Dos superviviente del ‘Medusa’ dan sus impresiones sobre Santa Cruz de Tenerife en 1816

Lunes, Agosto 14th, 2017

En la historia negra de los siete mares el naufragio del Medusa ocupa un siniestro puesto de cabecera. La fragata zarpó junto con dos corbetas y un bergantín de la isla de Aix el 17 de junio de 1816 rumbo a Senegal, posesión que regresaba en aquellos días a manos francesas tras un tiempo bajo dominio británico.

La falta de experiencia del capitán del Medusa, M. Hugues Duroys de Chaumareys, un antiguo exiliado monárquico que llevaba más de veinte años sin navegar, hizo que su navío perdiera a los otros y que tras dieciséis días en el mar, embarrancase el 2 de julio de 1816 y sobre las tres de la tarde frente a la costa de Mauritania o Senegal, según las fuentes.

A partir de ese momento comenzó una de las tragedias más terribles y siniestras de la marina francesa ya que la fragata no contaba con suficientes botes salvavidas, lo que obligó a improvisar una balsa en la que se apretujaron 147 personas a las que se abandonó a su suerte cuando el capitán del Medusa, Hugues de Chaumareys, dio la orden que se soltaran las amarras que la unían a los botes salvavidas.

“En el primer momento no creímos realmente que nos habían abandonado de manera tan cruel”, recuerdan Alexandre Corréard y el cirujano Jean Baptiste Henri Savigny, dos de los supervivientes de la balsa en el libro El naufragio de La Medusa (Senegal, 1816), editado por Ediciones del Viento (2014) con traducción de Juan Carlos Martínez.

El libro narra los trece días de batalla por la supervivencia que se vivió en la balsa. Primero, por ocupar y mantener un espacio y más tarde al ser acosados por el hambre y la sed.

“Una sed ardiente” que los llevó a consumir su propia orina como a cometer actos de canibalismo.

Cuando los náufragos de la balsa fueron encontrados por la fragata Argus, de los 147 hombres solo quedaban con vida quince, cinco de los cuales fallecieron antes de llegar a tierra. Entre los supervivientes estaban los ya mencionados Alexandre Corréard, ingeniero de Artes y Oficios, periodista y geógrafo y el cirujano Jean Baptiste Henri Savigny.

El libro en el que cuentan su versión de los hechos incluye además del viaje y el relato del naufragio del Medusa cómo se reintegraron a la vida civil tras ser rescatados aunque por sus palabras se deduce que no fue nada fácil la adaptación porque desde ese momento fueron marcados con el signo de la sospecha.

Esta es una de las quejas que más se repite en estas memorias escritas con un lenguaje sencillo que a veces cae en el arrebato chauvinista. Fracasa, en este aspecto, cuando pretende ser una narración objetiva de hechos.

Leído como lo que fue, un terrorífico relato de supervivencia y el deseo de adaptación al que tenían derecho tras sobrevivir a tan dramática experiencia, el libro cuenta con chispeantes descripciones de Santa Cruz de Tenerife, puerto en el que recaló la flotilla días antes de que se produjera la tragedia.

En estos fragmentos los autores elaboran un discurso atractivo pero a la vez contradictorio. Sacan también a relucir lo peor del chauvinismo francés, al reivindicar el valor de los nativos de este país aunque tiene mucho interés, si se entiende con distancia, las impresiones que su mirada refleja de esa isla y de ese puerto del Atlántico.

Mientras se aproximan a Tenerife, los autores describen el protagonismo que tuvieron los franceses durante los ataques del contraalmirante Horacio Nelson a la isla en julio de 1797.

“El comandante decidió enviar un bote a Santa Cruz, una de las principales ciudades de la isla, para conseguir algunas cosas que necesitábamos, tales como filtros y frutas; en consecuencia, durante toda la noche dimos cortas bordadas. A la mañana siguiente costeamos parte de la isla, a la distancia de dos tiros de fusil, y pasamos bajo el cañón de un pequeño fuerte, llamado Fuerte Francés. Uno de nuestros compañeros dio saltos de alegría a la vista de esta pequeña fortificación, que fue erigida en breve tiempo por unos pocos franceses cuando los ingleses, bajo las órdenes del almirante Nelson, intentaron hacerse con la posesión de la colonia. Fue aquí, dijo él, donde una numerosa flota, comandada por uno de los más valientes almirantes de la Armada inglesa, fracasó frente a un puñado de franceses, que se cubrieron de gloria y salvaron Tenerife. Fue ahí donde estos bravos, en un combate largo y enconado, obtuvieron a cañonazos la derrota de este Almirante que perdió allí un brazo y se vio forzado a buscar su salvación en la huida.”

Este capítulo continúa explicando cómo la flotilla costea la isla y en ella dan su parecer sobre Santa Cruz, una villa, escriben, que “nos pareció presentar muy buen aspecto. Juzgamos que las casas eran de bastante buen gusto; creímos ver también que las calles eran grandes y bien alineadas.”

