Archive for the ‘Cine de allá’ Category

“Philip Marlowe”, dijo Robert Mitchum

Lunes, Junio 17th, 2013

La culpa la tuvo una mala adaptación al cine de El Sueño eterno, Detective privado (Michael Winner, 1978), cinta que entre otras irreverencia trasplantaba el universo de Los Ángeles al gélido escenario londinense aunque su protagonista, el actor que encarnaba a Philip Marlowe, se convirtió desde ese día en el verdadero, en el único, en el insustituible detective privado amante de las causas perdidas.

¿Su nombre? Robert Mitchum, ya con bastantes años encima, y que en esta película repetía el mismo papel tras el relativo éxito alcanzado por Adiós, muñeca (Dick Richards, 1975), pulcra adaptación de una de las mejores novelas que Raymond Chandler dedicó al investigador aficionado a los gimlet y los cigarrillos Chesterfield.

Pero esta versión de Adiós, muñeca llegó tiempo después que viera en el cine –Cine Numancia, aún lo recuerdo numantinamente y como si fuera ayer– Detective privado con un Bob Mitchum al que todavía le faltaba tiempo para el sueño eterno. En el filme de Winner, mientras tanto, reparte justicia por las neblinosas (¿o son nebulosas?) calles, mansiones de Londres…

Después fue cuando leí a Chandler.

Cuando leí sus novelas y relatos protagonizados por Marlowe.

Y en todas, El largo adiós, La hermana pequeña, La ventana siniestra, Adiós muñeca, El sueño eterno, Playback e incluso la inconclusa Poodle Springs, que terminaría Robert B. Parker, todo un purasangre del género y que fue llevada al cine con James Caan como el detective privado que nunca probó el sabor de la gloria, Marlowe era Mitchum.

¿Hace falta que lo mastique?

En todas esas novelas, y en los relatos Marlowe, Robert Mitchum fue su encarnación perfecta en mi imaginario, en mi construcción de las historias que narraba con lirismo de perdedor Raymond Chandler. Un escritor, Chandler, al que todos los que leíamos citábamos en unos años de instituto que ya se han ido por el sumidero de la historia y del que conseguí en esa misma época de entusiasmos febriles y probablemente guiado por los fantasmas del mismo Chandler y de Mitchum, La vida de Raymond Chandler, de Frank MacShane (colección Libro Amigo, editorial Burguesa 1977, en una excelente traducción de Pilar Giralt) donde el propio escritor describe a su ¿héroe? como: “Tiene un sentido del carácter, o no conocería su trabajo. No acepta el dinero de otro deshonestamente ni soporta la insolencia de nadie sin una venganza debida y desapasionada. Es un hombre solitario, y su orgullo quiere que le traten como a un hombre orgulloso, o lamentarán haberle conocido. Habla como un hombre de su edad, es decir, con rudo ingenio, un gran sentido de lo grotesco, repugnancia por el fingimiento y desprecio por la mezquindad.”

Bob Mitchum, que es junto a Kirk Douglas un actor de hoyuelo en la barbilla, encaja a la perfección en esta descripción chandleariana sobre su criatura más famosa.

Y no es que ubique en segundo lugar el trabajo de Bogart, ni el de Robert Montgomery en su todavía desconcertante La dama del lago, filme que cuenta la historia a través de cámara subjetiva, lo mismo que deseaba hacer Orson Welles con su frustrada adaptación de El corazón de las tinieblas, relato conradiano donde, curiosamente, su protagonista se llama Marlow. Un Marlow al que solo le falta una e para ser Marlowe que es como reconocemos a Philip. Philip Marlowe.

Ese mismo Marlowe, con e, fue interpretado también por James Garner y Elliott Gould. Pero Gould, a mi juicio, no resultó un buen Philip Marlowe, tampoco una película para recordar El largo adiós, que dirigió Robert Altman en 1974 con entusiasmo renovador. Interés por ubicar al detective privado en la época en la que se rodó este filme que adapta la que considero la mejor novela de Chandler con Marlowe como protagonista.

El largo adiós, la novela, contagia su pesimismo.

Su tristeza eriza la piel.

Y todo porque, ya saben, la traición no es una de las bellas artes.

