Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Fernando Fernán Gómez cumple 100 años

Sábado, Agosto 28th, 2021

En mi memoria cinéfila Fernando Fernández Gómez, conocido como Fernando Fernán Gómez (Lima, Perú, 28 de agosto de 1921-Madrid, España, 21 de noviembre de 2007), es aquel actor y cineasta al que conocí en blanco y negro. Ese tipo que se especializó en interpretar a españolitos que vienen al mundo aunque su apariencia física no fuera, precisamente, la de un celtíbero.

Alto para la época en la que hizo carrera en el teatro y cine español –la dura postguerra de una guerra que cargamos casi todos como una cruz–1,80 leo en alguna parte y con el pelo color zanahoria y una narizota que no envidiaría ni el mismo Karl Malden, si algo me llamó y me llama la atención de Fernán Gómezfue y es su vozarrón. El que tuvo de joven, extraño por cantarín y algo ingenuo si quieren y cavernario y hasta antipático cuando las sombras de la vejez se adueñaron de su cuerpo y de su cabeza.

Actor, director, escritor (estupendas sus memorias, también sus obras de teatro), la televisión nunca terminará de pagarle la contribución que hizo al medio, a esa pequeña caja que no resulta tan tonta, con series como El pícaro que, lo que no supo lograr ningún profesor de mi etapa de estudiante, alcanzó el sin par o simpar… que me adentrara en un universo literario que narra la vida del golfo, del truhán, del buscón, del que sale adelante cómo buenamente o malamente puede. Y todo ello narrado con burla, lo que genera risa, que te partas el estómago ante lo miserable que podemos llegar a ser las personas sin distinción de sexos.

Fue protagonista, además, de dos grandes películas de ese cine que llaman español: Domingo de carnaval y El último caballo, a las órdenes de Edgar Neville que fue el gran cineasta de un Madrid castizo que, dudo yo, se pueda uno encontrar actualmente en la capital de España; y de otro puñado de películas entre las que destacaría varias que dirigió el mismo Fernán Gómez como El mundo sigue, que adapta la novela del mismo título de Juan Antonio Zunzunegui, un autor olvidado pero que pide a gritos su recuperación, y filme que fue secuestrado por el régimen para rescatarse cuando falleció aquel general de cuyo nombre no quiero acordarme.

Y El extraño viaje o El viaje a ninguna parte (legendario ya su señoritoooo y su ¡me cago en la madre que pario a los Lumi’ere!) entre otras cintas que dirigió con olfato de cineasta, de tipo que, como el cineasta que interpreta en Vida en sombras (¡gracias Benito!), conoce pero sobre todo ama al cine. El cine como medio de expresión, como lenguaje a través del cual no solo articular historias sino retratar el alma humana. En fin, que no son horas para que me ponga poético pero es que son cien, 100, cien años del nacimiento de uno de los más grandes, si no el más grande, creadores de ese cine que llaman español. Y digo llaman porque durante un tiempo perdió el tino y solo rodaba en inglés.

Estén atentos a su poderosísima cinematografía y vuelvan a ver cualquiera de sus películas. Incluso las ñoñas y hoy políticamente incorrectas por el mensaje que transmiten. Si ven éstas, háganlo con la mirada de un espectador de nuestro tiempo y sean conscientes que aquello que observan es el retrato de otro mundo, de otra sociedad, de otro sistema que, concluyan que sí, existió. Yo, por eso, sigo disfrutando y hasta sonriendo con Balarrasa, la historia de un legionario que cambia el color de su uniforme por la sotana negra de un sacerdote, su maravillosa versión de El malvado Carabel y de La venganza de Don Mendo, la primera una novela de otro escritor a reivindicar, Wenceslao Fernández Flórez y la segunda una obra de teatro de Pedro Muñoz Seca, ese ya anciano dramaturgo de derechas al que fusilaron los milicianos en Paracuellos del Jarama y que, cuenta la leyenda, les dijo al pelotón antes de que lo ejecutaran que le podían quitar su dinero, su casa y hasta su familia pero no el miedo “que tengo”.

En fin, las cosas de esta España insólita, negra, que se acostumbró a convivir con el miedo y hasta echarse unas risas con lo que tanto teme.

No me interesa tanto la etapa madura de Fernando Fernán Gómez como actor. Ya no tiene la gracia que sí le percibo en las tanda de largometrajes que rodó durante la dictadura. Pasa, como les pasó a otros grandes del cine nacional como Berlanga, Barden, Paco Rabal, Fernando Rey, entre otros, que se quedaron descolocados. Recuerdo que en cierta ocasión y en una entrevista que mantuve con el director de Plácido éste me dijo que al menos cuando Franco se estrujaban el cerebro cuando escribían los guiones para eludir la censura y eso, digo yo, dio como resultado obras que todavía no me explico cómo dejaron estrenar como la misma Plácido o El verdugo. Fernán Gómez no tuvo esa suerte con El mundo sigue pero ya ven así eran las cosas en aquella España de pandereta que hoy es menos España pero sí algo más pandereta.

Entre las muchas cosas que lamento es no haber podido entrevistarlo. Así que no puedo imaginarme cómo pudo haber sido ese encuentro. Sobre todo cuando la mayoría si hoy lo recuerda no es por su aportación al cine ni al teatro ni a la literatura escrita en español sino por aquel ¡a la mierda! que espetó a un periodista que le tocó digamos que los bajos.

