
José Luis Alcaine Escaño (Tánger, Zona Internacional de Tánger, 1938) es uno de los profesionales más reconocidos del cine español. Uno de esos técnicos ya legendarios que se ha acostumbrado a estar en la sombra y a trabajar con la pericia de un orfebre manejando la luz en una filmografía entre las que se encuentran títulos como Mujeres al borde de un ataque de nervios (Pedro Almodóvar, 1988), ¡Ay, Carmela! (Carlos Saura, 1990) y Belle Epoque (Fernando Trueba, 1992), que le ha llevado a ganar varios premios Goya y a que cinematografías como la norteamericana también hayan confiado en sus servicios. Alcaine, que sigue en activo y que prefiere lo digital antes que el negativo, lamenta que haya tanto desenfoque en el cine actual y recuerda con un ligerísimo quiebro en la voz que sus padres vivieron en Tenerife, isla en las que están enterrados. De su padre, malagueño, forjó parte de su carácter aunque la otra mitad es herencia de su madre, nacida en la isla de La Palma. En Lanzarote rodó Oro rojo, una película del también escritor tinerfeño Alberto Vázquez Figueroa.
El Espacio Price, que ha recuperado los legendarios multicines para reinventarlos como espacio formativo y para otros usos de carácter cultural, le rindió hace una semanas un homenaje que bajo el título de La luz, un tributo a José Luis Alcaine, sirvió para conocerlo mejor y foro en el que habló de su oficio, el arte de dar textura plástica a una película.
- ¿Cómo llega al mundo del cine y cómo termina especializándose en la dirección de fotografía?
“Mi inspiración por el cine viene en parte gracias a mi padre, que era un gran aficionado a ver películas. Te puedo contar que mi padre, evidentemente yo ya soy mayor, nació en 1908, y está claro que cuando tenía cinco o seis años en el pueblo en el que vivía, hubo un cine al que quería ir desesperadamente y como no tenía dinero porque la familia era prácticamente pobre iba, a pesar de todo, porque en aquellos tiempos y como los cines de la época no eran eléctricos –no tenían arrastre de un motor eléctrico– el proyeccionista hacía pasar a mi padre a la cabina para que moviese las manivelas porque si no terminaba destrozado y como había una rejilla en la pared para poder observar la pantalla, allí veía mi padre la película, en la cabina de proyección. Y me contó una cosa que se cuenta poco, y es que las películas no eran mudas porque los espectadores hablaban con la pantalla. Se dirigían a la pantalla y estaban constantemente anticipando o tratando de dirigir a los actores, avisándoles de lo que les podía pasar y de alguna manera intervenían en el ritmo del filme. Mi padre me contaba que como había tantas películas de persecuciones, de caballistas, alguna de terror, el público pedía que cuando el largometraje estaba finalizando, que la película fuese más deprisa para que el bueno alcanzase al malo y cuando el que aparecía era el malo, que la película fuese más lenta para que el bueno pudiera atraparlo. Y que de repente se escuchaba en la sala: ‘más lento, más lento, más lento’, para que el malo no pudiese escapar. En aquel entonces había una especie de montaje del público sobre la película”.
- Era otra manera de ver cine. El público interactuaba con lo que veía en pantalla.
“Sí, y eso no lo cuenta prácticamente nadie. Imagínate al malo de la película recibiendo los vehementes insultos de los espectadores y los aplausos de estos cuando aparecía en pantalla las heroínas y los héroes de la cinta. Les echaban hasta piropos y en voz alta, porque el cine era mudo. Y mi padre se crió en ese entorno y se aficionó muchísimo al cine y bueno, nos llevaba desde pequeño en Tánger porque fue allí donde nos criamos. Tánger era entonces una ciudad internacional, y contaba con consulados importantes de Francia, de Inglaterra, de Estados Unidos… El consulado de Estados Unidos tenía colecciones de películas norteamericanas y mi padre consiguió contactar con el coleccionista y se las dejaba, que fue cuando buscó un proyector de 16mm gracias al cual vimos mucho del cine mudo. Cine mudo sobre todo de Charles Chaplin, Harold Lloyd, La Pandilla, Fatty Arbuckle, los grandes, a los que vi desde pequeño en la casa familiar porque mi padre con ese proyector conseguía que le dejasen las películas y las veíamos. Y eso te crea lo que ahora se llama un background muy importante. Y luego me sentí atraído por la composición visual y por la luz, siempre, siempre. Si miro atrás, recuerdo que miraba cómo se desplazaba el sol dentro de las casas y seguía ese recorrido, me parecía muy interesante ver qué es lo que pasaba con la luz”.
