Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Adoremos, adoramos a Silvia Pinal

Sábado, Septiembre 12th, 2020

Se convirtió en una de las grandes estrellas del cine mexicano, tanto, que incluso trascendió las fronteras de su país para trabajar en cinematografías ajenas a su acento. De todas estas experiencias salió un poco más grande de lo que sigue siendo para los millones de aficionados que todavía le rinden tributo, aficionados que la recuerdan sobre todo por las películas que protagonizó a las órdenes de Luis Buñuel, quien la dirigiría en Virdiana (1961), El ángel exterminador (1962) y Simón del desierto (1965).

Y es que el cineasta aragonés se convirtió en una obsesión para Silvia Verónica Pinal Hidalgo, conocida como Silvia Pinal (Guaymas, Sonora, 12 de septiembre de 1931), a quien abordó para ser la protagonista de Viridiana.

Cuenta la leyenda, y el cine no sería nada sin leyendas, que Buñuel le preguntó a modo de respuesta: ¿tiene productor?

–Tengo, don Luis. Aquí, mi marido.
–¿Y este señor a qué se dedica?
–Pues es “mueblero”, fabrica muebles.
–¿Y por qué querría un fabricante de muebles producirme una película a mí, que no soy comercial y no doy dinero?
–Porque me ama, don Luis.

Viridiana, que como saben los galdosianos está basada en la novela Halma y dicen que se concibió como una continuación de Nazarín (1959), ha pasado a la historia como una de las grandes películas del cineasta y, cómo no, de la actriz que juega al tute al final con un bronco Paco Rabal. Lo de tute es un guiño, entre otros muchos que se despliegan en esta película, para iniciados.

La segunda película en la que colaboraron fue El ángel exterminador y quizá sea con Los olvidados, uno de los filmes más famosos en la carrera de Buñuel de su etapa mexicana, para muchos entre los que me encuentro, la más interesante de un cineasta que contaba historias desde dentro, allá donde se encuentra el alma.

Simón del desierto fue el último filme en el que trabajaron juntos y se trata de un mediometraje de cuarenta y tantos minutos de duración donde la actriz interpreta al diablo. Y, sí, efectivamente es una de las mejores encarnaciones que se han llevado a la pantalla sobre ese tipo que vive bajo tierra según la tradición cristiana.

El filme cuenta la historia de Simón el Estilita, a quien se le atribuye la invención del cilicio, leo en la wikipedia. ¿Qué es el cilicio?, pues un aparato para provocar deliberadamente el dolor y combatir las tentaciones de la carne… Si no han visto la película pierden el tiempo lo mismo que lo pierden si no han visto ninguna del maestro o una o dos… El cine de Buñuel, como dijo un sabio, es para verlo todo, todo. Incluso los últimos largometrajes que rodó en Francia.

En fin, que tal día como hoy vino al mundo una mujer que tuvo una infancia difícil y una carrera repleta de éxitos dentro de una de las cinematografías, la mejicana, más importantes del planeta.

Una mujer que todavía continúa fascinándome pasen los años que pasen. Detrás de tan aristocrática belleza se encuentra más que se esconde el corazón de una actriz.

De una actriz y de una estrella.

Saludos, días de futuro pasado, desde este lado del ordenador

La cavernícola que corrió bajo las faldas del Teide y el galán que tuvo madre canaria

Sábado, Septiembre 5th, 2020

Se llama Jo Raquel Tejada (Chicago, 5 de septiembre de 1940) aunque quienes la recuerdan la conocen como Raquel Welch o “el Cuerpo”, apodo que le pusieron porque su aspecto físico cortaba la respiración de legiones de hombres y de mujeres también, fascinados al verla corretear por Las Cañadas, Tenerife, en un ajustadito biquini de piel perseguida por cavernícolas y bestias antediluvianas bajo la sombra, asombrada cabe decir, del Teide.

La película para quien no la recuerde es una producción de la respetable Hammer bajo el título de Hace un millón de años (Don Chaffey, 1966) y sus huellas, comentan los que aún recuerdan los pasos de la Welch por las islas, deben de conservarse aún bajo las faldas del volcán dormido aunque eso, como dijo el-que-todo-lo-sabe, es otra historia.

