatozoide&quot;. Paso páginas sin ton ni son hacia atrás, y leo: &quot;El paso de un amor mayor a un amor menor es ceniza&quot;. Tiemblo y paso páginas hacia delante, luego de nuevo hacia atrás, y leo: &quot;Mi lucidez está en lo que no creo. Con esto pretendo llegar a ser completamente lo que soy&quot;. Entonces tirito y salto páginas hacia delante, ya no sólo ojeo, páginas hacia atrás, se me entorpecen los dedos y me detengo, fijo los ojos, y leo: &quot;La verdad no es inherente a la verdad. Su enfermedad es total. Ella siempre es otra cosa&quot;. Pasa uno de los libreros a mi lado, me doy cuenta porque me molesta la inquina de su voz: ¿acaso va a pegarse el libro entero? No le respondo, no le hago caso, mi abstracción es total mojándome los dedos en saliva, pasando páginas no sé hacia dónde, el libro me trastoca, me detengo en una página cualquiera, y leo: &quot;El corazón no comprende que nunca será el marido de la luna. Ella prefiere los telescopios&quot;. Me sudan los dedos, ya no necesitan saliva, me estremece mi propio desconcierto, sigo pasando páginas sin orden, agradezco mi atrevimiento, y leo: &quot;Hay que juntar sueño y carne. Esta juntura de los dos instantes nos permitirá que nuestras obras no sean rayos dirigidos, que predeterminemos el fin, y que no aceptemos la copia del paraíso&quot;. Mi propósito curioso desaparece, me apasiono, me enamoro, no sé en qué medida, me descubro absorto, preso no de mí sino de otro, sigo pasando páginas, me detengo, y leo: &quot;La poesía es un trueno que ninguno oye, o si se le oye no es reconocido. Y si no es útil, es porque nosotros no somos útiles&quot;. Imagino su mano escribiendo pero ignoro sus datos, no le conozco, no sé de quién se trata. Vuelvo a saltar páginas y me detengo al final de la cuarenta y tres, y leo: &quot;Oh poesía, espero no perderte con la muerte. Espero que luego me avales. Y si esto no, espero que existas&quot;. Cierro el libro sin dejar de palparlo y dono mis ojos a su portada. Leo título y nombre del autor, busco información en la solapa, y leo: “Nací en Las Palmas de Gran Canaria, en 1925. En su Instituto Pérez Galdós cursé el bachillerato, con reválida en la Universidad de La Laguna. Mi infancia y mi juventud trascurrieron, irradiados desde mi ciudad natal, sucesivamente por Larache -en Marruecos-, Teruel, Muel, Alicante, Muchamiel, Marsella, Barcelona, Santa Cruz de Tenerife, Madrid -matrícula en la entonces Universidad Central, hoy Complutense-, Córdoba, Carúpano, Caracas, San José de Costa Rica, Managua, otra vez Caracas -en cuya Universidad Central de Venezuela me licencié en filosofía- y nuevamente en San José de Costa Rica, y Heredia, y Santa Bárbara…” Más desconcierto, retorno al principio, a su portada. Título: CAMPO NUBLO. Autor: ANTIDIO CABAL. Nombro varias veces su nombre y balbuceo: ¡Me cago en diez, sigo sin saber quién eres! Acudo a su última página en busca de más noticias, y leo: “Se acabó de imprimir el día 2 de octubre de 2000, en los talleres de NUEVA GRÁFICA, de La Laguna, Canarias”. Desconcierto total, paso páginas hacia atrás, y leo: &quot;Esencia, no bailaré más tus ruidos. Princesa anormal, no me interesa tu medianoche&quot;. Y unas pocas más hacia atrás: &quot;Mi época sangra sin resultado&quot;. Cierro definitivamente el libro, no encuentro sosiego, o tan poquito que paso por caja y pago tres ejemplares que el librero anonadado me entrega en una bolsa. Salgo al exterior: ¡Me cago en diez, no sé quién eres, pero acepto ir contigo al cine! Entonces descubro, comiendo palomitas de maíz, que él es mi padre.

