Confesiones de un hippie: ¡Indignado pero con casco de acero!

Miércoles, Diciembre 7th, 2011

Entre mis libros de cabecera se encuentra Las aventuras del valeroso soldado Svejk, del escritor checho Jaroslav Hasek. El personaje, todo un icono en la República Checa post comunista, desarma la rígida disciplina militar no sabe uno si porque es demasiado idiota o, por el contrario, demasiado inteligente.

El caso es que el valeroso soldado Svejk siempre se sale con la suya, lo que lo convierte en una especie de héroe de nuestro tiempo. O así quiero verlo.

Las aventuras del soldado Svejk han inspirado de una u otra forma otras literaturas que con mejor o peor fortuna presentan también a hombres sencillos y tremendamente individualistas enfrentados a una implacable maquinaria de la Historia que ha terminado por vestirlos de uniforme.

En esta línea, una novela muy recomendable que sigue la estela Svejk es Las aventuras de Wesley Jackson, de William Saroyan. Un inteligente y cómico relato de la vida militar de un soldado del ejército de los Estados Unidos en plena II Guerra Mundial cuyo aprendizaje para hacerse hombre resulta aún hoy desarmante.

Y desternillante.

Arthur Conan Doyle, que es uno de los grandes escritores británicos del último XIX y principios del XX, también ofreció un divertido retrato de un caballero arrogante, vividor, mujeriego y por lo tanto majadero, en su reivindicable Las hazañas del brigadier Gerard, historias que quizá inspiraron al inclasificable George MacDonald Fraser para una de las creaciones más atrevidas y felices de la literatura de humor de todos los tiempos como es Harry Flashman. Un personaje, el tal Flashman, que describe en unas supuestas memorias como siendo un cobarde y repugnante arribista se convirtió por golpe de la fortuna y su don de lenguas y atractivo, en sir del Imperio Británico. Un Imperio, cuenta Fraser con notable sentido del humor y rigor histórico, construido por brillantes y necios desalmados.

En esta amplia galería de excelentes y también mediocres narradores destaca el escritor de origen prusiano Hans Hellmut Kirst. Quien en los años posteriores a la II Guerra Mundial pretendió con una serie de novelas mostrar con notable sentido del humor el otro lado del ejército alemán en ese periodo nefasto de la Historia de esta hoy nuestra Europa que se nos pierde por estar construida por mercaderes.

Excelente escritor de novelas policíacas de temática militar como La noche de los generales, su obra maestra es, a mi juicio, la serie de historia que escribió sobre el primero cabo, más tarde sargento y después teniente Asch.

Estos libros, que afortunadamente la Editorial Berenice está recuperando en castellano, son literatura más que recomendada para los que quieran entender cómo funcionó aquella maquinaria que fue capaz de merendarse media Europa a través de un personaje, Asch, que en el primer título de la entrega viste uniforme y sirve a un sistema, el nacionalsocialista, al que detesta.

La serie Asch, que se publicó en España por primera vez en Ediciones Destino en los años cincuenta, comienza con la desconcertante La original rebelión del cabo Asch, libro que se desarrolla a finales de los años treinta, justo antes del inicio de la II Guerra Mundial.

Se trata La rebelión del cabo Asch del entretenido retrato de un hombre que solo quiere vivir y que lo dejen vivir en paz. Su vida como militar resulta así una divertida e inteligente lección de cómo minar el sistema actuando desde dentro aprovechando las debilidades que tiene ese mismo sistema. Un sistema aferrado a normas rígidas pero muy endeble y absurdo. Que no tolera reinterpretaciones.   

La original rebelión del cabo Asch cuenta más cosas, claro está, pero lo interesante, la grasa que alimenta y anima a continuar leyendo otras novelas que Kirst dedicó a Asch es observar cómo se lo monta un individualista para continuar siendo él mismo dentro de una cadena que no quiere gente pensante sino engranajes que hagan funcionar la maquinaria de la estupidez.

O disciplina.

