Archive for Junio, 2019

Adaptaciones al cine de novelas canarias

Martes, Junio 18th, 2019

El cine que se hace en Canarias cuenta entre otras curiosidades con las adaptaciones de novelas escritas en las islas pero no son todavía muchas. En este artículo no se pretende enumerar todas las que se han realizado hasta la fecha pero sí algunos títulos que, a raíz del estreno de La estrategia del pequinés, trae a la actualidad la posibilidad de explotar cine y literatura por las sinergias que arropa y el diálogo que establece entre dos mundos aparentemente diferenciados pero que se retroalimentan cuando se unen.

En la relación que se expone a continuación hemos eliminado por razones de criterio La niebla y la doncella, de Andrés M. Koppel porque adapta una novela que se desarrolla en el Archipiélago, en concreto La Gomera, pero no está basada en una novela escrita por un autor de las islas y se han obviado los documentales de Miguel G. Morales Los mares petrificados, sobre Domingo López Torres y Una luz en la isla. Domingo Pérez Minik. Tampoco se reseñan Fetasianos, el laberinto habitado y Ella (s), ambas de David Baute, en torno al grupo literario tinerfeño y la escritora Mercedes Pinto, entre otros.

Comenzamos este viaje con una película que si bien no está basada en una novela sí que lo está en una zarzuela, La hija del Mestre, de Santiago Tejera Ossavarry y que fue llevada al cine en 1928 por Francisco González González y Carlos Luis Monzón. La película, que no rinde justicia a la pieza original porque es silente, está considerada como el segundo largometraje de ficción rodado en Canarias por un equipo canario. Dos años antes y en Tenerife ya se había comenzado a tantear las posibilidades del todavía nuevo arte con El ladrón de los guantes blancos (José González Rivero y Romualdo García de Paredes) que hace pasar los paisajes de Tenerife como británicos.

La segunda adaptación que tenemos registrada de un texto canario es Tirma (Paolo Moffa y Carlos Serrano de Osma, 1954) un filme que se basa en la obra teatral del mismo título de Juan del Río Ayala y que podría considerarse como la primera producción que se desarrolla en los tiempos de la conquista allá por el siglo XV. El filme, una coproducción hispano italiana, está interpretada por Silvana Pampanini, Marcello Mastroianni y Gustavo Rojo y cuenta el romance entre una princesa canaria con un joven europeo.

Marcello Mastroianni recordaba en su libro de memorias Sí, ya me acuerdo… (Ediciones B, 1997):

“Luego hice algo también exótico: Cuando suena el tam-tam (Tam Tam Mayumbe), en África, en El Congo y, ah, Tirma (La principessa delle Canarie), con la simpática Silvana Pampanini. Silvana parecía una piel roja. Todas las mañanas llegaba vestida y maquillada, y le preguntaba al director, Paolo Moffa (que se convirtió en director porque había echado al director español):

– Paolo, ¿estoy regia?
– ¡Sí, sí! – decía Moffa.

Pasé dos o tres meses en las Islas Canarias, en verano, embutido en un traje de Cristóbal Colón. Siempre he tenido las piernas delgadas, así que tenía que ponerme también esos pantalones tan ceñidos de terciopelo que llegan hasta medio muslo. ¡Hacía un calor infernal!.”

En los años setenta y con un guión basado en el poema escrito por Alonso Quesada, La umbría, Pepe Dámaso ofrece una personal visión de la obra sin descuidar la forma y el fondo del texto original, que cuenta la historia de una familia acuciada por la tuberculosis, la muerte y los espectros de sus antepasados en una casona del Valle de Agaete a principios del siglo XX.

Jorge Lozano, en La Palma rueda La pared de Roberto (1977), inspirada en una leyenda popular recogida en la prensa palmera del siglo XIX por Antonio Rodríguez López y Elías Santos Abreu, que inicia una nueva etapa en la filmografía del director bajo el nombre de Cuentos y leyendas de La Palma que engloba además El salto del enamorado (1979) y Aysouragan (Lugar donde la gente se heló), de 1981.

