Corazones de lobo, una novela de postguerra de Javier Reverte
El escritor Javier Reverte dejó varios libros terminados antes de fallecer. Entre estos títulos, un libro de memorias, Queridos camaradas, y uno de viaje, La frontera invisible. Ahora, hace apenas unas semanas, han aparecido dos nuevos trabajos del periodista. En uno de ellos, El hombre del río, regresa a la literatura que lo hizo famoso y que le debe en parte haber popularizado el género de la literatura de viaje en España, en esta ocasión narrando con su pulso habitual un trayecto por el río Amazonas siguiendo las huellas de Francisco de Orellana; por otro, presentando también una novela de ficción, Corazones de lobo, que abandona uno de los escenarios que le gustaba recrear en sus ficciones, la Guerra Civil, para situar ahora al lector en una no ya tan inmediata postguerra, ya que sitúa el relato en la capital de España en 1952, en plena postguerra, mientras los norteamericanos comienzan a coquetear con el régimen de Franco.
Aquella nueva España gobierna los destinos de un país al que le cuesta levantar la cabeza después del descalabro bélico que llevó a combatir a hermanos contra hermanos, y tras la victoria, a que los que triunfaron coquetearan con la Alemania nazi, aunque este coqueteo tuvo su final cuando estuvo claro que Hitler no iba a ganar la Guerra en Europa.
En este escenario, en una capital de España que aún conserva las cicatrices de la Guerra Civil, desmoronada y que pasa mucha hambre, se mueven los protagonistas de este extraño relato policial, escrito de manera bastante lineal, y que pone acento en los rigores de unos años en los que la población no solo era capaz de vender a sus seres queridos por un trozo de pan, sino que vivía con miedo a ser detenida por una policía que se dedicaba a perseguir a los rojos.
Reverte hace, no obstante, un distingo entre los policías que perseguían y torturaban –la brigada político y social– y la que se dedicaba a hacer su trabajo, el de toda la vida, detener a delincuentes al margen de lo que pensaran. En estos dos polos, se encuentran los protagonistas de esta historia, Arturo Rufete, un malnacido de la Brigada Político-Social, y Ricardo Valor, de la Brigada Criminal, un hombre de honor para quien la guerra finalizó en 1939.
Ambos verán sus destinos unidos al investigar un extraño asesinato, el de un norteamericano cuyo cadáver aparece junto al de un caballo y un perro igual de muertos. Otros personajes que aparecen en la novela son el coronel Julián Díaz de Gonzaga, jefe del Regimiento de Caballería Villaviciosa número 14, en Alcalá de Henares, donde vive con su joven esposa, Alba, una mujer cuya belleza apaga y silencia todo lo que hay a su alrededor, y que maneja a su alcoholizado esposo que bebe los vientos por ella.
El pasado que arrastra la joven protagonista está marcado por el signo de la tragedia, así que Javier Reverte configura a una peculiar mujer fatal porque será ella la desencadenante de una historia que comienza casi como una de aquellas inolvidables novelas populares que se vendían en los kioscos, el apellido del protagonista no oculta este espíritu, Valor; así como tiñe una atmósfera con cierto aroma a El tercer hombre. De hecho, y entre las similitudes, está que la novela se desarrolla en plena postguerra, se investiga también el tráfico penicilina adulterada en el mercado negro y que la escena final transcurra en un cementerio. Solo falta que de fondo suene la citara de Anton Karas.
Con todos estos elementos, y algunos detalles digamos que más o menos simpáticos con los que espolvorea el carácter de sus personajes (hace que el odioso comisario Rufete de la Brigada Político-Social salpique sus diálogos con citas de William Shakespeare) uno tiene la sensación que Corazones de lobo está escrita con demasiadas prisas ya que casi parece el borrador de una novela y no solo por la manera en que está escrita sino por la brevedad de muchos de sus capítulos, que parecen más apuntes que desarrollos de un relato que finaliza de forma cuestionable, aunque en él, Javier Reverte rinda homenaje a sus lecturas de infancia y adolescencia, novelas de aventuras que marcarían su carrera no ya solo como periodista sino también de viajero, literatura que contribuyó a popularizar en un país que hasta ese momento permanecía alejado de ella.
No es Corazones de lobo la mejor novela del escritor, y mucho menos la mejor novela que dedicó a la Guerra y a su dolorosa postguerra, aunque hay un eficaz retrato de un Madrid que pinta en blanco y negro. Un Madrid en el que la población pasa penurias y mucha hambre. También una represión no solo a lo que se piensa sino al sexo. Y sexo hay mucho en esta historia de triángulos que se hacen y deshacen, también de doble moral, y de ocultar lo que se es. Valor es homosexual, hundiéndose más en las sombras que inundan una ciudad donde nada es lo que parece.
Los ecos de la Guerra Civil resuenan de fondo, aunque solo es para destacar que aquella guerra de locos la ganaron unos y no otros. Y que esos unos son los responsables de castrar a un país no sabe uno bien con qué avisas intenciones.
A modo de testamento quizá no sea la mejor despedida de un periodista y escritor que dejó huella entre los que lo conocieron personalmente o a través de su literatura, pero cuenta con páginas en las que ruge el mejor Reverte, el hombre bueno y viajero. Un tipo que supo ver más allá de las tinieblas con las que retrata una capital de España en la que el blanco y negro es más negro que blanco. Corazones de lobo es una novela que deja algunos interrogantes sueltos y que no termina por definirse. Hay humor, sí, pero es muy negro y algo rocambolesco.
Saludos, gracias, maestro, desde este lado del ordenador
