Archive for the ‘Cine de allá’ Category

La eterna sonrisa de William Holden

Sábado, Abril 17th, 2021

No fue hasta su encuentro con el cineasta Billy Wilder cuando la carrera cinematográfica de William Holden (William Franklin Beedle Jr.; O’Fallon, Illinois, 17 de abril de 1918-Los Ángeles, California, 16 de noviembre de 1981) cambió de tercio. De la noche a la mañana y gracias a su primera colaboración juntos, El crepúsculo de los dioses, William Holden se había especializado en interpretar papeles de chico guapo que reforzaba con una irresistible sonrisa (demonios, qué sonrisa tenía) a la que puso fin al interpretar al guionista sin ideas que se pone a trabajar y a vivir de prestado en la mansión de Norma Desmond, una vieja gloria del cine silente y casi un fantasma en ese cine sonoro que se le ha quedado pequeño.

William Holden volvió a trabajar a las órdenes de Wilder en otras tres películas más. A mi, personalmente, me gusta mucho en Traidor en el infierno, en la que interpreta a un cínico oficial del ejército norteamericano recluido con otros en un campo de prisioneros alemán durante la II Guerra Mundial. También rodaría a las órdenes de Billy Wilder Sabrina (¿verdad que es romántico?) y Fedora, que es otra mirada a la industria del cine del cineasta de origen austrohúngaro, en esta ocasión inspirado por una novela corta del sobresaliente escritor y también actor, Tom Tryon.

Pero fue a partir de El crepúsculo de los dioses cuando los profesionales y el público descubrieron que Holden además de ser un buen chico podía ser un chico malo. O al menos tremendamente individualista capaz de derretir a sus contrarios fueras hombres o mujeres con su, se reitera, desarmante sonrisa.

A partir de ese momento comenzaron a proponerle papeles más atractivos, personajes que prácticamente monopolizan largometrajes como Picnic (donde la química con Kim Novak todavía hace derretir la pantalla); La colina del adiós, Los puentes de Toko-Ri, El mundo de Susie Won y dos cintas, entre otras muchas, que forman parte irrenunciable de mi memoria cinéfila. O esas películas que reviso de tanto en tanto para confirmar qué grande fue el cine. Me refiero, cómo no, a El puente sobre Kwai y Misión de audaces. La primera bajo las órdenes de David Lean y la segunda de John Ford. En ambas cintas, William Holden se mide ante dos actores muy distintos pero igual de grandes en pantalla: Alec Guiness y John Wayne. La sombra de los dos, sin embargo, no oscurece para nada la interpretación de Holden, un tipo que se forjó como actor en el cine. Que aprendió a ser otro gracias al cine.

La carrera del actor dibuja en los años sesenta una filmografía muy irregular aunque tanta sangre, sudor y lágrimas mereció la pena al llegar 1969, año de una de sus grandes películas como de su director, “mi perro hermano indio” Sam Peckinpah.

La película fue Grupo salvaje y los que tuvimos la suerte de verla en un cine (en mi caso de reestreno en el Numancia, en la capital tinerfeña) fue como descubrir a otro actor y a otro cine. No pueden imaginarse lo que me marcó este western que respira todas las constantes de la filmografía pecknpaniana al mismo tiempo que cuenta con uno de los trabajos más maduros y seguros de sí mismos de su protagonista, William Holden.

Grupo salvaje es una historia crepuscular en todo su sentido. Fin de una época, fin de una amistad, ‘desperados’ que se redimen cuando toca rescatar a un compañero… México como otro país, otro mundo. Tierra donde fríos mercenarios pueden retroceder a su infancia… infancia que entre sus juegos incluye observar cómo un escorpión es devorado por un ejército de hormigas (qué metáfora, recórcholis) y, cómo no, la irresistible aunque ahora y más que nunca cansada sonrisa de William Holden

La carrera del actor prosiguió en los años setenta mientras en los mentideros de Hollywood se comentaba a voces el alcoholismo que embargaba al actor. Quienes lo conocieron aseguran, sin embargo, que la ebriedad de Holden resultaba simpática y no la furiosa que le entra a muchos cuando se acostumbran a libar todo el santo día.

