Archive for Mayo, 2025
Negra sangre del Sáhara, una novela de Manuel Jiménez Delgado
Jueves, Mayo 22nd, 2025Desconocía hasta Negra sangre del Sáhara (Almuzara, 2025) la existencia de Manuel Jiménez Delgado, un escritor tinerfeño que vive en Adeje, donde trabaja en su Biblioteca Municipal y que lleva varios años dedicado también al arte de la literatura sin hacer demasiado ruido, dejándose conocer entre sus lectores antes que convertirse en una estrella de provincias mediática. O al menos, en un escritor que asoma muy de vez en cuando la cabeza en los medios para decirle al mundo que escribe. Por fortuna, Manuel Jiménez es de los que sabe que el escritor es aquel que se hace, es decir, el que dedica gran parte de su tiempo a escribir historias. E historias son las que escribe, y tan sorprendente la que he descubierto tras la lectura de Negra sangre del Sáhara, que ya estoy buscando sus títulos anteriores. En especia l Siroco, 1957, que es la primera novela en la que aparece Fernando Ramírez de Viedma, comisario jefe para la provincia del Sáhara español, marcado por muchas cicatrices, y que combatió del lado de los nacionales durante la Guerra Civil.
En Negra sangre del Sáhara se nos explica un poco de donde viene este hombre, que ya aparecía en Siroco, 1957, aunque lo desarrolla en esta nueva novela que transcurre en El Aaiún en el año de 1961 y que mezcla varios géneros como es la novela policíaca con la de espionaje y aventuras. Tres formas de contar historias que pueden ir paralelas pero que también admite que se crucen.
En el caso de Manuel Jiménez Delgado, en un título que a medida que se va leyendo descubre la realidad de lo que una vez se conoció como Sáhara español, describiendo su capital, El Aaiún, como una ciudad que se encontraba por aquel entonces en pleno desarrollo, y en la que la comunidad española (mayoritariamente canaria, por cierto) convivía con la saharaui antes de que España cediera de manera tan indigna el territorio a Marruecos.
Pero Negra sangre del Sáhara no es solo una novela política sino una novela histórica. La acción está trufada de referencias a la situación que se vivía entonces en esta “provincia” española, pasajes en los que se aprecia la sobresaliente capacidad que tiene el escritor para describir el ambiente de una ciudad y sus alrededores con una pericia que desarma. Y lo hace tan bien que parece, de hecho, que el escritor conoce de lo que habla cuando no es cierto. Que sepamos, Manuel Jiménez no ha puesto jamás un pie en aquel territorio aunque lo conoce con pelos y señales tras dedicar más de un año a documentarse en torno a la historia y la geografía de un espacio del que se tiene tan poca noticia. Y que ha sido tan extrañamente ninguneado por la literatura española.
Conozco de hecho y con anterioridad a la novela de Jiménez Delgado, dos títulos que como el escritor que ahora nos ocupa, son también canarios como Emilio González Déniz, autor de Sahara y Las tres tes, de Carlos Gutiérrez Robayna, esta última también un policíaco que se desarrolla durante el proceso de descolonización del Sáhara español y que tiene cierto aire a La noche de los generales, de Hans Hellmut Kirst, y que a mi me sigue pareciendo una potentísima novela negra que completa un arco cronológico sobre la presencia española en ese territorio con Siroco, 1957 y Negra sangre del Sáhara, proporcionando una atractiva y literaria visión de conjunto en la que quizás lo que más interese es como se retrata la vida de los españoles que apostaron vivir en tierras tan desoladas aunque ricas, se suponía, en petróleo y fosfatos.
El petróleo, y de ahí lo de negra en el título de la novela, tiene un protagonismo importante, tanto, que como pasa en todas las novelas históricas da pie al escritor para contar casos reales que a uno se le antojan ficticios como fue el ataque perpetrado por un comando marroquí a una de esas instalaciones sin que jamás lo admitieran las autoridades españolas. En esta reclamación primeriza por el territorio y por la posible existencia de oro negro bajo el desierto, se articula un relato que da saltos en el tiempo para que el lector tome conciencia de un periodo que no fue tan pacífico como la propaganda franquista vendió al pueblo español en aquellos años. El escritor sitúa otros capítulos del libro en aquel Madrid rodeado por el ejército rebelde en abril de 1937 y en la que aparece el protagonista muy joven, trabajando en las sombras y al servicio de lo que se conoció como quinta columna, y el secuestro del trasatlántico Santa María por un comando terrorista al mando del exmilitar portugués Henrique Galvao, y en el que se encontraban unos pocos republicanos españoles.
Este último hecho tiene importancia en el desarrollo posterior de la novela, en una trama que termina por complicarse cuando aparecen miembros que pertenecen a la OAS (Organización del Ejército Secreto) y que defendían una Argelia francesa; ricos empresarios y militares que Manuel Jiménez Delgado sabe mezclar con la habilidad de un orfebre y, lo que es más importante, dar credibilidad con el retrato que hace de un tiempo tan extraño como el que se vivió aquellos años. Se encuentra en esta tormenta de intereses un personaje, Fernando Ramírez de Viedma, que en su papel de comisario tiene las ideas claras aunque la cabeza algunas veces vaya de un lado para el otro porque está casado y a punto de ser padre. Viedma no es un hombre del régimen pero tiene muy claro para quién trabaja. En este sentido, no ahorrará esfuerzos por encontrar al culpable o culpables, echando mano (cuando las circunstancias lo requieren) de la violencia policial. Manuel Jiménez lo describe como una especie de Harry el sucio, solo que habla español y no lleva, por supuesto, un revólver Magnum. Tampoco creo que le hiciera falta. Si algo tiene este personaje tras la pátina de hombre duro es la de un hombre tierno y amante de su familia. En este aspecto, sería capaz de sacrificarlo todo si alguien le hiciera daño a los suyos.
