Salve ‘Asterix’, los que van a morir te saludan

Sábado, Octubre 24th, 2009

asterix.jpg

Recuerdo que el primer libro de Asterix que llegó a mis manos fue Asterix y los normandos. No creo que hubiera cumplido los catorce, lo que significa que aquel descubrimiento (un inocente regalo de cumpleaños que un familiar le hizo a uno de mis hermanos) estimuló mis sentidos a la hora de sumergirme en el universo de un tebeo editado en tapas duras y a todo color que incluso leía mi padre con su sonora y característica carcajada.

Hasta ese momento, lo que sabía de historieta era gracias a revistas DDT o Pulgarcito, las ediciones mexicanas de Novaro, que publicaban las aventuras de los héroes de la DC con traducciones delirantemente sudamericanas (algo así como las teleseries que nos ponían en la caja diabólica aquellos años, con voces graves que enfatizaban los nombres anglosajones tipos Martinnnn Lutherrrr Kingggg) o las carpetovetónicas de Vértice, que nos dieron a conocer a la gran familia de la Marvel en ediciones casi de bolsillo y blanco y negro que ponían de manifiesto su absoluto desprecio por el material original norteamericano.

Así que entiendan ustedes que descubrir el universo de Asterix y su grueso amigote Obelix fue como descubrir un mundo mágico y de colores. Un vivo sin vivir en mí que enseguida me enganchó a las tribulaciones que disfrutaba (no sufría) aquella pandilla de galos pequeños burgueses capaz de desafiar a la poderosa Roma de Julio César gracias a la poción mágica.

Tras aquel álbum, inicié una laboriosa campaña de ahorro de la paga que me suministraban mis padres los fines de semana, haciéndome con paciencia rusa con otros colorines de la serie. Y lo hice de manera poco espartana. Es decir, sin disciplina alguna, lo que implica que mandé a paseo (afortunadamente) la cronología con los que fueron apareciendo en España.

Con el paso del tiempo, he ido releyendo las historietas de Asterix como quien bebe agua en el desierto. Descubriendo nuevas claves en aquellos relatos que llevaban a sus protagonistas a las lejanas tierras de Egipto, Hispania, Helvecia, Bélgica, Bretaña e incluso una América que todavía no habían sido descubierta. Y me siguen entusiasmado igual o más que cuando los leí por primera vez: Asterix, legionario, La cizaña, El caldero de oro… por lo que parte de sus expresiones como es natural pasasen a formar parte del mío, como su grito ¡Por Tutatis!; al igual que el ¡por Crom!, de Conan o el ¡Rayos y truenos! de mi querido y admirado capitán Haddock.

Feliz creación del dibujante Albert Uderzo y del guionista René Gociny, admito, no obstante, que he ido perdiendo interés en sus nuevas aventuras cuando su genial creador literario dejó este mundo, asumiendo a partir de ese momento los guiones Uderzo, un excelente dibujante pero un mediocre guionista. Así que ya no fue lo mismo porque, a mi juicio, Asterix sin Gociny no es Asterix, hoy más que nunca una especie de Micky Mouse francés. Pero aún con esas, me hago con sus aventuras pese a que su esquema resulte el mismo. Con o sin extraterrestres.

Pese a su devenir, pido que conste en acta que primero descubrí a Asterix, y que años más tarde y en casa de un amigo, mis ojos se abrieron al mundo de Tintín en aquellas inolvidables y preciadísimas ediciones con sus ya legendarios lomos de tela. ¡Rayos y truenos!

Asterix, que este año de gracia cumple ya medio siglo, lo celebra como era de esperar con un nuevo álbum. Y si bien rabio por dentro porque en mi afán de coleccionista completista (una compulsión enfermiza, entiéndanlo) ya me carcome la cabeza la idea de hacerme con él pese a que no sean días precisamente en los que deba de buscar monedas y billetes en el bolsillo, sólo puedo encogerme de hombros ante la inevitable sensación de que tengo que apretarme un poco más el cinturón para que aspire a tenerlo entre mis manos.

Soy consciente, pese a todo, que me entenderán los que han sido (y serán) inoculados por el virus de lo que ya llamo asterixtis. Virus de efectos terribles, porque cada nueva mutación con la que sale al mercado ya no te taladra las ideas como sus historietas pasadas. Pero aún con esas, continuas enganchado quizá porque ese pequeño galo para el que los romanos son una pandilla de locos representa un buen pedazo de tu existencia como lector de tebeos, colorines, comics o historietas. Uno de esos pedazos que recuperas cuando los vuelves a leer y releer. Y que deja respirar al ya saturado disco duro de tu memoria, que recobra repentinamente olores que ya creías olvidados. Por ejemplo, el de un sabroso jabalí asado a punto de ser devorado por un grupo de amigos que sólo temen una cosa en su rutinaria existencia de meterse entre ellos y de unirse como uno solo cuando llegan los romanos: ¡qué el cielo les caiga sobre sus cabezas!

