Kevin R. Wittmann: “Un mapa es una manera de organizar el asombro”
Kevin Rodríguez Wittmann es un apasionado de los mapas, de toda clase de mapas ya que si se lee La huella de los mapas. Cartografías de los humano (geoPlaneta, 2023), uno descubre que los mapas no son solo de papel. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de La Laguna resultaba natural que se doctorara con una tesis que hablara de mapas, El imaginario oceánico. Las islas del Atlántico meridional en los mappaemundi medievales, ya que desde entonces le han acompañado no solo en su vida académica. La lectura de este libro servirá para que descubran, como fue nuestro caso, la variedad de mapas que han marcado la historia de la humanidad y que acompañan al hombre desde hace siglos y según la cultura la de hacerse una idea de una percepción del mundo que igual es muy diferente a la de su vecino.
- ¿La huella de los mapas?
“Me di cuenta de que de alguna manera los mapas dejan huellas y que plantean un camino bidireccional porque nosotros dejamos huellas en los mapas también como creadores y creadoras de esos mismo mapas y como personas que los consultamos. Y eso nos deja huellas en el sentido de que nuestra visión del mundo, de forma consciente o inconsciente, está muy determinada por los mapas y la visión cartográfica. Hablo desde el punto de vista quizá más obvio ya que los mapamundis que estamos acostumbrados a ver desde niños y niñas, desde que estamos en el colegio, en realidad no representan el mundo al cien por cien pero es que ningún mapa puede hacerlo. En cualquier caso nuestra percepción del espacio, nuestra idea, no solo del mundo, de territorios lejanos, sino también de nuestro alrededor está bastante condicionada por los mapas que hemos visto, los que hemos aprendido y los que vemos a diario de manera quizá inconsciente”.
- Entiendo entonces que el subtítulo del libro, Cartografías de lo humano, va en esa línea?
“De alguna manera cartografiar, ver mapas, entenderlos, aprender de ellos y con ellos, es una de esas cuestiones que nos hace humanos. Es muy importante el carácter plural del término cartografía, porque no hay solo una cartografía, sino muchas cartografías, sobre todo si tenemos en cuenta que hay casi tantos mapas como personas habitan en el mundo, porque todos y todas pertenecemos a una percepción del espacio y a una percepción de la realidad geográfica bastante particular. Yo siempre cuando me toca hablar de estos temas, en clases, en seminarios, suelo poner el ejemplo que nosotros conocemos el recorrido de nuestra casa, la organización de nuestro hogar de memoria, de tal manera que de noche o de madrugada, apagada la luz, sabemos, creo que de forma relativamente clara, dónde está cada cosa, dónde está cada habitación. La idea es que nuestra percepción del espacio cercano, del espacio familiar, es una forma de pensar bastante cartográfica. Por eso escribo Cartografías de lo humano porque hay muchísimos, miles de tipos de mapas a los que nos podemos acercar y esa es un poco la idea del libro, salir de esa visión que no deja de ser una visión occidental, una visión eurocéntrica, de considerar mapas, por ejemplo mapamundis, los famosos mapamundis de Mercator que hemos visto desde niños, sin tener en cuenta que hay muchísimas formas de cartografías”.
- ¿Y eso por qué?
“Porque partimos de la base de un mapa, esto te lo dirá cualquier cartógrafo, y no hay ningún mapa, ninguna proyección cartográfica que sea cien por cien real, ya que físicamente es imposible trasladar una esfera como es la Tierra a una superficie plana sin que haya ciertos fallos en el contorno de los continentes. Y cuando te das cuenta de eso, cuando te das cuenta de que ningún mapa es real, eso ya te da pie para pensar un poco en términos de historia cultural quizá, y pensar en que el mundo no es de ninguna manera real, el mundo es como nosotros creemos que sea, y ahí está un poco esa responsabilidad a la hora de hacer un mundo mejor a través de los mapas”.
- ¿Desde cuándo tiene esta afición por la cartografía?
