Quince libros con acento canario
La literatura no entiende, o no debería de entender, de sexos pero tras el repaso a un año libros con acento canario, las escritoras se llevan el gato al agua. Ocho libros, entre novelas y cuentos, hemos destacado como de los más interesante que hemos leído. Podrán haber opiniones que no estén de acuerdo, bienvenidas sean, pero a nosotros sí que nos convencieron. De hecho, si hubo algún título que brilló estos 365 días que ya se nos van, fue Han cantado bingo, de Lana Corujo, pero también La viuda blanca, con la que María del Mar Rodríguez finaliza su trilogía Relatos de unas islas desamparadas.
El resto de los títulos, tantean en casi todos los géneros, aunque sobre todo, y entre autores más jóvenes, la tendencia sea la de experimentar o al menos jugar con los textos, casi como si pretendieran reinventarlos o al menos adaptarlos a las necesidades de su escritura. Y en la mayoría de los casos estas experiencias se saldan con resultados más que decentes, lo que pone de manifiesto que, literariamente y más ellas que ellos, les gusta narrar de manera arriesgada historias que de otra manera no lo hubieran s ido tanto.
Han cantado bingo (Reservoir Books), Lana Corujo.- Si hubo una novela este año que trascendiera las fronteras insulares esa fue Han cantado bingo, de Lana Corujo (Lanzarote, 1995), un atrevido e interesante viaje a las edades de su protagonista bajo la sombra de un volcán que en la novela recibe el nombre de El ahorcado. Sobrecoge leer con atención la madurez de una escritora tan joven y, sin embargo, tan humilde hacia su trabajo literario porque ella es, insiste en cada entrevista que le hacen, ilustradora.
La viuda blanca (Bailes del sol), María del Mar Rodríguez.- La escritora nacida en Caracas en 1961 cierra con esta novela la trilogía Relatos de unas islas desamparadas, que comenzó con La prestamista, continuó con La tuerta y culmina ahora con La viuda blanca, en la que insiste en los mismos temas de sus dos libros anteriores, la denuncia de unos tiempos amargos y la dignidad con la que un grupo de mujeres se enfrentaron a ellos.
Niñas sucias (Pepitas de calabaza), Elena Correa.- Este libro reúne cuentos que destacan por la honda penetración psicológica que su autora, Elena Correa (Tenerife, 1989) hace de los personajes, y de su capacidad para describir escenarios. El escenario juega de hecho un papel fundamental en cada una de las historias, y en varias de ellas, otorga además un espacio que le sirve para acentuar los cambios y las frustraciones de sus protagonistas. Porque las protagonistas de todos estos cuentos son mujeres. Mujeres que aún no se han hecho mayores pero que comienzan a vislumbrar ese territorio hostil y desconocido que es el mundo de los adultos.
El hombre que se quebró en niños (Baile del sol), Susana Ríos.- Fue una de las últimas novelas que leímos este año que se nos va, y no deja de asombrarnos que un título de este calado haya pasado casi desapercibido porque estamos ante un texto mayúsculo, que cultiva un género literario prácticamente hoy en desuso, como es el epistolar, para narrar una historia en la que Susana Ríos (Santiago de Compostela, 1969) habla de abandono, orfandad y memoria, explorando la paternidad y las infancias rotas a través de cartas que el lector debe ensamblar.
Teoremas del silencio (Hércules Ediciones), Natacha G. Mendoza.- El libro reúne nueve cuentos escritos en diversos estilos y en los que se mueve con mucha agilidad su autora, la grancanaria Natacha G. Mendoza. Se tratan muchos de los relatos de historias que están narradas a flor de piel y revelan, o al menos nos revelaron a nosotros, el talento de una escritora a la que se tiene que seguir con mucha atención.
Algún lugar donde soñar II (Ediciones Idea), Virginia González Dorta.- Segundo recopilatorio de esta especie de cuadernos de viaje en los que Virginia González Dorta (Tacoronte) describe sus sensaciones más que recorridos físicos por distintos lugares del mundo que ha visitado más con corazón de viajera que de turista. Se tratan de descripciones muy breves, que apenas ocupan dos o tres páginas, pero que transportan al lector a lugares emblemáticos y no tan emblemáticos de las mismas islas Canarias, Europa, África y América.
La mitad de un Credo (Alrevés), Emilio González Déniz.- Necesaria reedición de uno de los grandes títulos que forman parte de la bibliografía de Emilio González Déniz (Gran Canaria, 1951), y que reconstruye en clave de ficción la vida de Juan Buganvilla, Buganvilla porque siempre lleva una flor de este arbusto colgada en el ojal de la chaqueta, y personaje inspirado en Juan García Suárez, El Corredera, un fugitivo de la justicia franquista a la que esquivó durante años por las montañas de Gran Canaria.
