¿De que vas, James Ellroy?

Domingo, Marzo 13th, 2011

Tuve la suerte de descubrir a James Ellroy por La dalia negra. Novela que compré en una de librería de aeropuerto para leerla en un largo viaje transoceánico que emprendía con el único objeto de matar el tiempo ante la que me esperaba estando en las alturas.

Fue una buena compra.

Es más, fue una compra excelente.

Prácticamente devoré el volumen antes de que el avión tomara tierra, pasadas casi once horas largas de monótono vuelo.

Desde ese entonces, James Ellroy se ha convertido en uno de mis escritores de cabecera. Esas cosas pasan cuando te encuentras con un autor del que no tenías noticia hasta ese momento.

Lo primero que hice –ya de vuelta del paraíso al infierno– fue leer su cuarteto de Los Ángeles, quizá lo mejor que ha producido literariamente hablando el escritor.

Más tarde digerí la trilogía dedicada al investigador Lloyd Hopkins y después su inquietante autobiografía, Mis rincones oscuros, y novelas y relatos menores como Clandestino y Noches de Hollywood. También sus artículos de prensa compilados en el volumen Ola de crímenes y sus extraordinarias y primerizas novelas Réquiem por Brown y El asesino de la carretera.

Con esto solo quiero decir que mi seguimiento hacia la producción literaria de Ellroy ha sido el de un rendido aficionado que incluso ha sido capaz de perdonarle los caprichos de su últimamente telegráfico estilo. Estilo que explota en sus monumentales América, Seis de los grandes y Sangre vagabunda, volumen con el que cierra su peculiar visión de los  Estados Unidos en los años sesenta.

Huelga a decir, pero lo digo, que siempre espero un nuevo título de Ellroy como si fuera agua fresca en ese copioso desierto de naderías varias en la que se está enterrando la novela policíaca en los últimos tiempos, quizá porque hoy desprecia reinterpretar a sus clásicos. Me refiero a poetas de la soledad y el desarraigo como David Goodis, Horace McCoy o William R. Burnett, entre otros.

Leo por eso con entusiasmo baboso el último Ellroy publicado en nuestro país, A la caza de la mujer, y me siento estafado por el ya veterano maestro del horror americano.

No se trata de una novela, ni quiera de unas memorias. Es un libro prescindible sobre sus relaciones con las mujeres. Las distintas mujeres que han ido protagonizando su vida para librarse –sugiere Ellroy– del fantasma de su madre asesinada.

Este testimonio de una moral enojosamente adolescente, aburre. Y aburre porque Ellroy como amante y amado debe ser un señor bastante aburrido.

Es un libro además que quiere ser un rendido homenaje a su actual pareja sin hacer daño a las que dejó atrás mientras escalaba la montaña del éxito que lo ha convertido hoy en un novelista multimillonario. Ya saben, de los que venden solo por poner su nombre en portada.

Ellroy, como otros narradores, se ha transformado así en marca.

Vende porque se trata de una de Ellroy.

Y yo, triste de mi, compré su A la caza de la mujer porque era Ellroy.

Y efectivamente es una de Ellroy, pero sin gas. Una nadería. Un montón de páginas donde solo retrata boberías.

No he visto sentimiento, ni destello, ni originalidad en esta presunta cacería de mjeres que emprende el hoy domesticado Ellroy. De hecho, sus aventuras con el otro sexo son de una obviedad aplastante. Tan aplastante que quizá sabiendo la falta de química que caracteriza a sus relaciones sentimentales, el escritor se empeña por trufarlas de reflexiones enojosamente pueriles.

Lo que descoloca a un aficionado que, como quien les escribe, esperaba otra cosa del antaño perverso fabulador.

A la caza de la mujer se me atraganta porque es un testimonio disperso que hiede a falso. Una mentira colosal con la que Ellroy aprovecha su marca para explotar el bolsillo de sus aún leales lectores.

Se trata de una mierda, como admitiría un Ellroy sin la máscara de autor con la que ahora pretende ir por la vida.

Y una mierda dice un lector al que no le hace falta ponerse el antifaz para tirar a la hoguera esta pobre reflexión que solo confunde al que espera encontrar en sus libros nuevas y atrevidas reflexiones sobre esos rincones oscuros –siempre crudos y desnudos– del alma humana.

