Islas cardinales, una novela de Santiago Gil
Toda ficción por muy mala o buena que sea tiene algo de autobiográfico. Y la literatura de Santiago Gil juega con su propia vida con un sentido que en apariencia puede ser tachado de impudoroso pero más allá de que el autor se desnude en sus obras, una desnudez siempre en sombras, jugando con los delgado rayos de luz que se filtran a través de una persiana mal cerrada, tiene un sello de pertenencia y un estilo que es cien por cien suyo, de Santiago Gil. Pero más allá de que se inspire en la fabricación de sus obras en reflejarse a sí mismo, vamos a decir que se trata de un yo literario que tiene mucho de él pero que no es él, sus últimas ficciones tienen un aroma confesional que, sospecho, le sirve para mezclar en la historia algún rasgo real, un arañazo que le da la vida, y una fantasía que no es que utilice para engrandecerse, explotar una leyenda que no existe, sino más bien para construir un relato que, como Islas cardinales, tiene tanto de denuncia como de atractiva introspección de un personaje sacudido por un pasado que ha convertido en nostalgia en su recuerdo. Nostalgia de una niñez en un espacio paradisíaco que deja de serlo por el turismo, una madre ausente demasiado pronto, y un padre que está, sí, pero al que no se le espera.
Islas Cardinales está divida en tres partes y cada una de ellas cuenta con un mismo protagonista que se mueve en un escenario que el escritor escribe como de fábula. Y fábula consciente o inconsciente hay mucha en esta novela que dice ser un juego literario pero que va más allá si se sabe leer entre líneas.
En el subsuelo es donde se encuentra la materia literaria a través de la cual nace y crece Islas cardinales aunque por encima queda una narración acelerada y escrita en primera persona que presenta a un personaje que recuerda un bello pasado y que vive un tramposo presente. Es como si el ahora estuviera fotografiado de grises que tiran a oscuro, y no de la luz que ilumina sus recuerdos. En este aspecto, es inevitable sentir lo mismo que siente el protagonista a lo largo de la primera parte, el primer escalón de una escalera de tres peldaños.
Tiene no una sino varias lecturas la novela última de Gil. Un viaje que propone recorrer sin mapa más que unas islas, una isla. La idea es aceptar el desafío y dejarse llevar. Si se quiere, el lector encontrará la salida de este laberinto. Merece la pena el esfuerzo y descubrir que la literatura que se escribe en Canarias tiene voces, con independencia de la generación a la que pertenezcan, que están empeñadas en retratar su isla, y en cómo ésta ha terminado por condicionarlos. Si en el caso de Óscar Liam el viaje es descubrir de dónde viene en Las Galletas, en el caso de Islas Cardinales lo que propone Santiago Gil es mirar a un pasado donde todo era más auténtico por natural. El presente ha borrado todo vestigio de aquellos tiempos, y los que culturalmente se hace en Canarias, en despojos de una sociedad que observa a sus creadores como elementos extraños a los que recurrir para que pinten un mural en la pared de uno de los hoteles de su padre que terminará desgastándose más que por abandono, por olvido. Como si la obra de arte no existiera aunque exista.
El protagonista de la novela es escritor y fue periodista en un remoto pasado. Desde entonces vive a salto de mata, castigado por una multa de Hacienda que deja su economía resentida y la manera de encarar el futuro más difícil porque ya no es el jovenzuelo que busca noticias y que se sintió feliz bajo el abrigo de la redacción del diario en el que trabajaba. En uno de esos curros ocasionales que le salen, se le frustran las expectativas cuando la concejal de Cultura de un municipio le quita el caramelo de un trabajo pactado. No hay explicación de la edil, sino un exabrupto. Duele este momento porque cualquiera que vive en esa misma situación ha sentido en sus carnes algo parecido. Ese desprecio que no tiene nada de sutil, ese mirar a otro lado cuando se es consciente de haber metido la pata, y aún así, mirar adelante mientras la víctima se queda sin el empleo que iba a mantenerlo unos meses.
Pero son muchos más los temas que aborda el escritor grancanario en esta novela. Y en apenas un centenar de páginas, en la que el protagonista, Jacinto Zamora, pudo haber sido otro, “el futuro constructor, el hotelero, el hombre del que mi padre hubiera estado orgulloso, y el joven que mi madre hubiera seguido reconociendo más allá de su mirada y su presencia”. También un pasado en el que el protagonista no termina de ubicarse ya que en los telediarios, cuando llega la hora del hombre del tiempo, la isla, las islas, que señala aparecen en un recuadro en el Mediterráneo. Uno de sus profesores no menciona Marruecos ni Gibraltar, y el fenómeno de la inmigración (regular e irregular) cambia su cartografía sentimental. Lo que vivió ya no existe. No existen esas playas largas y solitarias, la línea de costa ya no está deshabitada sino ocupada por edificios que alojan turistas que son igual de clones que los bloques de apartamentos en los que descansan. ¿Cuándo desapareció aquella tranquila ciudad colonial en la que vivió? Esa que ahora es “ruido, suciedad, inseguridad y gente por todas partes”.
La segunda entrega de la novela propone una isla, islas, ocupadas por Marruecos tras negociarlo con Donald Trump. Y visto lo visto, lo que puede parecer una ocurrencia adquiere rasgos de posibilidad. En la novela, Marruecos consigue que España abandone Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria a cambio de entregar a Norteamérica el coltán que hay en sus aguas e instalar una base militar. Resulta curioso en este capítulo como el escritor deja la actualidad para presentarnos una ucronía en la que el protagonista sigue siendo Jacinto Zamora, solo que ya africano, “ahora sin complejos”. Las cosas de vivir en una provincia llamada Sáhara ailand.
La tercera parte nos devuelve al personaje que conocimos de la primera aunque sea el mismo en estas tres unidades. El caso es que pese a su desgaste físico y mental, Jacinto Zamora, que no quiso ser heredero, se aferra a escribir. Y a leer, y cuando el fantasma de la depresión resulta demasiado grande, a sumergirse en el mar. Un mar que sigue siendo el mismo: frío y cálido a la vez y en el que flota como si aún permaneciese en el vientre materno. El libro se cierra con un final que no desvelaremos pero que resulta clave para digerir este viaje a veces lisérgico al corazón de una isla cardinal.
Saludos, lean que son solo dos días, desde este lado del ordenador