En esta década lo pueden ver en Network, que es un filme que no aguanta bien el paso del tiempo; Damien: Omen II, una digna continuación que que no hace olvidar a La profecía, aquella cinta de terror que narraba la llegada del mismísimo Satanás a La Tierra; la ya mencionada Fedora y como secundario de lujo en Ashanti, que se basa en Ébano, una novela de aventuras del tinerfeño Alberto Vázquez Figueroa y El coloso en llamas, entre otras.

Su último trabajo, su testamento como actor, fue S.O.B., siglas que en España tradujeron por aquello de la censura como Sois (h)Onrados Bandidos y que en inglés responde a Son Of a Bitch. Quizá no sea una de las mejores comedias de Blake Edwards, su director, aunque personalmente me sigue gustando esta película pese a que el paso de los años le haya hecho mella. Vaya tallando en su celuloide las cicatrices de la vejez. Todavía recuerdo donde la vi, y si lo recuerdo además de por la cinta es porque fue con alguien muy, pero que muy especial en el Teatro Baudet, hoy un cine desaparecido pero que aún se encuentra cerrado en la por aquel entonces avenida del general Mola, hoy de las Islas Canarias.

La muerte de William Holden en circunstancias muy desgraciadas y que por desgraciadas no me apetece contar, puso fin a una carrera con sus altos y con sus bajos pero reveló también la profesionalidad de un actor que pronto se convirtió en estrella aunque no se sintiera muy cómodo interpretando este papel en la vida real… Es probable que muchos no lo recuerden hoy y que para otros sea uno más en la constelación de gigantes que contribuyeron a forjar el cine americano cuando el cine era eso mismo cine, pero William Holden sigue siendo un caso aparte. Un tipo que hizo prácticamente de todo acompañándolo siempre con su única e irrepetible sonrisa.

Saludos, hip, hip, hip hurrah, desde este lado del ordenador

Claudia Cardinale, la chica de al lado

Jueves, Abril 15th, 2021

Claude Joséphine Rose Cardinale (La Goleta, puerto de Túnez, 15 de abril de 1938), mejor conocida como Claudia Cardinale, es junto a Sophia Loren y Gina Lollobrigida una de las tres grandes estrellas del cine italiano. Su carrera, como las de sus compañeras, tuvo el añadido además de ser internacional, lo que exportó la grandeza de Italia (un país que comenzaba a transitar en democracia tras un poco más de veinte años de fascismo) con la cabeza bien alta gracias, entre otras cosas, a su cine.

No es que fuera una actriz de variados registros pero su belleza magnética, esa sonrisa que desarma y su mirada de ojos castaños obligaba a centrar la atención en una mujer que trabajó a las órdenes de grandes del cine italiano como de fuera de sus fronteras porque seducía tanto dentro como fuera de la pantalla.

Cuenta, y lo creo, que nunca se dejó secuestrar por la fama y la popularidad alcanzada. Y los que la conocieron y conocen coinciden también en apuntar que la base de su éxito se encuentra, más allá de una delicada y tierna belleza, en su extremada sencillez. Fue y sigue siendo una mujer sencilla. Parece de hecho que se ríe de la fama que alcanzó porque sabe, como ese tal Heráclito, que todo fluye y nada permanece.

Al margen de las grandes películas que rodó con Visconti, Fellini y alguno más de ese enorme cine que fue el italiano de los años 40 y 50, a mi personalmente me sedujo Claudia Cardinale en una película pequeña, casi una road movie que se desarrolla por el país con forma de bota titulada La chica de la maleta. Su presencia inunda la pantalla y el personaje que interpreta (háganme el favor y no se la pierdan) logra incluso hacer llorar al corazón más curtido, ese que se cree endurecido bajo el sol. Luego sí, vino El gatopardo, donde brilla tanto o más que Burt Lancaster y Alain Delon (y en la que todo cambia para que no cambie nada) y mucho más tarde el papel de la indómita mujer de Jesús Raza en Los profesionales, que es una obra redonda, maestra, que nadie debería de perderse si es de los que ama y al mismo tiempo aprende con el cine.

