El abuelo se nos pone otra vez nostálgico: ¡¡¡Qué viva el Vampus!!!

Martes, Julio 22nd, 2008

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Me apetece ponerme nostálgico. Debe ser cosa de la edad. Ahh, la edad. Si yo les hablara…

¿Qué edad tendría? No lo recuerdo bien, es probable que nueve o quizá diez tiernos añitos… El lugar si que permanece relativamente fresco en mi traicionera memoria: la rambla. La rambla que forma parte de mi vida como la de tantos santacruceros de toda la vida. Me refiero al tramo que va desde el kiosco La Paz hasta la hoy polémica plaza de Toros, que era un territorio donde podía moverme a mis anchas porque mientras mis padres se tomaban un café  yo podía caminar de arriba-abajo mirando los tebeos que colgaban en los carritos.

Eran tiempos, infantes míos, difíciles para un chaval con ganas de leer tebeos. Es verdad que estaban los de toda la vida, incluso los de Pumby que no me hacía puñetera gracia, pero yo aspiraba a otra cosa. Ya por aquellos tiempos me volvían loco las historias de espectros, mucho más que las de los súper héroes de la Marvel que editaba Vértice en aquellas odiosas (aunque hoy se han convertido de culto) ediciones en formato libro. Yo creo que por culpa de Vértice me hice más de los súper héroes de la DC gracias a los tebeos mejicanos de Novaro. Con Superman y su álter ego, Clark Kent, y su novia, Luisa Lane, y su amigo, el fotógrafo Jaime Olsen, y el director del diario El Planeta, Pedro White. Si los colorines eran de Batman, te partías de la risa con Bruno Díaz (¡Bruce Wayne!) y su discípulo Robín, que no era otro que Ricardo Tapia. No puedo olvidar al señor Alfredo su fiel mayordomo… Pero perdonad sobrinitos míos, porque me voy por la tangente…

Hablaba de mis paseos por la rambla, y de cómo contemplaba fascinado las portadas de los tebeos para adultos tipo Vampus, Rufus o Vampirella. El descubrimiento de Vampus fue para este que les escribe un punto y aparte. De hecho, todavía no sé como logré reunir las 40 pesetas que costaba el ejemplar para con manos temblorosas intentar que el kiosquero me lo vendiera. Y digo lo de intentar porque, generalmente, el kiosquero no aceptaba mi dinero porque ¡¡¡era menor de edad!!!

¡¡¡Eso sí que eran otros tiempos!!! Y ahora que lo pienso, parece lógico que saliera tanto tarado entre los compañeros de generación. Era frustrante iniciarte en cualquier cosa: las películas que te gustarían ver eran para mayores de 18 años, los tebeos que querías leer eran para adultos… En casa te mandaban a la cama justo cuando ponían las series que te gustaban… Uno tenía que hacer auténticos malabarismos para ver una película (¡ah mis añorados cines de barrio!), comprar un tebeo (se los pedías casi de rodillas a tu hermano mayor) o ver una serie por la tele, escondiéndote debajo del sofá, por ejemplo, aunque al final cayeras rendido por el sueño y te descubriera la familia por tus ronquidos en plan sensurround.

Pero no sé cómo, sobrinos (es cosa del alzheimer, de verdad), pude hacerme con un Vampus, que no era otra cosa que la versión en español de Creepy de la Warren. Y ví la estrellas.  Más tarde me hice con otras publicaciones de la misma editorial (Garbo), como el Rufus y Vampirella. También con algún Dossier Negro, pero ninguna me llenó tanto como la mítica Vampus.

Las historias se salían, sencillamente. Y ahí descubrí a maestros como John Severin, Joe Orlando, Richard Corben, José Ortiz, Esteban Maroto, Beá, Russ Heath, Álex Niño, ilustrando pesadillas que la mayor parte de las veces las firmaba el gran Archie Goodwin.

