Archive for the ‘Cine de allá’ Category

‘J. Edgar’

Domingo, Febrero 5th, 2012

Uno de los personajes más siniestros y quizá por ello atractivos del pasado siglo XX en los Estados Unidos es John Edgar Hoover, director desde su creación del FBI, un extraordinario aparato policial que controló bajo la administración de siete presidentes de distinto color político incapaces de quitárselo de encima por el coste que podría suponer para sus carreras.

Personaje incómodo, y cuya secuela de miedo parece que incluso llega a  nuestros días, Clint Eastwood presenta ahora una interesante y no creo que para nada aburrida película para iniciados en la historia de este gran país y en la que muestra, con todas sus luces y sombras, las contradicciones de este magnífico titiritero que basó su poder en la información. En la información de y sobre otros.

Al margen del acierto o no de los actores protagonistas, aunque a mi juicio Leonardo DiCaprio está demostrando con creces ser uno de los mejores intérpretes de su generación; del pobretón maquillaje con el que se cubre su rostro y el de otros actores para escenificar el paso de los años, y omitir momentos digamos que delicados en la vida de Hoover por su soterrado enfrentamiento con presidentes ante cuya gestión fue claramente hostil, J. Edgar me parece una estupenda película y un estupendo retrato no ya de este maestro de la manipulación y el chantaje sino de un hombre al que según la película de Eastwood, y según el eficaz guión de Dustin Lance Black, no supo vivir con sus contradicciones.

J. Edgar, según Eastwood, resulta así un más que interesante trabajo de instropección de un hombre devorado por sus convicciones, fuertemente anticomunistas y con un sentido del americanismo digamos que enfermizo, así como por no reconocerse como persona. Casi como si su compromiso con su país y con sus ideas fuera más un camuflaje con el que protegerse de sus presuntas debilidades y ocultar su hoy más que discutida ambigüedad sexual.

El filme de Eastwood explota muy bien este tema, así como explota muy bien las relaciones que mantuvo Hoover con las mujeres –en la película protagonizadas por una estricta madre y una devota, leal y profesional secretaria–  así como la estrecha amistad que lo unió a Clyde Tolson (Armie Hammer), su mano derecha.

J. Edgar toca, sin embargo, de refilón los archivos secretos que, presuntamente, guardaba este bulldog de amigos y enemigos y a los que, cuenta la leyenda, recurría cuando su carrera estaba en peligro. No obstante, se incluye una escena en la que el viejo director del FBI se esconde en su despacho para escuchar una grabación de John Fitgerald Kennedy con una de sus amantes y que Hoover/DiCaprio debe de interrumpir cuando le anuncian que el presidente ha sido asesinado en Dallas.

Puede resultar para algunos un inconveniente que Leonardo DiCaprio no se parezca en nada a J. Edgar Hoover pero quizá sea por eso, en que DiCaprio no se parece en nada a Hoover, lo que ha hecho que me parezca creíble su trabajo. Tanto como me pareció creíble Joaquin Phoenix como Johnny Cash en Walk the Line.

Personajes como Hoover han habido a lo largo de la historia y, desgraciadamente, continuarán habiéndolos.

Mientras veía J. Edgar no dejaba de pensar en Fouché o en Beria, aunque son más las diferencias que las semejanzas los que unen a unos con otros.

El más inquietante sigue siendo, a mi juicio, Fouché. El más terrorífico, por monstruoso, Beria. Entre medio, ubicaría a Hoover, un extraordinario propagandista del FBI y de sí mismo como azote contra el mundo del crimen.

Clint Eastwood es en la actualidad uno de los pocos cineastas que le queda al cine norteamericano. Un cine que ha terminado por evitar mirarse así mismo.

Con autores como Eastwood, afortunadamente, aún nos quedan voces críticas que invitan al debate y que es capaz, en este confuso y desinformado siglo XXI, de mostrarnos la humanidad que tuvo que haber detrás de ese gran pedazo de hijo de puta –como lo llegó a calificar otro gran pedazo de hijo de puta como fue Richard Nixon– llamado J. Edgar Hoover.

Saludos, yo también jugué a ser un G-Man, desde este lado del ordenador.

Érase una vez… En Santa Cruz de Tenerife

Viernes, Febrero 3rd, 2012

Estamos en 1932 y una pareja de cineastas franceses toman vistas con una cámara de una isla perdida del Atlántico llamada Tenerife.