- ¿Tenía claro que iba a dedicarse al cine?
“Un factor que tuvo mucha importancia para mi dedicación al cine fue que mi padre comprase una historia de cine en dos pagos del crítico de La Vanguardia Ángel Zúñiga, que era un crítico muy bueno. Era una historia sobre todo del cine norteamericano, porque fue corresponsal en Estados Unidos de La Vanguardia y aparte de ser crítico fue corresponsal, solo que parte de su corresponsalía la pasó en Hollywood en los años 30 y si bien el libro lo publicó en los 40, tuvo como vecinos a los grandes de Hollywood de la época, tanto es así que cuenta con fotografías jugando al tenis con Chaplin, uno de los grandes ídolos de aquellos tiempos. Así que fue muy importante en mi formación posterior ya que de alguna manera me inoculó un poquito el interés por la historia del cine. Me parece importante no olvidarnos de los que nos han precedido y que los estudiemos. Es decir, que por ahí va mi rumbo”.
- Pero ¿por qué se convirtió en director de fotografía?
“No sé por qué, pero yo siempre he sido un buen técnico. Digamos que las cosas técnicas me han interesado mucho, las cámaras fotográficas, el poder estudiar cómo se mueven y cómo hacen y luego las de cine, todo eso me ha interesado muchísimo. Y no tanto la parte de dirigir porque me ha parecido que no estaba entre mis capacidades”.
- ¿Y recuerda la obra de algún cineasta de aquellos años que le inspirara?
“Hay un par de directores británicos que me parecen estupendos, Emerec Pressburger y Michael Powell, dirigieron entre otras Las zapatillas rojas y para mí son lo mejor que ha dado Inglaterra en cine, aparte de David Lean. Aparecieron en un momento que fue una gran época para el cine británico. De Pressburger y Powell recuerdo ahora Narciso Negro y Peeping Tom (El fotógrafo del pánico). Más tarde leí las memorias de Michael Powell, que son muy interesantes ya que abarca todo ese periodo, y ahí cuenta que descubrió una cosa que le sorprendió mucho, y es que él y algunos más se encontraban dirigiendo porque tenían pasión por el cine ya que la mayoría de los directores de su época si estaban ahí era para conocer chicas. Se decía que las mujeres, las actrices y los miembros del rodaje, eran más abiertos para practicar sexo. Y eso hizo que mucha gente tratara de dirigir con el fin de alcanzar ese objetivo”.

- Pero ¿cómo termina siendo director de fotografía? ¿Estudió en alguna escuela de cine?
“No hay que olvidar que el cine en los años setenta, sesenta, cincuenta y cuarenta era un coto muy cerrado, era muy difícil entrar en ese espacio a no ser que lo hicieses como el típico aprendiz de un oficio hasta que apareció una escuela de cine en España. Antes la única manera de acceder era prácticamente como aprendiz, de ayudante de alguna cosa, de auxiliar de sonido, imagen, decoración, maquillaje. Tenías que hacer un recorrido previo como de auxiliar, de aprendiz, luego ayudante, primer ayudante hasta llegar a jefe de departamento y eso representaba una cierta cantidad de tiempo y resultaba difícil saltarse estos pasos. Yo venía de Tánger para tratar de hacer cine en Madrid, que era la capital del cine con Barcelona, así que ¿qué podías hacer? Pues tratar de ver si había otro camino”.
- Y se matricula en la Escuela Oficial de Cine.
“La Escuela Oficial de Cine estaba inspirada en la Alta Escuela de Estudios Cinematográficos francesa y fue más o menos impulsada, mejor bien impulsada,cuando se adhirió no al Ministerio de Educación sino al de Información y allí fui a estudiar en 1961 tras pasar 25 años en Marruecos, porque Tánger dejó de ser zona internacional en 1956 y a partir de ahí ya fue entregado a Marruecos. Y como todavía me quedaba algo de contacto en Tánger y la posibilidad de trabajar en fotografía, pues aguanté un poco hasta que me marché a estudiar a Madrid”.
- ¿Y en Madrid qué tal?
