Archive for the ‘Libros’ Category

Aviso a lectores y espectadores: Libreros de Nueva York

Miércoles, Marzo 3rd, 2021

Los Multicines Tenerife, que como la aldea de los galos resiste la embestida que está padeciendo el sector de las salas por la pandemia, exhibe mañana, jueves 4 de marzo y a las 19 horas, Libreros de Nueva York (D.W. Young, 2019) un documental que refleja e indaga en el fabuloso universo de las librerías de libro antiguo y usado que son esos establecimientos estrafalarios y caóticos, en la mayor parte de los casos, en los que entras por adicción con la esperanza de escontrar una rareza que despierte algo nuevo.

El documental narra cómo a finales del siglo XIX y hasta mediados del siglo pasado, en las manzanas que comprendían la Cuarta Avenida, Astor Place, Broadway y Union Square en Manhattan llegaron a existir unas 50 librerías.

La zona se llamaba The Book Row y se trataban de tiendas, sobre todo, de libro antiguo y de segunda mano.

La entrada ya está disponible en taquilla o en este enlace.

Esta sesión cuenta con el patrocinio de: Cultura La Laguna. Organizan el Aula de Cine de la ULL y Charlas de Cine con la colaboración de Multicines Tenerife, TumbaAbierta.com, Días de Radio, Noches de Cine, Asociación Isla Calavera, Juan Antonio Ribas Ediciones Digitales, Limbo Kids, Coca-Cola, Ksa Mario, Amigos de La Recova.

Saludos, nam, nam, nam, desde este lado del ordenador

Una leyenda del ‘underground’ canario

Lunes, Marzo 1st, 2021

Casi en la sombra, siempre rebuscando en la trastienda de lo que se conserva del underground canario, trabaja incansable al desaliento Jonathan Delgado, Yotti, con la editorial y también sello discográfico Los 80 pasan factura, que se ha especializado en recuperar materiales de aquella década prodigiosa con mucho oficio y cariño profesional, dignificando lo que en aquellos años un puñado de locos (no me entra en la cabeza otro calificativo para definirlos) puso en marcha por amor al arte.

Visto con perspectiva y en contra de lo que pudiera parecer, los años 80 fueron bastante productivos musicalmente y en torno a la música, igual de productivos en cuanto a prensa alternativa se refiere. Ese tipo de publicaciones elaboradas por aficionados informados que se editaban a fotocopias y se vendían en tiendas especializadas y garitos de la noche a precios que no enojaban y en el que los colaboradores daban cumplida información de lo que no se hacía eco la prensa convencional de aquel entonces.

Estas revistas caseras pero muy bien informadas en la mayoría de los casos vivió en aquella década su edad de oro ya que casi todo el mundo, por no escribir todo el mundo, editaba su propio fanzine — que así se denomina– en este territorio atlántico.

Los fanzines podían ser de todo pelaje aunque en las islas y en concreto en la de Tenerife se propagaron los especializados en contenidos musicales de dentro como de fuera, siempre que los estilos estuvieran vinculados al rock y su parentela como el punk, muy predominante aquellos años, y su versión moderada que encarnaban los que iban de siniestros y modernos.

En aquellos tiempos se editaron también publicaciones de andar por casa de rockeros, mods y otras tribus adscritas a estilos musicales que en la mayoría de las ocasiones no llegaban a uno o dos números; ejemplares cotizados en la actualidad por buscadores y coleccionistas de aquellas rarezas que, leídas hoy, resultan sorprendentemente contestatarias y con un aliento juvenil que no marchita el paso de los años.

Entre los fanzines que hicieron historia se encuentra Cirrosis, autoproclamado órgano oficial de grupos punks, skins “y demás malformaciones congénitas urbanas de nuestra muy odiada ciudad de La Laguna” que cuenta con contenidos que intepretados hoy continúan chisporroteando por su carga ácida y demoledora acerca de la realidad que vivían en aquel entonces estos colectivos y otros no necesariamente radicales en la ciudad de los Adelantados como en otros núcleos urbanos de la isla, islas por extensión.

La revista fue fundada “en plena borrachera” por lo que, ellos mismo lo decían, “es imposible determinar la fecha de origen” de este fanzine que supo mantener a lo largo de sus once números un mensaje sin mordaza en el que se daba cumplida información no solo del movimiento musical que en aquel entonces se movía en Tenerife sino también de lo que opinaban sus colaboradores de la política que se cocinaba en Canarias aquellos años.

