Archive for Marzo, 2026

Winnipeg, el barco de la esperanza, un filme de animación de Elio Quiroga y Beñat Beitia Urresti, se estrena en cines el 5 de junio

Martes, Marzo 31st, 2026

Winnipeg, el barco de la esperanza se estrenará en cines en castellano, catalán y euskera el próximo 5 de junio. El film se basa en los hechos reales ocurridos a finales de los años treinta, en plena ola de exiliados españoles a las costas latinoamericanas.

Winnipeg es el nombre de un barco carguero francés que, con capacidad para 100 oficiales y tripulantes, acaba transportando a más de 2.200 personas. Estos refugiados que huyeron de los campos de concentración franceses, llegaron finalmente a Valparaíso (Chile), después de un mes de travesía incierta por el Océano Atlántico y el Pacífico. La iniciativa la tomó el poeta Pablo Neruda, por entonces Cónsul para la inmigración española en París, ayudando junto a su pareja Delia del Carril a miles de republicanos españoles que habían partido primero a Francia huyendo de la guerra.

Winnipeg, el barco de la esperanza narra la travesía de un padre y su hija que, perseguidos por el conflicto bélico y la sinrazón humana, se aferran a su última posibilidad de libertad. Ambientada en el contexto del éxodo y el exilio republicano, la película aborda temas universales como la pérdida, la memoria y la esperanza.

El film explora además las distintas dimensiones del amor (paterno-filial, humano y entre los pueblos), y habla sobre la responsabilidad individual y colectiva, cuestionando el papel de los ciudadanos, los gobiernos y los Estados.

Winnipeg, el barco de la esperanza fue una de las películas de animación iberoamericanas que formaron parte de Animation! WIPs by Annecy 2024 y estuvo presente en la pasada edición de Ventana Sur, el mercado de contenidos audiovisuales más grande de Latinoamérica, que en 2025 se celebró en Buenos Aires. El largometraje inició su andadura en 2019. A lo largo de siete años de sumar esfuerzos diversos equipos y talentos de los tres países han desarrollado esta ambiciosa producción realizada mayoritariamente en técnica de animación 2D y con elementos de 3D.

En su equipo técnico destacan el compositor de la BSO Diego Navarro -creador de las partituras de Mariposas Negras y Atrapa la bandera, ambas ganadoras en la categoría de Mejor Película de Animación en los Premios Goya- y de El fotógrafo de Mauthausen, entre otras, y el creador de personajes Miguel Francisco, con amplia experiencia liderando proyectos como Angry Birds, Best Friends, Kokoon o Stella.

Winnipeg, el barco de la esperanza ha sido producida por Dibulitoon Factory AIE, Dibulitoon Studio, El Otro Film, La Ballesta y Malabar Producciones. El film cuenta además con la participación de RTVE, RTVC y 3Cat. El próximo 5 de junio llegará a los cines de la mano de Barton Films.

LOS DIRECTORES

Winnipeg, el barco de la esperanza ha sido dirigida por Beñat Beitia Urresti y Elio Quiroga, quienes también firman el guion junto a la autora de la novela gráfica que les sirvió de inspiración, Laura Martel. Elio Quiroga cuenta con una amplia trayectoria en cine de género y documental, desde su debut con Fotos (premiada en Sitges), hasta películas como La hora fría, No-Do o La estrategia del pekinés. En animación, ha adaptado Home delivery, una historia de Stephen King.

Por su parte, Beñat Beitia es un artista gráfico con treinta años de trayectoria profesional, que ha formado parte de los equipos de dirección de proyectos para estudios como Dibulitoon, Somuga o Talka Records, en títulos como Black is Beltza, Dixie y la Rebelión Zombi o Yoko y sus amigos.

En palabras del director, Elio Quiroga: “La idea de hacer esta película es que sea una especie de recordatorio de que no debemos repetir ciertos momentos de la historia. Para ello hemos dedicado cuatro años de trabajo, en los que, desde la escritura del guion, que hemos redactado Laura Martel, Beñat Beitia y yo, hasta la creación de un guion técnico, elaborado por los dos directores, o la creación del storyboard, de la mano de Kepa de Orbe, hasta los procesos de animación, reescritura, narrativa visual, sonido o música, esta última de la mano magistral de Diego Navarro, todo ello ha sido un auténtico trabajo de amor, duro en ocasiones, pero lleno de creatividad y entusiasmo; sabiendo que estábamos contando algo muy especial, muy importante.”

Saludos, muchas ganas de verla, desde este lado del ordenador

Siruela reúne en un solo volumen tres novelas del escritor grancanario Alexis Ravelo

Lunes, Marzo 30th, 2026

La editorial Siruela ha tenido el acierto, enorme y se escribe de corazón, de reeditar en un solo volumen tres de las novelas “negras” que el escritor grancanario Alexis Ravelo publicó con este sello. El volumen lleva el título genérico de Las islas negras. Una trilogía canaria, y reúne La ceguera del cangrejo, Un tío con una bolsa en la cabeza y Los nombres prestados, por esta última recibió el Premio Café Gijón 2021 y en ella apuntaba cambios en su complejo mundo literario que, lamentablemente, nunca sabremos por donde iba a evolucionar. El volumen, de casi setecientas páginas, está prologado además por el escritor argentino Ernesto Mallo, creador de un personaje, el comisario Lascano, y fundador y organizador del Festival Buenos Aires Negra, al que invitó a participar a Alexis Ravelo en una de sus ediciones.