Me encuentro estos días releyendo precisamente El largo adiós.

Una novela que redescubro tras la tercera lectura que le dedico.

Es como si empezara de nuevo, como si me reencontrara otra vez con Marlowe.

El personaje crece en mi cabeza pero siempre como Robert Mitchum.

Un Mitchum que lleva gabardina. También sombrero y las manos metidas en los bolsillos mientras observa con mirada de no-me-creo-nada la telaraña de mentiras que debe de desenredar.

Cuenta la leyenda que para Chandler Marlowe era Cary Grant.

No sé así que habría pensado de Mitchum encarnando a su personaje.

Quiero imaginar, no obstante, que le habría gustado.

Ese hombretón destila tras su físico una ternura que lo convirtió en estrella.

Y esa misma estrella aún fulguraba cuando llegó a encarnar al detective privado en el otoño alimenticio de su carrera.

Así que dicho esto es mi mejor Philip Marlowe.

Ni Bogart, Ni Caan, ni Montgomery, ni Gould, ni Garner…

Cuando leo las novelas que Raymond Chandler le dedicó a su caballero sin espada no hay otro Marlowe que no sea Mitchum.

Un hombre que parece triste, solitario y final.

Saludos, decir adiós es morir un poco, desde este lado del ordenador.

Pronto, muy pronto… El precio del poder

Domingo, Junio 16th, 2013

 

“¿Que miran? No son más que una pandilla de cretinos ¿Y saben por qué? Porque no tienen huevos para ser lo que quieren ser, necesitan a personas como yo para poder señalarlas con el dedo y decir: ése es el malo. ¿En que les convierte eso? ¿En los buenos? No son buenos, simplemente saben esconderse. Saben mentir. Yo no tengo ese problema. Yo siempre digo la verdad. Incluso cuando miento. Así que darle las buenas noches al malo. Vamos, es la última vez que van a ver a un tipo malo como yo. Vamos, apártense que va a pasar el malo. El malo quiere pasar. Será mejor que se aparten…”

(El precio del poder, Scarface, Brian de Palma, 1983)

Saludos,  How are you?, desde este lado del ordenador.

Otra vez con el Cine Víctor ¿a Dios pongo por testigo que no volveré a pasar hambre?

Martes, Junio 4th, 2013

En los años ochenta se multiplicaron como setas en las dos capitales canarias los multicines, espacios que junto al fenómeno del vídeo, en aquel entonces muy popular, bastaron para dar el tiro de gracia a la sala tradicional, al palacio que nos prometía por el valor de una entrada un viaje a la tierra prometida.

Que es la de nunca jamás.

La aparición de las salas múltiples en Santa Cruz de Tenerife coincidió también con el tímido renacer del cine en esa década moralmente ominosa en la que por primera vez oí hablar de los yuppies, personajillos vestidos con traje y corbata, que alisaban su cabellera con litros de brillantina y ganaban dinero haciendo del arribismo una religión y cuya mayor aspiración en la vida era parecerse no a un caballero ambiguo y encantador como Cary Grant sino a Mario Conde.

La primera sala de este tipo que comenzó a funcionar en Tenerife fue el Oscar’s, y a ella le debo experiencias visuales y espirituales como Excalibur, de John Boorman; Blade Runner, de Ridley Scott, antes de que se nos volviera tonto; la decepcionante El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983) para los que nos habíamos quedado con la lengua fuera tras El imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980) y Viaje alucinante al fondo de la mente, que para la pandilla con la que me movía en aquellos días fue algo así como el no va más…

… O la película que suscitaba encendidos debates una vez salías de la sesión, pienso ahora que originados más por la necesidad de hacernos creer que lo que habíamos visto era otra cosa y no la excéntrica tomadura de pelo que fue.

Ya saben, una película más firmada por el Baz Luhrmann de aquel tiempo, su graciosa majestad Ken Russell.

Tras el éxito de los Oscar’s, y muy próximos, el cine Greco, el fantástico cine Greco  de aquellos tiempos color sepia, terminó también claudicando a su señor Hyde transformándose en multicines; como El Price en multicines Price, hoy Renoir Price.