De un plumazo aquella imagen disolvió en el aire la trayectoria de un hombre que aportó tanto a la cultura malherida de este país. Fernán Gómez, el grande, se transformaba de pronto en Fernán Gómez el cabreado, el viejo con mala hostia.

No pensó el abuelo que su país ya no era el mismo que lo vio crecer como hombre y como artista. Que su tierra profunda había dejado de parir a los inolvidables pícaros y buscavidas del pasado para solo reproducir sinvergüenzas sin distinción de sexos. Que un hombre como él, con un corazón tan grande y generoso ya no tenía cabida en un país que se le quedó demasiado pequeño.

Un español con todas sus letras. O un ácrata, también con todas sus letras.

En las imágemes, el actor en El malvado Carabel (Fernando Fernán Gómez, 1956) y El mundo sigue (Fernando Fernán Gómez, 1965)

Saludos, ovación cerrada, desde este lado del ordenador.

Mario Moreno cumple 110 años y Cantinflas, un poquito menos

Jueves, Agosto 12th, 2021

“La ’filosofía’ de la vida es “to be or not to be” que quiere decir “te vi o no te vi”.

“Ahí está el detalle, señor juez, no es lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”.

“Lo difícil lo hago de inmediato, lo imposible me tardo un poquito más”.

“No sospecho de nadie, pero desconfío de todos”.

“O actuamos como caballeros, o como lo que somos”.

(Cantinflas, filósofo)

Probablemente sean muy pocos los que lo reconozcan por su nombre y apellido, Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes (Ciudad de México, 12 de agosto de 1911-Ibidem, 20 de abril de 1993) pero sí les digo que se hizo eterno como Cantinflas, no es que esté seguro, pongo la mano en el fuego (¡ay!) en que más de uno y de dos y de tres sabrá a quien me refiero… Sí, a ese mismo, al cómico mejicano que hizo inmortal el arte de tomarle el pelo a todo el mundo, incluido él mismo.

Casi nadie sabe de donde sacó el nombre, Cantinflas, que hoy ocupa una entrada en el Diccionario de la Real Academia, y Mario Moreno, el hombre detrás de la máscara, se fue al otro mundo a vacilarse con Dios y los ángeles sin que revelara de dónde salió lo de Cantinflas. Uno dicen que de la expresión “inflas en la cantina” que, al parecer, le hacía mucha gracia a nuestro hombre, pero el debate sigue abierto mientras alimenta el mito de un artista que, de verdad, aquí en la tierra en la que vivo fue toda una estrella (como lo fue internacional) y al que llegamos por las películas que protagonizó. Y es que este caballero de desgarbada figura elevó a obra maestra el arte de la verborrea, de no decir nada hablando mucho, lo mismo que unos que yo conozco aunque estos últimos no tengan maldita la gracia.

Tuve así la suerte de ver muchas de sus películas en pantalla grande. Riéndome cuando era un renacuajo de aquel fulano que soltaba frases absurdas como una ametralladora y ya de adulto (o de Peter Pan con pantalones largos) con el mismo actor interpretando casi siempre al mismo personaje. Personaje que disfruta de plenitud en las películas que rodó en blanco y negro y personaje del que se fue deshaciendo cuando saltó al color donde Cantinflas dejó de ser Cantinflas para convertirse en El padrecito, canciller de la imaginaria república de Los Cocos, profesor y patrullero de la policía mejicana en la que probablemente sea, esta última, una de sus peores películas.

Fue tanta la fama de la que llegó a disfrutar en vida Cantinflas que Mario Moreno tuvo que dejar que dominara su vida a medida que llenaba de dinero sus bolsillos y crecía su influencia. Hizo de Picaporte, el leal compañero de Phileas Fogg en La vuelta al mundo en 80 días, una maravillosa y verniana película repleta de cameos de estrellas de cuando Hollywood era Hollywood y con marcado acento mexicano de Sancho Panza en Don Quijote cabalga de nuevo, película en la que no se despega del caballero de la triste figura, un Fernando Fernán Gómez lanza en ristre contra gigantes con formas de molinos de viento… pero sí por algo lo celebramos quienes crecimos con él son por sus comedias. Comedias que en los últimos tiempos caían en un sentimentalismo que ahora da risa maría luisa pero que en su momento nos tragábamos entre carcajadas, risas locas por cómo decía las cosas aquel mamarracho, ese cantinflas de la vida que fue Cantinflas en pantalla (grande o pequeña) con el fin de poner las cosas del revés. Y una vez puestas, volver a manipularlas para devolverlas a su estado original.

Ese y no otro fue Cantinflas, una de las estrellas más grandes del cine hablado en español. Español mejicano que entendemos casi todos con independencia de donde haya aprendido a hablar este idioma que cruzó y cruza fronteras.

Busquen por la red su inspiradora Por mis pistolas y escuchen si pueden sin que les de la risa Un día con el diablo, en la que desafía al mismísimo Sata, Sata de Satanás.

Como solo alcanzan los grandes humoristas, Cantinflas soltaba chistes como un filósofo suelta ideas. Sus bromas, sus cantinfladas, tienen que entenderse así como piezas de una profundidad extrema, torpedos que van dirigidos a la línea de flotación de nuestra experiencia diaria (tristona) para celebrarla con carcajadas. Ya lo dijo ese escritor francés que sin ser Cantinflas lo imitó sin que se diera: la risa es tomarse en serio las cosas. Por eso Cantinflas, no Mario Moreno, se partió de la risa toda su canallesca vida.

