El director, una novela de Daniel Kehlmann
“Detrás del escritorio estaba el ministro.
A Pabst le sorprendió. Pues lo habitual en una posición de poder era hacer esperar a la gente. Aquel ministro, en cambio, ya estaba allí sentado. Levantó la vista, hizo un gesto con la mano para indicarle que se acercara y dijo en voz alta:
“Pabst, Heil Hitler!.pase”.
El director (Random House, 2025), Daniel Kehlmann. Traducción: Isabel García Adánez
Lo más atractivo de una novela como El director (Random House, 2025) de Daniel Kehlmann no es la reconstrucción de un tiempo que ya no existe por fortuna, aunque hayan algunos empeñados por recuperarlo de las sombras, sino cómo las circunstancias, el entorno, afecta poco a poco el carácter de todos nosotros que somos los protagonistas de la novela. Comenzando por el director, un cineasta que existió en la vida real aunque haya sido enterrado por la historia al trabajar al servicio de los nazis como fue G. W. Pabst, un hombre de cine que intentó labrarse una carrera en Hollywood, aunque no lo consiguió como sí lo hicieron otros tantos compatriotas que vieron en la costa oeste norteamericana un rayo de esperanza en el que desarrollar una obra cinematográfica que nunca perdió su sello europeo.
Es decir, que Pabst se codeó y era respetado en aquella comunidad por directores como Fred Zinneman e incluso Fritz Lang, el director de indiscutibles obras maestras como M, el vampiro de Dusseldorf o Metrópolis, y un cineasta que merece también novelizar la historia de su vida porque su huida de Alemania bajo el dominio de la siniestra cruz gamada, resulta de cine. También la manera en cómo esquivó la “vigilancia” de los suyos. Entre otros, de su esposa, la guionista Thea Von Harbou, una creyente del ideario nacionalsocialista.
Dividida en tres partes: Fuera, Dentro y Después, Kehlmann nos cuenta la historia de un hombre que quiso hacer cine bajo una férrea dictadura y también la de un maestro para contar historias en imágenes al que intentó castrar un sistema basado en la delación, la violencia y en las noticias falsas. Resulta en este sentido, muy interesante la entrevista que mantiene un Pabst desorientado y recién llegado a Alemania tras su etapa en Hollywood, con el ministro de Propaganda Josep Goebbels, el Mefistófeles de la vida cultural de un país que se dedicó a premiar a los artistas que les eran leales y descartar a los que entendían el arte como un proceso de creación alejado de dogmatismos.
Los elementos que hay introducidos en esta novela no se quedan solo en lo político y en la confrontación, sino también en estudiar cómo corrompe y transforma por dentro un sistema viciado y paranoico como el nacionalsocialista. Así que las cosas van cambiando cuando la familia Pabst regresa a Alemania. Mientras, los años pasan y el país se prepara para la guerra. Resultan interesantes las reflexiones que Pabst hace en la novela sobre el cine y cómo la presión deteriora las relaciones con su familia. Kehlmann explora las tripas de sus protagonistas, y no duda en removerlas quién sabe si con el fin de despertar conciencias adormecidas.
En una nota final, el mismo escritor recuerda que El director está basado en la vida de un profesional del cine que fue víctima de aquellos tiempos aciagos, pero recuerda que estamos ante un libro que es ficción. Esta advertencia debería significar un aviso que deberían de tomar en cuenta muchos escritores ya que la realidad literaria es manipulable, siempre que esté al servicio de un relato que, como es el caso de esta novela, va más allá de la experiencia de Pabst en un país que ya no conoce pero en el que intenta rodar buenas películas, sino también y quizá sea lo más importante, de cómo una idea envenenada puede llevar al apocalipsis a toda una nación. En este sentido, Daniel Kehlmann nos revela en una nota final que Pabst no tuvo hijos, así que el hijo que tiene en la novela es resultado de la imaginación del escritor, que sabe imprimir carácter a ese muchacho que primero sirve en las Juventudes Hitlerianas para combatir posteriormente como tanquista en el frente oriental. Y es mejor detenerse aquí, porque este personaje efectivamente es inventado pero eso no le resta fuerza emocional y que sea un personaje central en esta historia, como lo es igual de central la vida matrimonial de Pabst, que ve cómo se desmorona a medida que pasan los años y el frente en vez de alejarse se aproxima cada vez más a una Alemania que ya no cree, aunque demasiado tarde, en ese Reich que iba a durar mil años.
Otros de los atractivos de El director es el retrato a base de pinceladas que hace de la industria cinematográfica alemana durante aquellos años. Aparecen nombres que resultarán reconocibles para cualquier iniciado como el de Leni Riefenstahl y Emil Jannings. A Riefenstahl, la directora de perturbadoras obras maestras del género documental como El triunfo de la voluntad y Olympia, la presenta como una mujer arrogante que ha puesto su arte al servicio del nazismo. En la novela, Pabst intenta ayudarla durante el rodaje de Tierra baja, una historia basada en la obra de teatro de Ángel Guimerá, autor catalán nacido en Santa Cruz de Tenerife, pero la relación no llega a buen puerto, en especial cuando Pabst descubre que los extras que participan en la película son presos de un campos de concentración. Llegando casi al final de la historia, y en pleno rodaje de Molander, una película que ya de por sí encierra una historia para ser contada no en una sino en cien películas, Pabst contó como extras con un grupo de personas que no se sabe bien si son soldados del ejército alemán, como afirma el cineasta, o presos de un campo de concentración cercano al lugar de rodaje.
Y toda esta tragedia, de fama que se escapa de entre los dedos del destino, de una familia que se fragmenta por la guerra y una idea, y que reflexiona sobre el cine como arte, son los ingredientes de un libro que no ahoga ya que a Kehlmann más que el estilo lo que le preocupa es describir con economía de medios todo este violento proceso de transformaciones y de cómo esos mismos cambios afectaron a una familia, un país y al mundo entero cuando soplaban los vientos de guerra.
Saludos, a leer, que son dos días, desde este lado del ordenador
