La Loca del Frente contra el dictador Pinochet
“Tantas cosas que había hecho por Carlitos, y era capaz de hacer muchas otras, nada más que por su deliciosa compañía, meditó solitaria en el altillo, horadando con sus ojos la perspectiva de la calle que hacía tres días lo vio desaparecer. Cada vez que Carlos se perdía, un abismo insondable quebraba ese paisaje, volviendo a pensarlo tan joven y ella tan vieja, tan hermoso y ella tan despelucada por los años. Ese hombrecito tan sutilmente masculino y ella enferma de colipata, tan marilaucha que hasta el aire que la circundaba olía a fermento mariposón”.
(Tengo miedo torero, Pedro Lemebel, editorial Las afueras, 2021)
La reedición de Tengo miedo torero del chileno Pedro Lemebel por Seix Barral con un prólogo que firma Alana S. Portero recupera la primera y única novela que escribió este escritor y activista, creador del colectivo Yeguas del apocalipsis, que desarrolló un extenso trabajo plástico en fotografía, vídeo, perfomance e instalación, así como de varios libros, muchos de los cuales resultaron muy críticos con la sociedad chilena durante la dictadura de Augusto Pinochet y la democracia que vino después. Entre estos libros se encuentra una colección de relatos, Incontables, y los que reúne sus trabajos periodísticos como La equina de mi corazón, Loco afán. Crónicas del sidario, Adiós mariquita linda y Mi amiga Gladys, que se publicó tras la muerte de Lemebel.
Tengo miedo torero es una gran novela, por eso me extraña que apenas haya sido reivindicada da en España pasado todo este tiempo. Espero que la nueva edición que presenta ahora Seix Barral corrija este error, porque estamos ante una obra singular, de una brevedad que abruma (apenas supera las doscientas páginas) y que revela a un narrador de tonelaje que va más allá del discurso reivindicativo para contar, entre otras muchas cosas que cuenta, una historia de amor entre su protagonista, que no tiene nombre y que se autodenomina la Loca del Frente, y un joven que pertenece a la guerrilla urbana en una ciudad de Santiago de Chile con cielos plomizos (como el uniforme de sus militares) y en continúa agitación para arrebatar el poder a un dictador anciano que vive sus últimas boqueadas haciendo lo único que supo hacer a lo largo de su penosa vida: mandar a reprimir a los marxistas, que así es como conoce a los rebeldes, a los que van a la contra en esta novela que deja poso y más de un suspiro.
Hay elementos que son recurrentes en Tengo miedo torero, el primero de ellos es una emisora de radio clandestina que emite noticias del cambio que se avecina en Chile, y en la que se lanzan mensajes que van directos a erosionar el poder en el que se ha enrocado el dictador. También, y forma parte de los capítulos más hermosos de la novela, la relación que la Loca del Frente mantiene con Carlos, un amor platónico que nace cuando el joven le pide su piso para esconder una serie de cajas y herramientas que, aunque no se diga, aunque no lo explique el escritor, se sospecha que van a ser utilizadas por los guerrilleros contra el régimen militar que se hizo con el poder tras derrocar el 11 de septiembre de 1973 al presidente Salvador Allende y a su gobierno (marxista) de la Unidad Popular. Pero no se me asusten los que no soportan novelas políticas, aunque la mayoría lo sean por mucho que lo neguemos, porque Tengo miedo toreo da un paso más allá, sirviéndose de aquellos días de dolor y plomo para plantearse preguntas en torno a la militancia pero sobre todo la disidencia sexual.
Lemebel, que por desgracia falleció en 2015, se sirve de esta disidencia para contar una historia de amor entre una loca vieja como ella (así mismo se define) y un joven y apuesto rebelde que la utiliza para los fines de su organización. Me resulta en este aspecto llamativo porque el escritor además de no mostrarse para nada amable con el régimen totalitario de Pinochet, tampoco dedica demasiadas palabras de afecto a esa izquierda que irrumpe en su casa a través de un joven apuesto que milita en una formación marxista cuyos miembros mantienen distancia con la protagonista porque no terminan de aceptarla. La Loca del Frente no lo quiere tampoco. Asume que esa misma izquierda está tan llena de prejuicios como la derecha que pretenden derrocar. Esos marxistas están tan llenos de moral burguesa que son incapaces de ver a la Loca del Frente como una compañera. Además, ella asume el riesgo de guardar el material que le entrega Carlos a través de la organización guerrillera. Organización que no da respuestas a sus razonadas preguntas. Entre otras las más obvias: ¿qué hay en esas cajas que esconden en su casa?, ¿qué es esa tubería de metal que le han pedido que guarde en cualquiera de las habitaciones de su hogar?
La novela está narrada desde distintos puntos de vista así que podemos seguir a nuestro protagonista, conocer como se le acelera el corazón cuando está muy cerca de Carlos, y también a través de la cabeza de la esposa del dictador. Una mujer, aquí, entre nosotros, inaguantable. Pinochet también tiene su espacio, lo retrata como un hombre viejo y acabado, solo que se resiste a un final anunciado por mucho que lo evite, por mucho que mire a otra parte. Por mucho que se empeñe en sostener que lo que hizo, derrocar al anterior gobierno y matar a su presidente, fue por el bien de una patria que no es la de todos los chilenos sino la suya propia. Un egoísta que justifica su violencia y la represión para mantener a raya al enemigo. Los marxistas en los que paradójicamente casi parece que se ve reflejado por su sentido de la disciplina y sacrificio por una causa que no queda bien explicada. Claro que todas las causas políticas al final son tremendamente confusas, contradictorias, nada buenas para la persona de a pie que lo único que pide o aspira al menos es vivir el tiempo que le quede en paz.
La música tiene también un papel importantísimo en esta historia que cuenta muchas historias. Son boleros y canciones melódicas de un país cuyos versos se reproducen en algunas de las páginas de la novela, textos que apuntalan un poco más el modo de pensar de su protagonista y de algunas de sus amigas. Todas ellas viven como pueden en un país que se ríe de los mariquitas pero que no los persigue porque no resultan peligrosos a un sistema que solo busca a marxistas, la mayoría de ellos universitarios heterosexuales que no tienen nada mejor que hacer que enfrentarse en las sombras a un régimen que comienza a hacer aguas, que se le escapa de entre los dedos a su jefe, Augusto Pinochet. Un bruto que esconde sus ojos bajo gafas de cristales oscuros y al que le encanta escuchar marchas militares y que no soporta a su mujer. Siempre recriminándole cualquier cosa, siempre encima de él… Casi da pena ver al dictador en su vida familiar porque parece que es un hombre muy pequeñito.
Todo esto y más en un libro cuajado de palabras chilenas que le dan más color al texto y que se entienden por el contexto en el que se expresan. Hay también algo de sexo, aunque algo me dice que Lemebel se mostró bastante cauto. Vaya uno a saber el por qué. Igual temía escandalizar a unos lectores que siendo chilenos o no, hoy se escandalizan de cualquier cosa menos de los enfermizos males que arrastramos del pasado.
Saludos, léanla, desde este lado del ordenador

