Escena de terraza con suicida, una novela de José Luis Correa

Lunes, Mayo 13th, 2019

José Luis Correa recupera músculo como escritor en Escena de terraza con suicida (Ediciones La Palma, 2019), un libro que mantenía durmiendo en el disco duro de su ordenador y que rescató y revisó para esta edición, un experimento que invita a ser leído de corrido y a participar en el curioso juego literario que propone.

Éste, que es uno de sus mayores aciertos, obliga a que el lector haga el esfuerzo de participar en la apuesta y embarcarse junto al escritor en más que una aventura, en un ejercicio estilístico y metaliterario que ya de entrada avisa que nada será a partir de ese momento lo que parece. Todo es fruto –o no– de la imaginación de un hombre roto que fantasea –o no– con las alegrías y miserias, la vida en definitiva de sus vecinos de mesa en la terraza de un café.

Los personajes que rodean al protagonista se han refugiado en ese bar porque llueve en la calle y son náufragos que hacen examen de conciencia sobre sus errores y aciertos. Un microcosmos en el que sus historias se entremezclan unas con otras al modo de Las mil y una noches.

“Y es que en nuestra terraza, quien más quien menos le tiene miedo a algo. Dionisio a sus recuerdos. Doña Virtudes, a su futuro. Fidel, a su soledad. Elizabeth, a perder el amor de Aday. Aday, a perder el calor de Elizabeth. Nadia, a perder su trabajo. Yo, a la ausencia de Adriana. Y Casanova, al silencio. Es incapaz de mantenerse callado un minuto”.

La novela, que aparentemente nada tiene que ver con las que el escritor dedica a Ricardo Blanco, mantiene en común con las de la serie el estilo, un estilo netamente José Luis Correa, a quien siempre se le agradece su visión irónica que no sarcástica cuando describe la realidad que rodea, y nos rodea, a sus personajes y se decanta por narrar más que contar una historia. En este caso, historias.

La novela, en la que su autor abandona las servidumbres del género negro, le sirve para explorar la penosa realidad de nuestro tiempo: crisis, inmigración, soledad, miedos en definitiva con los que dota de presencia a una galería de secundarios cuyos pensamientos y reflexiones terminan por confundirse con las del protagonista, tragedias de la vida vulgar, como diría Wensceslao Fernández Flórez que el escritor emplea como acompañantes del más que suicida, hombre que no deja de pensar con desánimo en la nada, la muerte, el fin en una terraza ubicada en cualquier ciudad que puede ser la nuestra.

Este desaliento resulta a la larga contagioso aunque José Luis Correa tiene la virtud de matizar los efectos demoledores con un humor que hace que tomemos las cosas en serio. Esta novela invita a jugar con ella, a explorar un mundo que se multiplica en otros que son los que gravitan alrededor de un protagonista, Fabio Méndez, que mientras espera su agua con gas advierte que está pensando “seriamente en la muerte”.

Si se entra dentro de la apuesta literaria que propone José Luis Correa el lector no abandonará el terreno de juego. Es más, seguirá adelante porque el libro, la historia, las historias que confluyen en él, terminan por contagiar ya que se ensamblan hasta llegar a un final que sorprende por el guiño y que pone de manifiesto que, pese a sus prontos, a pasar de puntilla por los diálogos y sus ganas de marear la perdiz, José Luis Correa continúa siendo unos de los escritores más personales que en la actualidad escriben en y desde Canarias.
Un autor que lo mismo invita al lector a adentrarse en una telaraña que se va desenredando a medida que avanza la historia, como en un rompecabezas donde lo que comienza siendo una cosa termina siendo otra.

En este itinerario por Escena de terraza con suicida se despliega una serie de reflexiones con bastante gracia. Una de ellas es la afición por el cine que mantiene el escritor lo que provoca en esta novela una divertida situación en la que se habla sobre la cinefilia y la decisión de ver películas dobladas o en versión original con subtítulos en español. También hay otros momentos en los que José Luis Correa describe a lo largo del libro esas piedras en el camino que nos enseñan que nuestro destino es rodar y rodar.