Tras desembarcar un pequeño grupo de hombres en Santa Cruz, conocen “un asunto bien poco honroso para algunos marinos franceses, y que la inflexible verdad nos obliga a publicar para su vergüenza. Se encontraban todavía en Santa Cruz varios infortunados franceses que durante largo tiempo fueron prisioneros de guerra y que, devueltos a la libertad, no habían encontrado aún, después de ocho años, capitán de su nación que hubiera querido admitirlos a bordo para reintegrarlos a su patria.”

En estas memorias, los supervivientes no se cansan de repartir una de cal y otra de arena y es llamativo los contradictorios sentimientos que le despiertan la posibilidad de una isla como Tenerife.

“La vista de Tenerife es majestuosa; toda la isla de compone de montañas enormes coronadas de peñascos temibles por su tamaño y que, en lado norte, parecen elevarse perpendicularmente sobre el mar y amenazar en todo instante con su caída a los buques que pasan cerca de su base. Por encima de todos estos peñascos se eleva el Pico, cuya cumbre se pierde entre las nubes.”

Los supervivientes finalizan el relato de las casi seis horas que pasan en esta “hermosa villa de África” con una desconcertante referencia al carácter de sus habitantes que hace pensar que todo cuanto vemos puede ser distinto.

A.Corréard y H. Savigny se escandalizan por las costumbres “poco laxas, como en todos los países cálidos”, de los santacruceros lo que explica, escriben, que “tan pronto se supo que habían llegado franceses a la ciudad, algunas mujeres se pusieron a las puertas e invitaron a los viajeros a entrar en sus casas con ese acento de voluptuosidad al que el cielo ardiente de África imprime una energía tan viva, y que toda su fisionomía hace comprender de lejos aun a los ojos menos experimentados.”

Esta escena ocurre en presencia de amantes o maridos que, según los autores del libro, “no tienen el derecho de impedirlo, porque la Santa Inquisición lo quiere así, y las legiones de curas que pululan por allí ponen gran cuidado en mantener esta costumbre, indigna de un pueblo civilizado.”

La edición española de El naufragio de La Medusa incluye un anexo con el juicio al que fue sometido el capitán de la fragata, M. Hugues Duroys de Chaumareys, a quien fue declarado culpable del naufragio del navío y de haber abandonado a los hombres de la balsa a su suerte. La sentencia exigió que fuera expulsado de la Marina y que pasara tres años de su vida en una prisión militar.

Los autores

Alexandre Corréard (1788 – 1857) fue un ingeniero de Artes y Oficios, periodista y geógrafo francés. Se embarcó en la fragata Medusa como ingeniero-geógrafo y es uno de los protagonistas del cuadro de Géricault al estar representado como el hombre del grupo principal que tiende su brazo hacia el horizonte.
Jean Baptiste Henri Savigny (1793 – 1843) obtuvo el título de Cirujano en la Universidad de Rochefort y el de doctor en Medicina en la de París. Ejerció como juez de paz sus últimos años en el cantón de Saint-Agnant.

El cuadro

La balsa de la Medusa es un óleo de Théodore Géricault (1791-1824) que representa el instante en el que el grupo de náufragos divisan una vela en el horizonte. En el cuadro, los muertos se encuentran en la parte inferior de la balsa mientras que en la superior, los supervivientes agitan los brazos para ser vistos. El autor de la obra, Théodore Géricault, está considerado una figura singular en el panorama de la pintura francesa y pionero del Romanticismo, ideal que encarnó también en su tumultuosa vida y en su prematura muerte, a los treinta y tres años, a causa de un accidente de equitación. Su estilo se debe en buena medida a las copias de obras maestras que realizó en el Louvre y a una estancia en Italia donde entró en contacto con la obra de Miguel Ángel y con el barroco romano. En 1819 pintó y expuso en el Salón de aquel año, en París, su pintura más famosa: La balsa de la Medusa, que ganó una medalla y produjo una profunda conmoción por ser antitética de las tendencias clasicistas entonces en boga. El óleo de La balsa de la Medusa se expone actualmente en el Museo Nacional del Louvre, París.

(*) En la imagen Théodore Géricault por Alexandre Colin

Saludos, noche, desde este lado del ordenador.

“Nelson deja constancia de su defectuoso conocimiento de Tenerife”

Lunes, Agosto 7th, 2017

Ataques británicos contra las Islas Canarias en el siglo XVIII. La visión británica es un amplio trabajo de investigación histórica de Carlos Fernando Hernández Bento y un volumen más que se añade a la cada  vez más sustanciosa biblioteca que sobre aquellos hechos se han escrito. El libro, que cuenta con un prólogo del general e historiador militar Emilio Abad Ripoll, además de revelar la versión británica sobre los ataques que la Royal Navy realizó contra Canarias en el siglo XVIII, es un trabajo riguroso fruto de largas consultas en archivos,  bibliográficas, hemerográficas y museísticas, muchas de ellas inéditas.

- ¿Qué objeto tenían los ataques británicos a Canarias?