Saludos, me temo que muy nostálgicos, desde este lado del ordenador.
  
 

Un nombre: Jean Patrick Manchette

Domingo, Febrero 15th, 2009

Lo leí hoy, no me acuerdo dónde, pero lo leo hoy. No séquién dice que los franceses sólo han aportado a la novela policíaca su calificativo, negro, y me pregunto qué idiota puede afirmar eso. Es probable, me digo entonces, que no conozca a Jean Patrick Manchette, y me pregunto si después de conocerlo seguirá siendo igual de imbécil.

Jean Patrick Manchette para este que les escribe fue un revulsivo, un veneno como narrador en la novela francesa. Negra o no.

Quizá no fuera un excelente escritor, que no se rompiera la cabeza pensando estructuras ni esquemas, pero sí que sabía contar historias. Historias disfrazadas de policial, pero con una carga de nitroglicerina dentro que te sacude y marca cuando te inicias en sus libros.

Escritor que tuvo en su momento una formidable publicación de sus novelas en España, luego cayó en el olvido quizá porque sus títulos son demasiado subterráneos, bombas de relojerías perfectamente diseñadas por un anarquista exquisito que encontró en el género un caudal de denuncia vestido con el en ocasiones ampuloso traje de los que no tienen cordura.

tardi.jpg

Libro suyos son Una lunática en el castillo; La morgue está llena; Cuerpo a tierra; Dejad que los cadáveres se bronceen (en colaboración con J. P. Bastid); Un montón de huesos; Fatal y las que consiero sus obras maestras Nada (sobre un grupo de extrema izquierda), su incompleta De balas y bolas (en colaboración B. J. Sussman) y Volver al redil, o la historia de cómo un hombre cualquiera puede convertirse en lobo con el único objeto de volver a ser un cordero.

Tardan tiempo si no buscan como desesperados las obras de este autor. Su novela Nada ha vuelto a publicarse en español, es una obra idónea para iniciarse en el universo Manchette. Si te cuesta un riñón esto de las letras, te recomiendo entonces que te hagas con el cómic Balada de la Coste Este, que adaptó el dibujante y guionista Jacques Tardi del que considero su mejor libro, Volver al redil.

Lo demás es perder el tiempo. Hay que recuperar a Manchette.

Saludos literarios a este lado del ordenador. 

Tintín cumple 80 años más joven que nunca

Viernes, Enero 9th, 2009

 tintin2.jpg

Soy un lector de tebeos. Tengo más de 40 tacos y no me sonroja decirlo. Me encantan las historietas o los colorines que es como siempre los he llamado. A mi lo de cómic me hace gracia, pero prefiero lo de colorín. Crecí leyendo Astérix, Flash Gordon (en las inolvidables ediciones Burulán, a todo color en unos tiempos donde casi todo era en blanco y negro), Spiderman, Superman y Batman y cómo no, como todo hijo de vecino que se precie, mi Tintín… Mañana celebramos todos los tintinófilos del mundo uníos el ochenta aniversario de su nacimiento en la revista XX Siécle. Y me acuerdo de sopetón de todos los buenos ratos que me hizo pasar, y me siento profundamente agradecido porque de su mano viajé a Tibet, Oriente Medio, la Rusia soviética, Estados Unidos, Iberoamérica y no sé cuantos sitios más con el inolvidable capitán Haddock, el despistado de Tornasol, su leal Milú y esa pareja de impresentables detectives que respondían al nombre de Hernández y Fernández, entre otros personajes. Entre los villanos no puedo olvidar al inolvidable de Roberto Rastapopoulos…. y algún otro cuyo nombre se me escapa de la memoria.

Cada cierto tiempo, siempre surge alguien para machacar a nuestro héroe, el famoso periodista que nunca escribió una crónica, pero eso sólo pone de manifiesto que el personaje no pasa de moda. Que la criatura feliz del gran Hergé sigue viva y más fuerte que nunca.

Hace tiempo conocí a una gran persona que ya no está entre nosotros que se llamó Rafael Apeles que sentía similar devoción por Tintín. En conversaciones que jamás se me borrarán del disco duro de la memoria hasta que deje de estar en este mundo en ocasiones tan inmundo, me mostró claves del personaje que para mi eran inéditas. No saben ustedes los buenos ratos que nos pasamos charlando de Tintín y de su otra gran pasión, las novelas de mar y de guerra del gran Patrick O’Brian. Por eso, al leer hoy en un diario que un columnista del diario Times de Londres afirma que Tintín era gay le respondo: y qué. ¿Deja de ser menos hombre porque le pusieran las barbas de Haddock?

