Miedo

Martes, Enero 31st, 2012

“Cama, mamá, pollito…” Su madre le fue nombrando una a una, las cosas que llenaban las habitaciones de su casa. Le descubrió la música de las palabras, y más tarde, con ayuda de otra cartilla le enseñó a enhebrar las frases: “Mi mamá me ama y yo amo a mi mamá”. “Mi papá no fuma en pipa, fuma puros Condal”. De vez en cuando, cuidándose de que nadie la viera, abría la caja de cigarros y levantaba el papel cebolla para aspirar aquel olor a madera.

La voz de su madre deletreó para ella los sonidos de la vida, y puso nombre a las personas, y a los animales. “Pepa bebe”. “Mi tío pasea”. “El perro ladra”. “Miau dice el gato mientras mira a la rana croar”.

El aroma de su madre ocupaba casi todo el espacio de su vida. Ella llenaba la casa. Le gustaba cantar isas, folías, y sobre todo las seguidillas que las cantaba muy bien. Su voz fue el sonido de fondo de nuestra niñez.”

(La isla de las palabras desordenadas, Yolanda Delgado Batista)

Entre los hallazgos de La isla de las palabras desordenadas (Izana Editores) primera novela de la escritora Yolanda Delgado Batista, está su forma fragmentaria de contar la historia. Una historia en la que se cruzan otras historias aunque en el fondo se trate de una sola historia que, a mi juicio, explora y con mucha pericia, las geografías del desarraigo.

La isla de las palabras desordenadas cuenta también con momentos muy vívidos, escenas en las que la narradora parece que desnuda el alma y que sabrán un poco a hiel para el sentido del gusto de un lector que, entre sorprendido y conmovido, asiste a este interesante y bien armado monólogo a través del cual su protagonista, Lola, va derramando como gotas su relato.

Un relato en el que los recuerdos de la infancia y la juventud se entremezclan sin capricho porque tienen un mismo objetivo, presumo, que no es otro que el de entender y atender a las motivaciones que empujan a su protagonista a regresar a sus raíces. Una vuelta a casa donde los fantasmas del pasado parecen que se ceban en su memoria.

La isla de las palabras desordenadas es también la aventura que inicia su protagonista para despiojarse de las represiones y frustraciones que han marcado su vida. Una vida que aguanta estoicamente por sus hijos al ser consciente de que “el mundo ignora a los vencidos. Nadie regala premios a cambio de penas. Ella también ha aprendido a desentenderse del mundo. Vivir fuera de foco.”

Con esta novela, Yolanda Delgado aporta una nueva e interesante mirada a la narrativa que se está cocinando actualmente en Canarias. Una mirada aplastantemente sincera sobre una realidad –la de la isla, isla– vista con unos ojos donde los miedos que definen el carácter del insular son observados por otro insular pero desde una respetuosa y agradecida distancia.

He encontrado tristeza y ocasionales pinceladas de humor en esta novela que no sabe a primeriza, pero sobre todas las cosas he encontrado una poderosa honestidad al permitir al lector bucear en la cabeza de una mujer aparentemente frágil y aparentemente vencida por las circunstancias que va creciendo a medida que avanza en su inquietante examen de conciencia.

Y todo ello en un relato que, si bien apenas supera las 170 páginas, cuenta con capas y más capas que obligan a una lectura serena para despejar sus claves.

En La isla de las palabras desordenadas las historias parecen que se camuflan unas detrás de otras. Se reflexiona así sobre el tiempo, el fin de la infancia y por lo tanto de los sueños, se habla de ese pequeño infierno vital que es la madurez. También de la soledad, de la familia, del amor, de traiciones y mentiras. De sexo, de la muerte y del miedo.

Sobre todo del miedo. El miedo a lo inevitable.

Acaba de recordar algo que alimentó aún más su carácter de niña asustada. Sus padres habían salido a cenar a casa de unos amigos cuando ocurrió lo del hombre con sombrero y gabardina. Su hermana tendría ocho años. Lola uno más. Esa noche un extraño tocó el timbre de su puerta. Ella acercó una silla, subió y miró por el ojo de pez. Lo que vio fue una figura de hombre embutida en una gabardina negra y un sombrero que le tapaba completamente la cara.