“No fue siempre el mismo. Si me remito al siglo XVIII, que es el que estudia mi libro, podemos comenzar con el caso de Jennings contra Santa Cruz (1706), que lo que en realidad pretendía era rendir Cartagena de Indias, pero los vientos desfavorables lo empujaron en dirección a Santa Cruz de Tenerife, ciudad en la que trató de poner en práctica el plan que tenía previsto para la población americana. Estaban en la Guerra de Sucesión Española e intentaron la captura de Santa Cruz mediante la presencia de una formidable fuerza que obtuviese una declaración en favor de Carlos de Austria y en detrimento de Felipe de Anjou. Los ataques de Fuerteventura de 1740 fueron, en ambos casos, ataques corsarios que buscaban hacer un buen botín, al igual que otros muchos del siglo. En el de Windham contra La Gomera de 1743 traían orden “dada en mano” por el Almirantazgo para interceptar unos buques de los que tenían conocimiento que iban a pasar por Canarias volviendo desde América, para ello debían ubicarse entre las islas y, de no lograr su objetivo, volver a Inglaterra haciendo daño al enemigo en alguno de sus puertos, tanto en los canarios como en los de la costa gallega. En el caso de Nelson, creo que ya estaba suficientemente probado con trabajos de otros autores, que venían a quedarse con la isla. Sin embargo, mi nuevo libro (¡Miel sobre hojuelas!) contiene “jugosos” testimonios, como uno hallado en la prensa inglesa donde hay transcrito un informe con un estudio completo de Tenerife (tamaño, altura, variedad climática, riquezas, posibilidad de terremotos, mejores zonas para vivir, etc.) ¿para qué hicieron un estudio así si no tenían intenciones de quedarse con la Isla?”

- ¿Qué fuentes ha consultado para la elaboración de esta obra?

“Pues de la más variada índole. Como explica la propia reseña del libro: la presente obra es un intento de profundizar en los ataques que los británicos realizaron contra las Islas Canarias a lo largo del siglo XVIII, desde su propia óptica. Para ello se estudiaron sus fuentes archivísticas, bibliográficas, hemerográficas y museísticas, que en muchos de los sucesos analizados son en buena medida inéditas, aunque en dos de los más relevantes casos, esta afirmación, sin dejar de ser cierta, haya que matizarla: el ataque de Charles Windham contra La Gomera de 1743 – suceso al que ya habíamos dedicado un libro completo: 1743. La Royal Navy en Canarias. La derrota de Charles Windham…, y el de Horacio Nelson contra Santa Cruz de Tenerife del año 1797: en realidad el único hecho del que ya teníamos documentación en inglés y al que hemos continuado aportándole en esta lengua. Dichas fuentes son de dispar valor a la hora de aportar algo nuevo a los distintos episodios. Mientras que en unas ocasiones nos pueden ayudar a su mejor comprensión, otras veces sólo sirven para enriquecer, corroborar o puntualizar lo ya conocido. Sin embargo, creemos que se puede afirmar que siempre serán valiosas de por sí. La energía dedicada al análisis de este conjunto de documentos y la amplitud del mismo, conllevan que el estudio haya quedado centrado, de forma natural y en mayor medida, en los aspectos más marinos de los ataques, quizá los más desconocidos hasta hoy, dado el gran peso que ha tenido siempre el uso de la documentación local, enfocada, como es lógico, a los aspectos más terrestres.”

- ¿Cómo reflejan los documentos consultados entre ellos los cuadernos de a bordo de los oficiales, estos ataques?

“Dentro de las fuentes archivísticas hemos de destacar, precisamente, los cuadernos de a bordo de las naves que realizaron los ataques, los cuales ofrecen una tipología directamente relacionada con el oficial que tenía encomendado elaborarlos. Para los ataques de Jennings (1706) y Windham (1743) encontramos una surtida muestra de estos cuadernos, aunque los más ricos en detalles son, sin duda, los referentes al ataque de Nelson (1797) ya que, con el pasar de los años, estas series documentales fueron ganando en pormenores. Estos documentos son capaces de aportarnos por sí mismos una visión bastante coherente y completa de lo ocurrido. Todo ello de una forma muy secuenciada que, en algunos casos, llega a ser de media a media hora. Además, en algunos casos nos ofrecen datos bastante precisos sobre la posición de algunas naves con respecto a las poblaciones en distintos momentos de los días del ataque. En definitiva, la visión de muchos oficiales participantes en los ataques, con su sello personal, profesional y, lo más importante quizás, inmediato a los hechos. Las fuentes bibliográficas nos han ayudado, en gran medida, a localizar las biografías de la práctica totalidad de los oficiales que comandaban las naves de la Marina inglesa durante los distintos ataques, así como los nombres y características de sus navíos, proporcionándonos detalles acerca de la fuerza armamentística a la que se enfrentó el Archipiélago en cada momento. Con respecto al uso de la hemerografía, hemos de decir que es en el siglo XVIII cuando surgen los primeros periódicos británicos con un sentido completamente moderno, siéndonos de gran ayuda para documentar, en todo o en parte, muchas acciones en aguas canarias, algunas de las cuales permanecían desconocidas, incluso, para nuestra historiografía. Sin embargo, la prensa nos ha interesado, antes que nada, para conocer cuál fue la “opinión pública” británica sobre los distintos sucesos bélicos que protagonizaron. Por último, las fuentes escritas nos permiten la identificación posterior de las museísticas, es decir, de las imágenes de algunos de los capitanes y muchos de sus barcos; destacando, por su riqueza, el National Maritime Museum de Greenwich (Londres), pues atesora importantes colecciones de todo tipo alusivas a la Royal Navy.”

