La hija de Yemayá, una novela de Belkys Rodríguez Blanco
La Habana de finales de los años 50 forma parte del imaginario colectivo gracias a la labor desarrollada por periodistas y escritores como Guillermo Cabrera Infante. De hecho, la representación de la capital cubana de aquel entonces como una ciudad que nunca duerme y en la que la fiesta era continúa le debe mucho a la narrativa de Cabrera Infante, un escritor que supo vendernos su Habana. Aquella Habana por la que circulaban espectaculares coches norteamericanos y personas de toda raza y condición. Mientras tanto, en la Sierra Maestra peleaban los rebeldes y en las ciudades organizaciones revolucionarias con un sentido del sacrificio que hoy continúa desarmando…
En esta ciudad y en la Navidad de 1958 transcurre La hija de Yemayá, (Editorial el ateje, 2025) una novela de la escritora cubana Belkys Rodríguez Blanco, que no conoció aquella Navidad porque no había nacido así que la que muestra y por la que callejea está inspirada por la visión de Cabrera Infante y también a través de películas como El padrino II, que cuenta con un episodio cubano que se desarrolla la misma fecha del mismo año que la novela de Belkys y Havana, una versión de Casablanca romántica y retro protagonizada por Robert Redford.
En este ambiente se mueven los personajes de La hija de Yemayá, todos ellos avanzan o retroceden en una ciudad luminosa y festiva pero también oscura y casi primitiva bajo sus sombras. La Habana es el eje a través del que se articula esta novela, una capital que está a punto de celebrar un final de año que lo cambió todo para la ciudad como para Cuba. Y en la novela se la callejea mucho, aunque no con el forzado entusiasmo del guía turístico sino de alguien que la conoce a fondo.
Novela cubana y negra y criminal no porque quiera resolver un caso ni criticar la corrupción de un sistema, que también, el espíritu interno que anima a La hija de Yemayá es contar varias historias que se desarrollan en una ciudad que tuvo un pasado esplendoroso pero que mantenerlo le costó demasiadas vidas humanas, muchas por muerte violenta.
Se trata de un libro muy cubano, se aprecia por los detalles más insignificantes, y también por la fe que profesan algunos de sus protagonistas: la santería. Yemayá es la reina del mar y madre de todos los orishas dentro del rico panteón de deidades de la religión yoruba y que se sincretizó con la Virgen de Regla católica. Es interesante que su nombre aparezca en el título porque el mar, y La Habana tiene un frente de costa de los más hermosos del planeta, está presente en la novela no con la misma fuerza que la ciudad pero sí que está ahí, entre otros elementos que refuerzan la cubanía de la autora quien, pese a no conocer la época en la que ambienta la historia porque todavía no había venido a este valle de lágrimas, sí que conoce algunos de los secretos que celosamente guarda la ciudad aunque el contexto en el que se desarrolla la acción sea de otro tiempo, quizá mejores económicamente pero no me atrevería a decir lo mismo en otro sentido.
Tampoco creo que el paso de los años haya contribuido a que mejorasen las cosas sino más bien al contrario. En todo caso, y me entero porque así lo leo en la contraportada, esa ciudad soñada por Belkys Rodríguez Blanco plantea una fantasía que, reitero, no he pillado mientras leía el libro, probablemente porque me sentí fascinado ante las luces y las sombras que recrea de La Habana de finales de los años 50, y es que la novela plantea un escenario en el que el triunfo de la revolución castrista no se alcanzó hasta el siglo XXI.
Esta circunstancia no me quitó el sueño mientras leía esta novela coral y profundamente femenina, historias en las que la narradora explota con acento una sexualidad en ocasiones exuberante y casi prohibida en los años que hablamos (me aferro, lo siento, a finales de los 50); mientras describe la corrupción de un modelo enfermo de la cabeza a los pies, es decir, desde las alturas, con un protagonista secundario que es un importante político más preocupado por satisfacer sus placeres privados que en mejorar la vida de quienes lo votaron, a un proxeneta (que a mi me recuerda al legendario Alberto Yarini, que si bien era habanero, murió mucho tiempo antes de 1958) que explota a mujeres que no desea sexualmente.
Por otro lado, aparecen muy al fondo los gringos, pero no se describe –ese no era el propósito– la influencia benévola pero también perniciosa que tuvieron en Cuba aquellos años en los que la isla llegó a conocerse con el nombre del Prostíbulo del Caribe. Habría que averiguar quién la acuñó porque en aquella fiesta que parecía no tener fin, con todas sus grandes y pequeñas tragedias, también hubo espacio para otras historias. Historias sentimentales y bonitas, de amor en el sentido más amplio de la palabra. Y también de sacrificio cuando la llamada generación del centenario decidió combatir con las armas una dictadura como fue la del general Fulgencio Batista que, vista desde la distancia, fue otra cosa que la que narró la literatura castrista.
Pero claro, y tal y como pasa en el libro, la historia la escriben los vencedores aunque en la novela de Belkys Rodríguez ganar, ganar no gana casi nadie. Salvo los lectores, claro.
Saludos, pero de pronto se acabó la diversión…, desde este lado del ordenador
