Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Ese vendaval llamado Vivian Leigh

Jueves, Noviembre 5th, 2020

La biografía Vivian Mary Hartley (Darjeeling, India; 5 de noviembre de 1913-Londres, 8 de julio de 1967) parece sacada de una novela de Rudyard Kipling. La India, una familia de financieros y militares, hace que los ecos literarios del gran escritor británico resuenen en mis cabeza tan dada a estos sueños que hoy resultan a la mayoría digamos que molestos… pero en fin, así son las cosas y no iba a disfrazarlas. Además, la protagonista de hoy no merece máscaras ni antifaces y el tiempo, que a su manera es sabio, ha ido situándola en el lugar que se merece.

La mayoría recordará a Vivian Leigh por su papel de la inmortal Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939), que es esa película racista que se convirtió en uno de los mayores éxitos de taquilla de su tiempo y el nuestro.

Se escribe racista porque quien niegue que no lo es, es que no ha visto este largo, larguísimo largometraje, aunque más allá de presentar a los negros como niños, bastante torpes si no está cerca un amo, ama o amito o amita blanco con una vara para corregir sus defectos, cuanta la vida de una indómita señorita del sur que se crece como un gigante ante la adversidad porque Tara, la mítica Tara, le pertenece.

Como bien sabe todo Dios, Lo que el viento se llevó fue un proyecto personal de David O. Selznick y si bien no entraba en sus cálculos que fuera Vivian Leigh, aquella actriz británica de luminosos ojos azules, la protagonista de la cinta al final se hizo con él porque, diablos, solo hay una posible Escarlata cinematográfica y esa es Vivian Leigh.

La actriz, que se desposó con el también actor y cineasta británico Laurence Olivier, procuró dar siempre una imagen de normalidad en torno a su trabajo y vida privada pero la procesión la llevaba por dentro. Se sabe ahora que sufría de trastorno bipolar y que sus picos de depresión como de euforia descontrolaban no solo a los que orbitaban a su alrededor sino a ella misma.

Yo le rendí devoción no por su papel de Escarlata, que también, sino por su papel de amante de Horacio Nelson en Lady Hamilton, en la que trabaja al lado de Oliver bajo las órdenes de Alexander Korda, que es un cineasta al que tengo muy en cuenta aunque hoy no guste demasiado por patriota que así son las cosas. Ellos y ellas se lo pierden.

Vivian Leigh volvió a magnetizarme en Un tranvía llamado deseo (Elia Kazan, 1951) donde, generosa, hace pareja perfecta por errante con Marlon Brando y antes, mucho antes, en El puente de Waterloo (Mervyn LeRoy, 1940). Estos son, pienso ahora, los cuatro papeles por lo que la recuerdo y venero aunque alguno pueda decirme que me olvido de su Ana Karenina o Cleopatra. Y sí, tienen razón, pero insisto que sus cuatro grandes películas, las cuatro grandes interpretaciones por las que será recordada serán por Lo que el viento se llevó, Lady Hamilton, El puente de Waterloo y Un tranvía llamado deseo.

Y nada más salvo celebrar que tal día como hoy viniera al mundo ese vendaval hecho mujer que ensombreció con su vitalidad a prototipos masculinos de su tiempo como el atractivo Clark Gable, Robert Taylor, Laurence Olivier y el mismísimo Marlon Brando.

Mañana, hermanos y hermanas, será otro día.

Saludos, nervios fuera, desde este aldo del ordenador

Lancaster/Visconti, el dúo dinámico

Lunes, Noviembre 2nd, 2020

Los personajes que aparecen en la fotografía hicieron Historia en el cine cuando quiso la fortuna que se unieran para que trabajaran juntos. Uno de ellos, Burton Stephen Lancaster, más conocido como Burt Lancaster (Nueva York, 2 de noviembre de 1913-Los Ángeles, 20 de octubre de 1994) fue un actor que procedía del mundo del circo por lo que su carrera está cuajada de películas donde hace algo que sabía hacer muy bien: cabriolas. Y si lo saltos en el aire los hacía junto a su amigo Nick Cravat, la fiesta estaba asegurada aunque con el paso de los años se labró una carrera cinematográfica donde abundaron las grandes interpretación de un actor que funcionaba por instinto. Que convencía porque sentía las grandezas y miserias de los personajes que interpretó en pantalla.

