Marcelo Luján: “Me interesan las historias cotidianas en las que irrumpe la desgracia”

Los últimos cinco años han sido buenos para Marcelo Luján (Buenos Aires, 1973). En 2016 recibe el premio Hammett que concede la Semana Negra de Gijón y hace unos pocos meses el sexto premio de cuentos Ribera del Duero por cinco relatos que en palabras de Fernando Aramburu, miembro del jurado, invitan a una lectura que “dentro de la literatura resultan placenteras, intensas, fascinantes, mientras que trasladadas a nuestra vida serían para echarse a correr”.

Estos cuentos, a los que ha añadido uno más, han dado como resultado la publicación de un libro, La claridad (Páginas de espuma, 2020), que el escritor argentino presentó en el III Festival Hispanoamericano de Escritores, cita que se desarrolló en la tercera semana de septiembre en Los Llanos de Aridane (La Palma).

– Me resulta curioso que tanto en Subsuelo como en los seis cuentos que reúne en La claridad no ubique el sitio en el que se desarrollan las historia. ¿Por qué?

“Un asunto que siempre tengo presente cuando escribo es la localización geográfica de la historia solo que si un autor o autora localiza y no hay un hecho histórico o un referente concreto que potencie la narración, me parece más trabajo para el escritor o escritora esquivar las referencias concretas del lugar en el que transcurre el relato –y que podrían ser monumentos como el Obelisco en Buenos Aires o La Cibeles en Madrid– para transformar la ciudad, el campo, la playa, cualquier espacio en el que transcurra el relato en un espacio común donde el lector pueda identificarse, precisamente, porque no le doy ubicación. Creo que no es necesario localizar la historia porque si dices Mar del Plata a lo mejor desintegro lo que cuento a un lector que no es del Mar del Planta pero sí de Canarias o Cantabria. En mi caso, insisto, prefiero que el lector imagine que esa ciudad, ese campo o esa playa pueda ser en su tierra para que él mismo ponga a trabajar su imaginación. Al final el texto es más plural”.

- El escenario de su novela Subsuelo aparece en dos de los cuentos de La claridad.

“En una de las historias los maleantes llaman a la casa que aparece en Subuselo y que ahora está en ruinas la de los ahogados y sirve tanto para el que leyó la novela como para el que lee La claridad sin haber leído la novela. Y sí, es la misma casa con la misma piscina, solo que el agua está podrida y me sirve, al tratarse de una casa que frecuentó el mal, de anticipar, de avisar al lector que conoce la novela lo que va a ocurrirle a esas dos chicas que llegan a ella en el primer cuento, Treinta monedas de carne. Hacerlo así fue un proceso muy delicado porque quería que el cuento tuviera absoluta autonomía por lo que la casa de Subsuelo tenía que funcionar para el lector que no había leído la novela como para el que sí lo hizo y que para él podía ser un plus. La intención fue plantear un guiño a los lectores de la novela respetando siempre la autonomía de los cuentos”.

- El mal planea en todas las historias de La claridad pero me parece paradójico que el libro se titule La claridad cuando lo que cuenta resulta tan oscuro.

“Es un juego que planteo al lector. Las historias de La claridad son historias que trabajan mucho el contraste entre lo claro y lo oscuro en una situación de cotidianidad que está presente en mis historias, donde lo oscuro resalta más. En este aspecto, me interesan las historias cotidianas en las que irrumpe la desgracia o cómo en una barbacoa con los amigos o en la playa, que son espacios donde no nos esperamos que ocurra una desgracia, las desgracias pueden ocurrir. Sitúo siempre las historias en ese tipo de escenarios para que el lector se reconozca en los personajes y mostrar lo que puede pasar porque somos muy frágiles, incluso en las sociedades organizadas. Y ahí está el juego de claros y oscuros”.

- Uno de los atractivos del libro es que algunos de los protagonistas de los cuentos aparecen en otras historias como secundarios y eso da cierta unidad al conjunto de la obra.

“Cuando inicié este proyecto quería escribir un libro de cuentos en el que, tras vertebrar las historias, se conectaran unas con otras lo que fue un trabajo enorme. Los relatos no son excluyentes pero procuré que no dependieran del todo salvo para darle al lector detalles que reconociera y de paso crearle cierta sensación de armonía interna que la novela tiene pero los cuentos no, y esa fue una de las primeras prioridades a las que me atuve cuando me puse a escribir el libro desde cero. En este caso, pienso que el trabajo valió la pena porque mi intención era la cohesión sin que los cuentos perdiesen su autonomía”.

- De los seis cuentos que se incluyen en el libro ¿cuál le resultó más difícil de escribir?

