Archive for Julio, 2017

Isaac Castellano, consejero de Turismo, Cultura y Deportes

Lunes, Julio 31st, 2017

Isaac Castellano ha sido nombrado consejero de Turismo, Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias. Sustituye en esta responsabilidad a María Teresa Lorenzo, quien pese a que su gestión “ha sido satisfactoria”, se le  ha invitado a marcharse.

Este cambio, al parecer, no modificará a la actual estructura orgánica del Ejecutivo regional, por lo que el departamento que dirigirá Isaac Castellano insistirá en llamarse de Turismo, Cultura y Deportes.

Se anuncian otros nombramientos, y nuevos que se darán a conocer este viernes, 4 de agosto.

Isaac Castellano, de 38 años, militante de Coalición Canaria en Lanzarote, es licenciado en Economía por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

Su antecesora en el cargo, María Teresa Lorenzo, también de Lanzarote cesa por, entre otros motivos, los pésimos resultados artísticos y económicos del 33 Festival Internacional de Música de Canarias. La situación se intentó corregir con el nombramiento de un nuevo director, cuyo nombre se conocerá este martes, 1 de agosto.

En esa persona recaerá la dirección de un Festival que se celebra dentro de unos pocos meses.

Dios lo coja santiguado.

Saludos, blanco, desde este lado del ordenador.

“No puedo evitar verlo todo un poco negro, escriba lo que escriba”

Sábado, Julio 29th, 2017

El santo al cielo es la primera novela de Carlos Ortega Vilas (Las Palmas de Gran Canaria, 1972), un libro que desde que circula en librerías ha logrado que se acerquen a él lectores aficionados al policíaco como los que se encuentran en las antípodas del género. Estilo, gracia y sobre todo un acerado retrato de la condición humanase son algunas de las claves que han hecho de El santo al cielo un título revelación. Carlos Ortega Vila es además escritor de relatos cortos, territorio en el que se mueve con comodidad y que ha dado como resultados Manuel de depredadores y Tuve que hacerlo y otros relatos, precisamente son cuentos pero también una nueva novela los materiales con los que el escritor trabaja en la actualidad, obras de las que no quiere avanzar mucho aunque asegura que serán, inevitablemente, negras.

- Uno de los protagonistas de la novela, Aldo Monteiro, siente debilidad por los santos. ¿Siente Carlos Ortega Vilas debilidad por los santos?

“Esa debilidad por los santos, en el caso de la novela, es ante todo un rasgo que define la personalidad del personaje. El martirologio cristiano es una fuente inagotable de historias truculentas que me venían muy bien –o le venían muy bien a Aldo, mejor dicho– para ilustrar algún aspecto de la investigación. Al principio me pareció que era una contradicción interesante, porque Aldo se declara ateo. Sin embargo, a medida que iba profundizando en el personaje, comprendí que la contradicción no era tal. Aldo tiene un concepto muy estricto de la justicia –inflexible, casi–, una ética personal inquebrantable. Y ahí es donde conecta con estos primeros mártires, que murieron por defender un ideal. Aldo, al citarlos, no hace otra cosa que ponerse en la piel de esos personajes –con ironía, pero también con respeto– porque sabe que en otra coyuntura su propio sentido de la ética, de la justicia, podría acarrearle problemas muy serios. A lo largo de la historia, ¿cuántas personas con una ética inquebrantable no han sido también asesinadas por defender unos valores, como esos mártires primitivos? No los conocemos porque, curiosamente, las víctimas suelen perder el derecho a la individualidad. Son una masa informe sin nombre ni rostro, salvo en escasísimas ocasiones.”

- Pero sí se conoce a los verdugos.

“Los conocemos hasta la saciedad. Uno acaba preguntándose si no debería ser al contrario. Aldo, al menos, es de los que se hacen esa pregunta. Mi debilidad por los santos surge también de una contradicción que descubrí de pequeño: mis padres eran ateos –y yo también, claro–, pero siempre que surgía un problema llamábamos a mi abuela para que intercediera por nosotros ante algún santo –normalmente recurría a san Benito, por ser gallega, o a santa Rita–. Y, oye, siempre resultaba. Aprendí pronto que todos tenemos un agujero en el zapato. Es una de las lecciones que más me han servido a la hora de escribir.”

