Los herejes

Flota en el ambiente cierta sensación de vacío, de estar desarmando ante lo inevitable. Una crónica de muerte anunciada en la que conocemos la mano que aprieta el gatillo, el Ayuntamiento, y la de sus víctimas, todos aquellos, con o sin papeles, que venden sus cosas en el Rastro de la capital tinerfeña.

Nadie sabe cuándo se irán. De momento siguen en el mismo sitio pero con la incertidumbre encima. Los agentes de la policía local, cuento cinco en una esquina, no hacen nada. Bromean mientras están apoyados en los coches. Alguien, de cuyo nombre no quiero acordarme, explica que están ahí para protegerme pero ¿protegerme de qué? Será de ellos en todo caso.

Un vendedor me dice que cuando los polis se ponen gallitos es cuando el amanecer comienza a romper la noche. Ese es el momento que aprovechan para exigir a uno los papeles y dejar pasar a los otros… Mientras tanto, revoloteo de un puesto al otro, buscando esas joyitas que de tanto en tanto encuentro en este tesoro real que tiene la capital tinerfeña, pero como son tan cegatos los que la dirigen, no se dan cuenta del valor que estos grandes almacenes para todos y todas, podría tener en una ciudad como es la que habito y en la que vivo. Esa misma que tiene un monumento erigido a la memoria del general Franco, un templo masónico que tras mucho batallar comienza a rehabilitarse con un destino incierto (el otro día escuché al señó alcarde decir que tendría un uso cultural, cáspita) y dedica una plaza al general Valeriano Weyler (un isleño de las Baleares) y un parque a una de sus piedras en el zapato, Secundino Delgado

Pese a que la sensación que me asalta cuando paseo por el Rastro estos últimos meses es como la de asistir a un funeral que espera a que llegue el muerto, aún se respiraen el Rastro ese buen rollo chicharrero que tiene mi ciudad cuando se reconcilia consigo misma. Aquí pasamos todos sin necesidad de enseñar el carnet. En mi caso, para localizar libros (hoy encontré uno de Salvador García de Pruneda) que por desgracia ya no se reeditan y en otros para hacerme con un pieza (dos tazas que pertenecieron a un masón británico que residía en el sur de la isla) porque, ya oyeron, no se consiguen en ningún sitio salvo en el Rastro de Santa Cruz de Tenerife, ese que se quieren cargar con excusas peregrinas. Una de ellas que por aquí, entre los puestos que están dispersos por las ramblas frente a Presidencia de Gobierno, hubo robos. Vamos, que los lajas y los chandaleros atracaban a la buena gente. Un vendedor se queja a otro que eso es mentira. Y yo lo corroboro. Vamos, que mira que llevo domingos viniendo a este Rastro (incluido la Noche de Reyes) y ni carteristas ni navajeros se han interesado por ver que llevo en los bolsillos.

No niego que pueda ser verdad pero entre multitudes siempre habrán amigos de lo ajeno. Y no digo nada en Carnavales, pero esas noticias no trascienden cuando no interesan, claro. A esta ciudad que se moderniza sin orden ni concierto, y que deja que su poca historia se entierre bajo la arena de las playas que ya no tiene, no ha reparado en el daño que le hacen al Rastro con el anunciado traslado que no viene. Aunque llegará.

Firmo una petición para evitar que esto suceda, y no soy el único que plasma su rubrica en ese escrito que ojalá haga milagros pero no… Puede ser cierto, de todas formas, que hoy vi a los del Rastro con espíritu de protesta. En algunas de las casetas, sendos letreros protestaban por el traslado y en otras te pedían que firmaras. “Lo acabo de hacer en el de arriba”, “gracias, amigo”. Y te quedas bien porque esa tu ciudad, la que habitas desde que naciste. El Rastro conserva como una cápsula de tiempo (pasa algo así en los barrios) una capital de provincias que ya no encuentra uno en su centro. Ya César Manrique quejó de etse Santa Cruz de edificios modernos pero feos como ellos solos: ¡¡¡Un Manhattan en miniatura!!! No estaba equivocado, sobre todo si se entra por mar y la mirada se topa con los edificios que evitan que veas más allá de la avenida de Anaga.

Me traigo a casa cinco libros. Todos son curiosidades. Ahí está Pruneda y el Inca Garcilaso. Y las memorias de José Ruiz-Castillo Basala, que es lo primero que leo nada más llegar a casa…

Dicen que quieren trasladar el Rastro a la zona que ocupó recién habíamos salido de la pandemia: los aparcamientos frente al edificio de Hacienda o, en su defecto, a los también aparcamientos que están bajo la montaña artificial del Palmétum. Dios nos coja confesados. Hablan de poner toldos para evitar los rayos del sol si cruje como cruje en verano, pero ni con esas me quitarán la sensación, cuando lo muden, de caminar por un escenario sin nombre ni personalidad. Que lo que fue Rastro ahora es como una feria de venta ambulante. Ropa, enseres, jueguetes, ahora disfraces, zapatillas deportivas y camisas y pantalones de marca, dicen. Más allá, antiguallas y traperos que asoman la cabeza como pueden entre la mercancía que venden.

Antes de marcharme, y de ver la cola que se monta en el bar de arriba para ocupar mesa y desayunar churros, me digo que todo esto se perderá como lágrimas en la lluvia, que recitaba Nexus 6 antes de morir por todos nosotros… Y cuando me alejo y cruzo el puente, me doy cuenta que ya no se oye como antes a los gitanos vender a gritos. Que hasta eso, pienso mientras subo rambla de Pulido, le han quitado al Rastro de mi ay, ay, ay, Santa Cruz.

Saludos, váyanse al carajo, desde este lado del ordenador

Escribe una respuesta