Hay varias películas con el actor que salvaría de la hecatombe final: El halcón y la flecha (Jacques Tourneur, 1950) porque significa la perfección del cine de aventuras; Veracruz (Robert Aldrich, 1954) porque sigue siendo uno de los mejores westerm de la Historia del Cine y porque Burt, que hace de malo simpático, se hace matar por Gary Cooper; Los que no perdonan (John Huston, 1960) porque me sigue pareciendo un western fabulosamente extraño; El nadador (Frank Perry, 1968), porque muestra con distante elegancia el desmoronamiento del Hombre, así con mayúsculas y, por último entre otras y otras películas (El tren, Forajidos, Los profesionales, Novecento, El abrazo de la muerte, Atlantic City, La venganza de Ulzana, Apache, El temible burlón…) que no menciono para no abrumarles con más títulos, El gatopardo, que fue la primera de las dos películas en las que actuó bajo las órdenes de Luchino Visconti (Luchino Visconti di Modrone, conde de Lonate Pozzolo, Milán, 2 de noviembre de 1906 – Roma, 17 de marzo de 1976) porque siempre que la veo percibo que todo cambia para que no cambie nada en la que sigue siendo una incontestable obra maestra del cine.

Luchino Visconti, el aristócrata rojo, nos dejó un puñado de películas que aguantan el paso implacable del tiempo. Vayan y vean Rocco y sus hermanos, Obsesión, Senso, Bellísima, con una inmensa Anna Magnani claro que ¿cuándo no estuvo inmensa la Magnani?) e incluso sus ya excesivas por barrocas superproducciones Muerte en Venecia, Luis II de Baviera y La caída de los dioses sin olvidar, por supuesto, Confidencias, donde volvió a contar con un maduro y ya muy seguro de sí mismo Burt Lancaster.

Quiero creer en estos tiempos canallas, que tanto Lancaster como Visconti no vinieron al mundo por un azar de la naturaleza sino que la fuerza de la existencia los reclamó de la nada para que se labraran unas carreras y se conocieran cuando comenzaba el otoño de su vida.

Cuentas las crónica que se llevaron muy bien, y que Burt encontró en Italia un rayo que iluminó una carrera que se estaba quedando acartonada en Hollywood.

El caso es que tal día como hoy vinieron al mundo estos dos hombres que son, cada uno de ellos, un punto y aparte en la Historia del Cine. El actor aportó su sensibilidad circense y su capacidad de mimetismo para construir personajes por muy endebles que resultaran en el guión y el segundo firmó algunas de las películas imprescindibles de eso que llaman séptimo arte, ofreciendo una mirada que siempre fue, incluso en sus películas más ferozmente neorrealistas, refinada. La de un noble que observa cansado cómo el mundo que conoció se desmorona bajo sus pies.

Permítanme pues que los aplauda y que agradezca que sigan estando aquí a través de su obra.

¡Recordad al príncipe Don Fabrizio Salina!

Saludos, reverencia, desde este lado del ordenador

El cine rumano se apropia del silbo gomero

Lunes, Octubre 5th, 2020

La película La Gomera, del cineasta rumano Corneliu Porumboiu, se presenta hasta el 20 de octubre, en la quinta edición del Festival de Cine Rumano de Valencia.

El filme cuenta la rocambolesca historia de Cristi, un policía y a la vez chivato de la mafia que viaja a La Gomera ya que en Rumanía se encuentra bajo vigilancia policial. Será en esta isla donde descubra el silbo y surja la idea de utilizar esta forma de comunicación con la mafia para conseguir sacar de la cárcel a Zsolt, el único que sabe donde están escondidos 30 millones de euros.

