Juicio a Satán
No conocía quién fue Ray Russell hasta ver un documental sobre la vida y la obra de Hugh Heffner, el magnate que fundó el imperio Playboy, y que se convirtió en multimillonario mezclando en una revista fotografías de mujeres atractivas sin ropa y artículos de interés. Con el fichaje de Russel como jefe de la sección de narrativa, se informa en este documental, Playboy comenzó a reproducir artículos y relatos de algunos grandes escritores/as norteamericanos de aquellos años, los 60 y 70, subiendo el listón intelectual de una publicación que nunca ejerció la pornografía aunque las autoridades intentaran cerrarla bajo esta acusación.
Ray Russell cultivó como narrador diversos géneros literarios aunque si hay una novela que destaca entre las que firmó es la que lleva por título Juicio a Satán, un relato a medio camino entre el terror y el suspense psicológico que se adelantó muchos años antes a otros éxitos con el diablo metido por medio como fueron La semilla del diablo y El exorcista, de Ira Levin y William Peter Blatty, respectivamente. Es la novela de Blatty sin embargo la que más recuerda cuando se lee el libro de Russell ya que cuenta con paralelismos que me hizo pensar en la extraordinaria novela de Blatty (que cuenta con una segunda parte, muy floja titulada Legión) que obliga a reflexionar hasta que punto pudo influenciarle Juicio a Satán para que escribiera su propia historia de niña poseída por un espíritu del mal. De hecho, cuando comienza al exorcismo de la protagonista de Juicio a Satán, es inevitable recordar algunos de los pasajes de El exorcista. Se apunta sobre todo por las reacciones de la joven poseída frente a los dos sacerdotes que intentan expulsar al demonio de su cuerpo adolescente.
Pero si hay algo que la distancia de la novela de William Peter Blatty es que Ray Russel hasta bien entrado el libro, de poco más de 200 páginas, siembra de dudas la historia con el objeto de que el lector piense si el exorcismo que hacen sacerdote y obispo con la pequeña no es más que una paranoia, una locura transitoria que domina a los representantes de Dios en la tierra, y que por lo tanto no responde a la realidad. Una realidad en la que la niña lo que sufre son problema psiquiátricos y no una posesión diabólica. En este aspecto, Russell juega con bastante inteligencia en esta primera parte con la ambigüedad, ya que no deja claro si efectivamente es el mismísimo Satán quien ha ocupado el cuerpo de la joven o solo se trata del confuso estado mental en el que se encuentran los dos sacerdotes que deciden practicar el exorcismo sin contar apenas con elementos que les convenza de que, efectivamente, el diablo está dentro del cuerpo de la niña. Y es aquí, en esta duda que riega las páginas de casi todo el libro, donde se encuentra el verdadero horror y el verdadero generador de miedo de una novela que salvo en sus páginas finales, no se decanta por una cosa u otra. Es decir, que no toma partido entre los que no creen y los que sí. Y es esa tercera vía la que da sustancia a un libro que se lee con interés, un interés que va más allá de la posesión diabólica.
Es la ambigüedad lo que sostiene la novela, una ambigüedad que si bien se diluye al final, alimenta el interés de un relato que como todo relato que se precie, va creciendo a medida que se lee y es que se aprecia que Ray Russell conocía la técnica para no aburrir a quien leyera cualquiera de sus trabajos, y en concreto esta novela que aborda la posesión diabólica mucho tiempo antes que se rodara El exorcista y otras producciones y libros que dedicaron sus contenidos a plantearse la delgada línea que divide el bien del mal. Y en este caso concreto, con el príncipe de los infiernos como protagonista que suscita un largo debate entre obispo y sacerdote acerca de la necesidad de creer para terminar con toda sombra de mal sobre la tierra.
Porque en Juicio a Satán nacen y se reproducen varias preguntas que van alimentando de contenidos la novela. Uno de ellos la discusión que mantiene el obispo con su público en torno a Dios. Si se cree en Dios, viene a decir el prelado, se tiene que creer en su opuesto que no es otro que Satanás. Y es que como recuerda la autoridad eclesiástica, la existencia del diablo radica precisamente en que nadie cree en su existencia. Una paradoja que la novela resuelve a su manera pero que propone también una solución que se queda como en el aire con la idea, entiendo, de que sea el mismo lector quien la responda de una u otra manera.
A modo de final, Juicio a Satán es una novela recomendable para quienes siguen con más o menos atención las ficciones que se han escrito y rodado sobre el diablo y sus seguidores pero es que también cuenta con ese añadido de ser la primera que apareció, a inicio de los años 60, para describirnos un exorcismo que una década más tarde nos contaría de otra manera pero no tan distinta William Peter Blatty aunque lo mejor, o al menos lo más inquietante de Juicio a Satán es la nota final en la que Ray Russell cuenta que cuando estaba en plena redacción le molestaron unas moscas de considerable tamaño a las que acabó matando en su estudio. Momento, escribe, en el que se acordó de algo que había leído hacía muchos años y olvidado por completo “Belcebú es el lugarteniente de Lucifer. Su nombre en hebreo significa señor de las moscas”.
Saludos, la existencia del diablo radica en que nadie cree en su existencia, desde este lado del ordenador