LOLA: ¿Quién es?

DESCONOCIDO: Soy Fernández, ¿está tu padre?

Cuando escuchó aquella voz subterránea, se le llenaron los ojos de susto. Se acordó de los siete cabritillos que acabaron dentro de la panza del lobo y corrió a buscar a su hermana, sin saber muy bien para qué.”

En este aspecto, lo de menos, a mi juicio, de esta novela es la historia que quiere contarnos Delgado Batista sino la forma que ha escogido para contárnosla ya que al emplear esta arquitectura, aparentemente caótica, aparentemente sin orden ni concierto, consigue dar una singular unidad al conjunto final.

Los largos monólogos interiores, en los que describe con brioso pulso narrativo los recuerdos de infancia y adolescencia de su protagonista, así como una frustrada relación sentimental, saben tocar el alma. Y la saben tocar porque su autora procura evitar en todo momento caer en el cenagal del sentimentalismo fácil y muestra, describe, sentimientos desde la hondura al mismo tiempo que imprime de sólida credibilidad a una mujer, Lola, cansada de ser una víctima. Cansada de ser una persona con una noción cancerígena de la culpa que la devora por dentro.

SOR CÁNDIDA: ¿¿Tus padres duermen desnudos?

Lola tenía siete año, casi ocho. Algo le dijo que la pregunta tenía sorpresa. Si les contaba que dormían sin pijama, pensarían que sus padres eran pobres y a ella la echarían del colegio. Lo negó, dijo tres veces que no, así, moviendo de un lado a otro su coleta de caballo. Quizás aquello no estaba pasando de verdad, posiblemente estaba soñando, seguro que al rato mojaría la cama, y aquel líquido calentito del principio, luego sería frío y desagradable.” 

La isla de las palabras desordenadas no parece así una obra primeriza, sino el primer aldabonazo de una escritora que sabe pero sobre todo siente lo que escribe. Y ese saber pero sobre todo ese sentir se aprecia en esta novela digamos que experimental, fabuloso rompecabezas en el que no sobra ninguna de sus piezas.

Saludos, muy gratamente sorprendidos, desde este lado del ordenador.

Dando la nota

Miércoles, Enero 25th, 2012

* La Cátedra Pedro García Cabrera de la Universidad de La Laguna, que dirige el profesor Rafael Alonso Solís y en la que participa también la Fundación Pedro García Cabrera, ha tenido la generosidad de invitarme a la mesa redonda A propósito del puchero narrativo canario: ¿caldo con sustancia o vapores volátiles? Que tendrá lugar este miércoles, 25 de enero, a las 20 horas en el Ateneo de La Laguna. En el debate, que será moderado por el periodista Alfonso González Jerez, intervendrán también Ángeles Alonso, por la editorial Baile del Sol, y el doctor en Filología Clásica, actor y gestor de la librería Mistério, Miguel Ángel Rábade.

* La sede la Mutua de Accidentes de Canarias en Santa Cruz de Tenerife acoge este jueves, 26 de enero, a las 18.30 horas, la presentación de la novela Malpaís de Víctor Conde. Malpaís es el tercer título de la colección G21: Nuevos narradores canarios.

* TEA Tenerife Espacio de las Artes proyecta este jueves a las 20 horas los cortometrajes Los últimos días de Berto Plof y En mi casa todos los días son lunes, de Domingo Damián Ojeda; así como El descanso, de Cándido Pérez Armas. La sesión incluye además la exhibición de Sí o no, de Isabel Poveda, Lola, de Mónica Negueruela y A tiempo, de Guillermo Magariños.

* Ediciones Aguere y Ediciones Idea acaban de publicar el nuevo libro de Francisco Rodríguez Medina, titulado La grama, una novela costumbrista que refleja la vida cotidiana de algunos hogares de la isla de La Palma. El volumen se presenta el viernes, 27 de enero, a las 18.30 horas, en el Exconvento de Santo Domingo de La Laguna. En el acto, intervendrán junto al autor, el abogado, escritor y prologuista de la obra, Miguel Ángel Díaz Palarea, y el editor y escritor Ánghel Morales García.