Corneliu Porumboiu (1975) estudió cine en Bucarest y es una figura destacada de la nueva ola de cine rumano. Con su ópera prima 12:08 al este de Bucarest obtuvo la Cámara de Oro en Cannes, festival al que volvió con la película que le consagraría, Policía, Adjetivo (2009), que se hizo con el Premio del Jurado de la Sección Un Certain Regard y con el Premio Fipresci, entre muchos otros premios en festivales internacionales. Después vendrían ficciones como When Evening Falls on Bucharest or Metabolism (2013), estrenada en Locarno y presente en el Festival de Sevilla, y El tesoro (2015), de nuevo premiada en Cannes. Infinite Football, su segundo trabajo de no ficción dedicado al fútbol tras El segundo juego (2014), fue parte de la sección Las Nuevas Olas No Ficción en Sevilla. Su último film, La Gomera, compitió por la Palma de Oro en Cannes el año pasado.

El reparto actoral de La Gomera (The Whistlers, Rumania-Francia-Alemania-Suecia, 2019) lo componen Vlad Ivanov, Catrinel Marlon, Rodica Lazar, Agustí Villaronga, Cristóbal Pinto, Antonio Buíl y George Pistereanu. La fotografía es de Tudor Mircea y la edición de Roxana Szel.

En una entrevista, el cineasta declaraba que la idea de realizar este largometraje, con una duración de 97 minutos, se le ocurrió observando un programa de televisión sobre La Gomera y el silbo y como el lenguaje “ha sido una de las claves centrales a lo largo de toda mi filmografía. Mis personajes siempre intentan entenderse y el silbo me interesó mucho en ese contexto. También me atrajo su aspecto poético. El hecho de que se desconoce su origen y que cuando los españoles colonizaron la isla canaria se utilizó como un código de rebelión. Los nativos se solían comunicar de esa forma. También me admira el contraste de que un lenguaje tan primitivo siga existiendo en una sociedad tan desarrollada”.

Saludos, silba si me necesitas, desde este lado del ordenador

Graham Greene y Groucho Marx, la extraña pareja

Viernes, Octubre 2nd, 2020

En mi formación sentimental e intelectual hay dos tipos que han resultado fundamentales para que sea lo que soy. Uno fue un comediante y el otro un escritor y si bien no tienen aparentemente nada en común sí que los une una misma mirada sobre el mundo.

Del actor he visto todas sus películas, las que protagonizó con sus formidables hermanos y aquellas en las que aparece en solitario y que no tienen –para nada– la gracia de las que realizó con su clan. Del escritor he leído casi toda su producción literaria y nunca me dejó tirado. Es una fórmula elegante para decir que abandonara la lectura de sus libros más flojos, que los tiene aunque sean, afortunadamente, pocos. Muy pocos.

El actor, que llevaba gafas y un grueso bigote pintado de negro bajo la nariz, resultó que también escribía, aunque escribiera como un amante sarnoso mientras que el segundo, el escritor, lo intentaron encasillar en la novela de espías porque cuenta con varios libros sobresalientes en ese género aunque el grueso de su producción más que estar ambientado en el Gran Juego se preocupa por ahondar en el corazón de unos personajes lastrados por la culpa.

Los dos tiene nombre que empieza por G y los dos son básicos para sortear los obstáculos que te pone delante la vida.

“La fatalidad ha querido que yo sea escritor, y escribo sobre la ausencia de raíces. Este es mi tema, en cierto modo.”
(El otro y su doble. Graham Greene. Conversaciones con Marie-Francoise Allain. Traductor: Basilio Losada. Luis de Caralt Editor, 1982)

La primera novela que leí de Henry ‘Graham’ Greene (Berkhamsted, Hertfordshire, 2 de octubre de 1904 – Vevey, Suiza, 3 de abril de 1991) fue Nuestro hombre en La Habana, un divertimento comenta el escritor en sus memorias pero un novelón para quien les escribe ya que además de contar las aventuras de un vendedor británico de aspiradoras en una de las ciudades más bellas del mundo, retrata su trabajo como espía con desarmante sentido del humor al describir cómo se “inventa” las pruebas, se enamora, desaparece uno de sus mejores amigos y debe de enfrentarse bebiendo botellitas de licor mientras juega al ajedrez con un oficial de la temible policía de Fulgencio Batista.

