Un paseo por Santa Cruz de Tenerife siguiendo las huellas de ‘El caso del cliente de Nouakchott’
“Decidí comer en Casa El Puntero. Mi padre contaba que era el único lugar en Santa Cruz donde aún se podía encontrar pescado fresco. Eso debió ser antes de que entrenaran mai fer leidi. Además a mi no me gusta el pescado. Soy cliente de El Puntero porque usa manteles de plástico, sillas plegables de madera y un urinario de agujero, la cocinera está sorda y tardan en servirte. Como Dios manda”.
El caso del cliente de Nouakchott, Jaime Mir.
Editorial Confederación de Cajas de Ahorro, 1991
Oristán y Gociano,2011
Hay novelas a las que el paso del tiempo no araña y contamos con varias de este tipo en este archipiélago africano que vive de espaldas a su continente natural pero que mira al menos de frente al gigante americano que se encuentra tras leguas y leguas de un océano impetuoso cuyo carácter, espero, ha forjado en parte la identidad de los que habitan estos peñascos.
Este mismo jueves tuve la oportunidad de vivir una experiencia que me emocionó por dentro y por fuera. Fue un paseo espontáneo por las calles de Santa Cruz de Tenerife buscando los escenarios en los que se desarrolla parte de la acción de El caso del cliente de Nouakchott, por la que Jaime Mir obtuvo el Premio de Edición Benito Pérez Armas 1990. Es verdad que entonces esta distinción disfrutaba de mayor reclamo que hoy, en especial porque su cuantía económica resultaba mucho mayor a la actual aunque todavía hay desequilibrados/as (no los puedo llamar de otra forma) que matarían a su madre por ganar el Premio, y no por el dinero (hoy bastante raquítico) sino porque en su podrido imaginario es como pertenecer al club de los ganadores del Premio Benito Pérez Armas, galardón que nunca le dieron a Alexis Ravelo, lo que pone en tela de juicio el criterio de un jurado que con el paso del tiempo ya no ocupan los mismos sino un relevo que se sucede cada dos años.
Les contaba que me fui de expedición con ese grupo de entusiastas lectores porque tuvieron la amabilidad de invitarme a participar en la excursión, que partía de la Plaza de la Paz, donde entre parada y parada se leían fragmentos relacionados con el espacio en el que nos encontrábamos y que aparecen reproducidos en la novela de Jaime Mir. Han pasado ya 36 años, y releyendo El caso del cliente de Nouakchott me he dado cuenta que además del tiempo transcurrido, el paisaje de la capital tinerfeña poco tiene que ver con el que nos describe aunque hay escenarios, como la plaza de Duggi, que permanecen casi intactos. En las proximidades de la plaza de Duggi es donde Carlos Alonso Rico, alias Jeque, tiene su despacho, estancia que comparte con su secretaria, Rosi.
Este itinerario que incluyó calles, barrios como El Toscal y lugares emblemáticos como la Plaza de Toros, la plaza del Príncipe y locales legendarios ya cerrados y que forman parte de la leyenda urbana chicharrera como el Espacio 41 y la Recova, el mercado de Nuestra Señora de África, estuvo organizado por el club de lectura de profesorado de IES La Laboral, y la ruta (cuidadosa y con paradas para leer textos de la novela y de paso charlar de cómo eran las cosas entonces) estuvo organizada por Joaquín Ayala, todo un enamorado de esta novela singularísima en las letras que se escriben a este lado del Atlántico. Acompañó a la expedición uno de los hermanos de Jaime, Luis Mir, así que todo quedó en familia, tejiendo dentro del grupo una sensación de buen rollo tan necesario en estos días de cólera.
Alguien me preguntó durante el largo paseo la razón de que Santa Cruz de Tenerife haya aparecido tan poco en novelas de este género, a lo que expliqué que en parte se debe a que salvo El caso del cliente de Nouakchott, lo que hay publicado es de ínfima calidad y a las pruebas me remito. Existe incluso un intento de imitación de la novela de Jaime, solo que quien la escribe pese a piratearle el lugar donde tiene su protagonista el despacho (Duggi) carece de la inventiva, el dominio del lenguaje, la capacidad para los juegos de palabras y la comprensión lectora de un escritor que como fue Mir nunca se creyó demasiado que lo fuera.
Me cuenta su hermano que han encontrado apuntes entre los papeles de Jaime de un libro en el que podría haber estado trabajando. Y en mis archivos me topé con dos páginas que me envió en su día (no he podido borrar el correo) que con el título de El sicario cuenta la visita de un tipo a una casa donde (imagino) tiene que ejecutar a un hombre. Escrito así suena muy serio pero si leen estas páginas se percatarán que Jaime cuando escribía literatura podía ser cualquier cosa menos serio.
Escribo estas líneas a modo de agradecimiento a los miembros de Club de Lectura de profesorado del IES La Laboral de La Laguna, y en especial a Joaquín Ayala por la organización y a Luis Mir por los recuerdos familiares que fue desgranando en las paradas que se fueron haciendo a lo largo del camino. Quise hablarle a Luis de Trotsky, un buenazo pero impresionante perro bardino que tuvieron cuando todos imagino que éramos más felices pero tuve que irme antes de que finalizara el itinerario propuesto porque otras tareas requirieron el concurso de mis modestos esfuerzos.
Pero mereció la pena.
Y sí, fue muy bonito mientras duró.
FOTO: En la imagen, los expedicionarios.
Saludos, ¿el Portón de Oro o la Fontana de Oro?, desde este lado del ordenador

