Los niños terribles

Martes, Octubre 24th, 2017

Título original: Don’t Grow Upaka / Año: 2015 / Duración: 81 min / País: Francia / Director: Thierry Poiraud / Guion: Marie Garel Weiss / Música: Jesús Díaz, Fletcher Ventura / Fotografía: Matias Boucard / Productora: Coproducción Francia-España; Inti Entertainment / Arcadia Motion Pictures / Noodles Production / Reparto: Fergus Riordan, Madeleine Kelly, McKell David, Darren Evans, Natifa Mai, Diego Méndez, Dominique Baute, Daniela Jerez, David Ojeda, Kiara Aguilar, Holly Ainsworth, Alexander Baute, Guillermo Botau, Guacimara Correa, Sol de la Barreda, Jonay Federico, Michelle García, Victor Solé

En la década de los sesenta el 68 ocupa un lugar especial. Fue un año de violentas transformaciones y de revoluciones con adoquines que el cine visualizó en extrañas producciones independientes cuyos planteamientos han evolucionado hasta los tiempos actuales.

El cine de zombis nació en los años sesenta y su padre fundador es George C. Romero. El diseñó las características que rodea al que hoy ya es un subgénero y anticipó las posibilidades que tiene para retratar tiempos en los que el miedo forma parte de nuestra vida diaria.

Los muertos vivientes disfrutan en la actualidad de una popularidad en las que sus espectadores y aficionados se mimetizan con las legiones y legiones de hombres sin alma que devoran o convierten a su causa a los vivos en las películas..

Películas, series de televisión, novelas, la mayoría de ellas bastante irregulares, que continúan explotando el filón zombi desde variadas perspectivas (terroríficas, paródicas, políticas y sociales) e incorporando nuevos elementos a su universo. Uno de ellos, el de correr, ha terminado por convertir muchas de estas películas en un corre corre que te pillo ciertamente cansino.

No crezas o morirás
, una película de Thierry Poiraud del año 2015, es otra de zombis pero su planteamiento es original: algo que no se explica hace que los adultos enloquezcan y asesinen a los jóvenes. Desafortunadamente, la idea se diluye a medida que transcurre la cinta.

Protagonizada por actores adolescentes, No crezcas o morirás se rodó en Tenerife, que en la película es una isla sin nombre en la que se encuentra un orfanato perdido en el bosque.

El filme da bastante importancia al paisaje, ya que prácticamente transcurre en exteriores, pero su función es la de servir solo como de marco estético.

El problema de los zombis, porque ya existe oficialmente un subgénero zombi, es que suele estar zombificado y la película de Poiraud es un ejemplo pese a sus pretensiones de no serlo.

El filme apuesta por el viaje, un viaje que puede tener cierto valor iniciático, pero en el que apenas se desarrolla el conflicto y sí el peligro más que el miedo que tienen sus protagonistas a crecer.

Vista con cierta perspectiva, No crezcas o morirás puede entenderse como una reinterpretación de ¿Quién puede matar a un niño? de Narciso Ibáñez Serrador, pero en el filme de Ibáñez Serrador son los adultos los que tienen que defenderse de los niños.

Han pasado los años pero ¿Quién puede matar a un niño? todavía se sostiene como una de zombis que no necesariamente están muertos por lo que la película brilla aún con luz propia en un subgénero tan zombificado como es el cine de zombis.

Saludos, Rascayú cuando mueras que harás tú…, desde este lado del ordenador.

Otra escala literaria en Tenerife

Lunes, Agosto 28th, 2017

Collen McCullough (Wellington, Nueva Gales del Sur, Australia, 1937 – isla Norfolk, Australia, 2015) es una escritora australiana que hace años saltó a la fama con la publicación de El pájaro espino, éxito que multiplicó la serie del mismo nombre y que protagonizó el actor Richard Chamberlain.

Escritora que sabía narrar, muchas de sus novelas están ambientadas en Australia. En La huida de Morgan, con traducción de María Antonia Menini (Zeta Bolsillo, 2006), cuenta cómo tras aniquilarse a la población aborigen, Australia se repobló con convictos a los que se abandonó a su suerte y de cómo estos contribuyeron a la formación y el desarrollo del nuevo territorio. Un territorio que fue forjado con sus manos.

La novela comienza en Bristol, Inglaterra, en 1787, en vísperas de una de las migraciones más importantes de la historia, la de cientos de prisioneros que fueron arrancados de su tierra natal y forzados a emprender un duro viaje por mar para poblar tierras desconocidas y hostiles.

