La extraña pareja: Malcom McLaren y Alan Moore

Jueves, Marzo 12th, 2015

Malcom McLaren ha pasado a la historia por ser el agente de ese grupo de rabiosos  aficionados al ruido que fueron los Sex Pistols en plena eclosión del fenómeno punk, una tribu urbana que además de romper modas y generar una moda, sacudió a los jóvenes desahuciados de los años setenta y ochenta por su atractivo nihilista y su ánimo provocador mientras se arrogaban en una juventud que se creía eterna.

Algunos escuchan todavía como himno su irreverente y aguardentoso God Save the Queen aunque la vorágine que asaltó a muchos de sus miembros, incluyendo turbias muertas violentas, puso fin a un capítulo que no nació, como muchos sostienen, por generación espontánea.

Tras abrir una tienda en la que vendía fundamentalmente ropa relacionada con el rock and roll porque por aquel entonces “lo más emocionante para un joven inglés era arreglarse, vestirse con sus propias ideas ya que en Inglaterra entendíamos que el arte de “arreglarse” era la mejor manera de escapar de tu entorno familiar”, McLaren se dio cuenta que podía ir un paso más allá si vendía sexo con la ropa y los complementos.

Él mismo explica que el sexo era “algo que sólo se anunciaba en letras muy pequeñas en las últimas páginas de los periódicos. Yo quería mostrarlo en mitad de la calle y venderlo en boutiques modernas de Chelsea. Así que me deshice de todo el material de los cincuenta y empecé a vender faldas de goma y collares de perro de cuero. Puse al descubierto toda esa serie de prendas fetichistas que cierta gente había estado comprando años atrás en pequeñas tiendas. Mi intención era ponerlas de moda para los más jóvenes.”

Y el invento funcionó. Tanto que incluso contó con su propio estilo y banda sonora.

Son otros los que están llamados a reivindicar el caso Malcom McLaren como referente de unos tiempos probablemente igual de confusos que los actuales pero dentro de ese fenómeno contaminado de música ruidosa, ropa escandalosa, actitud gamberra y con ganas de alimentar polémica, drogas y sexo, queda un creador que entendió que ese negocio, porque al fin y al cabo resultó ser eso: un negocio, era una farsa.

Y farsa es uno de los ejes a través de los que se arma la historieta Fashion Beast, cómic que nació primero como guión de una película para la que el avispado McLaren recurrió a los servicios de un tipo que estaba en las antípodas del movimiento punk y sí mucho más cerca a la corriente hippie, Alan Moore. El mismo Moore explica en la edición completa de Fashion Beast el porqué un guión que nació para el cine terminó transformándose en un guión para colorines en el prólogo de su edición en castellano (Panini Comics).

Básicamente, resume Moore, la razón fue la repentina muerte por un derrame cerebral de Malcom McLaren el 8 de abril de 2010, y el hecho de que a partir de entonces aquel relato relacionado con la moda y la farsa hibernara en el baúl de los recuerdos hasta que William Christensen lo descubrió y le propuso al escritor de Watchmen y V de Vendetta que lo adaptara al cómic.

Alan Moore confiesa que la decisión le resultó difícil. Por un lado, McLaren ya estaba muerto y por otro, sentía que traicionaba uno de sus mandamientos creativos: no traducir para imágenes cinematográficas sus historias recreadas en viñetas aunque el caso de Fashion Beast –se justifica– era diferente ya que llegó al proyecto reclamado por el volcánico McLaren a principio de los ochenta.

Leyendo el cómic es difícil hacerse una idea de cómo hubiera quedado esta historia en el cine porque cómic y cine son medios radicalmente diferentes. También si la estética que se conserva en la historieta hubiera sido la misma en la pantalla grande aunque algo me hace sospechar que no. Si por algo destaca Fashion Beast es por la delicada belleza de sus ilustraciones, obra de Facundo Percio (artista) y Hernan Cabrera (color).

¿Cómo relato?

Como relato Fashion Beast no es de lo mejor como guionista de Alan Moore pese a que respira cierto aliento que lo ha hecho famoso y que en la actualidad sea considerado como uno de los mejores y más reputados escritores de y para cómic de los últimos tiempos.