La pregunta es: ¿de quién se reía este vagabundo que por no tener no tenía ni donde caerse muerto? Pues de todos nosotros y, especialmente, de sí mismo que es a lo máximo que puede llegar los hombres sabios, tan sabios como… Cantinflas.

Saludos, viva su excelencia, desde este lado del ordenador

Una bola de fuego

Viernes, Julio 16th, 2021

Cuentan que fue Frank Capra quien le enseñó a Ruby Catherine Stevens (Brooklyn, Nueva York; 16 de julio de 1907-Santa Mónica, California; 20 de enero de 1990), de nombre artístico Barbara Stanwyck, que el secreto de una actriz estaba en su mirada. Y miradas hay muchas en el largometraje más popular que rodó junto al hombre que creyó en el sueño americano: Juan Nadie, una película en la que Barbara además de ser muy bárbara está a la misma altura (aunque no fuera demasiado alta en la vida real) de Gary Cooper.

Más tarde trabajaría con cineastas tan solventes y respetables como Howard Hawks, Fritz Lang y Douglas Sirk, que llegó a considerarla como la mejor actriz de su época y razones no le faltaban.

La vida de la actriz no fue demasiado fácil. Nació en el seno de una familia muy pobre y pronto aprendió a buscarse la vida por su cuenta, desempeñando toda clase de oficios. Entre otros el de modelo, que fue el que le abrió las puertas de Hollywood.

De naturaleza volcánica y educada en sitios inimaginables, Barbara Stanwyck fue escalando puestos en la fábrica de sueños gracias a una voluntad de hierro que, a decir de quien la conocieron, nunca le abandonó. Quienes fueron sus amigos la siguen amando con devoción casi religiosa y quienes llegamos a ella gracias al cine mantenemos la misma fe pese a que la actriz no fuera una belleza tipo Hollywood, sino una mujer con un encanto dentro y fuera de ella que arrasaba con todo lo que estuviera a su alcance.

Seguidor de su carrera desde que tengo uso de razón, Stanwyck fue una actriz natural, tanto en su tiempo como el nuestro, y lo mismo se movía en el drama como en la comedia. Nos encanta en Bola de fuego donde más que encarnar a una chica Hawks, convierte a Hawks en un chico de la Stanwyck. Billy Wilder que supo ver lo que llevaba dentro, la contrató como la mujer fatal que enreda a un casi siempre torpe Fred MacMurray en Perdición, un filme que cuenta con guión de Raymond Chandler según la novela de uno de los grandes del género negro y criminal, James M. Cain (El cartero siempre llama dos veces)

Los puristas le critican que no fuera demasiado selectiva con las historias que por contrato le obligaron a rodar pero es que incluso con esas, aunque la película no sea una obra que perdure, merece por ella la pena verse.

No le gustaba hablar de su infancia y fue muy celosa con su vida privada mientras navegaba en ese río lleno de obstáculos que es Hollywood, esa ciudad en la que además de rodar películas era –y probablemente lo sea ahora– una fábrica de chismes.

Le buscaron amantes femeninas como Marlene Dietrich y Joan Crawford pero también masculinos. El primero de ellos, un actor del que ya nadie se acuerda, Frank Fay, procuró hacerle la vida imposible hasta que dijo basta. Más tarde volvería a casarse con Robert Taylor, que era varios años menor que ella –”el chico tiene mucho que aprender y yo tengo mucho que enseñar”– y mucho tiempo después un romance con otro Bob, Robert Wagner, que dijo a quien quisiera escucharle que aquella relación le había dado “autoestima”.

Su filmografía está salpicada de grandes títulos de la Historia del Cine, alguno de ellos western que por la razones que sean no han trascendido como deberían porque están protagonizados por una mujer de armas tomar (nunca mejor dicho). Yo no me perdería por eso Las furias, que es el otro gran western feminista de la Historia del cine junto a Johnny Guitar, cuya protagonista fue, precisamente, una de sus mejores amigas, Joan Crawford, y Cuarenta pistolas, una emocionante película del oeste con soterrado contenido sexual.

William Holden y Marilyn Monroe fueron actores que compartieron sus primeros trabajos con Barbara Stanwyck. El primero no se cansó de repetir que estaría en deuda con ella toda la vida por el cariñoso trato que recibió de la actriz en su primera película como protagonista, Sueños de oro. Marilyn dijo que había sido la única persona amable que encontró “entre los actores de la vieja escuela”.

Los últimos años de su fulgurante carrera terminaron en la televisión donde apareció como estrella especial en culebrones como Los Colby y El pájaro espino. Pero ya no era la misma, la huella de la edad no fue clemente con ella.

No obstante, y si la ven, comprobarán que con todo aún conserva la fuerza que supo transmitir siempre en sus apariciones en pantalla, fuera grande o pequeña. Una bola de fuego que en su caso crece y crece y crece hasta alcanzar proporciones gigantescas y… barbaras como su nombre artístico indica…

Así que… Qué mujer, qué actriz, qué grande fue y sigue siendo Barbara Stanwyck.