Gran parte de la acción de la novela transcurre durante la travesía, en la que McCullough describe el trato brutal que reciben los convictos por los oficiales británicos. Son muy pocos así los que desembarcan el 19 de enero de 1788 en las nuevas tierras para buscarse literalmente la vida.

La historia continúa narrando cómo se asientan en tierras australianas a través de su protagonista, Richard Morgan, un convicto más que logra ganarse la admiración de sus compañeros porque es inteligente, seductor y de voluntad férrea.

La novela, como todas las de McCullough, está excelentemente documentada y pese a su número de páginas, más de novecientas, se lee con notable interés porque pasan muchas cosas.

Durante la travesía que lleva al protagonista hasta la lejana Australia, el barco hace escala en Santa Cruz de Tenerife, puerto en el que, sueña Morgan, tendrá “la posibilidad de bajar a tierra y tragarse todo el ron que su cuerpo pudiera aguantar…”

Sin embargo, y por orden del comandante, los marineros y presos no disfrutarán de muchos permisos, lo que cae como un jarrón de agua fría en la tripulación.

“El teniente Johnstone les comunicó con su lánguida voz que, durante el día, se tendría que montar guardia permanente, pues el gobernador Phillips no quería que los convictos permanecieran confinados en todo momento bajo cubierta. Por si fuera poco, anunció Johnstone, el gobernador Phillips y su edecán el teniente King tenían previsto subir a bordo en algún momento de la permanencia del barco en Tenerife.”

Esta medida, que si leen la novela adquiere dimensiones dramáticas porque hasta ese momento el trayecto ha sido muy exigente, se debe al “considerable número de criminales desesperados, dijo el teniente, Johnstone haciendo un cansado gesto con la mano, y Tenerife no estaba lo bastante lejos de Inglaterra para que ellos pudieran sentirse tranquilos.”

Una vez más, la isla, en este caso la de Tenerife, se presenta como una tentadora posibilidad de evasión aunque los convictos solo pueden echar un vistazo “a Santa Cruz y las restantes partes de Tenerife que se podían contemplar desde el lugar donde el barco se encontraba amarrado” mientras comen carne de cabra, calabaza hervida, “un pan muy extraño pero comestible y unas grandes y ásperas cebollas.”

La descripción que ofrece de Santa Cruz es bastante ajustada a la que reflejan los viajeros que dejaron constancia de ella a finales del siglo XIX.

Collen McCullough escribe que “la ciudad era pequeña, carecía de árboles y parecía muy aburrida”, y que la tierra que la rodeaba “era escarpada, seca e inhóspita. La montaña que tantos deseos sentía Richard de ver tras haber leído tantísimas cosas cosas acerca de ella, solo era visible por encima de una nube gris que parecía cernerse exclusivamente por encima de la isla; el cielo sobre el mar era de un intenso color azul.”

Más adelante, y ante el malecón de piedra, el protagonista siente la primera imagen “que se le ofrecía de un mundo por completo distinto del inglés.”

En el puerto, se hace acopio de provisiones y se dice que “octubre era el mes más insoportable” para recalar en la isla aunque “de julio a noviembre, soplaban desde África unos horribles vientos mezclados con una punzante arena y tan ardientes como un horno. Sin embargo, África se encontraba a varios centenares de millas de distancia.”

Richard Morgan se lleva la impresión de que Tenerife es un lugar árido y desolado aunque se sorprende que posea un “agua excelente que procedía de una ciudad del interior llamada La Laguna.”

Collen McCullough fue una escritora de novelas románticas e históricas que gozó de mediana reputación incluso en los círculos literarios más pedantes. No solo escribió historias sobre Australia sino también sobre los últimos años de la república en Roma, a la que dedicó una serie de siete novelas.

Saludos, ¿próxima escala?, desde este lado del ordenador.

Dos superviviente del ‘Medusa’ dan sus impresiones sobre Santa Cruz de Tenerife en 1816

Lunes, Agosto 14th, 2017

En la historia negra de los siete mares el naufragio del Medusa ocupa un siniestro puesto de cabecera. La fragata zarpó junto con dos corbetas y un bergantín de la isla de Aix el 17 de junio de 1816 rumbo a Senegal, posesión que regresaba en aquellos días a manos francesas tras un tiempo bajo dominio británico.

La falta de experiencia del capitán del Medusa, M. Hugues Duroys de Chaumareys, un antiguo exiliado monárquico que llevaba más de veinte años sin navegar, hizo que su navío perdiera a los otros y que tras dieciséis días en el mar, embarrancase el 2 de julio de 1816 y sobre las tres de la tarde frente a la costa de Mauritania o Senegal, según las fuentes.