- ¿Se sabe el papel que desarrolló la población británica que residía en la isla ante el ataque del contraalmirante Nelson?

“Nelson deja constancia de su defectuoso conocimiento de algunos aspectos importantes de la plaza que iba a asaltar. Sabía que se abastecía de agua por unos canales que, si se destruían, harían más fácil su caída, pero por el contrario, no tenía un conocimiento pleno del régimen de vientos. Conocía que las colinas que cercan la población se podían capturar por no estar fortificadas, pero no tuvo en cuenta la gran dificultad del terreno para acceder a ellas. Todo este cúmulo de desconocimiento, a la hora de la verdad, constituyó una suma insuperable de hándicaps, que desembocaron en su fracaso. No en vano, según la crónica de Miller, el plan fue elaborado a través de la imperfecta información facilitada por gente que no había estado en Santa Cruz en los cinco últimos años. Esa fue su “ayuda”.”

- ¿Qué poder de fuego y en hombres tuvieron los británicos en estos combates?

“La respuesta podría ser muy prolija de dar. Por cálculos realizados con la documentación inglesa en la mano podríamos decir, por ejemplo, que Jennings contra Santa Cruz de Tenerife en 1706 traía una fuerza total de 4.100 hombres y 692 cañones (dos navíos de 80, tres de 70, tres de 64, tres fragatas de 42, y una bombardera de 8). En cuanto a los ataques contra Fuerteventura de 1740, en el primero de ellos Willes era capitán de un corsario, el Vernon, y puso en tierra a 50 hombres; y en el segundo Charles Davidson era capitán del St. Andrew, barco de 24 cañones y 125 hombres. Si hablamos de Windham contra La Gomera en 1743 encontramos dos navíos de línea de 70 y 60 cañones y una fragata robada de 24, y unos 350 hombres de desembarco. Para Nelson, según lo hallado para este libro, un control de la armada inglesa para fechas de entre el 1 de julio y el 1 de agosto de 1797 dice, si hacemos la suma, que contaban con un total de 3.000 hombres y 393 cañones.”

- Hablemos ahora de 1743. La Royal Navy en Canarias. La derrota de Charles Windham en La Gomera y otras acciones en el archipiélago…

“Pues, ¿qué le puedo decir? Es mi primera obra y le tendré siempre un cariño muy especial. Los recuerdos de su elaboración se me agolpan en la memoria y ya están archivados en ella para siempre: el telefonazo de mi profesora Gloria Díaz Padilla desde La Gomera al lugar en el que estaba yo en ese momento: principio de la calle Triana de Las Palmas mirando en dirección al parque San Telmo, año 2010, para preguntarme si podía averiguar porqué eran rojas las banderas del mural del ataque de Windham que figura en Ntra. Sra. de la Asunción de San Sebastián de La Gomera. El intento y el esfuerzo de dar una respuesta a esa pregunta constituyó mi Big bang particular. El inicio de todo. De estos, de momento, siete años y dos libros. Parece mentira cómo una simple pregunta puede llegar tan lejos y marcar la vida de una persona por años… quizá para siempre. Otro momento memorable fue cuando ya tenía todos los datos que me hablaban de la existencia y localización del retrato de Charles Windham, del cual no teníamos su imagen física. Después de las pertinentes averiguaciones documentales me puse en contacto con la Eleanor Ingle, la manager del palacio familiar de Windham, Felbrigg Hall, en Norkfolk, y le pregunté si era verdad que encima de la puerta del comedor del palacio estaba el retrato de un tal Charles Windham, miembro de la familia y marino. Me comentó que así era y que enfrente estaba el de su padre. Entonces le pedí que, por favor, que me lo enviara por correo electrónico, sino tenía inconveniente. El momento del despliegue del retrato del capitán en mi pantalla de ordenador es indescriptible. Le miré a los ojos y le dije: “¡Conque fuiste tú?” No hay dinero en el mundo que pague un momento así. Se lo aseguro.”

¿Es una continuación Ataques británicos contra las Islas Canarias en el siglo XVIII”?

“Mi primera obra inauguró la que ya se ha convertido en mi forma de trabajar, consolidada durante siete años. El intento de pergeñar y rescatar todo lo que sea inglés y tenga que ver con nuestros enfrentamientos con ellos. En un combate siempre hay dos partes y, por tanto, para poder acercarnos a la verdad, que es lo que debe intentar siempre un historiador, hay que ver qué es lo que decía el otro, cuál era su visión de las cosas, cuáles eran sus capacidades de combate, por dónde se movían, qué querían de nosotros, etc., etc.”