Las novelas que Kirst dedicó a Asch, y en contra de lo que pudiera parecer, son historias de personajes. Personaje que si bien pueden resultar de una pieza y de una dignidad e indignidad digamos que tópica, sirven para desmontar todo una mecanaria que nos quiere uniformes, iguales. Y éste, precisamente éste, es uno de los mayores hallazgos de estas novelitas presuntamente escritas para entretener.

El segundo volumen de la serie, Las aventuras bélicas del sargento Asch no es, como promete su título, un relato bélico de nuestro héroe de casco de acero. Y ello pese a que Asch se encuentra en el frente ruso sirviendo en una batería artillera.

La guerra, en esta extraordinaria novela, es solo el telón de fondo de una historia en la que Asch pasa a un ligero segundo plano para dar más protagonismo a secundarios de la primera entrega.

El autor no descuida por ello su peculiar y contenido sentido del humor. Humor que sin llegar a vitriólico derrama sobre arribistas, militares con ganas de ganar medallas y soldados que buenamente intentan pasar desapercibidos para llegar sanos y salvos a la patria. Al Fatherland.  

Kirst continuó explotando la serie Asch, muy popular en la República Federal Alemana entre los cincuenta y sesenta del siglo XX, en La original rebelión del teniente Asch y Qué fue del soldado Asch.

Y yo, que solo he leído las tres primeras, espero que Berenice cierre la tetralogía para irme con una extraña, y si quieren inquietante sonrisa a la tumba.

Asch no es Svejk, cierto.

Pero Asch respira el mismo aire que Svejk.

Y solo con eso, ya ven, me basta.

(*) En la imagen John Lennon y Yoko Ono dando la ¿nota? ¡Haz el amor y no la guerra, machango!

Saludos, en la trinchera, desde este lado del ordenador.

Berlín ‘noir’ y Berlín ‘pulp’

Martes, Marzo 8th, 2011

Nunca he estado en Berlín pero no me gustaría morir sin visitar una ciudad que creo conocer tan bien literariamente hablando como Nueva York.

Hace un tiempo encontré en una librería y a precio de saldo la novela El buen alemán, título que inspiró la irregular película del mismo nombre dirigida por Steve Soderbergh.

Llegué entonces a la conclusión, una vez leída esta monumental historia que se desarrolla en Berlín y Postdam en 1945, que en ocasiones el cine poco puede hacer cuando el material literario que lo inspira es del tonelaje de, por ejemplo, esta ficción que firma el periodista y escritor Joseph Kanon.

Se han escrito numerosas ficciones sobre el fin de la Alemania nazi y en concreto sobre el de su capital dividida en trozos por las cuatro naciones vencedoras y aliadas (Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas).

Este periodo de la historia también ha dado origen a numerosas películas entre las que destacaría por razones obvias El tercer hombre (aunque su acción se desarrolle en Viena, Austria); las deliciosas Berlín Occidente y Un, dos, tres, del gran Billy Wilder; Berlín Express, de Jacques Tourneur y la cruda Alemania, año cero, de Roberto Rossellini por citar sólo las que se me vienen ahora a la memoria.

Literariamente, destacaría casi todas las novelas que Philip Kerr ha dedicado a su extravagante detective privado Bernhard “Bernie” Gunther (recomiendo especialmente el último capítulo de la serie, Gris campaña), así como Berlín 1945, de Pierre Frei y el estremecedor y autobiográfico Una mujer en Berlín, anónimo. Igual de autobiográfico es No hay cielo sobre Berlín, de Helga Schneider.

En el género negro criminal merece la pena reseñarse la interesante Sombras sobre Berlín, primera entrega que Volker Kutscher dedica al comisario Gereon Rath y cuya acción se desarrolla a finales de los años veinte y El jardín de las fieras de Jeffery Deaver, historia policiaca que transcurre en plenas Olimpiadas de 1936.

No querrría olvidarme de la inquietante Patria, ucrononía de Robert Harris en la que los alemanes han ganado la guerra. En este título, Xavier March, un detective de la Kriminalpolizei (una subdivisión de las SS) investiga la muerte de Joseph Büzler, un importante jerarca del régimen nazi en el Havel, a las afueras de Berlín, durante las celebraciones por el 75 cumpleaños del Führer Adolf Hitler.