En la imagen, la actriz en Perdición (Billy Wilder, 1944)

Saludos, corta, corta, corta, desde este lado del ordenador

George Sanders: “Querido mundo: He vivido demasiado tiempo”

Sábado, Julio 3rd, 2021

Actor, escritor –algunas de sus novelas de misterio se publicaron en España en la ya legendaria colección Austral de Espasa Calpe– y cantante incluso, no tenía mala voz aunque al lado de Frank Sinatra sí que desentonada, George Henry Sanders (San Petersburgo, Imperio ruso; 3 de julio de 1906 – Castelldefels, España; 25 de abril de 1972) es uno de esos grandes intérpretes del cine norteamericano que permanece a un lado, en una discreta esquina de la sin memoria, a la espera (o no) de que llegue alguien y lo saque a la luz para mostrar al mundo y a todos nosotros que aquel secundario, preferentemente, que robaba planos al protagonista tenía nombre y apellido.

Hombre de refinada educación, lo que transmite en cada uno de sus trabajos, a George Sanders lo encasillaron sin embargo en papeles de villano a los que prestó elegancia y saber estar en cada momento que lo vemos en pantalla. Como protagonista y secundario de lujo lo descubrimos en dos grandes películas que adaptaron dos grandes novelas de la literatura de todos los tiempos: El retrato de Dorian Grey (Albert Lewin, 1945), donde se pone en la piel del mefistofélico lord Henry Wotton y en La vida privada de Bel Ami (Albert Lewin, 1947), en la que interpreta al ambicioso periodista que hace carrera no por el ingenio de los artículos que escribe sino por las mujeres que conoce dentro y fuera de la cama.

Si uno ve esta películas que dirige además un cineasta al que con el paso del tiempo habrá que rendir homenaje, Albert Lewin (director de esa obra maestra de amor fantástico que es Pandora y el holandés errante) es imposible imaginarse al refinado y ambiguo lord Henry de la novela de Oscar Wilde así como al egoísta periodista de la novela de Guy de Maupassant sin las estilizadas formas de Sanders, un actor que transmitía sensaciones no solo a través de una voz grave sino también, y quizá lo más importante, con sus silencios que subraya con una débil sonrisa y una mirada capaz de derretir los hielos de ambos polos.

Recordamos, o recuerdo a George Sanders de todas formas por sus trabajo de malvado cansado, de tío harto de hacer el mal pero que lo hace porque así está escrito en el guión. Hace de cruel aristócrata en esa grandiosa película de aventuras con mensaje feminista que es Ambiciosa y de caballero templario en Ivanhoe que es una cinta de torneos medievales que no me canso de ver ni de leer la magnífica novela que la inspira, escrita por sir Walter Scott, a quienes los dioses tengan presentes. Repite papel parecido en otra obra maestra del cine de aventuras, Los contrabandistas de Moonfleet, a las órdenes de un inspiradísimo Fritz Lang aunque por si uno de sus papeles lo recuerda la hermandad cinéfila es por el de irónico crítico de arte Adisson DeWitt en Eva al desnudo (Joseph L. Mankiewicz, 1950), que es una de las grandes películas de su director y del estupendo equipo de actores que reúne comenzando por Bette Davis y Anne Baxter y terminando con George Sanders y la rubia que no es tan tonta que lo acompaña en la película, una jovencita y apenas debutante actriz llamada Marilyn Monroe.

Pero…, y que quede constancia, George Sanders no solo hizo de villano en el cine. En Te querré siempre, una hermosa historia de amor que parece que se quiebra y que dirige Roberto Rossellini, George Sanders es el marido de Ingrid Bergman. Están de viaje por una Italia que en aquellos años, los 50, todavía permanecía en ruina por una guerra mundial que no tuvo que haber sucedido nunca. El deterioro de la pareja con el deterioro de la ciudad de Nápoles, una de las ciudades italiana más castigadas por aquel conflicto, se entremezcla en una cinta que, créanme, no pasa la sombra del tiempo ya que sigue conmocionando y conmoviendo y, al mismo tiempo, haciéndonos pensar en lo grande que fue el cine.

En esa obra maestra olvidada del cine extraño que es El pueblo de los malditos, adaptación de la novela Los cuchillos de Midwich escrita por uno de los grandes del género, el británico John Wydham, Sanders tiene que enfrentarse a unos niños que han sido abducido por entidades extraterrestres con el siguiente dilema moral: ¿quién puede matar a un niño, aunque esos niños puedan leer la menta y obligar a los adultos a hacer cosas que no quieren? Esta película supuso, es una opinión personal, uno de los últimos grandes trabajos en la filmografía de un actor que dignificaba con su presencia incluso aquellas películas que no valen nada y que rodó porque hay que comer… Puso, eso sí, la aterciopelada voz al malvado y cruel tigre Serkhan, en la adaptación para dibujos animados de El libro de la selva... Y sí, Serkhan sería otro si no llega a doblarlo George Sanders que, estoy seguro, entendió desde el principio las motivaciones de ese personaje que se mueve a cuatro patas con un abrigo naranja y rayas negras.