Se nota, por otro lado, la influencia de algunos escritores claves en la biblioteca del escritor. Mientras la leía, por ejemplo, no dejaba de pensar en Julio Cortázar por encerrar al personaje junto a otros personajes en un solo escenario aunque lo que parece teatro se abre a otras posibilidades que, imaginadas o no, que cada cual saque sus conclusiones, resultan atractivas por atreverse a jugar con el lector. Por esto, se trata de un libro que no dejará indiferente a nadie.

Y eso recurriendo a una estrategia narrativa que no es nueva ni producto de su invención ya que solo, ¿solo?, es una manera de contar esta historia. La historia de un escritor, un hombre vulgar, rodeado de demonios, sus peculiares demonios.

Saludos, hermanas y hermanos, desde este lado del ordenador

La noche en que se odiaron dos colores, una novela de José Luis Correa

Lunes, Febrero 25th, 2019

La noche en que se odiaron dos colores (Alba Edotorial, 2019) es la décima novela que el escritor grancanario José Luis Correa dedica al detective privado Ricardo Blanco, una obra que pone de manifiesto que el personaje disfruta de buena salud y que ha sabido calar hondo entre sus lectores que ya son legión.

No faltan razones para explicar lo que podría denominarse como el fenómeno Blanco aunque personalmente considero que lo más destacable es la capacidad de Correa para dar entidad al personaje, un hombre con sus grandezas pero también miserias que ama la ciudad en la que desempeña su trabajo como investigador privado: Las Palmas de Gran Canaria, un lugar que se convierte junto a Ricardo Blanco en el otro gran protagonista de una saga que, reiteramos, ya ha hecho historia no solo en las letras canarias sino nacionales porque pocos son los llamados y mucho menos los elegidos. O personajes literarios que han alcanzado la novela número diez.

Más que el caso en sí, en esta historia la búsqueda de un padre desaparecido, el interés de los relatos que José Luis Correa articula en torno a su héroe, o antihéroe porque el pobre Blanco recibe más que da en todas sus aventuras, es el entorno en el que se mueve, la ciudad se insiste, que ama, y la galería de secundarios que como el detective han ido acompañándolo en las sucesivas entregas con sus ausencias incluidas, como la del abuelo Colacho.

En estas diez novelas, el escritor no ha perdido el tiempo y ha sabido envejecer al héroe/antihéroe y describir con notable pulso narrativo los cambios y vaivenes que ha sufrido la capital grancanaria desde que apareció el personaje en Quince días de noviembre un ya lejano 2002, año en el que todos todavía estábamos más pendiente del siglo XX que del XXI.

Los secundarios son también otro de los grandes logros de estas novelas que se leen con una eterna sonrisa dibujada en los labios pese a que lo que se cuente sea en serio. Ricardo Blanco, como los grandes private eye de la literatura negra y criminal norteamericana no pierde su más que sentido del humor, afilada ironía en cada caso que resuelve. Investigación en la que aprenderá a conocerse un poco mejor y a tener muy claro las cosas que merece la pena defender en la vida.

En esta nueva y apasionante entrega toman protagonismo además de Ricardo Blanco, que es quien nos cuenta la historia, su secretaria Inés y el policía, mejor ex policía Gervasio Álvarez. Nada más comenzar la novela, asistimos con Blanco a la fiesta de jubilación de Gervasio, un personaje clave en la saga, y unos capítulos más adelante conocer que, a partir de ahora, el antaño agente de la ley se ha convertido en socio de nuestro detective.

En cuanto al caso a resolver, la desaparición de un veterano fotógrafo, solo diremos que Ricardo y los suyos se encargarán de encontrarlo porque la clienta, Niágara Caballero, parece estar al borde del ataque de nervios, estado natural si se tiene en cuenta que, a medida que se avanza en la investigación, las cosas se complican y mezclan.

Se asiste a una guerra soterrada entre libios y colombianos, sabremos de un policía al que le falta un tornillo y que disfruta con el abuso de poder y de una conjura que pretende cometer un acto terrorista que podría tener fatales consecuencias en la capital grancanaria.
Al margen de la trama criminal, José Luis Correa se crece como escritor cuando mueve a su personaje en su ámbito privado, en ese pequeño círculo al que solo accede su novia farmacéutica y sus ahora dos colaboradores de faenas detectivescas.

