El cine según Joseph Roth
Joseph Roth describe en la primera reseña de De Cine (Casimiro Libros) la exhibición de una película en una pequeña ciudad germano-morava. El dibujo que hace de los espectadores que asisten a la proyección es cuanto menos pintoresco:
“La sala estaba a rebosar y entre el público reinaba el ambiente de expectación propio de los estrenos. Había chicas jóvenes de mirada apasionada. Escolares de digna gravedad seguían en vilo los acontecimientos del drama. Los jóvenes espectadores devoraban el gesto más insignificante de la mano, el más mínimo parpadeo del héroe o de la heroína. Y comprendí el influjo pedagógico del cine en la juventud de esta pequeña ciudad. Lo percibí del golpe: era el motivo de que las mujeres mostraran esa expresión coqueta, esa forma majestuosa y condescendiente de inclinar la cabeza cuando se las saludaba. La chica de los recados se comportaba como una dama. La rubia dependienta de la papelería de la esquina imitaba a una princesa. Lo cotidiano se había convertido en película. El episodio minúsculo y prosaico, en escena. Y ellos mismos, todos esos hombrecitos y todas esas mujercitas eran héroes y heroínas. Asta Nielsen y Henry Porten, Harry Walden y Valdemar Psilander en diez mil copias”.
Este fragmento es también una declaración de principios sobre lo que el gran escritor pensaba sobre el cine escritas con un tono que media entre lo irónico y lo festivo, entre la crítica y la opinión lúdica, que fueron redactadas y publicadas en la prensa entre 1919 y 1931. Un periodo que ya es casi arqueológico para los estudiosos del cine silente, ese gran desconocido para el público aunque el acto de asistir al cine sigue siendo, en esencia, el mismo que describe Joseph Roth en esta reseña, titulada El cine como manual de conducta.
De cine recoge veinte de estos comentarios, más que críticas, aunque alguna hay escrita siempre con la voz de Roth, ajena por fortuna a los formulismos académicos, y que quizá por eso se disfruta si se lee de manera pausada y no de un tirón. Más allá de lo que describa o de lo que opine, este paquete de reseñas son alta literatura y periodismo cultural de prestigio. Están escritas por un hombre que retrató la Europa que conoció. El esplendor del imperio austrohúngaro y su final con la I Guerra Mundial.
Si en sus novelas y cuentos emana una luz desconcertante en torno a unos tiempos a la deriva y con el que se observa algunos inquietante puntos de contacto con los que vivimos, De cine disfruta de ese resplandor solo que costreñido al espacio del periódico o la revista en el que terminaron publicándose estos comentarios sobre cine. Una mirada irónica y feroz cuando despierta su instinto dormido y afilada si la película no tiene nada más allá del oropel de la producción. Eso opina de Los nibelungos (Fritz Lang, 1924) que le cansa y le cabrea porque “tiene el ritmo de una ceremonia fúnebre, una formidable lentitud”. Roth no solo va a por Lang en su reseña. Critica a quien por entonces era la guionista y compañera sentimental de Lang, Thea von Harbou, quien según el escritor: “se inventa una campaña de los hunos contra Roma para que puedan aparecer imágenes de un campamento militar”.
Al final concluye que la película “suministra ilustraciones a un libro folclórico de la señora von Harbou”, y que se trata de una súper producción en la que le resulta muy duro “tener que decirle a un director como Fritz Lang que su “afán ha sido mayor que el respeto demostrado por el tema en cuestión”.
Si en conjunto todas las reseñas son estupendas es inevitable que recuerde unas más que otras. Puestas así las cosas me gustaron un poquito más que otras El entierro de Lenin en el cine, en que escribe las posibilidades de la cámara cinematográfica tomando como modelo el rostro momificado de Lenin en la pantalla o manifiesta su estupor porque el cine le muestre cómo son otros lugares del mundo.
“El rostro de Lenin no se ha visto alterado por la muerte. Es la faz de un durmiente incapaz de relajarse incluso durante el reposo, como de alguien cuyo sueño es la prolongación del día. No es la transfiguración metafísica que revela, por ejemplo, la máscara mortuoria de Goethe. La gran voluntad de vivir ha sido mayor que la gran metamorfosis”.
El artículo que escribe de Nanuk, el esquimal (Robert J. Flaherty, 1922) con el titulo de El huésped que viene del norte, es una de las reseñas más sentidas de cuantas reúne este libro. El largometraje entusiasmó a Roth, fascinado porque el cine le hiciera conocer la historia de un inuit que de otra manera no hubiera conocido.
Escribe de Nanuk, el esquimal su asombro por ver en pantalla y en un cómodo cine de Viena un día en la vida del protagonista de la película, y el asombro que siente por un medio, como es el cine, que permite aproximar a espectadores de todo el planeta otros espacios y culturas que poco o nada tienen que ver con la suya. Entre las muchas grandezas de este libro se encuentra la visión adelantada a su tiempo que tuvo el escritor en torno al cine como arte y como industria. Y la necesidad que tenía entonces de encontrar su lugar en el mundo.
Estas reflexiones sobre cine finalizan con otro de esos artículos excepcionales que hacen de Joseph Roth el gigantesco escritor que fue. Lleva por titulo Chaplin y Gandhi, y se trata de un admirable estudio de dos hombres aparentemente opuestos pero tan parecidos cuando se trata de defender la paz. Está escrito sin concesiones. Va directo al grano así que cuando uno lo termina respeta mucho más a Chaplin, Gandhi y por supuesto a Joseph Roth.
Saludos, the end, desde este lado del ordenador