En esta lista improvisada de escritores recientes que han tomado la capital alemana como modelo en el que desarrollar sus historias en este periodo tan siniestro como incómodo de la historia cito también el tercer volumen que el escritor español Ignacio del Valle ha dedicado a su personaje Arturo Andrade. Me refiero a Los demonios de Berlín.

Este texto bien podría estar inspirado en las supuestas memorias que Miguel Ezquerra dejó escritas en su Berlín, a vida o muerte. Un libro que, con independencia de que sea real o no lo que cuenta, se puede leer como una vibrante novela de acción siempre y cuando el lector sepa distanciarse del mensaje folclóricamente reaccionario con que el autor adorna sus páginas.

El español Luis Manuel Ruiz también se sirvió de las calles y plazas de la capital berlinesa para su policiaca La habitación de cristal donde evoca el ascenso del partido nazi.

Merece también la pena leer Los últimos días de Berlín, de Cristóbal Tamayo y Línea Sigfrido, de José A. Giménez Arnau, textos periodísticos escritos en primera línea. El primero describiendo el fin del régimen nazi y el segundo relatando las experiencias como corresponsal en la capital alemana los primeros años de la II Guerra Mundial.

Entre las historias que se desarrollan en el Berlín de entreguerras cabe destacar Adiós a Berlín, de Christopher Iserwood, que dio origen a ese fabuloso musical que es más que un musical titulado Cabaret, de Bob Fosse, y Una princesa en Berlín de Arthur R. G. Solmssen.

También, cómo no, la excelente y complejísima Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin. O Mefisto, de Klaus Mann, libro de necesaria relectura en estos tiempos en los que la mayoría de nosotros no duda en vender su alma al diablo.

El Berlín de postguerra ha dado origen también a una de las mejores novelas del hoy defenestrado (y no sé bien por qué ¿acaso por judío?) Leon Uris. La llamó Armaggedon y es un ambicioso y más que comestible volumen sobre aquellos años.

El Berlín de la Guerra Fría dio origen a numerosas novelas de espionaje, entre las que resaltan las escritas por Len Deighton y John LeCarre, entre otros tantos autores.

El norteamericano Jonathan Rabb desarrolla en la capital alemana las dos entregas que hasta la fecha ha dedicado al kriminalpolizei Nikkolai Hoffner.

La primera, Rosa, está ambientada en plena república de Weimer mientras que la segunda Luces y sombra, mueve al personaje en los estudios de la UFA, donde hace amistad con el cineasta Fritz Lang. El propio Rabb anunció hace dos años en la Semana Negra de Gijón –-donde tuve además la oportunidad de entrevistarlo– que cerrará la trilogía Hoffner en una próxima historia que transcurrirá en España durante los primeros días de su funesta Guerra Civil.

En este mismo escenario, el guionista y dibujante de historietas Hugo Pratt deseaba que su carismático Corto Maltés desapareciera. Lamentablemente la muerte se llevó a Pratt antes de que pudiera hacerlo.

Es obvio, pero Corto y Pratt ya se encuentran en la geografía de la leyenda.

Como Berlín, una ciudad que no conozco pero que para mi ya es eso, una leyenda.

Y una aclaración pertinente: este post solo pretende ser orientativo. El autor es consciente que se deja grandes títulos fuera. Es de agradecer a lectores interesados que le sugirieran otros, muchos, muchísimos más títulos.

Saludos, ich bin ein Berliner, desde este lado de ordenador

¡Rusia es culpable!

Viernes, Marzo 4th, 2011

El caso de Carlos Iglesias es cuanto menos curioso.

El actor se hizo popular en nuestro país haciendo payasadas en Esta noche cruzamos el Mississippi donde hacía de Pepelu. Más tarde continuó explotando lo que los expertos llaman vis cómica en la serie Manos a la obra hasta que un buen día se jartó de hacerse el gracioso para ponerse serio.

Estas cosas pasan entre los humoristas, gente que en su vida privada no suele ser tan chistosa como en su vida pública.

