La banda de los tres

Lunes, Octubre 18th, 2010

En mi ya larga trayectoria como lector de novelas y relatos fantásticos si hay tres autores británicos a los que seguí con cierta regularidad en las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo fueron los perturbadores Ramsey Campbell, Clive Barker y James Herbert. Escritores todos ellos cuyos libros disfrutaron de buena distribución en España, en especial cuando los vientos de lo macabro se hizo un hueco en nuestras editoriales tras el arrollador éxito de Stephen King y su peculiar retrato de las pesadillas del sueño americano.

Acostumbrados como estoy a digerir las infernales ensoñaciones de escritores estadounidenses de nuestro tiempo (uno de los hijo de Stephen King, Joe Hill, se suma también a esta ya amplia nómina de cultivadores del horror) cuando me tropezaba –y aún tropiezo pero cada vez menos– con la obra de algunos de sus aventajados primos británicos descubría nuevas y en ocasiones apasionantes lecturas de la Pérfida Albión solo que en los casos de Campbell y Barker agradecía más sus extravagantes relatos cortos que sus novelas, a mi modesto entender tochos pesados de desordenadas pesadillas.

Con James Herbert la digestión se me hacía más complicada. Porque si bien me costaba entrar en sus historias cuando al final lograba desenmarañar sus en apariencias complicadas tramas disfrutaba bastante con sus imaginario. Quizá sea porque Herbert se trata del más facilón de los tres. También por sus temáticas, en ocasiones tan obsesivas como la de recurrir a sectas secretas adoradoras de deidades primigenias.

En todo caso, la literatura de estos tres mosqueteros cuya obra solía subvertir el espíritu de su graciosa majestad me sabían a diferente. Y en ocasiones extrañamente coincidente, caso de Campbell y Herbert. En algunos de sus mejores libros ofrecían una visión apocalíptica de Londres. Un territorio urbano al que sometían a todo tipo de vejaciones no sé si como involuntario reflejo de lo que sufrió la city durante los amargos y trágicos bombarderos de la II Guerra Mundial.

Campbell inició su carrera influenciado notablemente por el universo lovecraftiano en una serie de novelas donde reactualizó los mitos de Cthulhu con originalidad y cierta agradecida charcutera. Más tarde exploró otros senderos de los territorios de lo macabro, metiendo sus pezuñas en sectas prohibidas de las que salieron excelentes (aunque algo largas) historias como Los Sin Nombre, llevada al cine con irregulares pero también inquietantes resultados por el español Jaume Balagueró, director de la exitosa Rec.

Clive Barker sorprendió a propios y extraños con sus Libros de sangre, antología de cuentos de terror donde dio un paso hacia adelante al explorar nuevos paisajes que hasta ese momento no habían sido investigados en demasía por otros autores residentes en el género. Su éxito se hizo llegar, aunque se disparó al contar con el espaldarazo del gran pope Stephen King, quien dijo aquello de “he visto el futuro del horror y su nombre es Clive Barker” a raíz de la lectura de los aún perturbadores cuentos que se incluyen en Libros de sangre. Lástima que las incursiones del sobresaliente escritor de Liverpool se dispersaran cuando tanteó la novela y el cine, donde la mayoría de sus obras no dejan de resultar efectistas pero también muy toscos artefactos para generar miedo.

James Herbert fue un novelista que gozó de bastante reconocimiento en los años 80 con una serie de novelas donde explotaba temas tan queridos por los aficionados como el gigantismos (La invasión de Las ratas), adoradores de deidades prohibidas (Sepulcro) o los espectros (El superviviente) pero planteandos como una curiosa y en ocasiones enloquecida vuelta de tuerca.

El espíritu que emana de sus historias no deja de ser el de una novelita de todo a cien, plagada de lugares comunes y personajes de una pieza pero que su autor, Herbert, manejados muy bien consciente de que su talento es bastante limitado y por lo tanto poco dado a extraños experimentalismos.