Tras esta novela, descubrí otros libros grandes del escritor como El americano tranquilo, El revés de la trama, Los comediantes, El fin del romance, El ministerio del miedo, El poder y la gloria, El cónsul honorario, El décimo hombre, Inglaterra me hizo así y El factor humano, entre otras. Y eso sin contar sus cuentos, la mayoría excelentes; sus autobiografías encubiertas como Vías de escape y sus artículos periodísticos, algunos tan polémicos en su día como Descubriendo al general, donde analiza en profundidad la vida y la obra del militar panameño Omar Torrijos. Y sí, no me olvido de El tercer hombre, novela que nació para convertirse en guión de una de las mejores películas de la Historia del Cine.

He leído casi todo lo de Greene y no he dudado en releer los que considero sus mejores libros porque aprendo mucho de ellos. Lecciones nuevas para enfrentarme a un mundo innecesariamente hostil.

Los que pertenecemos a la hermandad GG nos reconocemos sin necesidad de señas sino charlando con un whiskie en las manos. Un whiskie a la inglesa, con hielo y rebajado con agua con gas, por supuesto. Sin whiskie, sin embargo, reconocí hace años a otro hermano de la cofradía cuando en el diálogo que cruzábamos me dijo que la novela que había cambiado su vida como escritor había sido Una pistola en venta. “De Graham Greene”, respondí con la velocidad de una centella. “De Graham Greene”, admitió mi interlocutor, el escritor cubano Eliseo Alberto, que ya no está entre nosotros.

Lo cuento porque pone de manifiesto que los lectores de GG somos legión aunque durante años hayamos tenido que soportar a los cretinos de la literatura seria –esa que no lee nadie ni siquiera ellos mismos– decir que Greene era un escritor menor.

¿Menor? En fin, la de estupideces que me llevaré al otro mundo si existe otro mundo. GG, que se hizo católico como otros británicos ilustres, Chesterton y Alec Guinness, porque tras la confesión quedaba limpio de pecados siempre y cuando hiciera penitencia, fue además de un inglés que detestaba su país un escritor certero sobre la conciencia que nos manipula y hace mejores o peores. Su literatura está repleta de personajes con esta doblez, de traidores que no quieren convertirse en héroes, de hombres que se redimen ante mujeres que les sirven de sostén. De criminales inocentes que arrastran el peso de la culpa mientras el mundo, la Cuba de Batista, el Haiti de Françoise Duvalier, entre otros escenarios, se desmorona como se desmorona el personaje. Digo poco sin escribo que Graham Greene fue un genio. Para mi es el GRAN escritor de su tiempo y del nuestro. El hombre que supo ver muy adentro de nosotros mismos.

“Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”.

Más que marxista Julius Henry Marx, conocido como ‘Groucho Marx’ (Nueva York, 2 de octubre de 1890-Los Ángeles, 19 de agosto de 1977) fue un anarquista. Un anarquista que utilizó el verbo como dinamita. Esa fue la primera lección que aprendí de este tipo con andar inclinado, bigote negro pintado, gafas y puro apagado entre los labios o entre los dedos…

Groucho, que fue también el más parlanchín de los hermanos Marx, solo se entendía en pantalla con uno de ellos, Chico, con quien rodó algunas de las escenas más desternillantes como absurdas de eso que conocí como cine… La parte contratante de la primera parte… y dos huevos duros… más madera que es la guerra… En fin, frases y frases que ya forman parte del imaginario colectivo de quienes tuvimos la suerte de descubrirlos en la pantalla de un cine y años más tarde de un televisor. Lo curioso del caso es que pese a que se trataran de películas en blanco y negro y de los años 30 gustaban por igual a pequeños como a grandes aunque bostezáramos cuando Harpo tocaba el arpa y Chico aporreaba como ese tal Mozart las teclas de un piano…

Pero si hubo un hermano que destacó entre los tres fue Groucho, con permiso de Margaret Dumond, la ricachona a la que toma el pelo en casi todas las películas que protagonizaron juntos.