No he visto el anterior trabajo como director de Iglesias, Un franco, 14 pesetas, pero es probable que me la trague un día de estos tras ver su irregular aunque curiosa, extraña Ispansi.

Digo que se trata de una película curiosa y extraña en el actual panorama del cine español porque cuenta una historia de españoles no en España sino en la Unión Soviética invadida, a comienzo de los años cuarenta, por el ejército alemán.

El filme pretende una reconciliación entre las dos España al narrarnos (con sus aciertos y desaciertos) la historia de amor que surge entre un miembro del Partido Comunista Español y una señora de derechas que por los insólitos avatares de nuestra Guerra Civil da con sus huesos en la patria de Tolstoi.

No es sin embargo Ispansi una película redonda, pero salgo del cine en estos Carnavales que comienzan con la sensación de no haber malgastado mi dinero. Puede ser porque el filme, a ratos, ha sabido conmoverme. También que me resultara creíble.

La película tiene una intención, además, que la ennoblece. Recuperar la memoria de todos aquellos españoles que ante el triunfo del ejército rebelde comandado por Franco tuvieron que aprender a vivir en un país que no era el suyo.

Uno de los problemas más visibles de Ispansi es sin embargo su posicionamiento ideológico, el retrato siempre bonachón de los que perdieron nuestra guerra y el siniestro de quienes vencieron. Pero salvando este lastre, insisto que Ispansi es un producto muy digno. Es una historia de coraje y también una historia de amor. Es un curioso retrato además de dos España imaginarias condenadas a reconciliarse.

Y ese es un mensaje necesario en estos tiempos donde los que se dicen de izquierdas y los que se dicen de derechas están empeñados en que continúe planeando sobre nuestras cabezas la sombra de la irreconciliación. Es como si se empeñaran en que siguiéramos danzando sobre las tumbas de nuestros antepasados cuando lo que deberían de hacer los de un signo y los del otro es dejarlos descansar de una vez en paz.

No sé si Carlos Iglesias lo sabe, pero en los años cuarenta se rodó en este país llamado España una película que buscaba esa misma reconciliación a través –también– de una historia de amor titulada Rojo y Negro que fue dirigida por el falangista Carlos Arévalo.

El interesante volumen Cine y Guerra Civil española. Del mito a la memoria de Vicente Sánchez-Biosca incluía un dvd de este filme. Título de culto porque fue víctima de la censura franquista en su momento.

Nunca entendí el por qué. El filme de Arévalo queda lastrado como queda ahora lastrado el de Iglesias precisamente por invitar a que esas dos hipotéticas Españas se den la mano admitiendo que fue una de ellas la que tuvo la razón.

En la cinta de Iglesias los comunistas y en la de Arévalo los falangistas.

Como Ispansi transcurre en plena II Guerra Mundial en Rusia era inevitable que su director recordara a los espectadores que en ese frente también combatieron españoles apoyando al ejército alemán.

Se tratan de los hombres y mujeres que pertenecieron a la División Azul. Esta escena, muy corta pero de marcado contenido bélico, me ha parecido una de las mejores de esta película. No voy a describirla pero cuenta un hecho que fue bastante habitual cuando españoles de un bando y del otro se vieron las caras en una tierra que no era la suya.

Esto me hizo pensar que la División Azul en el cine no ha tenido aún una película que rinda justicia a ese grupo de voluntarios que se lanzaron a combatir en una guerra en la que no se les había perdido nada.

Con independencia de que muchos de aquellos jóvenes se alistaran bajo la proclama de ¡Rusia es culpable!, consigna vomitada por el germanófilo Serrano Súñer, cuñadísimo de Franco y también ministro de Asuntos Exteriores de aquella España aún con ganas de sangre, paso a consignar –mientras espero la versión que el poco imaginativo Gerardo Herrero anuncia que realizará de la extraordinaria novela El tiempo de los emperadores extraños de Ignacio del Valle– las películas que he visto hasta la fecha de este cuerpo de voluntarios. Cuerpo de voluntarios que cuenta sin embargo con una extraordinaria literatura testimonial con nombres y apellidos entre los que destacan Tomás Salvador (de quien se cumple el miércoles 9 de marzo el 90 aniversario de su nacimiento) y Fernando Vadillo, entre otros.