Saludos, cambio y corto, desde este lado del ordenador.

Explorando el ‘Malpaís’ literario de Víctor Conde

Lunes, Enero 23rd, 2012

Tampoco me gustaría que me calificaran de escritor gafapasta. Por Dios, no, eso sería lo último. Siempre he pensado que en el infierno ese de Dante, el que está pulcramente organizado en circulitos, uno de los más profundos lo ocupan los artistas que van de divos y de relamidos, que se creen que su palabra es ley que con la ley se edifican catedrales. No, señores, a la mierda con los relamidos y con los que se expresan con polisílabos cuando van a un congreso, la literatura no va de eso. Ni de coñas. Ya lo descubrirán cuando se hagan viejos.”

 (Malpaís, Víctor Conde)

He necesitado no una sino dos lecturas para descubrir las claves que laten como dormidas en el fondo de Malpaís, la nueva novela del prolífico escritor tinerfeño Víctor Conde y en la que el autor se aparta de las geografías de la ciencia ficción y la fantasía para contarnos ahora su particular y peculiar proceso de creación literaria en una historia en la que se pueden detectar insólitas influencias borgianas y cortazianas.

Malpaís, cuya extensión apenas supera el centenar de páginas, se convierte así en un título desarmante para quienes siguen más o menos con atención el trabajo de un escritor que se mueve como pez en el agua en universos ajenos al nuestro, y quizá sea ésta, precisamente, la clave más interesante de un libro que puede llamar a la confusión ya que en Malpaís, y al modo de las muñecas rusas, se encuentran varios relatos que, como la piel de una cebolla hay que ir separando con meticulosa paciencia para obtener una visión de conjunto de un volumen cuyo mayor mérito es que está escrito por Conde para Víctor Conde.

Malpaís es así una especie de psicoanálisis en el que el escritor reflexiona sobre los mecanismos que han armado su proceso de creación y en un ejercicio literario cuanto menos sorprendente al intercalar cuentos y canciones que pertenecen a su pasado como narrador, fusionarlo con un relato lineal en el que su protagonista, Carlos, un escritor, termina conviviendo como espectador en una comuna de descreídos hippies que se hacen llamar los Bichos Despreocupados.

Estos Bichos Despreocupados quizá sea lo mejor de esta ¿novela? en la que Conde se desnuda sin pudor alguno para explicarnos qué es lo que él entiende como literatura y para contarnos qué es lo que entiende como proceso de creación y el arte de escribir. 

Malpaís no es, sin embargo, una novela de tesis ya que su autor deja muchas puertas abiertas para que el lector entre en cualquiera de ellas con el objetivo de que saque sus propias conclusiones, pero tiene un algo que la convierte en producto narrativo extraño. Una rareza experimental que de de manos de quien viene resulta sorprendente y muy arriesgada.

En este aspecto, las relecturas de Malpaís provocaron en mis ideas dos fenómenos contrapuestos:

La primera vez que la leí no entendí nada.

La segunda vez, comencé a intuir sus intenciones y a unir las piezas que en un principio había desechado porque consideré que se trataban de materiales que poco o nada contribuían a la ilógica –ahora entiendo que lógica–  de su discurso.

Malpaís es una obra inclasificable. Hermosa y poética a ratos, pero también caprichosamente gamberra con el lector habituado a otras novelas y cuentos de su autor. ¿Por qué escribimos gamberra? Porque Conde se ríe bastante de sí mismo, y al reírse de sí mismo se convierte en una especie de duendecillo travieso que desordena los materiales para confundir al lector.

En este libro, que hace el tercero de la prometedora colección G21 Narrativa Canaria Actual, el aficionado a las spaces operas de Conde se va a encontrar con un universo también alternativo aunque sus territorios no sean planetas desconocidos de lejanas galaxias sino la geografía de unas islas, Tenerife y Gran Canaria, que gracias a su imaginación se transforman en territorios mágicos.