Pasó el tiempo, y el tiempo terminó por olvidarlo. Hastiado del oficio, deprimido por la muerte de su hermano, el también actor Tom Conway del que se había distanciado por sus problemas con el alcoholismo y tras varios matrimonios fracasados (dos con las hermanas Gabor), George Sanders terminó por refugiarse en un hotelito de Castelldefels (Barcelona) donde puso fin a su vida dejando una nota cuya lectura todavía me emociona por lo que revela y por lo que piensa de la humanidad entera, incluido él mismo:

“Querido mundo: He vivido demasiado tiempo, prolongarlo sería un aburrimiento. Os dejo con vuestros conflictos, vuestra basura, y vuestra mierda fertilizante”.

Su cadáver fue incinerado y cuenta la leyenda que desde entonces sus cenizas flotan en el aire.

Harto de esperar planteo la pregunta que suelo plantearme todos los años cuando llega la fecha del nacimiento de George Sanders, ese actor refinado y elegante al que los dioses han acogido en su gloria: ¿para cuándo la publicación en español de sus memorias? Recuerdos que llevan por título Memorias de un farsante profesional

Mientras espero, recojo algunas reflexiones y pensamientos que dejó escritas el caballero que escapó con su familia de Rusia tras el triunfo de la Revolución bolchevique:

“No soy irreligioso, ni ateo, ni irreverente. No defiendo la apostasía, ni siquiera soy agnóstico. Simplemente no tengo la menor idea de qué significado tiene todo esto”.

“Almorcé con Marilyn Monroe un par de veces y encontré que su conversación era inesperadamente profunda. Mostraba un interés en temas intelectuales que, cuanto menos, me dejó desconcertado. Quizá debería añadir que en su presencia no era fácil concentrarse en algo intelectual”.

“Para empezar, es imposible estar enamorado de una mujer sin experimentar en ocasiones el irresistible deseo de estrangularla. Lo cual puede conducirte a situaciones desagradables. Las mujeres son muy sensibles con eso de que las estrangulen”.

“Desde que empecé con esta profesión mía de actor he tenido siempre un profundo sentimiento de irrealidad. Y la atmósfera de Hollywood no ha ayudado a disiparlo”.

“Quizá mi curiosa indiferencia al éxito se entenderá mejor si te digo que la fuerza más poderosa de mi naturaleza ha sido la pereza; y para practicarla con razonable confort, he llegado al extremo de estar dispuesto a trabajar… de vez en cuando”.

“En pantalla soy usualmente un cínico de modales exquisitos, cruel con las mujeres e inmune a sus insinuaciones y caprichos. Esa es mi máscara, y me ha servido bien durante 25 años. Pero en realidad soy un sentimental, sobre todo en lo que respecta a mí mismo; siempre al borde de las lágrimas por las emociones más ridículas e invariablemente víctima de la inhumanidad que despliegan a veces las mujeres con los hombres. Es comprensible que haya adoptado esta máscara para proteger mi naturaleza ultrasensible. Y por fortuna no solo me ha protegido sino que me ha dado de comer. Si te cuento todo esto es para que entiendas que aunque en el cine soy invariablemente un hijo de perra, en la vida real soy un chico encantador”.

“Soy un católico reformado y recompuesto. En otras palabras: soy un budista”.

“Las mujeres son como las enfermedades infecciosas. Una recaída es siempre de enorme gravedad. Mi boda con la enloquecida bruja de Zsa Zsa fue un craso error. Me avergüenza decirlo, porque no se debe golpear a las mujeres, pero yo sí lo hice. En defensa propia, claro está…”.

En las imágenes, el actor en: Te querre siempre (Roberto Rossellini, 1954)

Saludos, nos inclinamos, desde este lado del ordenador

Los gigantes no andan solos

Jueves, Julio 1st, 2021



William Wyler
(Mulhouse —hoy Francia, entonces Alemania—, 1 de julio de 1902 – Los Ángeles, 27 de julio de 1981) fue, es y será uno de los más grandes cineastas del cine norteamericano de todos los tiempos.

Su filmografía debería de estudiarse con la atención que se merece y si bien ha sido reivindicado por un puñado de fanáticos entre los que me encuentro, no termina de ocupar un espacio en ese canon donde gravitan otros grandes directores como John Ford y Alfred Hitchcock.

Los aficionados le debemos a Wyler un magnífico western, Horizontes de grandeza, que es esa película donde el cineasta de afilada mirada rinde homenaje a un paisano antes de que este país, España, se fuera al carajo, Francisco de Goya, en una escena que, personalmente, me parece de las más bellas de la Historia del Cine: en un plano general, Gregory Peck y Charlton Heston miden sus diferencias a puñetazos que el espectador otea y escucha en la distancia porque nos encontramos en un lejano territorio cuyo horizonte solo puede ser de grandeza…

William Wyler se manejó muy bien en el drama y, en contra de otros compañeros de generación, supo dar carácter al reparto femenino. Bette Davis es la protagonista absoluta de Jezabel con permiso de Henry Fonda y su gótica versión de Cumbres borrascosas continúa siendo la mejor adaptación al cine de la inmortal novela de Emily Bronté con una gigantesca Merle Oberon invisibilizando al mismísimo Laurence Olivier, inolvidable Heathcliff por otra parte.

Wyler, que sirvió en la fuerza aérea durante la II Guerra Mundial y experiencia que dio origen a un ejemplar trabajo propagandístico titulado Memphis Belle, la fortaleza volante que surca los cielos de Europa, es autor de dos grandes películas sobre aquel periodo y sus secuelas como son La señora Miniver, largometraje que contribuyó a que Estados Unidos entrara en guerra y Los mejores años de nuestra vida, un filme que narra la vuelta a casa de los veteranos de aquel conflicto.