“Y en Madrid, bueno, en Madrid fíjate, en Madrid estuve en la Escuela Oficial de Cine durante tres años. Fui uno de los pocos que repitió el último año porque la dirección de la Escuela me dijo textualmente, te repito, textualmente me dijo el director de la Escuela de Cine y en el primer encuentro anual de las calificaciones, me dijo a mí personalmente y delante de todo el mundo: ‘usted no está hecho para esto. Le aconsejo que se dedique a otra cosa. El cine no está hecho para usted’. Así que me quedé con eso pero no le hice ni caso y fui el único de toda mi profesión, de toda mi promoción, que repitió el último año”.
- Pero, ¿qué le lleva a dedicarse expresamente a ser director de fotografía?
“Lo que hacía antes de hacer cine era sacar muchas fotografías, de todo tipo aunque me di cuenta que me sentía más cerca de la composición, del cuadro y descubrí la plasticidad del cine. Y eso hizo inclinarme más hacia ese aspecto. También el hecho de que veía en la Escuela a los directores y a mí, la verdad, no me llamaba la atención”.
- ¿No le llamaba la atención?
“Quiero decir, como grupo de estudiantes me parecía que andaban siempre bastante colocadillos. Colocadillos en el sentido de que siempre estaban buscándole las vueltas a todo para ir a la contra de todo lo que hubiese, todo lo que fuese y como pasa casi siempre hasta ahora, en las escuelas y en las universidades el ambiente era como muy de izquierdas. Los sábados teníamos proyección de una película que no se veía en España, evidentemente por problemas de censura o a lo mejor algún problema político, pero generalmente era de censura, y allí veíamos la película antes de que la pasasen o no por el circuito comercial. Y acudíamos todos los alumnos de los distintos departamentos hasta que se llenaba la sala”.
- Quería preguntarle también cómo trabaja con el director de la película. ¿Es necesario que el director le explique antes cómo quiere la fotografía de la escena?
“Hasta el año 2000, digamos, el director casi no opinaba de la fotografía. Y si opinaba no se imponía. Es un trabajo que se le dejaba al director de fotografía, que tuviera su espacio para que crease la fotografía de la película. Cuando el director se plantea la película y empieza a prepararla, que normalmente es como dos meses antes de empezar el rodaje, está sometido bajo el peso de una cantidad de decisiones que tiene que tomar sobre el vestuario, el sonido, la música y los actores. Quién va a hacer esto, quién va a hacer lo otro. No tiene prácticamente casi tiempo de opinar sobre la luz de la fotografía. No nos engañemos. Esto de que el director canaliza todo es un invento que no es cierto. No es cierto. Mire, en la historia hay una cosa que ocurre bastante curiosa y que ningún crítico ha investigado. Para mí, el siglo XX ha sido la época dorada del cine porque la gente iba mucho y el cine tenía mucha influencia y hubo grandes, grandes películas, sobre todo en el cine que nos ha dominado, el cine de Hollywood. Las películas se proyectaban en el mundo entero porque se tenía una distribución mundial y el éxito era brutal. Cuando aparece el cine sonoro se cambia un poco la percepción y Hollywood rueda versiones de la misma película en inglés y en español y eso hizo que muchos talentos españoles, franceses o alemanes fuesen a Hollywood para hacer la doble versión. Al mismo tiempo, se investigaba unos sistemas que parecían que funcionaban y que se integraron al doblaje. Más tarde, se fueron a Broadway en busca de directores y escritores para que hicieran de guionistas y toda esta gente no había estado nunca en un rodaje. Y ¿qué es lo que pasó? Los productores dijeron, ‘muy bien, tenemos gente de Broadway que no ha estado nunca en un rodaje’ y decidieron que los directores de fotografía fueran los que planificaran los movimientos de cámara y los encuadres. Los directores no. He hecho cine fuera de España, en Estados Unidos, entre otros países, y los directores norteamericanos me han dado las gracias por dejarles opinar sobre cómo debían ser planificados los planos porque los directores de fotografía y producción no se lo dejaban hacer”.
- ¿Con que director se ha sentido más satisfecho rodando?
“Cada película es un mundo. Me he unido más a Pedro Almodóvar porque he acertado en el etilo que venía bien a sus películas y el resultado ha sido bueno para los dos y la película. La primera que hice con él, Mujeres al borde de un ataque de nervios, ha marcado de alguna manera la forma de hacer la película, de reflejar su mundo. Me llevo muy bien con él, le admiro mucho. Tiene ideas estupendas pero el mundo de Mujeres al borde de un ataque de nervios, el mundo plástico, la luz –los colores no, los colores son de Pedro– mi aportación fue básica y eso ha hecho que trabajemos juntos desde entonces”.