“Me viene de pequeño, como creo que a casi todos, porque lo que nos gusta cuando somos niños es abrir un Atlas y al azar poner el dedo y ver que sitio señala. Me ayudó mucho a soñar desde un punto de vista romántico con estos lugares lejanos. Cuando terminé la carrera y estaba estudiando el máster, tuvo mucho que ver con el lugar o con las islas en las que nos encontramos la visión de un mapa medieval en el que se representaban las Islas Afortunadas y empecé a profundizar un poco más y a interesarme por esos mapas medievales, que son muy diferentes a lo que estamos acostumbrados a ver, pero que tienen también una justificación, un contexto muy concreto y una manera de representar el mundo. Y una cosa me llevó a la otra y aquí estamos, porque yo siempre digo que trabajo a diario con mapas, he visto el mismo mapa quizás cientos de veces en un momento determinado y todas esas veces he visto detalles nuevos y he aprendido, es una metáfora un poco manida, que es un libro abierto que no deja de maravillarme. Un historiador dijo que un mapa es una manera de organizar el asombro, y creo que es una frase que condensa de manera bastante correcta lo que es un mapa para toda aquella persona que están interesados en los mapas”.
- ¿Cómo se hacían en la antigüedad los mapas? ¿Iba un señor o señora marcando la costa con una línea?
“Pues sí, en parte es lo que has comentado, porque se hacían así en un determinado contexto de la historia. Se hacía en navegación de cabotaje, siguiendo la línea de la costa. Pero la verdad es que depende del contexto. Si hablamos de cómo se hacían los mapas antes, depende de qué época, depende de qué tipo de mapa, porque ha habido muchísimos tipos de mapa y muchas maneras de representarlos pero si hablamos de la delineación de los continentes, ha tenido un carácter muy relacionado con la experiencia, un carácter muy empírico, sobre todo a partir de finales de la Edad Media, cuando ya empieza a desarrollarse las navegaciones, sobre todo en el sur de Europa, por el Atlántico y demás, y se van conociendo cada vez más el contorno costero de los continentes y eso se refleja gradualmente en los mapas”.
- Según cuenta en el libro, los mapas fueron siempre un objeto codiciado por los servicios de espionaje.
“Sí, sí, claro, hay que tener en cuenta que los mapas, y no hablo del pasado más remoto, sino incluso de estos tiempos que nos han tocado vivir, en los que no dejan de ser herramientas, no solo herramientas diplomáticas, sino armas directamente, armas diplomáticas para intentar justificar determinadas ideas. Y claro, lo que comentas, de hecho hablo de ello en uno de los capítulos del libro, que es el conocido como el Planisferio de Cantino, y que se trata de un mapa de principios del siglo XVI, 1501, 1502, que recibe el nombre de Cantino, Alberto Cantino, que fue un espía al servicio del duque de Ferrara, en Italia, que lo envió a Lisboa para enterarse de los nuevos descubrimientos portugueses en América que estaban reflejados en un mapa muy actualizado si tenemos en cuenta que estamos en finales de 1501, principios de 1502, y en el que aparece la costa de Brasil y topónimos que meses antes, menos de un año antes, no conocían los europeos. Cantino logra llevarse de Portugal el mapa y evita que lo detengan, pasa por la península Ibérica y llega a Ferrara, donde se lo entrega al duque. No sabemos muy bien qué motivó al duque a ordenar lo que hizo, imagino que como ejercicio de poder y para tener una imagen más actualizada del mundo. También poseer este tesoro cartográfico en su gabinete para poder mostrarlo a otros duques y a otras personalidades diplomáticas y políticas que lo visitaran pero con el tiempo se perdió hasta que en la segunda mitad del siglo XIX, el director de la Biblioteca Universitaria de Módena cuenta que después de almorzar y mientras daba un paseo por las calles de la ciudad se encontró tapando un hueco de la ventana de una carnicería el mapa de Cantino, un mapa que se llevaba buscando tanto tiempo, que estaba desaparecido. El carnicero no tenía conciencia del valor cultural o patrimonial de ese mapa así que solo le vio utilidad para tapar ese hueco de la ventana, y gracias a esa casualidad se conserva, no completo, ya que le falta un poco de la parte superior, el llamado mapa de Cantino”.
- Cuenta la leyenda que Cristóbal Colón tuvo acceso a mapas celosamente guardados que le sirvieron en la navegación que lo llevó a América.
