Un libro resume los 30 años de trayectoria de la productora canaria La Mirada
Es difícil explicar las emociones que me asaltaron tras descubrir Algo más que miradas. Una revisión de la trayectoria de la productora canaria La Mirada en su treinta aniversario (1994-2024) pero creo que la principal, la piedra angular que terminó por acelerar las pulsaciones de mi corazón fue recuperar parte de mi pasado, de mi tradición.
Claro que de alguna manera fui testigo, en los márgenes, de la increíble aventura de esta productora canaria que ahora nos narra en primera persona los protagonistas que contribuyeron al despertar (eran otros tiempo, y todo estaba por hacer) de un para mi cada vez más probable cine canario y que una empresa de aquí fuera capaz también de producir cine de allá conservando su estilo, su sello, esa Mirada que ya es historia, hablaba muy bien del trabajo que estaban desarrollando.
Sin su iniciativa, no habría sido posible el rodaje de cortometrajes que anunciaron al mundo que aquí, en estas islitas pegadas a la costa de África, se estaba haciendo cine. Y un cine que se estaba haciendo muy en serio.
Algo más de treinta miradas se presenta hoy, miércoles 10 de diciembre, en el teatro La Granja, en Santa Cruz de Tenerife, a partir de las 19.30 horas, acto en el que se exhibirá también el cortometraje Ruleta (Roberto Santiago, 1999), y en el que estarán presentes Ana Sánchez-Gijón y Alfonso Ruiz, así como Juan Rebenaquez, que oficiará como maestro de ceremonias y el director general de Innovación Cultural e Industrias Creativas, Cristóbal de la Rosa.
El libro es el relato coral de un grupo salvaje, salvaje por lo que osaron hacer en tiempos tan poco propicios al cine, y mucho menos a un cine canario, como fueron los 90 del pasado siglo XX. Pero es que a finales de aquella misma década algo se estaba cocinando a fuego muy lento, es cierto, pero cocinando en las islas. De repente, algunos cortos destacaron porque eran muy buenos cortos, llegando incluso uno de ellos a ser nominado a los Oscar de Hollywood. Se estrenaba Mararía y Teodoro y Santiago Ríos nos mostraron con Mambí lo que perdimos en Cuba. El cine que se hacía en las islas salía de las islas. Y no sé si gustaba pero sí que sorprendía. Y en toda esa jiribilla, orquestada más por el entusiasmo que por el parné, apareció la mirada de La Mirada.
El año pasado la productora celebró su 30 aniversario y con ese motivo se publica Algo más que miradas, un libro colectivo que da una idea cercana de todo lo que costó aquel esfuerzo y de cual fue su recompensa. Esta es la crónica de una aventura cinematográfica con sus momentos malos, muy malos, pero también buenos, muy buenos que los que lo vivieron en la periferia solo pueden darle las gracias más sinceras. Y gracias es lo que expresan cineastas que debutaron en el cine porque La Mirada estuvo ahí. De hecho, La Mirada es en gran parte responsable de lo que defiendo que fue una edad de oro de un cine que por aquel entonces le costaba mucho arrancar. ¿La razón?, entre otras que resultaba extremadamente costoso (se rodaba en celuloide) y apenas existía toda la estructura que ha organizado el Gobierno regional en los últimos años, lástima que esa política no termine por dar consistencia, solidez, a una industria que ahora aprende a andar con la cabeza levantada, pese a una injerencia que al final puede hacer más mal que bien en pro de un cine que si algo anda buscando es su identidad.
Leer las páginas de este libro de gran formato y con una cantidad de fotografías que abruma, conseguirá entre quienes lo vivieron recordar aquellos buenos tiempos y a los que no, conocer una realidad cinematográfica que tiene una tradición. Tradición que comienza en los años 20, continúa a finales de los 80 con el estreno de Guarapo, filme que muchos consideran ya como fundacional de ese probable cine canario, y que consolidó su lugar en el mundo en los 90 a raíz del éxito por festivales de varios cortometrajes que fueron producidos por La Mirada como El último latido, La raya y Esposados, este último en régimen de coproducción con otras dos productoras de las islas como Papi Producciones y Zodiac Films, y trabajo que fue nominado a los Oscar en esa categoría en 1997, el primero por cierto del cine español que entraba a competir en estos famosos premios, y que sirvió de catapulta a su director y coguionista, Juan Carlos Fresnadillo (el otro fue Jesús Olmo), para que lo reconocieran en los mercados internacionales.
