Cierra el último vídeo club de Canarias

La agonía ha sidio lenta, lentísima, casi como si se resistiera a morir… Claro que se trataba de muchos años, casi toda una vida alquilando y vendiendo ya en los últimos años, primero cintas VHS, y más tarde dvd y blue ray que es el formato que contra viento y marea combate a muerte contra plataformas que, como sabe todo el mundo o debería de saber todo el mundo, han terminado por ganar una guerra que desde que comenzó estaba perdido.

El caso es que ayer mismo paso por la calle de Álvarez de Lugo, en la capital tinerfeña, y veo como desmontan el letreto de vídeos Scorpio y me doy cuenta que, efectivamente, ha cerrado el último vídeo club de Tenerife y no sé si de Canarias. Es signo de los tiempos, se acabó lo que se daba, o una manera de entender el entretenimiento que ha sido desplazado por el avance de las nuevas tecnologías y por ese fantasma que recorre el mundo que es la Inteligencia Artificial.

Fue la mañana del jueves, bajo un cielo azul después de tanta tormenta y agua que caía del cielo, cuando, paseando frente a Scorpio, veo la escena del desmonte del letrero del establacimiento. Ahí me dije “terminó una etapa muy feliz de mi vida”, y como muchas de las etapas felices de mi vida, muy vinculada al cine. Al cine como espectador que se refugiaba en la sala a oscuras y si se emocionaba con lo que veía en pantalla, salía de la película con la idea de conseguir el video o el dvd de lo que había visto y había secuestrado mi corazón.

Llevamos desde hace más de un año anunciando la muerte de Scorpio, el crepúsculo de un videoclub que si ahora entras se te hace un nudo en la boca del estómago. Apenas queda alguna estantería, y en las que permanecen, descansa un puñadito de películas que parece que no quiere casi nadie, y eso que están a precios relativamente baratos, 2 y 3 euros, aunque la oferta no tenga demasiado interés para cinéfilos del mundo, uníos…

Gracias a Scorpio y a antes de que aparecieran las plataformas, vi películas que de otra manera no hubiera visto. También es verdad que cuando aparecieron los videoclubes en Santa Cruz de Tenerife, fue la campana que anunció el fin de los cines tradicionales, los de pantalla única que poblaban esta capital de provincias. Después vinieron las multisalas y después un largo y agónico the end que se traduce en descenso de espectadores y subida a precios astronómicos la entrada. Para colmo de males, uno se encierra ahora ante la pantalla a oscuras y está rodeado de devoradores de cotufas, refrescos, golosinas de todos los colores, así que se deja balancear en su butaca bajo el arrullo de centenares de dentaduras triturando comida basura mientras Brad Pitt o quién sea corre y salta en un largometraje que una vez visto, olvidas con la misma facilidad cuando sales a la calle. Eso sí, con menos de diez euros menos en la cartera o en tu cuenta bancaria.

Tienes boca y ganas de gritar. De gritar porque se apaga lentamente un tiempo que asocio a una infancia relativamente feliz, sobre todo porque estaban conmigo algunas de las personas que más he querido (y que ahora noto en falta) de lo que llevo de existencia. Así que el cierre definitivo de Scorpio me parece una derrota. No del empresario, que bastante hizo con abrir el videoclub hasta ayer mismo, sino de los que fuimos sus clientes. Adiós a todo eso. A las interminables conversaciones con quien estuvo al frente, Agustín García Sicilia, desde 1984, un año que hizo historia gracias a George Orwell, y en una pequeña capital de provincias que abrió sus puertas a un video club que ayer cerró defnitivamente para costernación de quien ahora les escribe. Y no porque alquilara ni comprara películas, sino porque se pone fin a un tiempo pasado que no volverá.

Y la nostalgia, saben, es un puñetero error.

Saludos, se acabó, desde este lado del ordenador

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