
La carrera literaria de Sergio del Molino (Madrid, 1979) comienza en 2009 con la publicación de Malas influencias aunque el éxito vino ocho años después con La España vacía, que se convirtió en uno de los libros más comentados de las últimas décadas en este país. En 2021 continuó la senda con Contra la España vacía, que no debe de leerse como una continuación de la primera. Sergio del Molino es autor además de Un tal González y una novela, Los alemanes, por la que obtuvo el Premio Alfaguara 2024.
El escritor y periodista fue uno de los invitados del Festival Hispanoamericano de Escritores, que se celebró en Los Llanos de Aridane del 22 al 27 de septiembre, y que reunió a un granado grupo de poetas y narradadores en una edición que estuvo dedicada a España.
- ¿Hasta que punto el periodismo ha influenciado en su literatura y la literatura en su forma de ejercer el periodismo?
“Yo creo que está todo muy mezclado. Creo en los movimientos estancos y creo que un escritor es lo que se ha formado, y yo me he formado en el periodismo, vengo del periodismo, y esa parte no la puedo copiar ni la puedo extirpar de ninguna manera, es mi aprendizaje, lo que ha influido mucho en mi manera de mirar el mundo. Yo soy un periodista que mira, me he definido, de hecho, como un paseante, y eso tiene muchas correlaciones con la mirada del periodista, de la persona que mira, observa lo que ocurre e intenta transmitir una mirada lo más fiel posible, lo más fiel a su mirada, no a la realidad, a lo que ve, que es lo que hace un periodista y en buena medida eso lo he trasladado a mi literatura, o a una parte de mi literatura. O sea, que está muy replicado con otras cosas, y con otros juegos, y con la ficción, pero eso está en mi literatura, y, por supuesto en lo que ahora hago que podríamos llamar periodismo aunque no lo considero así, que es la predicación, la predicación desde mis columnas y mis interpretaciones en la radio, que tienen una raíz literaria profunda. Yo concibo esa parte de mi trabajo como parte de mi obra literaria. Creo que está todo muy mezclado, pero bueno, yo vengo de ahí, yo vengo del periodismo. Hay otros escritores que vienen de otros sitios, y les influyen otras cosas. A mí, mi mirada periodística es lo que ha conformado la base de mi literatura”.
- ¿Y por qué dice que escribir columnas no es hacer periodismo?
“Porque son géneros periodísticos. Son géneros periodísticos, pero para mí, creo que el periodismo tiene un compromiso de observar y mirar que no posee la columna. Creo que la columna tiene una perspectiva mucho más literaria y analítica que narrativa. La mirada del columnista creo que no prevalece sobre la columna, y es una mirada en buena medida externa al periodismo. El buen columnista es un intruso. El buen columnista tiene que ser una persona que tiene un pie fuera del periódico en el que escribe y un pie dentro. Pero no es una parte orgánica de ese periódico, es un invitado, un intruso o un polizón. Y eso se hace también desde fuera del periodismo. Creo que el periodismo, como yo lo entiendo, se ejerce con un compromiso con el medio en el que lo hace y con un pacto de lectura muy diferente que el que tiene una columna de opinión, que es un pacto más parecido al que puedes encontrar en una historia de ficción. Por eso no lo considero periodismo, porque tengo mucho respeto hacia lo que es el periodismo. Creo que es mucho más trabajoso, que tiene otras connotaciones y otros códigos que los columnistas no estamos obligados a aceptar. Eso no lo hace ni mejor ni peor, ni una cosa ni otra pero sí que el columnismo es un género ultraperiférico del periodismo”.
- Y en un mundo dominado por las tecnologías, la inteligencia artificial –para unos una amenaza y para otros una oportunidad– ¿hasta qué punto cree que va a afectar al ejercicio, no solo del periodismo, sino también de la literatura?
“No soy muy partidario de los vaticinios porque además no se suelen cumplir. Cuando ves a los futurólogos diciendo cómo van a cambiar las cosas, pues está muy bien guardarlo para dentro de diez años y comprobar en todo lo que se han equivocado. El libro, por ejemplo, lo han dado por muerto desde hace treinta años y ahora mismo es la parte de la etiqueta cultural más relevante y que más ha crecido, por encima del cine y de otros. Creo que hay que coger las previsiones con mucha prevención, y yo no soy nada bueno haciéndolas. Pero sí que me permito matizar un poco el entusiasmo que hay ahora mismo con la inteligencia artificial, porque evidentemente sí que va a afectar. Probablemente ya está afectando. Ya hay una afección grave, por ejemplo, con las búsquedas. El hecho de que la inteligencia artificial esté en el cogollo de las búsquedas ha afectado y afecta a las cuentas de resultados de las empresas. Lo que se está viendo es que la inteligencia artificial es muy buena indicando. Yo creo que es muy buena trabajando sobre repertorios ya hechos y que puede hacer un periódico porque sabe cómo se hacen los periódicos porque puede aprender que hay una tradición periodística, y de esa tradición aprender a hacer crónicas, puede aprender a hacer también columnas de opinión, por supuesto, y aprender a escribir novelas, repertorio de novelas. Lo que no parece que se le dé bien es innovar, esa cosa tan humana, y ni la casualidad de por qué surgen las cosas, por qué surgen los avances en el arte, por qué surgen los avances también en los medios de comunicación”.