A partir de ese momento comenzó una de las tragedias más terribles y siniestras de la marina francesa ya que la fragata no contaba con suficientes botes salvavidas, lo que obligó a improvisar una balsa en la que se apretujaron 147 personas a las que se abandonó a su suerte cuando el capitán del Medusa, Hugues de Chaumareys, dio la orden que se soltaran las amarras que la unían a los botes salvavidas.

“En el primer momento no creímos realmente que nos habían abandonado de manera tan cruel”, recuerdan Alexandre Corréard y el cirujano Jean Baptiste Henri Savigny, dos de los supervivientes de la balsa en el libro El naufragio de La Medusa (Senegal, 1816), editado por Ediciones del Viento (2014) con traducción de Juan Carlos Martínez.

El libro narra los trece días de batalla por la supervivencia que se vivió en la balsa. Primero, por ocupar y mantener un espacio y más tarde al ser acosados por el hambre y la sed.

“Una sed ardiente” que los llevó a consumir su propia orina como a cometer actos de canibalismo.

Cuando los náufragos de la balsa fueron encontrados por la fragata Argus, de los 147 hombres solo quedaban con vida quince, cinco de los cuales fallecieron antes de llegar a tierra. Entre los supervivientes estaban los ya mencionados Alexandre Corréard, ingeniero de Artes y Oficios, periodista y geógrafo y el cirujano Jean Baptiste Henri Savigny.

El libro en el que cuentan su versión de los hechos incluye además del viaje y el relato del naufragio del Medusa cómo se reintegraron a la vida civil tras ser rescatados aunque por sus palabras se deduce que no fue nada fácil la adaptación porque desde ese momento fueron marcados con el signo de la sospecha.

Esta es una de las quejas que más se repite en estas memorias escritas con un lenguaje sencillo que a veces cae en el arrebato chauvinista. Fracasa, en este aspecto, cuando pretende ser una narración objetiva de hechos.

Leído como lo que fue, un terrorífico relato de supervivencia y el deseo de adaptación al que tenían derecho tras sobrevivir a tan dramática experiencia, el libro cuenta con chispeantes descripciones de Santa Cruz de Tenerife, puerto en el que recaló la flotilla días antes de que se produjera la tragedia.

En estos fragmentos los autores elaboran un discurso atractivo pero a la vez contradictorio. Sacan también a relucir lo peor del chauvinismo francés, al reivindicar el valor de los nativos de este país aunque tiene mucho interés, si se entiende con distancia, las impresiones que su mirada refleja de esa isla y de ese puerto del Atlántico.

Mientras se aproximan a Tenerife, los autores describen el protagonismo que tuvieron los franceses durante los ataques del contraalmirante Horacio Nelson a la isla en julio de 1797.

“El comandante decidió enviar un bote a Santa Cruz, una de las principales ciudades de la isla, para conseguir algunas cosas que necesitábamos, tales como filtros y frutas; en consecuencia, durante toda la noche dimos cortas bordadas. A la mañana siguiente costeamos parte de la isla, a la distancia de dos tiros de fusil, y pasamos bajo el cañón de un pequeño fuerte, llamado Fuerte Francés. Uno de nuestros compañeros dio saltos de alegría a la vista de esta pequeña fortificación, que fue erigida en breve tiempo por unos pocos franceses cuando los ingleses, bajo las órdenes del almirante Nelson, intentaron hacerse con la posesión de la colonia. Fue aquí, dijo él, donde una numerosa flota, comandada por uno de los más valientes almirantes de la Armada inglesa, fracasó frente a un puñado de franceses, que se cubrieron de gloria y salvaron Tenerife. Fue ahí donde estos bravos, en un combate largo y enconado, obtuvieron a cañonazos la derrota de este Almirante que perdió allí un brazo y se vio forzado a buscar su salvación en la huida.”

Este capítulo continúa explicando cómo la flotilla costea la isla y en ella dan su parecer sobre Santa Cruz, una villa, escriben, que “nos pareció presentar muy buen aspecto. Juzgamos que las casas eran de bastante buen gusto; creímos ver también que las calles eran grandes y bien alineadas.”

Tras desembarcar un pequeño grupo de hombres en Santa Cruz, conocen “un asunto bien poco honroso para algunos marinos franceses, y que la inflexible verdad nos obliga a publicar para su vergüenza. Se encontraban todavía en Santa Cruz varios infortunados franceses que durante largo tiempo fueron prisioneros de guerra y que, devueltos a la libertad, no habían encontrado aún, después de ocho años, capitán de su nación que hubiera querido admitirlos a bordo para reintegrarlos a su patria.”