La fiebre por las salas múltiples se contagió también a La Laguna, donde aparecieron los multicines Aguere, hoy reconvertido en espacio socio cultural.

Parece mentira contado así, pero el fenómeno de las multisalas como sucedía en el resto del territorio nacional vivió una época de leche y miel que hoy cuesta trabajo imaginársela.

Y eso que quien les escribe fue testigo de aquel proceso. Proceso, hemos dicho, que supuso la muerte de la sala de cine tradicional.

Todo esto que explico viene a colación a propósito de una información en la que se anuncia que el Cine Víctor, situado en la plaza de La Paz de Santa Cruz de Tenerife, y sala cuya trayectoria ha resultado de existencia errática desde que los tiempos de leche y miel dejaron de manar, abrirá sus puertas dentro de un mes como sala de cine, dejando atrás su frustrada experiencia como sala de variedades.

La noticia, leída así, asombra.

O me asombra porque parece ser que se ha alcanzado un acuerdo entre los dueños del Víctor y la empresa EST ocio SL –de la que no encuentro referencias en Internet– que tiene la idea de continuar adelante para convertirla en una “sala dedicada de forma casi exclusiva a la exhibición de películas.”

Leído así parece una inocentada.

Sobre todo si atendemos a las cifras en franco descenso de público a las multisalas, algunas de las cuales se plantean incluso si ya es hora de poner el cartel de cerrado.

Muchas son las razones que explican esta recesión, qué les voy a contar a ustedes, por eso me llama poderosamente la atención leer que el contrato se firmará el viernes, 7 de junio, entre los dueños de la sala y Eladio Fraga, a quien tengo el gusto de conocer y con quien me detengo en ocasiones para hablar sobre lo divino y sobre lo humano y personaje que tiene ideas claras con respecto a la actual situación económica que vive esta isla, el archipiélago y el país del que forma, formamos, parte.

Por eso, mientras escribo, no deja de ser contradictorias las sensaciones que me asaltan.

Por un lado, celebro que se anuncie que el Cine Víctor vuelve a encender sus luces y que la exhibición de películas formará “el grueso casi exclusivo de su programación”; pero por otro es inevitable que me pregunte por la rareza que un tipo como Fraga se meta en esta empresa.

Quiero imaginar que habrá visto negocio…

Aunque ese negocio incluya una reforma profunda de la sala, bastante descuidada si uno pasa todos los días, como es mi caso, frente a su antaño palaciega entrada.

Otra cuestión es si este hipotético Víctor, que quiere volver a su papel de doctor Jekyll, ¿qué tipo de cine ofrecerá?

A Eladio Fraga lo conocí en su etapa al frente de los Oscar’s.

Un hombre con los pies sobre la tierra y con una idea muy clara del negocio.

Mide la calidad de la película según su rentabilidad en taquilla.

No le hables así de cine que solo entienden los friquis.  

Los primeros multicines que operaron en la capital tinerfeña llegaron además en un momento de cambios de los que todavía nos estamos recuperando…

Por ello, que sea el mismo Eladio quien se disfrace de Rhett Butler para recuperar Tara –el Víctor– para la caprichosa, pero también abnegada Scarlata –Santa Cruz de Tenerife– me desarma. Y me sabe a curioso déjà vu.

Y pienso que con la que nos está cayendo…

Con el titánico esfuerzo con el que la mayoría estamos resistiendo…

… Pues va a resultar verdad que la esperanza nos mantiene.

 Saludos, después de todo, mañana será otro día, desde este lado del ordenador.

Las dos caras de una misma moneda

Martes, Mayo 28th, 2013

La gloria, como todo el mundo sabe, tiene un sabor amargo

(El marino que perdió la gracia del mar, Yukio Mishima)

La historia de Joey Coyle es la historia de un perdedor aunque la fortuna, que tiene muchas caras, alguna de ellas bastante macabras, le salió al paso cuando encontró en plena calle dos sacos con un millón de dólares.

A partir de esta historia real, el periodista norteamericano Mark Bowden reconstruye unos hechos que visto desde la distancia tiene cierto sabor moral. Y un ligero aroma a paradoja, suscita también preguntas. Alguna de ellas tan inquietantes como ¿qué harías si por un golpe de suerte descubres tirado en la calle dos bolsas con semejante cantidad de dinero?, ¿reaccionarías cómo lo hizo Coyle?