Le falta sin embargo a Fashion Beast su característico sentido crítico pero mantiene una interesante cosmogonía que no alcanza ni mucho menos la altura de otras de sus grandes obras como las ya citadas Watchmen y V de Vendetta aunque respira ligero ocultismo que, lamentablemente y a nuestro juicio, no termina de cuajar en un relato al que le sobrepasa la estética de sus ilustraciones.

La protagonista de Fashion Beast es Muñeca Seguin, encargada del guardarropa de una sala de fiestas y que es un hombre que se hace pasar por mujer aunque sea una mujer que se hace pasar por hombre que acaba por ser la modelo del diseñador Celestine, que oficia de Pigmalion. Celestine es un misterioso personaje que vive recluido en su taller mientras tira las cartas de un preciosista Tarot.

El cómic Fashion Beast entra por los ojos pero no taladra tu mente. Carece de la profundidad de la que quizá sea la mejor obra de Moore como escritor From Hell y las ya mencionadas Watchmen y V de Vendetta, trabajos estos últimos que tuvieron la capacidad de reinventar un género por aquel entonces tan quemado como era el de los héroes de capa y antifaz.

Pero no cuenta Fashion Beast con un discurso coherente ya que a ratos parece que se ahoga cuando pretende contar una historia con cierto fondo –la farsa en que se ha convertido la moda como instrumento al servicio de la domesticación de las masas – que llamea brevemente cuando tantea otros discursos como el de la ambigüedad sexual y la trampa que significa vivir en soledad pese a que seas una estrella.

El mismo Moore se pregunta en la introducción qué le hubiera parecido a Malcom McLaren el resultado final del cómic. Un cómic que cuenta con delicadas y muy preciosistas viñetas, algunas de ellas con cierto aire a Enki Bilal, y que están muy por encima de la historia.

Historia, ya se ha dicho, que se difumina tras la belleza de su dibujo.

Saludos, calor, calima, África, desde este lado del ordenador.

¿Joseph Conrad contra el cine?

Martes, Diciembre 3rd, 2013

El horizonte azul del Mediterráneo, seductor y embaucador de audaces, guardó el secreto de la fascinación –abrazando en su pacífico seno a las víctimas de todas las guerras, tempestades y desastres de su historia– bajo la maravillosa pureza de su cielo crepuscular. ”

(El pirata, Joseph Conrad. Colección El libro de bolsillo, Alianza Editorial, 1989. Traducción: Eduardo Chamorro)

La vida de Joseph Conrad, como la vida de todo aventurero, suscita muchas preguntas.

Escribe en una lengua que no fue suya y firma con un nombre que, originalmente, no fue el suyo.

Apenas revela elementos de su pasado. Es decir, ¿qué fue de aquellos años previos a su trabajo como marinero y tras ser reconocido como un excelente escritor de novelas de aventuras marinas?

¿Qué opinaba del cine?

El invento para feriantes se estaba consolidando como industria de entretenimiento el año de su muerte.

¿Cuál pudo ser su mirada sobre las películas que, desde entonces, han intentado adaptar sus relatos?

¿Fue consciente del enorme regalo que nos estaba proporcionando con su literatura?

DOS PROYECTOS FRUSTRADOS, ENTRE OTROS TANTOS

Orson Welles intenta poner en pie El corazón de las tinieblas pero, cuenta la leyenda, la RKO lo rechaza de plano.

“Búscate otra historia”, le vinieron a decir.

Welles piensa… y de ahí –dicen– nace Ciudadano Kane. Su mayor triunfo y, paradójicamente, su mayor fracaso.

David Lean está demasiado viejo pero quiere rodar Nostromo.

Pone incluso dinero de su bolsillo y espera regresar a España para convertir en realidad lo que no es sino el obsesivo proyecto del que ahora se considera un dinosaurio.

Pero ¿quién sabe?

Ignoro si David Lean escucha los cantos de sirena con forma de Lawrence de Arabia y el doctor Zhivago.

La maquinaria está en marcha pero las compañías aseguradoras se retiran discretamente por miedo a la edad avanzada del cineasta.

Nostromo se desmorona como un castillo de naipes y cuatro años después de la aventura, David Lean fallece.

Anoten la fecha de su muerte: abril de 1991.

Nostromo.

Yo la vi navegar por el espacio en Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979).

ADAPTACIONES (*)

Buceo por la red y pesco rarezas como Victoria (Maurice Torneur, 1919) y Lord Jim (Victor Fleming, 1925), película que se estrena un año después de la muerte de Conrad, Joseph.