La vinculación con Canarias no termina aquí, sin embargo. Si tomamos la máquina del tiempo y viajamos al Hollywood de los años 50 descubriremos a la por aquel entonces Raquel Tejada como ganadora de un concurso de belleza que se celebra en la Feria Anual de San Diego y en la que actúa como maestro de ceremonias bajo el nombre de Don Diego un tipo llamado a que se escriba su biografía: Domingo Hernández Bethencourt, nacido en el Puerto de la Cruz y actor de reparto (de una frase o dos) y con el nombre artístico de Tom Hernández en películas de aquel entonces como El ídolo de Acapulco o Los cuatro jinetes del apocalipsis. Su hermano, Pepe Hern, de nombre artístico, también desarrolló una discreta carrera cinematográfica que, para no abrumarles con datos, cuenta con incursiones en el cine y la televisión.

El objeto de estas líneas es, no obstante, rendir homenaje a una mujer que además de resultar explosiva hizo historia en el cine no solo porque correteara delante de los dinosaurios sino porque protagoniza junto al actor Jim Brown, ex estrella del fútbol americano, una de las primeras escenas de sexo interracial de la Historia del Cine en 100 rifles (Tom Gries, 1969), un más que estimable western rodado en pleno declive de un género que no termina de marcharse al otro mundo.

El otro actor vinculado con estas islas en las que nací y que cada día entiendo menos es Gustavo Rojo Pinto (Océano Atlántico, 5 de septiembre de 1923-Ciudad de México, 22 de abril del 2017) , galán del cine mexicano e hijo de la escritora y activista Mercedes Pinto (La Laguna, Tenerife; 12 de octubre de 1883-Ciudad de México, 21 de octubre de 1976), una señora que nació con lo que hay que tener y autora, entre otros libros, de Él, obra canónica de denuncia sobre los malos tratos y que inspiró a Luis Buñuel para rodar una muy especial adaptación cinematográfica.

Gustavo Rojo, su hijo, creció así en un ambiente cultural envidiable que le sirvió para cultivar la cabeza y el cuerpo porque este post va hoy de Cuerpos.

Estrella de telenovelas, interpretó en el cine al guerrero canario Bentejuí en Tirma (Paolo Moffa y Carlos Serrano de Osma, 1953), personaje que se enfrenta a un capitán castellano (Marcello Mastroianni) por el amor de una mujer, Tirma (Silvana Pampanini), durante la larga y costosa conquista de Gran Canaria en el siglo XV.

Como película no vale mucho pero como documento social e histórico es un trabajo al que recurrir una y otra vez para conocer de cerca cómo se intentó vender a las islas como lugar idóneo para rodar películas.

¿Les suena la historia?

Saludos, agur, desde este lado del ordenador

Llena eres de gracia

Sábado, Agosto 29th, 2020

No me canso de ver Stromboli (Roberto Rossellini, 1950) porque además de ser una de las mejores películas de su director, ese colosal maestro del cine, lo es también de su actriz protagonista, Ingrid Bergman (Estocolmo, 29 de agosto de 1915 – Londres, 29 de agosto de 1982), a quien recordarán por papeles más amables pero no menos románticos como el que hace en Casablanca y Encadenados, pero que alcanza el estado de gracia, el bendita tú eres entre todas las mujeres, en una cinta, Stromboli, que me enseñó muchas cosas cuando la descubrí hace ya mucho, mucho tiempo en televisión….

¿Dioses, quién era esa mujer?, ¿por qué diablos transitaba en aquel infierno, en aquella isla labrada por la lava del volcán?

Claro que conocía de antes a Ingrid Bergman pero claro también que no la conocía como mujer y como actriz sino como un referente tierno, de ojos casi siempre humedecidos por las lágrimas, que se despedía de Rick en el aeropuerto de Casablanca, ayudaba a Gregory Peck a que recuperara la cordura o se convertía en la primera ministra de Israel en una serie sobre la vida y la obra de Golda Meir, entre otros filmes y series de televisión que guardo a buen recaudo en el disco duro de mi memoria.