En estas memorias, los supervivientes no se cansan de repartir una de cal y otra de arena y es llamativo los contradictorios sentimientos que le despiertan la posibilidad de una isla como Tenerife.

“La vista de Tenerife es majestuosa; toda la isla de compone de montañas enormes coronadas de peñascos temibles por su tamaño y que, en lado norte, parecen elevarse perpendicularmente sobre el mar y amenazar en todo instante con su caída a los buques que pasan cerca de su base. Por encima de todos estos peñascos se eleva el Pico, cuya cumbre se pierde entre las nubes.”

Los supervivientes finalizan el relato de las casi seis horas que pasan en esta “hermosa villa de África” con una desconcertante referencia al carácter de sus habitantes que hace pensar que todo cuanto vemos puede ser distinto.

A.Corréard y H. Savigny se escandalizan por las costumbres “poco laxas, como en todos los países cálidos”, de los santacruceros lo que explica, escriben, que “tan pronto se supo que habían llegado franceses a la ciudad, algunas mujeres se pusieron a las puertas e invitaron a los viajeros a entrar en sus casas con ese acento de voluptuosidad al que el cielo ardiente de África imprime una energía tan viva, y que toda su fisionomía hace comprender de lejos aun a los ojos menos experimentados.”

Esta escena ocurre en presencia de amantes o maridos que, según los autores del libro, “no tienen el derecho de impedirlo, porque la Santa Inquisición lo quiere así, y las legiones de curas que pululan por allí ponen gran cuidado en mantener esta costumbre, indigna de un pueblo civilizado.”

La edición española de El naufragio de La Medusa incluye un anexo con el juicio al que fue sometido el capitán de la fragata, M. Hugues Duroys de Chaumareys, a quien fue declarado culpable del naufragio del navío y de haber abandonado a los hombres de la balsa a su suerte. La sentencia exigió que fuera expulsado de la Marina y que pasara tres años de su vida en una prisión militar.

Los autores

Alexandre Corréard (1788 – 1857) fue un ingeniero de Artes y Oficios, periodista y geógrafo francés. Se embarcó en la fragata Medusa como ingeniero-geógrafo y es uno de los protagonistas del cuadro de Géricault al estar representado como el hombre del grupo principal que tiende su brazo hacia el horizonte.
Jean Baptiste Henri Savigny (1793 – 1843) obtuvo el título de Cirujano en la Universidad de Rochefort y el de doctor en Medicina en la de París. Ejerció como juez de paz sus últimos años en el cantón de Saint-Agnant.

El cuadro

La balsa de la Medusa es un óleo de Théodore Géricault (1791-1824) que representa el instante en el que el grupo de náufragos divisan una vela en el horizonte. En el cuadro, los muertos se encuentran en la parte inferior de la balsa mientras que en la superior, los supervivientes agitan los brazos para ser vistos. El autor de la obra, Théodore Géricault, está considerado una figura singular en el panorama de la pintura francesa y pionero del Romanticismo, ideal que encarnó también en su tumultuosa vida y en su prematura muerte, a los treinta y tres años, a causa de un accidente de equitación. Su estilo se debe en buena medida a las copias de obras maestras que realizó en el Louvre y a una estancia en Italia donde entró en contacto con la obra de Miguel Ángel y con el barroco romano. En 1819 pintó y expuso en el Salón de aquel año, en París, su pintura más famosa: La balsa de la Medusa, que ganó una medalla y produjo una profunda conmoción por ser antitética de las tendencias clasicistas entonces en boga. El óleo de La balsa de la Medusa se expone actualmente en el Museo Nacional del Louvre, París.

(*) En la imagen Théodore Géricault por Alexandre Colin

Saludos, noche, desde este lado del ordenador.

“Nelson deja constancia de su defectuoso conocimiento de Tenerife”

Lunes, Agosto 7th, 2017

Ataques británicos contra las Islas Canarias en el siglo XVIII. La visión británica es un amplio trabajo de investigación histórica de Carlos Fernando Hernández Bento y un volumen más que se añade a la cada  vez más sustanciosa biblioteca que sobre aquellos hechos se han escrito. El libro, que cuenta con un prólogo del general e historiador militar Emilio Abad Ripoll, además de revelar la versión británica sobre los ataques que la Royal Navy realizó contra Canarias en el siglo XVIII, es un trabajo riguroso fruto de largas consultas en archivos,  bibliográficas, hemerográficas y museísticas, muchas de ellas inéditas.