Paraíso peligroso (William Wellman, 1930) adapta una vez más Victoria. Tengo esperanzas en creer que el talento de Wellman fue capaz de reproducir en pantalla el destino trágico de Axel Heyst, el protagonista de la novela.

Alfred Hitchcock lo intenta con la dinámica Sabotaje (1936). Se basa en El agente secreto, un nada desdeñable y tampoco abstracto retrato de un hombre que vive de informar de lo que hacen grupos antisistema.

Pero continúo buceando…

Se adapta una vez más Victoria (John Cromwell, 1940) y El desterrados de las islas (Carol Reed, 1952), un título este último que me desconcierta.

Y Lord Jim (Richard Brooks, 1965), la película, el filme que es, oficialmente, la adaptación más conocida en cine de una obra de Joseph Conrad.

Alguno dirá que es demasiado discursiva pero junto al Moby Dick (1956) de John Huston es una de las más grandes y ambiciosas películas de aventura de la historia del cine. Dos títulos que si tienen lastre es su obsesiva y maniática fidelidad con el texto original.

Algo que supo cribar El aventurero (Terence Young, 1967). La película adapta El pirata.

Más tarde, Ridley Scott se da a conocer con Los duelistas (1977), una novela corta de Joseph Conrad en la que se plantea eso que llama honor. Su estética sabe a poema modernista: estéticamente es voluptuosa.

Hasta que llega Francis Ford Coppola y manda a parar con su infernal viaje a El corazón de las tinieblas en Apocalipsis ahora (1978).

Aún viajo en helicóptero mientras suena a todo trapo La cabalgata de las Valkirias y el olor a napalm me sabe a victoria.

Susurro mientras deslizo la mano por mi cabeza desnuda: “El horror, el horror“.

Y termino, la boca amarga, con El agente secreto (Christopher Hampton, 1996) y El hombre que vino del mar (Beeban Kidron, 1997).

Continúo pescando títulos en la red.

Pero se difuminan o se encadenan en caprichosos planos.

E intento descubrir a Józef Teodor Konrad Korzeniowski en una vieja fotografía donde ya es Joseph Conrad.

¿Victoria?

(*) Si pinchan este enlace, encontrarán una larga lista de adaptaciones al cine y la televisión de novelas y relatos de Joseph Conrad.

Saludos, palabra de Charles Marlow, desde este lado del ordenador.

Películas, ciclos, eso que llaman cine

Miércoles, Noviembre 13th, 2013

La Filmoteca Canaria inicia los martes y jueves en el teatro Guiniguada y en los Multicines Renoir Price, en la capital grancanaria y tinerfeña, respectivamente, un ciclo dedicado al cineasta norteamericano Don Siegel. El horario de proyección es a las 20.30, y la sesión se inicia este jueves, 14 de noviembre, en Santa Cruz de Tenerife con la exhibición de La invasión de los ladrones de cuerpos, una cinta de ciencia ficción que adapta a la pantalla grande la novela del mismo título del escritor Jack Finney. El ciclo continuará el 19 (Las Palmas de Gran Canaria) y el 21 (Santa Cruz de Tenerife) con El carnaval de la muerte; Código del hampa (3 y 12 de diciembre) y El seductor (17 y 19 de diciembre).

Organizado por Amnistía Internacional, grupo de Tenerife, TEA Tenerife Espacio de las Artes acoge este jueves, 14 de noviembre, un ciclo de cine sobre Derechos Humanos que inaugura la cinta belga Perder la razón (Joachim Lafosse, 2012). La proyección comienza a las 19,30 horas, y se exhibe en versión original en francés y árabe con subtítulos en español. La entrada es gratuita previa retirada de las invitaciones en la taquilla.

Saludos, fundido encadenado, desde este lado del ordenador.

Estrellas de pop rock ¿estrellas de cine?

Domingo, Agosto 11th, 2013

Antes de tantear la interpretación lo conocerán por su música.

Es un aviso, un adelanto del rumbo que tomará este post.

Un repaso, como siempre corto, demasiado corto, de grandes estrellas de la música que en un momento y otro de su carrera probaron también con eso de ponerse delante de las cámaras.

Es decir ¡¡¡que no cantan sino que interpretan!!!

Alguno de ellos con sobresalientes resultados. Otros, la verdad, no tanto.