Entre las mejores páginas de La noche en que se odiaron dos colores están aquellas que describen con matices luminosos las calles y plazas de una ciudad que su autor conoce muy bien y en la que hace pasear a su investigador privado para mostrar al lector la cara y la cruz de una capital de provincias que mira razonablemente al mar.

Como en otras novelas de José Luis Correa, el estilo de La noche en que se odiaron dos colores está trufado de canarismos que no suenan a impostados porque simple y llanamente así habla su protagonista desde que lo conocimos hace ya más de diez años a través de sus novelas, y un rasgo fundamental que define el carácter de un personaje que, no nos cansaremos de repetir, ya ha hecho historia.

Saludos, tal día como hoy…, desde este lado del ordenador

Una novela de misterio

Martes, Agosto 8th, 2017

“El viejo intentó explicarle, dentro de su sonrojo, que allí prados los justos, que el hombre larguirucho se llamaba Antoñito Cruz y que se ganaba la vida cruzando a su cabrón con las cabrillas del barrio, que aquel era un oficio tan bueno como cualquiera y que se habían acostumbrado tanto a verlo callejear por La Isleta que ya nadie se sorprendía de la escandalera. La muchacha lo miró de soslayo, como buscándole grietas a su discurso. Se llevó un dedo blanco y fino a la boca y le dijo está bien, costumbres son costumbres, solo hay algo que no comprendo, don Juan, ¿qué significa escandalera?”

(La décima caja, José Luis Correa. Canarias eBook, 2017)

La décima caja es una novela que José Luis Correa publicó hace varios años con el título de La hija del náufrago, y esta nueva edición, sigue siendo la misma porque como señaló el propio autor en una entrevista temía que si la tocaba “la reharía entera o me negaría a editarla porque iba a verle todos los defectos del mundo. “

Hayan pasado diez años o cien, lo interesante de esta novela es observar cómo estaba cimentándose el estilo que marca la trayectoria literatura de José Luis Correa, esa forma de contar cosas y de plegarse con comodidad a cualquier tipo de géneros.

La décima caja es una novela de misterio ambientada en Las Palmas de Gran Canaria a comienzos del siglo XX, y en ella además de describir un escenario urbano que conoce muy bien, da respuesta literaria a uno de los grandes misterios que rodean al puerto de la capital grancanaria: ¿cuál fue el destino de la única caja que no fue rescatada de las diez que se encontraban en las bodegas del barcoAlfonso XII cuando se hundió en la baja de Gando el 13 de febrero de 1885?

Para resolverlo, José Luis Correa cuanta con una joven irlandesa que llega a la isla a principios del siglo XX para conocer cómo fue la muerte de su padre, un buzo que se ahogó intentando recuperar esa caja, y dos vecinos con los que hace amistad, Juan Cabrera y Luis Naranjo, hombres sencillos y de mar.

Durante la aventura que emprenden juntos habrá algo de violencia e incluso alguna muerte. Ttambién cómo se enamoran dos de los tres protagonistas, y como los vientos del nuevo siglo va transformando la fisonomía de una pequeña ciudad y una  isla.

Como en otros libros del escritor, La décima caja se lee de un tirón y como en otros libros del autor, es inevitable que asome la sonrisa porque José Luis Correa tiene talento para ironizar sin caer en el sarcasmo.

Y con esos instrumentos recrea literariamente unos años de cambios que no devora un relato en lo que importa son más los personajes y el paisaje que la trama detectivesca y su ambientación histórica.

Y funciona. La ficción f unciona como vehículo de entretenimiento, como folletín de época, como novela en la que perderse y divertirse para pasar este verano que, como todos los veranos, tiene que ser caluroso.

Saludos, aviso a navegantes, desde este lado del ordenador.

José Luis Correa: “Soy incapaz de entender la literatura sin la ironía”

Jueves, Julio 27th, 2017

José Luis Correa (Las Palmas de Gran Canaria, 1962) recupera a su peculiar investigador privado Ricardo Blanco en El detective nostálgico, novena entrega de una serie que desde 2003 forma parte del catálogo de Alba, editorial en la que José Correa es el único autor español de la colección de novelas policíacas. Este título coincide además en librerías con la reedición de La décima caja (CanariaseBook, 2017), una historia que transcurre a finales del siglo XIX en la capital grancanaria.

