Anatomía de un instante
“Recibo este premio con una emoción enorme y un profundo sentido de la responsabilidad”
El instante, diciéndolo suavemente, resultó embarazoso y hasta dio algo de pena (pero también grima). Sucedió el lunes pasado, 18 de mayo, en la cuarta edición de los Premios Talía 2026 de la Academia de las Artes escénicas de España. Si quieren pasar vergüenza ajena pinchen en este enlace y busquen el minuto 1:28, donde verán corretear como una peonza y vestido de smoking al consejero de Cultura del Cabildo y presidente del Auditorio de Tenerife, José Carlos Acha, rumbo al escenario de la sala roja Concha Velasco de los Teatros del Canal, en Madrid, donde lo esperaba el actor Rafael Castejón para hacerle entrega del premio al mejor espectáculo lírico, que recayó en Yerma, coproducido además de por el Auditorio de Tenerife por el Festival Amazonas de Ópera (Manaos, Brasil), Festival de Ópera do Theatro da Paz (Belém, Brasil) y el Teatro de la Zarzuela y trabajo –basado en la obra de Federico García Lorca– que también se llevó el premio al mejor diseño de vestuario, que recogió Ana Garay.
Si ven ese instante, Castejón le hace entrega del trofeo, que Acha recoge y le devuelve para acercarse al micrófono y leer su discurso… Y he aquí cuando de produce la guasa, el chiste, el espectáculo lamentable e involuntario.
José Carlos Acha no encuentra en la pantalla del móvil las palabras que debe de dictar, pasan los segundos a toda pastilla y el consejero balbucea hasta que suelta: “una hora menos en Canarias” para justificar su torpeza a lo que el público asistente contesta con unas risas para tranquilizarlo. Algo así como “no pasa nada pero date prisa, hostias”. Al final encuentra las palabras de agradecimiento y suelta el discurso.
Pueden sufrir el involuntario espectáculo y echarse unas risas para no llorar, que fue lo que me pasó a mi, si se animan a hacerlo. Si no lo hacen, se ahorrarán pasar un mal rato pero si lo hacen, les aseguro que reirán para no llorar aunque ser torpe no signifique vivir en unas islas que tienen una hora menos con respecto a la España peninsular, pero si tienen el mismo huso horario que Portugal, Irlanda e Inglaterra.
Es tanta la vergüenza ajena que uno solo puede pensar aquello de trágame tierra claro que, últimamente, pocas cosas son las que ya no me sorprenden de José Carlos de Acha. O Pepón o Atila porque allí por donde pasa no vuelve a crecer la hierba.
Tras ver el espectáculo me asaltaron las preguntas. La primera de ellas es qué hacía José Carlos Acha recogiendo un premio que en pruridad tenía que haberlo recogido el director de escena y escenógrafo y el director musical de Yerma, Paco Azorín y Luiz Fernando Malheiro, respectivamente. O algún miembro del equipo de producción ya puestos. Fueron ellos los responsables artísticos que hicieron posible la obra y no Acha, a quien no veo como una estrella sino más bien como alguien que se estrella día sí, día no. Pero en fin, así está el nivel.
Para calentar un poco más el ambiente, las malas lenguas van contando por ahí que el director artístico del Auditorio de Tenerife, José Luis Rivero, cuando se enteró que se iba a Madrid pero no para recoger el Premio ya que lo haría en su lugar el Consejero, decidió dar un paso atrás y que fuera en su lugar el gerente del Auditorio, Daniel Cerezo. Una mala decisión, porque ver en directo el balbuceo de Acha seguro que le hubiera provocado unas de esas carcajadas que salen del estómago y uno suelta como si fueran varios cuescos…
La pregunta del millón, sin embargo, es ¿qué hacía el presidente del Auditorio de Tenerife recogiendo el premio?, ¿por qué politizar el acto? Es como si José Carlos Acha no se hubiera enterado, en el peor de los casos, que los premios los recogen los profesionales y no los políticos, y que con su gesto se pasó por el arco del triunfo una norma no escrita en el sector como es la de “no politizar la entrega de premios relacionados con el mundillo del arte”. Craso error con un tipo como José Carlos Acha que, aficionado a salir en la foto, ahora quiere aparecer en todos los saraos.
Lo malo es que no haya nadie que le diga que lo que está haciendo es el ridículo, y que entre otras cosas le pagan (y muy bien, por cierto) para que no lo haga. El ridículo. Pero a Acha le entra por un oído y le sale por el otro. Y ahí queda para la posteridad la imagen de todo un consejero de Cultura que desde el escenario busca torpemente y durante unos minutos (la vida es eterna en cinco minutos, cantaba Víctor Jara) el discurso de agradecimiento. Instante que se ha convertido junto a la ausencia de José Luis Rivero, en la comidilla del sector. Además de caer muy mal en la república independiente del Auditorio de Tenerife. Ah, si esas paredes hablaran… Claro que si hablaran, la obra de ingeniería de Santiago Calatrava se caería a pedazos. Aunque a puntito está… Tiempo al tiempo.
En fin, que el espectáculo del consejero de Cultura pasará a la historia como uno de los instantes más descacharrantes de los Premios Talía y de los más vergonzosos para los que vivimos acá, con una hora menos. Y no por torpes, precisamente, aunque algunos como el consejero sí que lo sea. Y no me vale con “son las cosas de Acha”. Que se relaje en todo caso, porque se nota, se aprecia que todo esto le viene demasiado grande y que está muy nervioso porque tiene demasiados frentes abiertos y expedientes por cerrar. Y se le agota el tiempo. Para colmo de males, el dúo sacapuntas que lo acompaña y que son “de su absoluta confianza” están más perdidos que Chuck Norris en una película de Woody Allen y mientras tanto el tiempo parece que “galopa y corta el viento” y que lo inevitable se aproxima en ná de ná, José Carlos, en ná de ná.
Saludos, yermo más que yerma, desde este lado del ordenador