En este repaso y por cuestiones de espacio, no citaremos a los tres ilustres mosqueteros del Rat Pack, Frank Sinatra, Dean Martin y Sammy Davis Junior. Tampoco hablaremos de Elvis Presley, Bobby Vinton ni de Barbra Streisand, que cuenta con una notable carrera como actriz y productora, también como directora.

Obviaremos, con gran dolor por nuestra parte, las cintas no musicales que protagonizaron dos leyendas del country western como Johnny Cash y Willy Nelson. Ni reseñaremos la experiencia como secundario de Bob Dylan, Keith Richards, Bon Jovi ni Steve Van Zandt, a quien reconocerán como el consigliere Silvio Dante en Los Sopranos.

Por negarnos a rompernos la cabeza, porque no están los tiempos para rompernos la testa, obviamos también las experiencias cinematográficas que jalonan la carrera del crooner Harry Coonick Jr. Y la de Chris Isaac, Sting, Justin Timberlake, Madonna, Iggy Pop, Will Smith, Meat Loaf, Debbie Harry, Cyndi Lauper y tantos, tantos otros artistas de la música que un momento dado de su carrera fueron tentados por el cine.

No, en este post solo vamos a hablar de los largometrajes que han protagonizado seis artistas anglosajones –es probable que repitamos la experiencia con europeos y americanos del sur en otra ocasión– como son Mick Jagger, David Bowie, Kris Kristofferson, John Lennon, Ringo Starr y Roger Daltrey porque tengo debilidad no ya por todos ellos sino también porque su música forma parte de eso tan cursi que llaman la banda sonora de tu vida.

Mick Jagger.- El señor morritos ha probado suerte en el cine sin hacer de cantante en títulos tan extravagantes como Perfomance (Donald Cammell y Nicolas Roeg, 1968), el western con acento australiano Ned Kelly (Tony Richardson, 1970) y el frustrante filme de ciencia ficción Freejack (Geoff Murphy, 1992) que está basado, al parecer, en una novela del notable escritor Robert Sheckley. Jagger interpreta también al jefe de una agencia de gigolós en The man from Elyssian fields (George Hickenlooper, 2001).

David Bowie.- De la lista que presentamos, probablemente sea el dandi camaleón el que más ha probado esto del cine junto a Kristofferson. Películas donde podemos ver a Bowie tanto como protagonista como secundario de lujo son y siempre sin dar la nota: El hombre que vino de las estrellas (Nicolas Roeg, 1976); Feliz Navidad Mr. Lawrence (Nagisa Oshima, 1983), donde comparte cartel con otro músico y compositor, el japonés Ryuichi Sakamoto; El ansia (Tony Scott, 1983), una película de vampiros ambiguos muy identificada con su época, los ochenta; Laberinto (Jim Henson, 1986); La última tentación de Cristo (Martin Scorsese, 1988), donde interpreta a un insólito Poncio Pilatos; Basquiat (Julian Schnabel, 1996), en la que se mete en la piel de Andy Warhol y El prestigio (Christopher Nolan, 2006), filme en el que asume el papel de Nikola Tesla, ese genio al que se acusó de científico loco, entre otras cintas.

Kris Kristofferson.- Para mi continúa siendo el mejor Billy the Kid. La culpa la tiene el hoy maltratado y ninguneado por crítica y cinéfilos de medio pelo, Sam Peckimpah. Pat Garret and Billy the Kid (1973), con todos sus defectos, que los tiene, si quieren ese exceso de lirismo que casi nadie le perdona actualmente al director de Grupo salvaje, no es que sea un western ejemplar, es que ha terminado por convertirse en un clásico que aún rompe y rasga dentro de tan ilustre género. A las órdenes de Peckimpah, Kristofferson trabajó también en Convoy (1980), otro western pero moderno, ya que los vaqueros conducen ahora camiones gigantes que atraviesan autopistas y carreteras comarcales; y haciendo de canalla en la que quizá es, a nuestro juicio, la mejor película del cineasta, la pequeña pero intensa Quiero la cabeza de Alfredo García (1974). A Kristofferson también lo vimos como protagonista en una nueva versión de Ha nacido una estrella (Frank Pierson, 1976) donde “descubría” a esa feúcha tan atractiva que es Barbra Streisand y en el western crepuscular –otro western– que es Las puertas del cielo (Michael Cimino, 1980). Kristofferson está también en el filme de ciencia ficción Millenium (Michael Anderson, 1989) y en el estupendo policiaco sureño Lone Star (John Sayles, 1996). Como secundario de lujo aparece en los tres Blade, Payback (Brian Helgeland, 1999), una nueva versión de A quemarropa, novela de Donald Westlake, escrita con el pseudónimo de Richard Stark, y con Mel Gibson en el papel de Parker, ahora Porter, y en El planeta de los simios (Tim Burton, 2001) entre otras tantas películas.