- Oh lá, lá, lá.- exclama el señor Yves Allégret.

Oh lá, lá, lá.- repite el cámara, el señor Éli Lotar, mientras rueda la vida diaria de una pequeña ciudad de provincias conocida como Santa Cruz de Tenerife.

Los franceses, con claros síntomas de ardor de estómago por el fuerte vino de Tacoronte y las generosas raciones de puchero canario que tragan mientras pierden el tiempo paseando por una pequeña capital de provincias que parece que despierta de la Edad de Media,  prosiguen su aventura de rodar un documental sobre una isla donde unos pocos de sus habitantes trabajan en algo que se llama Gaceta de Arte y el resto de sus pobladores, resignados y encadenados, en una sociedad fuertemente –qué escribo fuertemente– virilmente aferrada a un sistema de castas que hace bullir inquietantes contradicciones en sus cabezas franchutes. Cabezas en las que se agitan revoltosas y acomodadas ideas de una izquierda estéticamente radical.

- ¡Mira a esa cordera que lleva bananas! ¡Fílmala, fílmala!- exclama Allégret a Lotar con los ojos desencajados mientras una moza bien moza camina a su lado cimbreando la cintura y portando encima de su cabeza una piña de dorados plátanos canarios.

- Fas-ci-nan-te.- responde Lotar sin sacar el ojo del visor de la cámara.

- Esto es oro puro… Puro oro puro.- murmura Allégret sorprendido.

En el ambiente huele a pescado salado. Los gabachos asocian el olor del pescado salado al poderoso Atlántico que lame las costas de esa isla que parece haber sido olvidada por el tiempo.

- Toma notas, Yves.- le grita Lotar a Allégret algo molesto porque Allégret está más pendiente de la buena moza que lleva encima las bananas que en registrar por escrito lo que la cámara toma en directo y en blanco y negro.

- Estoy en eso, estoy en eso.- repite Allégret con sospechoso aliento de vino tacorontero.

- ¡Fiiiirmes!- exclama la mujer de Allégret abrazando de pronto a Yves por la espalda.

- Mon Dieu!.- responde asustado Allégret que hace que toma notas mientras por el rabillo del ojo observa como la bella moza con el manojo de plátanos encima de la cabeza desaparece por una esquina.

Los ahora tres franchutes, demócratas y repúblicanos, continúan caminando por las callejuelas de esa pequeña capital de provincias en la que cae un sol de justicia.

Allégret, a la altura de Iglesia de La Concepción, se pone de rodillas.

- He visto la luz, he visto la luz…

- ¿Y cómo es la luz, Yves?

- Pues que el Jacques… el Jacques…

- ¿Qué Jacques?

- El Prévert, merde!

- ¿Qué pasa con el Jacques Prévert?.- pregunta Lotar dejando de filmar.

- Que sea él quien escriba lo que estamos viendo.

- Pero Yves…

Allégret, deteniéndose en medio de la calzada y alzando los brazos.

- Ya veo los títulos de crédito…. ¿Ven los mismos títulos de crédito que estoy viendo yo ahora mismo?

- Pues… como que no.- responde la mujer y Lotar a la vez.

- Merde!  Imaginad, imaginad pedazos de Camembert con patas.

El sol de justicia parece que está derritiendo a los tres franchutes.

- Mi marido delira.- concluye la esposa.

- ¡¡¡Lo veo, lo veo..!!!- repite Alégret.- ¡¡¡Lo veo, lo veo..!!!

- ¿Qué ves?- pregunta Lotar.

- Una pantalla de cine.

- ¿Y?

- Una pantalla de cine donde aparece el título: Tenerife. Y después: por Yves Allégret y con textos de Jacques Prévert.

- ¿Y onde está Lotar?

- Eso viene más tarde…

- Me apetece comer.- dice la mujer de Allégret.- Algo ligero. ¿Qué tal una tortilla francesa a las finas hierbas?

- TenerifeTenerife….- canta Yves Allégret bailando como un derviche por la zona de la hoy conocida como calle La Noria.

-Yves, Yves….- le dice Lotar aprovechando que la mujer de Allégret se mete en una casa de comidas.- La de los plátanos, la de los plátanos…

- ¡¡¡Tenerife!!!.- Grita Allégret.