- ¿Y cómo fue el proceso de creación de los personajes?

“El proceso de creación de personajes es siempre muy intuitivo. Quizás lo más difícil sea individualizarlos, otorgarles una voz propia –me molesta cuando leo novelas en las que todos se expresan de la misma manera y en el mismo tono, como si al autor le preocupase más escucharse a sí mismo que dotar de entidad a sus personajes–. Yo parto de la siguiente premisa: cada acción tiene consecuencias. Es ahí, donde se quiebra el equilibrio, que puedo intuir de qué pie cojea cada uno. Siempre trabajo a partir de las contradicciones de los personajes.”

- ¿Pero cuál le costó más trabajar?

“La protagonista femenina, Silvia, quizás fue el que más me preocupaba, porque no quería que cayese en el estereotipo de mujer fatal propio del género ni que fuera un personaje supeditado por completo a la historia de la investigación. Debía tener la misma importancia –o más– que los dos investigadores. Para lograrlo tuve que idear una serie de situaciones que me permitieran mostrar un arco evolutivo propio, lo más completo posible. De ahí, en gran medida, las subtramas que van entrelazándose a lo largo de la novela. El resto de personajes surgieron al tiempo que esas historias paralelas iban cobrando peso. Quizás el que más claro tenía desde el principio –aunque apenas aparece– sea Daniel, el adolescente desaparecido. Él es el verdadero origen de todos los acontecimientos. En cuanto a los secundarios, procuré tratarlos con idéntico mimo y respeto que al resto. Por breve que sea su aparición, todos tienen su momento de protagonismo, su peso en la trama.”

- ¿Y quiénes son Aldo Monteiro, inspector jefe de la Brigada de Homicidios y Desaparecidos de la Policía Nacional y el teniente Julio Mataró, su enlace con la Guardia Civil?

“Tanto Aldo como Julio surgieron en un relato anterior a la novela. En principio, ambos eran policías, pero decidí que Julio pasara a formar parte de la Guardia Civil para crear un conflicto añadido. Por entonces –en 2006, cuando comencé a escribir El santo al cielo– se había vuelto a reavivar un viejo debate: la unificación de los dos cuerpos. Me pareció una buena metáfora de situación. A lo largo de toda la novela se alude varias veces a esa posibilidad, que despierta recelos y malestar en ciertos círculos muy conservadores –y homófonos–, al tiempo que Julio va sintiendo una atracción cada vez mayor hacia Aldo. Hay un doble sentido en ese deseo de «unificación» de los cuerpos que trasciende los límites de lo estrictamente policial. De Aldo creo que ya he hablado bastante cuando tratamos su afición por el santoral. En cuanto a Julio, creo que es algo más ingenuo que el inspector —aunque a veces su actitud parece más una pose, una forma de protegerse— y mucho más flexible, más humano: comprende la debilidad de los demás. Ambos comparten un sentido de la ética y del deber —no de la justicia— bastante similar. Julio no es un héroe, pero es capaz de realizar algún que otro acto heroico, sin pretenderlo. Y eso es lo que, quizás, más valora Aldo en él. De alguna forma, se complementan. Creo que no puedo desvelar mucho más…”

- ¿Volveremos a verlos juntos en otra historia?

“Eso espero. De momento, tendrán que esperar un poco. De todos modos, hay una segunda novela esbozada donde los dos personajes vuelven a encontrarse. Lo bueno de las sagas es que una vez que has interiorizado a los protagonistas, sus voces permanecen.”

- ¿Cómo fraguó el diseño de la trama?