Los 80 pasan factura ha reunido los once números que sacaron adelante en un solo volumen (1983-1987) para sorpresa de los que vivieron aquellos tiempos y formaron parte de aquella prensa de trinchera como para las nuevas y robotizadas generaciones que no despegan la nariz de la pantalla del ordenador. Estoy seguro que tanto para nostálgicos como para no iniciados la lectura de los artículos y el vistazo a las historietas que publicaba Cirrosis será como beber de un manantial de aguas frescas en unos tiempos donde ya nada es lo que parece y en los que me temo ha triunfado más el cinismo como mecanismo de defensa que la polémica para denunciar lo que hoy no puede ser denunciado. Leyendo esta recopilación de Cirrosis me doy cuenta de hecho que más que avanzar mentalmente lo que hemos hecho como sociedad ha sido retroceder.

El recopilatorio incluye, además de la reproducción de los once números de Cirrosis, una introducción de Josetxu López-Molina Adell, en la que explica el origen “incierto” de la revista; los temas que trataba y el equipo que colaboró para hacerla posible, entre otros asuntos.

Escribe López-Molina Adell: “Cirrosis quiso convertirse en un medio que posibilitara la expresión de opiniones e ideas que, en no pocos casos, no compartíamos quienes lo coordinábamos”, una tendencia que mantuvo la publicación a lo largo de todos los números en forma de artículos, cómics o collages y que, según Josetxu López-Molina, “añadía una sencilla pregunta o comentario, demoledoras críticas o llamamientos sobre el hastío que se comía por entonces a la juventud”.

Los 80 pasan factura ha mimado la edición de este recopilatorio que no debería ser el último que rescate las revistas alternativa que aparecieron aquellos años ya que su lectura sirve para hacerse una idea “no oficial” de Tenerife y Canarias durante esa década. Repasar estos números invita a pensar que no todo está perdido y que es posible despertar de este sueño sin conciencia en el que nos han sumido. Más en un siglo como el XXI que no pinta nada bien para el futuro de la humanidad y del planeta.

Saludos, entonces fuimos jóvenes, desde este lado del ordenador

Ezequiel Pérez Plasencia, diez años de silencio en su propia tierra

Miércoles, Febrero 24th, 2021

Hace ahora diez años que falleció el escritor tinerfeño Ezequiel Pérez Plasencia (1953-2011). Dijo adiós al mundo en circunstancias traumáticas y dejó más huérfano si cabe a quienes lo conocieron y querían ese día aciago, un 24 de febrero que todavía retumba en la memoria de quien les escribe.

Ezequiel Pérez Plasencia tuvo no obstante una buena vida. Una buena vida salpicada de encuentros y desencuentros. También de persecuciones, algunas buscadas y otras no.

Como suele suceder, tras conocerse la noticia de su muerte casi todas las voces coincidieron en señalar notas sobre su vida y su obra que no hubieran hecho públicas en vida del escritor pero así son las cosas en este valle de lágrimas. Por eso, si existe algún cielo, Ezequiel tiene que estar observando con una mueca burlona cómo se las gastan los que siguen aquí abajo. En especial los compañeros/as escritores/as y periodistas que conoció a lo largo de su vida.

Como señaló en una entrevista que mantuvo conmigo: “el periodismo es bueno sin sabes abandonarlo a tiempo”. Ezequiel supo hacerlo pero por desgracia quien ahora les escribe no. Así que resuena en mis oídos su carcajada.

Ezequiel Pérez Plasencia que sigue siendo un absoluto desconocido no solo en las letras que se escriben en Canarias sino también en español, dejó una obra consistente tras su marcha aunque por desgracia todavía tenía muchas cosas que contar.

Me dijeron en su día que en su ordenador quedaban cuentos y alguna novela sin publicar y se hizo el intento de recuperar todo ese material para que fuera publicado en unas obras completas que nunca llegaron a buen puerto, por lo que su presencia en la actualidad literaria sigue siendo un interrogante mayúsculo.

Ezequiel sigue siendo en este sentido no un maldito, que así al menos se le recordaría como se recuerda al poeta y escritor Félix Francisco Casanova y Eugenio Millet, sino un desconocido.

