Airfix

Es probable que se escribo Airfix le suene a más de uno que haya cumplido vamos a decir que una edad venerable. Arirfix fue el nombre de una marca de juguetes británica que se especializó en maquetas, sobre todo de aviones y tanques de la II Guerra Mundial, así como de soldaditos de plástico en dos escalas, 1:32 y 1:72, que hicieron las delicias de millones de niños, que además de llevarse a casa aquellas cajitas con tan preciado contenido, tenía toda una gama de complementos con los que recrear en casa algunas de las batallas más famosas de aquella guerra cuyos ecos y sobre todo muertos siguen llegando como olas incansables a una actualidad como la nuestra que no sabe muy bien si está asistiendo al fin del mundo o al juego cada vez más diabólico de una guerra fría en la que no está muy claro quién es el enemigo.

Los primeros soldaditos de Airfix que llegaron a mis manos no fueron sin embargo los correspondientes a la II Guerra Mundial sino los de la época napoleónica. En escala 1:32. Tuve la enorme suerte, además, de que a mi hermano la encantaba pintarlos, así que los casacas rojas (infantería inglesa y escocesa) como los casacas azules (infantería francesa y guardia imperial) estuvieran impecablemente uniformados mientras los colocaba en orden de batalla. Al final, reunimos un importante ejército de hombres al mando de Wellington como de Napoleón,aunque las guerras en los que los metí, terminaran por despintar los uniformes de la mayoría de aquellos héroes de plástico que todavía conservo como oro en paño.

Respecto a las distintas armas de los ejércitos que participaron en la II Guerra Mundial, tenía a los alemanes, que incluía también a los paracaidistas (pintados con notable pericia por mi hermano) y los italianos, que conseguí ya muy tarde, cuando ni siquiera jugaba ya a los soldaditos aunque a mi me gustaban especialmente los japoneses, los australianos y los gurkas. También los soviéticos, con los que recree batallas fantásticas después de haber visto La cruz de hierro (Sam Pekinpah, 1977), que fue una película que a la chiquillada de mi generación marcó probablemente porque por una vez nos contaban la guerra desde el punto de vista de los que siempre eran los malos, los alemanes, y en un frente que pocas veces habíamos visto llevado al cine al menos a este lado de occidente: el ruso.

También estaban los soldaditos estadounidenses, infantería y paracaidistas, y británicos, con los paracas de boina roja que al final resultaron ser uno de mis favoritos, favoritos. Hubo más, como las tropas alemanas de montaña, que nunca tuve; el Afrika Corps y el Octavo Ejército británico, con los que me organicé historias que desarrollaba en algún lugar del Sahara. O Sáhara. Más tarde sacarían cajitas con tropas alemanas y británicas actuales que estaban muy bien aunque uno tenía que romperse la cabeza para imaginar choques entre ambas armas, ya que en la vida real eran aliados de la OTAN.

Uno de los recuerdos más dulces de mi infancia era ir con un amigo a la Casa de la Portuguesa que era donde vendían aquellas cajitas junto a otras de maquetas de aviones, barcos, tanques, camiones… Uno solía dejar que pasara el tiempo mientras miraba y remiraba aquellas estanterías repletas de juguetes, y me resulta muy difícil describir la emoción que nos embargaba cuando en una de las esquinas de aquellas cajas aparecía la etiqueta New. Los paracas alemanes de la II Guerra Mundial tenían esa etiqueta, y aparecieron si no me equivoco poco tiempo antes de que estrenara en cines (entonces las películas se estrenaban en cines) Ha llegado el águila (John Sturges, 1976).

Ir a la Casa de la Portuguesa era emocionante. Uno daba un rodeo para evitar la calle de Miraflores en la que trabajaban mujeres de mala vida que dirían los puristas. Recuerdo pasar por un callejón que todavía existe en ese entramado de calles y callejuelas que domina la zona, y ver colgado de un cable a un largarto. Aquel descubrimiento fue una de esas tantas sorpresas que uno se lleva de joven, cuando todo adquiere una dimensión gigantesca por pequeña que resulte a otros ojos, sobre todo, los que han cometido el pecado de crecer demasiado pronto.

Hace de todo esto casi mil años, pero es que ayer, hablando con uno que siente igual o mayor afición por aquellos soldaditos de juguete que tan feliz me hicieron, obligó a que pensara en un trozo de mi adolescencia que creía perdido pero que volvió a mi cabeza cuando conversé con ese tipo, que además viste de uniforme cuando lo llaman porque hace recreaciones militares.

Pero que nadie se llame a engaño. Jugar a batallas, recrear conflictos con esas figuritas no me hizo seguidor de guerras. De hecho, no me gusta la violencia, ni la física ni la verbal, pero eso no quita que, como escribió Francis Scott Fitzgerald en A este lado del paraíso, pese a que huya de todo aquello que hiede a orden y disciplina, aspectos que se suelen asociar a la vida militar, me emocionen cosas tan peregrinas como ver a la tropa desfilar bajo el acompañamiento de una trompeta. Y si visten como en las guerras napoleónicas tanto mejor proque resultan todavía trajes vistosos, coloridos, impropios para que uno al lado de la línea en la que combatiera, se lanzara hacia adelante gritando ordinarieces mientras espera el final de su vida bajo una lluvia de balas y cañonazos que levantan la tierra como un volcán.

Pero en fin, otro día, como decían aquellos humoristas vestidos de chaqué, bombín y sombrero de copa sobre sus cabezas, hablaremos del gobierno.

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