- Cuando se lo cuente a Buñuel.- piensa Lotar.

- Enfants…- anuncia la mujer de Allégret desde la puerta de la casa de comidas El brazo de Nelson.- En este sitio solo dan de comer puchero… O pescado salado.

- Yves.- susurra Lotar.- la moza de los plátanos… A tu lado, Yves… La moza de…

Allégret que se postra de rodillas ante la amazona canaria. Ahora sin plátanos…

- ¡Tenerife!

La moza, descolocada, pone los brazos en jarras.

- ¡Tenerife!.- repite alegre Allégret.

- Vétete por ahí.- dice la moza en grueso castellano con acento canario.

- No entiendo… No entiendo…

- Enfants….- chilla la mujer de Allégret.- ¡¡¡A comer!!!

- Puchero.- responde resignado Lotar.

- ¡Tenerife!, ¡Tenerife!.- repite Yves Allégret idiotizado mientras baila como un derviche por las calles de Santa Cruz.

- ¡Tenerife

Saludos, merci beaucoup por mostrarme ese Tenerife ochenta años después, desde este lado del ordenador.

Pasen, pasen y vean…

Jueves, Febrero 2nd, 2012

Damas y caballeros pasen y vean a estas criaturas que pertenecen a otro mundo. Damas y caballeros observen de lo que es capaz la caprichosa naturaleza… Pasen, pasen y vean al hombre torso, pasen y vean a la mujer barbuda, pasen, pasen y vean a las hermanas siamesas, pasen, pasen y vean…

En el año de gracia de 1932 y basado en un estupendo relato del oscuro escritor Tod Robbins, un hombre también llamado Tod pero de apellido Browning –Tod Browing–  rodó la que para quien firma ahora estas líneas es una de las mejores películas de la historia del cine.

Una cinta que desarma e inquieta. Un filme que despierta mis emociones más tenebrosas. Una pieza redonda que si bien el paso de los años lacera aún conserva muy dentro su poder de fascinación.

La cinta se llama Freaks (La parada de los monstruos) y no es apta para todos los públicos.

Ambientada en un circo y en plena Depresión económica, Freaks muestra con inocente mirada la vida de un grupo de hombres y mujeres que son las atracciones del espectáculo no por su talento sino por sus retorcidas malformaciones físicas.

Seres deformes, monstruosos que, paradojas de esta película inclasificable y genial, resulten más humanos que los seres aparentemente normales con los que comparten espacio.

Se ha escrito mucho de Freaks y se continuará escribiendo mucho más de Freaks porque es una película milagro. Una cinta hoy imposible pero muy posible en unos tiempos donde la desesperación había tocado techo. Y si bien es cierto que falta poco para que esa misma frustración termine por devorar al Primer Mundo contrahecho, Freaks vive porque no pertenece a su momento ni al nuestro.

Freaks vive porque es sencillamente eterna. Irrepetible. Un filme cuajado de momentos que se quedan grabados al rojo vivo en tu memoria cinéfila. Que aún te hacen estremecer y que se confabulan para formar parte de tus más retorcidas pesadillas. Un largometraje único, que no se puede clasificar. Quizá ahí radique una de sus grandezas.

La primera vez que la vi fue en televisión, en una sesión de madrugada junto a otros dos amigos que no sienten demasiada pasión por el cine.

Bebíamos litronas y la cabeza la teníamos para toda clase de tonterías.

Entonces, porque la cabeza la teníamos apta para toda clase de tonterías, propuse ver aquella película pese a que uno de mis amigos exclamase: “¡pero si es una antigualla, y encima en blanco y negro!”

Y el otro, quiero recordar que bebiendo un poco más de cerveza, añadiese: “¡Y con subtítulos!”

Freaks comienza.

Y recuerdo que los tres dejamos de tomar cerveza.

También que nadie soltó la clásica broma desestabilizadora.

Cuando finalizó, el más borracho del grupo soltó la frase que a partir de ese día define para mi bastante bien Freaks: ¡qué mal rollo!

Porque Freaks provoca eso, muy mal rollo. Deja un regusto amargo en la boca. Sacude tu hipócrita conciencia.

Por un lado porque la razón te dicta que tienes que estar con los Monstruos, que son hombres y mujeres que intentan llevar una vida normal en un mundo normal que no los ve como normales sino como simples atracciones de feria.

