Bacon, una novela de Anninka Brunke
“Hay algo muy especial en el momento de crear un postre. Soy consciente de que muchos perciben el dulce como el hermano feo de una comida consistente, el pecado del que se puede prescindir, pero ¡cuánto se equivocan! Nadie mira con ojos tentadores a un plato de callos ni a un escalope de pollo. Sin embargo, una trufa perfecta de chocolate, eso sí que pone a prueba la convicción más férrea”.
Bacon (Annika Brunke, Alrevés, 2025)
No es nada fácil el camino que ha emprendido Annika Brunke en la literatura negra y criminal que se escribe a este lado del Atlántico. Y no es nada fácil porque además de encasillar su novela Bacon en una tendencia vamos a denominar gastronoir, se trata también de una historia con mucha miga, es decir, que cuenta cosas a través de una galería de personajes entre los que destacan la pareja protagonista, la jueza Mara Rodríguez y Beatriz Mantecas, pastelera de oficio y beneficio pero también sospechosa de un crimen que investiga uno de los personajes más singulares que han aparecido hasta la fecha en la historia de la literatura negra y criminal escrita en España: el inspector Aitor Ibarra.
En torno a este curioso triángulo se desarrolla un relato que se ambienta en la capital grancanaria y en el que deambulan unos secundarios que además de apoyar al trío protagonista, arrastran también una sensación de no encajar en el mundo que los une aunque ellos no lo sepan. Entre medio, reflexiones, algunas de ellas muy jugosas, y un caso a resolver que afecta a todo aquel que se ponga a investigarlo. Las herramientas que emplea Brunke para hacerlo es recurriendo a la primera y la tercera persona, pero sin descuidar un estilo que sin pasarse de la raya, le sirve de itinerario para contar, contarnos, lo que expone en un relato que supera las doscientas páginas, y que obtuvo el premio Alexis Ravelo de novela negra en su segunda edición, que se celebró el año pasado.
Publicada por la editorial barcelonesa Alrevés, Bacon es una atractiva aproximación a eso que hemos llamado gastronoir ya que incluye una detallada explicación de recetas de postres que hacen la boca agua. En ocasiones da la sensación que el relato encalla porque no termina de encontrar camino, pero recupera la dirección cuando lo encuentra, lo que hace que discurra con una comodidad que ayuda al lector al seguimiento de una historia escrita en clave criminal, aunque está más cerca al universo del thriller que de la denuncia social implícita en un género, como es el negro criminal, en el que no importan tanto los muertos sino lo que hacen los vivos para enriquecerse y de paso aplastar a los buenos, que suelen ser los que no nacieron con talento para robar al prójimo sin que éste se entere.
La lectura de Bacon es como montarse en una vagoneta de la montaña rusa y viajar por complicados circuitos que no dejan de ser círculos congelados en el espacio. La sensación de asombro y sorpresa no desaparece, y uno se deja llevar a medida que desciende a una velocidad increíble que suaviza cuando hay que subir las cuestas. Y en esta novela hay cuestas, algunas muy pronunciadas aunque al llegar a la cima lo demás no importe. .Y todo eso en una novela donde la violencia, muy dosificada, aparece pero de una forma grisácea, casi desdibujada, como si a la escritora no le interesara, ya que se ocupa más de las acción/reacción de sus personajes, en especial del trío protagonista que es bastante singular en las letras negras, negrísimas, que se escriben en este país.
Para el iniciado en los cuentos y novelas de Roald Dahl, el final de Bacon quizá le despierte el recuerdo de una de las historias cortas más conocidas del escritor británico, también un excelente narrador de literatura infantil, la titulada Cordero asado, pero nos reservamos contarles de qué va con la esperanza de que algún curioso/a se aproxime a este cuento y lo lea para que entienda la explicación de esta asociación. Contarlo, en todo, caso, sería revelar el final de una novela, Bacon, que está muy bien armada, al contar con un andamiaje que permite que todo el edificio de la historia se mantenga firme a medida que se avanza en sus páginas. Páginas que recomendaría a todos aquellos que ponen en duda la singularidad de un género tan negro como es el negro que se escribe en Canarias.
Bacon cuenta también con una particularidad que la hace diferente a otras novelas canarias –o no– que cultivan el género, y es un notable y dosificado sentido del humor que hace que la sonrisa no desaparezca de la boca mientras se lee. Ya es hora de que alguien más imite lo que ha logrado Annika Brunke con esta incursión en lo negro y criminal, un género que no le es nuevo ya que viene cultivándolo desde hace años en otros libros que no trascendieron con el impacto con el que lo ha hecho la que recibió el premio Alexis Ravelo.
A la espera de nuevas obras y con el entusiasmo de leer las historias que tiene publicadas antes de Bacon, Annika Brunke tiene mimbres de autora. El mundo que propone es muy personal ya que conoce, como la Beatriz Manteca de la novela los ingredientes del dulce, las claves a seguir, sobre todo porque en esa mirada irónica y perturbadora a lo Patricia Highsmith que impregna la novela, mezcla y muy bien lo dulce con lo salado.
Saludos, ñam, ñam, desde este lado del ordenador