Ataques británicos contra Canarias

Carlos Fernando Hernández Bento destaca que su nuevo libro, Ataques británicos contra las Islas Canarias en el siglo XVIII. La visión británica, estudia y hace comparaciones entre cinco ataques “principales”: John Jennings contra Tenerife (1706); Willes contra Fuerteventura (octubre de 1740); Charles Davidson contra Fuerteventura (noviembre de 1740); Charles Windham contra La Gomera (1743) y Horacio Nelson contra Tenerife (1797). Pero apunta que en el volumen figuran otros combates en  tierra o en alta mar aunque “es difícil dar un número exacto, pues depende de qué consideremos ataque, además de que habrá algunos, casi con seguridad, que no quedaron documentados y, por tanto, no existen para nosotros. En cuanto a la isla más castigada, probablemente fue la de Tenerife, siendo la de El Hierro, la única de la que no hallé referencia alguna. Y en cuanto al momento de más cantidad de ataques, quizá fue el de la Guerra hispano-inglesa de 1739 a 1748, la llamada por ellos como “Guerra de la Oreja de Jenkins”. Estoy hablando, claro está, del marco del libro, que no podemos perder de vista: ataques británicos y del siglo XVIII.”

Lo que es es y lo que no es también

Lunes, Julio 24th, 2017

El libro se titula La derrota de Nelson en Tenerife y lo encontré en uno de los puestos del Rastro, enterrado en una montaña de volúmenes de todas clases. El autor es Pedro Quintana Bencomo y el traductor un tal O. P.

Pese a que no se observa demasiado bien la editorial y el año de publicación, sospecho que tuvo que ser en los años veinte del siglo pasado ya que aún se puede leer en las primeras y amarillentas páginas Mil novecientos… y el arquito de lo que parece ser un 2…

Lo asombroso, además de su ya nada disimulada edad es que el ejemplar está en relativas buenas condiciones aunque le falta la contraportada y las páginas se despegan bruscamente si no se abre con mucho cuidado. En cuantro al contenido, merece la pena dar un trato privilegiado a esta obra de la que apenas he encontrado referencias salvo que su autor, el tal Pedro Quintana Perdomo, fue autor de un solo libro, el que encontré en el Rastro, y de varios poemas dispersos.

Lo interesante de La derrota de Nelson en Tenerife es que no se trata de un relato histórico sino de una ucronía escrita como si fuera una aplastante verdad histórica: Nelson fue derrotado en Tenerife aquel verano de 1797.  A continuación, el autor fabula en unas novecientas páginas sobre el devenir de la isla, ahora tan española como las otras seis, hasta el 2017, apretujándose acontecimientos y algunos de sus protagonistas.

La lectura, esa es la verdad, resulta en ocasiones tan realista que parece que lo que cuenta es lo que sucedió y esto te hace pensar mientras bebes el te de las cinco…

… La idea de que no hubo victoria de Nelson y que el sacrificio de sus valerosos hombres fue un fracaso.

La idea, desde entonces, no deja de inquietarme aunque para quitármela de encima se lo comenti a Mary, aunque ahora prefiere que la conozcan como Iballa, y que es la neighbor o vecina del tercero.

“Quita, quita kinegua con  patas”, me dice mientras salgo del ascensor.

Y no, no creo que fuera porque a Mary ahora Iballa  le dé igual ser descendiente de los que llegaron a Tenerife tras la gloriosa victoria de Nelson, sino porque escuchar tamaña sarta de sandeces no desmonta lo que es y lo que no es también.

Además, me da a mi en la nariz que el tal Bencomo es un pseudónimo de quien, presuntamente, figura como traductor de este libro: O. P.

La visión que propone el autor de una Canarias en manos de España es tan precisa y penosa que produce escalofríos. Casi estás allí y no levantándote cada mañana a bendecir la bandera de la Unión Jack, Dios salve a la Reina.

En la obra se describe como con el paso de los años se extendió por la superficie de las islas cultivos (plátano, caña, tomate) para más tarde, a partir de los años sesenta del siglo XX, sustituirlos por cemento y más cemento. El escritor describe torres y torres de apartamentos en las que se hacinan los descendientes que, 220 años antes, habían venido para conquistarla por las armas.

Los hijos de su graciosa majestad son descritos en este libro como tarados de la peor especie. Manadas que se tuestan al sol en las playas mientras consumen litros y litros de cerveza.

El libro cuenta también con capítulos muy tristes. Los que dedica a la Guerra Civil hacen poner los pelos de punta y que me enorgullezca un día más en ser ciudadano de la Gran Bretaña y no de un país que amedrenta a su gente.

Con estas y otras ideas callejeo por las calles de Nelson City, antes de Santa Cruz de Tenerife, mientras silbo la marcha del coronel Bogey agradecido de saber que las fantasías del libro son eso un puñado de fantasías.

Me detengo ante un cine y observo la cartelera. Como siempre y por estas fechas se reestrena El león de los mares (Alexander Korda, 1939), en la que Trevor Howard interpreta a Nelson y recrea los hechos de julio de 1797 en Tenerife. En otra, se exhibe Dunkerque (Christopher Nolan, 2017) lo que produce que mi azúcar patriótico se disparate tanto que en la plaza de La Victoria –antes de La Pila– me detenga y salude militarmente la estatua que recuerda la Gesta de sir Horacio Nelson y sus hombres.