Por ello considero una injusticia que Herbet continúe siendo una especie de tonto en este triángulo diabólico que nos vino de la Union Jack. Casi como un Ringo Starr de la literatura de terror anglosajona relativamente apagado por el talento más serio e innovador de Campbell (¿George Harrison?) y Baker (¿Paul McCartney?) en lo que fue la gloriosa e irreverente fantasía británica de las dos últimas décadas del siglo pasado.

Décadas que no encontró a su peculiar John Lennon como cabalista del género. Claro que quien sabe, igual un día de estos Stephen King desde Maine vuelve a anunciarnos que ha visto el futuro del género y que su nombre es…

 Saludos, rememorando agradables lecturas de pesadilla, desde este lado del ordenador.

El poder, ya lo saben, corrompe

Viernes, Octubre 1st, 2010

Imagina que un día cubre una cúpula transparente tu ciudad. Que esa cúpula impide (según la situación en la que te encuentres) que salgas o entres en ella. Imagina también lo que podría pasar con el grupo de aislados, a partir de ese momento al margen de cualquier autoridad externa porque como he dicho nadie puede entrar ni salir de esa cápsula misteriosa que, demonios quién sabe por qué, se ha instalado en –reitero– tu ciudad.

Partiendo de tan interesante e inquietante premisa Stephen King vuelve a sorprender a propios y extraños con su última (y abultadísima en páginas) novela. Una ficción poblada de personajes, más de medio centenar, que le sirve de excusa para radiografiar las inestabilidades que podrían afectan a los responsables municipales y por extensión a los vecinos de una pequeña ciudad de la costa este de los Estados Unidos, casi todos ellos ciudadanos que creían en las bondades del sistema democrático norteamericano.

Sin temor a equivocarme, La cúpula, que así se llama este novelón de más de 1.200 páginas, es la historia más política del escritor de Maine. Su obra más descarnadamente ideológica. Una novela en donde el autor de éxitos como Carrie, El resplandor o Duma Key abraza sin prejuicio alguno la obamanitis que últimamente parece aquejar al país de las barras y estrellas. Y al abrazar este bando, permitirse el lujo de arremeter como buenamente puede contra la ultraderecha radical estadounidense. Esa derecha que asocia a garrulos cerveceros y predicadores de pacotilla.

Advierto por ello a los seguidores de este gran escritor (pese a quien le pese) que no es un título estrictamente fantástico del talentoso autor de Cementerio de animales, pero sí una de esas obras que no cuesta leer pese al número tolstoniano de páginas. Detecto además en la última producción literatura de King nuevos y audaces hallazgos, aunque su fórmula se mantenga inalterable.

Es su estilo. Y su estilo le ha dado mucho dinero.

En este sentido, resulta hasta divertido para cualquier avispado consumidor de literatura y cine de género detectar las “influencias” que alimentan este libro gigantesco (en páginas). La primera y más obvia es Los cuclillos de Midwich, de John Wyndham, novela que dio origen a esa obra maestra del cine fantástico que es El pueblo de los malditos (Wolf Rilla, 1960, y el remake que firmó de este mismo título en 1995 con mucha menos imaginación John Carpenter) así como la sabrosa canibalización que hace de sus propias historias con la intención de describir el universo cerrado y opresivo que ofrece de la pequeña ciudad oculta bajo la cúpula transparante: Chester’s Mill.

Leyendo, ¡qué digo!, devorando esta obra he llegado a la conclusión sin embargo que lo menos importante de La cúpula son sus elementos fantásticos (que los tiene) sino ese medio centenar de personajes que participan en esta peculiar odisea por detener el poder absoluto al que aspira uno de esos malvados kigneanos que, en esta ocasión, no necesita recurrir a las bajas instancias del averno para –viene a sugerirnos King  en sus 1.200 páginas– afirmar que el MAL –así con mayúsculas– no tiene necesariamente que venir del más allá o de otra dimensión.