- Ricardo Blanco se ha vuelto en El detective nostálgico más viejo pero también reflexivo, ¿cómo cree que han afectado los años al protagonista de la novela y cómo piensa que ha afectado a la propia historia que cuenta?

“Uno cree que ambas cosas, la edad y la reflexión, van unidas. Ricardo se ha ido convirtiendo en el personaje que es ahora a base de trompazos y heridas y descubrimientos y encuentros, como cualquiera. No tiene nada que ver con el que era en Muerte en abril o Quince días de noviembre por ejemplo. Ni yo tampoco, claro. Esta nueva novela pretendía reflejar ese trayecto personal y nada mejor que una convalecencia obligada para que el personaje reflexionara acerca de su vida.”

- El humor es una constante en la serie. ¿Qué importancia tiene el humor no solo en las novelas de en Blanco sino en el resto de su producción literario?

“Soy incapaz de entender la literatura sin la ironía. Incluso a aquellos asuntos más serios a los que me acerco lo hago desde esa perspectiva. Uno se enfrenta mejor al horror, a la angustia, a la violencia, al caos si logra, por decirlo de algún modo, “desactivarlos”. Y la mejor manera de desactivarlos es el humor.”

- Y la capital grancanaria como escenario literario.

“Siempre. Las Palmas de Gran Canaria está en todas mis novelas. Ahora, con la reedición de La décima caja está hasta en blanco y negro, la ciudad de 1905. Yo no concibo el arte sin el paisaje, algo que es incuestionable en pintores, arquitectos, cineastas y hasta músicos. El escritor no es diferente. Estás asociado a un escenario cuando escribes cualquier relato.”

- Pero ¿cuáles son las nostalgias de Ricardo Blanco y de José Correa?

“Sin duda somos dos seres diferentes pero no he logrado (no sé siquiera si alguna vez lo intenté) ahorrarle a Ricardo mis propios temores y mis propias nostalgias. Ahora estamos ambos en una fase de desconcierto, con la sensación de habitar un mundo que no es el nuestro, una cultura (digital, de redes sociales, de pensamientos en 144 caracteres) ajena y extraña. Echamos de menos la cadencia, el sosiego para mantener una conversación, leer un libro, visitar un museo, caminar por la arena sin la prisa ni la necesidad de compartirlo inmediatamente en las redes.”

- En la novela escribe que Colacho, abuelo ya fallecido del protagonista, era “la única persona que podía asegurar que yo existía, que no era producto de la imaginación de otro.” ¿Ricardo Blanco se revela contra el padre, José Correa?

“Algo de eso hay también. Imagino que le ocurrirá a cualquier autor que se dedique a las novelas de saga o a las series con el mismo personaje. Los lectores te acaban asociando al personaje y necesitas, de alguna forma, disociarlos. No está mal que Ricardo Blanco necesite un noray, algo que dé testimonio de que pertenecemos a algún lugar, de que no estamos a la deriva. Suena excesivamente metafísico y trascendental pero a veces necesitamos de eso, sobre todo en una época tan liviana y tan perecedera.”

- El detective nostálgico hace la novena entrega de la serie. Dicen que el nueve es un número maldito en el arte…

“Y tanto. Me decía un sobrino músico que después de las Novenas todos se mueren. Y aquí me tiene escribiendo la décima a toda prisa para espantar el mal fario. Espero tenerla para la próxima primavera.”

- ¿Qué virtudes y defectos tiene para el autor de la novela Ricardo Blanco?

“El otro día, en una de las presentaciones de El detective nostálgico, la editora se preguntaba por qué caía tan bien, por qué funcionaba un personaje que no parecía tener defectos. A los lectores les gustan los tipos ambiguos, con claroscuros y ella no lo veía en Ricardo Blanco. Yo le respondía que quizá lleva tanto con nosotros que le hemos cogido cariño y le estamos perdonando los defectos. Para mí que es un tipo cabal, con pocos valores pero muy claros, que pretende poner orden en el caos, que no es poco. Y luego con un exceso de egoísmo, algo de vanidad y a veces un mal genio producto de la edad.”