Al margen de estas dos producciones, si hay una novela canaria llevada al cine que esperaba romper con todas las expectativas fue Mararía (Antonio Betancor, 1998), una discutida adaptación de la ya canónica novela de Rafael Arozarena cuyo proyecto lo puso en marcha primero el colectivo Yaiza Borges barajando a Jaime Chávarri como director y con guión de Lola Salvador, hasta el resultado final, una producción de Andrés Santana con música de Pedro Guerra y un reparto internacional en el que figuraban Goya Toledo, Carmelo Gómez, Ian Glenn, Mirta Ibarra y José Manuel Cervino, según un guión escrito por Carlos Álvarez y Antonio Betancor.

En dibujos animados destaca en 1977 el episodio piloto de la serie de animación El chou de Cho-Juaá, basado en los personajes humorísticos de Eduardo Millares Sall y que en los años noventa se materializaría como serie de trece episodios bajo la dirección de Ramón Saldías y La historia de Canarias, en cuyo guión participaron historiadores de las dos universidades del archipiélago.

Dejando a un lado el mundo de la animación, en 2007 se estrena La caja, de Juan Carlos Falcón, una película basada en la novela Nos dejaron el muerto de Víctor Ramírez y en 2016 La punta del iceberg (David Cánovas) que adapta la obra de teatro del mismo nombre de Antonio Tabares.

Josep Vilageliú, uno de los cineastas de la resistencia del cine canario desde los setenta, es el director de otra adaptación, esta vez sí de una novela: No te mentiré, de la escritora y periodista Doris Martínez mientras que Aurelio Carnero adapta el relato de José Santiesteban Suena el destino, digo el teléfono, ¿lo coges?. A esta nómina se suma ahora La estrategia del pequinés, de Elio Quiroga según la novela de Alexis Ravelo.

Se han quedado en proyectos adaptaciones largamente anunciadas como Las espiritistas de Telde, una novela de Luis León Barreto, convertir en serie las andanzas de José García Gago y Ricardo Blanco, personajes creados respectivamente por Antonio Lozano y José Luis Correa, versionar Un camino a través del infierno de Javier Hernández Velázquez, Las flores no sangran, de Alexis Ravelo y Villa Melpópene, una novela de Santiago Gil que recrea la estancia del músico Camille Saint-Saëns en Gran Canaria.

Sañidos, mañana será otro día, desde este lado del ordenador
Saludos, ¿continuará?…, desde este lado del ordenador

Atraco (im)perfecto

Lunes, Junio 17th, 2019

Título original: La estrategia del pequinés / Año: 2019 / Duración: 96 min. / País: España / Dirección: Elio Quiroga / Guion: David Muñoz, Elio Quiroga, Alexis Ravelo (Novela: Alexis Ravelo) / Música: Brutalizzed Kids, Elio Quiroga, Alejandro Ramos, Due / Fotografía: Juan Antonio Castaño / Reparto: Unax Ugalde, Kira Miró, Enrique Alcides, Ismael Fritschi, Gonzalo Hernández, Jorge Bosch, Pep Jové, Alejandro Almeida / Productora: Zanzibar Producciones Audiovisuales / Begin Again Films / La Huella Efectos Digitales SL / Servicio de Cultura del Cabildo de Gran Canaria / Ian Stewart Producciones Cinematográficas / Instituto de Crédito Oficial / Televisión Española (TVE) / Televisión Pública de Canarias

Por aquel entonces todo parecía más o menos tranquilo en los territorios de la novela negra española hasta la publicación, entre otras, de La estrategia del pequinés, una novela de Alexis Ravelo en la que sus protagonistas eran parias de la tierra, famélica legión que formaban dos delincuentes de medio pelo; Cora, una prostituta que tiene el mismo nombre de la protagonista de El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain, y una ciudad, Las Palmas de Gran Canaria, descrita con una siniestra paleta oscura.

Hasta ese momento y salvo más que honrosas excepciones, la literatura policíaca que se escribía en este país –y mucho me temo que también la que se escribe ahora– estaba protagonizada por guardias civiles, policías nacionales y autonómicos como los cuerpos policiales vascos, catalanes y navarros, todos ellos honrados profesionales y defensores de la ley que habían obviado el verdadero espíritu que hizo grande al género, la denuncia de una realidad social corrupta, envenenada por dentro.

El género era el mejor acicate para criticar duramente la realidad de aquellos días y Ravelo, aún un escritor dubitativo, procuró mostrar cómo pensaban y cómo eran los que no lo tuvieron fácil, esos parias de la tierra que podían ser detectives privados solitarios, periodistas que aún creían en la honestidad de su oficio y delincuentes que luchaban y luchan contra el sistema.