En fin, qué se la va a hacer. No entro en esta polémica idiota porque es lo mismo que decir que los Reyes Magos no existen. Así que esta noche, y en la intimidad de mi casa, volveré a releer mis tebeos favoritos del intrépido reportero como El loto azul, El misterio de Rackman el rojo, La oreja rota, El templo del sol, Stock de Coque y otros tantos que me esperan con los brazos abiertos.

Así que sé que siempre me quedará Tintín, ¿verdad señora Castafiore?

Saludos a este lado del ordenador-

Sueños de fiebre

Domingo, Diciembre 28th, 2008

Aprovecho el título de la extraordinaria novela de vampiros de George R. Martin para dejar un par de apuntes entre toses varias y sudores fríos.

Una excelente web de y sobre literatura: lamaquinadeltiempo. Explórala por lo menos, y si encuentras algo mejor, me lo haces saber.

Veo otra vez La conquista del oeste. Y me quedo con un regusto amargo en la boca. Es una gran película a la que le faltan muchas cosas. Se desliza por la mejilla una lágrima furtiva por el Cinerama, algo que fue pero ya no es. Como le va a pasar al Cine Víctor.

¿Han visto Spirit? Si es así y es seguidor de los comics es más que probable que intermitentemente le golpee en la cabeza la fracesita de “si Will Eisner levantara la cabeza”. Aunque afortunadamente Eisner no levantará la cabeza. Frank Miller dedícate a tus cosas: ¡¡¡los tebeos!!!

Eso era todo.

Saludos a este lado del ordenador.

Y comenzó la diversión, llegó el señor Corben y parte de una generación aprendió a soñar

Jueves, Octubre 9th, 2008

Caramba, lo recuerdo como si fuera ayer… El patio del colegio, repleto de niños jugando a la pelota y niñas al brilé. Unos y otros haciendo cola para beber el agua de la fuente… Un sol que pela. Y un grupo alrededor de un amigo que saca con misterio ensayado un tebeo de la mochila.

OHHH, exclamamos todos. Y ohhh añadimos a la exclamación unos pocos aficionados al descubrirl tebeo. Tebeo, sin embargo, que no resultó un tebeo sino una novela gráfica en toda regla. La primera que veían nuestros todavía ojos vírgenes. El título de la obra que cambió la percepción de la realidad (que mató de un plumazo a Supermán, Batman y el Spiderman): Den, de Richard Corben.

den.jpg

Pienso ahora, con la sabiduría que dice da la edad (aunque lo ponga en duda), lo que la industria de los colorines en España le debe al Corben. Y no porque su Den, aquel primer Den que ví a la hora del recreo en la escuela, tuviera un precio asequible y pasara a mi colección (de hecho no pasó, tengo la historieta publicada por entregas en la mítica 1984) sino porque ruló de mano en mano como por aquel entonces rulaban tantas cosas. Y cuando me tocó el turno (mi amigo era como un biblioteca, llevaba con disciplina prusiana los tiempos de préstamo) además de emborracharme con la sinfonía de colores y dejarme seducir por la historia, qué duda cabe que las viñetas también contribuyeron a que se despertaran mis más bajos instintos. Como a todos. Bueno, a casi todos.

Richard Corben, que se convirtió en el dibujante más admirado de mi generación no sólo por esta historieta sino por otros grandes clásicos como Bloodstar, Rowlf y Mundo mutante, aprovechó el éxito de Den en otras cuatro entregas más que no tuvieron el peso ni la influencia de la primera. Bueno, el dibujo seguía siendo excelente, pero la historia producía sonrojo.

De lo que no me cabe la menor duda es que Corben, Richard Corben, además de ser uno de los mejores ilustradores de fantasía de todos los tiempos (en sus historias los mundos de espada y brujería de Robert E. Howard adquieren insólito realismo) es también uno de los mejores (pese a su desproporciones) ilustradores del cuerpo humano de todos los tiempos, perdonándole siempre, claro está, su obsesión a la desmesura de las formas, siempre generosas y por lo tanto envidiablemente espectaculares.

Hoy resulta difícil hacerse una idea de su talento en la historieta porque no se prodiga tanto aunque es verdad que, ocasionalmente, publica alguna cosita, entre las más reciente su siniestro homenaje a Edgar Allan Poe y su fidelísima adaptación de La casa del confín de la tierra, de William Hope Hodgson, un escritor de fantasía y terror adelantado a su tiempo y cuyo material inspitó H. P. Lovecraft para hilvanar su universo de pesadilla.

Corben gusta por eso tanto a los seguidores de las novelas y relatos del escritor de Providence, aunque el dibujante se hizo famoso primero recreando en sus novelas gráficas el mundo salvaje de Howard, creador, entre otros personajes legendarios de Kull y Conan.