Otros filmes del maestro son La heredera, La carta, La calumnia y una de romanos que ha terminado con el tiempo en convertirse en la película de romanos: Ben-Hur. Tuvo tiempo, en el otoño de su carrera, de dirigir una desarmante película de terror psicológico y romance enfermizo, El coleccionista, y de firmar una deliciosa comedia de altos vuelos, Cómo robar un millón y… así como un musical que adoran los aficionados de Barbra Streisand, Funny Girl.

William Wyler trabajó con Olivia Mary de Havilland (Tokio, 1 de julio de 1916-París, 26 de julio de 2020) en La heredera, una de las mejores adaptaciones que se han realizado sobre una novela de Henry James, uno de esos escritores que deberíamos de leer (o releer) una vez al año.

La actriz, que falleció en 2020 a la friolera edad de 104 años, comenzó su carrera como compañera cinematográfica de Errol Flynn en una serie de películas que, al menos para quien les escribe ahora, ocupan un espacio muy importante de su memoria cinéfila aunque muchos la recordarán por su papel de Melanie Hamilton en Lo que el viento se llevó, que es esa película que ahora quieren mutilar por racista, que lo es.

Hermana de Joan Fontaine, con quien no se llevaba bien cuentan las malas lenguas pero que no es verdad tampoco, son muchos los dimes y diretes que se han escrito en torno a una actriz que supo amoldarse a toda clase de papeles. Ya en el otoño de su carrera, está inmensa en Canción de cuna para un cadáver, a las órdenes de uno de los mejores y más ácidos cineastas norteamericanos de todos los tiempos, Robert Aldrich.

En cuanto a Charles Laughton (Scarborough, 1 de julio de 1899 – Los Ángeles, 15 de diciembre de 1962) poco que decir ya que a su obra me remito. El caso, sin embargo, es singular porque además de ser uno de los mejores intérpretes de su tiempo, cuenta con una sola película como director a la que el paso del tiempo en vez de empequeñecer engrandece como es La noche del cazador.

Como actor a mi me encanta como profesor chiflado en la maravillosa por oscura La isla de las almas perdidas, una adaptación de La isla del dr. Moreau, de H.G. Wells; también como diabólico capitán Bligh en Motín a bordo y en las biográficas aunque ya viejunas La vida privada de Enrique VIII y Rembrandt.

Creo que sin él y su ya legendario grito de ¡¡¡Chadwick!!! La posada de Jamaica, de Alfred Hitchcock, no sería la misma película y que gracias, precisamente, a él, todavía se me pone la piel de gallina cuando dicta su discurso sobre la libertad en Esta tierra es mía a las órdenes de Jean Renoir, que sabía de esto y muchas cosas más.

Afortunadamente, la carrera cinematográfica de Laughton fue extensa y está salpicada de obras eternas, cito títulos de memoria: El reloj asesino, El proceso Paradine, otra vez con Hithccok; Testigo de cargo (Billy Wilder adapta un relato corto de Agatha Christie); Espartaco y Tempestad sobre Washington, que fue su último trabajo.

Me dejo muchas otras películas en la que su presencia dignifica materiales que quizá no lo fueran tanto, pero no es nuestra intención las de agobiarles con una relación de trabajos donde resulta difícil desprenderse de alguno de ellos porque en todos Charles Laughton les imprimió la misma credibilidad.

Vaya trío, por cierto, al que rendimos improvisado homenaje en el día de hoy. Un 1 de abril que demuestra que los gigantes no andan solos.

En las imágenes, William Wyler y Olivia de Havilland para una tarta el día de su cumpleaños durante una pausa de rodaje de La heredera (1949) y Charles Laughton como el inolvidable senador Tiberio Sempronio Graco en Espartaco (Stanley Kubrick, 1960).

Saludos, qué grandes es el cine, a veces, desde este lado del ordenador

El actor accidental

Miércoles, Junio 30th, 2021

Antonio Rebollo llegó al cine por accidente como muchos otros compañeros de generación. Aragonés como Luis Buñuel, Rebollo nació en el seno de una familia acomodada y se educó en los mejores colegios. En uno de ellos, de curas, aprendió a manejarse bien con el latín, un destello que anunciaba su más tarde desarrollada capacidad para hablar varios idiomas (inglés, francés e italiano) que le abrió las puertas del cine europeo como actor de reparto.

Si IMDb no engaña, intervino en dieciocho películas, algunas de ellas consideradas de culto, y fue uno de los actores habituales del que probablemente sea el cineasta todoterreno español más famoso de la Historia del cine: Jesús Franco. O Jess Franco, hombre del que Rebollo, a partir de ahora Tony Skios, su nombre artístico, guarda muy buen recuerdo y con quien llegó a trabajar en una decena de películas con títulos tan extravagantes como Trampa sexual (1978); La noche de los sexos abiertos (1983) y El siniestro doctor Orloff y Bahía blanca (ambas de 1984) que fueron las dos últimas películas de su carrera en el cine.

Skios se recicló a finales de los 80 en empresario de hostelería abriendo locales de ocio en distintos puntos de la península hasta recalar en Los Cristianos (Tenerife), donde comparte negocio con uno de sus familiares.