Hacía tiempo que no disfrutaba tanto leyendo una novela. Probablemente porque me gusta la combinación de novela negra con la histórica. Y cuando el periodo se desarrolla en una provincia española que ya no existe como fue el Sáhara español, tanto mejor, sobre todo cuando Negra sangre del Sáhara está no ya solo bien escrita sino tan generosamente trabajada para dar credibilidad a un relato que nos recuerda otro tiempo que no tuvo que ser necesariamente mejor.
Saludos, aire africano, desde este lado del ordenador
Laura Ferrero: “Escribir es vivir dos veces”
Miércoles, Mayo 21st, 2025A Laura Ferrero Carballo (Barcelona, 1984) le encanta escribir en los aviones, en los trenes, en cualquier vehículo que esté en movimiento. Le ayuda a mantener la concentración sobre lo que escribe mientras recomienda leer, o volver a releer, según los casos, a escritores del tamaño de Raymond Carver, maestro del relato corto que cuenta con un libro que no se cansa de recomendar a quien quiera escucharla: Catedral.
Los astronautas (2023) sigue siendo su última novela aunque son muchos los aficionados que esperan un nuevo título que agregar a la todavía reducida pero muy compacta bibliografía de una escritora que es periodista, editora freelance y desde hace un año madre, lo que ha cambiado su manera de entender a la familia.
La familia es la gran protagonista de Los astronautas, donde explora con carácter autobiográfico la suya, ya que es hija de una de las primeras parejas que se acogieron al divorcio cuando se volvió a legalizar en España. De todo esto habla en esta novela, en la que se cruzan relatos de cosmonautas que le sirven de metáfora para narrar esta historia que es en gran parte su propia historia.
-¿Cuándo nace en usted el deseo de ser escritora?
“Yo creo que uno tarda toda una vida en responder a este tipo de preguntas. En mi casa no había ningún libro aunque en la de mi abuelo se encontraban las recopilaciones de los premios Nobel de Literatura pero estaban ahí más por decoración que por otra cosa. Que recuerde, en mi casa nadie leyó jamás más allá de alguna novela romántica que pude haber visto en la mesita de noche de mi madre así que por ahí no nació mi interés y posterior dedicación a la escritura, que he llegado a considerar como una manera de estar en el mundo. Es decir, que para mi escribir es vivir dos veces”.
-¿Y eso por qué?
“Porque me entiendo mejor a través de las palabras. Pienso que la vida la vivimos en directo y no tenemos la pausa que sí tengo cuando me siento a escribir y en la que cuento a veces con la distancia suficiente para ordenar ideas y procesarlas de otra manera. Creo que esta distancia, al menos en mi caso, es como necesaria para entenderme. De hecho, tengo historias que escribí a los 10 años. Después los diarios y los cómics que hacía en el colegio. Siempre, de alguna manera, estaba como creando cosas respecto a mi propia vida y muchas veces las que no me gustaban en la vida real les daba otro final”.
-Luego comienza a escribir para fabular.
“Sí, de alguna manera fabulaba la realidad y le daba un final que me gustara o que me pareciera mejor”.
-Y llegamos a Los astronautas, ¿cuál es el origen, la semilla de la novela?
“El origen de Los Astronautas es completamente autobiográfico. Hace cinco años, y coincidiendo con San Esteban, el 26 de diciembre, estábamos todos en casa de mi tío, que le regaló a mi padre con motivo de su 60 aniversario un álbum de fotos. Y empecé a pasar las páginas de aquel álbum y contemplar las imágenes. Imágenes de su comunión, de su servicio militar. Ahí estaba la vida de mi padre hasta que llegué a una fotografía que me dejó completamente en estado shock: se trataba de una fotografía mía, en la que tendría un año y medio y estaba con los dos, mi madre y mi padre y lo que para cualquiera debería de ser algo más o menos normal, en mi caso no lo fue porque hasta ese entonces nunca jamás había visto una foto de mi familia. Mis padres se separaron cuando tenía un año y medio y desde entonces pasé una buena parte de mi vida pivotando entre la familia de mi madre y la familia de mi padre, lo que significó que no tuviera ninguna familia que considerara propia pero al ver aquella imagen me cambió el relato”.
-¿Le cambió qué relato?
“El relato de mi vida. Es decir, ¿qué me había pasado? Porque yo no había visto nunca esa imagen. Y me pregunté ¿qué le pudo pasar a esa pareja que eran mis padres? Y de ahí a Los astronautas, que a mi me hubiera encantado que se llamara Mis Padres y fuera una novela autobiográfica”.
-¿Y qué ocurrió?
“Que empecé a entrevistar a mi madre, a mi padre, a sus parejas actuales. Y cada uno de ellos me contó una historia muy interesante aunque se trataban de versiones completamente contradictorias. Y yo pensaba, si sigo por ahí, voy a morir porque era un poco a lo quién es quién y paré la novela cuando pensé que llevaba viviendo toda una vida esperando que alguien me contara la verdad o, al menos, de que encontrara un relato que yo pudiera contarme. Y eso es Los Astronautas, no una historia que se llama Mis Padres”.
-Leí en alguna parte que dijo que hablar de La Luna era la manera más directa para explicar a su familia.
“Creo que la literatura se vale siempre de rodeos y necesitaba de la fantasía, de la imaginación para dar ese rodeo. Y ese rodeo fue la conquista espacial. Cuando vi las primeras imágenes del alunizaje y de los astronautas descendiendo de la nave, cómo paseaban por la superficie dando saltitos y que al rato como que se aburrieran y se pusieran a contemplara la Tierra pensé que a pesar de irnos lo más lejos posible para mirarnos desde fuera siempre queremos volver. Y esa idea es la que me sirvió para narrar a mi familia pero no tengo la información de lo que pasó pero sí que he encontrado la manera de irme lejos para entender desde la distancia historias que no tenían nada que ver conmigo”.
-¿Como por ejemplo superar la separación de sus padres?