Mucho tiempo después, siendo ya un adolescente hecho y derecho, conseguí hacerme con otros números del Vampus en tiendas de viejo, hermanos de amigos a los que ya no les interesaban aquellas revistas y rastros por donde caía siempre buscando. Siempre buscando con la paciencia del mismísimo santo Job.

Hasta que me hice con  todos los números. Y saben una cosa, ahora que estoy viejo y achacoso no me canso de releer las mismas historietas cuando me encuentro en una de mis habituales bajonas. Y si bien la dichosa edad ya no hace que me sumerja en cada una de sus historias con la pasión con las que me sumergía cuando era un chiquillo, todavía me parecen la mayor parte de ellas sobresalientes aventuras terroríficas…

En fin, queridos míos, no hagan caso de lo que diga el viejo, pero diablos que los del Vampus me enseñaron por lo menos el camino que debía tomar a la hora de iniciarme en los tenebrosos mundos de la fantasía.

Y se acabó, leñe. Otro día rindo pleitesía al maestro Luis Vigil y sus artículos sobre cine que incluía en la revista objeto de mi devoción.

Un artículo nostálgico más de vuestro querido tío… Vampus.   

Ir al cine era antes más emocionante…

Jueves, Diciembre 27th, 2007

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Cuando miro hacia atrás sin ira me doy cuenta que lo que de verdad queda grabado en mi memoria son sensaciones y momentos, por lo que al leer la noticia de que a lo largo de este año que ya termina unas 10.000 personas han asistido a algunas de las proyecciones de CajaCanarias me ha hecho pensar (sensible que está uno) en todos aquellos momentos y sensaciones que han ido tejiendo mi vida como espectador cinematográfico en Tenerife. 

Siendo un terrible adolescente intentaron educar mi confusa mirada las primerizas experiencias como cine club del colectivo Yaiza Borges, que proyectaban películas en un piso lagunero antes de mudarse al cine Tenerife (hoy reconvertido en saludable gimnasio) así como en las de la Caja de Ahorros, donde tuve la oportunidad de ver, entre otras, El perro andaluz de Buñuel o la impresionante Fake, el documental ficticio del gran Orson Welles.

En aquella aventura que era ir a ver cine en Santa Cruz de Tenerife, uno intentaba apuntarse a cualquier proyección por inquietante que resultara. En este sentido, recuerdo como una especie de aventura a lo Indiana Jones como me colé para ver Raza en una proyección privada que organizaba la hoy extinta Fuerza Nueva; o cintas soviéticas donde se loaba el coraje de los feroces comunistas contra la amenaza nazi que organizaba, si no me traiciona mi traicionare memoria, el PCOE (Partido Comunista Obrero Español) en una calle muy próxima al barranco de Santos.

También estaban las inolvidables sesiones de cine a las 4, donde lo mismo veía por enésima vez Una noche en la ópera  con los hermanos Marx que una cinta de Maciste. O el mítico cine de verano de la plaza de Toros, donde lo mejor no era la película sino la fiesta que se montaba el público, muy simpático y bacilón con la ominosa presencia del linterna intentando detectar con su haz de luz a los graciosos de siempre. Ahh… la plaza de Toros, cuántas y cuántas inolvidables noche de verano me pasé comiendo pipas y partiéndome de la risa con las bromas que escupían los otros protegidos por la oscuridad.

Que la pantalla pareciera que bailaba la danza del vientre con la brisa nocturna o que el sonido fuera un asco la verdad es que daba igual, porque a la plaza de Toros se iba sobre todo con la esperanza de echarse unas risas no ya con el pobre linterna sino con las gansadas que los espectadores le ladraban a los personajes de la película. Recuerdo, en este sentido, una anécdota estremecedora. El aborto de película se llamaba Lucifer e iba del tal Lucifer que resucitaba a los muertos. Y en esta, justo cuando los zombis salían a trompicones de sus tumbas, resuena en todo el coso taurino la gutural voz de un borrachito que gritaba: ¡yo a tí te conozco, yo a tí te conozco!