Las tres novelas que publica ahora Siruela en un solo volumen recoge lo mejor de un escritor que puso nombre y apellido a la novela negra escrita en Canarias. Género en el que los grancanarios ganan por calidad y animo crítico, a los escritores tinerfeños que también escriben en negro. Una de las razones puedo encontrarla en que la capital grancanaria es la ciudad de Canarias, Santa Cruz de Tenerife no deja de ser, por mucho que se arregle y esconda su honroso pasado, la capital de provincias más provinciana de España, como en su día escribió Ignacio Aldecoa. Otra circunstancia y para mi fundamental, es la forma en como muchos de estos autores escriben estas obras. Y en el caso de Alexis, como también en el de José Luis Correa, trufando el relato de canarismos que más que retrasar la lectura en quien desconoce esa palabra, la enriquece porque enseguida se capta el sentido por el contexto. Además, y como decía siempre el mismo Alexis Ravelo sin enarbolar bandera alguna (cosa que si hacen otros, y así les va), era un escritor canario, y como escritor y como canario escribía como hablaba.

Es una desgracia que el escritor se nos fuera tan pronto, y más en uno de los momentos más dulce de una carrera que le costó sangre, sudor y lágrimas, aunque tuvo siempre una fe inquebrantable en su talento, talento que se disparó sobre todo tras el éxito de La estrategia del pequinés, que tras obtener el Hammett, puso el nombre de Alexis Ravelo en el mapa nacional e internacional. Si a eso unimos su capacidad para atrapar la atención del lector nada más comenzar a leer sus historias, y que Alexis Ravelo fue en los personal un tipo al que casi todos querían, resulta normal que su ausencia aún provoque tanta orfandad.

Una orfandad que me visitó mientras leía estos tres relatos en los que se aprecia el lento pero laborioso proceso de transformación que, literariamente, estaba atravesando Alexis los últimos años de su carrera como escritor. En cierto sentido, me parece que la literatura negra o no de Ravelo estaba cambiando para mejor. Eso sin renunciar a las preocupaciones sociales que salpican todos sus libros, aliñados ocasionalmente con brotes de violencia que sabía dosificar con un estilo que mejora en Los nombres prestados, su última novela publicada, y título en el que el escritor abandona su zona de confort como había sido usar el paisaje de Las Palmas de Gran Canaria como escenario de sus novelas, por el de Nidocuervo y San Expósito, territorios míticos en el que el escritor mezclaba ciudades en las que había estado. San Expósito no es de todas formas una nueva aportación que hizo el escritor a su universo, ya había aparecido en novelas primerizas y de tendencia hard boiled en la bibliografía de un autor que supo, como resalta la crítica Marta Marne, dibujar buenos que no eran tan buenos, ni malos que fueran “la iniquidad hecha carne. Aman, sienten y sufren, aunque puede que no siempre lo hagan por los motivos más éticos”.

De las tres novelas que se incluyen en Las islas negras siento un cariño especial por la que lleva el título más largo: Un tío con una bolsa en la cabeza. Me consta que Alexis Ravelo comenzó a escribirla como un reto, contar una historia en primera persona a través de la voz de un tipo que se asfixia porque tiene una bolsa en la cabeza. Pero lograr lo que consigue partiendo solo de esta premisa, revela el formidable escritor que fue y que seguirá siendo. Alexis Ravelo es uno de esos autores de aquí, canarios, que no dejo de recomendar porque siempre te va a dejar bien, incluso si no eres aficionado a la novela policíaca. Me gusta también y mucho, Los nombres prestados, porque me anuncia la madurez que estaba alcanzando como escritor. Se trata de una novela crepuscular y desde la primera hasta la última página siento el desasosiego de sus protagonistas. Volver a leer estas tres novelas me ha servido también para comprobar que a ninguna les ha arañado el paso de los años, y que como clásico de nuestro tiempo, no envejecerán.

Dejo para el final las sensaciones que he sentido releyendo La ceguera del cangrejo, no porque sea la que menos me entusiasme de las tres, pero no termina de atraparme como sí me pasó con Los nombres prestados y Un tío con una bolsa en la cabeza. Con todo, y teniendo en cuenta que se trata de una de sus novelas que no transcurren en la capital grancanaria ni en San Expósito sino en Lanzarote, como Los milagros prohibidos se ambienta en La Palma durante la Semana Roja, tiene la destreza de narrar un complicado caso en la isla de los volcanes y rendir honores a César Manrique, el artista que trascendió y que fue capaz de transformar la idea de paisaje que hasta ese entonces (y mucho me temo que ahora también) tienen los canarios, gente que ha terminado por resignarse ante la degradación de su territorio.

Las Islas Negras es una buena oportunidad para redescubrir la literatura de Alexis Ravelo y si se da el caso, la de descubrir tres de los mejores trabajos de un escritor que, golpito a golpito, fue labrando una carrera que no envejece, y si lo hace, es con la dignidad de los clásicos.