Escritor que se movía como pez en el agua por el territorio de los cuentos, a Ezequiel le debemos también una sobresaliente novela (su primera y última novela) que con el nombre de El orden del día retrata a una generación de periodistas de provincias y cómo se las gasta (y sigue gastando) los periódicos de provincias.

La novela por fortuna va más allá del retrato satírico y profundiza en las interioridades de su protagonista. Un personaje al que solo salva de su mediocre realidad la lectura de libros. Muchos libros.

No he vuelto a tropezarme desde que se fue con un tipo que salpicara con tantas citas lo que hablaba. Fuera el tema que fuera. No lo hacía porque fuera un enterado sino porque le salía del alma. Su erudición no provocaba por eso ronchas y daban ganas de conocer al autor que mencionaba con el objeto de reforzar un argumento, una idea que esgrimiera.

En cuanto a su producción como cuentista y articulista por fortuna nos dejó unos cuantos libros para los que no pasa el tiempo. Se tratan de obras que van camino de convertirse en clásicos por mucho que se empeñen algunos en que se olvide su nombre y su trabajo. Yo recomendaría, especialmente y porque viví su parto sin apenas agonía, El regreso de Calvert Casey, un atípico libro de viajes, una reflexión profunda sobre isla y literatura y un fantástico viaje interior por la isla de Cuba cuando aún la gobernaba Fidel. Destacaría también La ilusión de los perdidos y Los caminadelado, este último volumen recopila sus columnas en prensa. Artículos medidos que se ocupan la mayor parte de las veces de literatura. Libros que leía y autores por los que sentía devoción (Camus y Fonseca, entre otros) escritos con la tensión del día a día que impone el oficio de informar aunque Ezequiel Pérez Plasencia más que informador hizo de redactor de cierre limpiando de errores los textos que le entregaban personajes que iban de periodistas por la vida.

No recuerdo la última ves que hablé con él pero sí el día, tal día como hoy, en que su hermana me llamó para comunicarme la noticia de su muerte. Estaba con un amigo tomando algo en el antiguo kiosco de la plaza Militar, en Santa Cruz de Tenerife, y me puse a llorar.

En fin, esas cosas pasan.

Ezequiel llevaba un tiempo fuera de las islas, estas mismas islas que lo botaron a patadas y en la que casi todo el mundo conspiró para hacerle la vida un poco más infeliz, y allí, en Cartagena, encontró la paz y nuevas amistades. Quiero creer que algo tuvo que ver el Mediterráneo, que es un mar y no un océano como el Atlántico, cuyas aguas bañan la tierra en la que nació pero en la que no aprendió a ser libre.

Hace diez años que murió Ezequiel Pérez Plasencia y hace diez años que, ya ven, lo sigo echando mucho de menos.

El desafortunado, una novela de Ariel Magnus

Miércoles, Febrero 24th, 2021

El legendario cazador de nazis Simon Wiesenthal tituló uno de sus libros de memorias Justicia, no venganza. En este apasionante volumen, en el que va desmadejando toda la trama y las extrañas e insólitas alianzas que se tejieron a su alrededor para que muchos de los criminales nazis escaparan a otros país bajo otra identidad a finales de la II Guerra Mundial, figura el nombre de dos de los criminales más tristemente célebres de aquel oscuro período de la historia: Joseph Mengele y Adolf Eichman. El primero murió, y así lo aseguran hoy todas las fuentes, a finales de los años setenta ahogado en una playa de Brasil mientras que el segundo fue secuestrado por un comando de los servicios secretos israelíes en Argentina, desde donde fue trasladado a Israel, país en el que fue objeto del que probablemente sigue siendo uno de los juicios más sonados del pasado siglo XX.

Sonado por varias razones. La primera de ella porque proclamaba al mundo que los judíos no querían olvidar y segundo que no olvidar implicaba –como el título de las memorias de Wiesenthal– un acto de justicia y no de venganza.

Inspirándose en su vida bajo otra identidad en Argentina, El desafortunado (Seix Barral, 2020) relata los días de Eichman en un lugar perdido de la Argentina acosado por sus recuerdos y por el miedo, en el tiempo presente, de ser capturado por los servicios secretos de Israel. La novela se cuenta no desde su punto de vista, ya que está escrita en tercera persona, pero sí acompañándolo todo el rato, como si el escritor, el argentino Ariel Magnus, fuera un espíritu invisible al lado del hombre que ordenó los asesinatos en masa más terribles de su tiempo.