El caso es que me enamoré perdidamente de esta mujer por… Stromboli, y que volví a enamorarme de ella en Te querré siempre. Aquel amor platónico no se hizo trizas al verla en otras películas que no me terminaron de convencer aunque, como me pasa con Ava Gadner, por estrafalarias que resultasen no dejaban de seducirme por ella.

Siempre ella.

Ingrid Bergman nos enseñó además que detrás de aquella desarmante y tan cinematográfica belleza se escondía una actriz talentosa, capaz de enfrentarse a papeles difíciles, esos que entrañan una cierta complejidad para construir al personaje.

Otros años y llegado este mismo día, suelo recordarla con versos que saco del Ave María, que es una de las pocas oraciones que me sé de memoria por –y la verdad es que poco recordadas– clases de Religión que recibí en la primavera de mi vida.

Siempre me gustó lo de “bendito es el fruto de Tu vientre Jesús” y también lo de “bendita Tú eres entre todas las mujeres” porque es poesía pura, directa, que además de hacerte temblar las ideas te hace temblar el corazón…Y las ideas y el corazón tienen que temblar dentro de tu fortaleza porque si no, no sirve de nada. Desaparece de la memoria y regresas a esa nada en la que terminaremos todos un buen día…

Pero no iba por ahí la cosa. Iba de recordar a Ingrid Bergman que es algo más que una mujer y una actriz.

Desde este lado del ordenador continuamos adorándola. Sobre todo, ya se dijo, por su presencia incendiaria en esa isla de ceniza que es Stromboli...

No la recuerden solo como Ilsa, la protagonista de Casablanca, o como la amante a la que tortura sentimentalmente Cary Grant en Encadenados. Ni siquiera como a la iluminada Dama de Orleans en Juana de Arco.

Hay muchas Ingrid Bergman pero sí aún permanece en espíritu entre los que la recordamos es porque siendo muchas en el cine solo fue una en la vida real. Tanto que, si observan la fecha de su nacimiento y su deceso, dijo hola y adiós a este valle de lágrimas el mismo día.

Para Ingrid Bergman nunca sonaron las campanas.

Fue y es una mujer llena de gracia.

Saludos, orad, orad, orad, desde este lado del ordenador

Se busca: Alfred Hitchcock

Jueves, Agosto 13th, 2020

Pese a que la palabreja me produce ronchas, el cine de autor le debe no mucho sino muchísimo a un orondo cineasta que si tuvo claro algo en su cabezota fue la de entretener al público con historias de suspense. El nombre del joven no podía ser otro que el de Alfred Joseph Hitchcock (Leytonstone, Londres; 13 de agosto de 1899–Bel Air, Los Ángeles; 29 de abril de 1980) y si no me falla la memoria, creo que fue de los primeros directores de cine a los que conocí con nombre y apellido porque el caballero además de dirigir películas las firmaba con apariciones fugaces en muchos de sus filmes.

Las apariciones del señor Hitchcock se convirtieron así en un añadido más en sus largometrajes y la serie, ya famosa en el mundo entero, Alfred Hitchcock presenta… Y se cuenta todo esto tirando de la memoria, memoria que me hace recordar además cómo su nombre (su marca) figuraba también en revistas, colecciones de relatos de suspense y en el encabezado y presentación y epílogo de las novelas de Los tres investigadores cuya lectura, ya ven, me hizo muy feliz la adolescencia.

Pero hablábamos de las apariciones del señor Hitchcock en sus filmes… En casa, viendo cualquiera de sus películas, la apuesta consistía en localizar antes que nadie al cineasta. “Ahí está, subiendo a la guagua (autobús para peninsulares)”. Otras te despistaba y era otro el que lo localizaba antes de tiempo. Recuerdo cómo me rompí la cabeza pensando cómo aparecería en una de sus películas más olvidadas pero de las que guardo gratísimo recuerdo, Náufragos. ¿Surgiría el señor Hitchcock del mar como un escualo asesino?, ¿podría ser el odioso personaje que interpretaba Walter Slezak en esa misma película?