Saludos, a golpito, desde este lado del ordenador

Cierra el último vídeo club de Canarias

Viernes, Marzo 27th, 2026

La agonía ha sidio lenta, lentísima, casi como si se resistiera a morir… Claro que se trataba de muchos años, casi toda una vida alquilando y vendiendo ya en los últimos años, primero cintas VHS, y más tarde dvd y blue ray que es el formato que contra viento y marea combate a muerte contra plataformas que, como sabe todo el mundo o debería de saber todo el mundo, han terminado por ganar una guerra que desde que comenzó estaba perdido.

El caso es que ayer mismo paso por la calle de Álvarez de Lugo, en la capital tinerfeña, y veo como desmontan el letreto de vídeos Scorpio y me doy cuenta que, efectivamente, ha cerrado el último vídeo club de Tenerife y no sé si de Canarias. Es signo de los tiempos, se acabó lo que se daba, o una manera de entender el entretenimiento que ha sido desplazado por el avance de las nuevas tecnologías y por ese fantasma que recorre el mundo que es la Inteligencia Artificial.

Fue la mañana del jueves, bajo un cielo azul después de tanta tormenta y agua que caía del cielo, cuando, paseando frente a Scorpio, veo la escena del desmonte del letrero del establacimiento. Ahí me dije “terminó una etapa muy feliz de mi vida”, y como muchas de las etapas felices de mi vida, muy vinculada al cine. Al cine como espectador que se refugiaba en la sala a oscuras y si se emocionaba con lo que veía en pantalla, salía de la película con la idea de conseguir el video o el dvd de lo que había visto y había secuestrado mi corazón.

Llevamos desde hace más de un año anunciando la muerte de Scorpio, el crepúsculo de un videoclub que si ahora entras se te hace un nudo en la boca del estómago. Apenas queda alguna estantería, y en las que permanecen, descansa un puñadito de películas que parece que no quiere casi nadie, y eso que están a precios relativamente baratos, 2 y 3 euros, aunque la oferta no tenga demasiado interés para cinéfilos del mundo, uníos…

Gracias a Scorpio y a antes de que aparecieran las plataformas, vi películas que de otra manera no hubiera visto. También es verdad que cuando aparecieron los videoclubes en Santa Cruz de Tenerife, fue la campana que anunció el fin de los cines tradicionales, los de pantalla única que poblaban esta capital de provincias. Después vinieron las multisalas y después un largo y agónico the end que se traduce en descenso de espectadores y subida a precios astronómicos la entrada. Para colmo de males, uno se encierra ahora ante la pantalla a oscuras y está rodeado de devoradores de cotufas, refrescos, golosinas de todos los colores, así que se deja balancear en su butaca bajo el arrullo de centenares de dentaduras triturando comida basura mientras Brad Pitt o quién sea corre y salta en un largometraje que una vez visto, olvidas con la misma facilidad cuando sales a la calle. Eso sí, con menos de diez euros menos en la cartera o en tu cuenta bancaria.

Tienes boca y ganas de gritar. De gritar porque se apaga lentamente un tiempo que asocio a una infancia relativamente feliz, sobre todo porque estaban conmigo algunas de las personas que más he querido (y que ahora noto en falta) de lo que llevo de existencia. Así que el cierre definitivo de Scorpio me parece una derrota. No del empresario, que bastante hizo con abrir el videoclub hasta ayer mismo, sino de los que fuimos sus clientes. Adiós a todo eso. A las interminables conversaciones con quien estuvo al frente, Agustín García Sicilia, desde 1984, un año que hizo historia gracias a George Orwell, y en una pequeña capital de provincias que abrió sus puertas a un video club que ayer cerró defnitivamente para costernación de quien ahora les escribe. Y no porque alquilara ni comprara películas, sino porque se pone fin a un tiempo pasado que no volverá.

Y la nostalgia, saben, es un puñetero error.

Saludos, se acabó, desde este lado del ordenador

Corina Oproae: “Escribo aquello que tengo necesidad de escribir”

Jueves, Marzo 26th, 2026

La Wikipedia dice que renunció a escribir y hablar en rumano tras la muerte de su madre pero eso es una exageración, cuenta la protagonista de esta entrevista, Corina Oproae ((Fagaras, Transilvania, 1973), filóloga, escritora y poeta que tras llegar a Barcelona a finales de los años 90 del pasado siglo XX, cambió su lengua original por el español y el catalán. La poeta era una de las invitadas de Mazapé, Festival Internacional de Poesía de San Juan de la Rambla, que debía de haberse celebrado este fin de semana pero que se suspendió por la borrasca Therese.

La poeta habla más de cuatro idiomas y se dedica también a traducir. En 2024 recibió el XX Premio Tusquets Editores de Novela por La casa limón, experiencia literaria a la que regresa con un libro en el que está trabajando y que cuenta la historia de su madre antes de que ella naciera. Corina Oproae es autora de Mil y una muertes y de Cómo enterrar al padre en un poema.

- Creo que a raíz de la muerte de su madre dejó de escribir en rumano.

“Una de las circunstancias vitales es la muerte de mi madre. Entonces, sí, hubo un distanciamiento, digamos, con mi país de origen. Además, me quedaban pocos familiares en Rumanía porque mi familia había emigrado a Quebec, Canadá. Y, claro, hubo como una especie de pérdida y de contacto también lingüístico. Fue algo como inconsciente ya que sentir rechazo es algo que haces y eres consciente de ello”.