El libro mezcla evocaciones del pasado, aquellos años en los que Eichman ejerció de alto jerarca en la Alemania nazi hasta convertirse en uno de los máximos responsables de la conocida como “solución final” o el exterminio de toda una raza, la judía, primero de Europa y más tarde de todo el planeta. El curso de la II Guerra Mundial y con los soviéticos a las puertas de Berlín, hace que el protagonista del libro como el de la vida real se las ingenie para escapar a Argentina, país que en aquellos años acogía con los brazos abiertos a los criminales de guerra.

El autor de esta novela basada en hechos reales, Ariel Magnus, cuenta que la idea del libro nació de su padre, quien le contaba siendo pequeño que si había un personaje al que le gustaría asesinar con sus propias manos sería Adolf Eichman y no el otro Adolf. Curiosamente, los dos habían nacido en el mismo país, Austria, que fue anexionado por Alemania años antes de que comenzase la II Guerra Mundial.

La descripción de Eichman en la Argentina es la de un prófugo desorientado y también muy enfadado con su situación actual. Sigue a través de la prensa las informaciones que sacan a la luz lo peor de la Alemania nazi pero niega todas las atrocidades que se cometieron y en las que él mismo participó más como funcionario que como hombre de acción aunque tuvo que asesinar con un tiro en la nuca a un preso judío durante una de sus visitas a los campos de exterminio. Eichman no era, no obstante y así se encarga Magnus de destacarlo, un asesino a sangre fría sino un funcionario que prefería firmar desde su despacho sentencias de muerte, la deportación de miles de personas y modernizar, en la medida de sus posibilidades, la industria de la muerte que generaron los campos donde se concentraban a los enemigos (por raza o ideología) del nazismo.

En Argentina y bajo otra identidad, Ricardo Klement, el protagonista de la novela basada en hechos reales no ha tenido demasiada suerte en su vida. Más ahora, viviendo en un país que no es el suyo y en el que residen otros como él. Resulta en este aspecto muy interesante el encuentro que mantiene Klement/Eichman con Mengele en una cafetería de Buenos Aires. El escritor los describe como dos hombres diferentes que se rechazan entre sí aunque estén forzados a confraternizar por una misma idea. En torno a Mengele se publicó hace unos años un libro bastante revelador (La desaparición de Josef Mengele, Olivier Guez, Tusquets, 2018) sobre los últimos años de quien fue conocido en vida y también tras su fallecimiento como el doctor Muerte por los crímenes que en nombre de la ciencia cometió en Auschwitz.

La descripción que Ariel Magnus da sobre Adolf Eichman es la de un hombre egocéntrico que no se arrepiente de sus crímenes y que, dentro de los que cabe, quiere a su familia, con la que se reencuentra tras varios años separados a causa de la guerra y a causa de su desaparición. El libro de Magnus llega hasta el momento en que es secuestrado por los servicios secretos israelíes y es conducido a un avión que lo llevará a Israel. El resto, el juicio que se le hizo y que dio origen a uno de las obras más sobresalientes de Hanna Arendt y su muerte no cuentan en este ambicioso y meticuloso retrato biográfico que encarna, por si existe, cierta perfección del mal y que representa a un funcionario que siguiendo siempre las órdenes no pestañeó en intentar desde su despacho exterminar a millones de personas.

El desafortunado concluye con un capítulo en el que el propio escritor explica las razones que le llevaron a escribir la historia de Eichman en Argentina; el peso que significó reconstruir el camino del criminal de guerra por su país y el odio que le tuvo su padre toda la vida. En estas páginas finales, y muy al contrario que las que dedica a hurgar en la mente del funcionario al servicio del partido nazi, se asoma algo de calidez que no hace desaparecer, sin embargo, el retrato de un hombre frío. De un oficinista que se acostumbró a elaborar desde la distancia estadísticas que sumaban millones de muertos.

Saludos, a leer, que son dos días, desde este lado del ordenador

¿Dónde estabas el 23-F?

Martes, Febrero 23rd, 2021

Una persona a la que quise y estimé lo que llevo de vida cumplía el 23 de febrero, ese día que ha pasado a la Historia de España como el de la infamia.