“En principio, El santo al cielo surgió de una propuesta de ejercicio en el marco de un taller de novela negra: resolver un misterio de habitación cerrada (un cadáver, una estancia cerrada desde dentro, un asesinato). Normalmente este tipo de historias se centra en averiguar el cómo. Las novelas enigma no me interesan en particular, de modo que me centré en los personajes. Mi principal preocupación a la hora de diseñar la trama fue reflejar sus motivaciones, en particular, las de Silvia —la asesina—. Planifiqué de antemano la estructura, capítulo por capítulo, hasta el epílogo, que para mí es la piedra angular de toda la novela. Es lo que suelo hacer cuando comienzo un proyecto, ya sea un relato breve o una novela: tengo una escena final en mente que muchas veces es también el origen de la trama, y voy reconstruyendo la historia con ese desenlace en la cabeza. No lo escribo hasta el final, me obsesiona de tal modo que actúa como un detonante con efecto retardado. Tengo que llegar a él, antes de que explote… Aunque tarde tres años, como en este caso. Reconozco que a veces resulta un tanto agónico trabajar así, pero es la expectativa lo que mueve toda narración. Siempre hay que mantener una puerta abierta a la incertidumbre.”

- ¿Y qué atractivos tiene para usted el género policíaco?

“En primer lugar, me gusta cuestionar los estereotipos. Quizás fue uno de los retos que más me motivó a la hora de utilizar el género para contar esta historia. Ver de qué manera podía darle un vuelco a todos esos personajes de novela negra que me parecían muy manidos, que me provocaban antipatía o con los que no lograba empatizar —en especial cuando se trataba de protagonistas femeninas o de personajes homosexuales, tan planos en ocasiones, tan poco humanos—. Lo demás, tuvo que ver con mi manera de entender la escritura. No concibo contar sin utilizar el suspense, por ejemplo. También me gusta el ritmo propio del género, donde prima la acción sobre la descripción, los diálogos, el lenguaje cinematográfico, una cierta sensibilidad para contar que a veces se aproxima a la del realismo sucio. Me gusta el trasfondo de crítica social que suele contener este tipo de novela, la capacidad de retratar una época y sus miserias. Por último, creo que lo negro es una forma de mirar, más que una fórmula para crear tramas. Y yo no puedo evitar verlo todo un poco negro, escriba lo que escriba.”

- Usted que imparte talleres literarios, ¿cree que son necesarios para aprender a escribir una historia?

“Creo que los talleres de escritura sirven para adquirir una rutina de trabajo, para experimentar con tus propias posibilidades y sorprenderte. Es útil para conocer técnicas y desechar «vicios», para afianzar un deseo, expandir límites, descubrir nuevas lecturas, nuevos autores. Quizás, lo más importante que puede aprenderse en un taller es a concebir la escritura como un oficio, y no precisamente fácil. Aquí no hay fórmulas matemáticas —ni mágicas— para conseguir un resultado idóneo. Luchamos constantemente con la inseguridad, con el miedo a exponernos ante la mirada crítica de los demás. La literatura nace de la intuición, y de la propia literatura. La intuición no se puede enseñar, y la literatura precisa de una inmersión demasiado íntima para ser impuesta. Pero sí se puede entrenar la capacidad de observación, la mirada —cómo objetivar el tema, cómo seleccionar y dosificar la información—, la lectura crítica… Lo demás es empeño personal y, lo más importante, una mente abierta. Los prejuicios y los lugares comunes deberían quedar desterrados del papel.”

Carlos Ortega Vila explica que cuando escribe relato “tengo muy claro lo que debo callarme” mientras que cuando escribe novela “intento centrarme más en lo que debo contar para que los personajes hundan las raíces en la historia y se agarren bien a ella; que no los tumbe una corriente de aire.” No obstante, reconoce que en esencia aborda de la misma manera tanto un género como el otro y huye de las digresiones interminables “aunque digan que en la novela están permitidas” porque intenta que todo resulte relevante en el texto, que tenga una función, da igual que sea novela o cuento. “No soy un lector sufriente, y por tanto no me gusta hacer sufrir a nadie. Creo que la literatura no está reñida con el entretenimiento, y que muchos de los mecanismos que funcionan en el relato no hay que perderlos de vista al escribir novela: síntesis, acción, esfericidad…, incluso la irrupción de un elemento extraño son algunas de las cosas que tengo muy en cuenta a la hora de escribir, da igual el género.

Saludos, santo, santo es el Señor, desde este lado del ordenador.