Y vuelvo a leer emocionado la frase grabada en bronce que reproduce lo que dijo antes de lanzarse al ataque en las playas de la capital tinerfeña:

“mañana mi cabeza será coronada de laureles o cipreses.”

Saludos, God Save the Queen!, desde este lado del ordenador.

Bienvenido sea, Leonardo Padura

Jueves, Marzo 23rd, 2017

Apretada la agenda del escritor Leonardo Padura (La Habana 1955) durante su estancia en la isla de Tenerife. Este jueves, 23 de marzo y entre 12 a 12.30 horas firma libros el Círculo de Bellas Artes de Tenerife (Castillo, 43, Santa Cruz), entre las 12.00 y las 12.30 horas, en un acto que forma parte de la programación del Festival Atlántico del Género Negro Tenerife Noir y el viernes 24, a partir de las 19 horas mantendrá en  la Biblioteca Municipal Central de Santa Cruz de Tenerife –en el edificio del TEA–,  una entrevista pública con los periodistas Eduardo García Rojas y Juan Cruz Ruiz.

A las 20 horas de ese mismo viernes Leonardo Padura participará en un cine forum tras la proyección del filme Vientos de La Habana, con el especialista Manuel Díaz Noda. Ya sin la presencia del escritor, las proyecciones de la película continúan durante el fin de semana en la sala audiovisual del TEA

Leonardo Padura es el creador de Mario Conde, protagonista de una serie que cuenta hasta ahora con ocho novelas publicadas, la última de ellas, Herejes (Tusquets, 2013).

Entre otras distinciones, el escritor cuenta con el Premio Nacional de Literatura de Cuba (2012); la Orden de las Artes y las Letras de Francia (2013) y Premio Princesa de Asturias de las Letras (2015).

Escritor y periodista, Leonardo Padura estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad de la Habana pero dejó el periodismo para concentrarse en la literatura en los años 90 del siglo pasado. Su primera novela, Fiebre de caballos, es una historia de amor. La experiencia periodística fue esencial para su desarrollo como escritor, porque le dio experiencias que no tenía y le permitió cambiar su estilo narrativo en relación a esta primera novela, según ha comentado.

Saludos, ay, si les contara, desde este lado del ordenador.

Enamorarse en Canarias según Cronin y Cummings

Lunes, Junio 1st, 2015

En las deácadas de los treinta y cuarenta las novelas de A. J. Cronin alcanzaron un notable éxito de ventas entre el público porque mezclaban turbulentos romances con historias protagonizadas por médicos y sacerdotes que realizaban misiones peligrosas en países abandonados de la mano de los dioses. Médico también de profesión, Cronin cuenta al menos con dos grandes títulos en los que se refleja sus obsesiones literarias: La ciudadela y Las llaves del reino, obras coherentes y también entretenidas cuyas constantes se atisban en sus primeros libros, irregulares aproximaciones al amor y a la medicina como Gran Canaria (1), cuya acción se desarrolla entre Tenerife y Gran Canaria y en la que pese a su objetiva sencillez, cuenta con cierta gracia por el retrato que ofrece de las islas y de sus gentes.

Como otras novelas de Cronin, Gran Canaria contó con una adaptación cinematográfica, más extravagante si cabe que su original literario, con notable atractivo para conocer cómo se reprodujo en estudio Tenerife y Gran Canaria, unas geografías en la que predominan el cartón piedra, las palmeras y el pico nevado del Teide, montaña que en el filme se ubica en… Gran Canaria.

Las cosas de Hollywood.

Tanto en la novela como en la película Gran Canaria narra la redención de su protagonista, un médico que vive sus horas más bajas tras fallecer algunos de sus pacientes tras probar en ellos una vacuna con la que esperaba salvarles la vida, y la historia de amor que mantiene con una mujer casada durante la travesía en barco, el Aureola, que los conduce a Gran Canaria y más tarde a Tenerife.

Alrededor de estos dos personajes orbitan una serie de secundarios, entre ellos una señora excéntrica que regenta un hotel de vida alegre, el Hemingway, un misionero y su hermana, y otros personajes que si bien no serán determinantes están ahí para dar consistencia al relato.

Un relato que comienza a moverse hacia adelante cuando el protagonista tiene que viajar a Tenerife para poner freno a un brote de fiebre amarilla que está diezmando a la población de La Laguna y sus alrededores.

La novela Gran Canaria fue publicada en 1933 y al año siguiente tuvo su adaptación al cine. Tras leer la novela y ver la película, cuesta bastante trabajo reconocer los paisajes insulares que proponen ambas historias, aunque en el caso del libro, algunas descripciones tengan chispa, en especial cuando la voz del narrador, la de Cronin, se permite valorar el territorio que pisan algunos de los personajes, muchos de los cuales califican de paraíso ya que se trata de un edén que preside el pico nevado del Teide.

No se trata Gran Canaria, tanto la novela como el filme, de un título a reivindicar, aunque reiteramos que sí que tiene interés si se lee y se observa con perspectiva e incluso entusiasmo arqueológico, ya que tratan de dos rarezas en la que se fabulan unas islas Canarias en la que se mezcla poca realidad y sí mucha ficción.