- ¿Qué objeto tenían los ataques británicos a Canarias?

“No fue siempre el mismo. Si me remito al siglo XVIII, que es el que estudia mi libro, podemos comenzar con el caso de Jennings contra Santa Cruz (1706), que lo que en realidad pretendía era rendir Cartagena de Indias, pero los vientos desfavorables lo empujaron en dirección a Santa Cruz de Tenerife, ciudad en la que trató de poner en práctica el plan que tenía previsto para la población americana. Estaban en la Guerra de Sucesión Española e intentaron la captura de Santa Cruz mediante la presencia de una formidable fuerza que obtuviese una declaración en favor de Carlos de Austria y en detrimento de Felipe de Anjou. Los ataques de Fuerteventura de 1740 fueron, en ambos casos, ataques corsarios que buscaban hacer un buen botín, al igual que otros muchos del siglo. En el de Windham contra La Gomera de 1743 traían orden “dada en mano” por el Almirantazgo para interceptar unos buques de los que tenían conocimiento que iban a pasar por Canarias volviendo desde América, para ello debían ubicarse entre las islas y, de no lograr su objetivo, volver a Inglaterra haciendo daño al enemigo en alguno de sus puertos, tanto en los canarios como en los de la costa gallega. En el caso de Nelson, creo que ya estaba suficientemente probado con trabajos de otros autores, que venían a quedarse con la isla. Sin embargo, mi nuevo libro (¡Miel sobre hojuelas!) contiene “jugosos” testimonios, como uno hallado en la prensa inglesa donde hay transcrito un informe con un estudio completo de Tenerife (tamaño, altura, variedad climática, riquezas, posibilidad de terremotos, mejores zonas para vivir, etc.) ¿para qué hicieron un estudio así si no tenían intenciones de quedarse con la Isla?”

- ¿Qué fuentes ha consultado para la elaboración de esta obra?

“Pues de la más variada índole. Como explica la propia reseña del libro: la presente obra es un intento de profundizar en los ataques que los británicos realizaron contra las Islas Canarias a lo largo del siglo XVIII, desde su propia óptica. Para ello se estudiaron sus fuentes archivísticas, bibliográficas, hemerográficas y museísticas, que en muchos de los sucesos analizados son en buena medida inéditas, aunque en dos de los más relevantes casos, esta afirmación, sin dejar de ser cierta, haya que matizarla: el ataque de Charles Windham contra La Gomera de 1743 – suceso al que ya habíamos dedicado un libro completo: 1743. La Royal Navy en Canarias. La derrota de Charles Windham…, y el de Horacio Nelson contra Santa Cruz de Tenerife del año 1797: en realidad el único hecho del que ya teníamos documentación en inglés y al que hemos continuado aportándole en esta lengua. Dichas fuentes son de dispar valor a la hora de aportar algo nuevo a los distintos episodios. Mientras que en unas ocasiones nos pueden ayudar a su mejor comprensión, otras veces sólo sirven para enriquecer, corroborar o puntualizar lo ya conocido. Sin embargo, creemos que se puede afirmar que siempre serán valiosas de por sí. La energía dedicada al análisis de este conjunto de documentos y la amplitud del mismo, conllevan que el estudio haya quedado centrado, de forma natural y en mayor medida, en los aspectos más marinos de los ataques, quizá los más desconocidos hasta hoy, dado el gran peso que ha tenido siempre el uso de la documentación local, enfocada, como es lógico, a los aspectos más terrestres.”

- ¿Cómo reflejan los documentos consultados entre ellos los cuadernos de a bordo de los oficiales, estos ataques?