“Bueno, hay algunas hipótesis pero yo creo que fue por el paso del tiempo y porque se sentían muy solos”.
-Y cuenta ese proceso a través de Los astronautas.
“Hay una historia en toda esta investigación de Los Astronautas que es la de Sergéi Krikaliov, a quien enviaron al espacio aún existiendo la URSS para reparar la MIR y estando allí, en la estación espacial, la URSS dejó de existir. Es decir, que se quedó en órbita flotando en una especie de limbo sin que nadie le dijera lo que estaba pasando en tierra. Y me imagino a ese pobre hombre y su tremenda soledad. Solo en el espacio, sin saber que ya no existía el país del que partió y conoció. Y si bien no sé qué le ocurrió a mi madre, sí me iba a entender con Sergéi Krikaliov porque su experiencia me aproximó a lo que tuvo que sentir mi madre y esa es la idea de la metáfora del libro: el que hay que ir lejos para regresar”.
-Hay una frase en el libro que me gusta mucho y dice así: la memoria nos salvó de la muerte. ¿Cómo nos puede salvar la memoria de la muerte?
“Estamos habitados de historias y lo que más nos gusta es contarnos esas historias. Lo hacemos para sobrevivir. Y si bien las versiones que cada uno nos contamos son probablemente autoengaños, necesitamos creer que así sucedió. Y sí, quizás las historias no nos salven de la muerte pero un poco sí ya que nos salva de aceptar determinadas cosas que quizás no podríamos ni querríamos asumir”.
-Insiste en que la novela no es autobiográfica pero sí que está basada en hechos autobiográficos.
“No había hecho antes ninguna incursión en el género autobiográfico y jamás volveré a hacerlo. Me ha resultado muy costoso, muy difícil escribirla porque mi familia no quería y eso me planteó un dilema ético, a preguntarme ¿tengo derecho a contar una historia que los demás no quieren que cuente? Me resultó muy difícil encontrar un equilibrio entre contar la historia que quería contar y no hacer daño a nadie porque si escribía una novela y le hacía daño a mi madre, prefería no escribirla así que el género autobiográfico definitivamente no es para mí”.
-¿Y cómo le gustaría que calificasen la novela?
“A mí me gusta lo fragmentario porque me entiendo mejor por fragmentos y Los astronautas es una novela que tiene una parte autobiográfica y otra que se mueve mucho entre géneros ya que incluye partes que son de ensayo. No me molestaría que la calificasen como una novela de constelación porque es algo como más abierto, como formado por muchas partes distintas cada una de ellas. Y esto último me encaja mucho más en lo que creo que es Los astronautas”.
-Una curiosidad, ¿los personajes que aparecen en la portada del libro son tus padres?
“Me hubiera encantado poner la foto en la que se basa la historia pero se lo pregunté a mi madre y me respondió que ni se me ocurriera y no hubo manera de convencerla. Ni tapando las caras. La fotografía de la portada es de una familia que encontré por Internet aunque decidí que la niña fuera yo. Pero claro, había que darle unos padres a esa niña y comenzó un proceso muy interesante, casi psicoanalítico, de buscar unos padres. La imagen del padre está basada en un astronauta y la de la madre en una actriz, Sally Field, de joven. De alguna manera, esa fotografía, que es una ilustración, es la explicación de lo que es la historia de Los astronautas: la de una niña que soy yo y eso es lo más verdadero que hay en este libro. Una niña, además, que tiene dos padres: el nuevo marido de su madre y su padre natural así que lo que hace es adueñarse del relato porque la pobre niña cuyo padre biológico no va a buscarla jamás al colegio miente a sus compañeros cuando les dice que no puede ir a recogerla porque está en Houston porque trabaja de astronauta. Y la niña empieza a dejar de ser víctima para convertirse en heroína. Es lo que decía antes: nos contamos historias para poder sobrevivir y esa primera mentira es la mentira que utiliza la niña para adueñarse de su propia narrativa”.
-Antes comentaba que la experiencia de escribir esta novela le ha resultado agotadora y que no piensa volver a escribir una novela de este tipo pero ¿le sirvió de alguna manera de catalizador?
“Sí, yo creo que esta novela es la novela que he estado escribiendo toda la vida y que mi vida cambió de ahí en adelante porque nunca tuve un álbum de fotos como tuvo la mayor parte de mis amigos y esto es lo más parecido al álbum de fotos que hubiera tenido y que es mi historia, que es una historia real que se ajusta a la realidad, a los datos, pero que es mi historia. Una historia en la que aparecen mis padres, mi hermano… Es como otorgarme una historia, no a mi medida, pero casi. De alguna manera, necesitaba rellenar ese vacío. Este libro me ha cambiado la vida, por eso insisto que dudo mucho que vuelva a escribir otro así”.
-En la novela cuenta que sus padres no se enteraron el 23 de febrero de 1981 de lo que estaba ocurriendo en el Congreso de los Diputados. ¿Es ficción o realidad?
“Lo del 23-F es algo que a mí me maravilla porque cogió a mis padres esquiando y no se enteraron hasta tres días después de lo que pasó y como estudiante de periodismo ese tipo de cosas tan importantes que no las hubieran vivido me decepcionó porque, por otra parte, no hubo manera de tirar del relato, ni siquiera para relacionarlo con el momento histórico que mis padres estaban viviendo”.
-¿Y su recelo a Galdós?
“Es una fantasía mía de niña. ¿Sabes de los típicos gotelés de la pared? Son terribles, pero bueno, en mi casa teníamos gotelés y yo veía formas dibujadas y me imaginaba cosas, y una de esas cosas era un hombre con bigotes que me recordaba al señor de los antiguos billetes de mil pesetas: Benito Pérez Galdós”.
-La novela está dedicada a Cuqui y un pajarito me ha dicho que lo de Cuqui tiene truco. ¿Es verdad?
“Cuqui es el nombre que me puse cuando tuve cinco o seis años”.