Saludos, escapa del redil, James Ellroy, desde este lado del ordenador.

“Una mala hierba es una planta que no está en su lugar”

Domingo, Enero 30th, 2011

El ejercicio de releer una novela que te noqueó en su tiempo no está en mi caso asociado con la nostalgia. O al menos no es una actitud que me anime a volver sobre algo que ya tenía digerido en mi cabeza. Sin embargo me ha pasado estos días con El asesino dentro de mi, una de las obras claves de Jim Thompson, un narrador norteamericano caracterizado por un personalísimo mundo interior que aún sigue siendo observado con recelo por los aficionados a una literatura mayúscula y de minorías porque el señor Thompson cultivó un género popular como fue el de la novela policiaca.

Lo curioso del caso es que en este mi regreso a sus dominios, El asesino dentro de mi (colección Etiqueta negra, Ediciones Júcar, 1983) me ha sonado a nuevo. Y si bien admito que una de las razones que me empujaron a su relectura se debe al estreno (siempre con retraso porque aún no ha llegado a las pantallas de esta isla en la que habito) de la versión que Michael Winterbottom ha realizado con el nombre de El demonio bajo la piel, sumergirme una vez más en el libro, la novela, ha sido como volver a leerla por primera vez porque apenas recordaba elementos de la misma aunque capítulo sí, capítulo no, se me refrescara la memoria ante determinadas situaciones y momentos descritos.

Y pese a estos flash back, he seguido leyendo el relato porque su fuerza demoledora continuaba golpeando con la misma crueldad con la que me golpeó la primera vez que este título (cualquier título de Thompson) llegó a mis manos.

De hecho, ha sido tanto el estremecimiento, sentir ese demonio bajo la piel, que observo las novelas que tengo del gran Thompson en las estanterías de mi librería y preguntarme si no será una buena excusa volver a leerme toda la producción que tengo del escritor y renunciar a las novedades al ser consciente que, releyendo a este escritor, apuesto a caballo ganador.

Parto de la idea de que casi todos sus libros van a cogerme por el cogote y a que me cuestione ¿cómo demonios he dejado de lado a estas obras?  mientras continuo buscando como Shangri-La otros escritores que me hagan estremecer y reír (he aquí una de las cualidades y calidades de Thompson) sobre el chiste macabro que es la vida.

El asesino dentro de mi además de ser gran literatura es una obra de una metafísica arrolladora. Un título que indaga en el mal con una indiferencia que deja desconcertado. La narración, contada en primera pesona, es la historia de un ayudante del sherirff de una pequeña ciudad tejana con impulsos criminales.

 Thompson nos describe con una tranquilidad desquiciante cómo va liquidando a los que le rodean con resignada fatalidad. Y a medida que se estrecha el cerco sobre el protagonista que tú, lector, te sientas incómodamente de su lado, de ese loco con tal peculiar y cínica visión del bien y del mal.

Es un título de una honestidad aplastante y por lo tanto recomendable para todas aquellas personas a las que les guste disfrutar de un buen libro. Ahora bien, cabe advertir que su lectura no es apta para corazones sensibles. Thompson escribe con una crudeza que ya no se estila, y no se muestra en ningún momento a favor ni en contra de su personaje protagonista. Deja que sea el lector quien juzgue.

Leyendo otra vez El asesino dentro de mi choco con una frase de la novela que dejé subrayada en su día: “una mala hierba es una planta que no está en su lugar.” Inquietante reflexión que me hace pensar que este podría ser un buen epitafio para este maldito, desesperado y gigantesco narrador norteamericana de todos los tiempos.

De todos, ojo, los tiempos.  

Saludos, acompañado de Lou Ford, desde este lado del ordenador.

El hombre intranquilo

Sábado, Enero 8th, 2011

El próximo lunes, 10 de enero de 2011, los aficionados a la novela policaca tomaremos un bourbon de más en honor de Samuel Dashiell Hammett, escritor del que ese día se conmemora el cincuentenario de su muerte.

Una buena fecha –además de tomar varios bourbon– para recordar la obra de un escritor que cambió radicalmente el género policiaco e hizo ver que había algo más allá del arco iris.

En sus mejores novelas –Cosecha roja y La llave de cristal– Hammett no está de ningún lado. Y mucho menos del héroe como individuo aunque éste se convierta en su voz.