Entre los fallos de esta obra, irregular porque resulta demasiado larga, el lector iniciado le echará en cara a su autor  que haya decidido poner el piloto automático en determinados capítulos del libro, lo que resulta francamente irritante porque siempre te asalta la sensación de dejarlo abandonado en la mesilla de noche si el asunto no se pone interesante. De todas formas, y confiando en que quien lo escribe es un auténtico experto en marear la perdiz, basta superar esos momentos tontos porque sabes que al final te picará con el aguijón de la adicción. Es decir, que sigues  leyendo al tiempo que te planteas preguntas. No ya por el origen de la dichosa cúpula sino de lo morbosamente atractivo que resultaría que una cosa de esas cubriera de repente tu ciudad. Claro que ¿acaso no ha cubierto ya la tontuna nuestra ciudad?

Me he llevado una de esas bobas alegrías con La cúpula al descubrir que King también es seguidor de las novelas de Jack Reacher, el investigador privado al margen de la ley creado por el escritor Lee Child. Si leen este novelón sabrán porque lo digo.

La cúpula cuenta con un excelente trailler promocional que les invito a que disfruten y es más que probable que termine convirtiéndose en miniserie de televisión producida por Steven Spìelberg. Cineasta que es algo así como  Stephen King en literatura: todo lo que toca lo convierte en oro.

Aunque, ¿pensándolo bien?, quizá sea la maldición de estos dos grandes maestros de la cultura popular de nuestro tiempo.

Saludos, aún fuera de la cúpula, desde este lado del ordenador.

Redrum, redrum, redrum!!!

Viernes, Mayo 21st, 2010

El resplandor según Stantely Kubrick cumple 30 años. Miro hacia atrás sin ira y pienso aquello ya tan manido de cómo pasa el dichoso tiempo.

Tuve la suerte de ver El resplandor (ya había leído la novela de Stephen King editada por Pomaire con el título de Insólito resplandor) en el cine Rex de Santa Cruz de Tenerife. En aquellos días donde todavía quedaban señoriales salas de cine en la capital tinerfeña y la amenaza de las multisalas y el vídeo nos sonaba a cuento chino.

Recuerdo que estaba realmente entusiasmado por contemplar lo que había hecho el director de Barry Lyndon con una de las mejores novelas del escritor de Maine, aunque también inquieto. Inquieto porque se rumoreaba que el cineasta había intentando con esta adaptación lo mismo que había conseguido con 2001: una odisea espacial, desconcertar a casi todo el mundo.

Me imagino que como a todos los desgraciados de mi puñetera generación, Kubrick les supo a gloria cuando lo descubrimos gracias a La naranja mecánica, cinta que disfruté de reestreno en el lagunero cine Coliseum, sala que más tarde se reconvertiría en salsódromo y que tras barajarse la posibilidad de que fuera sede la Filmoteca Canaria, hoy permanece cerrada a cal y canto.

En aquella ocasión, cuando viajar a La Laguna resultaba casi como ir de excursión, recuerdo que salimos de la proyección acojonados con el síndrome de Ludovico y pensando seriamente y también sin mucha originalidad en disfrazarnos de drugos cuando llegaran los carnavales.

Más tarde descubrí a otro Kubrick en Espartaco, en Senderos de gloria, Lolita y Atraco perfecto, y a una edad en la que no debía, su todavía solemne 2001: una odisea espacial. Filme del que salí sin entender nada.

Confieso así desde esta tribuna que fui de los gansos que no se cansaron en tomarle el pelo a Carlos Pumares en su descacharrante espacio radiofónico Polvo de estrellas para plantearle la inevitable pregunta de “Pero Carlos, ¿qué es eso del monolito? ¿Y al final qué coño significa el feto ese que flota en las estrellas?”

No me he cansado desde entonces de ver 2001: una odisea del espacio. Y cada vez que raya mis ojos saco conclusiones diferentes. La última fue la de no buscar mensajes sino dejarme arrastrar en esa extraña (aunque también pretenciosa) aventura que ha sabido superar la prueba del tiempo.

El resplandor según Kubrick –que ahora cumple 30 años– no tiene apenas nada que ver con la novela que la inspiró. Y fue tanto el cabrero de King que en su momento renegó tres veces de esta película, por lo que años más tarde se realizó una miniserie de televisión que siendo mucho más fiel al material literario resulta a la postre un ladrillazo de fantasmas y espectros.