Por otro, porque el corazón te traiciona al observar como ese grupo al que la bella trapecista humilla, se une para tomar venganza. ¿Por qué? Han descubierto que uno de los suyos está siendo envenenado por la bella.

Estalla entonces la tormenta y todos los deformes se aproximan al carromato donde la bella y el bruto, el hombre fuerte, celebran entre besos y abrazos la fortuna que muy pronto les caerá encima.

Un rayo ilumina la noche, el hombre torso se arrastra con un cuchillo en la boca…

Freaks, que obtuvo excelentes críticas en su momento, entre otras la de la chismosa Louella Parson que la describió como “una película diferente que el público querra ver” supuso sin embargo el final de la carrera de Browning.

 Tal y como escribe David J. Skal, en su estupendo libro Monster Show, “nunca volvió a gozar del respeto y la autonomía que le habían permitido realizar películas personales, extrañas y obsesivas dentro del sistema de estudios. Browning había tenido suerte, todas sus películas anteriores, incluso las torpes como Drácula, habían ganado dinero. Pero La parada de los monstruos había roto la única regla inviolable de Hollywood: había sido un desastre financiero que no recuperó los costes. En retrospectiva, uno debe preguntarse si La parada de los monstruos no hubiera tenido más éxito, tanto comercial como artístico, como la película muda que originalmente iba a ser.”

El caso es que Freaks sigue provocando muy mal rollo.

Y me pregunto ahora, mientras escribo estas líneas por qué.

Ayer mismo, mientras la volvía a ver en mi gastado deuvedé noté ese malestar morboso que me invadió la primera vez. Un malestar rabioso, incómodo, que me obligaba a mantener los ojos muy abiertos contemplando la pantalla.

En parte, entiendo el desprecio de la bella hacia los deformes… Y en parte entiendo la terrible venganza que los deformes hacen a la bella. Pero lo entiendo en parte. No en su totalidad…

Siento un escalofrío. Un escalofrío que no es de miedo, precisamente.

Freaks, ochenta años después, continúa siendo una obra maestra.

Y probablemente una de las mejores películas de la historia del cine.

Saludos, escalofríos en la noche, desde este lado del ordenador.

No más No igual a ‘Doctor No’

Lunes, Enero 30th, 2012

 

Recuerdo como si fuera ayer a Ursula Andress saliendo del mar en busca de caracolas.

Es la primera imagen que se me viene a la cabeza cuando pienso en Doctor No. Ese mismo Doctor que Nöel Coward rechazó protagonizar con un escueto telegrama: “¿Doctor No? ¡No, no, no!”

Doctor No cumple cincuenta años.

Y se trata de la primera película Bond. De James Bond y por lo tanto de la primera cinta en la que Sean Connery asumió el papel del agente secreto al servicio de su Majestad.

No fue Doctor No, sin embargo, la primera película que vi de 007. El dardo envenenado que me convirtió a la causa Bond fue Desde Rusia con amor, largometraje que me alteró la conciencia en el cine La Paz.

El cine La Paz estaba ubicado frente al cine Víctor y en la época en que lo conocí, vivía sus últimos estertores antes de cerrar definitivamente. Allí se exhibían dos películas por el precio de una y sus butacas eran de incómoda madera. Malvivía gracias a los reestrenos y es probable –pero no lo recuerdo– que su sonido resultase penoso.

Con todo, Desde Rusia con amor me inició en el fascinante universo del agente con licencia para matar.

Doctor No fue, curiosamente, la segunda película que devoré de la serie Bond. No recuerdo la sala pero sí a Ursula Andress saliendo del mar en busca de caracolas. Más tarde, y sin orden ni concierto, me tragué Operación Trueno y las que protagonizó Roger Moore. Con la llegada del vídeo pude disfrutar de otras cintas Bond que por una u otra razón no pude ver en su momento: Solo se vive dos veces, Goldifnger, Diamantes para la eternidad, todas con Sean Connery; Al servicio secreto de su Majestad, esa interesante rareza que protagonizó George Lazenby, y las primeras con Moore haciendo de 007.