En la novela se lee: “hay un brote en Hermosa, una aldea en las proximidades de La Laguna” y descripciones coloridas del carácter ingenuo, tranquilo y feliz de sus habitantes, y que entronca con aquel espíritu aplatanado con el que las identificó Miguel de Unamuno.

El amor es dulce

Y el que lo desprecia un loco.

Aunque sabía poco español, el significado de las palabras le resultó claro.

Con impaciencia, como si buscara un antídoto para aquel dulzor, dirigió la vista a un punto algo lejano del muelle, donde había varios carros de altas ruedas tirados por unas mulas esqueléticas y melancólicas. Estaban a la espera de la carga. Una de las mulas tosió como un ser humano y agitó su corona de moscas, antes de tumbarse casi de pura debilidad. Pero el conductor, instalado en el pescante, no se alarmó en lo más mínimo; con las manos cruzadas sobre el vientre y una flor colocada tras la oreja, roncaba plácidamente.

Bruscamente, Harvey dio media vuelta, no podía soportar el espectáculo de aquellos miserables animales. En un instante, se contemplaba la belleza de la costa y la sublimidad del misterioso pico; un instante después, surgía el sórdido cuadro de aquella vida ínfima.”

La playa de Las Canteras es objeto también de la atención del narrador cuando una de las  protagonistas, Mary Fielding, aprovecha el rato para darse un chapuzón en el mar. Y unas páginas más adelante, ella misma elogia a Gran Canaria cuando dice:

“- Llaman a esta isla la Gran Canaria –murmuró Mary–. ¡Gran Canaria! Hay color y movimiento en el nombre. Cuando pienso en este viaje, lo pronuncio en mi interior. Gran Canaria. Es un nombre que emociona.”

A modo de curiosidad, resulta interesante cómo el paisaje de la capital grancanaria fascina a la joven protagonista mientras es el pico Teide es el que arroba al protagonista masculino.

“Maravillado, Harvey quedó contemplando el pico, inmóvil. Bella como algo celestial, la visión se apoderaba de su ser y le provocaba una aguda y sutil angustia. ¿Qué le impresionaba de tal modo? ¿Era el significado de la visión, o la simple belleza del cuadro’ Atónito, contenía el aliento; no podía soportar el cuadro y, al mismo tiempo, no podía apartar la vista.”

Los protagonistas de la novela y de la película vuelven a embarcarse en el Aureola para trasladarse a Tenerife, donde primero se alojan en La Orotava y más tarde en Santa Cruz, donde el médico tiene conocimiento del brote de fiebre amarilla que está acabando con la población de la vecina La Laguna y sus alrededores.

Llama la atención en esta novela que gran parte de la acción se desarrolle en Tenerife y no, precisamente, en Gran Canaria. Es en Tenerife donde el protagonista vuelve a ser persona cuando como médico se enfrenta a la epidemia, y en donde descubre que el amor que siente por Mary es muy fuerte, tan fuerte que determinará lo que haga a continuación.

Destaca además la descripción que ofrece de la isla con respecto a la de Gran Canaria. El Tenerife de Cronin, y no tanto en la película que resulta prácticamente idéntico, es mucho más sombrío que el de la isla vecina, aunque será aquí donde cuente con aliados entre la población local como la Marquesa, quien le abre las puertas de su hacienda Los Cisnes.

En la versión original del largometraje, y en concreto en la parte tinerfeña, los protagonistas además de hablar en inglés pronuncian un español macarrónico con los naturales del lugar, naturales cuyo español resulte igual de macarrónico y con sospechoso acento anglosajón por mucho sombrero mexicano que lleven sobre la cabeza y el maquillaje haya tiznado de negro sus rostros.

En este aspecto, no se diferencia gran cosa esta película de otras tantas que se rodaron aquellos mismo años, una fecha fundamental en el cine norteamericano porque andaba un poco tocado por los efectos devastadores de la crisis del 29. Eso explicaría el mensaje tanto literario como cinematográfico de Gran Canaria: el amor vence cualquier tipo de adversidad. Incluso a la muerte.

La película que dirige el también actor Irving Cummings fue una producción de Jesse L. Lasky para la Fox y, como ya se ha comentado, no se rodó en Canarias imagino que por razones de presupuesto. Los paisajes pues están recreados en estudio, aunque de tanto en tanto se incluyen imágenes reales probablemente cogidas de algún documental de aquellos años.

El filme, en contra de la novela, sí que se caracteriza por sus disparates geográficos. El más llamativo es el que ubica al Teide en Gran Canaria, un error que desató una agria polémica en la comunidad canaria establecida en la Cuba de aquellos años, leo en el catálogo de la Filmoteca Canaria Rodajes en Canarias, (1896 – 1950). Se representan además a los habitantes de ambas capitales canarias como una fauna de vagos a los que les gusta cantar y que los dejen en paz. Gente sencilla y aparentemente feliz, lo que explica el desorden de sus calles transitadas por hombres y mujeres con piel morena.