Partiendo de esta base, Alexis Ravelo recuperó una tradición todavía poco explotada en España con La estrategia del pequinés, una obra en la que cuenta cómo un grupo de perdedores son capaces de enfrentarse a los gigantes, los poderosos y corruptos.

En esta novela que podría ser como una reinterpretación muy personal de La jungla de asfalto, de W.R. Burnett, creíble y con acento de aquí, el robo, el acto delictivo, es cometido a otro ladrón, solo que éste, abogado, está perfectamente instalado en una sociedad que solo mide a los demás por el rasero de lo que lleva en el bolsillo, por lo que la novela además de la denuncia venía a decir que en el mundo del crimen existen también las clases.

Un conflicto el de clase que con el paso de los años ha venido a ser una de las constantes de la mayor parte de la producción literaria de Alexis Ravelo, quien detiene la mirada en unos protagonistas que nacieron sin nada mientras describe a navajazos a los corruptos y poderosos, los que manejan el cotarro, los adoradores del becerro de oro.

Elio Quiroga, un cineasta que cuenta con una interesante y personal filmografía, adapta a la pantalla grande la novela de Alexis Ravelo y el resultado final con todas sus carencias no deja de ser satisfactorio además de una eficaz adaptación del libro.

La película se deja ver y a ratos se deja ver muy bien. Su estética a los años 70, impecablemente fotografiada en tonos muy fríos por Juan Antonio Castaño y dividir la pantalla con el objetivo de imprimir velocidad a la narración son solo algunos de los hallazgos de un filme que ha sabido captar el espíritu de la novela original, lo que no era una tarea fácil.

En todo este proceso, Elio Quiroga no traiciona su mirada, bien es cierto que más contenida que otras veces pero esto en vez de ir en demérito redondea una cinta que, a nuestro juicio, es la más lograda de un cineasta que tiene ojo cinematográfico y que no traiciona aunque sí matiza su estilo.

El reparto ayuda a sostener la película. Kira Miró hace de Cora y viste al personaje con el mismo encanto con el que la describió Alexis Ravelo en la novela. Lo mismo pasa con Unax Ugalde y Enrique Alcides como Junior, turbio y peligroso. Destaca también el trabajo de Ismael Fritchi, Jorge Bosch y Pep Jové, este último como El Gordo, personajes todos que encajan muy bien en el imaginario que como lector asumimos al leer la novela.

En cuanto a la historia, Elio Quiroga refleja lo esencial de la obra literaria recogiendo algunas de las claves que Ravelo diseminó en ella y que ya forman parte del universo del escritor como es recurrir a la variedad del español que se habla en Canarias, y que en la película como en la novela no chirría, se desliza perfectamente entre unos y otros, y describir el paisaje nocturno de una ciudad que resulta muy creíble como espacio negro y criminal.

Como espectador, se me fueron las casi dos horas que dura el largometraje como si nada, la misma sensación que tuve cuando leí el libro. Al mismo tiempo, me preguntaba las razones de que no se recurra con más frecuencia al rico y variado material literario que hay en las islas para ser llevado al cine.

La estrategia del pequinés, al margen de su origen literario, funciona también como película autónoma y romperá moldes en el cine de género que se rueda en España porque su mensaje es directo y sus protagonistas tipos que han terminado así porque les fue mal en la vida. Pese a todo, intentan vivir y dejar vivir.

Se trata de un filme atípico que hace verosímil una historia de amor y muerte que transcurre en un escenario conocido y en el que algunos de sus personajes hablan con acento canario y otros peninsular. La mezcla no resulta cacofónica sino natural porque este elemento es uno más de una película que sin ser redonda atrapa porque narra muy bien una historia que va más allá del robo y que sin pretensiones y agradecida humildad resuelve de manera notable el espíritu de un libro que a su manera hizo historia en el género negro y criminal español y ahora en la carrera como cineasta de Elio Quiroga, un tipo que ha sabido transmitir el mundo imaginado por Ravelo en imágenes. Algunas de ellas muy poderosas como la del puerto de la capital grancanaria iluminado de noche por las plataformas petrolíferas o la del reencuentro de la pareja protagonista.