Algo parecido a este show, que deja en pañales los montajes que ideó William Castle para sus películas de terror, lo viví también en cines de barrio como el Delta en La Salud o el cine Fraga en Ofra y también en el Somosierra. Donde además de dejarte ver películas que en las salas respetables del centro de la ciudad no te dejaban ver porque no tenías los dichosos 18 años, el público resultaba igual de cachondo. Todavía recuerdo aquella lata de sardinas estampándose contra la pantalla del Delta durante la proyección de La poseída y justo en el instante en que la protagonista, una adolescente obviamente poseída por el mismísimo diablo, vomitaba una masa viscosa y de color verde; o las estimulantes películas eróticas (es un decir) de Max Pecas, como Yo soy ninfómana y otras cafradas por el estilo.

En fin, que en aquellos años a uno ni se le pasaba por la cabeza que un día habría multisalas, ni vídeoclubes y ni muchísimo menos dvd. Pero qué quieren que les diga, resultaba bastante más emocionante ir al cine por aquello de que no sabías lo que te iba a pasar. Lo dicho, una aventura.

Que sirva este escrito a modo de confesión para justificar mi apasionado potaje cinematográfico, a medio camino entre la cinefilia más tontorona y la cinefagia más ulcerosa. Le debo mi confusa pero apasionada mirada también a mis hermanos y a la tele en blanco y negro de aquel entonces, donde con solo un canal la mayoría de las noches te ponían títulos como En un lugar solitario, King Kong o Duelo al Sol por citar sólo tres cintas que todavía me emocionan cuando las veo…

Por eso celebro que 10.000 personas hayan asistido a los ciclos que organiza CajaCanarias, como celebro los que ven los que exhibe nuestra sacrificada Filmoteca y las rarezas con distintas denominación de origen que proyecta el cine Víctor. Soy consciente, sin embargo, que ya nada será como antes. Y que el acto de caza mayor que suponía ir al cine en mis tiempos ha terminado por convertirse hoy en un simple entretenimiento… eso quizá explique mi cada vez más notable renuncia a la sala oscura y mi apuesta por ver películas con y sin pedigrí en la soledad húmeda de mi casa. Sentado incómodamente en un sillón que pide a gritos su jubilación y con el mando a corta distancia para detener la imagen y poder ir al cuarto de baño. Pero son cosas de la edad, misántropo que se ha vuelto uno con el paso de los años y la pérdida de ridículas emociones… 

Tributo a David Goodis

Viernes, Septiembre 28th, 2007

21165564881.jpgSalvo aisladas referencias en la prensa especializada francesa, argentina y norteamericana, este año ha pasado desapercibida la doble conmemoración del nacimiento (90 años) y muerte (40 años) del que quizá sea uno de los más grandes escritores estadounidenses de novela policíaca de todos los tiempos: David Goodis.
 Los iniciados en el turbulento universo del escritor han celebrado casi a escondidas, como si miembros de una sociedad secreta se tratara, su aportación a la novela negra, donde legó un puñado de novelas que trascienden las fronteras del género para transformarse en literatura a secas. Y en muy buena, excelente, literatura.
 Casi todas sus historias transcurrieron en su Filadelfia natal, pero en los barrios bajos, poblados por personajes que han hecho historia en el género como los perdedores. Vagabundos, alcohólicos, seres en definitiva a la deriva, David Goodis supo encontrar también poesía en sus protagonistas sin casta, héroes que, al margen de la ley, sacan a relucir lo mejor de ellos mismos en situaciones al límite. Sus personajes, además, viven infiernos personales reales, pero no por ello renuncian por solidaridad a aspirar a ser mejores personas. Lo que no significa en sus novelas traspasar el submundo en el que se encuentran, mejorar socialmente, sino aportando humanidad a un universo donde la traición campa a sus anchas.
 Personaje de vida turbulenta, siempre al borde del precipicio, descubrir la obra de este narrador es una invitación no ya al entretenimiento sino también al esclarecimiento de las bondades del alma, un viaje complejo en el que el escritor, recurriendo a todos los tópicos que han hecho grande al género, empleó para contemplar el auge y caída de cada uno de nosotros.
 Como pasa casi siempre, su obra pasó prácticamente desapercibida en los Estados Unidos hasta que llegó a Francia y fue reivindicado por gente como  Sartre, Camus o Gide, quienes calificaron su producción literaria de  existencialista, quizá porque su temática describe el absurdo, la desesperanza y la falta de horizontes de cada uno de nosotros. Protagonistas de un universo en el que solo somos corredores de fondo.
 La chica de Cassidy, Viernes 13, Disparen sobre el pianista, La senda tenebrosa, Fuego en la carne, Calle sin retorno o La luna en el arroyo, son algunos de los títulos de sus mejores novelas, historias sobradas de un lirismo que todavía hace mella en sus lectores, aficionados que, como este que les escribe, no se cansa de leerlas mientras se pregunta cómo a los buenos de verdad se les margina y a los malos se les encumbra. Qué ironía, parece la trama de una de sus novelas…

