Niñas sucias, doce cuentos de Elena Correa
En los últimos años están apareciendo una serie de escritoras que están poniendo el listón muy alto en la literatura que se escribe en Canarias. Tras la irrupción de Andrea Abreu aparecieron otras aventajadas narradoras y en algunos casos poetas como Meryem El Mehdati, Aida González Rossi, Lana Corujo, que cuenta con una estupenda primera novela que se desarrolla en Lanzarote y ahora Elena Correa, que presenta en la editorial riojana Pepitas de Calabaza Niñas sucias, que reúne doce historias que revelan la excelente escritora que está detrás de todos estos cuentos.
Elena Correa nació en Tenerife pero reside en la actualidad en Madrid aunque como advierte en su nota biográfica siempre tiene un pie en el asfalto y el otro en el mar. Y mar hay en algunos de los relatos que conforman este volumen, historias que no van a dejar indiferente a nadie porque la escritora tiene mañas de escritora. Lo delata la docena de historias que ahora presenta, muchas por no decir todas ambientadas en las islas aunque en ningún momento se dice en cuál. Que se desarrollan en Canarias se sabe por los escenarios, algunos costeros y turísticos (el turismo es un tema clave en varios cuentos del libro) y por las palabras que riegan el libro, algunas de las cuales pertenecen a la variedad del español que hablamos en estas tierras, y que Elena Correa escribe sin sentido de la oportunidad porque forman parte de su vocabulario.
Los cuentos están protagonizados por niñas y adolescentes, y en todos ellos se aprecia esa luz que marca la mirada cuando se observa el pasado. Se denuncia también una angustiosa cultura machista que se refleja no solo en cobardes que pegan palizas a mujeres porque los cobardes nunca fueron buenas personas aunque lo aparenten, sino también centrando la atención en pequeños detalles, o en leyendas rurales que frustran la infancia de la protagonista de la historia que lleva por título Vendimia, la última de este volumen que ha sido todo un afortunado descubrimiento.
La literatura de Elena Correa se caracteriza por la honda penetración psicológica que hace de los personajes, y en la fantástica capacidad que tiene para describir escenarios. El escenario juega de hecho un papel fundamental en cada una de las historias, y en varias de ellas, otorga además un espacio que le sirve para acentuar los cambios y las frustraciones que caracterizan a sus personajes. Porque las protagonistas de todos estos cuentos son mujeres. Mujeres que aún no se han hecho mayores pero que comienzan a vislumbrar ese territorio hostil y desconocido.
En algunos de los cuentos se mezclan además una variante fantástica, pero que aparece al final del relato quizá para dejarlo un poco más en la bruma y que sea el lector quien le ponga punto y final… O no. Me agrada que estas historias hagan pensar, y que la reflexión vaya un poco más lejos de lo narrado. Es decir, que se procesa lo leído y se termina por digerirlo sin que en ningún momento se quiera dejar el libro sino todo lo contrario porque Elena Correa consigue algo que es muy difícil de conseguir en un libro de cuentos y es que tras el primero se quiera leer el segundo y el tercero hasta llegar al doce, relato que culmina un trabajo redondo y en el que se intuye que detrás se encuentra una escritora que sabe, que conoce las reglas del juego. Que es una potentísima narradora de la que espero más cosas en un futuro espero que no lejano.
La primera historia, Niñas sucias, y que da nombre al libro, es un relato de infancia; de cuándo podíamos ensuciarnos hasta arriba porque no había futuro solo que en el cuento no es oro todo lo que reluce y si algo reluce es un resentimiento larvado que desencadena una ola de ira en quien narra la historia.
Muy pegado a la actualidad por el retrato que hace de los que visitan las islas, del turista, me interesa sobre todo porque describe un mundo que existe y es casi paralelo, pese a compartir el mismo territorio.
La cabeza tiene un comienzo que desconcierta por lo bueno que resulta: “Si quieres conocer a alguien solo tienes que observar su ropa tendida, esa que dejar secar en las cuerdas tiesas del patio durante días enteros o incluso semanas”.
El tercer cuento, Mujer tenías que ser, es demoledor y me da apuro contar de qué va porque solo leyéndolo es cómo se tiene que interpretar. Los ingleses está protagonizado por un camarera de hotel y lo que cuenta va in crescendo sin que apenas uno note nada hasta llegar a un final de rompe y rasga. Algo parecido le sucede al titulado 2054, que desconcierta y hasta duele para decir basta aunque el nivel sigue en ascenso con Los alemanes, cuento que podría entenderse como una continuación de Los ingleses y en los que radiografía con sentimiento el turismo y su relación con los locales, o los locales con los que nos visitan, que no es lo mismo. Estas dos historias me parecen de lo mejor de un libro donde no hay cuento que desentone. En este sentido, estos dos relatos son los que consumen mayor número de páginas, páginas todas que bendita sean.
Despiece se desarrolla en un matadero, donde un matarife se dispone a despiezar un cerdo que cuelga de una cadena. Allí, cuchillo en mano, sostiene una conversación con su esposa y no es difícil imaginar el cortometraje que podría salir de ahí.
La colección de relatos continúa con otros cuentos sobresalientes como Gata negra, Bestias y La vieja, que resultan los más narrativos y todos encerrando historias muy oscuras, de personas condenadas a la deriva como la protagonista de Gata negra, que ve como todas sus ilusiones se fragmentan; Bestia, una paranoia que uno no sabe si se hace verdad o no, el caso es que condiciona y La vieja, que a mi me produjo escalofríos y cuya protagonista vive rodeada de gatos.
La vendimia pone punto y final a este libro de cuentos que me descubre a una escritora con voz muy personal. Una escritora con todas sus letras.
Quédense con su nombre: Elena Correa.
Saludos, muy entusiasmado, desde este lado del ordenador