“Cristóbal Colón tuvo un gran conocimiento cartográfico, él hizo mapas, en las cartas que envía a los Reyes Católicos menciona las cartas que ha hecho durante la navegación, por ejemplo las de las islas del Caribe aunque hay bastante mitos asociados a posibles mapas que consultó en los que se representaba a América antes de su llegada. Pero sí, es cierto que lo cartográfico es una cosa absolutamente esencial en lo que se ha llamado en la Academia la expansión atlántica, o la apertura atlántica de Europa a finales de la Edad Media y específicamente de la Moderna”.
- ¿Se sabe cuál fue el primer mapa de la historia?
“Es un debate en los círculos académicos, porque tenemos que partir de la base que debemos abrir un poco la mente y replantear lo que es un mapa. Un mapa no tiene por qué ser la imagen que nosotros tenemos en mente a la hora de pensar en la palabra mapa, sino que en el sentido de que representa un determinado espacio y no solo un espacio, sino ideas, conceptos, etc., pues ahí ya se abre todo un abanico de realidades que podemos considerar mapas o representaciones cartográficas. Dicho esto, el primer mapa del que hay un cierto acuerdo en considerarlo un mapa o una representación del espacio es una piedra, un canto que se encontró en el norte de España, en las cuevas de Abauntz, y que data de hace unos 10.500, 10.600 años aproximadamente”.
- ¿Y cuál es su historia?
“Es muy curiosa porque esa piedra se encuentra en los años 80, en una excavación arqueológica dirigida por una arqueóloga de la Universidad de Zaragoza, Pilar Utrilla. La piedra de encontró en una cueva que fue habitada durante gran parte del tiempo, al menos desde el Paleolítico hasta el Bajo Imperio Romano. La piedra cuenta con una serie de líneas, de grabados, que no sabían qué representaban y que pensaron podrían referirse a una cuestión ritual aunque, y es una pequeña broma que hago, en arqueología cuando no se tiene muy claro qué es un objeto, la explicación fácil es afirmar que se trata de un objeto ritual. Muchos años después, mientras se estudiaba esta piedra, se dieron cuenta que lo que representaban aquellas líneas, se parecía mucho al entorno de la cueva, a la montaña que tenía enfrente, a un valle, y ahí se percataron de que quizás representaba el espacio circundante de la cueva y empezaron a desarrollar esta teoría, y se hizo bastante conocida en los medios, incluso en los medios de comunicación internacionales, porque se había encontrado el mapa más antiguo de Europa occidental. Porque luego, claro, en China hay mapas muy, muy antiguos, y en África se han encontrado también muchísimos ejemplos de hace unos 10.000, 10.500, 10.600 años aproximadamente aunque el mapamundi más antiguo es el llamado Mapamundi babilónico, que data del siglo VI antes de Cristo aproximadamente, y aquí sí que hay un acuerdo casi total en la comunidad académica. Este mapamundo nos da la percepción del mundo que se tenía en la Antigua Mesopotamia pero es un cuestión a la que le gusta el debate y las respuestas suelen caer en saco roto”.
- En el libro además de los mapas que conocemos, que son los gráficos, también escribe de otras clases de mapas, como son los cantados o los trenzados en el pelo e incluso el de las olas del mar.
“Vayamos por partes. La idea principal con la que me planteé el libro era la de acercarme a otras tradiciones, a otras culturas cartográficas. Tampoco me gusta mucho el término cartografía porque alude a una concepción relativamente positivista, científica, de los mapas como ciencia, porque hay otras representaciones que el término cartografía se le queda corto”.
- Es decir, que hay otras representaciones cartográficas.