John Lennon.- Para unos sigue siendo el mejor Beatle, aunque para otros es Paul, George e incluso Ringo. Dejando de lado tan antipático debate, John Lennon también probó en el mundo del cine con la intención de desembarazarse de su carcasa de estrella de la música pop rock. Solo cuenta, en este sentido, con una película, un título menor en la filmografía de Richard Lester rodado en Almería y que se distribuyó en España con el título de Cómo gané la guerra. No deja de ser esta película una entretenida película con mensaje antibélico que aún se sostiene. Es verdad, en todo caso, que si algo desentona en la misma es el mismo Lennon, lo que pone de manifiesto lo difícil que le resultó desembarazarse, precisamente, de su carcasa de estrella de la música pop rock.

Ringo Starr.- Si lo comparamos con Lennon, Ringo tuvo más suerte cuando probó suerte en el cine asumiendo un papel que no tuviera nada que ver con la música. Cavernícola (Carl Gottlieb, 1981) fue, que recuerde, todo un éxito al menos en la isla en la que vivo. Tanto, tanto, tanto, que si no la habías visto no eras nadie. Pasado el tiempo, la verdad, es que el filme ha envejecido no tan bien como el ex batería de The Beatles. De esta comedia en clave de parodia sobre el hombre de las cavernas destaca, además, Barbara Bach, unida sentimentalmente a Starr y un jovencísimo Dennis Quaid.

Roger Daltrey.- Finalizo este repaso con la voz de The Who, un grupo que junto a The Beatles y The Rolling Stones ha marcado con su música mi paso inestable por este sendero que es la vida. Al margen de la ópera rock Tommy y la estrafalaria Lisztomanía, musicales ambos de Ken Russel, y de sus puntuales apariciones en series de televisión, Daltrey protagonizó la reivindicable McVicar, el enemigo público nº1 (Tom Clegg, 1980) donde interpreta a un delincuente legendario en las páginas de la historia criminal del Reino Unido. No he vuelto a ver de nuevo la película, así que no sé como la habrá tratado el paso del tiempo, pero la primera y hasta ahora única vez que la vi me dejó lo que se dice emocionado.

Tanto, que la mencionaremos en un post que, en este momento elaboramos sobre las que, a nuestro juicio, son las diez mejores películas de temática carcelaria del cine.

Hasta ese momento…

Saludos desde este lado del ordenador.

Los dos rombos

Miércoles, Julio 17th, 2013

Entre las muchas cosas que traumatizaron mi niñez y adolescencia se encuentran los dos rombos con los que la autoridad competente avisaba a los padres de los contenidos sensibles que se iban a emitir.

Creo que desde ese entonces, los rombos y yo nunca nos hemos llevado demasiado bien. De hecho, se trata de un cuadrilátero paralelogramo que aún resisto a que entre en mi imaginario. Un imaginario que, últimamente, no hace otra cosa que viajar al pasado quién sabe si buscando la fuente de la eterna juventud, divino tesoro.

Como el protagonista de la serie Vive soñando, un pedazo grande de mi existencia se lo debo a la televisión. A perder horas y horas observando aquel aparatito primero en blanco y negro y más tarde en color.

No recuerdo, sin embargo, que en mi casa fueran muy estrictos con  aquello de los rombos, aunque hubo series, como una dedicada al doctor Jekyll y el señor Hyde que me fue vedada porque sus imágenes podían despertar pesadillas.

Pero no era para tanto, aunque quizá eso explique mi temprana afición por la literatura fantástica y que la otra mitad de mi vida me la dedicara a leer colorines de terror (Vampus, Rufus, Vampirella, Dossier Negro, Espectro…) y devorando, esa es la palabras, los cuentos de Hans Christian Andersen, Jacob y Wilhelm Grimm y también Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi, entre otros. Relatos, en definitiva, inquietantes.