José Luis Correa: “Soy incapaz de entender la literatura sin la ironía”

Jueves, Julio 27th, 2017

José Luis Correa (Las Palmas de Gran Canaria, 1962) recupera a su peculiar investigador privado Ricardo Blanco en El detective nostálgico, novena entrega de una serie que desde 2003 forma parte del catálogo de Alba, editorial en la que José Correa es el único autor español de la colección de novelas policíacas. Este título coincide además en librerías con la reedición de La décima caja (CanariaseBook, 2017), una historia que transcurre a finales del siglo XIX en la capital grancanaria.

- Ricardo Blanco se ha vuelto en El detective nostálgico más viejo pero también reflexivo, ¿cómo cree que han afectado los años al protagonista de la novela y cómo piensa que ha afectado a la propia historia que cuenta?

“Uno cree que ambas cosas, la edad y la reflexión, van unidas. Ricardo se ha ido convirtiendo en el personaje que es ahora a base de trompazos y heridas y descubrimientos y encuentros, como cualquiera. No tiene nada que ver con el que era en Muerte en abril o Quince días de noviembre por ejemplo. Ni yo tampoco, claro. Esta nueva novela pretendía reflejar ese trayecto personal y nada mejor que una convalecencia obligada para que el personaje reflexionara acerca de su vida.”

- El humor es una constante en la serie. ¿Qué importancia tiene el humor no solo en las novelas de en Blanco sino en el resto de su producción literario?

“Soy incapaz de entender la literatura sin la ironía. Incluso a aquellos asuntos más serios a los que me acerco lo hago desde esa perspectiva. Uno se enfrenta mejor al horror, a la angustia, a la violencia, al caos si logra, por decirlo de algún modo, “desactivarlos”. Y la mejor manera de desactivarlos es el humor.”

- Y la capital grancanaria como escenario literario.

“Siempre. Las Palmas de Gran Canaria está en todas mis novelas. Ahora, con la reedición de La décima caja está hasta en blanco y negro, la ciudad de 1905. Yo no concibo el arte sin el paisaje, algo que es incuestionable en pintores, arquitectos, cineastas y hasta músicos. El escritor no es diferente. Estás asociado a un escenario cuando escribes cualquier relato.”

- Pero ¿cuáles son las nostalgias de Ricardo Blanco y de José Correa?

“Sin duda somos dos seres diferentes pero no he logrado (no sé siquiera si alguna vez lo intenté) ahorrarle a Ricardo mis propios temores y mis propias nostalgias. Ahora estamos ambos en una fase de desconcierto, con la sensación de habitar un mundo que no es el nuestro, una cultura (digital, de redes sociales, de pensamientos en 144 caracteres) ajena y extraña. Echamos de menos la cadencia, el sosiego para mantener una conversación, leer un libro, visitar un museo, caminar por la arena sin la prisa ni la necesidad de compartirlo inmediatamente en las redes.”

- En la novela escribe que Colacho, abuelo ya fallecido del protagonista, era “la única persona que podía asegurar que yo existía, que no era producto de la imaginación de otro.” ¿Ricardo Blanco se revela contra el padre, José Correa?

“Algo de eso hay también. Imagino que le ocurrirá a cualquier autor que se dedique a las novelas de saga o a las series con el mismo personaje. Los lectores te acaban asociando al personaje y necesitas, de alguna forma, disociarlos. No está mal que Ricardo Blanco necesite un noray, algo que dé testimonio de que pertenecemos a algún lugar, de que no estamos a la deriva. Suena excesivamente metafísico y trascendental pero a veces necesitamos de eso, sobre todo en una época tan liviana y tan perecedera.”

- El detective nostálgico hace la novena entrega de la serie. Dicen que el nueve es un número maldito en el arte…

“Y tanto. Me decía un sobrino músico que después de las Novenas todos se mueren. Y aquí me tiene escribiendo la décima a toda prisa para espantar el mal fario. Espero tenerla para la próxima primavera.”

- ¿Qué virtudes y defectos tiene para el autor de la novela Ricardo Blanco?