Háblame del mar de leva (Algani Editorial), Cristi Cruz.- Esta puede ser la historia de Garachico, municipio del norte de Tenerife, en la que el mar que baña sus costas tiene un especial protagonismo. De paso, recorremos distintos momentos en la vida de esta localidad que quedó enterrada bajo la lava en un año que hoy nos parece remoto, y se lee con atención y en ocasiones asombro ya que su autora, Cristi Cruz tiene la difícil capacidad de atrapar la atención del lector.
Tener una voz (Edciones La Palma, colección eMe escritura de Mujeres en español). Lorena López Medina.- Conjunto de relatos que van más allá de ese “ejercicio polifónico” que se puede leer en la contraportada ya que se trata de una de esas obras singulares que le hacen a uno mantener la fe (la esperanza me mantiene, que diría Pedro García Cabrera) en una literatura como es la que se escribe en Canarias en la actualidad, y que se define por diversa y ajena a prejuicios. Apunten este nombre: Lorena López Medina (Gran Canaria, 1979).
Algunos días (Plasson & Bafrtlebcom), Acoidán Méndez.- Otra de las gratas sorpresas del año fue descubrir a Acoidán Méndez (Las Palmas de Gran Canaria, 1989) gracias a este libro que alguno podrá considerar de literatura de no ficción o autobiográfico porque sus páginas nos presentan capítulos más o menos significativos en la vida de un escritor que intenta buscarse la vida en Madrid, donde trabaja para ganarse la vida como camarero mientras dedica sus horas libres para escribir y estar con su familia. Interesante su reflexión sobre una Canarias devorada por el cemento y ese acento delator en la capital de España que tiene el natural de las islas porque desconoce cómo se pronuncian la c y la z.
El turista sin equipaje (Confluencias Editorial), Nicolás Melini.- Cuentan que se trata de una novela más que policiaca, negra y criminal como acuñó en su día Paco Camarasa, pero los géneros en manos de este escritor (muy capacitado en el arte de escribir cuentos) se hacen pedazos como si se tratara de una bomba de relojería. Las novela se desarrolla en La Palma, donde aparece el cadáver de un alemán ahorcado en un pino del bosque, pero la trama se pulveriza para ahondar en otras cuestiones de calado literario. La escribe Nicolás Melini (La Palma, 1969).
Hijos de la luna (Edhasa), José Zoilo.- Nos parece una de las mejores –por imaginativa– novelas de José Zoilo (San Cristóbal de La Laguna, 1977),escritor que se ha especializado en el género de la novela histórica, solo que con Hijos de la luna riza el rizo al plantear el relato en una sociedad, la de El Argar, de la que se sabe muy poco. La habilidad de José Zoilo para reconstruir prácticamente de la nada esto pueblos e imprimirle credibilidad, convierten el libro en una entretenida novela de aventuras más que histórica, aunque ése sea su barniz.
Negra sangre del Sáhara (Almuzara), Manuel Jiménez Delgado.- Se trata de una de las novelas más interesantes que leímos este año, y segunda entrega de las aventuras de Fernando Ramírez de Viedma, un policía nacional del que los iniciados tuvieron noticia primero en Siroco, 1957, y que como en esta entrega, se desarrolla en la antigua provincia española del Sáhara español y en concreto en su capital, El Aaiún, en 1961. La novela mezcla con pericia crimen y política, y sabe reflejar muy bien los ambientes en los que se mueven sus personajes. Atención a Manuel Jiménez Delgado (Adeje, 1971).
La Lapa (Ediciones Idea), Eduardo González.- Como sucedió hace unos años con Mararía, la novela de Rafael Arozarena, Eduardo González (Santa Cruz de Tenerife, 1970) adapta en esta ocasión La Lapa, que José Betancourt y Molina firmó bajo el pseudónimo de Ángel Sánchez, a quien se le dedicó el Día de las Letras Canarias en 2024. La novela gráfica de Eduardo González es una delicia y una ejemplar traducción al universo de viñetas de la historia que el escritor y periodista natural de Lanzarote publicó en 1908.
Diario de viaje de la dra. Brenda Twiler y La leyenda del Lirolay (Diego Pun).- Este libro es una joyita y un regalo para las fechas en la que no encontramos. Cuidada edición, como todo lo que suele hace Diego Pun, este diario de viaje puede ser verdad o puede ser de mentira, que eso lo decidan los lectores, pero ya solo por como está presentado, transporta al lector a las tierras de América en busca de una leyenda de la que tendrán noticia si se acercan a este fascinante (por como está presentado por fuera y por lo que cuenta por dentro) cuaderno de viaje.
Y eso es todo…
Saludos, por ahora, desde este lado del ordenador














