J de Joseph y R de Roth
“Todo cuanto crecía necesitaba mucho tiempo para crecer, y también era necesario mucho tiempo para olvidar todo lo que desaparecía. Pero todo lo que había existido dejaba sus huellas y en aquel tiempo se vivía de los recuerdos de la misma forma que hoy se vive de la capacidad para olvidar rápida y profundamente. Durante mucho tiempo la muerte del comandante médico y del conde de Tattenbach siguió conmoviendo los ánimos de los oficiales y de la tropa del regimiento de ulanos e, incluso, de los mismos paisanos. Se enterró a los muertos de acuerdo con los ritos militares y religiosos de reglamento. Sobre las causas de su muerte los compañeros no soltaron palabra, excepto entre ellos; con todo, fue cundiendo entre la población civil de la pequeña ciudad la idea de que ambos habían sido víctimas del severo código del honor militar. A partir de ese momento, todos los oficiales que habían sobrevivido parecían llevar marcada en el rostro la señal de una muerte próxima y violenta. Para los comerciantes y los obreros de la pequeña ciudad resultaban todavía más extraños aquellos jerarcas forasteros. Los oficiales se movían como adeptos incomprensibles de una deidad remota y cruel, de la cual eran, al mismo tiempo, la víctima propiciatoria en lujoso y multicolor atavío. Al verlos pasar, la gente movía la cabeza en un gesto de incomprensión. Incluso se les compadecía. «Tienen muchas ventajas —reflexionaba la gente—. Pueden pasearse con el sable al puño y gustar a las mujeres. Y el emperador se ocupa personalmente de ellos, como si fueran sus propios hijos. Pero en menos que canta un gallo ya se han ofendido y la cosa hay que lavarla con sangre». En fin, su situación no era envidiable”.
(La marcha Radetzky, Josep Roth)
Me encontraba en Viena y estaba empeñado en ver las casas de dos de sus escritores más ilustres, judíos, por cierto. El sueño me lo frustraron los mismos vieneses, los que trabajan en turismo y estaban se suponía que para informar al visitante donde ir y donde no ir. Qué casa museo visitar antes de visitar el Práter y montarse en la famosa noria que aparece en El tercer hombre. Esto sí que lo hice, y allí, mientras la vagoneta se movía como un barco impaciente en las alturas, repetí el monólogo que Harry Lime le dicta a Holly Martins a un militar mejicano jubilado que recorría Europa con su simpatiquísima esposa, que no se cansaba de invitarme a su tierra con el fin de hacer de Celestina y buscar una mujer de verdad para que convirtiera en mi mujer. No me dijo que era para ella una mujer de verdad, pero le agradecí la invitación mientras le recitaba las palabras que el escritor de novelas baratas del oeste Harry Lime le dice a Martins. Uno y otro interpretados por unos gigantescos Joseph Cotten y Orson Welles.
El tipo de la oficina de Turismo no sabía quién era Joseph Roth ni Stefan Zweig. Les escribí el nombre en papel con letra de molde porque mi alemán como mi inglés son de garrafón. Pero el joven negaba enfáticamente con la cabeza, señal de que no, no los conocía… Cómo podía pasar esto. En Viena, en la capital del imperio austrohúngaro, del que tuve noticias por primera vez gracias a las películas de Luis García Berlanga. Al final, el joven salió del apuro recomendándome que fuera a ver la casa de otro judío ilustre, Sigmund Freud, lo que hice, claro. Recuerdo pararme frente a la puerta de la que fue consulta del padre del psicoanálisis y pensar en lo mismo que pensó Billy Wilder cuando fue a entrevistar al legendario psiquiatra solo que cuando se abrió la puerta no apareció el autor de La interpretación de los sueños sino un vienés con algo de sobrepeso y ni un pelo en la cabeza. Los vieneses que conocí parecen cortado por el mismo patrón. El calvo me hizo pagar entrada y tras enterarse que era español, venderme unos lápices con el nombre de Freud porque habían sido fabricados en España. Al final me llevé un puñado pero no por su procedencia sino como recuerdo. Aún los conservo, todos con la punta muy bien afilada.
Cuento todo esto porque aún me sigo sorprendiendo que Joseph Roth y Stefan Zweig resultaran unos desconocidos para aquel empelado de turismo. Me hizo pensar que allí eran tan brutos como en España, donde no sé si alguien que hiciera las misma funciones ignoraría informarle a un austriaco dónde vivió Benito Pérez Galdós y Pedro Antonio de Alarcón… El caso es que me hizo pensar que no éramos tan diferentes. Hay una vieja relación que une a España con Austria y es, precisamente, la dinastía de los Austria. En uno de sus museos tienen el Penacho de Moctezuma, que vi junto al militar jubilado mejicano, quien con toda justicia dijo que no tendría que estar exhibido en Viena sino en México.