-¿Para reconstruir el pasado familiar quién fue su mayor fuente de información?
“La única persona que tenía memoria, que de alguna manera se acordaba de cosas que le habían ocurrido a mis padres fue mi tía María. Cuando comencé a escribir el libro, conversé mucho con ella y me comentó que siendo yo muy pequeña entré en el salón y dije muy decidida que a partir de ahora quería que todos me llamaran Cuqui. Salvo mi tía María, los demás no me hicieron caso pero me parece muy bonito su gesto, que un adulto reconociera en un niño el deseo de ser otra persona. Por desgracia, mi tía falleció en el proceso de escritura del libro y no llegó a verlo publicado”.
-Una vez publicado, ¿sabe qué miembros de su familia lo han leído y que les ha parecido?
“A mí me va muy bien hablar y llamar las cosas por su nombre. Sin embargo, puedo decir que mi padre no ha querido leerlo así como parte de la familia porque les resulta incómodo enfrentarse a determinadas cosas que uno no quiere ver ya que es más fácil vivir sin mirarlas de frente. En el libro reproduzco una frase de Michael Herr, que fue corresponsal de guerra en Vietnam y que es autor de Despachos de guerra, que a mí me gusta mucho, en la que dice que “somos responsables de lo que vemos” y que yo reinterpreto como somos responsables de lo que vemos pero sobre todo responsables de lo que no queremos ver”.
-Dice que su padre y algunos miembros de la familia no han querido leer el libro pero ¿y su madre?
“Sí, mi madre sí lo ha leído pero sabía qué cosas no quería que escribiera. El primer manuscrito se lo envié y pensé que me iba a decir cualquier cosa y estaba como aterrorizada, y la verdad es que no. Simplemente me dijo que le daba mucha pena que hubiera tenido que escribir el libro, pero que me entendía”.
-¿Cree en la familia que uno escoge? Dicen que los buenos amigos hacen otro tipo de familia.
“Hay cosas que pasan en la vida y si pasaron mal, tienes que hacer algo, probablemente para darle un sentido. Yo creo que los amigos son una familia elegida, claro que sí, lo que pasa es que cuando has tenido una familia castrante no la sustituye nada porque hay que hacer un esfuerzo por solucionar ese problema que arrastras. La familia para mi es el lugar y la casa es donde está el corazón. Y mi madre es eso: familia y corazón. Ahora que tengo una hija para mí es como que la familia ya no va solo hacia arriba sino que de repente es una línea que también me une a la tierra. En este sentido, para encontrar a la familia muchas veces tenemos que renunciar a la idea que nos habíamos construido de ella. Que es algo que a mí me ha costado entender y más en este país, donde la familia siempre ha sido como muy sagrada, intocable”.
-Los tiempos van cambiando.
“Bueno, no sé si poco a poco pero es verdad que empiezo a apreciar que en este país esa idea de alguna manera, y no sé si es correcto decir esta palabra, se ha deteriorado o por lo menos transformando. Quiero pensar que sí, pero en este libro de Los Astronautas se aborda todo el asunto de los primeros divorcios en España. Mis padres se divorciaron en 1985 o 1986, no me acuerdo. Y yo fui la única niña en el colegio cuyos padres estaban divorciados. No tuve referentes, así que lo que hacíamos en esa época los niños que teníamos padres divorciados era no contarlo o contábamos, por ejemplo, las ventajas de serlo, que era recibir doble regalos en tu cumpleaños o el día de Reyes”.
-¿Tuvo un plan preconcebido cuando escribió Los Astronautas o como comentó, la escribió a trozos, como una constelación?
“No sabía a dónde quería llegar. El problema de la escritura autobiográfica es que tienes una parte autobiográfica que es orgánica, que va muy pegada a tu vida y durante el proceso de escritura mi madre se puso muy enferma y dejé de escribir el libro porque para mí era mucho más importante estar a su lado”.
-Has sido madre recientemente, ¿le ha cambiado su percepción de la familia?
“Completamente, pero sobre todo haber escrito este libro y haber reflexionado tanto sobre lo que es la familia me hizo pensar cómo quería construir la mía. Me equivocaré en muchas cosas, como se equivocan todos, pero trataré de hacer lo mejor porque creo que lo que a mi me ocurrió fue no saber. Y la incertidumbre para un niño es muy complicada”.
Saludos, una alianza nueva y eterna, desde este lado del ordenador
El secreto de la salamandra dorada, una novela de Luis Castañeda
Martes, Mayo 20th, 2025“La esfera política no solo no es ajena, sino que, seré sincero, nos repele. Regresamos a Cuba con buenos patrocinios y negocios cerrados. Allá en Cuba, señor, hay mucha gente que depende de que nuestro periplo concluya con éxito. E indudablemente no continuar el viaje supondrá un perjuicio grave”.
(El secreto de la salamandra dorada, Luis Castañeda, Espasa, 2025)
Entre los numerosos capítulos que construye el gran libro sobre la Guerra Civil está el de la captura del socialista Agapito Atadell, jefe de las tristemente célebres Brigadas del Amanecer, un grupo de gángsteres que actuando presuntamente al servicio de la II República, se dedicaron además de dar el paseíllo a las gentes de derechas en aquel Madrid de 1936, a desvalijar las casas de los ricos que la habían abandonado tras el estallido de un conflicto que todavía no ha sabido cerrar sus heridas en España.
Agapito Atadell fue apresado por las fuerzas rebeldes cuando el barco en el que viajaba con su compañera sentimental, Piedad Domínguez Díaz, hizo escala en el puerto de Santa Cruz de La Palma. Se cuenta, y así lo recuerda Luis Buñuel en su libro de memorias Mi último suspiro, que Atadell viajaba con varias maletas en las que se escondían el fruto de sus robos, joyas y objetos de plata, que tenía pensado vender cuando llegara a América.