El relato que Conde narra linealmente en los capítulos pares son así una deliciosa aventura con clave iniciática en la que un escritor llega a la conclusión que para alcanzar otra percepción no se tiene que tomar, necesariamente, sustancias psicotrópicas y como un gurú de nuestro tiempo, o como un miembro más de ese grupo que alcanza la otra conciencia aprendiendo a combinar la química que alimentan nuestro cerebro, tanto Carlos como Conde nos muestran que las puertas de las otras conciencias están en nuestra cabeza. Y que solo basta con despertar al chamán que todos llevamos dentro para darnos cuenta del inagotable pozo de fantasía visionaria con el que podríamos observar la realidad que nos rodea sin emplear para ello venenos.

Los capítulos impares son, por otro lado, piezas que aparentemente no tienen ningún tipo de conexión con el relato aunque son ejercicios literarios que Carlos/Conde ha liberado de archivos que permanecían ocultos en su, supongo, abarrotado computador.

Malpaís va a descolocar tanto a los seguidores de Conde como a los que se acerquen por primera vez al imaginario de este escritor que se ha hecho escritor con mayúsculas. Lo que es de agradecer, porque solo un escritor mayúsculo es capaz de contarnos, en el aparente desorden de su malpaís creativo, que él escribe porque se entretiene y se divierte escribiendo.

Y muchos de sus lectores, entre los que me encuentro, al explorar el malpaís literario de Víctor Conde nos entretenemos y divertimos leyendo sus historias.

(*) Malpaís se presente el jueves, 26 de enero, a las 18.30 horas en la sede la Mutua de Accidentes de Canarias.

 Saludos, de un Bicho Despreocupado, desde este lado del ordenador.

‘Stoner’, de la editorial tinerfeña Baile del Sol, entre los mejores libros 2011 del ‘ABC Cultural’

Martes, Diciembre 27th, 2011

El sábado pasado –24 de diciembre de 2011– el ABC Cultural, suplemento del periódico ABC, incluía en la lista que sus colaboradores han elaborado sobre lo mejor y los mejores de 2011 la novela Stoner del escritor norteamericano John Williams, publicada en castellano por la editorial tinerfeña Baile del Sol.

Stoner, traducida por Antonio Díaz Fernández, ya mereció en su momento críticas elogiosas. Entre otras, la del escritor Rodrigo Fresán, quien vuelve a recomendar en el ABC Cultural del sábado pasado esta novela.

Fresán escribe: “No es fácil elegir un solo título en lo que hace a la calidad y el genio; pero la empresa se simplifica si buscamos ese “algo más” que distingue y hace la diferencia. De ahí que, en tiempos en los que se habla tanto del futuro del libro (cuando en realidad se parlotea del libro del futuro, de efímeros artefactos en constante mutación) y se antepone envase a contenido, ilumina con luz propia esta novela clásica y única y más allá de modas y modelos y modales. Así, un autor poco conocido (el texano John Williams, 1922-1994), una pequeña editorial insular (Baile del Sol, Tenerife, y un título firme y duradero: Stoner.”

Otros de los doce títulos seleccionados por el ABC Cultural como lo mejor de este año son Libertad, de Jonathan Franzen; Los enamoramientos, de Javier Marías, Cuentos completos, de Evelyn Waugh y La muerte de Montaigne, de Jorge Edwards.

Saludos, esperando que alguien coja recorte, desde este lado del ordenador.

“Una mala hierba es una planta que no está en su lugar”

Domingo, Enero 30th, 2011

El ejercicio de releer una novela que te noqueó en su tiempo no está en mi caso asociado con la nostalgia. O al menos no es una actitud que me anime a volver sobre algo que ya tenía digerido en mi cabeza. Sin embargo me ha pasado estos días con El asesino dentro de mi, una de las obras claves de Jim Thompson, un narrador norteamericano caracterizado por un personalísimo mundo interior que aún sigue siendo observado con recelo por los aficionados a una literatura mayúscula y de minorías porque el señor Thompson cultivó un género popular como fue el de la novela policiaca.