El resplandor según Kubrick hay que verla así como 2001, y si bien reconozco que la primera vez salí del cine bastante mosqueado, a medida que la he ido viendo con el paso de los años es uno de esos título que crece. Y crece tanto que ya forma parte de los tesoros que probablemente me llevaré a la tumba.

No sé…Es como si esta película supiera despertar con perniciosa lentitud las pesadillas que creía tener bien guardadas en la cabeza.

Al margen del penoso doblaje en español, impuesto al parecer por el propio cineasta norteamericano, El resplandor es de esas películas que recuerdas gracias a un puñado de poderosas escenas que estremecen tus ideas.

A mí, por ejemplo, todavía me da un subidón de adrenalina cuando veo a las dos niñas fantasmas en el pasillo. O a Jack Nicholson besar a la hermosa mujer que reside en la habitación 237 y que de repente se transforma en una bruja repleta de pústulas sacada de un cuento infantil. O el lujoso bar del Overlook, atendido por ese inquietante y siempre solícito barman (interpretado por el gran Joe Turkel). O a Danny, el niño protagonista, recorrer solitario con su triciclo los larguísimos y amenazadores pasillos del hotel.

No sé si Kubrick revolucionó el cine de terror como revolucionó el de la ciencia ficción al vestirlo con pantalones largos, pero El resplandor continúa siendo un apasionante viaje al interior de la locura simbolizado en ese laberinto en el que muchos entran y ya no pueden salir.

De tanto en tanto recupero esta cinta –junto a Barry Lyndon– porque encuentro en ella a un cineasta que, siendo frío y hasta hostil con sus personajes, logra emocionarme. Por ello, permítanme que me sume al agasajo que celebra sus treinta años de existencia. Este filme, como buen clásico moderno que es, ya no hay zarpa del tiempo que lo envejezca.

Saludos, musitando muy cabreado (mis razones tengo) lo de redrum, redrum, redrum, desde este lado del ordenador.

Desgarrador

Viernes, Mayo 14th, 2010

Stephen King es un escritor al que recurro en los momentos bajos, esos que te envuelven como si se tratara de plástico y de los que parece imposible salir. Con el paso de los años, y llevo siguiéndole la huella a este escritor desde la noche de los tiempos, me he dado cuenta que hundiéndome en sus historias la losa de la depresión unida a un cansancio existencial de manual, suelen sanarme periódicamente. Quizá porque tengo la cabeza y el alma dispuesta para sumergirme en sus ocasionales tenebrosas pesadillas.

Algunos podrán llevarse las manos a la cabeza intentando explicar cómo para salir del pozo recurro a la obra de un escritor que ha sabido modernizar como nadie las claves del género, pero así son las cosas. Justifico este seguimiento además porque es un hombre que cuando está inspirado escribe muy bien y para todos los públicos, y conociendo como conoce las reglas de cómo atrapar el interés del lector en novelones que ocasionalmente sobrepasan las 700 páginas, tiene lo que se dice su mérito.

Entiendo aunque no comprenda el rechazo que rodea a King entre algunos aficionados no ya al género que tan bien cultiva sino entre los que van por la vida vendiendo seriedad en sus momentos de entretenimiento. Y leer es un entretenimiento que, desgraciadamente, muchos están empeñados en monopolizar cuando el escritor que se menciona pertenece al ejército de los que venden libros. Y King vende libros. Muchos libros. De hecho, la gente como yo no suele comprar sus libros por el título sino porque están escritos por él. Stephen King se ha transformado así en una marca que hace dinero independientemente de lo que escriba.

Como muchos aficionados me inicié en su universo leyendo Carrie y más tarde La hora del vampiro, ambas editadas en Chile por Pomaire. Devoré a continuación Insólito resplandor, también en Pomaire y la recopilación de relatos agrupados en el volumen El umbral de la noche.