Saludos, amanece, desde este lado del ordenador

Viajes con Charley, John Steinbeck recorre Norteamérica a lomos de Rocinante

Miércoles, Junio 12th, 2019

Uno de los libros más hermosos de viaje está escrito por un premio Nobel. Un Nobel norteamericano que perteneció, creo yo que más que por entusiasmo de estudiosos que por él mismo, a la generación perdida. Una generación ésta que reunió a los más grandes escritores norteamericanos (y es probable que alguna mujer no vaya a ser que…) de su tiempo, que se dedicaron en sus libros a radiografiar el cuerpo y el alma de un gran país. Se escribe lo de gran porque es grande en extensión y también porque es grande en su espíritu pese al retroceso que parece que vive. Pero este fenómeno involucionista no es solo norteamericano sino también mundial. Es una enfermedad contagiosa que invade no solo a las naciones más pobres de la tierra sino también a las más ricas.

Decíamos pues que uno de los libros más hermosos de viaje está escrito por un Nobel norteamericano. Un escritor por el que particularmente siento cariño y aprecio y que no deja de sorprenderme con sus monumentales obras, muchas de las cuales fueron llevadas al cine con mano maestra; así como por sus crónicas y reportajes, porque también hizo de periodista acompañando a los soldados de su país cuando desembarcaron en Europa para aplastar a la Alemania nazi.

Este escritor, al que todavía no hemos descubierto porque diseminanos pistas no tan vagas como alguno pudiera suponer, es John Steinbeck, y el libro al que me refiero no es Las uvas de la ira ni La perla ni Al este del Edén, novelas que darían para varios artículos escritos más con el corazón que con la cabeza, sino Viajes con Charley, relato en el que el escritor narra su periplo por Norteamérica en una caravana acompañado por su perro, el Charley del título, un viejo caniche francés de pelo azulado que va cogiendo protagonismo en estas páginas a medida que se avanza en la lectura y a medida que el escritor va consumiendo kilómetros y estancias en ciudades y pueblos de ese país del que tan mal se sigue hablando en España. De España habla y bien el escritor en este libro. La caravana que conduce lleva el nombre de Rocinante, el caballo de don Quijote, y recuerda su estancia en Madrid, donde visitó el Museo del Prado.

Viaje con Charley reúne todos los elementos que debe tener un libro de viaje. O al menos tiene todos los elementos que le reclamo a un libro de viaje ya que voy a viajar con el autor y su pequeño Sancho Panza (Charley) por tierras americanas. La obra cuenta así las pequeñas miserias y alegrías del día a día, los encuentros fortuitos que mantiene con algunos de sus paisanos a lo largo de este gigantesco recorrido y sobre todo las observaciones e interpretaciones que hace de los habitantes con los que se va cruzando en su deambular. El libro revela así la diversidad de una nación en continua construcción así como muchas de sus contradicciones, la mayoría de las cuales estaban ahí presentes cuando el escritor emprende este apasionante itinerario a finales de los años cincuenta y principio de los sesenta. No obstante, sí que describe algunos de los cambios que se están produciendo entre aquellas gentes, pero no carga las tintas con el reverso tenebroso del pueblo americano porque en general estamos ante un libro amable. Como amable son todos los libros de viaje que se precien.

Además de los escenarios que retrata y de las gentes con las que mantiene conversación, Viajes con Charley refleja el proceso de transformación que vive el escritor a medida que avanza con Rocinante por las interminables carreteras y autopistas del Norte. En este recorrido, John Steinbeck como si de un don Quijote moderno se tratara se plantea preguntas, muchas preguntas. Estas preguntas cuentan a veces con respuestas y en otras se quedan solo como preguntas. Es interesante la reflexión que propone sobre el viaje, al margen de otras cuestiones, ya que entiende que hay personas que están dispuestas a partir y a vivir en otra parte, a buscar la fortuna, a tener aventuras, y otras que no. El escritor recuerda, en este aspecto, que su país se formó gracias a la enorme emigración que a mediados del siglo XIX se lanzó al Oeste para tener una nueva vida y prosperar, dejando atrás, en el Este, sus casas y sus familias. La búsqueda de todos estos emigrantes, gentes de todas nacionalidades y procedencia social, era la felicidad aunque para conseguirla tuvieron que trabajar duro y seguir adelante sin girar nunca la cabeza para mirar atrás, lo que se dejó.