Tardaría toda una vida proponiendo una selección de los mejores largometrajes que dirigió este hombre que no era nada sin su mujer. Su filmografía, e incluyo su etapa silente y su primera etapa británica, es redonda. Apenas hay alguna cinta que estropee currículum tan ejemplar aunque uno tenga predilección por un filme pequeño en su gigantesca obra como es La sombra de una duda, rodada en blanco y negro y con un reparto más que discreto. Y es que Joseph Cotten fue siempre un actor lo que se dice discreto.

El señor Hitchcock nos enseñó a mirar con respeto a los pájaros, a que miráramos con atención la pantalla en las escenas de besos (no hay cineasta que haya rodado mejores los besos como él) y a sentir especial atracción por los villanos que aparecen en la mayoría de sus películas. Incluso en una cinta tan sucia como Frenesí, rodada en Londres y en la que parece que su agrio sentido del humor se había acentuado más de lo recomendable. Huelga decir que es otra de mis favoritas. Como favoritas son también La posada de Jamaica, Extraños en un tren, Encadenados, La soga, El proceso Paradine, La ventana indiscreta, Con la muerte en los talones, Psicosis entre otras y otras muchas. ¡¡¡Si hasta me llevaría a una isla desierta esas rarezas que son Topaz (su único filme con una heroína de larga cabellera morena); Yo confieso y Falso culpable!!! Y no digamos ya de esa estrambótica comedia negra que es Pero… ¿Quién mató a Harry?

En fin, que son muchas las películas y muchos los recuerdos que me acompañan viendo su cine porque crecí, tuve esa suerte, viendo sus películas y reconociéndolas porque eran del señor Hitchcock y no porque el protagonista fuera Cary Grant, Ingrid Bergman, James Stewart o Grace Kelly, la que luego fue princesa de Mónaco.

Un director no ya de culto –hay toda una religión montada a su alrededor– sino el primero y si no fue el primero sí que fue uno de los primeros, que nos hizo reconocer quién estaba detrás de aquellas fantásticas películas de acción y suspense.

Un tipo tan grande, tan autor, que desde entonces no deja de influenciar a puñados de cineastas que no le llegan a la suela del zapato (y lo siento de veras, Brian de Palma).

En definitiva, cine de autor para los que entiendan y no entiendan y por muchas ronchas –se admite– que me sigue provocando cuando pronuncio semejante y estiradísima palabreja.

Saludos, felicidades, maestro, desde este lado del ordenador

Cantinflas, un genio del siglo XX

Miércoles, Agosto 12th, 2020

Su nombre real, el de estar por casa era Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes (Ciudad de México, 12 de agosto de 1911-ibídem, 20 de abril de 1993) aunque para todos nosotros, los que aún lo recordamos y los que aún nos partimos de la risa con sus películas lo reconoceremos siempre como Cantinflas.

Y fue tanto su éxito como Cantinflas, que el nombre ha pasado a definir una manera de actuar ante la vida. A driblar los problemas de la existencia cotidiana con cintura de sabio callejero porque, hermanos y hermanas, si algo describe el humor de este maestro de la comedia con acento español (español latino para puristas) es su fuerte carga crítica contra los poderosos, los mangantes y los corruptos. Basta verlo en la que considero una de sus mejores películas, una de Cantinflas en su estado más puro: El portero, donde da una lección a un grupo de estirados académicos sobre qué es la gramática.

Todavía se deslizan bajo los ojos las lágrimas de la carcajada que suelto cuando repesco algunas de las escenas de un largometraje que presenta a un personaje que ya ha tomado forma y que aprovecha cualquier momento para disparar su verborrea ininteligible.

Llegué a Cantinflas gracias a las salas de cine. Es decir, que accedí al humor del actor cuando era un renacuajo… hace ya mucho tiempo, en la noche de los tiempos y tiempos, tiempos…

Recuerdo ver sus películas a colores en cines de mi pequeña capital de provincias como el Teatro Baudet y aunque no me enterara de nada cuando hablaba sí que me reía observando cómo se movía, cómo cantaba y bailaba Cantinflas. Con los años comencé a entender su verborrea que ya no resultaba tan ininteligible y terminé por unir en dos las dos mitades de un actor que gustaba tanto a los más pequeños como a los más grandes.