Repitió con el western en Hasta que llegó su hora, que es una ópera barroca repleta de tiros, primerísimos primeros planos y paisajes polvorientos en los que Henry Fonda no hace, por una vez, de Henry Fonda y en los que la Cardinale está a su misma altura. No digamos ya de Jason Robards y Charles Bronson.

Coincidió con David Niven en La pantera rosa y el flechazo fue instantáneo. Y no, no es que el caballero británico cayera rendido a sus pies (que también) sino que fue el inicio –como dirían en Casablanca– de una gran amistad que duró hasta la muerte del actor.

Cuenta la actriz con esa sonrisa que desarma que en una ocasión Niven declaró a los periodistas que no dejaban de darle la lata durante el rodaje de la mítica comedia de Blake Edwards que “Claudia, después de los espaguetis, es el mejor invento de los italianos”. Yo me atrevería (ahora que nadie nos lee) a corregir al actor, Claudia es, antes que los espaguetis, el mejor invento de los italianos.

Y se escribe con el corazón.

Y también, aunque menos, la cabeza.

En la galería de imágenes, la actriz en Rufufú (Mario Monicelli, 1958); Rocco y sus hermanos (Luchino Visconti, 1960); La chica de la maleta (Valerio Zurlini, 1961); El gatopardo (Luchino Visconti, 1963); Los profesionales (Richard Brooks, 1966); Hasta que llegó su hora (Sergio Leone, 1969); Fitzcarraldo (Werner Herzog, 1982) y El artista y la modelo (Fernando Trueba, 2012).

Saludos, ¡qué grande era el cine!, desde este lado del ordenador

La conexión canaria de Omar Sharif y Max von Sydow

Sábado, Abril 10th, 2021

Por sus nombres originales no los conocerán pero sí por los que adoptaron como artísticos, que son los que han trascendido y por lo que los identifica cualquier aficionado al cine que se precie.

Si escribo Michel Demitri Chalhoub (Alejandría, Reino de Egipto; 10 de abril de 1932-El Cairo, Egipto; 10 de julio de 2015) más de uno dirá ¿ein?, pero si escribo Omar Sharif, probablemente exclamará un ahhh de reconocimiento no solo porque Omar Sharif fuera el primer actor de origen egipcio en alcanzar la fama en todo el planeta sino porque su carrera, fundamentalmente, se desarrolló en occidente, donde llegó a trabajar con algunos de los más grandes cineastas de su tiempo. Sharif, además, pertenece a esa estirpe de actores que quedaba muy bien en papeles étnicos. Vamos, que lo mismo hacía de príncipe árabe como de médico y poeta ruso, o forajido de incierto origen mexicano, entre otros papeles.

Lo que quizá desconozcan algunos es que también se puso en la piel del capitán Nemo, el legendario marino rebelde creado por Julio Verne, que sin llegar a la altura del James Mason de 20.000 leguas de viaje submarino o el Robert Ryan de La ciudad de oro del capitán Nemo, mantuvo el tipo en una miniserie reconvertida en largometraje que dirigió un español, Juan Antonio Bardem y un francés, Henri Colpi que se rodó prácticamente en Lanzarote.

Sí, para los no iniciados me refiero a La isla misteriosa (1973), producida por ORTF (Francia) con la colaboración de la RAI (Italia) y TVE (España), y que sin ser una cosa del otro mundo tiene el encanto de ese cine de todo a cien que la muchachada reivindica.