Los últimos días de Atadell y los últimos que Piedad vivió junto a él, es la base en la que se sustenta la novela El secreto de la salamandra dorada, la tercera de Luis Castañeda tras Cuando venga el rey y La chica de las estrellas.
En El secreto de la salamandra dorada la vida de Agapito Atadell y Piedad Domínguez Díaz se vincula con la de Clara Domínguez en 2001. Clara es una restauradora especializada en arte flamenco que prepara una exposición en la capital palmera y que tras descubrir el diario de su madre, con la que siempre mantuvo una relación esquiva, se sumerge en una apasionante investigación a raíz del descubrimiento de una pequeña joya con forma de salamandra que le dejó en herencia su progenitora.
Un intento de robo y varias tentativas de asesinato, pondrán en contacto a Clara con un joven y apuesto sargento de la Guardia Civil, Pablo Eiroa, quien además de investigar un caso que pronto se abrirá como un abanico a otras investigaciones, mostrará que los fantasmas del pasado son una carga que arrastran las familias generación tras generación.
La acción que se desarrolla en Santa Cruz de La Palma está ubicada en 2001, y permite visitar una ciudad y las mansiones donde residen algunas de sus más viejas e ilustres familias. La ciudad como los personajes viven en una continua transformación y apenas tiene nada que ver con la que conoció Agapito Atadell cuando fue detenido huyendo de una guerra que ya veía perdida.
El ejercicio de investigación histórica que emprende Luis Castañeda es asombroso como asombrosa es su capacidad para traducirlo con coherencia y rigor en una novela en la que se mezclan otros muchos ingredientes que la hacen muy atractiva para la lectura. Una capacidad que no está en manos de todos, pero sí que detecto en éste y los anteriores libros del escritor nacido en Arucas, Gran Canaria, pero palmero ya de corazón. Eso explica que la isla bonita sea la gran protagonista de las tres novelas que ha publicado Castañeda hasta la fecha. Y no solo como paisaje que fascina sino también de la historia que a lo largo de los siglos ha construido la identidad de sus habitantes. Parte de esta herencia se observa en El secreto de la salamandra dorada, una novela que puede ser entendida como policíaca pero también me atrevería a calificar de aventuras.
El libro está construido en dos grandes tiempos, 1936/1937 y 2001. Y se desarrolla en Madrid, Santa Cruz de La Palma, principalmente y en el norte de El Ferrol, Galicia. El escritor la ha estructurado en tres partes, de las que la última quizá sea donde más se acusa la acción aunque las dos primeras sirven para poner en situación al lector, que conozca de dónde se viene y a dónde se va, aunque Luis Castañeda tiene también la habilidad de sorprender en la recta final.
Esta es la primera novela que Luis Castañeda publica con Espasa, ya que las dos anteriores fueron autoediciones, sector donde Cuando venga el rey recibió un premio de la plataforma Amazon pero leyendo aquel título (también negro) se nota que como escritor ha dado un gran paso hacia adelante. En especial, en cuanto a concebir una trama lo suficientemente enrevesada pero también lo suficientemente entendible para todo tipo de lectores. La idea es que el lector no pierda en ningún momento el hilo. Hilo que como se dijo se dispersa en otras tramas. Todas estas historias que se cruzan en los distintos arcos que plantea El secreto de la salamandra dorada se van cerrando hasta concluir en un final que espero sirva para desarrollar a la pareja protagonista, Clara y Pablo en nuevas entregas igual o incluso más atractivas que la presente.
Como novela con la que evadirse de la realidad, El secreto de la salamandra dorada cumple con creces sus objetivos ya que además de entretener da también información histórica rigurosa y detallada. Los últimos días del pistolero socialista están así muy bien narrados, y me ha proporcionado información sobre este personaje que se hizo con una fortuna asesinando y robando a las familias pudientes que no pudieron huir a tiempo de la capital de España durante los primeros días del golpe de Estado que propiciaron los militares rebeldes. Al leer la historia que construye de Atadell, uno piensa si éste no fue el origen de tan singular por original novela. Una novela que no creo que vaya a dejar indiferente a nadie.
Saludos, dándole a la cabeza, desde este lado del ordenador
Manuel Jiménez Delgado: “En el Sáhara se hicieron las cosas bien pero todo salió mal”
Lunes, Mayo 19th, 2025Entre los referentes literarios de Manuel Jiménez Delgado (Adeje, 1971) se encuentran escritores rusos como Aleksandr Solzhenitsyn, Ayn Rand y Vasily Grossman así como los españoles Arturo Pérez Reverte y Alberto Vázquez Figueroa, a quien le agradece, aunque “hace mucho tiempo que no lo leo”, los buenos momentos pasados. De ahí su reconocimiento ya que gracias a Vázquez Figueroa dio el paso de la literatura juvenil a la adulta.
Manuel Jiménez presenta ahora Negra sangre del Sáhara, una novela rabiosamente negra que localiza en 1961 en El Aaiún, y que protagoniza el comisario de la Policía Nacional de la antigua provincia española, Fernando Ramírez de Viedma, que ya apareció en un título anterior del escritor: Siroco, 1957.
Manuel Jiménez es autor también de Y las cartas dejaron de llegar, así como de tres novelas que se desarrollan en futuros apocalípticos.
- Repite personaje, el comisario Fernando Ramírez de Viedma, en Negra sangre del Sáhara.
“Sí, repito novela con Fernando Ramírez de Viedma. Y también repito con el personaje femenino, que en Siroco, 1957, aún no es su esposa aunque sí en Negra sangre del Sáhara”.
- ¿Cómo se le ocurrió?
“Quería un personaje que estuviera ambientado en los años 50 del pasado siglo XX y tenía que ser policía y arrastrar el peso de lo que significó ser policía en aquellos tiempos. Fernando Ramírez de Viedma fue espía durante la Guerra Civil y ahora se ha reconvertido en comisario. Es un policía intuitivo que tiene un don, un don para coger mentiras más que el de ser un experto investigador. Quise hacer una versión de los detectives norteamericanos de aquellos años pero con características muy españolas. En Siroco, 1957, es un hombre solitario pero en la segunda, Negra sangre del Sáhara, se ha convertido en padre de familia pero sin dejar de ser el hombre duro pero con estilo español que quise desde el principio”.