Más tarde me inicié en la masonería lovecraftiana, de la que puedo decir sin rubor alguno que soy Maestro del grado 33.

Paradójicamente, la lectura de estos libros contribuyó a que mis pesadillas no estuvieran pobladas de monstruos. Mis pesadillas, entonces y ahora, resultan de un realismo embrutecedor que todavía hoy me hace abrir los ojos con el cuerpo empapado en sudor.

El conde Drácula, King Kong, los monos de El planeta de los monos eran amigos. De hecho, en las paredes de mi dormitorio colgaban fotografías de Boris Karloff como la criatura solitaria del doctor Frankenstein, y King Kong, la versión del 33. También Christopher Lee enfrentándose al mejor Van Helsing de la Historia del Cine, Peter Cushing.

Muchas de estas películas las descubrí cuando tenía la edad que recomendaban los rombos. Por eso considero a los rombos responsables de mi tardía educación sentimental con el cine dícese de terror. A los rombos y, ya lo hemos contado en este su blog, que no me dejaran entrar a verlas en los cines porque  solo eran para mayores de 18 años.

A medida que fui creciendo recuperé gran parte de todas esas cintas que no pude ver.  Eso hizo que todavía sienta algo por las producciones de la Hammer, y en especial por las coloridas y atrevidas películas que dirigió Terence Fisher en la edad de oro de esa ya mítica productora británica.

Guardo también un agradecido espacio en mi memoria cinéfila por los filmes que en los años treinta y cuarenta respaldó los estudios de la Universal. Muchas de cuyas películas aún me sorprenden.

Mi mayoría de edad coincidió, no obstante, con la moda del cine de sangre y tripas,  largometrajes que reducían su mensaje a la mutilación.

Entre los iniciados se hablaba mucho de 2000 Maníacos (Herschell Gordon Lewis, 1964) que casi nadie había visto y que fue algo así como el filme fundacional del subgénero. Llegaría después La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) y la extremadamente feísta y violenta La última casa a la izquierda (Wes Craven, 1972) un filme aún perturbador, así como los estéticos y rocambolescos largometrajes de Dario Argento, que elevó eso que llaman giallo a la categoría de culto con permiso de Mario Bava.

No fui, de todas formas, un espectador fiel al gore, aunque entiendo que fue determinante en mi educación sentimental que viera en un cine, el Víctor si no me equivoco, esa comedia negra que es Posesión infernal cuando Sam Raimi todavía resultaba un cineasta gamberro y con ganas de meter bulla.

Llegó un momento en el que desaparecieron los rombos en la pequeña pantalla, y también que los porteros me dejaran pasar sin pedirme el Documento Nacional de Identidad. Tarjeta que me acompaña desde este entonces a todas partes más por obligación que por otra cosa. Algo así como llevar reloj aunque no te detengas a mirar las horas.

Me sorprende y me hace viajar al pasado –por eso y más– la noticia que el Gobierno de Expaña está trabajando para homogenizar los dos rombos, no uno, en cine, televisión y la red.

Me pregunto así cuántos traumas va a provocar esta decisión entre niños y adolescentes a los que sus padres no dejarán ver determinados contenidos si hacen caso de lo que recomienda la autoridad.

Pornografía, y de la mala, hay en espacios como Sálvame. También gore pero sin el sentido del humor de cintas como Raimi, Lewis y Romero.

Como saben algunos, George A. Romero es quien actualizó al muerto viviente tal y como lo conocemos en la actualidad. Un sonámbulo con solo una idea fija en su podrida cabeza: devorar suculenta y fresquita carne humana.

Hablaba el otro día con un amigo sobre los zombis y le dije que una de zombis no es una de zombis si no hay sangre y vísceras. Romero lo asumió cuando en la segunda entrega de su degenerada serie, cinta en la que se nota la mano de Dario Argento, rodó, precisamente, Zombi (Dawn of the Dead, 1978). Título que a mi juicio y pese a que no haya envejecido demasiado bien, es una de zombis de autor.

Tan de autor, que al final los zombis han terminando convirtiéndose incluso en serie televisiva y en películas donde se proponen delirantes metáforas sobre la crisis y el comportamiento que tenemos cuando actuamos como masa.