El propio Bardem aseguraría en unas declaraciones que se metió de lleno en el proyecto porque le apetecía rodar una de aventuras en unos años en los que su compromiso político comenzaba a salir del armario, aunque explica que si bien “contábamos con un tiempo y un dinero determinados que se nos acabaron antes que la película, se pensó entonces en montar lo que había, ver cómo quedaba y hacer las escenas que faltaran meses después. Yo me negué a continuar así y los actores no quisieron seguir sin mí. Como resultado de todo esto surgieron tres versiones: una francesa, otra italiana y otra española”.

El caso es que todo este desbarajuste se aprecia en la serie –una versión abreviada se estrenó en cines– e incluso llegó a afectar a su título, ya que circuló en las Españas como Las aventuras del capitán Nemo y no La isla misteriosa.

Como suele suceder en excentricidades de este tipo, resulta mucho más atractivo lo que se desarrolló alrededor del rodaje, muchas de cuyas anécdotas aún sobreviven, como la casa que Omar Sharif perdió en una apuesta en Lanzarote, partida de la que se ha escrito mucho en la red, busquen si les interesa conocer esta historia; como del rodaje, que si por algo se caracterizó fue por resultar algo accidentado.

No se encontraba el actor en uno de sus mejores momentos y solía comentar en entrevista que después de La isla misteriosa abandonaría el cine. Detrás dejaba grandes papeles, como el Jerife Alí en Lawerence de Arabia o de doctor Zhivago en Doctor Zhivago, ambas películas a las órdenes de David Lean. También hizo de Ernesto Guevara en Che! Y de forajido en un western de tintes fantásticos, El oro de Mckenna, así como de oficial alemán en La noche de los generales, entre otras.

Max Carl Adolf von Sydow (Lund, 10 de abril de 1929-Provenza, 8 de marzo de 2020)​ fue un actor sueco, y más tarde francés tras obtener la nacionalidad, que comenzó a ser conocido en el cine de la mano de Ingmar Bergman, con quien trabajó en algunas de las más reconocidas películas del cineasta como El manantial de la doncella, El séptimo sello y Fresas salvajes.

Alto y espigado, y con una mirada azul celeste que taladraba, Sydow inició como actor una carrera fuera de su país natal interpretando al mismísimo Jesucristo en La historia más grande jamás contada y de ruso u oficial nazi en películas que no pasarán a la Historia aunque a mi me entretuvieron bastante como La carta del Kremlin y Evasión o victoria que dirige, curiosamente, el mismo director, John Huston. A Max von Sydow lo pueden ver también en El exorcista, es uno de los sacerdotes que intenta sacar el demonio del cuerpo de la niña aunque si lo recuerdo con especial cariño es por su interpretación del emperador Ming en Flash Gordon, una película a la que ya va siendo hora que se le haga justicia.

El actor se especializó a medida que iba creciendo en papeles secundarios, a los que imprime de cierta dignidad. Lo pueden ver en Minority Report, Juego de tronos e Intacto, que fue el primer largometraje de Juan Carlos Fresnadillo y película que se rodó prácticamente en Tenerife. Algún día, si me animo, contaré algunas historias del rodaje de Intacto como la de un reloj que… pero ahora mismo me la reservo por hartura. Jartura que diríamos en la tierra en la que nací y habito.

En fin, que tal día como hoy nacieron dos caballeros de más que triste, angustiosa figura. Dos actores, ya ven, que visitaron estas islas por motivos de trabajo para dar constancia de un territorio que en ambos filmes no es Canarias sino tierra quemada por el sol. Geografía retorcida y sin nombre registrada por la cámara de ese invento hoy tan devaluado como es el cine…

Saludos, otro día hablaremos del Gobierno, desde este lado del ordenador

El canto del cisne

Sábado, Marzo 27th, 2021

Billy Wilder además de ser un sobresaliente director de comedias lo fue también de tragedias con resonancias griegas. En El crepúsculo de los dioses (1950) nos sirvió en bandeja de plata su particular homenaje al cine silente a través de uno de sus más grandes astros para contar una historia que rompe todavía hoy muchos moldes. Uno de ellos es que el filme está narrado en off por un muerto. Sí, como lo leen.