En fin, sirvan estas líneas para agradecerle lo que significaron (y aún significan) sus historietas, porque contribuyeron a lo que soy como persona e incluso a alimentar la materia de la que están hechos mis sueños.

Reivindicando un colorín o tebeo del oeste: Las aventuras de Mac Coy

Jueves, Septiembre 11th, 2008

Hubo un tiempo en que los comics del oeste gozaron de muy buena salud. Sin discusión alguna, el rey de todos estos tebeos fue y sigue siendo las aventuras de El teniente Blueberry, del guinista Jean-Michel Charlier y el dibujante Jean Giraud, también conocido como Moebius, uno de los más grandes dibujantes franceses de tebeos de todos los tiempos, pero ocupando un dignísimo segundo lugar (o al menos para éste que les escribe) se encuentra Mac Coy, de Jean Pierre Gourmelen y Antonio Hernández Palacios, pintor más que dibujante que supo teñir de “realismo” las aventuras de su primero capitán confederado y más tarde sargento mayor del ejército de la Unión al finalizar la guerra de secesión en la veintena de álbumes que componen la colección. Ilustrados por el genial Palacios, autor también del impresionante Eloy, con el que pretendió reflejar en viñetas los años oscuros de la Guerra Civil Española, El Cid, Manos Kelly y, episódicamente, de otros cuadernos como la biografía de Bolívar por citar los más conocidos de su interesante y a ratos fascinante producción.

No fue Palacios sin embargo un dibujante reivindicado en demasía en los años del boom comiquero en este país. Para los especialistas se trata de un artista más preocupado por la pintura que por la narración gráfica. Para otros, sin embargo, nos cautivó y sedujo desde un principio por su “aparente” facilidad para la ilustración, enriqueciendo historietas con malos guiones gracias a su discutible (insisto para algunos) talento.

Considero las aventuras de Mac Coy una excelente oportunidad para que el lector interesado en las historias ambientadas en lejano oeste americano conozca de cerca las campañas que el ejército de la Unión realizó contra los indios en la segunda mitad del siglo XIX; también una buena ocasión para entender la guerra que al sur de la frontera libró el cuerpo expedicionario francés contra los partidarios de Benito Juárez, enemigos declarados del emperador títere de origen austriaco Maximiliano que ocupaba por aquellos años el poder en México. Dos álbumes de la serie están dedicados de hecho a dos grandes batallas libradas a un lado y al otro de la frontera que marca el ya legendario Río Grande: Little Big Horn, donde fue aniquilado el Séptimo de Caballería al mando del coronel Custer y el sitio de Camerone, donde un grupo de legionarios franceses defendieron valerosamente la plaza contra las fuerzas revolucionarias de Benito Juárez.

En estas dos historietas, Mac Coy asiste como testigo casi accidental a ambos encuentros bélicos, actuando como un soldado profesional que ajeno a las banderas combate con oficio para salvar la vida. Junto a él, le acompaña el sargento Charlie, un soldado confederado que también ha terminado vistiendo la casaca azul al finalizar al Guerra Civil, y Maxi, personaje que sirve de contrapunto cómico a todas las historias donde aparece como leal compañero de armas de Mac Coy.

mac.jpg

Los escenarios de los cuadernos, editados en su día por Dargaud España, son sobre todo en los primeros diez números de la serie asombrosas recreaciones geográfica que muestran desde las desérticas planicies de Nuevo México y Texas a los paisajes nevados de los territorios del norte con exquisito realismo. Se le puede criticar, no obstante, a estas historietas su tono en ocasiones humorístico, pero creo que su guionista supo dosificarlo a lo largo de las diferentes entregas.

Como curiosidad destacar que si El teniente Blueberry tenía un vago parecido con el actor galo Jean Paul Belmondo, Mac Coy es casi un reflejo dibujado de Robert Redford. Eso sí, bronco y del montón.

El lector iniciado en el que muchos consideran el género cinematográfico por excelencia, el oeste, apreciará además continúas referencias en las historias de Mac Coy a los grandes clásicos cinematográficos del western, y verá reflejado en las viñetas paisajes claramente inspirados en las grandes películas que todo aficionado llevamos bien guardadas en el disco duro de nuestra memoria. No es aventurado afirmar por ello que las historia de Mac Coy respiran en ocasiones cierto hálito épico fordiano (la caballería cabalgando por las praderas infestadas de indios); así como del Veracruz de Aldrich o El mayor Dundee de Peckinpah al desarrollarse varias de las aventuras, como se ha dicho, en el Méjico del emperador Maximiliano.

Resumiendo, un tebeo, colorín, historieta, cómic muy recomendable. De hecho, no me canso de releerlo una y otra vez. Con el paso del tiempo Mac Coy se ha convertido en apuesta segura, como Tintín o Astérix. Es decir, que nunca te cansas de visitarlos aunque ya conozcas el final.