A medida que iba produciendo, cada vez con más endemoniado entusiasmo, reconozco que empecé a perder interés por sus nuevas novelas (La zona muerta, Christine, Ojos de fuego, Cujo…) porque me daba la sensación de que eran nuevas vueltas de tuerca de sus primeras historias (adolescentes con poderes, entidades maléficas con reminiscencias lovecraftianas) hasta dejarlo aparcado –pensaba entonces que definitivamente aparcado– tras devorar obras magnas como La danza de la muerte e It. No obstante, y cuando la pesadilla de la realidad volvía a amenazarme desde su escondite, me procuraba algunos de sus nuevos libros en ediciones de bolsillo con la esperanza de superar esa fase en la que parece que una mano quiere tirarte definitivamente al abismo.

Me encontraba al borde de caer en la trampa por esa broma que son los golpes de la vida cuando descubro Duma Key, y la leo mientras dejo que la noche y los días pasen porque logra algo que parecía imposible en esta extraña relación de amor y odio que mantengo con el escritor. En especial desde que inició el para mi incomprensible ciclo de La torre oscura.

Con Duma Key he sentido algo que no sentía con sus novelas desde su ya clásica La hora del vampiro (Salem’s Lot): me atrapó y, lo que es mejor, sentí miedo y preocupación por lo que podría sucederles a sus protagonistas. También me envolvió esa extraña sensación que me pasa a veces de ir demorando la lectura –casi como si viajara a 20 kilómetros por hora por una autopista– con el objetivo de no llegar con prisas a su the end.

Será porque mientras la leía tenía los cinco sentidos puesta en ella y estaba sumido en la inquietud. Gracias a ello logré escuchar amplificado el ronroneo de la nevera y las gotas del grifo de la cocina caer contra el fregadero.

Así que percibir esa sensación de miedo es un aliciente para quien está iniciado en entretenerse con estas cosas. Sensación que se multiplica cuando se trata de la novela de un escritor que ha escrito tanto (y entre tanto, tantas cosas tan malas) que me sorprende y entusiasma.

Y entusiasma porque una vez más King usando sus mecanismos habituales (tener talento implica un precio, el mal es una entidad muy vaga, personajes de clase media alta relativamente liberales y la necesidad de contar con amigos cuando la familia se deshace) escribe un relato francamente bueno con ecos de William Hope Hogdson (el terror procede del mar) y desarrollar su acción en un escenario aparentetemente paradisíaco como es uno de los tantos cayos que bañan la costa de Florida. Sus personajes principales, además, rondan los 50 años de edad.

Terminé de leer esta novela hace unas horas con la pretensión de que sedimentara dentro de mi cabeza. No sé cuanto tiempo aguantará en ese rincón del cerebro donde escondo mis tesoros aunque intuyo que poco. Pero estas cosas me pasan con casi todas las grandes novelas de King, las disfruto muy mucho cuando las leo y las olvido con asombrosa facilidad cuando las dejo. El mismo escritor ha dicho a propósito que escribe para que sus libros sean leídos lo que dura un trayecto largo de avión. Puro entretenimiento. Delicioso entretenimiento, añadiría.

Tanto, que siento que todavía me encuentro en las fantásticas y solitarias playas de Duma Key esperando encontrarme a…

En fin.

Saludos, kingneanos, desde este lado del ordenador.

La rabia es así de rabiosa

Domingo, Mayo 9th, 2010

Me encuentro tontamente feliz leyendo una novela de Stephen King cuando llaman a la puerta. Miro el reloj preocupado porque son las dos de la mañana. Me hago el loco, mintiéndome a mi mismo: “es imposible que llamen a esta hora”.

TOC TOC TOC resuena. RING RING RING atruena.

Me levanto más atontado de lo que me encuentro gracias a la novela de King. Voy a la puerta y me asomo a la mirilla.

Y oh sorpresa: contemplo las alargadas siluetas de cuatro agentes de la policía autonómica vistiendo ese uniforme de carnaval.

Abro el cerrojo.

- Orden de registro, mi niño.- exclama el que parece más viejo mientras irrumpe en mi santuario.

- ¿De registro?- logro balbucear.

- De registro, mi niño.- me dice el más viejo estampándome en los ojos una orden de registro.

- Pero ¿qué buscan?- atino a preguntar sin salir de mi confusión.