El cadáver que flota en la piscina de la gigantesca mansión de Norma Desmond es el de un guionista en horas muy bajas que prestó servicios de gigoló a la que fue reina indiscutible de aquel cine que no supo hablar.

El papel lo interpreta una estrella de los años 20, Gloria Swanson (Chicago, 27 de marzo de 1899-Nueva York, 4 de abril de 1983) y su interpretación, muy gestual, es herencia de un cine que pese a ser mudo todavía fascina a espectadores que podrían ser los bisnietos de una actriz que llenaba las salas de la época solo por aparecer su nombre en los letreros de la salas. Gloria bendita Swanson daba dinero. Mucho dinero.

El público pagaba por ver la nueva película de Gloria Swanson hasta que llegó el sonoro y adiós, como diría Robert Graves, a todo eso. La actriz que vaga como un fantasma por las habitaciones de su mansión en ruinas lo explica a la perfección en el filme de Wilder:

“¡Yo soy grande! Son las películas las que se han hecho pequeñas”.

Como sabe la mayoría, el actor que protagoniza al guionista en El crepúsculo de los dioses es William Holden, y como sabe también la mayoría no se ha revelado desde entonces una visión tan ácida pero a la vez tan piadosa sobre el Hollywood silente, el precio de la fama y ser enterrado en vida por una afición más que objetiva caprichosa en sus gustos y maneras.

La vida de la actriz es fascinante y tiene como debe de tener toda vida que se precie la forma de un círculo. Se introdujo muy joven en una industria que estaba en pañales y vivió desde dentro el proceso que fue haciendo al cine un arte y, ya se dijo, una industria millonaria.

Contó con el apadrinamiento del magnate Joseph P. Kennedy, padre del trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, John F. Kennedy, y no dejó de rodar películas a medida que pasaban los días, los meses y los años. Si la observan, la filmografía de Swanson es extensísima y está cuajada de numerosos largometrajes que han pasado a la Historia del Cine como grandes películas que, lamentablemente, no han sido demasiado vistas por las nuevas generaciones de cinéfilos por ser mudas y en blanco y negro. Dos aspecto, el silencio y la ausencia de colores, que hace que el aficionado se retraiga a pasar el tiempo viendo otro cine. Mucho más puro pero para nada ingenuo que el actual, que es ese que tras los meses de confinamiento llega a la gran pantalla si no lo impiden las dichosas plataformas.

Entre otras tantas, la Swanson, porque a Gloria Swanson debe de añadírsele el artículo ‘la’ cuando uno se refiere a ella, cuenta con La reina Kelly, una película del año del crack de la bolsa, 1929, que dirige un actor y cineasta que también estuvo vinculado a Billy Wilder, Erich von Stroheim, y artista que hace de leal mayordomo de Norma Desmond en El crepúsculo de los dioses, un cinta que como pasa en otras ocasiones (y no raras por cierto) cierra –se insiste– el círculo perfecto de una vida tan repleta e intensa como la que retrata este hermoso homenaje al gran Hollywood, ese que no supo hablar pero sí narrar historias a través de la imagen.

Como dice Desmond/Swanson en el filme, en aquel cine mudo con tanto mundo: “¡No necesitábamos diálogos, teníamos rostros!”

Y qué rostros.

Gloria Swanson.

Saludos, saludos, saludos, saludos, desde este lado del ordenador

Raoul Walsh, siempre con las botas puestas

Jueves, Marzo 11th, 2021

“Aristófanes nos enseñó, hace veinticinco siglos, a reírnos del sexo y los franceses hicieron del malogrado amour un producto nacional. A pesar de ello, muchos de los advenedizos contemplan todavía el sexo como algo oscuro. ¡Ah, pues bien! Los chicos serán chicos y, solo en algunas ocasiones, los chicos serán chicas. Si así lo quieren, amén. Mi única queja es la mojigatería enmascarada de sofisticación. Tengo la esperanza de que una nueva generación de realizadores supere esta inquietud a base de grafitti en dibujos animados. Porque además de conocer a fondo los entresijos del espectáculo, es necesario contar con la imaginación; ambos son la base de este raro producto de consumo que algunos creemos que es también un arte, puesto que cualquiera en el transcurso de su vida interpreta muchos papeles”.