EMBAJADORES EN EL INFIERNO.- Dirigida por José María Forqué e interpretada por Antonio Vilar, Rubén Rojo y Luis Peña, entre otros actores, el filme se inspira en el libro del escritor Torcuato Luca de Tena en el que narra con pulso narrativo el cautiverio del por aquel entonces capitán Teodoro Palacios Cueto y otros divisionarios españoles que sumaron al llamamiento de ¡Rusia es culpable! El escritor Juan Manuel de Prada le dedicó a este largometraje un emocionado comentario en su interesante sección de cine (digamos raro) que publica en el suplemento cultural del diario ABC.

LA PATRULLA.- Dirigida por Pedro Lazaga en 1954 . Esta película la vi siendo muy niño en la televisión y la he vuelto a recuperar recientemente. No se trata de una de las mejores películas de su irregular director. La acción se desencadena cuando cinco soldados de infantería del ejército nacional se sacan una fotografía en algún lugar de Madrid en el año 1939.

Por esas cosas del relato cada uno de ellos emprende vidas diferentes tras el triunfo de los rebeldes en una España que ya comenzaba a reproducir fantasmas.

El episodio que más nos interesa es el que sigue los pasos de uno de ellos. Un joven entusiasta que termina enrolado en la División Azul donde ¡oh cae preso de los malvados comunistas! ¡los rojos!

Pero que no cunda el pánico.

Porque el protagonista logra escapar cuando uno de los soldados soviéticos que lo vigila resulta ser español. Rojo pero español. 

Así que deja que se esconda en un avión de suministros estadounidense que lo llevará a territorio francés, donde el hombre tiene que cruzar la frontera.

Imaginad –en blanco y negro– la cordillera de Los Pirineros porque allí se encuentra el protagonista cuando de repente se tropieza con una pareja de la Guardia Civil.

GUARDIA CIVIL: ¡Alto! ¿Quién vive?

EL PROTAGONISTA:  ¡España!

Probablemente sea una de las escenas de patrioterismo más tontas y quizá por eso más peligrosamente ingenuas de la historia del cine. Y no solo español. 

¡España!

No he visto más películas de ficción sobre este cuerpo de voluntarios que, curiosamente, el régimen franquista intentó enterrar tras el triunfo de los aliados, pero si pinchan en este enlace se harán eco de otro filme –La espera (Vicente Lluch, 1956) en el que se muestra  –imagino que con el inevitable tono propagandístico de la época– el dolor de los familiares que esperaban el regreso de sus hijos, hermanos y padres que fueron a combatir en una guerra donde nadie los había llamado.

Por mucho que ¡Rusia fuera culpable!

Saludos, a todos los Ispansi del mundo, desde este lado del ordenador.

Ante el espejo de la historia

Sábado, Octubre 9th, 2010

Si Canarias fuera una comunidad autónoma que se tomara en serio haría lo mismo que hacen en otras comunidades donde no sé si se toman en serio pero por lo menos lo fingen.

Debe ser que en estas islas invertebradas no hemos dado todavía el salto evolutivo que merecemos porque desde siempre la cultura se ha tomado como cosa de niños. O de nenés. Y lo mejor para dormir al bebé canario es cantarle el arroró de que grandes eres mi niño siempre y cuando no salgas de tu acotado territorio: la isla. Las islas. El archipìélago.

Bastante harto de la condición insular del insular me pregunto porque no imitamos (ya que no somos tan originales) iniciativas que se hacen en otros lugares de esa España chirigota a la que pertenecemos. Pongo un ejemplo a sugerencia de un amigo del blog: los premios de la Crítica de Asturias. Galardones que en su edición de 2009 han recaído en Ignacio del Valle por Los demonios de Berlín (narrativa) y en el festivo, imaginativo e inteligente ensayista Juan Cueto (letras). Dos escritores a los que separa un abismo generacional pero no su amor por contarnos coherentemente cosas. Con independencia de ser asturianos.