(Más tarde harían de Bond pero sin fondo Bond: Timothy Dalton, Pierce Brosnan y Daniel Craig… Pero es otra historia y un agrio y tonto debate que mantenemos los bonmaníacos. Ilustre especie entre la que me encuentro. ) 

Con motivo del cincuenta aniversario de Doctor No volví a perder el tiempo este fin de semana revisionándola por centésima vez. Y para mi sorpresa –¡no!– descubrí una cinta vibrante, atractiva, en la que ya se detectaba algunos de los aciertos y también defectos de las películas sobre el personaje creado por Ian Fleming.

Doctor No, como Desde Rusia con amor y Operación Trueno las dirige quien, probablemente, fue el mejor director de la serie: Terence Young.

La acción se desarrolla en una pequeña isla próxima a Jamaica, territorio de No.

Cuando comencé a leer las novelas de Bond, novelas a las que llegué tras ver casi todas las cintas, comprobé que las primeras versiones cinematográficas resultaban más o menos fieles al material literario. En todas ellas pues, el aficionado se hará una idea más o menos aproximada de cómo lo concibió Fleming. Bond es un hombre con encanto, refinado, amante de la buena mesa y el juego. También un seductor y un asesino implacable. E impecable.

Todas estas cualidades se dibujaban ya en Doctor No.

Un Doctor No que apenas ha perdido capacidad de entretenimiento pese a cumplir medio siglo.

Lo que no consiguió Fleming a través de sus novelas lo alcanzaron las películas Bond: convertirse en subgénero de un cine, el de espías, que vivía en aquellos tiempos una especie de edad de oro.

Cosas de la guerra fría.

Leo que primero les ofrecieron el papel a Cary Grant, David Niven, Trevor Howard y Rex Harrison. Leo que Fleming y Young no veían a Connery como el apuesto 007 porque les resultaba demasiado obrero… Leo que se barajaron para interpretar a No además de Coward, Christopher Lee y Max Von Sydow… Al final el Doctor No fue ¡sí! Joseph Wiseman, quien puso muy alto el listón de crueles malvados que hasta el día de hoy se ha convertido en una de las señas de identidad de los filmes Bond. Tanto como las bellas mujeres con las que comparte lecho y aventuras.

En definitiva, que Doctor No cumple cincuenta años.

Y yo aquí, celebrándolo.

Saludos, tomando un Martini agitado pero no revuelto junto a Félix Leiter, desde este lado del ordenador.

‘Silencio en la nieve’

Sábado, Enero 28th, 2012

La historia comienza el lunes pasado, 23 de enero, mientras hago cola para adquirir una entrada al cine. Como el ordenador se les ha estropeado los empleados de las salas invitan a los potenciales clientes a comprar sus localidades en el bar.

Tal y como lo leen.

La cola, como un bicho viviente y manteniendo un orden del que algún listillo se quiere aprovechar, se coloca frente al bar. Un bar de cine que cuenta con el inevitable aparato del que nacen las cotufas.

Como es lunes, las entradas no son numeradas porque es día del espectador. Cuando me dan el cartoncito me pregunto sin embargo si esto del día del espectador es un chiste porque el descuento es como si te tocara el premio gordo el día de los inocentes. Ridículo.

En fin, entramos en la sala donde apenas hay cuatro personas haciendo que piensan mientras esperan a que las luces se apaguen. Una de ellas lleva un paquetazo de cotufas.

Las luces desaparecen y la pantalla se enciende.

Veo Silencio en la nieve, de Gerardo Herrero. Se trata de una película que adapta la novela El tiempo de los emperadores extraños de Ignacio del Valle. La novela me gustó mucho el día en que la leí. Se trata de la segunda parte de la trilogía que hasta ahora del Valle ha dedicado a Arturo Andrade. Andrade apareció por primera vez en El arte de matar dragones y dio sus últimas señales de vida en Los demonios de Berlín.

El tiempo de los emperadores extraños es, a mi juicio, la mejor de las tres. La acción se desarrolla en el frente ruso, en 1943, en un destacamento de la División Azul donde se están produciendo unos extraños asesinatos en clave masónica.

La película de Herrero es una buena adaptación del material literario que le da vida. Solo resulta enojosamente sonrojante en su aspecto bélico por unos efectos especiales que parecen de guasa. El resto, ambientación, vehículos, uniformes y armamento convence al espectador más o menos iniciado en las aventuras y desventuras de este destacamento de hombres que abandonó las tierras de España en respuesta a la consigna de Rusia es culpable.

