Tal vez, una historia de amor y resistencia

Tal vez (Arima León, 2026) se inspira en la relación que pudo mantener la poeta grancanaria Natalia Sosa Ayala (Tania Santana) con María Cristina del Pino Segura Gómez, la reconocida trapecista Pinito del Oro (Adriana Ugarte), un material que en otras manos hubiera resultado altamente inflamable pero que en las de la directora y guionista se decanta por el de mostrar una amistad que no cruzó los límites que se fijaron en aquella época.

No se trata de una producción millonaria, lo que se nota, sobre todo porque una gran parte de la historia se sitúa a finales de los años 60 e inicios de los 70, lo que obliga a la directora a evitar en lo posible planos generales y a una recreación, como es la del circo en el que trabaja Pinito del Oro, más próxima al universo felliniano que el que marcó la pauta del llamado también espectáculo más grande del mundo en este país llamado España.

Otro elemento que resulta definitivo en la película es el empleo del sexo y la manera de mostrarlo, en este caso entre mujeres, que la directora y guionista revela con una rabiosa belleza que a veces trasciende la pantalla, y que significa (ignoro si fue así en la vida de la escritora y poeta) un rasgo esencial en el carácter y la identidad de Natalia Sosa, que interpreta con aplastante solidez Tania Santana, protagonista en la que descansa el peso de la película. Película que da la sensación a medida que transcurre su metraje que se duerme en los laureles aunque cuando despierta, el trabajo de Tania Santana la eleva a otros territorios.

Sí que observo en Tal vez empeño por parte de su directora, Arima León, en representar la relación entre sus protagonistas así como el noviazgo que mantuvo Sosa con una joven alemana pero pierde el rumbo al no dotar de mayor consistencia ni de proporcionar más información del personaje que interpreta Tania Santana. Casi como si diera por hecho que todo el mundo conoce la vida pero sobre todo la obra de Natalia Sosa, obviando la importancia o no que tuvo la poetisa en la literatura canaria de aquellos días y el espacio que ocupa en la actualidad.

Se puede justificar esta ausencia, entiendo que involuntaria, porque lo que le interesaba a la cineasta era contar una relación de amor en unos tiempos tan negados para el amor, pero se necesitaba de una mayor información para conocer el poso cultural, el aislamiento y sobre todo la sensibilidad poética de una mujer que intentó ser ella misma en una sociedad cerrada y provinciana como era la de la capital grancanaria de aquellos años.

El problema es que al insistir en lo difícil que era a principios de los 70 mantener una relación sentimental o solo sexual con alguien de tu mismo sexo, el filme no insiste en explotar el talento de la poeta, lo que genera división en el espectador y desapego ante lo que le están contando en pantalla. A que no sienta ni sufra lo que tan bien trasmite Tania Santana con su trabajo como actriz. No termino tampoco de entender una “relación” que según la película pudo ser, y que por tanto se exhibe de una manera muy tímida. Tanteos de Sosa/Santana con Pinito/Ugarte que no llegan a buen puerto y que parecen que son fruto más de la obsesión que tiene la poetisa con la trapecista que a un amor vamos a decir correspondido. De hecho, y es la parte en la que la cineasta grancanaria pudo haber sacado más provecho (como los días que pasó Natalia Sosa en el circo para escribir las memorias de Pinito del Oro, que coincidió con el anuncio de su retirada del mundo del espectáculo) no terminan de estar resueltos ni cerrados. Tampoco contagia de entusiasmo la atmósfera que pretende visualizar bajo la carpa: un mundo aparte, en el que las reglas de la vida real desaparecen por otras más liberales y respetuosas con los intereses de los demás.

No ayuda demasiado el personaje de Pinito del Oro, al que Adriana Ugarte caracteriza con algo de histrionismo aunque las escenas que reflejan los encuentros familiares de Sosa con la trapecista están rodados con solvencia y un naturalismo canario que seguro que a más de uno le provocará una sonrisa involuntaria por lo que trae de recuerdos.

Los secundarios están ahí, de apoyo a la protagonista, una mujer, Natalia Sosa, muy querida por su familia y sus amigos. El entorno familiar de Pinito son sus dos hijos, que no la acompañan durante la gira circense, y que conocemos por intermitentes llamadas telefónicas y su esposo, que sí la acompaña durante la gira aunque su relación haya entrado en crisis como pareja.

Los padres de Natalia Sosa, y amigos como el escultor Plácido Fleitas, son otros de los personajes secundarios de la película, todos ellos influyeron en la protagonista, según el filme aunque el que quiera ver en pantalla un retrato generacional en una pequeña capital de provincias,no va encontrar su película. Esta es otra historia. Una historia de amor triste, dicen que así deben ser todas las historias de amor, que reconstruye con los medios que su directora tuvo a su alcance una época que, pese su durísima represión, vivieron como pudieron mujeres y hombres que entendieron que resistir es amar.

Saludos, fundido encadenado a…, desde este lado del ordenador

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