(Raoul Walsh. El cine en sus manos. Traductor: Francisco Delgado, JC Clementine, 1998)

En aquellos tiempos en los que me nutría cinematográficamente hablando gracias a la televisión, una televisión en blanco y negro, luego en blanco y negro y color para transformarse años más tarde en tele en color, uno de los primeros cineastas que aprendí a reconocer con su nombre y apellido fue Raoul Walsh. La película: Murieron con las botas puestas, una versión de lo que tuvo que haber sido la vida del general Custer protagonizada por un actor al que ya sí conocía, Errol Flynn.

Creo que lo que me hizo acercarme a la filmografía del señor Walsh fue las películas que rodó, precisamente con Flynn. Además de Murieron con las botas puestas, Gentleman Jim y Objetivo Birmania, entre otras. Cintas capitales que ocupan un espacio privilegiado en mi memoria cinéfila y que suelo ver de tanto en tanto porque siguen igual de lozanas que siempre. Porque si hay algo que define el cine de Raoul Walsh es su lozanía. Un ímpetu juvenil que domina casi todo su mejor cine, que son casi todos sus largometrajes, en especial los que rodó al servicio de la Warner Brothers, la misma que producía los dibujos animados de Bugs Bunny.

Raoul Walsh tocó casi todos los géneros y en casi todos los géneros resultaba igual de gigantesco. El cine negro le debe tres clásicos: Los violentos años 20, Al rojo vivo y El último refugio. Un delicioso musical y para mi una de sus mejores películas, La pelirroja; western convincentes (Montana, Cheyenne); películas de aventuras tan redondas como El hidalgo de los mares, dramones muy góticos y con fuerte carga sexual como La esclava libre y el cine bélico, Objetivo Birmania, que es otra de sus obras maestras y otra de sus colaboraciones con Errol Flynn.

Todo cinéfilo sabe que hizo del asesino de Abraham Licoln, John Wilkes Booth, en El nacimiento de una nación y que apareció prácticamente cuando Hollywood nacía. Primero como extra y más tarde como ayudante de dirección de David W. Griffth, cineasta al que consideraba como su guía espiritual. Todo esto y mucho más lo cuenta en una autobiografía, Each Man in His Time, aunque la edición en español se titula El mundo en sus manos,que quizá sea, junto a la de Errol Flynn (Aventuras de un vividor) y Luis Buñuel (Mi último suspiro) de las más divertidas que he leído. Todas coinciden además en ser bastante mentirosas, o en adornar muchos recuerdos con una escenografía que quizá no fue la exacta pero qué diablos, leyéndolas uno pasa el tiempo sin darse cuenta mientras sonríe o se echa unas risas repasando lo que dicen que recuerdan de sus vidas.

Raoul Walsh además de con Flynn (el mejor Flynn se concentra en Walsh y Michael Curtiz) trabajó frecuentemente también con Humphrey Bogart , George Raft y James Cagney, actores que siempre estaban muy bien pero que con Walsh están más que muy bien porque se trataba de Raoul Walsh. En cuanto a sus mujeres, las habituales eran Virginia Mayo, Ida Lupin y Olivia de Havilland… Cada una se acoplaba al modelo de personaje que estaba escrito para ellas. Mayo es suave y delicada en El hidalgo de los mares pero también una mala caprichosa en Al rojo vivo. Ida Lupino se pasa al otro lado de la ley por Bogart en El último refugio, otra de sus obras maestras mientras que Olivia de Havilland hizo de la abnegada esposa de Flynn no solo a las órdenes de Raoul Walsh.