- ¿Cómo se le ocurrió el nombre de Fernando Ramírez de Viedma?, ¿viene de algún sitio?
“No, el nombre surgió por casualidad aunque escogí el Ramírez por el personaje que interpretaba Pepe Sancho en la serie de televisión Cuéntame, donde encarnaba a Pablo Ramírez Sañudo, pero prescindí del Sañudo por el Viedma porque siempre me gustó ese apellido que a mi me suena bien. En cuanto a llamarlo Fernando la verdad es que al principio el nombre iba a ser Francisco pero lo deseché porque hay demasiados personajes reales con ese nombre vinculado al Sáhara”.
- ¿Y cómo lo describiría?
“Como un hombre muy duro. Tremendo en su trabajo y algo desalmado aunque en su casa es un esposo ejemplar que tiene su lado oscuro. Oscuridad que le viene marcada por un hecho pasado durante la Guerra Civil, donde estuvo en el lado franquista aunque casi de casualidad. Es un hombre atrevido que luchó con los nacionales pero que nunca mantuvo un compromiso ideológico claro. Eso sí, si la ocasión lo requiere no pestañea en torturar a los detenidos. No es igual pero casi es una especie de Harry el sucio a la española o un Germán Areta, el ex policía y ahora investigador privado de El crack, de José Luis Garci”.
- ¿Se inspiró para concebir a Fernando Ramírez de Viedma en el Falcó de Arturo Pérez Reverte?
“He leído las novelas de Falcó pero quise darle un toque distinto a mi personaje. Falcó es un solitario y yo pretendí que mi protagonista tuviera cierta ambivalencia. Es decir que como policía es duro como una roca pero tiene también una familia que es lo que de verdad le motiva a seguir adelante. En todo caso, me ha gustado desde siempre las novelas de Arturo Pérez Reverte”.
- ¿Habrá una tercera novela con Fernando Jiménez Delgado?
“La tengo escrita y está basada en un hecho que forma parte de la experiencia vital de Alberto Vázquez Figueroa en el Sáhara y en la que aparece un barco ruso. La novela está ambientada en 1964 y se desarrolla también en El Aaiún, pero sobre todo en la costa”.
- El Aaiún es uno de los grandes protagonistas de Negra sangre del Sáhara, ¿conoce la ciudad?
“No, la verdad es que nunca he estado en el Sáhara pero he visto muchos documentales de la época porque de El Aaiún actual, del que también he visto cosas, me han comentado que salvo la catedral que está prácticamente en ruinas, poco se conserva de la etapa española. Los documentales son películas sobre todo caseras porque no he encontrado ninguno específico que tratase de El Aaiún español. He leído muchos libros también. Muchos de ellos escritos por canarios”.
- Entiendo entonces que su interés por El Aaiún es solo literario.
“Es un interés literario porque su historia es fascinante. En especial porque el Sáhara fue una provincia española y El Aaiún una ciudad que se construyó desde la nada y en donde el 80 por ciento de la población civil fue canaria. He estado estudiando también la independencia de Guinea en 1967-1968 y su historia es asombrosa y está vinculada a Canarias porque operó una aerolínea, Spantax, con sede en Madrid aunque su base principal estaba en Gran Canaria. Esta aerolínea fue pionera en los vuelos interinsulares además de viajar al Sahara y a Guinea Ecuatorial, y son datos que si no se dan a conocer terminan devorados por el paso del tiempo.”
- Es autor de Y las cartas dejaron de llegar, sobre un adejero que parte voluntario a Rusia con la División Azul mientras que el protagonista de Siroco, 1957 y Negra sangre del Sáhara es un comisario que trabaja en la policía franquista. La pregunta es ¿por qué los protagonistas de sus novelas históricas son del bando que ganó la Guerra Civil y no del que la perdió.
“Algunos lectores me han planteado lo mismo y mi respuesta es que en el bando que ganó la Guerra Civil también hubo gente que tuvo familia. El protagonista de Y las cartas dejaron de llegar es un chico normal de Adeje que se enrola en la División Azul porque para él es una aventura pero tiene la idea de vengar a su hermano seminarista al que fusilaron los primeros días de la Guerra Civil en Madrid. A él le tocó vivir en el lado de los que ganaron la Guerra pero podrían haberla perdido. En Fernando Ramírez de Viedma pensé al principio que fuera detective privado pero no cuadraba en un sitio como El Aaiún que estaba muy militarizado. No sé si como personaje del bando que perdió la Guerra Civil hubiera tenido más interés para que la novela se publicara pero me salió así. Fuera de España esas cosas se toman con la cabeza fría pero aquí se sigue viendo casi todo en blanco y negro”.
- Creo que Negra noche del Sáhara se iba a titular Petróleo.
“Sí, Petróleo, 1961. Tenía ganas de escribir sobre el Sáhara y sobre el secuestro de unos trabajadores de una prospección petrolífera por un comando marroquí. Los fosfatos comenzaron a explotarse en la década de los 70. Vino después de la búsqueda de petróleo en el Sáhara, y con tal fin se dividió el territorio en parcela para que lo explotaran las empresas pero sucedió que el petróleo que se encontró era de mala calidad y coincidió con el descubrimiento de yacimientos en Libia y Argelia y en el Mar del Norte y las compañías dejaron de tener interés por explotar el que se encontró en el Sáhara. Conseguí durante la investigación un mapa de las prospecciones, y muchas de ellas estaban prácticamente pegadas aunque el comando terrorista solo secuestró al equipo que aparece en la novela. El caso es que este mapa era secreto por lo que ¿cómo sabía Marruecos de su existencia?”