Recordando a Marc Behm

Lunes, Septiembre 24th, 2007

Marc Behm nunca fue amigo de la fama, por lo que su obra apenas ha tenido seguidores salvo un reducido grupo de aficionados que han elevado su trabajo no ya a la irritante condición de culto, sino como un autor de referencia con el que disfrutar de sus constantes e inteligentes reinterpretaciones genéricas. Guionista y escritor, su muerte el pasado 12 de julio en Fort Mahon-Plaguet, Francia, ha cogido por sorpresa a los lectores que cayeron bajo su influjo tras devorar (literalmente) casi todos sus libros, la mayoría de ellos publicados en España, aunque difíciles de conseguir por estar descatalogados.
Marc Behm nunca fue el americano impasible, afortunadamente. De hecho abandonó su país que lo ahogaba para buscar refugio en un pequeño pueblecito de la campiña francesa, donde escribía sin planes fijos. No deja, resaltamos, una bibliografía prolija, pero sí unos cuantos títulos que a su manera han supuesto un antes y un después dentro de los géneros que abordó. La mirada del observador, su obra maestra, es un libro policíaco que trasciende las fronteras del género donde por una vez se explota hasta límites pocos sospechados el elemento voyeur del detective privado, un hombre en la novela que lo abandona todo mientras persigue a una asesina múltiple en la que cree reconocer a su hija perdida.
En la divertidísima La doncella de hielo, Behm haría algo parecido pero con la novela tradicional de vampiros, huyendo de las penosas actualizaciones de Anne Rice, Behm contempla a sus criaturas de la noche como un hatajo de perdedores que viven (o no viven) como pueden, mientras son acosados por discípulos de Van Helsing, fanáticos de la cruz y de la estaca.
El escritor, nacido en Trenton, Nueva Jersey en 1925, reinterpretó también las claves de la literatura erótica en La reina de la noche, historia en la que recrea la vida de una atractiva mujer alemana que se hace nazi por vocación asesina. Quizá en esta obra se revele con mayor intensidad una de las constantes de este escritor: la belleza monstruosa e inocente, la fascinación por el mal, sin ataduras morales de ningún tipo, una obsesión por la belleza que ha sido tallada a golpe de crueles hachazos.
Otras novelas suyas son Crab y No pretendas saber más, títulos que si bien son atractivos por extravagantes, no resultan tan fascinantes como los anteriormente reseñados. Marc Behm compaginó su faceta como errático escritor con la de también errático guionista, entre otras películas es responsable de los libretos de Charada, de Stanley Donen y Help, dirigida por Richard Lester a mayor gloria de The Beatles. Yo lo prefiero, sin embargo, en su faceta como escritor, donde ocupa un lugar privilegiado en mi galería de narradores desconocidos por esa mayoría y también minoría silenciosa que no se ha cansado todavía de despreciar el talento de los que viven al margen y nos miran desde el otro lado sin dejar de asombrarse.

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