Lo curioso del caso es que en este mi regreso a sus dominios, El asesino dentro de mi (colección Etiqueta negra, Ediciones Júcar, 1983) me ha sonado a nuevo. Y si bien admito que una de las razones que me empujaron a su relectura se debe al estreno (siempre con retraso porque aún no ha llegado a las pantallas de esta isla en la que habito) de la versión que Michael Winterbottom ha realizado con el nombre de El demonio bajo la piel, sumergirme una vez más en el libro, la novela, ha sido como volver a leerla por primera vez porque apenas recordaba elementos de la misma aunque capítulo sí, capítulo no, se me refrescara la memoria ante determinadas situaciones y momentos descritos.

Y pese a estos flash back, he seguido leyendo el relato porque su fuerza demoledora continuaba golpeando con la misma crueldad con la que me golpeó la primera vez que este título (cualquier título de Thompson) llegó a mis manos.

De hecho, ha sido tanto el estremecimiento, sentir ese demonio bajo la piel, que observo las novelas que tengo del gran Thompson en las estanterías de mi librería y preguntarme si no será una buena excusa volver a leerme toda la producción que tengo del escritor y renunciar a las novedades al ser consciente que, releyendo a este escritor, apuesto a caballo ganador.

Parto de la idea de que casi todos sus libros van a cogerme por el cogote y a que me cuestione ¿cómo demonios he dejado de lado a estas obras?  mientras continuo buscando como Shangri-La otros escritores que me hagan estremecer y reír (he aquí una de las cualidades y calidades de Thompson) sobre el chiste macabro que es la vida.

El asesino dentro de mi además de ser gran literatura es una obra de una metafísica arrolladora. Un título que indaga en el mal con una indiferencia que deja desconcertado. La narración, contada en primera pesona, es la historia de un ayudante del sherirff de una pequeña ciudad tejana con impulsos criminales.

 Thompson nos describe con una tranquilidad desquiciante cómo va liquidando a los que le rodean con resignada fatalidad. Y a medida que se estrecha el cerco sobre el protagonista que tú, lector, te sientas incómodamente de su lado, de ese loco con tal peculiar y cínica visión del bien y del mal.

Es un título de una honestidad aplastante y por lo tanto recomendable para todas aquellas personas a las que les guste disfrutar de un buen libro. Ahora bien, cabe advertir que su lectura no es apta para corazones sensibles. Thompson escribe con una crudeza que ya no se estila, y no se muestra en ningún momento a favor ni en contra de su personaje protagonista. Deja que sea el lector quien juzgue.

Leyendo otra vez El asesino dentro de mi choco con una frase de la novela que dejé subrayada en su día: “una mala hierba es una planta que no está en su lugar.” Inquietante reflexión que me hace pensar que este podría ser un buen epitafio para este maldito, desesperado y gigantesco narrador norteamericana de todos los tiempos.

De todos, ojo, los tiempos.  

Saludos, acompañado de Lou Ford, desde este lado del ordenador.

Vargas Llosa, una reflexión desordenada

Jueves, Octubre 7th, 2010

Mi afición a leer comenzó gracias al descubrimiento de la mejor novela de aventuras de todos los tiempos, La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. Más tarde me inicié en otros territorios literarios pero la mayoría de los escritores que llegaban a mis manos eran anglosajones y franceses, lo que condicionó de alguna manera mi acercamiento a otras geografías de la novela y los cuentos. A medida que fui creciendo, cambié en muchas ocasiones de compañeros de juergas lectoras. Ora devorando a los rusos, ora devorando a los alemanes, ora devorando cualquier cosa que me garantizara un refugio ante la hostil realidad que me rodeaba.

En todo ese tiempo, sin embargo, admito que siempre vi con vacilante recelo la euforia que se produjo durante unos años en torno a la literatura hispanoamericana porque nunca he sido demasiado amigo de las modas. Ahora bien, que un escritor se convierta de moda no me obliga necesariamente a que lo exilie en mi peculiar bolsa de valores.