- ¿No ha pensado en escribir una novela que transcurra durante la descolonización del Sáhara?
“La veo lejana aunque es un tema muy interesante, sobre todo la Operación Golondrina, que fue la misión encargada de sacar a toda la gente que había en el Sáhara, y cómo la población pensó que nunca iban a salir de allí. Me intriga mucho también la relación de Argelia con el Polisario…”
-¿Tiene clara la idea cuando escribe o se deja llevar por la improvisación?
“Primero me documento y voy adquiriendo conocimientos que es probable que no use pero que ya conoces y después hago una especie de andamiaje de lo que quiero contar, cómo se llega a esa situación y escribo un arranque previo a la historia y más tarde una parte para que el lector piense que se trata de eso y la desarrollo aunque la trama, mientras escribo, pueda cambiar”.
- Desconocía el secuestro del equipo que trabajaba en esa prospección del Sáhara español y conocía pero poco, el secuestro del trasatlántico Santa María.
“Es sorprendente la actitud que tiene España, la dictadura, con Marruecos y sí, es muy interesante también la historia del Santa María, un trasatlántico que fue secuestrado por un comando del Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (DRIL) en el que se encontraban también republicanos españoles en enero de 1961. El destino del barco era Santa Cruz de Tenerife, y es un caso que da material para una sola novela. A medida que vas aprendiendo cosas te das cuenta que muchos momentos interesantes de la historia han sido comidos por la misma historia como la influencia comunista que penetró en Argelia y su relación con el Sáhara así como las conexiones de la Organización del Ejército Secreto (OAS) con gente muy importante pero que ya no trabajaba para el régimen de Franco como Ramón Serrano Suñer”.
- ¿Qué documentación consultó para los dos libros que protagoniza Fernando Ramírez de Viedma?
“Lo que más busqué fueron periódicos y libros que trataran sobre el asunto, muchos sobre la guerra de Ifni para Siroco, 1957; y luego otros para conocer la vida cotidiana en el Sáhara español pero por desgracia no hay muchos. Está El Dorado bajo el sol: canarios en el antiguo Sáhara español, de Beatriz Andreu Medeiro, y alguno más. Compaginé estas lecturas con estudios sobre la década en la que desarrollo las novelas que, en las dos que protagoniza Fernando Ramírez de Viedma, son los 50 y 60”.
- ¿Cuál es su opinión sobre la presencia española en el Sáhara español?
“En el Sáhara se hicieron las cosas bien pero todo salió mal. Se hizo bien para los españoles que estuvieron allí. Los canarios estaban en condición de igualdad con los demás españoles pero no los saharauis. A los canarios como a los peninsulares se les dieron toda clase de facilidades y muchos progresaron. Se vivía en una zona militarizada que se desarrolló bastante. Cuando Marruecos llega a El Aaiún la población de la ciudad rozaba los 60.000 habitantes, así que era un lugar próspero que terminó como terminó porque, al fin y al cabo y visto desde ahora, tarde o temprano el Sáhara iba a dejar de ser provincia de España aunque los saharauis tuvieron mucha parte de la culpa que no fuera así ya que desestabilizaron la zona al no aceptar las medidas de España, lo que entiendo pero actuando de otra forma es muy probable que el Sáhara hubiera terminando convirtiéndose en una república independiente”.
- ¿Está trabajando en alguna nueva novela?
“Estoy mirando cosas sobre los últimos diez días de la Guerra Civil en Madrid pero es un tema gigantesco. Me gustaría que apareciera de joven Fernando Ramírez de Viedma. En Siroco, 1957, narro el trauma que sufrió durante la Guerra Civil pero me gustaría que apareciera en ésta también y contar la historia en clave de novela negra”.
- Le tiran esos años.
“Me interesa esa época, que aún resulta cercana a nosotros y a la vez es como si se tratara de un planeta distinto. Lo mismo pasa cuando ves películas neorrealistas españolas, donde lo que observas es otro país, y cómo ese mismo país fue progresando y se convirtió en lo que es en la actualidad. Son décadas raras: la dictadura de Franco, la Guerra Fría, el aislamiento internacional de España…”
- Pero entiendo que a usted no le interesa de momento escribir novelas sobre la actualidad.
“He pensado escribir una ambientada en los años 90, década que ya va quedando atrás, y sería sobre el boom del turismo. Tendría algo de negra y policíaca”.
Saludos, lean, carajo, desde este lado del ordenador
El Puerto de la Cruz recupera el Cine Chimisay y recuerdo un tiempo en el que fui muy feliz
Sábado, Mayo 17th, 2025Muchos de mis recuerdos más felices los asocio al Puerto de la Cruz. Allí pasé inolvidables vacaciones de verano en los apartamento de Picaflor…
Los primeros amores adolescentes y las primeras traiciones adolescentes también, toda esa fuente de sensaciones que a uno le asalta en pleno proceso de crecimiento y que de alguna manera configuran la personalidad que lo define con el paso siempre amargo del tiempo. Allí leí por primera vez las novelas de Tarzán de los monos, y las de Sandokán. También las aventuras africanas de doctor Quatermain…
Recuerdo descubrir viendo la televisión una tarde de sábado la película Las aventuras del barón de Münchhausen, la que produjo la UFA durante 1943, en plena II Guerra Mundial, en aquella siniestra Alemania nazi, y quedar fascinando ante aquel torrente de imaginación desbordante con independencia del régimen bajo el que fue realizada. Muchos años más tarde me hice con la versión en dvd y viendo los contenidos extras me di cuenta de la historia, sucia, que hubo detrás de aquellas imágenes potentísimas, en las que el viejo e inolvidable barón además de cabalgar una bala de un cañón que vuela por los aires, visitaba la luna y se acariciaba la puntas de los bigotes en unos colores desvaídos de Afga color, regalándome uno de los descubrimientos cinematográficos más emocionantes de mi ya larga vida como espectador cinematográfico.