¿Fue esta la razón por la que imaginó al primer detective privado oficial del género?

Sam Spade (El halcón maltés) es un personaje cínico y canalla, un solitario siempre molesto con el mundo. 

Es verdad que Hammet intentó después distanciarse de su Spade con la simpática pareja de investigadores millonarios y ociosos: Nick y Nora Charles en El hombre delgado. Pero no se trata de lo mejor de su obra porque no abre espitas en la cabeza.

II.- REVOLUCIÓN

Hammett no describe. Mueve la acción a través de los diálogos. Los personajes hacen la acción.

Como la vida misma.

Cosecha roja fue la primera novela que leí de Hammett. Lo demás es  iniciación.

El libro relata la violenta historia de un detective privado que a las pocas horas de llegar a Personville se sumerge en un baño de sangre entre bandas rivales a las que él presta indistintamente servicio.

Su objetivo: poner orden.

Cosecha roja inspiró dos grandes películas de la historia del cine: Yojimbo y Por un puñado de dólares de Akira Kurosawa y Sergio Leone, respectivamente. También El último hombre, de Walter Hill, entre otras si hay otras. 

Mi segundo encuentro con Hammett fue el que selló mi lealtad al género. No en Hammett sino en la novela negro y criminal.

Fue a raíz de La llave de cristal.

La acción se desarrolla en una pequeña ciudad en pre-campaña electoral donde las dos bandas rivales luchan por hacerse con el poder.

El protagonista de la historia, Ned Beaumonnt, es guardaspaldas de un gángster que su vez maneja como peleles a los políticos de la ciudad.

La llave de cristal habla de amistad, poder y traición (1).

- ¿Por qué no te gustaba mi padre? (…)

(…) Janet enrojeció, bajó los ojos (…)

(…) – ¿Y yo no te gusto porque…? (…)

Por cuestiones alimentarias Hammett creó también a un personaje de tebeo, El agente secreto X-9, que ha pasado a la historia de los comics más que por sus guiones por las ilustraciones de Alex Raymond. Ya saben, el autor de Flash Gordon y Jim de la jungla.

III. CADENAS

Hammett vivió sus últimos años con varias condenas:

La tuberculosis.

El alcohol.

Su larga relación sentimental con la escritora y guionista Lillian Hellman.

Los seis meses que pasó en la cárcel tras ser acusado de comunista (lo fue en la década de los treinta) en los años 50.

Y la resignada intranquilidad que asumió lo que le quedó de vida denunciando listas negras…

(1) Los hermanos Coen rodaron un filme demasiado ebrio de estética retro inspirado vagamente en esta novela: Muerte entre las flores.  

Saludos, bourbon va cigarrillo viene en recuerdo de Dashiell Hammett, desde este lado del ordenador.

Canarias también escribe en negro

Miércoles, Noviembre 3rd, 2010

I.- UNA EXPLICACIÓN NECESARIA

Resulta cuanto menos curioso que en Canarias se esté articulando lo que podríamos denominar grupo de escritores de novela policiaca. Independientemente de la calidad de sus propuestas claro está.

Aún a la espera de encontrar a nuestro Vázquez Montalbán de provincias, lo que sí está claro es que la novela negra con acento de aquí cuenta cada vez más con una nómina amplia de autores a los que no se les debería de perder el rastro aunque sus primeros tanteos en el género resulten, a mi juicio, meridianamente aceptables.

Parece insólito, pero en la ya larga tradición literaria canaria son pocos los escritores que habían apostado hasta ahora por novelizar desde el punto de vista de lo criminal su realidad. Y mira que hay historias en este archipiélago que podrían servir como fuente de inspiración porque vivimos en un territorio, desgraciadamente, plagado de asuntos turbios y desapariciones misteriosas.

II.-  VISIONES DESDE FUERA

Canarias, sin embargo, sí que ha servido de escenario para novelas meramente detectivescas para narradores foráneos como Leslie Charteris con su El picnic de los ladrones, en la que Simon Templar alias El Santo  resuelve un misterioso caso en el Tenerife de los años treinta. O su majestad Agatha Cristhie, quien durante su estadia en las islas escribió El misterio del tren azul y los relatos Una señorita de compañía (ambientado en Agaete) y El hombre del mar (en el Puerto de la Cruz).