- ¿Y por qué surgen?
“Pues surgen por tonterías, por cosas, por casualidades y por hallazgos de la creatividad que son capacidades intrínsecamente humanas, y que parece que la inteligencia artificial no está preparada para eso. O sea, tú le dices, hazme algo a la manera, o escríbeme a la manera de Sergio del Molino, y a lo mejor podrá, pero si coge todos mis libros, pues mira mi estilo y puede hacer algo que da el pego, ¿no? Pero no creo que se le pueda ocurrir de la nada un libro, algo que no esté ya leído, creo que no, en ese sentido yo estoy muy tranquilo, porque pienso que eso puede afectar mucho, o puede acabar con mucha literatura del mundo, y muchas historias absolutamente previsibles, que yo creo que ya no eran humanas, que eran ya muy mecánicas, tenían mucho de inteligencia artificial, pero es un momento bueno para quienes creen en lo imprevisible. Y yo creo que la inteligencia artificial no podía haber previsto el éxito de un libro como El Infinito en un junco, por ejemplo, el éxito de un libro que habla sobre los libros antiguos, luego le das las coordenadas y dices, hazme un best-seller, pero nunca jamás en millones de años procesando datos le habría salido El infinito en un junco, esa impredecibilidad, el por qué de repente todo el mundo se enamora de un libro sobre los libros antiguos, eso no está dentro de ningún algoritmo ni es previsible por ninguna página, por muy sofisticada que sea, porque nadie es capaz de prever eso, y el arte está lleno de descubrimientos así. El arte está hecho de esos descubrimientos, por lo cual yo creo que igual será una catástrofe en mucha medida, pero también servirá para la integración de la gente. Estoy bastante tranquilo en ese aspecto, no me siento afectado”.

- En 2016 publica La España vacía, que resulta todo un éxito. Dos preguntas dentro de una: ¿cómo se le ocurrió la idea de escribir La España vacía y cómo se gestiona el éxito que alcanzó, teniendo en cuenta que usted ya contaba con una trayectoria literaria?
“Sí, contaba con una carrera literaria que estaba dentro de la ejecución literaria, que eso es como guardar un secreto en España. Bueno, yo creo que los libros no tienen un momento Eureka, no hay un momento en el que tú dices voy a escribir y a ponerme a hacer un esquema, unos capítulos y empiezo a escribirlo. Los libros van madurando, van madurando de una forma en buena medida inconsciente, porque La España Vacía es un libro en el que me enfrento a la necesidad de escribirlo cuando soy consciente de la fascinación por el paisaje del interior de España y no encuentro que eso esté en la discusión pública y me dispongo a intervenir en ella con una cosa que a mí me parece que es importante y a la que nadie está prestando atención y que ha formado parte de mis obsesiones durante muchísimo tiempo, de mis lecturas y se ha ido macerando y poco a poco voy teniendo la noción de escribirlo y conforme en el momento en el que he decidido hacer ese ensayo cultural, ese ensayo revisando mis obsesiones por el paisaje, por la literatura, por las miradas a esa parte en buena medida invisible de España, pues el libro va cogiendo forma solo. Cuando ya me planteo escribirlo en realidad lo tengo ya bastante escrito en la cabeza”.
- ¿Y cómo se gestiona el éxito?
“El éxito del libro no se gestiona. Lo sufres o lo vives, pero no hay una capacidad de gestión. Lo único que yo he hecho y lo único que me propuse y de lo único que estoy orgulloso de todo lo que ha pasado en estos casi diez años es que no me he dejado arrastrar, he sido capaz de no dejarme arrastrar por la tentación de ser un gurú, ni por la tentación política. Había un riesgo porque era relativamente fácil que yo acabara en eso pero no me interesaba en absoluto. De lo único que estoy orgulloso es de haber elegido, dentro de todo lo que vino, de haber podido mantenerme firme en mi postura de escritor, de haber dicho que yo no represento a nadie, que no soy la voz de nadie y que soy un señor que decide una cosa y voy a seguir decidiendo cosas que a mi me preocupan y las comparto en la plaza pública con quien quiera verlas. Eso que es tan sencillo me parecía muy difícil de hacer en un momento cuando mucha gente reclamaba que fuera la voz de sus reivindicaciones, la voz de lo que ellos creían. Y luego si hubiera sido yo en ese momento pues ahora no estaríamos hablando porque sería otra persona, no habría escrito los libros que escribí después. Eso es resistir. Yo lo que he hecho es mantenerme en la orilla. Y eso no es gestionar, eso es sobrevivir”.
