Fallece el pintor tinerfeño Cristino de Vera
Esta mañana, mismamente, conversaba con un amigo sobre Cristino de Vera y del retrato que hace de él Francisco Umbral en su Trilogía de Madrid, del que me hice eco en este su blog. Creo que a Umbral no le sentó nada bien que Cristino de Vera se dirigiera a él llamándolo Paquito, o mi niño, que es una costumbre muy tinerfeña pero no sé si extendida por el resto de las islas. Convertir los nombres en diminutivos o que una mujer de 30 años (o menos) atienda con un “¿qué desea, mi niño”, a un tipo de 62 es algo hasta normal en este Tenerife en el que nací y en el que habito, a veces mal y otras veces bien, pero no creo que nadie terminara por explicárselo al autor de Leyenda del César visionario, y de ahí que Paco Umbral se la jurara y lo retratara de la manera en que lo hace en ese libro que dedica a la capital de España y a la gente que allí conoció.
Se dice todo esto para que se hagan una idea de alcance nacional e internacional que tuvo la obra de Cristino de Vera, que se fue muy joven a Madrid, donde terminó convirtiéndose en el artista que hoy lloran los que lo conocieron como los que no. Por fortuna, nos queda la Fundación que lleva su nombre en la lagunera calle de San Agustín, espacio en el que pueden contemplar parte de su obra, que a mi siempre se me antojó más castellana que canaria, lo que no es un demérito porque hace tiempo que me cansé de los nacionalismos locales. Escribo lo de castellano porque su cráneos aparecen en páramos que a mi me resultan muy castellanos.
Premio Nacional de Artes Plásticas en 1997 y Premio Canarias de Bellas Artes e Interpretación en 2005, el pintor fallece nonagenario, y si uno se fija en las cicatrices que cruzaban su rostro ve las huellas del paso del tiempo, ese mismo tiempo que quiso atrapar en sus cuadros.
Tuve la oportunidad hace años de entrevistarlo pero tras una larguísima conversación, más bien un monólogo, me di cuenta que todo aquel material era muy difícil de organizar, así que nunca fue publicada e ignoro qué hice con la grabación. La entrevista tuvo lugar en la Fundación que lleva su nombre, y en ella Cristino de Vera habló y habló, pero se le olvidaban las preguntas que le hacía y se iba por peteneras no porque así lo quisiera sino porque rebuscaba en su inmensa memoria y los recuerdos se atropellaban y confundían. No recuerdo que preguntas le planteé pero si le interrogaba sobre su pintura se ponía a hablar de otras cosas, aunque de manera reiterada asomaba siempre el nombre de Juan Benet, que según me dijo, fue un gran amigo suyo. Le hablé de Umbral, por supuesto, y me soltó lo de Paquito, Paquito Umbral para acto seguido exponerme las claves del misticismo y lo que le apareciera en ese momento por su cabeza.
Le dije durante la entrevista que mi padre había sido uno de sus amigos de juventud, y se quedó agradablemente sorprendido. Me preguntó el nombre de papá y se lo dije, y por el gesto que tuvo me pareció que lo recordaba pero no sé, no sé. Ya digo que fue un encuentro difícil, aunque pasaron tres horas sin que apenas me diera cuenta, intentado poner orden en todo aquel rompecabezas que me proporcionaba con sus retorno a un pasado donde ya no existía coherencia. La misma sensación que tuve cuando entrevisté a Antonio Cubillo a propósito de sus dos libros de memorias y si barajaba la posibilidad de un tercer volumen… Para qué fue aquéllo, Cubillo me habló de todo menos de la posibilidad de ese tercer volumen. Mezclando sus experiencias en el exilio con las del atentado que sufrió y su regreso a Canarias. No sé ahora si llegué a publicar aquella desordenada conversación pero es probable que así lo hiciera.
La muerte de Cristino de Vera me pone, además, en estado de alerta porque espero que este año que empieza fuerte no sea como el pasado, en el que se nos fueron tantos y tantos imprescindibles nacidos o residentes en estas tierras africanas. De momento, y en lo que llevamos de recién iniciado el 2026, se nos han ido el que fuera presidente de la Academia Canaria de la Lengua, Antonio Lorenzo Ramos y ahora Cristino de Vera, el artista de la luz y de las sombras, el místico pintor canario que leía a Santa Teresa y San Juan de la Cruz. La verdad es que pese a que su cabeza ya no le funcionara como en el pasado, a mi me produjo una profunda impresión conocerlo y creo que hice bien en no reproducir aquel extenso monólogo porque no tenía una cronología definida.
Pero el caso es que se nos va, y como toda la gente que he tenido la suerte de conocer gracias al periodismo y las entrevistas, algo me duele en el alma cuando sé que ya no están. Lo que me hace pensar que algún día yo tampoco estaré. La idea no es que me de miedo la muerte –no sé a quién le oí decir que no tener miedo es ser libre–, pero sí que me entristece que se vaya gente que, como Cristino de Vera, parecía tan ingenuos y posiblemente felices con su existencia.
Lo normal en una necrológica es enumerar los éxitos del artista tinerfeño, que son muchos, pero he querido honrarlo por como lo conocí. Es la imagen que he tenido de él todo el día antes de que conociera la noticia de su desaparición.
Y eso es todo. O casi todo. El imbécil que llevo dentro me anima a que escriba el tonto consuelo de que nos queda su obra, y sí, y todo eso, pero ya no está en cuerpo y alma entre nosotros. Como algún día yo mismo y quien repare en estas apresuradas líneas tampoco estará en este mundo cada año que pasa más desquiciado y es que si hay una verdad es que somos absolutamente nada de nada, aunque en el caso de Cristino de Vera deje su obra, parte de la cual se puede ver en la Fundación que lleva su nombre.