A esta lista añadiríamos también la novela protagonizada por el comisario Bernal ambientada en la capital grancanaria, Puerto de la Luz de David Serafín (pseudónimo tras el que se esconde el hispanista Ian Michael); así como La niebla y la doncella de Lorenzo Silva, donde gran parte de la acción se desarrolla en La Gomera. A la lista, incompleta, sumamos también pese a que se trate de un título de política ficción En Canarias se ha puesto el sol, de Jordi Sierra i Fabra.

III.- LOS NUESTROS

En cuanto a los escritores canarios que han puesto su talento al servicio de la novela policiaca como fórmula para denunciar lo que no se denuncia en los medios de comunicación locales, y recordando los interesantes casos del comisario Chinea que proponía el escritor y periodista José H. Chela en Canarias 7, sigo sosteniendo que hoy por hoy la mejor novela negra escrita en Canarias continúa siendo Nuestro hombre en Nuakchot, de Jaime Mir Payá. Y no porque se trate de una de las primeras historias policíacas escritas a este lado del Atlántico de la que tengo noticia, sino porque es un título que supo adaptar con riguroso sentido del humor las claves del género al universo canario con resultados francamente creíbles. Es una pena que no se haya vuelto a reeditar.

Cabe reseñar también Los días del paraíso y Los buenos negocios, de Luis León Barreto (Los Llanos de Aridane, 1949). Los buenos negocios está protagonizada por el oficial de policía Samuel Ortiz, un personaje que piensa que la corrupción es inherente a la condición humana.

En la actualidad, la isla que genera más producción adscrita al género negro es Gran Canaria, con veteranos escritores al frente como Carlos Álvarez y Antonio Lozano.

Álvarez (Soria, Navaleno, 1957) es autor de del libro de relatos Negra hora menos (1991) y de la deliciosa novela histórica La pluma del arcángel, ambientada en el archipiélago en el siglo XVI. Por este título obtuvo el premio de Novela Benito Pérez Armas en 1998. Carlos Álvarez es además coguionista de Mararía, filme dirigido por Antonio Betancor según la novela de Rafael Arozarena, y codirector del documental Ciudadano Negrín junto a Imanol Uribe y Sigfrid Monleón.

Antonio Lozano (Tánger, 1956) obtuvo el I Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona por El caso Sankara (2006). Es autor también de Donde  mueren los ríos (2007) y Preludio para una muerte (2006) donde presentó al detective privado José García Gago. Por su novela Las cenizas de Bagdad obtuvo el XXIII Premio Benito Pérez Armas.

Tras Lozano cabe destacar las interesantes aportaciones que están haciendo en el género negro con acento canario José Luis Correa (1962) y Alexis Ravelo, así como el tinerfeño Javier Hernández Velázquez (1968), que presenta su último libro de relatos negros, Los días prometidos a la muerte, este mismo viernes, 5 de noviembre, en TEA.

José Luis Correa ha publicado ya cuatro historias de su detective privado Ricardo Blanco: Quince días de noviembre (2003); Muerte en abril (2004); Muerte de un violinista (2006) y Un rastro de sirena (2009); mientras que Alexis Ravelo es autor de dos títulos protagonizados por el ex marinero cínico y violento Eladio Monroy, en Tres funerales para Eladio Monroy y Sólo los muertos. También es autor de La noche de piedra (la iniquinidad I) y Los días de Mercurio (la iniquinidad II), entre otros títulos.

Fáctoum, una novela que Javier Hernández Velázquez describe como una ópera prima en la que se denuncian las luchas por el poder político y la corrupción urbanística, y La identidad fragmentada (2007) son los dos títulos noir de este escritor tinerfeño al que ahora se suma Los días prometidos a la muerte. Espera mientras tanto con la paciencia del santo Job la  publicación de su tercera novela El fondo de los charcos, ambientada en Tenerife a finales de los años treinta, en pleno alzamiento militar y con los miembros de la facción surrealista como protagonistas.

Otros escritores que han tanteado el género son Jesús R. Castellano (1953), con su inclasificable El pintor asesino;y Nicolás Melini (Santa Cruz de La Palma, 1969) con El futbolista asesino y algunos de sus excelentes relatos. También Álvaro Marcos Arvelo (Santa Cruz de Tenerife, 1965) con Al sueño polar de golondrinas, aunque se tratan de novelas que van mucho más allá de los límites del género negro.