- Libros, mi niño.- exclama el más viejo entrando en la biblioteca.

- ¿Libros?

- Libros.- responde uno que lleva bigote de morsa.

Los veo repasar mi estantería y tirar al suelo las novelas policíacas y pisotear  ejemplares de maestros como David Goodis, Burnett, Hammett, Chanlder, Macdonald, Thompson… También las novelas de Poe, Lovecraft, Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Dos Passos, las de Thomas Mann, Herman Hesse, Joseph Roth, Meyrinck, Graham Greene, Eric Ambler, Sturgueon, Bradbury, Bester, Ian Fleming

- ¡Pero qué demonios buscan!- exclamo ya fuera de mí.

- Escritores españoles. Godos… ¿es qué sólo lee usted a extranjeros?- me dice el de bigote de morsa con La peste de Camus en la mano.

- Pues no… ¿es un delito?

El viejo me arrincona en una esquina y sigue tirando libros al suelo: Maupassant, Chéjov, Dostoieski, Tolstoi, Lérmontov, Frank Norris, Daudet, Crane, London

Exclama un ahh aliviado el del bigote de morsa repentinamente.

- Aquí están, jefe. Aquí están.

Oigo como caen al suelo ejemplares de Quevedo, Lope, Cervantes, Baroja, Unamuno, Valle Inclán, Gómez de la Serna

- Pero qué coño….- les grito. Uno de los policías, el más joven, me tapa la boca.

- A ver, a ver… ¿no sabe usted que estos escritores están prohibidos?

Niego con la cabeza. El que me tapa la boca retira su asquerosa manaza de mi boca.

El viejo policía va metiendo en un saco las novelas de Clarasó, Fernández Flórez, Edgar Neville, Goytisolo, Bennet, Marsé, Montalbán

- A partir de ahora: Sólo canarios.

Y pienso: ¿digo no o sí?

- ¿No tiene usted a ningún canario en esta biblioteca de extranjeros?- dice el viejo que, presumo, en su vida habrá leído un libro.

- Lo que tengo son libros.- le escupo quizá con la idea de pasar a la posteridad.

- ¡Jefe!- exclama el del bigote de morsa.- ¡Aquí están los canarios!

- Pase usted lista.- ordena el viejo.

Y recita los nombres. Y el viejo asiente con la cabeza mientras repasa con los ojos una hoja de papel que tiene en su mano izquierda.

- Mmmm, apto. Mmmm, apto….

- José Carlos Cataño, Juan Cruz, Juancho Armas Marcelo, Fernando Delgado

- ¡Alto!.- exclama el poli viejo, quien añade a continuación: ¡esos al saco!

- ¿Por qué?- pregunto sin entender nada.

- Por godos.

- ¿Godos?

- Godos.- asiente el viejo.

Oigo como los libros caen al saco.

- ¿No tiene ningún libro prohibido escondido por ahí?

- ¿Libro prohibido?- atino a contestar.

El viejo se encoge de hombros y le hace un guiño al del bigote de morsa.

- Gracias mi niño por su colaboración. Y Asómese a la ventana. Únase a la fiesta.

Cierran con cuidado la puerta y escucho como bajan las escaleras. Cuando recupero la calma (las cuatro de la mañana) miro cómo han dejado mi biblioteca. Empiezo a colocar como puedo los volúmenes que me han dejado mientras me asaltan las lágrimas a los ojos.

Un grito en la calle me petrifica. De la mano del diablo me asomo a la ventana.

Los policías autonómicos han hecho una montaña de libros en la calle, los ejemplares están empapados de gasolina.

El más viejo enciende una cerilla.

- ¡Más nunca!- exclama arrojándola a la pira.

- ¡Más nunca!- exclaman algunos vecinos asomados a las ventanas y otros que han formado un corro en torno a esta improvisada hoguera callejera.

¿Qué siento?

Sí que lo sé…

La rabia es así de rabiosa.

Saludos, visionarios, desde este lado del ordenador.