No le tiembla la voz cuando recuerda su experiencia bajo los focos pero sus recuerdos salen disparados como las balas de una ametralladora. El sol del sur de Tenerife mientras tanto casca sobre las mesas de la terraza de su local, adquirido a un italiano hace ya un puñado de años y que sigue llevando el mismo nombre que entonces, Olaf. Algunas de las mesas están ocupadas por extranjeros que apuran la primera cerveza del día aunque son pocos –dice Tony Skios– comparado a hace dos años.

Los meses de confinamiento en 2020 y la difícil recuperación económica que atraviesa el país por la pandemia se materializa en este local del sur de la isla que lleva un hombre que ronda los setenta años pero que sigue siendo un chaval cuando uno se sienta a conversar con él. Por cierto, el café que sirven en Olaf no tiene nada que ver con otros que se toman en esta zona turística de Tenerife. Es excelente.

Antonio Rebollo antes de entrar en el cine fue modelo de alta costura, trabajo que lo llevó a Cannes, en la Costa Azul francesa, donde conoció a una actriz italiana. Ambos fueron objeto de un reportaje que se publicó a doble página y con fotografías donde la actriz afirmaba que su acompañante, todavía no era Tony Skios, se trataba de un actor. “Pero no lo era”, dice Rebollo/Skios, a quien llaman de una productora tres días después de la publicación del artículo en una revista para “hacerme una prueba. Les dije que no era actor pero les daba igual”, recuerda. “Conseguí un contrato y empecé a hacer cortos”.

El trabajo en este formato cinematográfico le dio la seguridad que necesitaba para enfrentarse a las cámaras, lo que le decide dejar Italia para regresar a España donde contacta primero con Pilar de Molina y poco después con Damián Rabal, hermano de Francisco (Paco) Rabal, como representante artístico.

“Y allí empieza mi carrera, que fue accidental. Comencé a estudiar interpretación y danza, que ya había iniciado en Italia hasta que me contratan como actor para La luz del fin del mundo (1971)”, un filme que dirige Kevin Billington con Kirk Douglas, Yul Brynner y Samantha Eggar que se rodó en Cadaqués, un pueblecito de la Costa Brava de Cataluña donde vivía entonces Salvador Dalí.

La luz del fin de mundo adapta una novela de aventuras de Julio Verne, se desarrolla en 1865 en el Cabo de Hornos y la protagonizan unos piratas que en el largometraje están a las órdenes de Konge (Yul Brynner) que asaltan un faro en una isla rocosa donde asesinan a todos los hombres, excepto a Will Denton (Kirk Douglas), que logra escapar. El plan de los piratas consiste en apagar la luz del faro para que los barcos se estrellen contra los arrecifes y poder adueñarse después del botín.

Tony Skios interpreta a Santos, uno de los piratas argentinos, junto a otros grandes secundarios del cine multinacional que se rodó en España en los 70 como el italiano Aldo Sambrell y el español Víctor Israel. Fernando Rey fue otra de las grandes estrellas que participa en este filme que intenta pasar la Costa Brava por el Cabo de Hornos con resultados irregulares aunque se trata de una sólida producción que contó con tres unidades de rodaje. “En la película salgo siempre al lado de Jean-Claude Drout”, actor de origen belga muy conocido aquellos años en los países de habla francesa por ser el protagonista de una popular serie de televisión.

Tony Skios trabajó mucho en España pero no necesariamente demasiado en el cine español. La razón era crematística. Trabajar para fuera se pagaba en dólares mientras que hacerlo en casa no. Además, el cine español de aquellos años era muy pobre, en el oficio se conocía como el que daba de almorzar un bocadillo de anchoas con una botella de cerveza. Esto da una idea de cómo se encontraba entonces la raquítica industria nacional.

A comienzos de los 70 y antes del rodaje d e La luz del fin del mundo, Tony Skios había interpretado a un oficial del ejército boliviano en una serie de televisión sobre Tamara Bunke, la guerrillera que apoyó a Ernesto Che Guevara en su desventura boliviana finales de los años 60.

La serie para televisión no se rodó en Bolivia sino en España aunque fue gracias a este rodaje donde el director de La luz del fin del mundo se fijó en él y lo contrató para el largometraje que significó su debut en el cine.

De aquella experiencia en Cadaqués dice que Salvador Dalí quiso hacerle un retrato “pero me comentaron unas cosas que no me convencieron para que lo hiciera” aunque sí que asistió a algunas de las fiesta que celebró el artista de cuidados bigotes cuyas puntas empapaba en miel para atraer a las moscas y que afirmó categóricamente que “Picasso es comunista. Yo tampoco”.

Respecto a las grandes estrellas que participaron en aquel rodaje recuerda como “un grosero” a Kirk Douglas y un hombre extremadamente correcto a Yul Brynner.

¿De dónde viene Tony Skios?

Se le ocurrió, dice Antonio Rebollo aunque todo los que lo conocen lo llaman Tony, por la pequeña isla griega de Skiros donde rodó el primer corto de su carrera. El nombre le pareció que tenía gancho y se lo apropió quitándole la erre. Durante un tiempo lo confundían en el oficio con un especialista “muy bueno” que se llamaba, precisamente, Skiros.