- Habla cuatro idiomas y entiendo que también los escribe.

“Sí, cuatro o más. Vivo en Barcelona y escribo y traduzco en catalán y al catalán. Y hablo español, rumano, francés e inglés”.

- La pregunta es ¿en qué idioma escribe?

“Escribo básicamente en español. Es decir, mi lengua de creación literaria es el español pero sí que he escrito un libro en catalán y yo creo que traducir es leer a fondo y escribir y reescribir un texto. Por lo tanto, podríamos decir que también escribo en catalán cuando me llega ese impulso. No escribo en rumano, si por ahí va la pregunta. No escribo en rumano literatura aunque lo traduzco al catalán y al español, pero no al revés”.

- El hecho de que escogiera tanto el catalán como el español como idiomas para la creación literaria es por alguna razón concreta.

“Porque se ajustan perfectamente a mi narrativa y poesía y se trata, además, de una cuestión vital. Quiero a las personas que me rodean y hablan la misma lengua. Supongo entonces que ha sido por eso. Llevo casi 30 años viviendo en España aunque al principio el cambio realmente no fue intencionado. Yo siempre digo que la lengua me escogió a mí. Yo había escrito en rumano, había publicado en Rumanía y estaba a punto de publicar un libro de poemas que no se publicó finalmente. Cuando empecé a escribir en español me parecía anormal al principio porque no era mi lengua pero las cosas se fueron dando y acabaron siendo como son. Creo que una lengua en cierta forma es identidad, o una parte de la identidad como mínimo aunque pienso que es una identidad entera. Y ahora todas las lenguas que conozco forman parte de mi identidad. Fue un proceso que duró unos años ese desprendimiento del rumano, sobre todo cuando comencé a sentirme cómoda con otra lengua que no era mía”.

- Usted dio clases en su país.

“Soy filóloga hispánica y fui profesora en el Departamento de Filología Hispánica en Rumanía. Daba clases de literatura medieval, de fonética, de literatura latinoamericana. No fue que llegara a España y de repente me pusiera a escribir en español. Lo que se produjo fue un enamoramiento previo muy fuerte hacia la poesía o hacia la literatura escrita en español y no necesariamente española porque, por poner un ejemplo, un poeta en el que ahora podría pensar es Alejandra Pizarnik, la primera vez que la leí fue muy revelador e importante. O luego a los poetas de la generación del 27, recuerdo a Lorca o a Cernuda. Llegar a la poesía en español fue esencial para mí”.

- ¿Y qué tipo de poesía escribe?

“Cada uno escribe la poesía que puede escribir o que escribe una misma o uno mismo. No sé si formo parte de ningún tipo de corriente. Supongo que al venir de tener traducciones literarias un poco distintas en mi formación, soy filóloga inglesa también, entonces, claro, la poesía rumana o la poesía centroeuropea de alguna forma me conforman también ya que fue la primera poesía a la que llegué. Luego vino la poesía española y latinoamericana, británica y norteamericana y entiendo que todo eso hace que haya algo en esta poesía que no se inscribe directamente en una corriente o en una generación. Yo te digo que, por ejemplo, cuando publiqué los primeros poemas en una revista rumana muy conocida, la persona que hacía la introducción decía que no me parecía para nada a mis furiosos compañeros de generación sino que tenía que ver con la poesía que se escribía en España que con la poesía que se escribía en Rumanía. Olvidé mencionar que también he leído mucha poesía catalana y supongo que todo lo que leemos de alguna forma nos define, nos conforma, nos lleva por un camino. Pero no siento que forme parte de ningún tipo de generación o de corriente”.

- Los poemas que mencionaba que había escrito y que nunca publicó ¿estaban escritos en español?

“No, era alumna de la universidad, pero había aprendido el español con 18 años. No se me había ocurrido en ningún momento escribir en otra lengua que no fuera el rumano hasta entonces”.

- ¿Y recuerda el primer poema que escribe en español?

“Sí, sí que recuerdo cuál es el primer poema que escribo en español, y fue escrito aquí, en España. Está incluido en el primer libro que publico en español, Mil y una muertes, en La Garúa, en Barcelona. Es un poema que escribí después de la muerte de mi madre. Este poemario lo volví a publicar muchos años después, por eso comentaba que todo esto es resultado de un largo proceso de adaptación que dura unos diez o quince años”.

- Entiendo que no es lo mismo escribir en español y catalán, son idiomas muy diferentes.

“Sí, sí, totalmente. Una lengua es una identidad, y entonces es como si fueras diversas personas. En español creo que puedo tener un estilo más discursivo, más narrativo. Por ejemplo, estos poemas que acabo de publicar en Tusquets, Cómo enterrar al padre en un poema, son de largo aliento, mientras que en catalán hay algo, creo que incluso en la lengua misma, que te lleva hacia esencializar. Es decir, creo que lo que he escrito en catalán son poemas mucho más sintéticos. Escribí un libro que se titula La mano que tiembla, La mà que tremola, que es un libro que reescribí, de hecho, en español. No está publicado en España, solo se publicó en Colombia, y esto me lleva su pregunta, ya que la reescritura en esta traducción, que de hecho no fue una traducción sino una reescritura, me di cuenta que había una gran diferencia, tanto de tradición literaria como de características del tejido lingüístico mismo. Entonces, sí, es muy diferente escribir en español y en catalán”.