- A la hora de escribir sus novelas, más allá de las de Blanco, ¿a qué da prioridad, a lo que se cuenta, a los personajes y el escenario?

“Es difícil separarlos, ¿no? En principio hay un tema, un asunto que antes de ponerte a escribir lleva tiempo llamando a la puerta. Una duda, un misterio, la rabia que te produce una noticia. A partir de ahí se va formando un escenario y unos tipos que se mueven por él. Yo suelo partir de una imagen (un concierto, un funeral, el encuentro de dos personajes…) sobre la que construyo la historia. Al final, como lector uno busca que le cuenten una buena historia y que se la cuenten bien.”

- Nada más iniciarse la novela disparan contra el detective privado, y gran parte de la acción transcurre en el piso del detective, donde descansa de la herida recibida. Imagino que tuvo que ser un reto plantearse esta nueva entrega de esta manera. ¿Qué quiso probar con ello?, ¿y ese retiro forzoso en su casa lo que vuelve nostálgico al personaje?

“Era la idea. Para la reflexión nada mejor que un retiro del mundanal ruido. Esta es una novela de interiores, en todos los sentidos: el interior de la casa y el interior del personaje. Ricardo necesita averiguar quién ha querido matarlo y eso implica revisar su vida desde el principio. De ahí la nostalgia. Eso sí: quise probar una cosa. Llevo años escuchando el mantra de cuándo voy a matar a Ricardo, cuándo voy a cerrar ese capítulo, y el reto consistía en pegarle un tiro en la primera página a ver qué ocurría.”

- En esta novela los personajes secundarios tienen más peso.

“Los secundarios cada vez tienen más voz y más presencia. Ya no se entiende una novela de RB sin Inés, Beatriz, Álvarez y su mujer, Miguel Moyano y la suya… Forman parte del universo Blanco y en cada novela tienen su relevancia. Algunos se disipan en una historia y en la siguiente se convierten en esenciales.”

- Usted emplea vocabulario canario en las historias, un recurso que no explotan la mayoría de los escritores de las islas. ¿Miedo a nuestra forma de hablar?, ¿miedo a que no se entienda en otros territorios?, ¿qué tiene de especial el habla canaria para José Correa?

“Yo lo hago por coherencia. Si mis novelas transcurren en Gran Canaria y mis personajes son de aquí su forma de hablar no puede ser otra. No se trata de reivindicar nada ni de hacer un estudio etnográfico en las novelas. Es que nadie se creería a Ricardo y a los demás personajes expresándose de otra manera. Siempre he dicho que algunos no tenemos una lengua distinta a la española pero sí un acento, una cadencia, una manera de mirar y contar el mundo diferente. En cuanto al miedo a no ser entendido, no veo a los grandes autores de la literatura hispanoamericana dándoles muchas vueltas a ese trompo. Borges, Rulfo, Onetti, Guillén, Gabriela Mistral escribían como lo hacían y todos los hemos leído y gozado.”

- ¿Cuáles cree que son las claves del éxito de las historias protagonizadas por Ricardo Blanco?

“No sé. Imagino que por una parte me he aprovechado (sería absurdo negarlo) del auge de la novela policíaca. Y por otra la manera de contar es diferente: lo que hablábamos del humor, del acento, de la perspectiva.”

- Hablemos de la nueva edición de La décima caja, ¿cómo se propone la reedición y que hay de nuevo con respecto a la original?

“Se trata de una reedición pura y dura. No he querido tocarla después de 10 años y le dejé total libertad a los editores. Temía que si la tocaba la reharía entera o me negaría a editarla porque iba a verle todos los defectos del mundo. Creo que las novelas están asociadas a un tiempo (histórico, cultural y personal de sus autores) y así debe ser.”

- Se trata de una novela histórica. ¿Es complicado escribir novela histórica, y más que el escenario y las situaciones se desarrollen en Canarias?

“La primera clave está en la documentación. Necesitas datos reales desde los cuales construir tu ficción. Yo tuve la suerte de tener a dos personas, Juan Cabrera y Luis Naranjo (personajes de la novela) que me facilitaron todos los datos que necesité y a los que estoy muy agradecido. Y otra cosa esencial es tu capacidad de condensar una historia real en una ficticia. Corres el riesgo de que los datos, las estadísticas, los hechos objetivos se coman tu novela.”