“Dentro de las fuentes archivísticas hemos de destacar, precisamente, los cuadernos de a bordo de las naves que realizaron los ataques, los cuales ofrecen una tipología directamente relacionada con el oficial que tenía encomendado elaborarlos. Para los ataques de Jennings (1706) y Windham (1743) encontramos una surtida muestra de estos cuadernos, aunque los más ricos en detalles son, sin duda, los referentes al ataque de Nelson (1797) ya que, con el pasar de los años, estas series documentales fueron ganando en pormenores. Estos documentos son capaces de aportarnos por sí mismos una visión bastante coherente y completa de lo ocurrido. Todo ello de una forma muy secuenciada que, en algunos casos, llega a ser de media a media hora. Además, en algunos casos nos ofrecen datos bastante precisos sobre la posición de algunas naves con respecto a las poblaciones en distintos momentos de los días del ataque. En definitiva, la visión de muchos oficiales participantes en los ataques, con su sello personal, profesional y, lo más importante quizás, inmediato a los hechos. Las fuentes bibliográficas nos han ayudado, en gran medida, a localizar las biografías de la práctica totalidad de los oficiales que comandaban las naves de la Marina inglesa durante los distintos ataques, así como los nombres y características de sus navíos, proporcionándonos detalles acerca de la fuerza armamentística a la que se enfrentó el Archipiélago en cada momento. Con respecto al uso de la hemerografía, hemos de decir que es en el siglo XVIII cuando surgen los primeros periódicos británicos con un sentido completamente moderno, siéndonos de gran ayuda para documentar, en todo o en parte, muchas acciones en aguas canarias, algunas de las cuales permanecían desconocidas, incluso, para nuestra historiografía. Sin embargo, la prensa nos ha interesado, antes que nada, para conocer cuál fue la “opinión pública” británica sobre los distintos sucesos bélicos que protagonizaron. Por último, las fuentes escritas nos permiten la identificación posterior de las museísticas, es decir, de las imágenes de algunos de los capitanes y muchos de sus barcos; destacando, por su riqueza, el National Maritime Museum de Greenwich (Londres), pues atesora importantes colecciones de todo tipo alusivas a la Royal Navy.”

- ¿Se sabe el papel que desarrolló la población británica que residía en la isla ante el ataque del contraalmirante Nelson?

“Nelson deja constancia de su defectuoso conocimiento de algunos aspectos importantes de la plaza que iba a asaltar. Sabía que se abastecía de agua por unos canales que, si se destruían, harían más fácil su caída, pero por el contrario, no tenía un conocimiento pleno del régimen de vientos. Conocía que las colinas que cercan la población se podían capturar por no estar fortificadas, pero no tuvo en cuenta la gran dificultad del terreno para acceder a ellas. Todo este cúmulo de desconocimiento, a la hora de la verdad, constituyó una suma insuperable de hándicaps, que desembocaron en su fracaso. No en vano, según la crónica de Miller, el plan fue elaborado a través de la imperfecta información facilitada por gente que no había estado en Santa Cruz en los cinco últimos años. Esa fue su “ayuda”.”

- ¿Qué poder de fuego y en hombres tuvieron los británicos en estos combates?

“La respuesta podría ser muy prolija de dar. Por cálculos realizados con la documentación inglesa en la mano podríamos decir, por ejemplo, que Jennings contra Santa Cruz de Tenerife en 1706 traía una fuerza total de 4.100 hombres y 692 cañones (dos navíos de 80, tres de 70, tres de 64, tres fragatas de 42, y una bombardera de 8). En cuanto a los ataques contra Fuerteventura de 1740, en el primero de ellos Willes era capitán de un corsario, el Vernon, y puso en tierra a 50 hombres; y en el segundo Charles Davidson era capitán del St. Andrew, barco de 24 cañones y 125 hombres. Si hablamos de Windham contra La Gomera en 1743 encontramos dos navíos de línea de 70 y 60 cañones y una fragata robada de 24, y unos 350 hombres de desembarco. Para Nelson, según lo hallado para este libro, un control de la armada inglesa para fechas de entre el 1 de julio y el 1 de agosto de 1797 dice, si hacemos la suma, que contaban con un total de 3.000 hombres y 393 cañones.”

- Hablemos ahora de 1743. La Royal Navy en Canarias. La derrota de Charles Windham en La Gomera y otras acciones en el archipiélago…

“Pues, ¿qué le puedo decir? Es mi primera obra y le tendré siempre un cariño muy especial. Los recuerdos de su elaboración se me agolpan en la memoria y ya están archivados en ella para siempre: el telefonazo de mi profesora Gloria Díaz Padilla desde La Gomera al lugar en el que estaba yo en ese momento: principio de la calle Triana de Las Palmas mirando en dirección al parque San Telmo, año 2010, para preguntarme si podía averiguar porqué eran rojas las banderas del mural del ataque de Windham que figura en Ntra. Sra. de la Asunción de San Sebastián de La Gomera. El intento y el esfuerzo de dar una respuesta a esa pregunta constituyó mi Big bang particular. El inicio de todo. De estos, de momento, siete años y dos libros. Parece mentira cómo una simple pregunta puede llegar tan lejos y marcar la vida de una persona por años… quizá para siempre. Otro momento memorable fue cuando ya tenía todos los datos que me hablaban de la existencia y localización del retrato de Charles Windham, del cual no teníamos su imagen física. Después de las pertinentes averiguaciones documentales me puse en contacto con la Eleanor Ingle, la manager del palacio familiar de Windham, Felbrigg Hall, en Norkfolk, y le pregunté si era verdad que encima de la puerta del comedor del palacio estaba el retrato de un tal Charles Windham, miembro de la familia y marino. Me comentó que así era y que enfrente estaba el de su padre. Entonces le pedí que, por favor, que me lo enviara por correo electrónico, sino tenía inconveniente. El momento del despliegue del retrato del capitán en mi pantalla de ordenador es indescriptible. Le miré a los ojos y le dije: “¡Conque fuiste tú?” No hay dinero en el mundo que pague un momento así. Se lo aseguro.”

