Leones en invierno, una novela de Carlos Augusto Casas
Me ha entusiasmado la lectura de Leones en invierno (Editorial Cuadernos del Laberinto, 2024), del madrileño Carlos Augusto Casas. Se trata de una novela contundente y muy reveladora que combina con bastante inteligencia distintos subgéneros de la literatura negro y criminal para ponerlos al servicio de un relato en el que no hay buenos ni malos. En todo caso, lo que habita por los territorios de estas páginas son personajes grises, la mayoría de ellos bien encadenados al becerro de oro que no es otro que el dinero, poderoso caballero.
Si tiene algún pero Leones en invierno es la extensión de la que se vale Carlos Augusto Casas para contarnos esta historia, ya que supera las cuatrocientas páginas, algunas de ellas escritas parece como de relleno para darle mayor volumen a un texto que quizá aligerado, hubiera resultado todavía más violento y brutal que la novela que llega a nuestras manos. Pero justificando este exceso, ese dejarse ir… Uno sospecha que por el propio dinamismo de sus protagonistas, la novela se lee con inquietante atención.
La historia comienza a raíz del atropello de una adolescente a altas horas de la madrugada por un policía que se da a la fuga y que está infiltrado en una organización que se dedica al tráfico de drogas. Los padres de la víctima buscan justicia, por eso no entienden los recelos de la misma policía para investigar el asunto ya que han recibido órdenes de arriba de mantener silencio con el fin de que los narcotraficantes no descubran que tienen a un topo dentro de la organización, a un agente que trabaja para los “buenos”.
Paralelamente, se narra cómo el asesinato de la joven provoca el distanciamiento entre sus padres y cuenta las pesquisas que hace una policía con problemas familiares que investiga el caso sin saber que los de arriba son los que le están poniendo piedras en el camino.
Estructurada en tres grandes bloques: el asesinato casual de la hija, el dolor de los padres y el descubrimiento del policía infiltrado que lo hizo, que también está casado aunque su nueva vida de hampón le resulte más atractiva que la que llevaba como funcionario, casi al final todos los personajes se encuentran en un mismo escenario, una discoteca llamada Opium, que da paso a un epílogo en el que se explica qué pasó con cada uno de los que sobrevivieron a esta tragedia una vez vuelven las aguas a su cauce.
Leones en invierno tiene algo de la mala baba que le pone a sus novelas James Ellroy, sobre todo cómo observa con distancia y cierto sentimiento a la amplia y variada galería de principales y secundarios que aparecen en el libro. Un libro que está escrito en tercera persona, lo que permite a su autor observar a los sujetos que tiene bajo sus órdenes con autoridad, sin dejar que ninguno de ellos tome mayor protagonismo.
En este aspecto, si hay protagonistas, los protagonistas son Bacoy, el agente de la policía infiltrado que en su anodina vida de civil lleva el nombre de José Luis Dávila, e Hidalgo, el padre de la joven atropellada que cansado de que la policía le de largas, decide tomarse la justicia por la mano. Para hacerlo, reúne a dos camaradas de juventud, de cuándo formaba parte de los violentos Ultrassur. Ellos son Salva, de la Guardia Civil, un tipo a la deriva tras un divorcio catastrófico, y el Goteras, que ha terminado yonqui. Con semejante equipo, Hidalgo emprende una investigación que muy pronto va a estar regada de cadáveres.
Lo interesante de Leones en invierno, más allá de su trama que ya de por sí es bastante atractiva, es el diseño de los personajes que hace el autor, quien transmite su forma de pensar a través de diálogos teñidos de frases contundentes y que marcan el origen social de donde procede cada uno de ellos. Se trata también de una novela en la que no hay buenos ni malos, y en la que se denuncia corrupción policial y la cultura del todo vale en la que estamos instalados en la actualidad hasta que alguien diga lo contrario.
Se pueden sacar muchas lecturas más, porque estamos ante una obra abierta, en la que importan los que actúan en ella que el caso que los lleva a perseguirse unos a otros a lo largo de todas estas páginas teñidas, a veces, de una violencia que desarma a cualquiera. En este sentido, casi parece que al escritor no le cae bien ninguno de los personajes. Ellos son, al fin y al cabo, los responsables que se desencadene la gran escena final en la sala de fiesta Opium, una caótica batalla campal que tiene claras referencias al suicida ataque final que los miembros de Grupo salvaje hacen también al final del ya legendario western de Sam Peckinpah. De hecho, y para que nadie se llame a engaño, una de las frases con las que comienza la novela corresponde precisamente a este mítico largometraje: “Dales el infierno, Pike”. E infierno les dará no Pike sino Hidalgo en esta novela que corta la respiración, que parece nueva en el actual panorama de la literatura negra y criminal, sobre todo porque hasta cierto punto transmite la sensación de que el noir en España tiene todavía muchas cosas que decir y denunciar.
Saludos, libros, desde este lado del ordenador