A Juan Cueto lo descubrí a través de sus magníficos artículos en el diario El País y en la hoy desaparecida revista de cine Casablanca, donde hablaba de cine y televisión desde la perspectiva de un siempre asombrado espectador.

Los más veteranos seguidores de El escobillón detectarán que Ignacio del Valle ya fue objeto de una reseña en el blog a raíz de la publicación de la novela El tiempo de los emperadores extraños, segunda entrega de las aventuras de su personaje Arturo Andrade en lo que por el momento es una trilogía que se completa con los títulos El arte de matar dragones y Los demonios de Berlín.

La irrupción de Ignacio del Valle (Oviedo, 1971) quizá sea uno de los acontecimientos más interesantes en cuanto a novela histórica y de misterio se refiere en la España zozobrante de nuestro tiempo. Y por varias razones. La primera de ellas es su originalísimo ciclo en torno a Arturo Andrade, sujeto literario que le ha servido para construir un tríptico en el que desarrollar una serie de historias que van de la oscura España de postguerra (El arte de matar dragones), al frente de Leningrado donde combatió la División Azul durante la II Guerra Mundial (El tiempo de los emperadores extraños) y, por último, la capital alemana cercada por las tropas soviéticas en Los demonios de Berlín.

La audacia y también la originalidad de Ignacio del Valle ha sido la de dar voz a una España que hasta ese momento solo le daba voz el resentimiento de los vencedores como el de los vencidos. Que un escritor apostara por escribir un relato sobre aquellos tiempos procurando esquivar las heridas abiertas que aún se empeñan unos y otros en abrir sobre la Guerra Civil y su dolorosa postguerra resultaba así sorprendente por no decir asombroso. Y que sus historias despertaran la atención de los lectores la constatación de que una nueva (y también vieja, caramba) generación de lectores pedía otras lecturas sobre la quiebra moral e ideológica que supuso el conflicto fraticida con toda su tramposa herencia.

Su personaje Arturo Andrade busca en El arte de matar dragones por las calles de un Madrid espectral una tabla flamenca robada del Museo del Prado que le sirve a su autor para retratar con perspicacia y algún tópico innecesario una ciudad que intenta volver a la normalidad después de la tragedia.

En El tiempo de los emperadores extraños, Arturo Andrade investiga una cadena de crímenes rituales en las filas de la División Azul acantonada en los arrabales de Leningrado en 1943. Para quien les escribe se trata del mejor volumen de esta trilogía no ya por las descripciones bélicas y la solidez inquietante de su trama, sino también por lo atractivo que me sigue pareciendo reflejar en un libro a un grupo de españoles combatiendo voluntariamente en una guerra en  la que no se les había perdido nada.

El peor título del tríptico es, a mi juicio, por el que se le ha concedido el premio de la Crítica de Asturias, Los demonios de Berlín. Una novela demasiado hinchada y deslabazada en la que casi parece que la capital que le da título los devora sin contemplación alguna. Llama la atención la notable documentación que emplea el escritor aunque se note que entre otros libros pese en demasía Berlín, a vida o muerte de Miguel Ezquerra, relato no sé si fabulado o real de quien afirmaba haber combatido hasta el último momento en Berlín junto a otros españoles al lado de los alemanes. 

Este títulito, con independencia de su veracidad, es sumamente recomendable para los seguidores de la novela bélica siempre y cuando se haga un costoso ejercicio de quitar la trasnochada ideología con la que su autor impregna sus páginas.

En una improvisada conversación que mantuve con Ignacio del Valle en Gijón me indicó, sin embargo, que como fuente le había servido mucho más que el volumen de Ezquerra los libros que narran las peripecias de la División Carlomagno, integrada por voluntarias franceses y que absorbió en el epílogo de la II Guerra Mundial al resto de unidades extranjeras (entre ellos algunos españoles) que optaron por defender al régimen nazi hasta el último momento.

Con todo, creo que esta trilogía que firma del Valle es de lo mejor que se ha publicado en español en cuanto a literatura de evasión se refiere. Sobre todo en estos tiempos tan tontos que vivimos.