“El otro día, en una de las presentaciones de El detective nostálgico, la editora se preguntaba por qué caía tan bien, por qué funcionaba un personaje que no parecía tener defectos. A los lectores les gustan los tipos ambiguos, con claroscuros y ella no lo veía en Ricardo Blanco. Yo le respondía que quizá lleva tanto con nosotros que le hemos cogido cariño y le estamos perdonando los defectos. Para mí que es un tipo cabal, con pocos valores pero muy claros, que pretende poner orden en el caos, que no es poco. Y luego con un exceso de egoísmo, algo de vanidad y a veces un mal genio producto de la edad.”

- A la hora de escribir sus novelas, más allá de las de Blanco, ¿a qué da prioridad, a lo que se cuenta, a los personajes y el escenario?

“Es difícil separarlos, ¿no? En principio hay un tema, un asunto que antes de ponerte a escribir lleva tiempo llamando a la puerta. Una duda, un misterio, la rabia que te produce una noticia. A partir de ahí se va formando un escenario y unos tipos que se mueven por él. Yo suelo partir de una imagen (un concierto, un funeral, el encuentro de dos personajes…) sobre la que construyo la historia. Al final, como lector uno busca que le cuenten una buena historia y que se la cuenten bien.”

- Nada más iniciarse la novela disparan contra el detective privado, y gran parte de la acción transcurre en el piso del detective, donde descansa de la herida recibida. Imagino que tuvo que ser un reto plantearse esta nueva entrega de esta manera. ¿Qué quiso probar con ello?, ¿y ese retiro forzoso en su casa lo que vuelve nostálgico al personaje?

“Era la idea. Para la reflexión nada mejor que un retiro del mundanal ruido. Esta es una novela de interiores, en todos los sentidos: el interior de la casa y el interior del personaje. Ricardo necesita averiguar quién ha querido matarlo y eso implica revisar su vida desde el principio. De ahí la nostalgia. Eso sí: quise probar una cosa. Llevo años escuchando el mantra de cuándo voy a matar a Ricardo, cuándo voy a cerrar ese capítulo, y el reto consistía en pegarle un tiro en la primera página a ver qué ocurría.”

- En esta novela los personajes secundarios tienen más peso.

“Los secundarios cada vez tienen más voz y más presencia. Ya no se entiende una novela de RB sin Inés, Beatriz, Álvarez y su mujer, Miguel Moyano y la suya… Forman parte del universo Blanco y en cada novela tienen su relevancia. Algunos se disipan en una historia y en la siguiente se convierten en esenciales.”

- Usted emplea vocabulario canario en las historias, un recurso que no explotan la mayoría de los escritores de las islas. ¿Miedo a nuestra forma de hablar?, ¿miedo a que no se entienda en otros territorios?, ¿qué tiene de especial el habla canaria para José Correa?

“Yo lo hago por coherencia. Si mis novelas transcurren en Gran Canaria y mis personajes son de aquí su forma de hablar no puede ser otra. No se trata de reivindicar nada ni de hacer un estudio etnográfico en las novelas. Es que nadie se creería a Ricardo y a los demás personajes expresándose de otra manera. Siempre he dicho que algunos no tenemos una lengua distinta a la española pero sí un acento, una cadencia, una manera de mirar y contar el mundo diferente. En cuanto al miedo a no ser entendido, no veo a los grandes autores de la literatura hispanoamericana dándoles muchas vueltas a ese trompo. Borges, Rulfo, Onetti, Guillén, Gabriela Mistral escribían como lo hacían y todos los hemos leído y gozado.”

- ¿Cuáles cree que son las claves del éxito de las historias protagonizadas por Ricardo Blanco?

“No sé. Imagino que por una parte me he aprovechado (sería absurdo negarlo) del auge de la novela policíaca. Y por otra la manera de contar es diferente: lo que hablábamos del humor, del acento, de la perspectiva.”

- Hablemos de la nueva edición de La décima caja, ¿cómo se propone la reedición y que hay de nuevo con respecto a la original?

“Se trata de una reedición pura y dura. No he querido tocarla después de 10 años y le dejé total libertad a los editores. Temía que si la tocaba la reharía entera o me negaría a editarla porque iba a verle todos los defectos del mundo. Creo que las novelas están asociadas a un tiempo (histórico, cultural y personal de sus autores) y así debe ser.”

- Se trata de una novela histórica. ¿Es complicado escribir novela histórica, y más que el escenario y las situaciones se desarrollen en Canarias?