Joey Coyle, desempleado y aficionado a todo tipo de sustancias ilegales, apuesta por quedárselo, pero no cierra la boca y canta su hallazgo a los cuatro vientos.

¿Por qué? Bowden sugiere que a Coyle lo que le anima más que la codicia es que su entorno lo reconozca, que aprenda a verlo de otra manera, a que se descongele la imagen de perdedor que tiene en su comunidad mientras reparte grandes suma de dinero entre amigos e incluso la mafia, para que lo limpie, de Filadelfia.

La historia, excelentemente narrada en Por un millón de euros (RBA, 2003) y libro que puede conseguirse a un precio de risa en algunas de las librerías de la ciudad que habito, es un documento periodístico de primer orden, y sin lugar a dudas uno de los mejores trabajos que he podido leer de Bowden, responsable también de las historias Black Hawk derribado y Matar a Pablo Escobar, títulos no obstante en los que le pesa su ambiguo patriotismo, aunque reportajes eficaces ya que reflejan las claves de una derrota que todavía mancha el historial de las fuerzas armadas estadounidenses y la caza a un hombre que se convirtió en enemigo público del planeta antes de que emergiera Osama bin Laden, personaje cuya ejecución centra The Finish, volumen en el que Bowden asegura que la CIA obtuvo la pista de donde se refugiaba el fundador de Al Qaeda a través de los malos tratos a los fueron sometidos los prisioneros acusados de pertenecer a esta organización paramilitar yihadista.

Una reflexión sobre el éxito y el fracaso es lo que también propone el interesante documental Searching for Sugar Man (Malik Bendjelloul, 2013), la historia de un cantautor norteamericano de los años setenta, Rodríguez, que tras editar dos discos que resultaron sonoros fracasos, desapareció del universo musical aunque renació en la Sudáfrica cerrada y racista de los años ochenta como una voz que contribuyó a romper aquel férreo sistema policial.

Lo insólito de esta historia es que mientras sus discos se vendían en Sudáfrica, nadie conocía en los Estados Unidos la fama que había alcanzado al otro lado del Atlántico.

El documental reconstruye así en un laborioso proceso de investigación qué fue de Sixto Rodríguez, personaje al que la leyenda da por muerto aunque vive modestamente en una fría e industrial ciudad del norte, Detroit, cuna de la Motown.

Como todo documental que se precie, Searching for Sugar Man es un trabajo. manipulador, que no periodístico, y precisamente por eso emociona al público. Un público ávido de historias que terminen con un final feliz aunque Rodríguez, de una desarmante humildad, continúa viviendo como siempre, satisfecho solo que cuarenta años después se haya terminado por reconocer su trabajo en el mundo de la canción.

El caso de Joey Coyle y el de Rodríguez son así las dos caras de una misma moneda. Una curiosa e inquietante reflexión sobre el éxito y el fracaso. O la ambición de ser reconocido por un milagro envenenado caído del cielo, o el talento de un hombre que por esos azares del espectáculo, vivió casi toda su vida ignorando lo que la fuerza de sus letras había logrado conseguir en un Estado que, como el sudafricano, se había cerrado al mundo tras un telón de acero.

(*) La historia de Joey Coyle fue llevada al cine en 1993 en una película dirigida por Ramón Menéndez con el título de Money for Nothing.

(**) Searching for Sugar Man se pudo ver el fin de semana pasado en TEA Tenerife Espacio de las Artes. El documental, no obstante, circula ya en copias de dvd.

Saludos desde este lado del ordenador.

Una auténtica entrevista falsa con Vin Diesel

Lunes, Mayo 27th, 2013

- Señor Diesel, antes que nada le agradecemos esta auténtica entrevista falsa que nos concede. Somos conscientes que es un hombre muy ocupado.

- Nada hombre, para eso estamos. Escupa.

- ¿Que escupa?

- Demonios, que pregunte de una puta vez…

- Bueno, nos gustaría saber si le gustó lo que vio de Canarias.

- ¿Canarias, ónde está eso?

