Hijo de un bastardo, un libro de Sorj Chalandon
El año pasado la editorial Seix Barral publicaba La vida de mierda de mi padre, la vida de mierda de mi madre y mi propia infancia de mierda, del escritor alemán Andreas Altman, y en las que contaba la brutalidad de su progenitor para con toda su familia. Veterano del ejército alemán en el frente oriental, el padre de Altman parece que no pudo superar los horrores de la II Guerra Mundial desahogando sus frustraciones con continuadas palizas a su esposa y a sus hijos. La novela venía a decir que la guerra la llevó a su propio hogar un hombre que tras la dura experiencia del combate ya no pudo ser el mismo, transformándose en un monstruo. De alguna manera, casi podía entenderse a este personaje cruel y malvado como una metáfora de la Alemania dividida de postguerra. Esa misma sensación, el sabor que los que sobrevivieron a la II Guerra Mundial no lograron en la mayor de las partes superar los fantasmas provocados por la guerra me aparecen cuando leo Hijo de un bastardo, de Sorj Chalandon, quien relata en esta novela la vida de su progenitor, un hombre que no se cansó de repetirle a su hijo que había combatido en aquel ya lejano conflicto primero como soldado al lado de los alemanes y más tarde en el movimiento de la Resistencia.
La imagen de la portada muestra de hecho al padre del escritor y periodista como maquis, lleva una boina encima de la cabeza y una ametralladora. Sonríe.
Padre que no ha superado los traumas de una guerra que no vivió (aquí está la clave de este formidable libro) vuelca en su hijo las frustraciones de un pasado que para nada es el de un héroe como el que le vendió. Que el ya periodista y maduro protagonista de la novela descubra poco a poco toda la red de copiosas mentiras con las que su padre ha disfrazado su vida coincide en la narración con la celebración del juicio a Klaus Barbie, conocido como el carnicero de Lyon, y oficial nazi al que se le juzga por sus crímenes.
El autor de esta novela de no ficción que se permite además numerosas licencias es la de plantear un relato, el del padre, a medida que va describiendo el juicio de Barbie. También, como ya viene siendo habitual en la última literatura que nos viene de Francia, se juzga a los asesinos pero también a una sociedad que no fue demasiado heroica.
En el caso de Barbie la lista de personas que perdieron la vida bajo por sus órdenes supera la de los trescientos. En el caso del padre del protagonista de Hijo de un bastardo, la de triturar la imagen que se había hecho del padre. El padre, de hecho, representa algo así como a Francia, y la culpa sin sanar por el doble papel que desarrolló la sociedad francesa durante la ocupación.
Hay como una necesidad en la literatura francesa en estos tiempos de inestabilidades políticas la de mirar su pasado sin vendas con el fin de no deformar aquella realidad en la que no todos los franceses pertenecieron a la Resistencia. De hecho, y he aquí lo que les hace sudar sangre, hubo muchos franceses que colaboraron con la Alemania nazi aunque la gran mayoría optó por mirar hacia otro lado y vivir como pudo aquellos años.
Para hacerse una idea de la derrota de Francia les recomiendo que se lean La agonía de Francia, un libro en el que el periodista español Manuel Chaves Nogales cuenta cómo fue el principio del fin y la reacción de un país que meses antes había encerrado en campos de concentración a los republicanos españoles que huían de la victoria del ejército franquista.
Pero esa es otra historia. Hijo de un bastardo sirve, como sirve La vida de mierda de mi padre… como reclamo para entender cómo la guerra afectó no solo a quienes se batieron el cobre en los campos de batalla sino también a los hijos de todos aquellos que volvieron. En el caso de Altman, con un padre enloquecido y violento. En el del padre de Chalandon, como un mentiroso y cobarde, un hombre que inventó su pasado.
Esta mirada al pasado, la de rebuscar dentro de sí mismos para extirpar el tumor de una frustración que heredan de sus progenitores, les sirve de exorcismo porque aún le cuesta a la sociedad francesa enfrentarse a la evidencia y al deshonroso papel que muchos de sus ciudadanos y ciudadanas mantuvieron con el invasor.
El dedo acusador no solo remueve esta llaga sino también la que intenta explicar cómo la mayoría de aquella misma sociedad prefirió mirar hacia otro lado hasta que París volvió a manos de los franceses, levantándose entonces la veda de la represión a quienes colaboraron con los nazis. En este caos de detenciones, algunos se aprovecharon de la confusión, para hacerse pasar por héroes de una Resistencia que, de la noche a la mañana, parece que pertenecía todo el mundo.
Y no, no fue esto.
Hijo de un bastardo refleja el estado de ánimo de la sociedad francesa actual, y cómo es incapaz de superar el trauma de la II Guerra Mundial. Los fantasmas son demasiados y no todos permanecen encerrados en los armarios apolillados de la Historia. Merece la pena sumergirse en las páginas de esta novela que propone un tardío matar al padre y una mirada nada complaciente a un cobarde que quiso pasar como un héroe.
Saludos, demasiados ecos, desde este lado del ordenador