¿Es una continuación Ataques británicos contra las Islas Canarias en el siglo XVIII”?

“Mi primera obra inauguró la que ya se ha convertido en mi forma de trabajar, consolidada durante siete años. El intento de pergeñar y rescatar todo lo que sea inglés y tenga que ver con nuestros enfrentamientos con ellos. En un combate siempre hay dos partes y, por tanto, para poder acercarnos a la verdad, que es lo que debe intentar siempre un historiador, hay que ver qué es lo que decía el otro, cuál era su visión de las cosas, cuáles eran sus capacidades de combate, por dónde se movían, qué querían de nosotros, etc., etc.”

Ataques británicos contra Canarias

Carlos Fernando Hernández Bento destaca que su nuevo libro, Ataques británicos contra las Islas Canarias en el siglo XVIII. La visión británica, estudia y hace comparaciones entre cinco ataques “principales”: John Jennings contra Tenerife (1706); Willes contra Fuerteventura (octubre de 1740); Charles Davidson contra Fuerteventura (noviembre de 1740); Charles Windham contra La Gomera (1743) y Horacio Nelson contra Tenerife (1797). Pero apunta que en el volumen figuran otros combates en  tierra o en alta mar aunque “es difícil dar un número exacto, pues depende de qué consideremos ataque, además de que habrá algunos, casi con seguridad, que no quedaron documentados y, por tanto, no existen para nosotros. En cuanto a la isla más castigada, probablemente fue la de Tenerife, siendo la de El Hierro, la única de la que no hallé referencia alguna. Y en cuanto al momento de más cantidad de ataques, quizá fue el de la Guerra hispano-inglesa de 1739 a 1748, la llamada por ellos como “Guerra de la Oreja de Jenkins”. Estoy hablando, claro está, del marco del libro, que no podemos perder de vista: ataques británicos y del siglo XVIII.”

Lo que es es y lo que no es también

Lunes, Julio 24th, 2017

El libro se titula La derrota de Nelson en Tenerife y lo encontré en uno de los puestos del Rastro, enterrado en una montaña de volúmenes de todas clases. El autor es Pedro Quintana Bencomo y el traductor un tal O. P.

Pese a que no se observa demasiado bien la editorial y el año de publicación, sospecho que tuvo que ser en los años veinte del siglo pasado ya que aún se puede leer en las primeras y amarillentas páginas Mil novecientos… y el arquito de lo que parece ser un 2…

Lo asombroso, además de su ya nada disimulada edad es que el ejemplar está en relativas buenas condiciones aunque le falta la contraportada y las páginas se despegan bruscamente si no se abre con mucho cuidado. En cuantro al contenido, merece la pena dar un trato privilegiado a esta obra de la que apenas he encontrado referencias salvo que su autor, el tal Pedro Quintana Perdomo, fue autor de un solo libro, el que encontré en el Rastro, y de varios poemas dispersos.

Lo interesante de La derrota de Nelson en Tenerife es que no se trata de un relato histórico sino de una ucronía escrita como si fuera una aplastante verdad histórica: Nelson fue derrotado en Tenerife aquel verano de 1797.  A continuación, el autor fabula en unas novecientas páginas sobre el devenir de la isla, ahora tan española como las otras seis, hasta el 2017, apretujándose acontecimientos y algunos de sus protagonistas.

La lectura, esa es la verdad, resulta en ocasiones tan realista que parece que lo que cuenta es lo que sucedió y esto te hace pensar mientras bebes el te de las cinco…

… La idea de que no hubo victoria de Nelson y que el sacrificio de sus valerosos hombres fue un fracaso.

La idea, desde entonces, no deja de inquietarme aunque para quitármela de encima se lo comenti a Mary, aunque ahora prefiere que la conozcan como Iballa, y que es la neighbor o vecina del tercero.