Imagino que con la intención de estimular el instinto policial entre los escritores de las islas y con la esperanza de encontrar nuevas voces que se sumen a lo negro y criminal para narrar bajo la sombra de la sospecha lo que está aconteciendo a su alrededor, la editorial grancanaria Anroart presentó Rojo sobre negro, que incluye diecisiete historias de diecisiete autores canarios o que desarrollan su labor en Canarias.

La antología, prologada por Jesús Palacios, reúne los siguientes relatos Noche torcida, de Alexis Ravelo; La maledicencia, de Macarena Nieves Cáceres; Movimientos sospechosos, de Luis León Barreto; La insultante fortuna de Hamlet García, de Aitor Gezuraga; Un cazador acecha, de Marisol Llano Azcárate; Una casa con patio, de Ángeles Jurado; Un secuestro, de Elisa Rodriguez Court; Sólo silencio, de Eduvigis Hernandez Cabrera; Sueño con serpientes, de Alicia Llarena; En el callejón, de Daniela Martín Hidalgo; Las musas me aman, de Dolores Campos-Herrero; Me llamo Betty Grey. Me casé con un luthier y espero que no le importe si le cuento mi vida, de Care Santos; El plumín, de Félix Hormiga; Horizonte de sucesos, de Antonio Lozano; Un lamentable error, de José Luis Correa; Crimen perfecto, de Berbel  y El robo de la Copa del Rey de 1978, de Santiago Gil.

Saludos, advirtiendo que esto es sólo el principio, desde este lado del ordenador.

‘El invierno de Frankie Machine’

Miércoles, Septiembre 15th, 2010

Tras el éxito de ventas en nuestro país de su potentísima novela El poder del perro, el nombre de Don Winslow ha pasado a convertirse en uno de esos autores por lo que apuesta nuestro sector editorial porque saben a ganador. La segunda ficción de este vibrante narrador norteamericano llega así a nuestro país con el título de El invierno de Frankie Machine, una obra que a ratos puede leerse como un cruce de la intensa A quemarropa de Richard Stark (aka Donald Westlake) y una curiosa variante de El padrino de Mario Puzo, aunque probablemente este loco parecido razonable que describo la aproxime más a la serie de televisión Los Sopranos.

El invierno de Frankie Machine es en todo caso una de esas novelas generosa en páginas que se leen en tiempo record y si bien carece de las ambiciones de El poder del perro, ese todavía admirable fresco sobre el narcotráfico, quizá sí que se  trate más de una novela de personajes que viven en el crepúsculo de su existencia.

El protagonista, el Frankie que da título a la novela, es un ya retirado sicario de la mafia que vive sus últimos días dedicados a sus negocios legales mientras soporta con estoicidad espartana los cambios de humor de su ex mujer y  ama profundamente a su hija y muy mucho sexualmente a su amante. Cosas del pasado, Frankie debe una vez más empuñar las armas cuando la organización en la que prestaba servicio quiere liquidarlo.

Lo que hace interesante este título si quieren menor de Winslow es que maneja los resortes del género negro con absoluto respeto hacia los clásicos y que su personaje protagonista no procede del lado honesto de la ley sino del tenebroso. No obstante, y como se ha explicado, Frankie en las primeras páginas de esta historia ha sabido adaptarse a su nueva vida, convirtiéndose en un buen ciudadano. Que recupere sus instintos letales se debe a una desafortunada equivocación que va a costarle muy cara a la misma mafia y a un FBI igual de podrido que la honorable sociedad.

He leído también El invierno de Frankie Machine casi como si de una novela de caballerías se tratara. De hombres maduros que otean en el horizonte la línea cada vez más próxima de una vejez que sólo desean pasarla en paz. También es un bonito canto a amistad. Ora traicionada, ora de verdad, y a saber mirar a los ojos del destino por muy terrorífico que resulte.

A mi juicio, sólo hay una pega en esta entretenidísima novela que algunos podrían pensar que se escribió para que se leyera en un avión, y es un final que no va a tono con un relato que en su segunda mitad adquiere una velocidad que hace que prácticamente no puedas dejar de leerla. Disculpo, de todas formas, esta concesión al happy end porque El invierno de Frankie Machine respira en ocasiones el aliento y el brío de los grandes clásicos del género policíaco.