- Si no me equivoco, su primer libro de poesía lo publica en 2016.

“Sí”.

- ¿Ha notado cambios en lo que escribía entonces a hoy?

“Sí, han pasado diez años. Mil y una muertes es un libro que se escribió años después de la muerte de mi madre, que fue en 2004. Mi primer libro publicado está escrito en rumano y no se publicó nunca pero entre Mil y una muertes y Cómo enterrar al padre en un poema existen diferencias aunque mis obsesiones literarias tanto en narrativa como en poesía son las mismas. Intento mirar obsesiones como la muerte y la ausencia desde otros ángulos, pero creo que lo que ha cambiado son también los recursos y algo esencial, que es la libertad que yo siento”.

- Tiene una novela, La casa limón, que recibió el XX Premio Tusquets Editores de Novela 2024 ¿por qué no ha seguido explorando este camino?

 “La novela se escribió porque el espacio de un libro de poemas no me era suficiente para transmitir lo que quería decir ya que si lo hubiera hecho, lo habría hecho de manera menos explícita. Y, claro, yo creo que en el fondo soy un poeta que escribe una novela, y ahora mismo estoy con otra, lo que pasa es que las novelas no se escriben en pocos días, tienen su proceso. Esta novela tuvo también un proceso largo. Entonces, no es que haya dejado de escribir novelas, es que sencillamente escribo aquello que tengo necesidad de escribir. En ese momento, me encontré escribiendo poesía y una novela y fueron de alguna manera escrituras paralelas. Ahora escribo otro libro de poemas y a la vez una novela en la que estoy trabajando y que tal vez la termine en un año o dos, o en tres o cuatro”.

- ¿Por qué?

“El proceso de escritura no lo domino, me domina en todo caso”.

- ¿Le pasa lo mismo cuando escribe poesía?

“De alguna forma sí, porque los textos toman entidad y entonces sabes por dónde tienes que ir porque los textos mismos te los dicen. Evidentemente, estoy ahí moviendo los hilos, pero sí que me gusta que me sorprenda lo que hago y que me diga si tiene que haber un cambio de ruta o si voy bien”. 

- ¿La poesía se lee o se escucha?

“Voy a recitales de poesía y me cuesta concentrarme en la lectura porque necesito estar en silencio y leer en silencio pero también es importante escuchar los poemas y hasta creo que un poema puede funcionar mejor leído en voz alta,recitado, es como la prueba de algodón del poema, igual que lo es la traducción. Cuando un poema funciona y lo traduces a otra lengua, lo descubres, lo sabes enseguida. Claro, hay poemas que se prestan más a lectura y que no necesariamente te piden una lectura en silencio introspectiva, pero a mí me interesa esta poesía, que pide la introspección y que te cambia por dentro”.

- ¿La poesía se puede enseñar?

“La poesía que se enseña en los colegios se hace de una forma que la gente le coge miedo. Todavía hay esa idea de la rima y de ese tipo de análisis que siempre se ha hecho de los poemas. Creo que una vez se ha perdido el miedo a la poesía, el miedo a no entender, porque ese es el miedo que se tiene con la poesía, yo no entiendo de eso, ya está dentro de ti. Si me preguntas sobre la escritura de la poesía, si se puede enseñar a escribir poesía, yo es que no sé qué decir, nunca he creído en este tipo de cosas, de que se puede realmente enseñar a hacer arte o hacer literatura, pero sí que creo en la manera de enseñar a leer porque tú mismo puedes enseñarte a ti mismo leyendo”. 

- La lectura es la mejor manera de aprender. ¿Se atreve a decirme qué libro recomendaría para iniciar precisamente a los lectores que no leen poesía?

“Me acuerdo, por ejemplo, de una clase hace unos años en un instituto, donde leí a los alumnos El horrible remar hacia Dios de Anne Sexton. En este poema, la autora habla con Dios. Se encuentra en el cuarto de baño conversando con Dios, y los estudiantes estaban alucinados, decían, ¿pero esto qué es? Eso también es poesía, y les encantó. Pienso que este tipo de poeta, por ejemplo, Anne Sexton o Walt Whitman, pero también en Mary Oliver, que es una poeta que en apariencia es muy sencilla pero que tiene una profundidad tremenda”.

- ¿En su labor como traductora que literatura se ha prodigado en traducir?

“He traducido sobre todo a escritores rumanos al español y catalán. Pensé que había que devolver algo al país que me dio la educación. Hice una antología de la poesía rumana del siglo XX que publiqué con Visor y que se trata de una antología de casi mil páginas, con los mejores poetas del siglo XX rumanos. Traduje diversas cosas, pero sí, también he traducido del inglés. Hago las traducciones que me entusiasman e interesan. Básicamente poesía, pero también alguna novela”.

- ¿Traduce más poesía que narrativa?

“Sí, he traducido más poesía que narrativa. Si traduces narrativa es como si estuvieras trabajando. Si traduces poesía es como si solo estuvieras creando. Para mí es como una especie de entrenamiento para escribir el traducir poesía. Cuando no escribo, porque también tengo temporadas que las cosas no fluyen, por ejemplo, entonces traducir poesía alivia”.