- Muy pegadito a África, pero son una islas que pertenecen a España, que a su vez está dentro de una cosa que se llama Europa.

- Ya.

- Mmmm, ¿le gustó Canarias?

- Es que ahora mismo…

- En esa tierra se rodó la sexta entrega de Fast & Furious.

- La de los coches… ya, ya…

- ¿Le suena Garachico?

- Mu bonito. Mu bonito todo. Hace buen tiempo ahí, ¿no?

- Sí, por norma general.

- Me encanta sudar.

- Será por las horas que le dedica al gimnasio.

- ¿Eh?, ¿no será usted uno de esos listillos que piensa que por preocuparme por mi físico tengo un cerebro de mosquito?

- Vágame Dios, no he querido decir eso…

- Conozco a los tipos de su calaña. A mi no me engaña nadien.

- No se levante del asiento, señor Diesel… Yo solo preguntaba…

- Preguntar, preguntar… Soy Vin Diesel, el puto amo.

- Vuelva a sentarse, haga usted el favor.

- Me siento porque soy un hombre de paz. Ahora pregúnteme qué libro estoy leyendo…

- ¿Qué libro está leyendo?

- ¿Cómo?

- Que ¿qué libro está leyendo?

- Alicia en el país de las maravillas. ¿A que le sorprendo?

- Yo imaginaba algo más nietzcheano.

- Esa etapa la superé. Hace mucho, mucho tiempo.

- ¿Qué opinión le merecen las películas Fast & Furious?

- Que es una manera divertida de ganar dinero.

- Pero habrá algo más que ganar dinero…

- ¿Cómo qué?

- No sé, ver mundo. Por ejemplo, parte de la sexta entrega de Fast & Furious se rodó en Canarias…

- Y dale con Canarias.

- Es que…

- ¿En ese sitio se comen unas papas con piel?

- Pues sí, las llaman papas arrugadas y con mojo están que…

- El mojo es esa salsa que le ponen, ¿no? Una roja y otra verde, ¿no? La roja me dio ardor de estómago, casi suspendemos el puñetero rodaje por eso… Ay que malito me puse.

- Al margen de las papas, ¿qué recuerdos guarda de su estancia en las islas?

- Es que no sé muy bien de que islas me habla…

- De Canarias, donde le pusieron las famosas papas…

- Ya no me acuerdo. Viajo mucho, sabe usted. Yo soy más de comida sana. Hago ejercicio. De hecho, debería usted hacer ejercicio.

- A mi edad…

- Pamplinas. No hay nada como levantar pesas, sudar y olvidarte de los problemas.

- ¿Tiene usted problemas?

- Ni se los imagina. Estoy harto de que gente como usted piense que soy un trozo de carne con ojos…

- Yo…

- No se haga el listillo, he leído lo que ha escrito sobre la película.

- Pero ahí digo que usted, cuando cae en manos de un director con talento es un buen actor…

- ¿Actor?, ¿quiere usted decirme que entiende por eso de actor?

- No sé, así, a bote pronto… ¿alguien que interpreta a otro?

- Mmmm, no lo había pensado.

- ¿Le gusta su trabajo?

- ¿Hasta cuando voy a tener que  aguantar tantas estupideces juntas…?

- Usted perdone…

- Aligere y vaya al grano.

- Me he quedado sin preguntas.

- Pues improvise.

- ¿Cuál es su director favorito?

- Manoel de Oliveira.

- Usted bromea.

- ¿Por qué iba a bromear?

- No sé, las películas que hace y las que rueda ese señor se encuentran en las antípodas.

- En las antípodas vas a irte tú cuando te rompa la crisma.

- No se me sulfure… Yo es que pedí una entrevista con la Pataky, con la Rodríguez y con la Brewster y no hubo manera.

- Todos dicen lo mismo.

- Yo… Le agradecería que no cerrara los puños que me está dando miedo.

- Pues verá cuando me ponga en plan Las crónicas de Riddick.

- Serénese, Diesel no es un tipo que le pegue a un tío que lleva gafas. ¿Qué pensaría sus seguidores?

- Pues cállese de una vez.

- Conste que lo hago por ellos.

- ¿Por quiénes?

- Por sus seguidores, naturalmente.