Escribe en el prólogo Alfonso Rivera que este libro nació para festejar el 30 aniversario de La Mirada, pero también para recuperar la labor que emprendieron en unos tiempos muy difíciles, que poco o nada tienen que ver con los actuales. No se escribe esto para reivindicar lo que algunos pueden considerar como gesta, y algo de ello tiene, de gesta, pero sí para que se tome muy en serio el trabajo que La Mirada fue presentando a lo largo de estos 30 años.
Toda una vida en la que hubo muchos y sonados éxitos y también fracasos. Fuera una cosa u otra, lo que no perdieron nunca los que formaron parte de esta casa, de esta manera ver y entender el cine, fue La Mirada, una Mirada que, destaca el prologuista, estuvo batallando “contra enemigos inimaginables de todo pelaje y condición”, pero con lo que no contaban era que el “diablillo del audiovisual” ya había tentado a todos sus miembros.
Antes del prólogo, una de las piezas claves de La Mirada, la productora y también cineasta Ana Sánchez-Gijón, es la encargada de escribir unas palabras preliminares en donde advierte que este libro propone un periplo al pasado donde el lector se tropezará con episodios que se repiten pero que se cuentan de distinta manera porque varios autores fueron testigos de aquel momento. Esta pluralidad de puntos de vista enriquece una obra que no cae en el narcisismo y por tanto anida en ella una vocación muy sana por hacer historia, revelando la labor que desarrolló la productora canaria a lo largo de todos estos años. Una historia que ya cuenta, afortunadamente, con un libro y que protagonizaría un capítulo de los más densos en una probable historia del Cine canario o del Cine en Canarias hecho por canarios. La obra se puede leer además de principio a fin o en el orden que a uno “le venga en gana”.
El libro comienza con Hilvanando las miradas, escrito por Ana Sánchez-Gijón y continúa con un capítulo, La Prehistoria, que reúne las miradas (testimonios) de Francisco Melo Jr, quien contribuyó a todo este interés al ceder las salas de los Multicines Price a los estrenos canarios y Ramón Santos, director de Mirando a Laura, el corto que inició lo que vino después. La Prehistoria da paso a Entre la prehistoria y la historia. Cuba en el corazón: a imagen y semejanza del ICAIC, que revela en primera persona el rodaje de El largo viaje de Rústico, documental del que han bebido tantos cineastas canarios que vinieron después y que dirigió Rolando Díaz, quien escribe sobre aquella aventura y Elisa Rabelo. Tras Rústico, el siguiente capítulo que lleva por título La historia, se ocupa de las películas que La Mirada contribuyó a que se hicieran realidad. Primero con Haciendo historia, pero ninguneada y jodida, en el que escriben Javier Fernández Caldas y Juan Carlos Fresnadillo; La Metro Goldwyn Mayer del corto español, en la que colaboran Andrés Koppel y Blanca Rodríguez; y La nave va, con textos de Roberto Santiago, Aitana Sánchez-Gijón y Ricardo Ramos; Un corto paréntesis con música de fondo, en el que interviene Inma Rodríguez; Replegando velas, en el que participan con sus miradas Ricardo Ribelles e Isabelle Dietrckx; Y entonces, todo dio un vuelco, con textos que firman Paloma Soroa, Carlos Calato y Peter Andermatt; Esto se tiene que animar, mirada que protagoniza Carlos Miranda y Reencuentros, desencuentros, familias y despedidas, que cuenta con las opiniones de Félix Sabroso y Aline Rajan-Harjani.
Este capítulo cuenta además con Miedo, más reencuentros, sillas de ruedas, acciones paralelas, en el que escriben Borja Terán y Óscar Guisoni; Del desarrollo a la innovación: por fin la tele, que incluye textos de María Sanz Esteve, Miguel Miranda, Alicia Borges y Cristina Quesada; Mi hermanita y la pequeña Cleo, que firma Dácil Manrique de Lara y El sufrimiento y el goce, que rubrica Juan Antonio Castaño, Mengues, y que además de director de fotografía de casi todos los cortometrajes que produjo La Mirada fue su otro gran impulsor.
La portada reproduce una fotografía de Sergio Méndez del estreno de Mirando a Laura en 1991 y me desconcierta. Claro que la nostalgia, a veces, no es un error.
Saludos, ay, madre del amor hermoso, desde este lado del ordenador