“La primera clave está en la documentación. Necesitas datos reales desde los cuales construir tu ficción. Yo tuve la suerte de tener a dos personas, Juan Cabrera y Luis Naranjo (personajes de la novela) que me facilitaron todos los datos que necesité y a los que estoy muy agradecido. Y otra cosa esencial es tu capacidad de condensar una historia real en una ficticia. Corres el riesgo de que los datos, las estadísticas, los hechos objetivos se coman tu novela.”

- ¿Qué cuenta en La décima caja?

“Investiga el embarrancamiento del Alfonso XII, uno de los barcos señeros en la España de finales del XIX, en la baja de Gando. La roca, a pesar de estar bien señalada, fue testigo de una decena de desastres marítimos. Pero cuando le ocurrió al Alfonso XII todo se complicó porque el barco llevaba diez cajas de documentos y dinero para la guerra de Cuba. De ellas solo se hallaron nueve y, claro, esa es una tentación demasiado golosa para un novelista.”

- ¿Y en qué nuevas novelas está trabajando ahora?

“En la décima, no la caja, sino la aventura de Ricardo Blanco, una historia sobre la desaparición de un tipo en Guanarteme. Como te explicaba antes, siempre hay un tema que te ronda incluso cuando estás escribiendo otra cosa. Y a mí me lleva rondando el misterio de tantas desapariciones inexplicables que tenemos aquí. Y el dolor y el desconcierto que provocan. En eso tengo a Ricardo ahora.”

Saludos, ¿mañana será otro día?, desde este lado del ordenador.

La llamada del deber

Miércoles, Julio 26th, 2017

La Guerra Civil española sigue siendo un territorio al que una y otra vez recurren escritores de todo pelaje para intentar juzgar desde el rencor, la euforia o más o menos una agradecida objetividad un conflicto que todavía continúa coleando y dividiendo a los ciudadanos de este país.

Este año se han publicado novelas y novela no ficción y ensayos con unas pocas briznas de ficción sobre la contienda, aunque destacan porque sus protagonistas existieron realmente y combatieran a un lado y a otro de las trincheras Banderas en la niebla, de Javier ReverteEl  monarca de las sombras, de Javier Cercas y Recordarán tu nombre, de Lorenzo Silva, tres libros en los que aborda con notable pulso narrativo aquellos hechos, aunque  Cercas y Silva aprovechan la circunstancia para reflexionar además sobre lo que significó la guerra fraticida para sus respectivas familias.

El protagonista de Recordarán tu nombre es el general de brigada José Aranguren Roldán, quien puso a disposición de la Generalitat el instituto armado tras el golpe militar rebelde en Cataluña, y que encabezó el general Manuel Goded. Otro personaje importante en el libro es el general Emilio Mola y también Francisco Franco, que no termina por devorar, afortunadamente, la biografía de José Aranguren, un hombre que en palabras de Lorenzo Silva se concentra todo lo bueno que representa la Guardia Civil  desde su formación en la segunda mitad del siglo XIX.

La Guardia Civil, explica Lorenzo Silva, ha hecho las cosas tan bien que continúa como instituto armado de naturaleza militar desde su origen aunque esa constancia en el deber le ha granjeado sospechas y reproches desde entonces en un país que como España no está acostumbrado a que las cosas se hagan bien.

Para contar esta historia, Lorenzo Silva recurre a un estilo más próximo al periodístico que al histórico y en él da recuento de la vida de un hombre respetuoso con su uniforme y por el que defendió la legalidad, motivo suficiente para que fuera ejecutado por los nacionales al finalizar la Guerra Civil.

Sus antiguos compañeros de armas no le perdonaron que cumpliera con su deber, defender la legalidad del orden constitucional.

En casi quinientas páginas, el escritor retrata a José Aranguren Roldán con mirada distante aunque son muchas las ocasiones en la que se deja llevar por la emoción y la amargura que le produjo el final de un militar que hasta la publicación de este libro era uno más de los millones de actores secundarios que formaron parte de aquel momento de la Historia de España, personas que sin pertenecer a ninguno de los bandos en conflicto, intentaron cumplir con su deber.