- Dicen que traducir poesía entraña más complejidad que la prosa.

“ No tengo esta sensación. Yo creo que si traduces un libro de poesía que de alguna forma entiendes de manera orgánica, y tú tienes los recursos de la lengua a la que lo quieres llevar, entonces lo que haces es volverlo a escribir. Tal vez sería difícil para alguien que no fuera poeta pero en mi caso yo encuentro más dificultad en la narrativa ya que tienes que dominar todo tipo de registros. Yo creo que es más complejo traducir narrativa que poesía, aunque siempre se ha dicho lo contrario”.

- Antes mencionaba a Pizarnik. ¿qué otros autores/as considera que han sido referentes en su formación como poeta?

“Vamos a ir por lenguas. Voy a comenzar con el rumano. Voy a intentar ser breve porque hay una larga lista pero pienso en momentos determinantes. En rumano hay un poeta que se llama Lucian Blaga, que traduje. Es un poeta del modernismo rumano. Lo traduje tanto al catalán, su primer poema es de 1919, como al español, en una antología que se llamó La luz que siento, y que publicó Pretextos. Es un poeta extraordinario. También citaría a Ana Blandiana, que creo que es, entre el público lector de poesía rumana en español, bastante conocida. Ha publicado en Galaxia Gutenberg, en Pretextos, y casi toda su obra en español está publicando en Visor. En inglés, Emily Dickinson, E.E. Cummings, Keats. Y luego, en catalán, Mercè Rodoreda. Para mí, llegar a lo que escribe Rodoreda, que es poesía pura, sea la forma que sea, es muy importante. También destacaría a Joan Vinyoli. Voy a intentar limitarme a dos o tres poetas por lengua. En español citaría a Alejandra Pizarnik y Luis Cernuda. Y luego la poesía latinoamericana. Y me dejo demasiados nombres. Contemporáneos, sobre todo, como son los de Chantal Maillard, que me interesa mucho. Y creo que sí, más o menos, estos autores han sido muy importantes para mi pero la lista es muy, muy larga”. 

- ¿Recuerda el primer libro de poesía que leyó y que le hizo pensar quiero hacer esto?

“Los primeros libros de poesía que leí fueron libros infantiles. Mi madre era muy lectora y la recuerdo siendo yo muy pequeña leyendo a los poetas rusos, que estaban muy traducidos al rumano,y también los franceses. Y si bien no entendía muchas cosas sí que notaba su música, pero el primer libro que recuerdo leer a solas fue un libro de sonetos de Shakespeare en rumano. Con ese libro me pasó algo extraordinario: pensar que aquello era lo más maravilloso que había podido leer jamás. No lo había pensado antes, pero ese libro de sonetos que contaba con dibujos y tenía la letra grande –no sé si era una edición para niños, en la portaba había un ciervo y una mujer tocando el arpa– me animó a leer. La experiencia me voló la cabeza y fue lo que me empujó a leer poesía”.

- ¿Tiene algo entre manos?

“Un poemario que como es el caso de Cómo enterrar al padre en un poema tiene ciertas características o exigencias previas. Se trata de un poema salmódico y estoy tratando de escribir esa novela que comentaba antes, y que tiene inspiración autobiográfica porque en ella hablo de la vida de mi madre antes de que yo existiera. Tras fallecer, conseguí ciertas informaciones que no tenía y ahora estoy investigando y trabajando en esa línea, que tiene también que ver con las dificultades de la época dorada comunista rumana”.

Saludos, ¿poesía?, poesía eres tú, desde este lado del ordenador

Que los dioses los perdonen

Miércoles, Marzo 25th, 2026

Se ha hablado estos días de la Casona Estévanez-Borges, que es ese inmueble que se encuentra en el pago de Santa María de Gracia y que el Cabildo de Tenerife quiere convertir en un apéndice del Centro de Fotografia Isla de Tenerife y de paso depositar allí, y entiendo que también exponer, las colecciones de fotografías que se pagaron a precios millonarios en el pasado. Esa casa perteneció a un canario ilustre, hombre de acción más que intelectual según Pío Baroja, y un ave rara no solo en el país canario sino también en España.

Allí por donde estuvo, estuvo, así que reclamo como ciudadano que el uso que se le de a esa Casona sea la de reivindicar la vida y obra de Nicolás Estévanez Murphy. Y no solo porque ocupe un lugar destacado en la historia de España de la segunda mitad del XIX, sino porque se lo merece. Y nada mejor, que en la antigua casa de su familia que el consejero de Cultura del Cabildo de Tenerife, José Carlos Acha, quiere convertir ahora en un “espacio multicultural”, y que se ha obsesionado ciegamente en sacarlo adelante usando para ello argucias que me sorprenden en una persona aparentemente sensata y que procura estar en todos los sitios.

Pero que Nicolás Estévanez se merece lo que se merece, que lo recordemos, basta con remitirnos a las pruebas. Pruebas en las que no solo cuento con el famoso almendro que hubo en el inmueble y que evoca en su poema Canarias (Mi patria no es el mundo;/mi patria no es Europa; / mi patria es de un almendro / la dulce, fresca, inolvidable sombra) del que creo que casi todos los canarios conocemos alguna que otra estrofa, sino también por mantener vivo el legado de un hombre que encarnó en la política de su tiempo valores que hoy prácticamente no existen como es la buena fe, la honestidad y la vocación de servicio, ayudar a mejorar la vida de los demás.
Nicolás Estévanez fue todo un personaje. Y qué personaje.