Los años 70 fueron años muy notables en la carrera cinematográfica de Tony Skios. Rodó prácticamente todo tipo de películas de explotación, lo que incluye terror, espaguetis western, de misterio y policíacas y eróticas, género este último en el que conoció a Jesús Franco y con quien rodaría una decena de largometrajes. Skios cuenta también en su filmografía con un Tarzán, Tarzán y el tesoro Kawana (José Truchado, 1975), en la que trabajaban José Luis Ayestarán, Loreta Tovar, Isabel Luque y Frank Braña (otro grande de los actores de reparto españoles internacionales de aquellos años y hombre que tras retirarse pasó una larga temporada en Gran Canaria). La película se rodó en Costa de Marfil bajo un calor infernal y rodeados de mosquitos pero fueron días, resume, “de aventuras”.

Otra rareza en su filmografía, o uno de esos títulos que pondrían los colmillos largos al mismísimo Quentin Tarantino –reconocido kamikaze de vídeo club– es Bloodbath / El cielo se cae / Las flores del vicio (El cepo) (Silvio Narizzano, 1979) no tanto por lo que cuenta, un grupo de norteamericanos y británicos que se han autoexiliado en un pequeño pueblo español realizan extraños rituales, sino por un reparto en el que se encuentran actores como Carrol Baker, Dennis Hopper y Richard Todd junto a los españoles Imma de Santis y Tony Skios como Simón.

A las órdenes de Ramón Torrado protagoniza Guerreras verdes en 1976, un filme sobre la Guardia Civil con Carmen Sevilla y Sancho Gracia como estrellas. En el filme trabajaba también un actor por el que Skios siente admiración, Agustín González. En esta película aprendió que los actores se motivan cuando escuchan el silencio y dice que, ya desde entonces, a Carmen Sevilla se le hacía muy difícil memorizar sus textos pero si hubo un director con el que trabajó de manera habitual fue Jesús Franco. Diez películas en total y en una de las etapas más productivas del estajanovista cineasta con el que rodó varias películas eróticas con Lina Romay, la compañera sentimental de Franco, como actriz protagonista. Esta situación produjo momentos incómodos “al rodar las escenas en las que tenía que acostarme con ella”, más en unas cintas que contaban con dos versiones, una suave para España y otra explícita para el mercado internacional.

“Jesús Franco fue un tipo fantástico dentro como fuera de rodaje. Era extremadamente amable y correcto y sabía lo que hacía detrás de las cámaras”, explica.

Tony Skios trabajó también para Pedro Masó en Las colocadas (1972) que fue una de sus primeras películas y un filme donde comparte cartel con actrices como Teresa Gimpera, Tina Sáinz y La Contrahecha. En esta película “hacía de hijo de Gemma Cuervo y Antonio Casas” y como muchas de las cintas de aquellos años, el filme mezcla drama y humor para contar la vida de tres amigas que se han enamorado de tres hombres casados. Una se encuentra en estado y el responsable no quiere saber nada de ella. De este filme, Tony Skios recuerda “la mala leche” de Pedro Masó y que en un día en que La Contrahecha no pudo asistir al rodaje fue el mismo Masó quien le dio la réplica en una toma del filme.

En cuanto a sus incursiones en el espagueti western, Tony Skios trabajó en El desafío de Pancho Villa (Eugenio Martín, 1972), con Telly Savalas haciendo del legendario revolucionario mexicano.

Uno podría pasarse el día escuchando la batería de anécdotas y experiencias que acumula Tony Skios. Y eso que ha llovido desde entonces, cuarenta años que parecen que no son nada pero que son muchos. Comenta que no ha vuelto a ver ninguna de las películas en las que intervino pero sí recuerda los rodajes y cómo conoció a algunos de los grandes del cine norteamericano y europeo de aquellos años.

Casado tres veces y tras ganar “bastante dinero como actor”, a la muerte de Franco en noviembre de 1975 Tony Skios decide dejar el cine y dedicarse a la hostelería. Primero con un pub, el Coco Loco, en Mojácar (Almería) cuando rodaba Bloodbath en la que interpretaba al acompañante de Carrol Baker; luego probó en otros puntos de la costa española como Altea (Alicante) porque en aquellos años “ya no había casi industria del cine en España”.

Viaja primero a Tenerife en 1982, visita La Gomera y de paso por Los Cristianos descubre la terraza que es el negocio que lleva y… hasta ahora.

No se queja. Podía haberle ido peor como sí le pasó a algunos de sus compañeros del cine pero con todo “echo de menos aquello. El estar activo para poder rodar. Lo de pasar de actor a empresario fue un cambio de 90 grados pero muchos de mis compañeros lo están pasando ahora muy mal”.

La nostalgia sin embargo sigue llevándola por dentro. No tanto por los rodajes que dieron como resultado películas que acabaron exhibiéndose en programas dobles de cines de barrio y más tarde en carnaza de vídeo club sino por la gente que conoció. Tony Skios fue un asiduo a la tertulia de Francisco Rabal en el hotel Wellington de Madrid y amigo de dos secundarios del cine de aquel tiempo: Aldo Sambrell y Frank Braña. Recuerda a Samantha Eggar “como una mujer fabulosa” y también a… Eran otros tiempos y otro cine que, como lágrimas en la lluvia, estaba condenado a desaparecer de la memoria cinéfila.

¿Cómo era trabajar en el cine de aquellos años?

“Era muy divertido y pagaban bien”, dice mientras la cámara funde a negro.

Saludos, mil gracias Ginés de Haro Brito, desde este lado del ordenador