La película canaria de Gonzalo Suárez
Me he tomado la molestia de leer los obituarios sobre el deceso hace apenas unos pocos días del escritor y cineasta Gonzalo Suárez, y me llama la atención, aunque no sea el caso, pero sí que cierta sospecha, que prácticamente en ninguna de las informaciones se recuerde un trabajo que vinculó al Gonzalo Suárez director de cine con Canarias. Se trató del documental Tindaya-Chillida: un proceso de creación (1997). La película sí se rodó pero el proyecto artístico se paralizó al estar rodeado por la polémica. Polémica porque muchos majoreros y ecologistas elevaron la voz a los cielos para impedir que aquella obra se hiciera realidad.
Al final, la historia le dio la razón a los que se negaron vivamente a que la montaña de Tindaya fuera horadada por dentro tal y como quería Chillida con el apoyo del Gobierno canario, ya que, además de ser una montaña mágica para los antiguos majos, sigue al parecer conservando esa seña de identidad pasado el tiempo.
No voy a entrar en consideraciones de si Fuerteventura, Canarias en general, perdió una oportunidad de acoger esta instalación artística, pero sí la pregunta que tuve la ocasión de plantearle a Gonzalo Suárez en una Feria del Libro celebrada en Santa Cruz de Tenerife en aquellos ya lejanos tiempos en los que la Feria del Libro se molestaba en traer escritores de verdad. El caso es que no supo responder, aunque alguien del equipo aprovechó para despistar y que la pregunta quedara en el aire por innecesaria, que probablemente lo fuera. Iba sobre la paralización del complejo y la realización de un documental que el Gobierno de Canarias apoyó. Hay un interesante reportaje sobre el caso en el programa Metrópolis y hoy se puede recuperar la película completa en la página web de RTVE.
En este trabajo, Gonzalo Suárez actuó más como un artesano que como un cineasta. Hizo su cometido, rodar una película que vende el proyecto que Chillida quiso hacer en Tindaya.
Esta fue la primera y la última vez que vi a Gonzalo Suárez. No fue, como sí lo son otros compañeros de generación, uno de mis referentes, pero sí recuerdo que en casa de mis padres circulaba un ejemplar de Operación Doble Dos, novela que no llegué a leer. Entre sus películas rebobino y aparecen Epílogo y Remando al viento, que me sigue pareciendo infinitamente mejor que la estrafalaria Gothic de Ken Russell (las dos tratan el mismo asunto).
Mi simpatía por él va más allá de los literario y cinematográfico.
Gonzalo Suárez fue amigo, amigo íntimo, de uno de los directores de cine norteamericanos más interesantes, pero también más autodestructivos de la historia, como fue Sam Peckinpah, quien llamaba cariñosamente al español: “mi perro hermano indio”.
“Mi perro hermano indio”: No se me mete en la cabeza que estos dos fueran tan amigos, pero imaginarlos juntos tuvo que haber sido una fiesta.
Veo a los dos perros hermanos indios ladrando a la luna. Y a un tercero que, de momento, lo hace entre bastidores.
Saludos, se dijo, desde este lado del ordenador