Hace años y durante una visita a La Habana descubrí una placa que aún recuerda su defensa ética y enérgica de los ocho estudiantes de medicina cubanos injustamente fusilados por las autoridades coloniales españolas el 27 de noviembre de 1871 y volví a redescubrirlo tras leer el retrato que escribe de él Secundino Delgado en ¡Vacaguaré…! (Vía-Crucis), cuya primera edición salió de los talleres de Patricio Estévanez, hermano de Nicolás:

“¿Quién podía ser? Forzosamente había que ir. Bajé de mala gana dispuesto a despachar pronto al curioso que violentaba mi paz a tanta cosa adquirida.

Lo vi y lo amé. Es un anciano corpulento, nervudo, de mirada franca; revela una voluntad poderosa, como poderosa es su naturaleza física, tiene grandes bigotes blancos y retorcidos, una perilla larga exuberante y también muy blanca. De ademanes desenvueltos, como los de un gran jefe; noble a veces y fiero a ratos. Viste de negro y cubre su traje un abrigo oscuro.

Me espera en el interior de la reja. Sus palabras penetran dulce y amorosamente en mi corazón sediento de cariño. Es canario: el más grande de la época; el único. Mi tierra hoy solo produce entecos, esclavos y eunucos al nacer. El que me habla no es de éstos, tiene la arrogancia de los grandes de antaño. Y si no lleva la sangre de aquéllos se ve que mamó en el mismo ambiente.

Antes que me diga su nombre lo adivino; es Nicolás Estévanez. Los canarios de hoy somos ¡tan pequeños!…No hablemos de esto…
Me pregunta por sus peñas, por mi familia, por mi prisión.

Me cuenta, riendo buenamente, que Millán Astray trata de asustarlo, y le contesta siempre riendo, que sus recuerdos más gratos son los procesos y persecuciones del gobierno español; y añade:

- Estaría aquí, contigo, todo el día, hablando de allá… de mi hermano Patricio, de mis amigos, de mis almendros… pero están ahí detrás; no nos dejaron solo; nos están oyendo.

Se despidió. Me dio un mazo de cigarros, me aprieta la mano fuerte y nerviosamente, con su gran manaza blanca, musculada y carnosa.”

La lectura de este texto me sigue erizando la piel, pero lo admito, soy un sentimental. Y más cuando se trata de un canario que trascendió fronteras pero que ha permanecido injustamente olvidado en su tierra quizá por su bronco y nunca domesticado espíritu revolucionario.

Mientras espero una serie de televisión sobre Nicolás Estévanez. Y si no alcanza (que alcanza), un documental, me quedo con sus Memorias apasionadas y oportunamente embellecidas y sus Romances y cantares, versos que han quedado anticuados pero que están preñados de amor a su tierra y a esa desleal España que lo apartó de su lado. Volveré, mientras otros piensan en darle “un uso multidisciplinar” (¿?) a la casona de su familia, a revisar los dos volúmenes de Desde la sombra del almendro. Nicolás Estévanez y Murphy (1838-1914), un monumental trabajo en el que Nicolás Reyes González desmenuzó con paciencia la vida y la obra de un canario que los tuvo bien puestos.

A la espera, porque todo en esta vida es una larga espera, y si es con el Cabildo eterna es la espera… Eterna me está resultando la apertura de la Librería del Cabildo, que por otro de esos errores estratégicos del actual consejero de Cultura, ocupará el mismo espacio en el que cerró hace ya varios años. Es decir, al lado del ruinoso Teatro Baudet.

De momento, me consta que se está trabajando en su interior una vez se hubo catalogado los libros que se salvaron de ser destruidos por el moho y otros elementos naturales en el apartado rincón donde se almacenaron en el pabellón de deportes Santiago Martín, la popular Hamburguesa. Y sí, suena terrible pero fue así.

Que los dioses los perdonen.

Nicolás Estévanez seguro que no.

Saludos, se tenía que decir y se dijo, desde este lado del ordenador

Islas cardinales, una novela de Santiago Gil

Martes, Marzo 24th, 2026

Toda ficción por muy mala o buena que sea tiene algo de autobiográfico. Y la literatura de Santiago Gil juega con su propia vida con un sentido que en apariencia puede ser tachado de impudoroso pero más allá de que el autor se desnude en sus obras, una desnudez siempre en sombras, jugando con los delgado rayos de luz que se filtran a través de una persiana mal cerrada, tiene un sello de pertenencia y un estilo que es cien por cien suyo, de Santiago Gil. Pero más allá de que se inspire en la fabricación de sus obras en reflejarse a sí mismo, vamos a decir que se trata de un yo literario que tiene mucho de él pero que no es él, sus últimas ficciones tienen un aroma confesional que, sospecho, le sirve para mezclar en la historia algún rasgo real, un arañazo que le da la vida, y una fantasía que no es que utilice para engrandecerse, explotar una leyenda que no existe, sino más bien para construir un relato que, como Islas cardinales, tiene tanto de denuncia como de atractiva introspección de un personaje sacudido por un pasado que ha convertido en nostalgia en su recuerdo. Nostalgia de una niñez en un espacio paradisíaco que deja de serlo por el turismo, una madre ausente demasiado pronto, y un padre que está, sí, pero al que no se le espera.