- Ya.

- Ya.

- Le concedo una última pregunta, que lo veo nervioso.

- Yo…

- Pregunte, pregunte…

- EhhhEhhh… Pues nos gustaría saber si le gustó lo que vio de Canarias.

- Tú te lo has buscado, chaval.

Saludos, el reportero Tribulete que en todas partes se mete, desde este lado del ordenador.

Una estafa rápida y furiosa

Miércoles, Mayo 22nd, 2013

Las persecuciones y carreras de automóviles ha sido un tema recurrente en la historia del cine. Sin ánimo de resultar pesado, cualquier aficionado recordará los inolvidables cortometrajes cómicos de la Keystone Cops, y más recientemente y dentro siempre de las películas fabricadas en Hollywood, títulos que permanecen en nuestra memoria por sus espectaculares escenas de cohes como French Conection o Bullit. Sin olvidar, claro está, The Driver (Walter Hill, 1978) y Drive (Nicolas Winding Refn, 2011), en el que estas situaciones de alto riesgo se toman muy en serio, consiguiendo fusionar máquina y persona y que espectadores como quien ahora les escribe, que no sabe qué hacer con un volante entre las manos, sienta lo que debe ser un as de la carretera.

En los últimos años, sin embargo, el cine con automóvil ha degenerado en un discurso por la velocidad que preocuparía al mismísimo Marinetti. Lo escribo así porque ya no se trata de explorar la relación hombre-máquina, sexualidad en la que indagó el inquietante David Cronenberg en su aclamada Crash (1996) o Paul Haggis como metáfora de las relaciones humanas en Crash (2004), sino en contar historias (¿?) donde lo que importa es cuanta chatarra dejan los protagonistas diseminadas por la autopista.

Esta nueva vertiente, cuenta con sus clásicos, Los locos de Cannobal o La carrera de la muerte del año 2000, películas que si todavía sobreviven es porque no se tomaban en serio; color que desgraciadamente falta en las últimas producciones que llegan a los cines, todas ellas protagonizadas por actores cuyo nivel interpretativo se mide por el tamaño de sus bíceps, tías güenas y coches tuneados, elementos que se dan cita en la serie, son seis ya sus repetitivas entregas, Fast and Furious.

Este viernes, 24 de mayo, se estrena en salas este largometraje que dirige, es un decir, Justin Lin, con los mismos actores que han venido encabezando el reparto en sus anteriores capítulos, aunque en esta ocasión cuenta con el aliciente para el público nacido y/o residente en Canarias, ya que algunas de sus escenas se rodaron en localizaciones de Tenerife y Gran Canaria.

La película empieza de hecho en las Islas Canarias, concretamente en uno de los pueblos más bellos de Tenerife, Garachico, y varias de sus escenas de acción también se desarrollan, aunque sin determinar, en carreteras de esta tierra.

En este sentido, y confeso seguidor del cine de acción con automóviles incluidos, apunto que éste y no otro –es decir, que el filme se haya rodado en parte en el archipiélago– es uno de los escasos atractivos de esta cosa que dice ser una película y cuyo estreno en cine solo obedece a continuar explotando el filón Fast & Furious, serie que con el paso de los años ha ido estirándose como un chicle al que apenas le queda ya sabor a fresa.

Al margen de su insustancial guión, al margen de que este producto intente acariciar las megalomanías del universo Bond; al margen de que reúna todos los defectos del cine de acción de estos agitados y convulsos tiempos, no es que la sexta entrega de Fast & Furious sea una mala película, que lo es, sino que sorprende por su grado de estupidez para todo seguidor del cine de cuatro ruedas.

Conduce o muere” es el lema de los rápidos y furiosos. Así que muéranse de una puta vez es el pensamiento que no deja de rondarme por la cabeza mientras contemplo sus presuntas escenas de impacto, las de persecuciones a todo gas que están pésimamente rodadas y las peleas, casi siempre cámara en mano, alambicadas por un montaje que sufre el mal de San Vito. Huelga decir que no recoge en ningún momento el viejo y añorado espíritu de las cintas que hemos citado con anterioridad.