Dicho esto, volvemos al principio de este texto: Viajes con Charley es uno de los mejores libros de viaje que se hayan escrito nunca. Y no solo por los paisajes naturales y humanos que describe el escritor que hizo camino al andar, sino por cómo narra el lento proceso de transformación que vive a medida que avanza por la carretera y deja pueblos y ciudades atrás. Pueblos y ciudades en donde conoce una amplia galería de personas que componen un fantástico lienzo humano de los Estados Unidos de Norteamérica, territorios tan diferenciados pero que sin embargo permanecen unidos al contar con una tradición común.

Libro de obligada lectura para los que puedan recorrer aquel y otro país, Viajes con Charley es una de esas sorpresas que animan a ser leídas. Se trata de un libro sin demasiadas ambiciones que contiene muchas sorpresas, Casi parece que uno se encuentra al lado del escritor cuando emprende este fascinante pero también cruel viaje que es la vida. Y lo reconcilia, quizá sea lo más importante en mi relectura de este clásico de la literatura, con mi existencia. Por muy sedentaria y alejada de preocupaciones que resulte.

Saludos, viajen con nosotros, desde este lado del ordenador

Fallece el escritor y pintor Enrique Cichosz Heuschkel

Martes, Junio 11th, 2019

El pasado 21 de marzo fallecía en Tenerife el pjntor y escritor Enrique Cichosz Heuschkel. Nacido en Barcelona en los estertores de la Guerra Civil pronto se trasladó con su familia a Canarias, donde se formó y educó.

Tras una estancia en Australia, tierra a la que emigró, recorrió más de cuarenta países hasta que se estableciò definitivamente en Icod de Los Vinos, tierra en la que se dedicó a su producción artística, sobre todo la pintura y la literatura. Es autor, en este aspecto, de varios murales y de dos novelas, la última de ellas titulada Leyenda del Mencey esclavo (Punto Rojo, 2016), que reùne en un mismo volumen tres novelas cortas que llevan los nombres de Ghummara, Achinet e Hispalis. Al parecer, el Ayuntamiento de Icod de los Vinos podría publicar una tercera.

Como pintor, el artista estuvo presente en varias exposiciones individuales y colectivas, en la que exhibió una pintura realista en la que solía mezclar elementos fantásticos.

Padre del guionista y dibujante de cómics, Enrique Cichosz Díaz, fallecido demasiado pronto en 2011, la ausencia de Cichosz Heuschkel se suma este año a la de, entre otros, el profesor de Historia Julio Hernández García y el poeta Juan Jiménez.

Saludos, gimamos, gimamos, gimamos, desde este lado del ordenador

Emilio Salgari, recuerdos de un suicida

Lunes, Junio 10th, 2019

En mi adolescencia me dio por leer novelas de aventuras, un género al que recurro de tanto en tanto porque me permite viajar a otros territorios si levantarme de la cama o del maltrecho sofá del salón. Este tipo de literatura, tan prejuiciada por lectores que huyen como de la peste ante la sola mención de la palabra entretenimiento ignoran que los libros de aventuras ofrecen a quien se refugia en ellos caminar por el sendero de la experiencia tras la búsqueda de tesoros, forjar amistades y enamorarse en los puertos donde el barco en el que navega por los siete mares hace escala.

En aquellos días no sé si más felices era habitual ver en la mesa de noche novelas de Verne, Conan Doyle, Dumas y más tarde H.P. Lovecraft y compañía, que también escribió novela de aventuras aunque en clave fantástica, pero si había tres autores en los que invertí más tiempo y dinero –un hecho que probablemente puede explicar el estado de mi salud mental– estaban R.L. Stevenson, siempre vivo y presente en mis lecturas; H. Rider Haggarth, autor de dos grandes novelas de aventuras como son Las minas del rey Salomón y Ella, y Emilio Salgari, el creador de Sandokán y el único novelista europeo de aquel entonces y también ahora profundamente anticolonialista, tanto, que señaló a los ingleses como los villanos de sus historias.

Salgari fue uno de los escritores más vendidos de su tiempo pero murió en la indigencia mientras sus editores se enriquecían a costa de su trabajo.