En La noche de los muertos vivientes (1968), esa pequeña película rodada en blanco y negro y con un presupuesto de risa, Romero que ya era un cineasta antes de que lo zombificara el sistema, no llegaba a tanto. Su intención, entonces, era inconsciente, que los zombis se degradasen luego intelectualmente es cosa de otros. Además, uno de sus potenciales atractivos  en contra del hombre lobo o el mismo conde Drácula que si se habían definido era porque tenían identidad es, precisamente, porque los muertos vivos carecían de ella.

En este aspecto, Romero se anticipó al advertirnos en lo que hoy nos hemos convertido: cuerpos  reanimados e idiotizados. Claro que alguno de ellos, los más inteligentes, cuando aprenden a hablar (porque los zombis ya hablan e incluso corren)  la primera palabra que sueltan no es papá ni mamá sino Cerebro. Así al menos lo reflejaba la divertidísima y estrafalaria The Return of the Living Dead (Dan O’Bannon, 1985).

Pero divago, lo que ya está comenzando a ser enojosamente habitual en estas apresuradas reflexiones escobilloneras.

Comenzaba este post con los puñeteros rombos y los traumas que despertaron en la primavera de mi existencia. Así que fue leer la noticia y que se abriera la Caja de Pandora, lo que por otro lado, quizá, explique la razón de estas líneas.

¿Un exorcismo?

(*) Para entender el fenómeno del cine de terror norteamericano de los setenta y ochenta recomiendo la lectura de Sesión Sangrienta, de Jason Zinoman, publciado en España por T&B Editores.

Saludos, de todo un poco, como en botica, desde este lado del ordenador.

¡¡¡Guionistas!!!, un puñado de recomendaciones

Sábado, Abril 20th, 2013

- No hay trabajo para ti –dijo Berners–. Ahora tenemos guionistas de sobra.

- No he venido a pedirte trabajo –dijo Pat, con dignidad–. Lo que quiero son unas invitaciones para el preestreno de esta noche, puesto que mi nombre aparece en la ficha técnica.

Sí, ya, de eso precisamente te quería hablar. –dijo Berners, frunciendo el ceño–. Puede que quitemos tu nombre de allí.

- ¿Cómo?- exclamó Pat-. ¿Por qué, si ya está? Lo vi en el Reporter. “De Ward Waingright y Pat Hobby.”

Pero a lo mejor tenemos que quitarlo cuando distribuyamos la película. Waingright ha vuelto del este y está hecho una fiera. Dice que aseguras que has escrito algunas frases, cuando lo único que hiciste fue cambiar “No” por “No, señor” y carmesí por “rojo”, y cosas así.

Llevo veinte años en este negocio –dijo Pat– conozco mis derechos. ¡Ese tipo escribió una porquería y me llamaron para que arreglara el entuerto!”

(Historias de Pat Hobby, Francis Scott Fitzgerald, Editorial Anagrama, 1993)

Aprovecho que el próximo martes, 23 de abril, es el Día del Libro para recomendar un puñado de libros de obligada lectura no solo a aficionados al cine sino también a los que escriben…

Pasen, pasen y lean…

- Me odiaría cada mañana, Ring Ladner, Jr  (Ediciones Barataria, 2006)

 - Las aventuras de un guionista en Hollywood, de William Goldman (Plot Ediciones, 1983)

Nuevas aventuras de un guionista en Hollywood, William Goldman (Plot Ediciones, 2002)

 - Backstory. Conversaciones con guionistas de la edad de oro, Pat McGilliam (Plot Ediciones, 1993)

Backtory. Entrevistas con guionistas de los años cuarenta y cincuenta, Pat McGilliam (Plot Ediciones, 2000)

Backstory. Conversaciones con guionistas de los años 60, Pat McGuilliam (Plot Ediciones, 2003)

Backstory. Conversaciones con guionistas de los años 70 y 80, Pat McGuilliam (Plot Ediciones, 2007)

-  De cine. Memorias de un príncipe de Hollywood, Bud Schulberg (Acantilado, 2006)

NOTA FINAL:Opino, como usted, que las ideas andan sueltas por el aire. Por lo tanto, pertenecen al primero que las coja, como los globos.” (Historias de Pat Hobby)

(*) En la imagen Nicolas Cage en El ladrón de orquideas (Spike Jonze, 2002)

Saludos, solo norteamericanos, lo sé, desde este lado del ordenador.