- ¿Qué cuenta en La décima caja?

“Investiga el embarrancamiento del Alfonso XII, uno de los barcos señeros en la España de finales del XIX, en la baja de Gando. La roca, a pesar de estar bien señalada, fue testigo de una decena de desastres marítimos. Pero cuando le ocurrió al Alfonso XII todo se complicó porque el barco llevaba diez cajas de documentos y dinero para la guerra de Cuba. De ellas solo se hallaron nueve y, claro, esa es una tentación demasiado golosa para un novelista.”

- ¿Y en qué nuevas novelas está trabajando ahora?

“En la décima, no la caja, sino la aventura de Ricardo Blanco, una historia sobre la desaparición de un tipo en Guanarteme. Como te explicaba antes, siempre hay un tema que te ronda incluso cuando estás escribiendo otra cosa. Y a mí me lleva rondando el misterio de tantas desapariciones inexplicables que tenemos aquí. Y el dolor y el desconcierto que provocan. En eso tengo a Ricardo ahora.”

Saludos, ¿mañana será otro día?, desde este lado del ordenador.

José Luis Correa presenta en Agapea la novela ‘El detective nostálgico’

Viernes, Junio 16th, 2017

El detective nostálgico es el título de una nueva novela protagonizada por Ricardo Blanco, detective privado que se mueve como pez por el agua por las calles de la capital grancanaria resolviendo casos e impartiendo justicia. Este libro será presentado esta tarde, a las 19 horas, por su autor José Luis Correa (Las Palmas de Gran Canarias, 1962) en la librería, en la avenida de Tres de Mayo, 71.

El detective nostálgico es la novena entrega de una serie que Correa inició en 2002 con Quince días de noviembre y que a partir de entonces ha continuado con novelas como Muerte en abril, Muerte de un violinista, Un rastro de sirena, Nuestra señora de la luna, Blue Christmas, El verano que murió Chavela Vargas y Mientras seamos jóvenes.

El detective nostálgico está editado por Alba y la historia cuando Ricardo Blanco es atacado y herido por un desconocido en la entrada de su casa, y la necesidad que siente por averiguar quién ha sido el agresor.

Saludos, a leer que son dos días, desde este lado del ordenador.

‘Mientras seamos jóvenes’, una novela de José Luis Correa

Martes, Noviembre 24th, 2015

“Me fui de allí sin respuestas. Necesitaba andar para dar forma a mis propias dudas. Como las nubes, las dudas tienen a  veces formas descabelladas: un caballo alado, una cometa, un pájaro. Las mías no obstante, andaban a ras de suelo. Reptaban. Olían mal. Todo aquello apestaba. Tenía la sensación de estar metiéndome en un charco. Peor. La de estar siendo manipulado por un titiritero sin rostro.”

(Mientras seamos jóvenes, José Luis Correa, colección: Novela Negra, Alba Editorial, 2015)

José Luis Correa no se cansa de repetir que lo suyo no es la novela negra, negra y criminal o criminal y negra porque el orden de los factores no altera el producto, sin embargo –y pese a su vade retro, Satanás–, el escritor ocupa un capítulo en la futurible historia de la novela policíaca (vamos a dejarlo así) escrita en España por un personaje peculiar y con alto grado de pureza canario como es Ricardo Blanco, detective privado al que ya ha dedicado ocho novelas y cuyas investigaciones se desarrollan fundamentalmente en Las Palmas de Gran Canaria, capital que ha terminado por convertirse en un personaje más en estas historias que, más que negras, son cotidianas, relatos en los que su autor se preocupa más por lo que piensan y hacen sus criaturas que por la consistencia criminal que justifica que estos libros se editen en la colección Novela Negra de Alba Editorial.

Ricardo Blanco, y los secundarios que lo rodean como si de satélites se trataran, evoluciona en cada uno de estos relatos, ocho capítulos en los que el investigador privado ha ido madurando más que como los mejores vinos, como resultado de la edad. Los mismo ocurre con la ciudad en la que se mueve, una geografía urbana en continuo proceso de transformación y, otra clave sobre la que pivotea los episodios que protagoniza Blanco, una mayor preocupación por mostrar el mal no como un coágulo oscuro y siniestro sino como una mancha repleta de matices en la que domina la variedad de los grises.