Me sorprende el espléndido reparto de secundarios porque todos me resultan convincentes. No me cuadra Juan Diego Botto haciendo de Andrade sin embargo, pero sí que encaja Carmelo Gómez como su peculiar doctor Watson.

La cinta, afortunadamente, bebe de la novela cuando presenta a los divisionarios. Con esto quiero decir que esa manía que tiene el cine español por enseñar como demonios de pelo engominado y fino bigotito a los que ganaron la Guerra Civil por una vez se muestran, y en concreto a los falangistas, como lo que tuvieron que ser: un puñado de jóvenes idealistas.

Y es que la mayoría de los camisas azules que se fueron a Rusia lo hicieron porque se creyeron realmente que Rusia era culpable. La motivación de otros tantos que participaron en la División fue porque luchando codo con codo al lado de las tropas del III Reich limpiarían de sospechas su pasado durante la Guerra Civil y, finalmente, los que eran militares porque pensaban atinadamente que su oficio, el de soldado, consistía en combatir y no en apagar incendios.

No sé que podría haber salido de Silencio en la nieve si hubiera caído en manos de otro cineasta. Un cineasta fogueado y con mano para contar este thriller con fondo bélico, pero el resultado final de la cinta no resulta decepcionante, lo que agradezco porque me hace pensar que no he tirado otro puñado de euros a la basura.

Silencio en la nieve es así la primera y arriesgada película que se aproxima de verdad al día día de este grupo de hombres de distinta procedencia y condición social en los arrabales de Leningrado.

Hay otras películas españolas que a su manera han tocado este mismo asunto, pero aún continúa siendo un filón muy poco explotado por el marciano cine español. Ese cine que tiene tanto miedo a ver su pasado sin trampas ideológicas.

Por ello, Silencio en la nieve es como una rareza. Un producto insólito que si bien no rinde justicia a los hombres y mujeres españoles que combatieron en una guerra en la que no se les había perdido nada, sí que mostrará a muchos como un grupo de españoles combatió al enemigo como mejor supo hacerlo.

Afortunadamente, hay una amplísima bibliografía en la que los recuerdos se mezclan con la historia sobre la División Azul.

A mi juicio, el mejor de todos esos libros continúa siendo el que escribió Tomás Salvador, también divisionario, con el título de División 250. No olvido la colosal y recomendable crónica que emprendió el periodista deportivo Fernando Vadillo en sus numerosos libros sobre esta misma División; ni el vibrante Embajador en el infierno. Memorias del capitán Palacios (Ocho años de cautiverio en Rusia) escrito por Torcuato Luca de Tena y también llevada al cine.

Destacaría además, aunque muchos la cuestionan, la entretenida y excesiva Berlín, a vida o muerte, de Miguel Ezquerra. Un libro que si bien no habla de la División Azul si que narra la presunta experiencia que su autor vivió como oficial de las SS en la capital alemana cercada por las tropas rusas en la primavera de 1945.

Hay muchos más libros sobre este tema.

En los últimos años han aparecido con carácter histórico varios volúmenes, entre ellos uno bastante desmitificador firmado por el novelista Jorge M. Reverte, que han tratado con mejor o peor objetividad y distancia el relato de una división que Ignacio del Valle tuvo la sagacidad de que le sirviera como telón de fondo para una atractiva novela negrocriminal. Novela de la que Silencio en la nieve bebe, pese a sus licencias, con conmovedora lealtad.

 Saludos, otra víctima de la gripe, desde este lado del ordenador.

¡Larga vida a Lawrence de Arabia!

Lunes, Enero 16th, 2012

La primera vez que me arrastraron al cine para ver Lawrence de Arabia fue gracias a un amigo que sentía –y creo entender que aún siente– verdadera devoción por esta película.

Incluso se vestía de jeque árabe, y como hace Peter O’Toole en una de las escenas del filme, se ponía a bailar con su sombra imagino que con la esperanza de que el viento del desierto le tocara ese pedazo de alma que, inevitablemente, nos arrebata la edad.

La segunda ocasión en la que vi Lawrence de Arabia fue en una abarrotada sesión en el teatro La Granja (¿continuará abierta esta dependencia en la Casa de la Cultura de la capital tinerfeña?) porque siempre hay buenas razones para repescar la cinta de David Lean y porque se trataba, además, de la exhibición, por primera vez en Canarias, del largometraje sin cortes y en rigurosa versión original con subtítulos en español.