A la espera de la que supongo será su adaptación al cine, recomiendo a todos aquellos lectores desprejuiciados y que confiesan como quien les escribe que les encanta la literatura de género, a que se hagan con este volumen. Un poco hinchado de precio, eso es verdad, pero un pasaporte seguro para abstraerse de esta oscura realidad en las que no están sumergiendo con tan excesiva e indigna brutalidad. 

Saludos, una vez más como lector de literatura de género, desde este lado del ordenador.

Y en esas estoy, descubriendo…

Miércoles, Julio 14th, 2010

Entre otras cosas, y para quien les escribe la más importante, la Semana Negra da la oportunidad de descubrir a veteranos y también nuevos escritores hasta ahora desconocidos en el arrugado mapa de mi memoria. Si el año pasado tuve la suerte de encontrar excelentes novelas del peruano Alonso Cueto y los mexicanos Jorge Moch, Fritz Glockner y Eduardo Monteverde, entre otros, en esta edición he tenido la oportunidad de leer y lo que es mejor conocer al colombiano Mario Mendoza (muy recomendable su Buda Blues, editada –loado los dioses– en España por Seix Barral–, la española Elia Barceló, que a mi juicio crece como narradora cuando abandona las geografías de la fantasía y la ciencia ficción; el periodista mexicano Javier Valdés, que me ha hecho reflexionar sobre el oficio de contar noticias; el argentino Gullermo Orsi, con quien uno puede perder el tiempo charlando sobre lo divino y lo humano pero sobre todo de Buenos Aires (no se pierdan su Ciudad Santa, publicada en España por Umbriel) y las ficciones de veteranos semaneros como Carlos Salem, un tipo tipo de apariencia bronca que esconde un corazón que, como cantaba Carlos Puebla y Los Tradicionales, es así de GRANDE, así, así, así…

Es una pena que en este encuentro con las letras de género, salvo la honrosa excepción del tinerfeño Víctor Conde, no haya más representación de escritores de nuestra tierra, lo que me anima a pensar que no estaría mal instalar una caseta vendiendo ”literatura made in Canarias” para promocionar a los todavía escasos pero potentísimos narradores que en las islas están publicando novelas y relatos negros o fantásticos. A esa hipotética caseta se podría sumar lo que se escribe en poesía, ensayo e historia. También aquella que explica las excelencias de nuestra gastronomía (y es que aquí, en el godo, no saben el privilegio que supone contar con nuestra característica variedad de papas –nunca patatas, of course– y mojos, entre otras excelencias alientarias y alimenticias)  pero es un sueño que algo me dice nunca se hará realidad porque en aquellas islas resulta muy difícil sacudirnos la manía que tenemos de mirarnos el ombligo así que… en fin.

Atolondrado por las entrevistas que he realizado (diez por el momento), asistencia a ruedas de prensa y coloquios y presentaciones en el recinto de la Semana Negra, he sido víctima una vez más de comprar con apetito voraz toda clase de libros que se me han puesto a tiro. La mayoría, no iba a ser menos, son de novela policíaca (a mi lo de negro no me termina de convencer, ya ven ustedes) pero también alguna rareza como una historia de la guerra que mantuvo México con Estados Unidos a principio del XIX. El libro está firmado por un periodista mexicano de aquel siglo, y asombra su despiada crítica al ejército de su país. Tras leerlo de una sentada, prometo que a partir de ahora veré con ojos muy distintos El Álamo de John Wayne, película no obstante que sigue siendo una de las favoritas de quien les escribe.

Cae la noche sobre Gijón, las gaviotas que me despiertan todas las mañanas descansan. Creo que es momento de irme a la cama no sin antes empaparme de Scorpio City, otra novela que he adquirido (esta vez publicada en Alfaguara Colombia) de Mario Mendoza. Uno de esos escritores, amigos, que ha sabido llegarme a lo más profundo. Será porque en sus historias eso que llaman realismo mágico se ha quedado en un pálido y macondoníaco reflejo del pasado.

Saludos, al grito de ¡viva la fabada asturiana y la sidra!, desde este lado del ordenador.