En Tenerife, y quiero creer en Canarias en general, Cantinflas era un Dios que reconocía la gente que se destroza la manos todos los días. Y fue tanto su éxito que un periódico en el que trabajaba regalaba con la edición de los domingos sus películas, no todas, pero sí las más conocidas, El barrendero, Su excelencia, Por mis pistolas y dos por las que no siento demasiado entusiasmo porque no es el Cantinflas desarrapado que conocí: El padrecito y El patrullero 777.

Pero uno le perdona estos deslices porque se trata de Cantinflas, el que enmudece al estirado de David Niven en La vuelta al mundo en ochenta días o desafía a la autoridad no con los puños sino con la fuerza de sus palabras aunque no se entienda o no lo entienda casi nadie pero eso no era culpa suya sino de los demás. Es decir, por “la falta de (agri)cultura que tiene la gente”.

¿Cantinflas? Un genio del siglo XX.

Saludos, a reir, desde este lado del ordenador

Robert Aldrich, ese hombre

Domingo, Agosto 9th, 2020

Para ubicar a los cineastas de talento pero que no formaban parte del panteón de venerables maestros del cine norteamericano alguien acuñó un término desafortunado para meterlos a todos en un mismo paquete: artesanos.

Quien les escribe odia tal definición porque le cuesta entender que directores como Robert Burgess Aldrich (Cranston, Rhode Island; 9 de agosto de 1918 – Los Ángeles, California; 5 de diciembre de 1983) sea artesano y no maestro cuando cuenta, a título personal al menos, con un puñado de películas que están en esa lista de obras a las que recurro con cierta frecuencia porque siempre encuentro cosas nuevas en ellas y eso, estimados y estimadas, solo lo hace un maestro.

Robert Aldrich, que manejó casi todos los géneros, géneros a los que imprimió su fuerte carácter personal, cuenta con películas tan ejemplares como Veracruz y El último atardecer, que son dos western potentísimos que han superado la prueba del tiempo… No me olvido de Apache y La venganza de Ulzana aunque admito mi debilidad con los dos primeros mencionados.

En cine bélico puso un punto y aparte no ya solo con esa golosina explosiva que es Doce del patíbulo sino también con ejercicios cargados de sobresaliente cinismo y objetivamente antimilitares como la ya citada Doce del patíbulo, Attack, Comando en el mar de China y alguna más que ahora se me escapa.

Como cineasta habituado a observar las cosas con mirada crítica, destacaría en cine negro clásicos como El beso mortal y La banda de los Grissom y en los territorios del cine psicológico piezas tan redondas como cerradas como son ¿Qué fue de Baby Jane? y Canción de cuna para un cadáver, donde volvió a repetir con Bette Davis como protagonista y actriz que enfrenta en esta cinta, por cierto, a la recientemente fallecida Olivia de Havilland.

Hay, sin embargo, dos películas del señor Aldrich que aprecio mucho porque se apartan radicalmente de géneros (más bien los mezcla) e insiste en varias de las constantes de su cine: masculinidad, lucha de los más desfavorecidos contra los más fuertes, una defensa a ultranza del individualismo como forma de combate contra un mundo que no gusta y una profunda reivindicación del perdedor porque se niega a que le quiten lo último que le queda: dignidad.

Estas películas son El emperador del Norte y El vuelo del Fénix. Y si en la primera nos cuenta cómo un vagabundo al que llaman Número 1 desafía a los vigilantes de trenes durante la Depresión en la segunda enfrenta a un grupo de hombres que intenta reparar un avión que los ha dejado tirado en medio de la nada, del ardiente desierto africano.

Las últimas películas de su carrera como cineasta insisten más o menos en los mismo temas que destripa en una filmografía generosa y notable, aunque me quedo con un policíaco que pasó desapercibido en su momento y que observa con su distante y cínica mirada a un grupo de policías neoyorquinos. El filme se tituló en España La patrulla de los inmorales y la recomiendo como recomiendo El rompehuesos y Alerta misiles, películas que sin ser de lo mejor de su carrera, sí que ilustran el talento de un director que más que artesano fue maestro.

Por cierto, en la imagen aparece Robert Aldrich dirigiendo a Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane?

Se les saluda, hermanos y hermanas, desde este lado del ordenador