Algunos días, una ¿novela? de Acoidán Méndez

Algunos días , de Acoidán Méndez, se trata de uno de esos libros que son una pequeña y grata sorpresa en el universo editorial español, tan saturado en los últimos tiempos, y en los que se mezcla un poco de todo. Se dice que es una pequeña sorpresa porque se trata de un texto inclasificable, aunque alguno lo derive a eso que se conoce como novela de no ficción, y habrá otros que digan que es un diario, el relato del día a día de su protagonista que se llama como el escritor. Puestas así las cosas, no se hace difícil entonces identificar que el personaje que cuenta estas más que historias, reflexiones, se trate de la misma persona aunque es un aspecto este último que, ahora que estamos, me ha resultado siempre indiferente.

Tampoco es que le ocurran cosas extraordinarias al Acoidán del libro, o novela pese a que no lo sea para unos y otros, pero sí que reúne una serie de momentos significativos en la existencia de su protagonista, que vive con su pareja y dos animales domésticos (un perro y un gato que se llevan como el perro y el gato), que trabaja en una cafetería mientras espera que lo llamen de una universidad para que imparta clases.

Algunos días, que reúne su, efectivamente, día a día de mayo a julio, es el relato de una vida en tres meses en los que la climatología de la capital de España comienza a ser calurosa. Y en esos meses que se dirigen inevitablemente y como en una carrera de fondo al fin de año, se concentran las distintas experiencias (sobre todo intelectuales) que vive nuestro Acoidán literario, que es un personaje que cae bien no solo porque nos cuenta su historia sino porque algunas de sus revelaciones las hemos vivido otros con independencia de la edad. Me arrogo por eso el derecho de escribir como lo hizo Nicholas Meyer en Los pasajeros del tiempo que todas las épocas son iguales y que solo el amor las hace soportables. En el caso del protagonista de Algunos días, su compañera y una capital de España que está ahí, presente como un escenario algo grisáceo al fondo del relato, pero que está muy fusionado en esta historia que, como todas las historias que se precien, se trata de una búsqueda. En su caso, hacia la literatura. Por el camino, Acoidán irá desgranando su día a día en unos cuadernos.

Una de las preguntas que puede sugerir la lectura de Algunos días es donde termina la realidad y donde comienza la ficción pero es un camino que entiendo errado porque más allá que las rutinas del personaje nos parezcan las nuestras, donde hay poco o nada original en nuestro día a día salvo lo que pensamos y hacemos cuando se disfruta de buena salud, es que su lectura me resulta mesmerizante quizá porque he tenido la sensación que todo cuanto cuenta puede ser cierto y que por cierto, conozco un poco mejor a su autor, Acoidán Méndez, porque me ha permitido que acceda dentro de su cabeza, y que me aproxime a su manera de pensar y entender cómo reacciona ante determinados problemas que nos surgen en este gran libro que es la vida.

También hay un viaje a Gran Canaria que realiza junto a su compañera, Carlota, y momento en el que reflexiona en torno a un tema candente en la actualidad como es el turismo y toda la impedimenta que conlleva:

“La ley de costas son los Reyes Magos. El paisaje, extremo desde la altura, árido y sin vida, contrasta con los anuncios donde lo mostramos como el paraíso para los escandinavos. En las imágenes de televisión sólo aparecen las postales: las dunas de Maspalomas, la playa de Agaete, el Roque Nublo, la Plaza de Santa Ana y los resorts con muchas estrellas”.

En otro capítulo y sobre el acento canario y de cómo suena en territorio peninsular, sobre todo en una ciudad como Madrid donde sí que se conoce el sonido de la c y la z, Acoidán se da cuenta de la fuerza pero también de la dulzura de su acento cuando se lo dice una vendedora de flores en el Rastro madrileño:

“¡Pero que acento tan bonito!

Canario.

Muy hermoso.

Llevo catorce años aquí, pero…

Pero no lo pierdes, ¿eh?

No, la verdad es que…

Si es que lo que se aprende en la tierra…”

Y añade el personaje:

“Esta frase es una bofetada. Me desconecta por un momento de nuestra conversación. Miro su piel morena, los rasgos de sus ojos, su mirada limpia y esa mezcla visible entre africana e india. Siento vergüenza por haber querido esconder mi acento todos estos años. Por suerte, los días en la isla me conectaron con un habla donde no hay tensión, como en el punto cero: se agudizó el seseo, voló el vosotros, se suavizó la ch y volvió, aunque nunca se fue, la aspiración de la ese final”.

La novela o diario literario, como quieran encasillarlo, propone otras tantas reflexiones sobre una gran variedad de temas aunque incide en algunos de los capítulos en la distancia y el vértigo que sintió el protagonista cuando llegó a Madrid y en otros sobre su acento canario:
“Recuerdo que cuando llegué a la ciudad en ocasiones se reían de mí. La oralidad de donde vengo no necesita la ortografía, basta con la música para entender que tesno es un traje elegante, que ajolá es un deseo, que emigraña es un horrible dolor de cabeza. Poner letras, quitarlas o inventarlas es un juego para quien no escribe cartas, para quien conversa a la hora del café o para quien, como mi abuela, no sabía escribir ni leer”.

Algunos días es un libro que se lee en un suspiro, sí, pero que necesita también de una larga y reposada digestión para disfrutarlo. A nosotros nos ha encantado, así que tomen nota de su autor: Acoidán Méndez.

Saludos, la luz sale del umbral, desde este lado del ordenadr

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