Esas inquietantes reflexiones que me asaltan cuando viajo en el tranvía…

Miércoles, Abril 7th, 2010

*) Por la prensa escrita me hago una idea del espectáculo que se produjo ayer en la rueda de prensa de Slava’s Snowshow. Parece que se hizo mucho el payaso y que muchos de estos payasos iban sin maquillaje, ni pelucas ni narizotas de goma. En la mesa estaban además de los artistas de la risa, nuestro viceconsejero de la cosa Cultural, Alberto Delgado, y el director de programación del Auditorio, José Luis Rivero. Falló a la cita Cristóbal de la Rosa, que para estas cosas tiene un olfato que no veas…

La crónica de El Día da unas pinceladas del acto dedicado a los chicos de la prensa e incluye en su edición de papel una buena secuencia fotográfica del desmadre que padeció (con notable sentido del humor) Alberto Delgado. Es una pena, no obstante, que no estuviera el ausente, a quien podrían haber disfrazado de clown.

Yo me lo imagino maquillado y con peluca colorada y ¡zas! se me viene a la memoria Pennywise, o el Eso de la novela Eso (It) de Stephen King.

*) La Fundación Pedro García Cabrera tuvo hoy la generosidad de invitarme a participar en una mesa redonda para que hablara de mi experiencia bloggera. Recién llegado a casa les escribo brevemente sobre lo que me ha parecido participar en este foro compartiendo protagonismo con el responsable del suplemento cultural Pleamar de Canarias 7: muy interesante. Se habló de casi todo. De medios en las islas, prensa cultural, periodismo, creación, Internet y blogs, entre otros temas. Lo mejor vino, sin embargo, con el tradicional turno de preguntas, algunas de ellas con sana voluntad destripadora. 

*) La verdad es que no entiendo esa manía que nos entra por vaticinar catastróficas desgracias. Leo y releo las notas que se han publicado en torno al frustrado concierto de Whitney Houston en París y en casi todas estas noticias no se sugiere pero se entiende que, probablemente, la cantante y ocasional actriz terminará por suspender su directo en Tenerife.

No soy seguidor de la Houston. De hecho me enteré que existía en el mundo del espectáculo a raíz de su actuación en el filme El guardaespaldas, una película estimable para quien les escribe. Así que si viene la Houston no iré al concierto. Esto no quita que me irrite que los visionarios parezcan frotarse las manos esperando que la cantante acabe también por borrar de su gira el nombre de esta isla por sus más que publicitado mal estado de salud.

Eso es lo que se explota informativamente hablando de tal señora y no sus cualidades como intérprete. El colmo: veo en uno de estos medios la fotografía de la cantante antes y después de que la depresión arruinará durante un tiempo su carrera. Y esa imagen que me la muestra ora pletórica de vida y ora como un cadáver andante, hace recordar a las fotografías de remedios milagrosos que prometen convertir en cuestión de días a un gordo en un enclenque. Conclusión: me entra escalofríos. 

*) Estos últimos días me he dedicado a revisitar las películas que conforman mi deuvedeteca. Han vuelto a caer Dillinger, de John Milius, una de las mejores películas sobre gángster de los violentos años 20 que se rodaron en los 70 y –cómo no– la imprescindible trilogía de El padrino, de Francis Ford Coppola, entre otras. Se tratan de películas que he visto un millar de veces y que pese a todo me siguen atrapando aunque casi las sepa de memoria.

Con todas ellas siento las mismas emociones que viví la primera vez que las ví aunque de manera diferente, como si tanto los largometrajes como quien les escribe ya no fueran los mismos. Repescando estas cintas que considero clásicas en mi memoria cinéfila me pregunto si merece la pena meterse en el cine para ver lo que ahora mismo se estrena por esta tierra. Últimamente tengo la sensación de que no vale la pena gastarse dinero en una entrada.

No sé –pero tampoco me preocupa– si es una buena idea esto que estoy haciendo, la de volver a ver las películas que me han marcado y no descubrir cosas nuevas, pero es uno de los últimos refugios que me quedan para que siga creyendo en eso de ¡Qué grande es el cine!

Saludos, confesando el miedo que siempre le he tenido a los payasos con o sin maquillaje, desde este lado del ordenador.