- ¿En su labor literaria encuentra temas recurrentes?
“Me doy cuenta de otras cosas que yo antes de escribirlas me cuesta ver. Yo me doy cuenta de que ya tengo unos cuantos libros, ya tengo una carrera y veo, cuando miro un poquito atrás veo que tengo algunas obsesiones que van saliendo recurrentemente. Una constante es que no voy a sitios completamente inesperados. No juego con las expectativas del lector en el sentido de que si alguien espera que siga por el camino que dejé en el libro anterior pues generalmente no suele ser así y dentro de esa variedad hay unas obsesiones de fondo que se van expresando de forma distinta y una de ellas es la búsqueda de la identidad, la búsqueda de una forma de vincularte a la comunidad desde el individuo. Y eso tiene que ver con que yo me siento un poco desarraigado en general. Me siento en buena medida desvinculado de muchas de las cosas que son importantes para la gente y que tienen que ver con el sentimiento patriótico, con el sentimiento de pertenencia, de arraigo. O también incluso con la sensación de vacío de no reencontrar a tu tribu. Esa falta de tribalismo está presente en muchos personajes de ficción y está, por supuesto, en La España vacía y en mis ensayos, solo que expresado de muchas formas. Yo siempre me he sentido un bicho raro que no encuentra su sitio. Creo que eso tiene que ver con la condición misma del escritor. Nos pasa a muchos, es decir que si no eres un poco el bicho raro, no te metes en la literatura aunque hay escritores que están muy integrados y se sienten muy bien en el mundo en el que viven y no se les ponen peros. Son las reinas del baile. En mi caso, cuento con un repertorio de temas de los que me voy dando cuenta con el tiempo. Yo soy muy torpe para darme cuenta de lo que estoy escribiendo. Escribo de una forma bastante intuitiva y luego, con el paso de los años, me voy dando cuenta”.

- Quería preguntarle también sobre el desarraigo, que está muy presente en Los alemanes.
“De hecho , Los alemanes no lo hubiera escrito si no hubiera tomado confianza de que ese desarrollo era muy importante en mi obra. Me parecía una exploración desde la ficción que no la había ensayado de forma tan natural hasta Los alemanes. Ahí es cuando me acordé de la historia de estos alemanes de 1916 que tenía aparcada y con la que tenía una deuda porque no había conseguido llevarlo a la novela. Los alemanes trata de gente que está fuera de su sitio, que está fuera de su país, que está fuera de su tiempo. Son gente que vive en la anacronía y fuera de lugar, viven en patrias inventadas y en siglos que no existen. Y eso a mí me fascina mucho. Me siento no solo desplazado en el espacio, sino en el tiempo. Me siento muy extranjero en el tiempo que me ha tocado vivir. Ahora, por el libro que estoy escribiendo, estoy viviendo mucho en el siglo XIX salvando la sífilis, las enfermedades y la falta de antibióticos”.
- Hablando del siglo XIX, creo que tiene un libro sobre Calomarde.
“Es un personaje que me llamó mucho la atención y fue un personaje secundario de la España vacía. A mí siempre me ha gustado. Se trata además de un personaje de la historia de España muy poco explotado y al que incluso los historiadores del carlismo tampoco le han prestado demasiada atención. Es un señor del que sólo se sabía que en 1832 la infanta Carlota le había dado un bofetón por haber intentado participar en una conjura. Los de Ediciones del KO, que son muy atentos y muy listos, me llamaron y me dijeron ‘estamos haciendo una colección de héroes y villanos de la historia de España. Que sean personajes secundarios y puedan ser tanto buenos como malos. En tu caso, evidentemente, el palo va por la puerta de los villanos’. Y entonces me propusieron hacer una biografía de Calomarde. Y me pareció divertidísimo. Les dije que sí. Y me puse a estudiar el personaje. El resultado más que una biografía, es un perfil periodístico. Casi un perfil literario del personaje. Pero si no me lo hubieran propuesto ellos, no lo hubiera hecho”.
- Y Un tal González.