“Sí, hay otras representaciones cartográficas que van mucho más allá, como decía antes, de los mapas que estamos acostumbrados a ver y a trabajar. Los mapas cantados son una tradición propia, sobre todo de las sociedades aborígenes australianas, que desde hace miles de años han descrito por medio de canciones el territorio que tienen alrededor y los elementos físicos que están cerca y no tan cerca. Es lo que en el contexto anglosajón se llama, o se ha llamado las Songlines, líneas de canciones. Se ha traducido también un concepto que a mí me parece mucho más bonito que es pistas de sueño, porque el concepto de sueño es muy importante, el ritmo del sueño para la cultura australiana. Y estas canciones, cada sociedad, cada pueblo tenía la suya e iban cantándolas y cuando se unen podemos encontrar, de alguna manera, el mapa sonoro de Australia, porque se cartografía o se representa el espacio de manera oral. La importancia de la oralidad, sobre todo en sociedades ágrafas, que no tienen escritura, es absolutamente fundamental a la hora de relacionarse con el espacio. Y pocas culturas en el mundo hay que se hayan relacionado de forma tan íntima con un espacio tan enorme, tan árido y en muchas ocasiones tan complejo como es el espacio australiano. Y esta tradición, la de las pistas de sueño o las Songlines, se hizo bastante conocida en los años 80, porque el escritor, Bruce Chatwin, un escritor de viaje, las dio a conocer en un libro y es una tradición que se ha intentado mantener en las últimas décadas, porque sabemos que las sociedades aborígenes australianas han estado históricamente maltratadas, y las canciones estuvieron a punto de perderse. Es curioso el caso de una escuela de arte que se fundó en los años 70, en la que los artistas aborígenes aplican estas técnicas en sus creaciones artísticas para representar esas canciones, esos sueños en cuadros, en sus obras que son absolutamente maravillosas. Luego, y estoy resumiendo bastante, están los mapas en las trenzas del pelo, que es una tradición propia de la población de San Basilio de Palenque, que está relativamente cerca de Cartagena de Indias, y es un municipio muy enraizado con su origen africano, porque se habla de San Basilio de Palenque como el primer pueblo libre de América, ya que fue fundado por cimarrones, esclavos huidos que fundaron ese corregimiento que habita una población con una identidad muy enraizada con su herencia africana desde el punto de vista gastronómico y musical, los tambores de Palenque son famosos en toda Colombia y en gran parte del mundo, pero también son conocidos por cómo esa identidad la articulan también por medio de las trenzas que se hacen las mujeres, sobre todo las niñas, y que tienen formas muy elaboradas, pero no se trataban de trenzas cualquiera. Los puntos son como pequeñas montañitas; las trenzas más zigzagueantes representaban determinados caminos, quizá un riachuelo que había en la hacienda en la que estaban como esclavos, y que como tales conocían esos códigos y los memorizaban para escapar de su cautiverio. Las trenzas se han convertido en una de las grandes señas de identidad de San Basilio de Palenque, una manera de conectar con su pasado, de conectar sobre todo con la libertad. Muchas palenqueras no saben leer ni escribir, pero conocen perfectamente el lenguaje de esas trenzas”.
- ¿Y mapas con olas?
“Nos trasladamos ahora al Pacífico, a las Islas Marshall, donde tradicionalmente se hacía una especie de representaciones con redes fabricadas con cañas y piedras conectadas entre sí, amarradas y con una forma específica. Y esas redes, esas cañas, esas figuras, no representaban otra cosa que el mar, las corrientes del océano. Eran una especie de cartas náuticas que se pasaban de generación en generación para que navegaran de una isla a otra, islas que forman parte de un archipiélago que puede contener cientos de islas, por lo que el conocimiento del océano y de sus corrientes es esencial para navegar. Es una tradición que comenzó a perderse, así que ahora apenas se hace pero muestra de qué forma se puede cartografiar, en este caso el océano, de una manera muy alejada a la que nosotros estamos acostumbrados. Es una pena que se olvide porque el lenguaje cartográfico se aprende. Es una lengua, es un idioma, es una realidad cultural que tenemos que conocer y aprender a leer para intentar comprender otras percepciones del espacio”.
- En el libro cuenta que la última persona que sabía hacerlos falleció.
“Falleció hace unos pocos años. Conocía tanto el océano que una vez le hicieron una prueba, prueba entre comillas, de llevarlo en un barco donde se quedó dormido o algo así, y lo despertaron en medio de la nada, sin GPS, por supuesto, y le preguntaron que dónde estaba y cuánto tardarían en llegar a la isla más cercana, y acertó exactamente pese a que no había ninguna referencia visual de tierra alrededor, pero acertó dónde estaban y cuánto tardarían en llegar a la isla más próxima. Y lo supo, dijo, leyendo las olas ya que las olas, el movimiento de las olas se lee también”.
Saludos, con guía y con mapa, desde este lado del ordenador