“Me resultó muy difícil de escribir desde el punto de vista de la técnica el último cuento, Más oscuro que tu luz, que es un cuento que se agregó a los cinco restantes a petición del editor. Esta historia tuve que apartarla de los otros cinco cuentos que envié al Ribera del Duero porque no era inédito. Se trata de una historia que me costó mucho levantar y si bien se trata del más corto que se incluye en La claridad, la dificultad del cuento radica en que está narrado por una joven de diecisiete años que recuerda un episodio de su primer verano, cuando tenía catorce, y la incomodidad que sentía al verse observada por todos mientras llevaba su primer biquini… Es ese verano que significa un paso a la edad adulta, por lo que traté de profundizar en las sensaciones de una chica a la que recién se le ha muerto la madre y se siente sola y está viviendo todos esos cambios que también sentimos los chicos aunque en el caso de la joven se multiplican porque al estar en biquini se siente vulnerable pero también más despierta. Lograr meterme en un espíritu que me resultaba tan desconocido fue un reto. Otro aspecto que me resultó complejo mantener en la historia tiene que ver con ella misma, con la protagonista ya que introducirse en su piel y en su cabeza, que es la de una mujer de 17, y rememorar algo que le sucedió un verano tres años atrás, hizo que manejase muchos códigos y la verdad es que la mayoría se me escapaban”.

- Desde un punto de vista narrativo es una historia complicada.

“Es un cuento que tiene muchas dificultades, sobre todo porque el narrador cuenta un hecho del pasado en el que si bien sabes que aparece una figura que no es la de su tía, en el pasado narrativo que evoca cuando tiene catorce años no puedes ni debes desvelarlo porque estropearías el final. Como escritor no debo tampoco engañar al lector porque la narradora a los 17 sí que conoce lo que pasó y gestionar todo eso fue muy complicado como escritor pero creo que valió la pena porque la tensión se mantiene en todo momento”.

– ¿El orden de los cuentos fue intencionado?

“El orden de los cuentos es intencionado porque entiendo que así es como mejor funcionaría el libro. Hay un cambio de tercera a primera persona aunque el primer cuento que escribí fue el que aparece como segundo en el libro, Una mala luna”.

– ¿Volverá en próximas historias a visitar el paisaje de Subsuelo que aparece también en dos de los cuentos de La claridad?

“No, no lo creo. La historia que preparo ahora y que escribo con mucha calma porque soy un escritor que se toma su tiempo, se desarrolla en un pueblo y trabaja temas como la familia para plantear hasta dónde podemos llegar para proteger a un hijo. Una protección que puede llevarnos a hacer acciones atroces que incluso perjudican esa protección. Como dije, el cuento se desarrolla en un pueblo y no en medio de un valle con bosques a su alrededor porque esta historia necesita de otro escenario”.

- ¿Es una historia original?

“Se inspira en un cuento que escribí hace unos años. Ahora trabajo la estructura que pienso que tengo pero que no he podido trabajarla porque tras la concesión del premio Ribera del Duero llevo unos meses imposibles, repleto de actividades y yo necesito para escribir un aislamiento psicológico muy grande”.

- El dilema: ¿cuento o novela?

“Los dos géneros me sirven para contar y articular historias. Estoy educado como latinoamericano en el género del cuento, que amo y que me parece más difícil que la novela a la hora de ejecutarlo, pero para mi lo más importante es la historia y emplear todas las herramientas posibles para transmitirla. Historias que a veces funcionan mejor como cuentos y otras veces como novela”.

- ¿Y qué aspectos son los que cuida más en su narrativa?

“Todos los elementos son importantes en un texto literario como es la situación espacial, temporal, la construcción de personajes y la creación de atmósferas. Cada historia tiene sus requisitos, otra cosa es que el escritor pueda lograr reunir los adecuados para expresar lo que quiere”.

- Imparte clases de escritura creativa. ¿Fue alumno de este tipo de talleres?

“No fui a un taller de escritura creativa porque en mi caso las posibilidades que había en aquel entonces en Buenos Aires no lo hacía posible. Hace años que imparto clases de escritura creativa, cursos de novela, de mi particular visión del género negro y me parecen que son útiles para las personas que tienen ganas de escribir pero deben saber que se trata de un compromiso a largo plazo. No sé muy bien lo que es el talento pero si el alumno tiene entusiasmo por escribir lo que hacemos en los talleres es proporcionarle herramientas para que pueda recurrir a ellas y aplicarlas en las historias que aspira a narrar. Los talleres funcionan desde la interacción, desde la lectura y la crítica del compañero que tiene en clase pero sobre todo exige ejercicio, un ejercicio continuo para coger mecánica. Un taller de escritura creativa no tiene nada que ver con una asignatura sino todo lo contrario. A mi me encanta ver a la gente con tanta energía y ganas de contar”.

FIRMA FOTO: Juancho García

Saludos, parece que fue hace siglos, desde este lado del ordenador

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