Escrito en los últimos años de su vida, Mis memorias (Parsifal Ediciones, 1989) es uno de los libros más tristes y amargos que he leído recientemente. Se trata, a primera vista, de una autobiografía breve que no llega a las doscientas páginas y que el escritor entregó con el fin de que su editor le diera una “compensación a los beneficios que le he dado a ganar” para pagar su funeral. “Le saluda –se despide Salgari nada más comenzar el texto– destrozando la pluma”.

Enviado el manuscrfito, parece ser que unos días más tarde Emilio Salgari se rebanaría el cuello y el vientre con su navaja de afeitar. Un harakiri que puso final a su vida.

Como libro Mis memorias es una apasionante novela de aventuras en las que el escritor más que mentir, imagina su vida. Su vida en estas páginas se transforma en el relato imaginado de un hombre henchido de coraje, ese mismo coraje que tan bien transmitió en sus novelas, y relata sin que se le caiga la cara de vergüenza sus viajes, imaginados aunque en el texto asegura que fueron así, por los siente mares. En uno de estos viajes, cuenta cómo conoció al pirata Sandokán , que más tarde sería el protagonista de muchas de sus novelas, y cómo cuajó en él su desprecio a todo lo anglosajón por culpa de un primer amor. Una inglesita que le fue arrebatada por una civilización que lo miraba como a un ciudadano de tercera. Casi a la misma altura que a Sandokán, solo que el rey de los piratas los combatía con toda la fiereza del mundo en sus novelas.

Tal fue el desprecio que tuvo Emilio Salgari por todo lo que fuera anglosajón que en una de sus novelas, La capitana del Yucatán, que se desarrolla en Cuba a finales del siglo XIX, se pone del lado de los españoles que hacen la guerra de guerrillas al ejército norteamericano que había desembarcado en la playa de Daikiri, en el oriente de la isla.

Estas memorias escritas con premura y la sensación para nada vaga que sería lo último que registraría, domina prácticamente las páginas de un libro en el que el escritor hace el notable esfuerzo por contar otra vida, más pegada a sus apasionadas historias que a su existencia real, bastante grisácea a tenor de lo que narran los biógrafos oficiales de Salgari

No obstante, estas páginas repletas de viajes por mar, amores frustrados, piratas malayos y combates descritos con una celeridad que quita el hipo, se tornan oscuras y siniestras cuando se llega a su final, ya que revela la verdadera faz del escritor, quien como si ante un espejo se observara, explica la deplorable situación económica en la que se encuentra y su desesperación por no alcanzar de dar de comer a los suyos.

Tras varias tentativas de suicidio, el epílogo que añade el autor de El león de Damasco es uno de los textos más estremecedores de la literatura de principios del siglo XX y en el que bajo el título de Los últimos años de mi existencia, no es otra cosa que el grito de alguien que ha llegado al límite de las fuerzas. Físicas y espirituales.

“Me siento próximo al derrumbamiento: ¡¡La ceguera llama a mis puertas!!”, escribe Salgari, siempre tan económico en el lenguaje, estilo que subraya el anuncio de que a continuación pondrá fin a su vida. Estas páginas que en contra de las otras que forman sus memorias parecen que forman parte de un diario personal saben a batacazo para quien se atreva a acercarse a ellas. Mis memorias se transforma así en una obra rara en la producción de Emilio Salgari pero quizá sea la más auténtica pese a las licencias literarias que se permite para dar color a una existencia que entregó demasiado joven a la literatura.

Mis memorias, como ya se apuntó, es un libro amargo, casi me atrevería a decir que recomendable no solo para los iniciados en la fantástica literatura del escritor sino también para los que una vez lo dejaron de lado a conciencia. En este libro encontrarán a un periodista y escritor con todas sus letras que supo transmitir al lector no solo el lado amable del autor que producía y producía relatos de aventuras para sus explotadores sino el hombre, el padre de familia que, pese a vender y vende,r apenas tenía dinero para mantener a los suyos.

Mis memorias despiertan así una piedad absoluta ante un escritor de talento que lo dio todo y al que le arrebataron casi todo. Un autor de éxito que murió en la indigencia mientras el mundo entero, Inglaterra incluida, devoraba las hazañas de sus tigres del Mompracem, el Corsario Negro y el Capitán Tormenta.