La casualidad quiso que la última historia de Ricardo Blanco hasta la fecha, Mientras seamos jóvenes –el título forma parte del himno universitario Gaudeamus Igitur–  se mezclara con la realidad, ya que se inicia con el descubrimiento del cuerpo sin vida de una estudiante  de nacionalidad italiana y la detención de su supuesto asesino, un profesor de la facultad de Veterinaria de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

Este profesor, que no cuenta con un pasado inmaculado al descubrirse en él trazas de maltrato, solicita la ayuda de Blanco para que encuentre al verdadero culpable… o no de este crimen execrable. Dos semanas más tarde de publicarse la novela, leíamos en los periódicos o nos enterábamos a través de  los noticieros de la televisión y la radio que en esa misma ciudad, en esa misma capital de provincias, aparecía el cadáver de una joven estudiante de la UPGC, y dos semanas más tarde que la policía procedía  a la detención de su presunto asesino, que resultó ser su vecino.

¿La vida imita al arte?

Desgraciadamente, como se apuntaba, en ocasiones parece resultado de un extraño caso de coincidencias.

Solo eso, coincidencias, ya que el crimen en la novela solo es una excusa que le sirve al escritor para reflexionar acerca de otros temas que aún hoy siguen de lamentable actualidad como son los malos tratos. Y cómo determinan la vida de quienes lo han sufrido.

En este territorio, en el de las confesiones con alto calado sentimental y humano, es donde, a nuestro juicio, se mueve satisfactoriamente José Luis Correa. O al menos mucho mejor que cuando se vuelve estrictamente policial, espacio en el que se limita a señalar el camino hasta la resolución del caso que es de lo que se trata. O el nudo que forma parte el misterio y que es lo que justifica cada la novela de Ricardo Blanco pese a que Correa no se esfuerce en generar más nudos, cortinas de humo, con las que envolver el misterio original. Su apuesta se inclina más a estudiar la relación de los personajes, y en especial, por cómo observa este universo Ricardo Blanco, ya que narra en primera persona la historia y enseña sus contradicciones, sus miedos y su soledad

Ya comentamos a propósito de El verano que murió Chavela Vargas la no sé si involuntaria influencia de Simenon que planea en la serie Blanco, quizá sea ese entusiasmo (que a veces consigue y en otras se le escapa malamente) por dotar de más consistencia a su protagonista y a los que se mueven en su entorno, constantes en las que insiste en Mientras seamos jóvenes aunque ahora cierra el círculo y las relaciones en las que se producen las revelaciones resulta más intimista.

Adquiere así más relevancia que en títulos anteriores personajes como el inspector Álvarez y Beatriz, la novia farmacéutica de Blanco y que sirve de contrapunto en el debate que sobre violencia machista plantea el escritor al ser ella, Beatriz, una víctima de malos tratos por su anterior pareja y cuestionar al detective que trabaje ahora al servicio de un maltratador que ha sido acusado –le recuerda Ricardo Blanco– de un crimen que, sospecha, no cometió…

En su investigación, el detective conocerá el ambiente universitario pero éste escenario no devora el relato salvo en aquellos capítulos en los que el protagonista interroga a los compañeros y colaboradores del presunto asesino. En estas breves visitas a la Universidad, Correa sí que aprovecha para describir –aunque por encima– las rivalidades y zancadillas que se producen en los departamentos. Nada nuevo bajo el sol y, como explica el investigador privado, rematadamente normal en ambientes masificados, tan propensos a alianzas y enemistades en su juego de tronos.

Mientras seamos jóvenes garantiza entretenimiento a iniciados y a profanos en los relatos de Blanco. Cada libro que protagoniza este personaje que no olvida de salpicar su vocabulario de palabras tan genuinamente canarias como tolete, cumple con lo que se espera: evasión y, lo que es de reconocer, reflexiones sobre realidades que como un cáncer devora nuestra civilizada convivencia como es la violencia. Una violencia que no entiende de clases y sí de abusos: abuso indiscriminado al débil.

Saludos, en el nombre del padre, desde este lado del ordenador.