Recuerdo que al salir de la sesión, noche cerrada, y a la luz de una farola pero sin disfraz de jeque árabe, me puse a danzar como un derviche mientras buscaba los siete pilares de una sabiduría que, cosas de la vida, tuve ocasión de acariciarlos pero no libarlos mientras deambulaba por un hechizante desierto jordano cuyo celuloide permanece inalterable en mi hoy acribillada memoria.

Con esto quiero decir que Lawrence de Arabia, la película, ocupa un puesto privilegiado en mi disco duro. Y que no me canso de revisarla año tras año, haga frío o calor, en ese mismo dvd en el que reza para papanatas en su carátula: “edición especial para coleccionistas.

¿Coleccionista?

Para mi es uno de esos título que por mucho que lo vea y que por mucho que sepa lo que va a ocurrir en la historia tiene un algo que todavía despierta un entusiasmo que destruye mi ya de por sí característico hartazgo.

Entiéndame: amo esta película.

Entiéndame: amo esta película porque el paso del tiempo no la traiciona y sabe adaptarse a mis cambios de humor. Eso que los cretinos llaman como signo de invisible madurez.

Luego tengo claro que Lawrence de Arabia me pertenece. Y como me pertenece, que ha crecido conmigo.

Con Lawrence de Arabia aprendí que hay películas y no pinículas. O cintas que forman parte de tu pobre existencia. 

Así que algo me da en la nariz que eso es precisamente lo que los que no somos cretinos llamamos arte.

Con todas sus letras.

Lawrence de Arabia es la historia de un hombre que quiso ser dios. También es la historia de un hombre que fue hombre cuando se dio cuenta que no podía ser dios.

He ahí su tragedia mayúscula.

Peter O’Toole está inmenso como Lawrence. Tan inmenso que tras Lawrence de Arabia es imposible que lo vea en otra película sin que deje de pensar que quien está actuando no es O’Toole sino el mismo Lawrence de Arabia buscando gatitas descarriadas o ejerciendo de director de cine

Lawrence de Arabia de David Lean es así un milagro.

Una película redonda que nos enseña que la inocencia, la pureza, está en el desierto.

- ¿Qué te atrae del desierto?- le pregunta sorprendido ese hombre del desierto que hace en la película Omar Sharif.

- Que está limpio.- responde Lawrence/O’Toole.

Son muchas las escenas de esta película que para mi se han convertido en auténticas lecciones de vida.

Recuerdo la de Lawrence/O’Toole apagando con los dedos la llama de una cerilla.

Recuerdo la de Lawrence/O’Toole regresando al desierto para rescatar a un hombre que se ha perdido de la partida en su larga marcha para tomar por la retaguardia la fortificada ciudad de Akaba, a orillas del Mar Rojo y en manos de los turcos.

Lucha contra las tormentas del desierto para rescatarlo y regresa victorioso. Solo para que más tarde, y porque el destino está escrito, se cumpla el destino de quien tuvo que morir abandonado en el desierto.

Recuerdo la de Lawrence/O’Toole entrando en el bar de oficiales con sus dos criados árabes…

Y la de Lawrence/O’Toole cuando sus superiores, unos excelentes Claude Rains y Jack Hawkins, dejan que ese pobre idiota con aires de grandeza crea que está por encima de los intereses de una nación que está forjando imperio. Un imperio del que a su manera intenta sacar provecho para lo que será su país el príncipe Faysal que interpreta un gigantesco Alec Guiness.

Y todo narrado con una épica que, pese a las luces y sombras del personaje iluminado que pierde su inocencia tras caer en manos de los turcos, hace leyenda…

Recuerdo haber visto Lawrence de Arabia en el cine.

Una película larga, larga de verdad.

Recuerdo la obertura de su banda sonora.

Pantalla completamente a oscura mientras suena la inspirada música de Maurice Jarre.

Recuerdo el inicio, el nudo, el intermedio.

Y el final.

Y recuerdo como aplaudo con otros tanto cuando aparece en pantalla The End.

Y me veo aplaudiendo solo en casa volviendo a ver por centésima vez la película.

Lawrence de Arabia, la película, cumple cincuenta años.

-  ¿Por qué te gusta tanto?

- Porque es limpia.- respondo apagando la llama de una cerilla con los dedos.

Saludos, todo está escrito, desde este lado del ordenador.