Contaba todo esto porque mi aproximación al boom latinoamericano llegó muchos años después de que sus efectos nocivos para la salud hubieran sido dispersados por el viento que todo lo arrastra. No llegaron sin embargo a conmoverme. Bueno, unos pocos de aquellos autores forman parte de mi particular santa sactorum como Jorge Luis Borges, a quien nunca consideré estrictamente un escritor sudamericano porque su obra trasciende fronteras, y Julio Cortázar, más por sus cuentos que por sus novelas, porque este argentino con pinta de actor existencialista era además de un excelente cuentista un gran aficionado al jazz. Y a uno de sus dioses: Charlie Parker.

Leí Cien años de soledad de Gabriel García Márquez por recomendación de un amigo que no prestaba libros. Y el hecho de que me prestara precisamente a mi Cien años de soledad fue un gesto que me desarmó por completo. Y claro que me gustó la novela del escritor colombiano pero tras leer otras ficciones suyas prefiero al Márquez articulista y periodista. Más tarde llegó Juan Rulfo y su Pedro Páramo y Mario Vargas Llosa, entre otros muchos latinoamericanos en esta relación donde he mezclado a unos y a otros con independencia fueran boom o pre boom o post boom. Y es que como dijo un amigo: ¡Salvemos al puchero!

Vargas Llosa, por si no lo sabían, ha obtenido el premio Nobel de Literatura. Felicidades, viejo.

En la larga nómina de escritores sudamericanos siempre me dio por gustarme los que consideraba raros. Y Borges quizá sea uno de los más raros aunque, reitero, no sea sudamericano sino universal. A mí hay un escritor uruguayo que me seduce llamado Horacio Quiroga del que poca gente se acuerda hoy. El señor Quiroga es autor de uno de los mejores relatos fantásticos que he leído en mi ya largo historial como lector del género: El almohadón de plumas.

Háganse un favor y léanlo.

En los últimos tiempos y gracias a que he tenido la oportunidad de conocerlos me ha dado por continuar leyendo a escritores de la América hispana encontrando una literatura potente y en ocasiones estremecedora. Desgraciadamente, la mayoría de estos escritores no llegan al mercado español ni los españoles al mercado latinoamericano por esa absurda decisión editorial que pone coto a que circulen una y otras obras a este y al otro lado del Atlántico. No sé si se romperá algún día esta maldición.

Hay una interesante nómina de escritores cubanos, comenzando por el agitador Pedro Juan Gutiérrez y continuando por los policíacos Leonardo Padura, Amir Valle o Lorenzo Lunar. Peruanos, con Alonso Cueto, Jorge Eduardo Benavides y Santiago Rocangliolo. Y colombianos como el excelente Mario Mendoza. O los mexicanos Jorge Moch, Élmer Mendoza, Yuri Herrara o Francisco Haghenbeck, por citar sólo los que se me vienen a la cabeza. Hay más escritores desparramados por el continente, entre ellos el argentino Ricard Piglia o el chileno Roberto Bolaño pero este post no pretende ser exhaustivo sino celebrar –a mi peculiar y desordenado modo– que Mario Vargas Llosa se haya hecho con el Nobel de Literatura.

Un premio que si bien podría ponerse en cuarentena sirve la mayor parte de las veces para descubrir autores que por una u otra razón permanecían olvidados como es el caso del gigantesco Isaac Bashevis Singer.

 De Llosa he leído, creo, las novelas que debía leer: Los jefes, Los cachorros, La ciudad y los perros, La fiesta del chivo y Pantaleón y las visitadoras si no creo recordar mal. Sin embargo, me pasa lo mismo que con Gabriel García Márquez, prefiero más al Vargas Llosa periodista que al escritor de inquietantes ficciones. Su legión de seguidores me gritará que me estoy perdiendo lo mejor del escritor pero así son las cosas en mi tontorrona y desordenada cabeza.

No obstante, y porque debía hacerme eco del Nobel, espero que estas confesión apresurada sirva para sumarme al extraordinario alborozo que significa para las letras hispanas que uno de los nuestros se haya hecho con el galardón que lleva el apellido del inventor de la dinamita.

Saludos, mirando el calendario, desde este lado del ordenador.