El precio de un ideal, una novela de Kevin Legrá
Algunos consideran las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) como una especie de Gulag caribeño. Un lugar remoto, en este caso situado en lo más profundo de la provincia de Camagüey (Cuba), donde fueron a parar todos aquellos que la Revolución castrista encerró porque desconocían la moral revolucionaria. Es decir, los hijos de burgueses que no habían perdido la memoria del subdesarrollo; homosexuales y creyentes en confesiones cristianas como católicos y testigos de Jehová, entre otros equivocados. Esa gente a la que le costaba y le cuesta tanto aprender.
Esa gente terminó en estos campos de trabajo para cumplir con un severo servicio militar, sometidos a castigos y humillaciones constantes y a un trabajo agotador para recibir a cambio una mala alimentación y un sueldo que no daba para nada, lo que contribuyó a que la mayoría –una vez cumplidos los tres años de servicio– no se transformaran en hombres nuevos como predijo el Che Guevara; una suerte de revolucionario perfecto, que casi parece un cristiano de base por entender la vida con unos valores y una disciplina con la que superar toda clase de obstáculos.
No existen que se sepa demasiados libros sobre las UMAP, y los pocos que hay son los que le han servido de inspiración al joven escritor cubano Kevin Legrá para escribir El precio de un ideal (Galaxia Gutenberg, 2025), quien tuvo conocimiento de estos campos por boca de un amigo de su padre, Orestes Rivero, que es el protagonista de esta novela basada en hechos reales, y que se desarrolla desde finales de los años 50, cuando Fidel Castro y los suyos bajaron victoriosos de la Sierra Maestra, a la visita del papa Juan Pablo II a Cuba a finales de los años 90 del pasado siglo XX.
Un arco temporal amplio, y en el que se produjeron toda clase de cambios radicales en esa isla, la mayor de Las Antillas, que fue capaz de hacerle frente al enemigo estadounidense costase lo que costase. Entre otros costos, que la Revolución castrista abrazara el socialismo de la Unión Soviética, lo que radicalizó el reiterado acoso y derribo norteamericano contra un régimen que hoy sobrevive lanzando desesperados SOS.
La novela de Legrá cuenta todo este proceso histórico con un estilo narrativo bastante plano, en cierto sentido justificado porque si hay una obsesión en esta historia es por narrar más o menos lo que pasó sin dejar demasiadas cosas a la ficción. Esta preocupación, natural si se entiende además que se trata de su primera novela y reconstruye los recuerdos de un amigo de la familia, lastra sin embargo el curso literario de un relato al que le falta calor, o lo que es lo mismo, que el lector se implique en lo que le están contando. Que viva con sus protagonistas el infierno que están atravesando.
Las UMAP estuvieron en activo en los años 60, y nadie sabe exactamente quien dio la orden de su apertura aunque cualquier cosa que pasara en la isla tenía conocimiento el comandante en jefe, y si no él, su hermano Raúl, jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.
En un país tan profundamente militarizado como es Cuba, que derritió el gélido socialismo de la Europa del Este para adaptarlo a la realidad cubana, con una población jaranera, acostumbrada a la abundancia hasta que llegó el comandante y mandó a parar, El precio de un ideal deja un regusto amargo, y no es por un feroz discurso anticastrista, que no lo tiene por otra parte, aunque uno podría entender que estuviera impreso en sus páginas, sino porque la historia, las historias que cuenta, no llega a tocar el corazón.
Se da el caso que uno de sus huéspedes más famosos fue el cantautor Pablo Milanés, personaje que aparece en la novela aunque no se explica el porqué terminó en uno de estos campos, campos donde compuso una canción en la que evoca su estadía en esta especie de infierno tropical.
Tiene El precio de un ideal interés para cubanos y estudiosos en las luces y en las sombras de la Revolución cubana, pero para todo aquel que le resulte indiferente, no va encontrar en este libro una novela que, al modo de otros títulos de denuncia como Archipiélago Gulag, de Aleksandr Solzhenitsyn, no va a convertirse en uno de esos libros condenados a despertar conciencias y a suscitar preguntas. Entre otras, cuándo y cómo se desvanecieron las esperanzas revolucionarias y el porqué ésta acabó devorando a sus hijos.
Entre los atractivos de El precio de un ideal está descubrir a un personaje de confesión católica que va perdiendo gradualmente su fe a medida que pasan los años de encierro aunque parece que recupera la esperanza en Dios cuando el papa visita Cuba, donde ofreció misa en la localidad de Santiago de Cuba en 1998.
Santiago es la ciudad de la que procede el protagonista, pese a que haya nacido en Guantánamo, que apenas llegó a conocer porque siendo muy joven se fue a vivir a esa localidad donde el mar que baña sus costas vio cómo se perdía la escuadra de guerra española cuando Cuba fue la joya de la corona de un imperio que comenzaba a darle risa al resto de las potencias mundiales.
Con sus aciertos y desaciertos, El precio de un ideal forma parte ya de la bibliografía, aún muy escasa, de estos campos de castigo. Pero debe servir de reflexión para que cosas así no vuelvan a repetirse y de cómo debe de sentirse uno al ser estigmatizado por lo que cree y por lo que siente.
No deja de resultar en este sentido una cruel y perversa ironía que la frase que recibía a los castigados en las puertas de entrada a los campos de la UMAP rezara la siguiente leyenda: El trabajo los hará hombres.
Saludos, hasta la victoria…, desde este lado del ordenador
