
Cuando en casa cualquiera de nosotros caía enfermo lo habitual era que te regalaran un libro. Mi primer Astérix llegó de esa manera. Lo guardo aún con mucho cariño: Astérix y los normandos. Creo que como a muchos la afición por la lectura me vino primero con los colorines y de ahí di el salto sin paracaidas a lecturas más serias, serias porque todo eran letras aunque quisiera romper una lanza en favor de las novelas de aventuras que incluían alguna ilustración.
En casa hubo muchas de Julio Verne pero el escritor que me arrebató el corazón en aquella primera etapa de la vida fue el italiano Emilio Salgari, quizá porque me lo pasaba mejor surcando los siete mares y atravesando desiertos y junglas repletas de feroces fieras. Después estaban los volúmenes con lomo de tela que editorial Juventud publicó de Tintín, pero estos no me lo prestaban mis hermanos mayores, conocedores de mi afición por destripar las cosas.
Pasado el tiempo, descubrí en casa un libro que entiendo había pertenecido a mi padre cuando era solo un niño. Se trataba de una versión muy reducida de Las mil y una noches, tanto, que reunía solo seis cuentos más que originales, adaptados. Ahí estaba Ali Babá y los cuarenta ladrones y uno de los viajes fantásticos de Simbad. No recuerdo otros pero sí que contaba con unas preciosas láminas a todo color en la que se resumía uno de los momentos más importantes del relato. La lectura de aquel libro me raptó el alma aunque no entendía el título, ¿por qué Mil y una noches cuando solo se podían leer seis historias?
Un poco más tarde me di cuenta. Fue en el cumpleaños de una amiga. Alguien le regaló una edición ilustrada de Las mil y una noches en la que se reproducían doce historias y no seis. La edición era bastante fea, e incluía cuentos que había en la mía, como Alí Babá, pero me pasé el resto de la fiesta leyéndolo tirado en el suelo mientras a mi alrededor se cantaba el cumpleaños feliz y llegaba hasta mi nariz el olor de la cera de las velas sobre el pastel.
Recuerdo que tenía hambre de lecturas, sobre todo de cuentos infantiles que a mi me resultaban bastante terroríficos, hasta que llegó a mis manos una novela que lo cambió todo para mejor. Aquella novela no era otra que La isla del tesoro, de R.L. Stevenson, escritor del que he procurado leérmelo todo. Y si no todo, casi todo. La isla del tesoro fue de hecho el primer libro que leí sin ilustraciones y desde entonces se ha convertido en un título de cabecera, y en una de esas obras que suelo releer para no terminar rematadamente loco y volver a confiar en ese mono sin pelo que es el ser humano.
A partir de entonces fue un no parar. Se produjo mi flechazo con Ray Bradburyy y mucho más tarde con Guy de Maupassant y el gran Chejov. Más tarde llegaron Theorore Sturgeon y Alfred Bester y, cómo no, H.P. Lovecraft que es un autor ideal para jóvenes que cuando duermen no tienen pesadillas que fue mi caso. Como lector fui y sigo siendo bastante heterodoxo porque leía/leo de todo, y disfrutaba/o con todo. Novela policiaca, de ciencia ficción, de terror (otro momento clave fue devorar el Soy leyenda de Richard Mathenson y La hora del vampiro (Salem Lot) de Stephen King, pero es que antes vino Drácula, cuyo ejemplar que tengo en casa terminará por desintegrarse de la de veces que lo he leído y releído como si en mi pecho anidara el corazón del mismísimo Renfield); fantástica y otros y otros géneros que han ido formando una biblioteca en la que ya no sé donde poner tanto libro. La mayoría descansa en columnas de papel en el suelo. Las fantásticas novelas de James Bond, las de espías con mayúsculas de Eric Ambler, Graham Greene (mi otro escritor favorito), John le Carré, Len Deighton.. Y mi descubrimiento de un país diminuto e insular como es Cuba.
A Cuba llegué cuando vi en el cine Rex de la capital tinerfeña Che, una película de Richard Fleischer en la que Omar Sharif interpreta a un iluminado y asesino guerrillero argentino y Jack Palance a un psicópata Fidel Castro. Salí de aquella sesión con la certeza de que todo aquello que me habían contado era mentira, así que me puse a leer primero cosas de Ernesto Guevara y más tarde sobre Fidel.