Recordarán tu nombre recupera así a esa enorme España que también se batió en los campos de batalla y en la retaguardia defendiendo una República que se transformó en otra cosa y representa a una tercera que hasta hoy ha sido ninguneada por escritores e historiadores partidistas.

El libro de Lorenzo Silva quiere hacer justicia, y en parte la hace, recordando a un militar con un hondo sentido del deber, lo que hace que en este retrato se le disculpe la deriva al sentimentalismo en el que cae en ocasiones pero sin desequilibrar sus  intenciones de acercar, a través del retrato de un hombre, el espíritu de la Guardia Civil a los lectores.

Cuenta Lorenzo Silva que a medida que trabajaba en este libro recordó tuvo muy presente la memoria de su abuelo Manuel, “un hombre que también lo perdió todo, aunque en su caso pudo continuar viviendo por cumplir con su deber”.

Y del deber se habla mucho en este libro. El que lo respetó hasta el final de sus vidas, como sucedió con los militares y funcionarios que se mantuvieron leales al gobierno de la II República en guerra, y los que lo despreciaron con su rebelión o aprovechando las circunstancias para continuar con la revolución.

En ese espacio intermedio, vacío se decía hasta el día de ayer, permanecen ocultos hombres y mujeres cuya memoria comienza a ser reivindicada ahora por autores que, como Lorenzo Silva, confía que con su trabajo se los rescate con la categoría que se merecen. A observarlos, en definitiva, con la justicia y la admiración que se merecen más de un siglo después de terminada esa deplorable, tristísima y oscura Guerra Civil.

Saludos, lecturas, lecturas, lecturas,desde este lado del ordenador.

Letras y cine

Martes, Julio 25th, 2017

NUEVAS ESCRITURAS CANARIAS

Pablo Fajardo Juan ha sido el ganador del concurso literario Nuevas Escrituras Canarias con el libro de cuentos Al fondo hay ruido, que editará el Gobierno de Canarias “antes de que finalice el año”, señala una nota de prensa.

Nuevas Escrituras Canarias publicó las primeras obras de jóvenes escritores hasta los años 90 y es una iniciativa que ahora se recupera porque se quiere “ayudará a impulsar y difundir la joven literatura del archipiélago”.

El autor de la obra ganadora. Pablo Fajardo Juan (Las Palmas de Gran Canaria, 1983), es licenciado en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid) y diplomado en Cinematografía y Artes Audiovisuales por la Escuela Superior de Artes y Espectáculos TAI y Máster en Creatividad y Guiones de TV por URJC y Globomedia.

Desde hace diez años, trabaja como guionista para varias productoras para las que escribe y desarrolla series de ficción, sketches de humor o programas de actualidad. Al fondo hay ruido es su primera incursión la literatura.

El jurado de esta convocatoria estuvo formado por el viceconsejero de Cultura y Deportes, Aurelio González, y los escritores y periodistas Blanca Hernández QuintanaDaniel María y quien ahora les escribe, con la participación de los técnicos de Canarias Cultura en Red, S.A. con voz y sin derecho a voto.

REINA DE UN JARDÍN DE ROSAS…

TEA Tenerife Espacio de las Artes, centro de arte contemporáneo del Cabildo, acoge este miércoles 26 de julio a partir de las 20 horas el preestreno de Bajo la rosa (2017), el primer largometraje del director tinerfeño Josué Ramos (Santa Cruz de Tenerife, 1980).

Este trabajo, estrenado en marzo de este mismo año, está protagonizado por Pedro Casablanc, Ramiro Blas,Elisabet Gelabert Zack Gómez y desarrolla una historia inquietante. Josué Ramos, su director, inició su carrera profesional como director creativo y en la actualidad reside en Madrid.

La entrada para ver esta película es gratuita previa retirada de las invitaciones en la taquilla del centro el mismo día del pase.

Saludos, están avisados, desde este lado del ordenador.

Lo que es es y lo que no es también

Lunes, Julio 24th, 2017

El libro se titula La derrota de Nelson en Tenerife y lo encontré en uno de los puestos del Rastro, enterrado en una montaña de volúmenes de todas clases. El autor es Pedro Quintana Bencomo y el traductor un tal O. P.