La primera vez que tuve noticia de Roth fue tras ver La leyenda del santo bebedor. No he vuelto a ver la película y ahora se me hace difícil pensar que Ruther Hauer fuera su protagonista, pero leí el librito y me olvidé de él unos buenos años hasta que quedándome en la casa de un amigo de Madrid, cogí de su biblioteca la novela Confesión de un asesino y me voló la cabeza. Y me convertí en un adicto. Vinieron luego Job, Tabaras y La tela de araña, entre otras, como La marcha Radetzky y hace unos días La cripta de los capuchinos, el epílogo de La marcha Radetzky que me devolvió de nuevo al mundo de un escritor que para mi está ahí para las duras y las maduras. Sus libros me calman pese a que lo que cuente no está precisamente para calmar.
El caso es que estando en la capital austríaca me di cuenta que todo eso de la eficiencia centroeuropea es un mito, y que los austríacos tienen más cosas en común con los españoles que con los alemanes, que son sus vecinos. Creo que no hace falta recordar además que un austriaco unió los destinos de ambos países para conducirlos al fracaso de la II Guerra Mundial, pero las cosas son así. Además, me intentaron estafar en varias ocasiones en ese país de tíos grandes y rubios como la cerveza que beben. Estafas muy tontas, que igual se la hacen entre ellos pero que por fortuna no me la colaron. En cuanto a comida, bien si te gusta el chucrut,las salchichas y el cerdo ahumado y las tartas de todas clases y los cafés porque miran que toman café y pasteles estos austriacos. No sé si Joseph Roth se tomaría alguno, seguro que sí, aunque para ese bajito escritor judío le iba más las bebidas con alto grado de alcohol.
Si uno se sumerge en sus novelas descubrirá, como descubrirá con los libros de Stefan Zweig, que de lo que escribe y de lo que habla es del fin de un mundo (El mundo de ayer, escribirá Zweig) que no volverá jamás. Dan una imagen muy evocadora de un pasado teñido de esplendor y cultura, un retrato de la vieja centro Europa realmente brillante. Brillante en cuanto a pensamientos y literatura. De arte en general. Estremece leer en estas obras cómo aquellos países que entonces formaban parte de un solo reino, vivían en una tonta felicidad en la que no sobraba ni faltaba nada.
Mi deuda con Joseph Roth tiene mucho que ver también con el redescubrimiento de amistades que en aquellos años donde todos éramos más jóvenes y probablemente felices, coincidimos en lecturas de un mismo escritor, que no era otro que Roth. Miro hacia atrás sin ira y me veo discutiendo sobre si ésta o la otra era la mejor novela que había escrito el autor de La marcha Radetzky, que a mi me sigue pareciendo uno de sus mejores libros aunque realmente es difícil escoger una sola de sus obras porque todas las que he leído son más que buenas, buenísimas.
Aquellos días que pasé en Viena, escuchando cómo las arrasaron los aliados durante la II Guerra Mundial y cómo se libró de no pertenecer a los países que fueron liberados por la Unión Soviética, algo de los que los austriacos se alegran aunque no dejen de sacudir la cabeza en señal de sorpresa porque la ciudad, el país, fue liberado precisamente por el ejército rojo, me hizo comprender un poco mejor que todos somos humanos. Y humanidad hay mucha en las novelas de este formidable escritor que como tantos (Zweig, entre otros) tuvo que exiliarse cuando los nazis llegaron al poder y convirtieron Austria en una prolongación más de aquella Alemania bajo la sombra de la cruz gamada.
Los últimos días del autor de Job son muy tristes lo que le da caché como escritor maldito, despreciado y olvidado a partir de entonces hasta que al menos en España comenzó a revalorizarse con la justicia que se merecía. No pasó lo mismo con su otro compatriota, Stefan Zweig, que ya disfrutaba de seguimiento en España desde los años 30, aunque fue en los 50 y 60 cuando comenzó a ser traducido de verdad. Muchas de sus biografías (lo que incluye su obra maestra, Fouché) las leí siendo un infante y no saben la felicidad que me produjo descubrí que además de biógrafo creativo, Zweig había escrito ensayos, cuentos y novelas. También un libro de memorias que no tiene desperdicio para hacerse una idea de cómo era la Europa feliz de finales del XIX y comienzos del XX, cuando todavía no se oteaba en el horizonte el horror de la Gran Guerra y por supuesto de la II Guerra Mundial.
Cuando regresé de aquel viaje a Viena, la Viena turística, de cafés y chocolates calientes, de pastelillos rellenos de crema y de museos donde contemplaba estatuas de Carlos I de España y V de Alemania, que fue como me enseñaron a reconocer a aquel monarca de origen germano que terminó siendo enterrado en España, volví a leer La marcha Radetzky con la banda sonora del famoso vals que lleva, precisamente, ese nombre y que firma otro austriaco de reconocido prestigio como es Johann Strauss, y que te anima tanto a golpear con el pie el suelo de tu casa o del teatro donde te encuentres. Con esta marcha les digo adiós, aprovechando el instante para recomendarle la lectura de uno de los escritores más interesantes del viejo continente. Continente tan viejo, tan viejo, tan viejo que no termino de explicarme porqué resulta tan difícil que entienda que puede vivir unido y en paz consigo mismo. Más allá de una moneda común y sin fronteras entre sus pares.
Y ya está, se ha dicho.
Saludos, calor, aplastante calor, desde este lado del ordenador