El Che no era mal escritor, además de sus diarios (los que escribió en el Congo y más tarde en Bolivia, donde acabaron con su vida), es autor de Pasajes de la guerra revolucionaria que a mi me parece una extraordinaria novela de aventuras. Repleta de incursiones por las junglas de la Sierra Maestra, refriegas, ejecuciones que ahora entiendo sumarias, y protagonistas que junto al comandante Guevara hoy forman parte de la mitología revolucionaria cubana. No saben ustedes la emoción que sentí cuando en uno de mis primeros viajes a La Habana contemplé el yate Granma encerrado en aquella gigantesca urna de cristal, y el recorrido que hacía casi todos los días por las estancias del Museo de la Revolución. Cosas de adolescente. Solo que a mi en vez de fascinarme el deporte me fascinaba la historia de aquella isla que sentía tan mía. Aquí mataron a Maceo, en esta casa vivió José Martí, más allá y más acá puede usted ver…
Me resulta muy extraño que me hayan asaltado estos recuerdos tal día como hoy, pero debe ser cosas de la edad porque en mi corazón llevo también los libros de Ramón J. Sender, los que he leído de una bibliografía copiosa: Réquiem por un campesino español y La tesis de Nancy en el colegio, pero Imán, La aventura equiccnocial de Lope de Aguirre y El bandido adolescente estando fuera de él, y Crónica del alba, trilogía que a mi me parece lo mejor de un escritor que no ha sido lo suficientemente reivindicado como merece. O Arturo Barera y su La forja de un rebelde, o Max Aub y ese ciclo de seis novelas que dedicó a la Guerra Civil. Y Agustín de Foxá, quien desde el otro lado me enseñó que también se sabía contar historias antes de que olieran a capilla e incienso franquista.
Muchos, demasiados… De canarios, ya en el instituto: Mararía, de Rafael Arozarena y más adelante el descubrimiento de la mejor novela de José Antonio Rial, que no es La prisión de Fyffes sino Tiempo de espera, y una novela olvidada y perdida, que exige ser editada con urgencia, como es La ciudad tiene otra cara, de Luis Gálvez Monreal. Recuerdo, por otra parte, una feria del libro que organizó en un aula un profesor de Historia de cuyo nombre no puedo acordarme, mi encuentro con otra novela que me sacudió el alma: Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque. A lápiz, y aún se puede leer en la primera página lo que escribí: Dios, qué novela.
Son recuerdos dispersos, en los que se cruzan las aventuras bélicas de Sven Hassel con las de carreteras de Jack Kerouack, autor de dos libros regulares (En el camino y Los vagabundos del Dharma) y de otros tantos bastante malos; el gran Poe, la gigantesca Patricia Highsmith, H. Ridder Haggard, que descubrí algo tarde pero que me secuestró el alma; Ernest Hemingway, John Dos Passos y F.Scott Fitzgerald, al que le debo tantas noches gastadas con champán barato mientras buscada a mi Zelda que nunca apareció; Jim Thompon, Dashiel Hammet, David Goodis, William R. Burnett, Horace McCoy… Una lista larga, larguísima de autores que, como ven, procedían la mayoría de otros países que no era España, ya que mi afición por nuestras letras comenzaría años más tarde, aunque me decanté por los autores/as que vivieron una Guerra Civil que sigue coleando, sobre todo entre quienes no la vivieron y ni siquiera se han molestado en conocer sus efectos devastadores a través de la lectura de estas obras, testimonios basados en hechos reales por desgracia.
Y centroeuropeos como Joseph Roth y Stefan Zweig. Así que no veas el mosqueo que me cogí estando en Viena cuando pregunté en un punto turístico si me podían indicar donde habían vivido y el vienés se me quedó a cuadros y solo me señaló en el mapa la casa-consulta de Freud. En fin, que mi experiencia en la capital de Austria fue bastante decepcionante aunque allí conocí a una pareja de mexicanos. Él, un militar jubilado y ella una mujer empeñada en que me fuera a su país para buscarme “una noviecita”. Estando en la noria del Prater, la misma que aparece en El tercer hombre no me resistí cuando la vagoneta se detuvo en lo alto repetir el parlamento de Harry Lime (Orson Welles): “En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras, matanzas, asesinatos… Pero también Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? ¡El reloj de cuco!”
Y hasta aquí llego, por mi cabeza bullen ahora escritores/as que me robaron el corazón y que están con sus obras en los anaqueles de mi caótica biblioteca. ¿Me da cosa pensar donde terminarán cuando ya no esté en este valle de lágrimas? La verdad es que no. Terminen desintegrándose o cayendo en las manos de alguien que sepa apreciarlos, los libros son lo que son. Ya saben, contenedores de historias, objetos que guardan sueños para los que aprendimos a no tener pesadillas ya que con la vida real nos bastaba y nos basta.
Nos vemos en el infierno.
Saludos, buenas lecturas, desde este lado del ordenador