     Año 2004, casi tres años y medio después. En las islas, espacio literario, la vida sigue igual: nadie escribe nada, ni sobre el padre, ni sobre el hijo, ni sobre el espíritu santo. Bueno, algunos sí, pero sólo sobre sus padrinos.</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Y con el permiso de tu aventura literaria, Eduardo, y con el de tu dolor por la aventura desatinada de David Chapman, copio aquí debajo para quien le interese el primer texto que escribí sobre la primera edición española de un libro de Antidio Cabal, &#8220;Campo Nublo&#8221;, aparecida en Canarias en 2000, hoy encontrable incluido en la edición completa de su poesía que está sacando Ediciones Idea. En todos partes y relacionado con todo siempre hay dolor. Este fue mi primer texto sobre ese deslumbramiento particular mío:</p>
<p>Un libro, mi padre y Nueva Gráfica</p>
<p>     &#8220;Nacemos para morir; entretanto vamos al cine&#8221;. No sé si me creerán, pero quien esto escribió es mi padre, a quien no tengo el gusto de conocer personalmente.<br />
     Un día, revolviendo en una librería, me fijo en un libro recién editado, lo tomo entre mis manos y lo ojeo por curiosidad tras no identificar el nombre de su autor. Fisgoneo, y leo: &#8220;Observo al mismo tiempo que el agua que veo corre hacia el este y que el sol que veo corre hacia el oeste. Qué hacer&#8221;. Salto páginas, y leo: &#8220;Históricamente, Dios es un espermatozoide&#8221;. Paso páginas sin ton ni son hacia atrás, y leo: &#8220;El paso de un amor mayor a un amor menor es ceniza&#8221;. Tiemblo y paso páginas hacia delante, luego de nuevo hacia atrás, y leo: &#8220;Mi lucidez está en lo que no creo. Con esto pretendo llegar a ser completamente lo que soy&#8221;. Entonces tirito y salto páginas hacia delante, ya no sólo ojeo, páginas hacia atrás, se me entorpecen los dedos y me detengo, fijo los ojos, y leo: &#8220;La verdad no es inherente a la verdad. Su enfermedad es total. Ella siempre es otra cosa&#8221;. Pasa uno de los libreros a mi lado, me doy cuenta porque me molesta la inquina de su voz: ¿acaso va a pegarse el libro entero? No le respondo, no le hago caso, mi abstracción es total mojándome los dedos en saliva, pasando páginas no sé hacia dónde, el libro me trastoca, me detengo en una página cualquiera, y leo: &#8220;El corazón no comprende que nunca será el marido de la luna. Ella prefiere los telescopios&#8221;. Me sudan los dedos, ya no necesitan saliva, me estremece mi propio desconcierto, sigo pasando páginas sin orden, agradezco mi atrevimiento, y leo: &#8220;Hay que juntar sueño y carne. Esta juntura de los dos instantes nos permitirá que nuestras obras no sean rayos dirigidos, que predeterminemos el fin, y que no aceptemos la copia del paraíso&#8221;. Mi propósito curioso desaparece, me apasiono, me enamoro, no sé en qué medida, me descubro absorto, preso no de mí sino de otro, sigo pasando páginas, me detengo, y leo: &#8220;La poesía es un trueno que ninguno oye, o si se le oye no es reconocido. Y si no es útil, es porque nosotros no somos útiles&#8221;. Imagino su mano escribiendo pero ignoro sus datos, no le conozco, no sé de quién se trata. Vuelvo a saltar páginas y me detengo al final de la cuarenta y tres, y leo: &#8220;Oh poesía, espero no perderte con la muerte. Espero que luego me avales. Y si esto no, espero que existas&#8221;. Cierro el libro sin dejar de palparlo y dono mis ojos a su portada. Leo título y nombre del autor, busco información en la solapa, y leo: “Nací en Las Palmas de Gran Canaria, en 1925. En su Instituto Pérez Galdós cursé el bachillerato, con reválida en la Universidad de La Laguna. Mi infancia y mi juventud trascurrieron, irradiados desde mi ciudad natal, sucesivamente por Larache -en Marruecos-, Teruel, Muel, Alicante, Muchamiel, Marsella, Barcelona, Santa Cruz de Tenerife, Madrid -matrícula en la entonces Universidad Central, hoy Complutense-, Córdoba, Carúpano, Caracas, San José de Costa Rica, Managua, otra vez Caracas -en cuya Universidad Central de Venezuela me licencié en filosofía- y nuevamente en San José de Costa Rica, y Heredia, y Santa Bárbara…” Más desconcierto, retorno al principio, a su portada. Título: CAMPO NUBLO. Autor: ANTIDIO CABAL. Nombro varias veces su nombre y balbuceo: ¡Me cago en diez, sigo sin saber quién eres! Acudo a su última página en busca de más noticias, y leo: “Se acabó de imprimir el día 2 de octubre de 2000, en los talleres de NUEVA GRÁFICA, de La Laguna, Canarias”. Desconcierto total, paso páginas hacia atrás, y leo: &#8220;Esencia, no bailaré más tus ruidos. Princesa anormal, no me interesa tu medianoche&#8221;. Y unas pocas más hacia atrás: &#8220;Mi época sangra sin resultado&#8221;. Cierro definitivamente el libro, no encuentro sosiego, o tan poquito que paso por caja y pago tres ejemplares que el librero anonadado me entrega en una bolsa. Salgo al exterior: ¡Me cago en diez, no sé quién eres, pero acepto ir contigo al cine! Entonces descubro, comiendo palomitas de maíz, que él es mi padre.</p>
<p>     Año 2004, casi tres años y medio después. En las islas, espacio literario, la vida sigue igual: nadie escribe nada, ni sobre el padre, ni sobre el hijo, ni sobre el espíritu santo. Bueno, algunos sí, pero sólo sobre sus padrinos.</p>
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