Todo esto, todo, me pasó en el Puerto de la Cruz, una ciudad que desde entonces llevó en el corazón y en la memoria porque lo intenso, lo que nos marca como al rojo vivo, se mezcla siempre con el corazón y con la memoria que, como saben ustedes, es por fortuna selectiva.
Me despierto hoy con la agradable noticia de que el Puerto de la Cruz recupera el cine Chimisay, sala que llevaba cerrada desde 2008, aunque hace unos meses, o fue hace ya un año, se reabrió para acoger un acto de homenaje al coleccionista de fotografías de cine Andrés Padrón y al que se me invitó para hablar de cines y de cómo se veían películas en un lejano pasado.
Recuerdo que entrar en aquel templo oscuro, como lo denominó acertadamente el historiador Álvaro Ruiz Rodríguez, fue como acceder a un templo sagrado, abandonado, sí, pero que pedía a gritos que lo salvaran de la soledad y el olvido que son conceptos que van siempre unidos.
Por fortuna, y en una decisión que honra al Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, se ha alcanzo un acuerdo con la propiedad para la compra de este magnífico espacio que se encuentra además en pleno centro de la capital portuense y que se destinará a actividades culturales, artísticas, educativas e institucionales.
El cine Chimisay se inauguró en 1969 y su arquitecto fue Ángel Lobo Carpizo, que trabajó a las órdenes del empresario Pedro González García. Cine de pantalla única aunque terminó dividiéndose en varias salas antes de su cierre, contaba con 732 butacas y se construyó en el solar que antes ocupaba el antiguo teatro Tophan. Fue el cine, además, sede del Festival de Cine Ecológico del Puerto de la Cruz, que dirigió de 1983 a 1990 Alfonso Eduardo aunque las últimas ediciones terminaron en manos de otros directores y en un colectivo, el Aula de Cine de la Universidad de La Laguna que poco o nada pudieron hacer para reflotar un encuentro que había apostado más por el famoseo que por la calidad del cine que se presentaba a concurso.
Cubrí en la noche de los tiempos varias de las ediciones finales del Ecológico, las últimas bajo la dirección de Alfonso Eduardo, y recuerdo asistir a una rueda de prensa en la que se encontraba el mismísimo Ben Gazzara, que confesó a los allí presentes lo alucinado que estaba por una visita que había realizado al valle de las Cañadas y contemplar el Teide en todo su esplendor. También me encontré otro año con José Luis Garci en la que fue si no la última sin que la antepenúltima edición de un Festival que todos contribuimos a cargarnos. Garci presentaba entonces una película que de ecológica no tenía nada, ni quiera el título, Canción de cuna (1994), y pese a que respeto a este buen hombre como fuente inagotable de información cinematográfica, nunca terminó de convencerme como cineasta. Y mucho menos con la película que lo llevó a estar en aquel Festival: Canción de cuna, de la que escribí una crítica que resume mis impresiones de ella ya desde el título: Tocinito de cielo. Por aquello de lo empalagosa que era. Para colmo, se trata de una versión de varias película anteriores también españolas que han pasado sin pena ni gloria a los anales del cine que se hace y se produce en este país llamado las Expañas.
Intenté entrevistar a Garci en aquel Festival que se desmoronaba. Y tuve que cogerlo en un mal día en el hall del Hotel San Felipe porque me contestó de muy malas maneras. El caso es que también le respondí con el mismo tono y regresé a la redacción de La Gaceta de Canarias con un compañero y amigo fotógrafo que conducía por la autopista como Emerson Fittipaldi. Aún tengo escalofríos recordando las velocidad que tomaba el amigo por esa autopista del norte, adelantando coches con una máquina que parecía que iba a despedazarse y a la que el viento empujaba a un lado y al otro de la carretera…
Pero los recuerdos que asocio al Puerto de la Cruz son los de mi niñez y adolescencia pasando aquellos largos veranos repletos de besos inocentes, juegos al borde de la piscina y cazando moscas y lagartos, que fue una especie de deporte para la gente de mi generación. En mi caso, no le daba a ninguno de aquellos fascinantes tizones que asomaban la cabeza de entre las rocas para tomar el sol. Desde entonces, los lagartos y yo siempre nos hemos llevado bien. Eso puede explicar que me encante la música de Iggy Pop (esto es un chiste para iniciados).
Las tardes calurosas del Puerto de la Cruz, húmedas como ellas solas, bajábamos al centro para ir al cine. Y el cine era el Chimisay la mayor parte de las veces aunque también tocaba –si la película convencía a uno de mis hermanos mayores– meternos en el Timanfaya, que también llevo en el corazón y en el alma.
Recuerdo, y son muchos los recuerdos que tengo del Chimisay como de otros cines que riegan la geografía de la isla, sobre todo los de Santa Cruz y algunos de La Laguna, cómo mientras veíamos el musical Muchas gracias, Mr. Scrooge, basado en el relato Cuento de Navidad de Charles Dickens, como uno de mis primos se escondía debajo de una de las butacas cuando le aparece al avaro protagonista el fantasma del futuro que no es otro que… La de risas que nos cogimos, la de carcajadas que aún suelto cuando evoco aquel momento en el que los hermanos y primos nos preguntábamos donde está fulano y fulano estaba tirado en el suelo, con los ojos cerrados y con las manos tampándose las orejas… Hubo otras película que consumimos en aquellos veranos donde todo parecía eterno porque no iban a acabar nunca pero el tiempo es tan elástico que a medida que crecemos todo aquello se disuelve como lágrimas en la lluvia que diría Nexus 6 mientras suelta la paloma que vuela sobre la ciudad contaminada.
Estos y otros recuerdos me asaltaron esta mañana cuando recibo la felicísima noticia que se recupera el cine Chimisay. Y me emociono ante este involuntario regreso al pasado porque no siempre la nostalgia tiene que ser, necesariamente, un error.
Saludos, regreso al pasado, desde este lado del ordenador








