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	<title>Comentarios en: Leopoldo María Panero</title>
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	<description>El blog de la cultura por Eduardo García Rojas</description>
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		<title>Por: Iván Cabrera Cartaya</title>
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		<dc:creator>Iván Cabrera Cartaya</dc:creator>
		<pubDate>Fri, 07 Mar 2014 12:07:19 +0000</pubDate>
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		<description>Lamentando el fallecimiento, yo diría que Leopoldo María Panero ya había muerto, al menos como poeta, hace unos veinte años: más o menos a comienzos de los noventa. Todos y cada uno de los libros que fue publicando luego nada aportaban a lo ya dicho hasta ese momento. Grave contradicción en un poeta supuestamente maldito: no tuvo muchos problemas, si no todo lo contrario, para editar lo que iba escribiendo y escribía mucho, pero solo lograba repetirse y perjudicar por incontinencia literaria la belleza de sus primeras colecciones de poemas. Digámoslo ya: el pobre repitió tanto ciertas palabras y tics pseudolíricos que convirtió su escritura en un tiovivo que no iba a ninguna parte, y en un lugar común aburrido y previsible. Las palabras se gastan, se pudren, como han dicho otros poetas, y el Leopoldo de los últimos años solo era capaz de esbozar un discurso pseudopoético desemantizado y tan sorprendente como una tostadora, lejos de aquel de &quot;Así se fundó Carnaby Street&quot; o &quot;Por el camino de Swan&quot;. ¿Poeta maldito? Su bibliografía y sus apariciones públicas desmienten esto. Yo lo llamaría, más bien, como hizo un crítico en la revista Quimera hace años, &quot;poeta bendito&quot;. Descanse en paz, se va con la tranquilidad de haberlo dicho todo y de haberlo repetido hasta la saciedad, bien lejos del malditismo, esa etiqueta que el propio Leopoldo odió al final.</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Lamentando el fallecimiento, yo diría que Leopoldo María Panero ya había muerto, al menos como poeta, hace unos veinte años: más o menos a comienzos de los noventa. Todos y cada uno de los libros que fue publicando luego nada aportaban a lo ya dicho hasta ese momento. Grave contradicción en un poeta supuestamente maldito: no tuvo muchos problemas, si no todo lo contrario, para editar lo que iba escribiendo y escribía mucho, pero solo lograba repetirse y perjudicar por incontinencia literaria la belleza de sus primeras colecciones de poemas. Digámoslo ya: el pobre repitió tanto ciertas palabras y tics pseudolíricos que convirtió su escritura en un tiovivo que no iba a ninguna parte, y en un lugar común aburrido y previsible. Las palabras se gastan, se pudren, como han dicho otros poetas, y el Leopoldo de los últimos años solo era capaz de esbozar un discurso pseudopoético desemantizado y tan sorprendente como una tostadora, lejos de aquel de &#8220;Así se fundó Carnaby Street&#8221; o &#8220;Por el camino de Swan&#8221;. ¿Poeta maldito? Su bibliografía y sus apariciones públicas desmienten esto. Yo lo llamaría, más bien, como hizo un crítico en la revista Quimera hace años, &#8220;poeta bendito&#8221;. Descanse en paz, se va con la tranquilidad de haberlo dicho todo y de haberlo repetido hasta la saciedad, bien lejos del malditismo, esa etiqueta que el propio Leopoldo odió al final.</p>
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