Saludos, leed, hijos mìos, desde este lado del ordenador

En honor de Domingo López Torres. En honor de los desaparecidos

Viernes, Junio 7th, 2019

Son muchas las familias canarias que guardan un discreto silencio por sus muertos, muchos de ellos en vida tras escapar de la durísima represión franquista. Ese no fue el caso, entre otros muchos que sí desaparecieron para siempre en las simas de las islas o en el fondo del océano Atlántico, de Domingo López Torres, el poeta asesinado en febrero de 1937. Tenía entonces 26 años, apenas faltaban tres meses para que cumpliese 27.

Desde ese entonces cayó sobre su obra, breve pero muy intensa, una losa de silencio hasta que pasado el tiempo y muerto el dictador, unos y otros en Canarias lo recuperaron como personaje literario en El fondo de los charcos, una novela de Javier Hernández Velázquez y como objeto de un documental en Los mares petrificados de Miguel G. Morales y en el que el cantautor Pedro Guerra musicaliza e interpreta algunos de sus poemas.

Por lo que se ve, una recuperación imaginada y muy tímida pero interesante por recobrar la memoria de uno de los nuestros, de un vecino más de la capital tinerfeña que fue además de agitador y poeta, un modesto chicharrero que se crió en la calle de Ángel Guimerá.

Santa Cruz de Tenerife pagó ayer la deuda que mantenía con el hombre y con el poeta con una plaza que lleva su nombre y en la que, quiero pensar, además de rendirle tributo también recuerda a todos los que murieron en esta isla, islas y país que hoy se desangra, por razón de una guerra fratricida. Unos por inocentes y otros persiguiendo una bandera, una ideología.

El acto de ayer fue sencillo y reunió a bastante gente, algunos del barrio de Los Gladiolos, que fueron los menos, y sí políticos y tipos que escriben, lo que resulta milagroso. Y hubo, o eso noté, buena sintonía entre todos pese a los estirados.

Quizá fue lo imprevisto porque vi como pasaba de mano en mano un ejemplar precisamente de Lo imprevisto, los versos que escribió López Torres desde la cárcel. Ese de mano en mano va me hizo pensar un momento que era una edición facsímil que iban a repartir entre los presentes pero no. No, no. Lo había traído un familiar del poeta asesinado.

El acto lo inició y terminó el grupo de cámara de la Banda Municipal de Música de Santa Cruz de Tenerife que interpretó un fragmento de Cuadros para una exposición de Modest Músorgski  y otro fragmento de El amor brujo de Manuel de Falla.

Me fui, cuando se disolvió el acto, con el agradable sonido de los metales sonando en mi cabeza y con la idea de cuántos de los que estábamos allí, y que no somos vecinos de Los Gladiolos, volvería a pasar por esa plaza.

Una plaza que desde ayer lleva el nombre de Domingo López Torres, poeta. Y una plaza que, qué quieren que les diga, lleva para mi el nombre de un tío abuelo al que por cenetista arrojaron al mar con una piedra atada en los tobillos.

Mi tío abuelo, natural de San Andrés, no fue poeta pero se merece como Domingo López Torres el nombre de una plaza, una calle para que su fantasma, ¿y qué familia de esta tierra no tiene un fantasma fruto de aquella guerra?, descanse por fin en paz.

En el acto de ayer, jueves 6 de junio, intervinieron además del alcalde en funciones de Santa Cruz de Tenerife, José Manuel Bermúdez, la concejala en funciones por Sí se puede, Yaiza Afonso Higuera, la impulsora de que la plaza lleve el nombre del poeta y el hispanista Brian Morris, quien resaltó la juventud con la que murió López Torres, una muerte que cercenó la evolución que como poeta y persona hubiera tenido si llega a sobrevivir aquellos dramáticos días en los que prendió el infierno en su tierra. Días aquellos en los que sus vecinos se dedicaron a denunciar a sus vecinos. A sacarse las tripas, a robar bajo el amparo de la ley, a contaminar de miedo el espíritu de una tierra que hasta ese entonces había sido de naturaleza generosa.

“Rompe el sueño, la risa, los colores,
la dolorosa acelerada espera
pródiga en la promesa, el ala, el premio:
verse ascender, ligero, en pleno vuelo,
hacia un cielo, otro cielo, y otro cielo.
Mientras la oscura cloaca de desdenes
insuficiente para tanta ofrenda
salta sobre la geometría de los bordes
inventando rizados carrouseles”.

Fragmento de Los retretes (3 de la mañana)