“Nada que ver. Calomarde es un perfil literario de la época más que nada pero Felipe González es un personaje vivo al que, por un lado, intenté tratar como un personaje histórico y, por otro, lo atraje al proyecto. Hablé con él e intenté subrayar que es un personaje vivo. Es un personaje histórico que ya, para mí, su influencia en la historia de España tuvo una fecha límite por lo que el tal González que aparece ahora creo que es un tal González que olvidaremos y que no tiene sustancia histórica. No tiene influencia en la historia pero a la vez es un personaje vivo. A mí es lo que me estimulaba, el poder tratar como un personaje histórico a alguien que está vivo y alguien que provoca una división de opiniones y unas pasiones tan enconadas en España. Cosa que no ocurrió con Calomarde. Calomarde es un personaje que a nadie le importa y no cuenta con calomardistas, Felipe González es memoria, pero es memoria viva en un país especialmente pasional como es España. Es un libro que disfruté muchísimo y me parece que la tradición española necesita que los escritores hablen del pasado reciente, del pasado que todavía es vivo pero somos muy cómodos, comodidad que me da un poco de pena. Yo creo que esa comodidad no la tienen los franceses, ni los ingleses. Están mucho más acostumbrados a hablar de las cosas cuando todavía están vivas y la literatura tiene que avanzar. Tiene que meterse dentro de esos asuntos y de esos barrizales, pero no lo hacemos en España, aquí esperamos a que las cosas se enfríen y no hagan daño a nadie”.
- ¿Y por qué cree que existe ese rechazo entre los escritores españoles el ocuparse de estos temas?
“Creo que porque somos una democracia que no terminó de aceptarse bien y aunque parezca que hay una literatura muy feroz o muy comprometida, en realidad la literatura española es bastante apolítica en el sentido de que no suele meterse en los marrones en los que me suelo meter yo y que sí que lo vemos en los franceses y en los italianos. Hay un ejemplo, Leonardo Sciascia, que es un poco mi modelo cuando estoy escribiendo Un tal González. El caso es que todavía somos muy infantiles y muy de banderías a la hora de participar en el debate público y nos cuesta mucho salir del rincón porque no tenemos esa solidez democrática que tienen otras sociedades europeas porque llegamos a la democracia demasiado tarde”.
- ¿Sería capaz de analizar otros personajes políticos españoles actuales como José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero el actual presidente Pedro Sánchez?
“Sí, pero no me interesa. Pero sí, por supuesto, pero no hay ninguna figura en la política contemporánea comparable a González. El atractivo que tenía fue su excepcionalidad. Es alguien que es muy difícil de comparar con otros. Los demás, los que me ha citado son presidentes más o menos polémicos, más o menos queridos, más o menos odiados, pero no son la palanca de un cambio brutal, no representan dentro de la historia de España lo que representa el gobierno de González”.
- Pienso en Adolfo Suárez.
“Adolfo Suárez está sobrevalorado. Fue una figura muy interesante, pero creo que quien realmente inicia el cambio y consolida el cambio democrático en España es Felipe González. Suárez tiene un interés como personaje en sí mismo, porque es un tipo ambiguo, un tipo escurridizo que viene del franquismo y luego se vuelve demócrata, pero demócrata de centro, que no sabemos muy bien qué es eso. No tiene el peso histórico que tiene Felipe González. Felipe González tiene todo eso, pero a la vez tiene el legado histórico, un legado histórico enorme. Figuras como Adolfo Suárez las encuentras en muchos regímenes políticos y en muchas circunstancias. Fue alguien que hizo siempre equilibrios para mantenerse en el poder y podía ser demócrata como no serlo. Eso es muy interesante, pero es más interesante como figura metafórica. A mí de Felipe González me interesa que representa muy bien el cambio de la sociedad española. Cuando quieres contar la historia de España, Felipe González es una figura mucho más atractiva”.
- En 2021 publica Contra la España vacía, ¿es una segunda parte de la misma historia?
“No, es un intento o sea, un ensayo en la manera etimológica de lo que es un ensayo. Es decir, un intento de pensar, un intento de reflexionar sobre la parte menos discutible y más política de la España vacía que tiene que ver con la construcción de España como comunidad política. La parte que a mí me interesaba del libro y de la que menos se habló es la que estaba al final y que era la parte que a mí, políticamente, me llamaba, sobre todo en el contexto extremadamente híperporalizado, como ahora, en que apareció. Entonces esa crispación tan brutal que estaba creciendo en ese momento y aún con los coletazos de lo que había pasado en Cataluña… Creo que estábamos intentando reorganizar el mapa político de España y me pareció que retomar esos argumentos y ponerlos a prueba con todos los debates que había habido en esos cinco años desde la salida de La España vacía, y en los que yo a veces había participado, me pareció que era una oportunidad para poder retomar la discusión”.