Resulta curioso que recuerde tan claramente las sensaciones que me asaltaron cuando aquel ya lejano 1981 un guardia civil con bigote entró en el Congreso de los Diputados pegando gritos de todos al suelo, coño mientras llovía yeso pulverizado del techo del hemiciclo.

Estudiaba entonces en el instituto y recuerdo porque todo son recuerdos incluso los que ya no recuerdo, que el profesor de Historia entró en clase y nos recomendó que nos fuéramos a casa porque habían entrado unos guardias civiles en el Congreso. Uno soltó que si un comando de ETA había secuestrado a los diputados pero el profesor de Historia no dijo nada, estaba tan pálido como la pintura de la pared, y sus manos temblaban.

Los amigos nos reunimos en la plaza de Teobaldo Power y nos tumbamos en el césped. Uno estaba feliz porque no tenía clase pero también inquieto porque el rostro del profesor (demudado debe ser la palabra) traducía miedo. Miedo a lo que podía venir.

No sé de donde salió pero alguien debía de haber llevado en la maleta o en el macuto un transistor porque allí nos enteramos que no se trataba de un comando de la ETA sino de unos guardias civiles que estaban dando tiros, sacudían a un militar condecorado y llamaban al orden al entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez. Suárez se convertiría muchos años más tarde en una especie de Gary Cooper castellano en el libro Anatomía de un instante, de Javier Cercas, pero eso vendría mucho, mucho más tarde.

Al final nos disolvimos como un azucarillo en un vaso de café con leche como aquellos que servían en el Unamuno y cada uno se fue a su casa.

En la mía, mi padre llamaba al orden a uno de sus primos, que no dejaba de clamar que había que darle armas al pueblo. Ahora lo recuerdo con una sonrisa en los labios pero era lógico que se subiera por las paredes porque en el 36 los nacionales metieron a su padre en Fyffes, más tarde en uno de los barcos prisión atracados en el puerto para después desaparecerlo en alta mar. Mi tío abuelo era de la CNT, ese fue su delito para que le ataran dos piedras en los pies y lo arrojaran a las aguas que bañan las costas de la capital…

Su primo se fue y yo aproveché con un amigo para bajar a Capitanía Militar para ver qué estaba pasando.

El chasco fue grande porque el palaciego edificio permanecía cerrado a cal y canto y apenas había gente en la calle. Me entraron, supongo que por los nervios, unas ganas enormes de leer cómics de la Marvel pero los kioscos también estaban cerrados. Al final regresé a casa con las manos vacías. En el comedor, la familia estaba con la mirada puesta en la televisión. Mi padre espera el discurso del Rey. Pero el Rey no hablaba. Un periodista contó que en Valencia los tanques habían salido a la calle y mi padre se llevó las manos a la cabeza.

Me resulta curioso que todas esa imágenes las conserve tan frescas. Que aún recuerde todo lo que viví aquel 23 de febrero de 1981. Cuarenta años han pasado, fíjate tú. Y parece que fue ayer cuando el guardia civil con bigote entró pegando tiros al grito de todos al suelo.

La tarde fue transcurriendo con infinita lentitud, que es lo que pasa siempre cuando uno quiere que acaben las cosas con prontitud. Llegó la noche y el Rey no daba su discurso. En casa, como es natural, la tribu estaba sentada en torno al televisor esperando novedades. En algún lado sonaba también la radio. No sé exactamente cuando apareció el Rey y dio aquel discurso que tranquilizó a la nación pero sí que me quedé pegado ante la pantalla cuando mi familia se fue a la cama porque ya era bien entrada la noche.

Recuerdo, estos son recuerdos y nada más, ver un documental de películas de terror, y series y películas que no solían exhibirse en aquella caja tonta que no es tan tonta. Poco a poco cerré los ojos y se fue disolviendo en mi cabeza el grito desalmado pronunciado por aquel guardia civil con bigote de cuyo nombre no quiero acordarme: todos al suelo, coño.

Al día siguiente, o fue después, se convocó una manifestación de rechazo a la que acudimos en peso. Las calles delas ciudades y oueblos de este país se llenaron de gritos contra los golpistas y se cantaron canciones y todo el mundo se sentía feliz porque había ganado la democracia, se decía con la boca llena y así nos va desde ese día… Es decir, que casi todos seguimos en el mismo sitio, tumbados o tirados en el suelo, coño.