- Leo en una entrevista que busca los ojos de los actores. ¿Por qué?
“Sí, creo que nos comunicamos a través de nuestra mirada y eso nos ha determinado la impresión del individuo con quien hablamos porque los ojos traducen los pensamientos de las personas. En El padrino comenzó la moda de dejar los ojos de los actores a oscuras por Marlon Brando que, curiosamente en la película, sus ojos no se ven, son negros absolutamente. Eso es creación del director de fotografía, Gordon Willis, que lo hizo así porque Brando no se aprendía los diálogos y le ponían carteles con sus frases”.
- ¿Hay alguna película que le ha resultado especialmente difícil de fotografiar?
“Todas son un poco difíciles, lo que pasa es que cuando estás en exteriores o en decorados muy grandes resultan más complejos de fotografiar pero lo que hay que hacer es dar con la tecla, la idea básica de la fotografía de la película. Al contrario que muchos de mis compañeros yo nunca pienso en la fotografía antes del rodaje porque la fotografía debe fluir y pertenecer a la vida de la película”.

- ¿Cree que el trabajo del director de fotografía está reconocido en el cine español?
“Es complicado porque está reconocido, creo que sí pero digo que está reconocido igual que en el resto del mundo pero no lo bastante, se considera que la fotografía es importante pero no se le da el valor que tiene”.
- ¿Color o blanco y negro?, ¿exterior o interior?
“No prefiero nada, intento sacar partido a lo que pide la película. El blanco y negro tiene su encanto, el básico es que transporta al espectador a un mundo distinto al que ve normalmente. Una película en blanco y negro te hace ver la vida en blanco y negro y esa visión resulta extraña. El cine en blanco y negro fue el más taquillero de la historia y de alguna manera ese cine se convirtió en lo que es el cine. ¿Por qué ocurre esto? Porque el blanco y negro visto desde el punto de vista del espectador, sin análisis, le saca del mundo que le rodea y le muestra otro distinto a la vida que lleva”.
- ¿Cómo cree que ha cambiado la utilización de los sistemas digitales en la dirección de fotografía?
“Hay toda una corriente actual que dice que era mejor antes aunque yo, que hecho 179 películas en negativo o celuloide, como lo quieras llamar, y las últimas en digital, el mejor sistema sin ninguna duda es el digital. El negativo da muchos problemas. Ahora se habla que el colorista, quien entalona la película, es un segundo director de fotografía y eso crea un tipo de cine distinto. En todas mis películas hago el talonaje al mismo tiempo que rodamos ya que así y en el momento del rodaje sabes como va a quedar la fotografía”.
- ¿Tiene algún director de fotografía que sea su referente?
“Gregg Toland. Orson Welles en los títulos de crédito de Ciudadano Kane coloca su nombre debajo del suyo como director porque reconoce que gran parte de la planificación es de Toland. Las películas que Orson Welles rodó en Europa no contaron con un director de fotografía norteamericano que las planificara y son espantosas de ver aunque buenas por su labor como director de actores, en cuanto a planificación y encuadres estas películas son nefastas”.
- Ha rodado en los Estados Unidos, ¿son tan distintos sus rodaje de los españoles?
“Los americanos tienen siempre más medios. La película más cara española puede rondar los diez millones de euros mientras que una norteamericana, aunque sea una comedieta en la que trabajé como director de fotografía, unos 45 millones. La inversión es brutal en un caso o escasa en el otro. Ahora lo que ocurre es que la inversión es menor porque en general y salvo excepciones, el cine que se hace no tiene en cuenta al espectador. No tiene en la cabeza qué público irá a verla al cine. Tiene en la cabeza que lo hará en las plataformas. Se puede estrenar una semana en salas pero después va a plataformas. Con todo, el cine norteamericano sigue pensando en obtener éxito en las salas de cine”.
- Por último, cómo observa el fenómeno de las plataformas
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“Estamos perdiendo la costumbre de ir al cine. En parte cambian los tiempos y en parte porque el cine no lucha por seguir siendo cine, ahora lucha por conquistar a las plataformas y es un gran error”.
FOTO: En la imagen, el director de fotografía José Luis Alcaine junto al cineasta Fernando Colomo
Saludos, un millón de gracias, desde este lado del ordenador