“Quita, quita kinegua con  patas”, me dice mientras salgo del ascensor.

Y no, no creo que fuera porque a Mary ahora Iballa  le dé igual ser descendiente de los que llegaron a Tenerife tras la gloriosa victoria de Nelson, sino porque escuchar tamaña sarta de sandeces no desmonta lo que es y lo que no es también.

Además, me da a mi en la nariz que el tal Bencomo es un pseudónimo de quien, presuntamente, figura como traductor de este libro: O. P.

La visión que propone el autor de una Canarias en manos de España es tan precisa y penosa que produce escalofríos. Casi estás allí y no levantándote cada mañana a bendecir la bandera de la Unión Jack, Dios salve a la Reina.

En la obra se describe como con el paso de los años se extendió por la superficie de las islas cultivos (plátano, caña, tomate) para más tarde, a partir de los años sesenta del siglo XX, sustituirlos por cemento y más cemento. El escritor describe torres y torres de apartamentos en las que se hacinan los descendientes que, 220 años antes, habían venido para conquistarla por las armas.

Los hijos de su graciosa majestad son descritos en este libro como tarados de la peor especie. Manadas que se tuestan al sol en las playas mientras consumen litros y litros de cerveza.

El libro cuenta también con capítulos muy tristes. Los que dedica a la Guerra Civil hacen poner los pelos de punta y que me enorgullezca un día más en ser ciudadano de la Gran Bretaña y no de un país que amedrenta a su gente.

Con estas y otras ideas callejeo por las calles de Nelson City, antes de Santa Cruz de Tenerife, mientras silbo la marcha del coronel Bogey agradecido de saber que las fantasías del libro son eso un puñado de fantasías.

Me detengo ante un cine y observo la cartelera. Como siempre y por estas fechas se reestrena El león de los mares (Alexander Korda, 1939), en la que Trevor Howard interpreta a Nelson y recrea los hechos de julio de 1797 en Tenerife. En otra, se exhibe Dunkerque (Christopher Nolan, 2017) lo que produce que mi azúcar patriótico se disparate tanto que en la plaza de La Victoria –antes de La Pila– me detenga y salude militarmente la estatua que recuerda la Gesta de sir Horacio Nelson y sus hombres.

Y vuelvo a leer emocionado la frase grabada en bronce que reproduce lo que dijo antes de lanzarse al ataque en las playas de la capital tinerfeña:

“mañana mi cabeza será coronada de laureles o cipreses.”

Saludos, God Save the Queen!, desde este lado del ordenador.

Bienvenido sea, Leonardo Padura

Jueves, Marzo 23rd, 2017

Apretada la agenda del escritor Leonardo Padura (La Habana 1955) durante su estancia en la isla de Tenerife. Este jueves, 23 de marzo y entre 12 a 12.30 horas firma libros el Círculo de Bellas Artes de Tenerife (Castillo, 43, Santa Cruz), entre las 12.00 y las 12.30 horas, en un acto que forma parte de la programación del Festival Atlántico del Género Negro Tenerife Noir y el viernes 24, a partir de las 19 horas mantendrá en  la Biblioteca Municipal Central de Santa Cruz de Tenerife –en el edificio del TEA–,  una entrevista pública con los periodistas Eduardo García Rojas y Juan Cruz Ruiz.

A las 20 horas de ese mismo viernes Leonardo Padura participará en un cine forum tras la proyección del filme Vientos de La Habana, con el especialista Manuel Díaz Noda. Ya sin la presencia del escritor, las proyecciones de la película continúan durante el fin de semana en la sala audiovisual del TEA

Leonardo Padura es el creador de Mario Conde, protagonista de una serie que cuenta hasta ahora con ocho novelas publicadas, la última de ellas, Herejes (Tusquets, 2013).

Entre otras distinciones, el escritor cuenta con el Premio Nacional de Literatura de Cuba (2012); la Orden de las Artes y las Letras de Francia (2013) y Premio Princesa de Asturias de las Letras (2015).

Escritor y periodista, Leonardo Padura estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad de la Habana pero dejó el periodismo para concentrarse en la literatura en los años 90 del siglo pasado. Su primera novela, Fiebre de caballos, es una historia de amor. La experiencia periodística fue esencial para su desarrollo como escritor, porque le dio experiencias que no tenía y le permitió cambiar su estilo narrativo en relación a esta primera novela, según ha comentado.

Saludos, ay, si les contara, desde este lado del ordenador.