Islas Cardinales está divida en tres partes y cada una de ellas cuenta con un mismo protagonista que se mueve en un escenario que el escritor escribe como de fábula. Y fábula consciente o inconsciente hay mucha en esta novela que dice ser un juego literario pero que va más allá si se sabe leer entre líneas.

En el subsuelo es donde se encuentra la materia literaria a través de la cual nace y crece Islas cardinales aunque por encima queda una narración acelerada y escrita en primera persona que presenta a un personaje que recuerda un bello pasado y que vive un tramposo presente. Es como si el ahora estuviera fotografiado de grises que tiran a oscuro, y no de la luz que ilumina sus recuerdos. En este aspecto, es inevitable sentir lo mismo que siente el protagonista a lo largo de la primera parte, el primer escalón de una escalera de tres peldaños.

Tiene no una sino varias lecturas la novela última de Gil. Un viaje que propone recorrer sin mapa más que unas islas, una isla. La idea es aceptar el desafío y dejarse llevar. Si se quiere, el lector encontrará la salida de este laberinto. Merece la pena el esfuerzo y descubrir que la literatura que se escribe en Canarias tiene voces, con independencia de la generación a la que pertenezcan, que están empeñadas en retratar su isla, y en cómo ésta ha terminado por condicionarlos. Si en el caso de Óscar Liam el viaje es descubrir de dónde viene en Las Galletas, en el caso de Islas Cardinales lo que propone Santiago Gil es mirar a un pasado donde todo era más auténtico por natural. El presente ha borrado todo vestigio de aquellos tiempos, y los que culturalmente se hace en Canarias, en despojos de una sociedad que observa a sus creadores como elementos extraños a los que recurrir para que pinten un mural en la pared de uno de los hoteles de su padre que terminará desgastándose más que por abandono, por olvido. Como si la obra de arte no existiera aunque exista.

El protagonista de la novela es escritor y fue periodista en un remoto pasado. Desde entonces vive a salto de mata, castigado por una multa de Hacienda que deja su economía resentida y la manera de encarar el futuro más difícil porque ya no es el jovenzuelo que busca noticias y que se sintió feliz bajo el abrigo de la redacción del diario en el que trabajaba. En uno de esos curros ocasionales que le salen, se le frustran las expectativas cuando la concejal de Cultura de un municipio le quita el caramelo de un trabajo pactado. No hay explicación de la edil, sino un exabrupto. Duele este momento porque cualquiera que vive en esa misma situación ha sentido en sus carnes algo parecido. Ese desprecio que no tiene nada de sutil, ese mirar a otro lado cuando se es consciente de haber metido la pata, y aún así, mirar adelante mientras la víctima se queda sin el empleo que iba a mantenerlo unos meses.

Pero son muchos más los temas que aborda el escritor grancanario en esta novela. Y en apenas un centenar de páginas, en la que el protagonista, Jacinto Zamora, pudo haber sido otro, “el futuro constructor, el hotelero, el hombre del que mi padre hubiera estado orgulloso, y el joven que mi madre hubiera seguido reconociendo más allá de su mirada y su presencia”. También un pasado en el que el protagonista no termina de ubicarse ya que en los telediarios, cuando llega la hora del hombre del tiempo, la isla, las islas, que señala aparecen en un recuadro en el Mediterráneo. Uno de sus profesores no menciona Marruecos ni Gibraltar, y el fenómeno de la inmigración (regular e irregular) cambia su cartografía sentimental. Lo que vivió ya no existe. No existen esas playas largas y solitarias, la línea de costa ya no está deshabitada sino ocupada por edificios que alojan turistas que son igual de clones que los bloques de apartamentos en los que descansan. ¿Cuándo desapareció aquella tranquila ciudad colonial en la que vivió? Esa que ahora es “ruido, suciedad, inseguridad y gente por todas partes”.

La segunda entrega de la novela propone una isla, islas, ocupadas por Marruecos tras negociarlo con Donald Trump. Y visto lo visto, lo que puede parecer una ocurrencia adquiere rasgos de posibilidad. En la novela, Marruecos consigue que España abandone Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria a cambio de entregar a Norteamérica el coltán que hay en sus aguas e instalar una base militar. Resulta curioso en este capítulo como el escritor deja la actualidad para presentarnos una ucronía en la que el protagonista sigue siendo Jacinto Zamora, solo que ya africano, “ahora sin complejos”. Las cosas de vivir en una provincia llamada Sáhara ailand.

La tercera parte nos devuelve al personaje que conocimos de la primera aunque sea el mismo en estas tres unidades. El caso es que pese a su desgaste físico y mental, Jacinto Zamora, que no quiso ser heredero, se aferra a escribir. Y a leer, y cuando el fantasma de la depresión resulta demasiado grande, a sumergirse en el mar. Un mar que sigue siendo el mismo: frío y cálido a la vez y en el que flota como si aún permaneciese en el vientre materno. El libro se cierra con un final que no desvelaremos pero que resulta clave para digerir este viaje a veces lisérgico al corazón de una isla cardinal.

Saludos, lean que son solo dos días, desde este lado del ordenador