Esto me hace reflexionar que como producto de acción es un vehículo –¿cogen la ironía?– que puede frustrar a la legión de seguidores por este tipo de cine cañero, aunque soy consciente que existe otro público, ese que espera espectaculares colisiones aunque apenas se muestren por culpa de un velocísimo montaje, que se queda satisfecho con muy poco. Y si ese poco es una celebración del macarra reconvertido en pijo de asfalto, rodeado de cohes, música estruendosa y tías güenas, tanto mejor.

Vista con otra perspectiva, Fast & Furious carece de la ironía de algunos de sus ilustres precedentes, pienso ahora en la trilogía The Transporter o en las felizmente delirantes Crank, todas ellas protagonizadas por Jason Statham, un tipo que se ha metido a actor solo para ganar dinero –ahí su cameo final en Fast & Furious 6– y del que sospecho costernado ha quemado sus neumáticos para participar en productos como éste. Muy cotufero, sí, pero sin sal.

Los guionistas, que los hubo, no se rompieron la cabeza. Lo escribo para explicarme este despilfarro multimillonario que al menos, miremos su lado bueno, dio trabajo durante unos días a un puñado de habitantes de estas islas donde la palabra trabajo ya sabe a milagro. 

El sexto capítulo de Fast & Furious por contar, no cuenta nada. Pero no pasa nada, porque quien puso la pasta dedica este largometraje y sus capítulos precedentes a ese espectador que asocia cine con un cubo gigante de cotufas sin sal.

Puestas así las cosas, no sorprende que en boca de sus héroes/rebenques salgan frases tan chispeantes y con doble sentido como “es dura y tiene cabeza”; y que los protas, porque esta es una película de protas no de protagonistas, sean pedazos de carne con ojos. Carne moldeada gracias a muchas horas de gimnasio y acostumbradas –en la película– a salirse con la suya empleando indiscriminadamente la violencia.

Planteada en los últimos tiempos como filme de equipo, liderazgo que ocupa Vin Diesel que no es un mal actor cuando cae en manos de un cineasta con talento como Sidney Lumet (Find Me Guilty, 2006), y su mano derecha, el guaperas Paul Walker; la banda cuenta también con un inevitable graciosillo, de raza negra para más señas, así como de un asiático, otro negro experto en ordenadores y dos mujeres para redondear una familia que, en esta sexta entrega, se enfrentan a sus dobles en el que probablemente sea el mejor momento del filme, ya que en un arrebato de sinceridad paródica parece que hace guasa de su pobreza de ideas, lo que pone de manifiesto la inmensa tontería que es Fast & Furious.

Una película gruesa en el que los chicos rebeldes trabajan ahora al servicio de la ley –y no revelo nada nuevo de una cinta sin revelaciones y más estirada que un chile– personaje que encarna Dwayane Johnson, más conocido como The Rock, y víctima de las ambiguas burlas homo eróticas del negro que hace de gracioso.

Mientras contemplaba este desorden, agradecí no haber pagado el precio de la entrada ante lo que no es otra cosa que una estafa con todas sus letras.

Lo escribo así porque fui uno de tantos que se asistió al preestreno de este mismo martes, preestreno en el que no me cansé de observar como una pareja de tipos enchaquetados no cesaba de subir y bajar las escaleras de la sala vigilando y ordenando que se apagaran los móviles.

Tras superar la pesadilla, esa sensación terrible de estar perdiendo el tiempo, y dejando un día de margen para recuperarme de un visionado que me sabe a resaca monumental por beber agua de fuego, he llegado sin embargo a la conclusión que lo mejor de este preestreno fue ver a la pareja de Geyperman arriba y abajo en la penumbra mientras el público asistente aplaudía la primera escena de la película donde un cartelito nos advierte que estamos en las Islas Canarias, y escuchar un murmullo in crescendo cuando se observa a Diesel y Walker tomándose una Dorada Pilsen en plan “qué bueno es vivir aquí.”

La risa, no obstante, se hizo mueca cuando el mismo Diesel, en plan Mazinger Z, suelta entre buche y buche de cerveza lo relajado que es habitar en un sitio con tan buen clima y sobre todo sin ley de extradición.

Saludos, aún me duele la cabeza, desde este lado del ordenador.