Son novelas que a su manera han abierto territorios que hasta ese momento no habían sido tocados por ningún narrador de este país por los prejuicios que –no hace falta ser muy listo para no verlo– soplan cuando se quiere novelizar un periodo histórico que provoca sarpullidos e histrionismo entre unas derechas y unas izquierdas que son aún incapaces de reconocer sus errores antes el espejo de la historia.

Saludos, con mis más sinceras enhorabuenas a Cueto y del Valle, desde este lado del ordenador.

¡Banzai!

Lunes, Mayo 17th, 2010

Descubrí el cine japonés a través de Godzilla y familia, más tarde vinieron los clásicos Ozu y Mizoguchi, entre otros, para enseñarme que no todo en el sol naciente estaba vinculado con monstruos que despertaban al mundo gracias a las radiaciones atómicas. Literariamente continuo considerando a Yukio Mishima y Yasuinari Kawabata como autores de cabecera aunque todavía no me he adentrado en el universo de Murakami quizá por la insistencia de amigos que han visto en sus libros una revelación que me preocupa no descubrir. Nunca he sido seguidor ni del manga ni del animé, pese a que otros tantos conocidos se empeñan en convencerme de sus bondades e inagotable imaginación y para colmo de males no soy lo que se dice un consumidor de comida nipona, prefiriendo por el momento el inevitable arroz tres delicias y los rollitos de primavera que sirven en nuestros tradicionales y poco imaginativos chinos.

Este vacío está motivado probablemente por un prejuicio o una visión del entretenimiento demasiado influenciada por la cultura anglosajona, sin embargo estas últimas semanas he ido cambiando mis rudimentarios conocimientos sobre la fascinante y desconocida cultura pop japonesa gracias a las películas bélicas que rodaron tras finalizar la II Guerra Mundial.

Recomiendo así a los interesados en percibir otra visión del conflicto loado en innumerables películas por quienes en justicia vencieron, para que comprueben sin sombra de ninguna duda cómo en los años 50, 60 y 70 los japoneses miraron su derrota con un mensaje que, por norma general, deja turulato. Y deja turulato porque tras ver aquellos filmes que los propios alemanes filmaron de esa guerra en esas mismas décadas, uno puede hacerse una idea de cómo ambos países asumieron la derrota.

En este comentario omitiré por razones obvias el nuevo revival que sobre este pedazo oscuro de la historia está sacudiendo a estas dos naciones con tan extravagante sentido del deber, así como tampoco se encontrarán con todas las películas que deberían de aparecer. Aclaro, en este sentido, que sólo citaré así aquellas que he podido disfrutar sorprendido por sus reflexiones sobre la patria y la guerra.

Con la percepción puesta en este sentido, he apreciado que mientras en los filmes alemanes se acentúa sobre todo cómo afectó la barbarie en la retaguardia y una necesidad obsesiva por transmitir el mensaje de que no todos los alemanes eran nazis y por lo tanto desconocedores de lo que estos le estaban haciendo a gitanos, eslavos, lesbianas, homosexuales, judíos, demócratas y gentes de izquierdas en los campos de concentración; la tesis en las películas japonesas es la de lamentar aquel conflicto no por su poder devastador y salvaje sino sencillamente porque perdieron la guerra. Y perder, para el noble pueblo nipón, es una ofensa que merece el hara-kiri o el seppuku.

He tenido el gusto de disfrutar en las últimas semanas de dos títulos del sol naciente realmente estrambóticos: De Pearl Harbour a Midway  y Escuadrón de ataque, ambas de Shuei Matsubayashi y protagonizadas por Toshiro Mifune. Antaño ya había visto la hagiográfica El almirante Yamamoto, de Seiji Maruyama también con Mifune y la trepidante La batalla de Okinawa de Kihachi Okamoto, así como la trilogía pacifista La condición humana, una obra maestra de Masaki Kobayashi, y la excelente El arpa birmana de Kon Ichikawa, entre otras.