El cineasta perteneció además a la honorable sociedad de los directores con parche en un ojo. Compartía esta ausencia con directores de la vieja escuela como John Ford, Fritz Lang y André de Toth. Luego vinieron otros pero al contrario que estos, ellos no comenzaron a trabajar cuando el cine andaba todavía en pañales.

En cuanto a su parche, recuerda en su autobiografía: “Hitler me inspeccionó de arriba abajo, deteniendo su mirada en el parche del ojo. Me saludó con la cabeza y, cuando se alejaba, el barón le mencionó el nombre de Hearst. Aquel nombre pareció impactarle, se volvió despacio y me alargó su mano; en ningún caso le habría devuelto el saludo con un taconazo. En su lugar le dije: ¿Cómo está usted? y le dejé allí. El Führer y el barón cruzaron unas palabras y me miraron con atención. Goering se sumó a la tertulia y los tres se encaminaron a una ventana. Allí vi sonreír por primera vez a Hitler”.

Si se lee el libro, la vida de Raoul Walsh como sus películas fue emocionante pero no sé si realmente tuvo el cine en sus manos. Fue y así dejó constancia en su vida y su obra un hombre de su tiempo. Un tipo, ya saben, que siempre tuvo las botas puestas.

Saludos, mil millones de gracias, desde este lado del ordenador

Pier Paolo Pasolini, un hombre al margen

Viernes, Marzo 5th, 2021

En contra de lo que pensaban sus detractores el cine de Pier Paolo Pasolini (Bolonia, Emilia-Romaña, Italia; 5 de marzo de 1922-Ostia, Lacio; 2 de noviembre de 1975) crece con el paso del tiempo por raro, diferente…. Me atrevería incluso a definirlo como “verdadero”. Nada es impostado en sus largometrajes, filmes con un aliento “realista” que incomoda a los que no han educado su mirada.

Pasolini, escritor, poeta y cineasta, dejó tras su brutal asesinato, una obra que no caduca ante el paso del tiempo. Es más, resulta “nueva” si se descubre o redescubre como conozco más de un caso, el trabajo de un artista total que volcó su mirada poética en su producción literaria más que en la cinematográfica, esta última acusadamente ruda, tosca e hipnótica que marca una carrera en el cine que cerró con una perturbadora adaptación de la novela inconclusa del Marqués de Sade: Saló o los 120 días de Sodoma.

Artista del Renacimiento, Pasolini encontró en la literatura y el cine el vehículo perfecto para expresar todo el caudal de creaciones que bullía dentro de su cabezas y de su alma.
Leal a sí mismo, su producción apenas recibe el arañazo del tiempo y si se lee o se ve con cierta periodicidad se revela muchas de sus constantes, se desentrañan las metáforas que dejaba desperdigadas en una obra que no se ata ni a escuelas ni a tendencias. Que vive aislada porque es eternamente libre.

Al margen de su poesía, territorio que otros conocen con el rigor que se merece, sí que destacaría entre sus novelas Muchachos de la calle, páginas que alienta una cierta estética neorrealista y su cine todo su cine. Comenzando por Accatone, donde trabaja con un actor que será una de los protagonistas de la mayoría de sus películas, Franco Citti; Mama Roma, con una siempre poderosa Ana Magnani y su versión de El Evangelio según San Mateo, que el periódico L’Osservatore Romano definió como la mejor película sobre Jesucristo en 2015.

El cineasta, de naturaleza trágica, explota sin embargo su vena humorística en las adaptaciones que realizó de tres grandes clásicos de la literatura universal como son El Decamerón, Los cuentos de Canterburry y Las mil y una noches, así como igual de sobresalientes son sus adaptaciones de Medea y Edipo Rey, y ese experimento que fue Apuntes para una Orestíada africana. Más tarde, rodaría Teorema y antes, mucho antes, otras películas que olvidamos o no vimos.

La idea con estas letras que se escriben de manera apresurada es que no dejen de ver y si pueden leer a Pier Paolo Pasolini. Un tipo al margen. Un artista del Renacimiento.

Saludos, el año próximo se celebra su centenario, desde este lado del ordenador