Que los dioses los perdonen

Se ha hablado estos días de la Casona Estévanez-Borges, que es ese inmueble que se encuentra en el pago de Santa María de Gracia y que el Cabildo de Tenerife quiere convertir en un apéndice del Centro de Fotografia Isla de Tenerife y de paso depositar allí, y entiendo que también exponer, las colecciones de fotografías que se pagaron a precios millonarios en el pasado. Esa casa perteneció a un canario ilustre, hombre de acción más que intelectual según Pío Baroja, y un ave rara no solo en el país canario sino también en España.

Allí por donde estuvo, estuvo, así que reclamo como ciudadano que el uso que se le de a esa Casona sea la de reivindicar la vida y obra de Nicolás Estévanez Murphy. Y no solo porque ocupe un lugar destacado en la historia de España de la segunda mitad del XIX, sino porque se lo merece. Y nada mejor, que en la antigua casa de su familia que el consejero de Cultura del Cabildo de Tenerife, José Carlos Acha, quiere convertir ahora en un “espacio multicultural”, y que se ha obsesionado ciegamente en sacarlo adelante usando para ello argucias que me sorprenden en una persona aparentemente sensata y que procura estar en todos los sitios.

Pero que Nicolás Estévanez se merece lo que se merece, que lo recordemos, basta con remitirnos a las pruebas. Pruebas en las que no solo cuento con el famoso almendro que hubo en el inmueble y que evoca en su poema Canarias (Mi patria no es el mundo;/mi patria no es Europa; / mi patria es de un almendro / la dulce, fresca, inolvidable sombra) del que creo que casi todos los canarios conocemos alguna que otra estrofa, sino también por mantener vivo el legado de un hombre que encarnó en la política de su tiempo valores que hoy prácticamente no existen como es la buena fe, la honestidad y la vocación de servicio, ayudar a mejorar la vida de los demás.
Nicolás Estévanez fue todo un personaje. Y qué personaje.

Hace años y durante una visita a La Habana descubrí una placa que aún recuerda su defensa ética y enérgica de los ocho estudiantes de medicina cubanos injustamente fusilados por las autoridades coloniales españolas el 27 de noviembre de 1871 y volví a redescubrirlo tras leer el retrato que escribe de él Secundino Delgado en ¡Vacaguaré…! (Vía-Crucis), cuya primera edición salió de los talleres de Patricio Estévanez, hermano de Nicolás:

“¿Quién podía ser? Forzosamente había que ir. Bajé de mala gana dispuesto a despachar pronto al curioso que violentaba mi paz a tanta cosa adquirida.

Lo vi y lo amé. Es un anciano corpulento, nervudo, de mirada franca; revela una voluntad poderosa, como poderosa es su naturaleza física, tiene grandes bigotes blancos y retorcidos, una perilla larga exuberante y también muy blanca. De ademanes desenvueltos, como los de un gran jefe; noble a veces y fiero a ratos. Viste de negro y cubre su traje un abrigo oscuro.

Me espera en el interior de la reja. Sus palabras penetran dulce y amorosamente en mi corazón sediento de cariño. Es canario: el más grande de la época; el único. Mi tierra hoy solo produce entecos, esclavos y eunucos al nacer. El que me habla no es de éstos, tiene la arrogancia de los grandes de antaño. Y si no lleva la sangre de aquéllos se ve que mamó en el mismo ambiente.

Antes que me diga su nombre lo adivino; es Nicolás Estévanez. Los canarios de hoy somos ¡tan pequeños!…No hablemos de esto…
Me pregunta por sus peñas, por mi familia, por mi prisión.

Me cuenta, riendo buenamente, que Millán Astray trata de asustarlo, y le contesta siempre riendo, que sus recuerdos más gratos son los procesos y persecuciones del gobierno español; y añade:

- Estaría aquí, contigo, todo el día, hablando de allá… de mi hermano Patricio, de mis amigos, de mis almendros… pero están ahí detrás; no nos dejaron solo; nos están oyendo.

Se despidió. Me dio un mazo de cigarros, me aprieta la mano fuerte y nerviosamente, con su gran manaza blanca, musculada y carnosa.”

La lectura de este texto me sigue erizando la piel, pero lo admito, soy un sentimental. Y más cuando se trata de un canario que trascendió fronteras pero que ha permanecido injustamente olvidado en su tierra quizá por su bronco y nunca domesticado espíritu revolucionario.

Mientras espero una serie de televisión sobre Nicolás Estévanez. Y si no alcanza (que alcanza), un documental, me quedo con sus Memorias apasionadas y oportunamente embellecidas y sus Romances y cantares, versos que han quedado anticuados pero que están preñados de amor a su tierra y a esa desleal España que lo apartó de su lado. Volveré, mientras otros piensan en darle “un uso multidisciplinar” (¿?) a la casona de su familia, a revisar los dos volúmenes de Desde la sombra del almendro. Nicolás Estévanez y Murphy (1838-1914), un monumental trabajo en el que Nicolás Reyes González desmenuzó con paciencia la vida y la obra de un canario que los tuvo bien puestos.

A la espera, porque todo en esta vida es una larga espera, y si es con el Cabildo eterna es la espera… Eterna me está resultando la apertura de la Librería del Cabildo, que por otro de esos errores estratégicos del actual consejero de Cultura, ocupará el mismo espacio en el que cerró hace ya varios años. Es decir, al lado del ruinoso Teatro Baudet.

De momento, me consta que se está trabajando en su interior una vez se hubo catalogado los libros que se salvaron de ser destruidos por el moho y otros elementos naturales en el apartado rincón donde se almacenaron en el pabellón de deportes Santiago Martín, la popular Hamburguesa. Y sí, suena terrible pero fue así.

Que los dioses los perdonen.

Nicolás Estévanez seguro que no.

Saludos, se tenía que decir y se dijo, desde este lado del ordenador

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