Pese a que no se observa demasiado bien la editorial y el año de publicación, sospecho que tuvo que ser en los años veinte del siglo pasado ya que aún se puede leer en las primeras y amarillentas páginas Mil novecientos… y el arquito de lo que parece ser un 2…

Lo asombroso, además de su ya nada disimulada edad es que el ejemplar está en relativas buenas condiciones aunque le falta la contraportada y las páginas se despegan bruscamente si no se abre con mucho cuidado. En cuantro al contenido, merece la pena dar un trato privilegiado a esta obra de la que apenas he encontrado referencias salvo que su autor, el tal Pedro Quintana Perdomo, fue autor de un solo libro, el que encontré en el Rastro, y de varios poemas dispersos.

Lo interesante de La derrota de Nelson en Tenerife es que no se trata de un relato histórico sino de una ucronía escrita como si fuera una aplastante verdad histórica: Nelson fue derrotado en Tenerife aquel verano de 1797.  A continuación, el autor fabula en unas novecientas páginas sobre el devenir de la isla, ahora tan española como las otras seis, hasta el 2017, apretujándose acontecimientos y algunos de sus protagonistas.

La lectura, esa es la verdad, resulta en ocasiones tan realista que parece que lo que cuenta es lo que sucedió y esto te hace pensar mientras bebes el te de las cinco…

… La idea de que no hubo victoria de Nelson y que el sacrificio de sus valerosos hombres fue un fracaso.

La idea, desde entonces, no deja de inquietarme aunque para quitármela de encima se lo comenti a Mary, aunque ahora prefiere que la conozcan como Iballa, y que es la neighbor o vecina del tercero.

“Quita, quita kinegua con  patas”, me dice mientras salgo del ascensor.

Y no, no creo que fuera porque a Mary ahora Iballa  le dé igual ser descendiente de los que llegaron a Tenerife tras la gloriosa victoria de Nelson, sino porque escuchar tamaña sarta de sandeces no desmonta lo que es y lo que no es también.

Además, me da a mi en la nariz que el tal Bencomo es un pseudónimo de quien, presuntamente, figura como traductor de este libro: O. P.

La visión que propone el autor de una Canarias en manos de España es tan precisa y penosa que produce escalofríos. Casi estás allí y no levantándote cada mañana a bendecir la bandera de la Unión Jack, Dios salve a la Reina.

En la obra se describe como con el paso de los años se extendió por la superficie de las islas cultivos (plátano, caña, tomate) para más tarde, a partir de los años sesenta del siglo XX, sustituirlos por cemento y más cemento. El escritor describe torres y torres de apartamentos en las que se hacinan los descendientes que, 220 años antes, habían venido para conquistarla por las armas.

Los hijos de su graciosa majestad son descritos en este libro como tarados de la peor especie. Manadas que se tuestan al sol en las playas mientras consumen litros y litros de cerveza.

El libro cuenta también con capítulos muy tristes. Los que dedica a la Guerra Civil hacen poner los pelos de punta y que me enorgullezca un día más en ser ciudadano de la Gran Bretaña y no de un país que amedrenta a su gente.

Con estas y otras ideas callejeo por las calles de Nelson City, antes de Santa Cruz de Tenerife, mientras silbo la marcha del coronel Bogey agradecido de saber que las fantasías del libro son eso un puñado de fantasías.

Me detengo ante un cine y observo la cartelera. Como siempre y por estas fechas se reestrena El león de los mares (Alexander Korda, 1939), en la que Trevor Howard interpreta a Nelson y recrea los hechos de julio de 1797 en Tenerife. En otra, se exhibe Dunkerque (Christopher Nolan, 2017) lo que produce que mi azúcar patriótico se disparate tanto que en la plaza de La Victoria –antes de La Pila– me detenga y salude militarmente la estatua que recuerda la Gesta de sir Horacio Nelson y sus hombres.

Y vuelvo a leer emocionado la frase grabada en bronce que reproduce lo que dijo antes de lanzarse al ataque en las playas de la capital tinerfeña:

“mañana mi cabeza será coronada de laureles o cipreses.”

Saludos, God Save the Queen!, desde este lado del ordenador.