Fallece el escritor tinerfeño Jaime Mir, ‘padre’ de la novela negra y criminal con acento canario
El viernes pasado, 23 de mayo, fallecía el escritor tinerfeño Jaime Mir Payá. Y escribo escritor porque pese a que nos dejó solo una novela, El caso del cliente de Nouakchott y un puñado de textos en el primer y último número de la revista Más allá del sur, supo dejar huella, registro que indicaba que ahí había, hubo, un gran escritor.
El protagonista de la novela es Carlos Alberto Rico, aunque todos lo conozcan como Jeque, y en ella se sienta las bases de un noir con acento canario que hoy ya nadie discute pero que cuando irrumpió Jaime con aquel título, casi nadie apostaba entonces por una literatura de género, y menos negro y criminal en estas tierras.
El personaje de Jeque inspiró, ignoro si conscientemente, a José Luis Correa para su Ricardo Blanco, que ya lleva quince entregas, aunque la ciudad en la que desarrolla sus historias sea Las Palmas de Gran Canaria y no Santa Cruz de Tenerife, y su carácter muy pachorrón y no tan inocentemente cínico como sí es el de Jeque. Es probable que ambos personajes sean en este sentido diferentes pero nunca opuestos. Los une además que los dos narran sus historias en primera persona, solo que en el caso de Jaime Mir la mirada del personaje se queda detenida a finales de los 80 del pasado siglo XX.
Es decir, que su retrato de la ciudad está congelado en aquellos años, por lo que es una pena que no sepamos jamás cómo hubiera evolucionado Jeque, pero esto se debe a que Jaime Mir fue siempre un tipo que evitaba el ruido y el famoseo. No se creía ninguna clase de fastos literarios, y mucho menos, por supuesto, lo que se celebran en provincias que son tierras donde se suele reconocer al menos indicado pero, eso sí, con habilidades para hacer amigos. En mi opinión hizo muy bien.
Los que conocemos la novela policíaca contribuimos a que Jaime Mir fuera una leyenda de este género en Canarias precisamente porque no le gustaba estar en fiestas y saraos. Y no era por vergüenza torera. Ni siquiera timidez… El caso es que se sentía extremadamente incómodo en estos ambientes en el que prima más la vanidad que el trabajo bien hecho. Además, entre las muchas virtudes de Jaime estaba la sinceridad, así que te soltaba sin paños calientes lo que pensaba. Como escritor, nunca se tomó demasiado en serio, pese a que fuera el mejor de su generación. Tanto, que creó escuela y derramó su influencia en muchos de los escritores negros y criminales que aparecieron años después que él irrumpiera con su El caso del cliente de Nouakchott.
En alguna conversación me dijo que estaba escribiendo una nueva novela con Jeque de protagonista, pero sí lo hizo lo hizo a desgana. Yo creo que entendía El caso del cliente Nouakchott como un divertimento. Un intento de adaptar la novela negra estadounidense, y sobre todo la más clásica, a una capital de provincias que moría en soledad. Jaime fue además un extraordinario lector, y como pasa con todos los buenos lectores que se ponen a escribir, se preguntaba qué podía él aportar que no hubieran aportado ya los autores que le dejaron huella. En todo caso, ahora leía más ensayos que ficciones.
Me cuesta procesar que ya no esté con nosotros. La última vez que lo vi fue el 23 de abril en la presentación de un libro de mi autoría y me emocionó mucho encontrármelo. De todas formas, era fácil emocionarse con Jaime porque era muy buena gente y esa parte esencial de su carácter se observa en las páginas de El caso del cliente de Nouakchott. Novela que Mariano Gambín tuvo la gran idea de reeditar en Oristán y Gociano hace unos años.
Jaime Mir recibió en 1990 por El caso del cliente en Nouakchott el premio de edición del Benito Pérez Armas. Ese mismo año el de novela lo recibió Yolanda Arenales García Por el tiempo más florido de mi vida. Tuve la enorme fortuna de leer El caso del cliente… antes de que la enviara a concurso, y no dejé de leerla hasta que llegué a la última página. Era divertida, sobre todo gracias a Jeque que es quien nos cuenta este relato que se desarrolla durante su primera parte en Santa Cruz de Tenerife.
Recuerdo que en la presentación de la nueva edición de El caso del cliente de Nouakchott, estábamos en la mesa Mariano Gambín en calidad de editor, Javier Hernández como escritor y quien ahora les escribe, autor del prólogo de la que sin duda es una de las mejores novelas negras que se han escrito en Canarias. Como era de suponer, la estrella de aquella fiesta que era el mismo Jaime Mir, no apareció. Recuerdo que lo daba por hecho así que no me sorprendió, me hubiera sorprendido en todo caso lo contrario.
Jaime fue una especie de J.D. Salinger o Thomas Pynchon de nuestras letras insulares con vocación de conocer mundo. Es decir, prefirió siempre el anonimato. No solo en una carrera literaria que él veía normalita si la comparaba con los escritores/as que formaban parte de su biblioteca. Lo recuerdo entusiasmado hablando de A este lado del paraíso, que fue la primera novela que publicó F. Scott Fitzgerald. O del Marino que perdió la gracia del mar, de Yukio Mishima. Que no asistiera a la presentación no fue una pose, fue la reacción natural de un tipo al que todo ese fasto le resbalaba.
Cuando nos veíamos era habitual que nos regaláramos libros y que habláramos de libros, la situación actual, y otra vez de libros. Se nos iba la mañana, y recuerdo aquella chispa en sus ojos, viva, ajena a la enfermedad a la que llevaba combatiendo de frente desde hacía casi trece años. Un gigante, y un amigo que fue un poco más que eso. A mi me gusta recordarlo como alguien que siempre estuvo ahí. Esa clase de personas que están contigo en los momentos más duros. Que no te deja atrás.
Si a los que tuvimos la suerte de conocerlo nos conmueve enormemente su ausencia, no me imagino el dolor que debe de estar sintiendo su familia. Pero hay que recordarlo como lo que fue: un padre de familia, un profesor de Filosofía, un capitán de barco, un gigantesco contador de historias y un hombre comprometido con una idea profundamente humanista en la que creía, pero eso nunca evitó que quisiera escuchar al contrario. Todo eso y muchísimas cosas más fue y seguirá siendo Jaime Mir.
Un héroe de nuestro tiempo.