El cine japonés cuenta con más película estrictamente bélicas donde dan su visión sobre tan desgraciado conflicto, aunque tras ver recientemente los dos filmes firmados por Matsubayashi, empapados de una ideología nacionalista que vista con ojos occidentales resulta crudamente cruel quizá por su desarmante inocencia, me he topado con un tipo de cine que llega a tus emociones más primarias. Y no sólo por unos efectos especiales que recuerdan a los de la serie Godzilla, ni por su extraña fascinación por destruirlo casi todo –en ambos filmes desde el aire– sino porque como suele suceder en el cine británico y estadounidense de aquellos años, el enemigo (en este caso británicos, australianos, neozelandeses y estadounidenses) apenas aparece.

Vistas hoy, cinematográficamente pueden resultar productos de una límpida rudeza, lo que multiplica su valor para intentar comprender el alcance de la derrota en un país tan apegado a sus tradiciones.

Dicho esto, reitero que se trata de un cine rudo y marcial, que para nada reniega de inútiles heroísmos. Ante tamaña estupidez, según los gustos occidentales, en este cine de samuráis transformados ahora en valientes pilotos kamikaze, la presencia femenina se reduce a abnegadas madres y castas esposas, asumiendo la defensa de la patria los hombres vestidos de uniforme.

Es tanto su desprecio ante la vida que una frase cogida al vuelo en la mencionada Escuadrón de combate quizá lo resuma todo: Un oficial le pregunta a uno de los aviadores si tiene novia. “Para qué –responde éste jovial– ¡si es mucho mejor la guerra!”

NOTA: Otra película bélica japonesa destacable es La batalla del mar del Japón, de Seiji Maruyama, cuya acción se desarrolla en la guerra ruso-japonesa (1904-1905).

Saludos, a lo sayonara, baby, desde este lado del ordenador.

¡Ahhh con esas notas a pie de página!

Lunes, Abril 26th, 2010

Soy partidario de las notas a pie de páginas en todas aquellas novelas que por una u otra razón caen en mis manos. Ya no lo soy tanto cuando esas mismas notas se multiplican página por página sin dejarte respiro para que te concentres como debes en la historia que esa novela te está procurando contar.

Me pongo a pensar estas cosas porque estoy en este mismo momento disfrutando de una excelente novela de Evelyn Waugh Hombre en armas, editada en castellano por Cátedra en su olección Letras Universales.

Cátedra es una editorial por la que guardo mucho aprecio pese a que sea consciente cuando me procuro algunos de sus títulos que se tratan de ediciones cuidadísimas y muy académicas.

Digo esto porque la primera entrega que ha publicado de la trilogía Espada de honor y que su autor dedicó a sus experiencias durante la II Guerra Mundial está copisamente plagada de notas que me obligan a detenerme en un párrafo para leer a pie de página esa llamada de atención sobre determinado organismo, circunstancias o frase que, si bien en la mayor parte de las ocasiones sirve para que como lector adquiera un mayor conocimiento sobre lo escrito en otras me resultan algo absurdas.

Es probable, no obstante, que haya llegado a esta conclusión –que me parezcan absurdas– porque estoy interpretando estas informaciones adicionales como esas píldoras publicitarias que interrumpen el buen discurrir de una película cuando la ves en alguna de esas televisiones privadas donde el cine es sinónimo de coito interruptus al ser lastrado sin sonrojo alguno con el fin de emitir incómodos spots publicitarios.

Y ello me encanalla pese a que sea consciente en el caso de Hombre en armas del magnífico trabajo realizado por  Carlos Villar Flor, autor del excelente prólogo y las mencionadas notas a pie de página del libro al que aludo.

Al final, y para sumergirme en cuerpo y alma en la novela de Waugh he tomado la decisión de no leerlas todas. Algunas por obvias y otras porque no despiertan mi curiosidad lectora, más preocupada la verdad por continuar una narración donde se describe con fina ironía británica el proceso de transformación de un joven de clase alta y de confesión católica en el universo de la milicia al estallar el conflicto bélico en el que transcurre la acción.

Que conste en acta, no obstante, que no estoy en contra de estas notas, pero sí, señor juez, cuando no dejan respiro a un sencillo lector que sólo busca en una novela una corriente de aire fresco que clarifique sus habituales confusiones.

Saludos, algo más tranquilo, desde este lado del ordenador.