Saludos, a vivir, que son dos días, desde este lado del ordenador

Una novela del 23-F

Martes, Febrero 23rd, 2021

El 23 de febrero de 1981 un Guardia Civil con bigote y de cuyo nombre no quiero acordarme asaltó pistola en mano el Congreso de los Diputados gritando todos al suelo. Grito que a partir de ese momento se convirtió en uno de los momentos de mayor infamia de la por aquel entonces aún joven democracia española.

Como bien recuerda el maestro Paco Camarasa en su carta a los lectores no hay demasiadas novelas que se ambienten en aquel día que colocó en el filo de la navaja las libertades que tanta sangre, sudor y lágrimas, costó sacar adelante en este país cuya marcha por el sendero de la Historia siempre ha ido a dos velocidades, pero cita, como no podía ser menos, un libro que, a juicio de quien les escribe, está firmado por uno de los grandes escritores del género en España, un autor con todas sus letras no demasiado conocido entre los aficionados.

Me refiero al escritor asturiano Juan Antonio de Blas, quien con La patria goza de calma (Colección Etiqueta Secreta, Júcar, 1988) retomó al investigador gijonés Silverio García, protagonista también de la estupenda ¿Hay árboles en Guernica? para que investigara cuál fue el destino de dos capitanes que, durante la intentona de Golpe de Estado del 23-F, desaparecieron con un maletín repleto de comprometedora documentación.

La patria goza de calma es además de su trama negro criminal una estupenda novela sobre unos días, como fueron los de aquel final de febrero, donde buenos y malos pertenecían a bandos bien diferenciados. Hombres y mujeres que luchaban y combatían por un futuro bien distinto alimentados por un idealismo que hoy puede resultarnos marciano.

El escritor y periodista Francisco González Ledesma escribe en el prólogo de esta novela: “Cuando hablo de libros –y Juan Antonio lo sabe, peor no manifiesto temor por ello– me gusta ser absolutamente honrado. Por ello, después de afirmar que La patria goza de calma es una excelente y completa novela que el lector devorará, considero justo manifestar dos cosas: La primera, que Juan Antonio de Blas parece creer en muy pocas verdades, lo que le acredita de persona inteligente y crítica, aunque por ello me temo tenga un escaso provenir en las diversas administraciones públicas. La segunda, que creo que al protagonista de esta novela se le entregan las mujeres con demasiada facilidad. Las mujeres, por el contrario, suelen hacer un inteligente y peligrosísimo uno de sus cuerpos, lo cual qué duda cabe que las honra al tiempo que aumenta la demanda.”

De Blas combina con mucha habilidad en esta novela la información que hasta ese momento se disponía sobre el fracasado Golpe, con una historia en clave policíaca que respira a través de sus personajes, casi como si de un Raymond Chandler enganchado a la sidra se tratara.

Silverio García es así, una especie de Philip Marlowe aunque sin el elegante pesimismo del detective privado norteamericano. Quizá, pienso, porque ese investigador gijonés ha nacido en España. Un país donde lo trágico siempre se ha querido ver con una sonrisa enloquecida. Con un fatalista sentido del humor negro, negrísimo, que empapa todas las páginas del libro. Un libro que pide a gritos su reedición, así como la de reivindicar la literatura de un escritor comprometido, de esa izquierda que ya no tiene nada que ver con la presunta izquierda que tenemos.

Juan Antonio de Blas, guionista de cómics también, cuenta con una novela sobre el tráfico de armas y los servicios secretos titulada Siempre hay alguien detrás (Los libros de la medianoche, Editorial VOSA S.L., 1995) y de un estupendo y afortunadamente ligero ensayo sobre la novela de espías, La novela de espías y los espías de novela (Editorial Montesinos, 1991) prologado por otro de los grandes del género en España, Manuel Vázquez Montalbán, así como con una interesante novela histórica, Soportal de los malos pensamientos, cuyo protagonista es Francisco de Quevedo, entre otras experiencias literarias.

Escritor ágil, que se maneja muy bien en las claves que toca, Juan Antonio de Blas es uno de esos autores, reitero, que pide a gritos su recuperación.

Es uno de los grandes, y como todos los grandes, un autor que tiene voz. Estilo, seña de identidad típicamente de Blas.

(*) Este post se publicò en este mismo su blog el 23 de febrero de 2012

Saludos, 40 años no son nada, desde este lado del ordenador