Sin embargo, y al margen del envoltorio, la película Gran Canaria si se analiza desde un punto de vista estrictamente cinematográfico sí que cuenta con sobresaliente interés. La fotografía, que firma Bert Glennon, está notablemente influenciada por el  expresionismo alemán, por lo que se mueve muy bien cuando remarca las sombras y se huye de otra luz. El trabajo de los actores que forman el reparto lo hace además muy bien, aunque vistos hoy llamen la atención por cómo gesticulan, aunque hay que recordar que las carreras artísticas de la mayoría de ellos procedía del cine mudo.

De hecho, la cinta está protagonizada por toda una estrella de aquellos años: Warner Baxter, así como por la encantadora Magde Evans, entre otros. El guión está firmado por Ernest Pascal, quien adapta con bastante fidelidad el original literario, y pese a que cómo producto de entretenimiento tanto el libro como la película no hayan sabido envejecer demasiado bien, insistimos que como curiosidad vale la pena recuperarla e incluso, si se perdonan los deslices que salpican su metraje, disfrutar con este clásico viejuno del cine.

Recomendamos, a modo de punto y final, la lectura que sobre la novela y el filme hicieron en su momento Carlos Platero Fernández y Gonzalo Pavés con los títulos de  La Playa de Las Canteras en la novela inglesa: Gran Canaria y Grand Canary: el viaje imaginado de la Fox, respectivamente.

NOTAS:

(1) Los fragmentos de la novela Gran Canaria que se reproducen en este texto están sacados de una edición del Círculo de Lectores, 1965. La traducción es de Joaquín Urnieta.

El Escobillón.com agradece a la Filmoteca Canaria el préstamo del largometraje Gran Canaria para la elaboración de este artículo.

Saludos, el cielo está azul, desde este lado del ordenador.

Cuando Su Alteza Serenísima vino a Tenerife

Sábado, Mayo 9th, 2015

Gérard de Villiers falleció el 31 de octubre de 2013 en París. Desaparecía el autor de la colección de novelas populares de espionaje SAS, algunos de cuyos ejemplares se pueden encontrar aún hoy en el Rastro de la capital tinerfeña.

SAS (Su Alteza Serenísima) es el nombre de la serie que lo hizo multimillonario, serie que inició su andadura hace cincuenta años tras publicar en Francia la primera aventura protagonizada por el príncipe Malko Linge (SAS en Estambul).

Entre las doscientas historias que dedicó al popular personaje descubro que ambientó una de ellas en las islas tras leer el interesante artículo Canarias como pretexto literario: un recorrido por las letras francesas que firman Clara Curell y José M. Oliver y que pueden encontrar en la revista Nerter (número 11, 2007).

La novela se titula Le disparu des Canaries y en ella el aristocrático agente secreto reclutado por la CIA se traslada a Tenerife para investigar si la muerte del multimillonario británico Rupert Sheffield ha sido natural o un asesinato. Las alarmas se disparan cuando Malko comprueba que en Tenerife se encuentra un comando israelí y otro iraní. 

Le disparu des Canaries se publicó en Francia en abril de 1992 y su argumento se inspira en la misteriosa muerte del magnate de la prensa Robert Maxwell cuando apareció su cuerpo flotando cerca de las costas de Gran Canaria a finales de 1991.

El hecho es que por lo rocambolesco del caso, y que se rumoreara que Maxwell trabajaba para los servicios secretos israelíes, era inevitable que este oscuro suceso tentara a Gérard de Villiers para que fantaseara sobre él y ofreciera de tacón una visión de Tenerife a través de los ojos de su héroe. 

Alberto Vázquez Figueroa haría lo mismo en Ciudadano Max, novela que también fue publicada en 1992 por Plaza y Janés. 

Por los fragmentos traducidos que he podido leer de Le disparu des Canaries, la mirada de Malko es implacable y ferozmente crítica con la isla. 

He aquí algunos ejemplos: 

“Malko llegó al aeropuerto de Los Rodeos después de cambiar el confort de Air France por el más modesto de Iberia. Se instaló en el hotel Mencey de Santa Cruz, frente a colinas peladas y calles que hacían pensar en Nápoles”.

“Tenerife parecía una ciudad desfasada pese a los miles de ingleses y escandinavos que se paseaban por la isla, desfigurada por filas de hormigón que eran como un muro frente al Atlántico”.

“Santa Cruz, con sus calles estrechas y escarpadas como Gibraltar, tenía el lado dormido de una ciudad de provincia”.

No he leído ninguna novela de SAS pero igual me animo este domingo y me hago con alguna que encuentre tirada –porque en el Rastro los libros se encuentran así, tirados– de las que se tradujeron y entre las que no está Le disparu de Canaries.

Las novelas de SAS, como las de Bond, fueron fruto de otro tiempo. Combinaron con éxito la ecuación sexo, intriga y acción, una fórmula que en las cuatro décadas en las que el autor mantuvo activo a Malko hizo que vendiera entre 120-150 millones libros en todo el mundo.

Sin embargo, y como Ian Fleming, Gérard de Villiers es uno de esos escritores populares que nunca existió ni para crítica ni para públicos cultivados aunque sospecho que muchos de ellos sí que lo conocían por tropezarse con sus novelas en el kiosco de la esquina.

Saludos, érase una vez…, desde este lado del ordenador.