Su verbo, ya se dijo, era como nitroglicerina. Como una ametralladora que no dejaba títere con cabeza. Ratatatata, bastaba que dijera algo para que temblaran espectáculos tan serios como la ópera, las carreras, un hotel de cinco estrellas e, incluso, el lejano oeste. No digamos ya si nos referimos a dos países en guerra y Gorucho es ministro de uno de ellos…

El guionista Rafael Azcona nos dijo hace años (me vuelvo como el abuelito Cebolleta) que solía ver Una noche en la ópera cuando se sentía deprimido. No supo decirnos entonces la cantidad de veces que la había visto (ni la cantidad de veces que se había sentido deprimido) pero se me grabó aquel antídoto. Es decir, que cuando me siento deprimido (y tampoco recuerdo la cantidad de veces que he estado a punto de tirarme de un puente) suelo ver en casa no Una noche en la ópera pero sí Sopa de ganso que a mi me sigue pareciendo la mejor película en la extraordinaria filmografía de los hermanos que no fueron marxistas en el sentido que los serios piensan.

Groucho además de cantar y soltar chistes, de participar en películas y presentar un programa concurso de televisión, fue escritor también. En la desordenada biblioteca de mi casa guardo dos libros que firmó: Groucho y yo y Memorias de un amante sarnoso. Y no, no son tan directos como sus películas pero sí que se tratan de volúmenes en los que se destila la gracia y el buen humor de un cómico que llevó la escena en la sangre desde que era un renacuajo.

A mi me gusta sin embargo cuando cruza absurdos diálogos con su hermano Chico, los dos convencidos de estar diciendo cosas serias cuando lo que dicen son cosas nada serias pero es su forma de hacerlo. En especial, cuando Groucho piensa que le están tomando el pelo al mayor tomador de pelo de la Historia del Cine lo que hace más grande a un Marx que, ya se dijo, utilizó el verbo para demoler el sistema.

Me faltan los adjetivos para elogiar como se merecen tanto a Groucho como a Greene. Me parece muy poco afirmar que eran unos gigantes a modo de colofón, de distraído pero agradecido punto final así que, por una vez, permítanme damas y caballeros (¿hay alguno por ahí) que no me levante.

Saludos, por ellos, desde este lado del ordenador

Adoremos, adoramos a Silvia Pinal

Sábado, Septiembre 12th, 2020

Se convirtió en una de las grandes estrellas del cine mexicano, tanto, que incluso trascendió las fronteras de su país para trabajar en cinematografías ajenas a su acento. De todas estas experiencias salió un poco más grande de lo que sigue siendo para los millones de aficionados que todavía le rinden tributo, aficionados que la recuerdan sobre todo por las películas que protagonizó a las órdenes de Luis Buñuel, quien la dirigiría en Virdiana (1961), El ángel exterminador (1962) y Simón del desierto (1965).

Y es que el cineasta aragonés se convirtió en una obsesión para Silvia Verónica Pinal Hidalgo, conocida como Silvia Pinal (Guaymas, Sonora, 12 de septiembre de 1931), a quien abordó para ser la protagonista de Viridiana.

Cuenta la leyenda, y el cine no sería nada sin leyendas, que Buñuel le preguntó a modo de respuesta: ¿tiene productor?

–Tengo, don Luis. Aquí, mi marido.
–¿Y este señor a qué se dedica?
–Pues es “mueblero”, fabrica muebles.
–¿Y por qué querría un fabricante de muebles producirme una película a mí, que no soy comercial y no doy dinero?
–Porque me ama, don Luis.

Viridiana, que como saben los galdosianos está basada en la novela Halma y dicen que se concibió como una continuación de Nazarín (1959), ha pasado a la historia como una de las grandes películas del cineasta y, cómo no, de la actriz que juega al tute al final con un bronco Paco Rabal. Lo de tute es un guiño, entre otros muchos que se despliegan en esta película, para iniciados.

La segunda película en la que colaboraron fue El ángel exterminador y quizá sea con Los olvidados, uno de los filmes más famosos en la carrera de Buñuel de su etapa mexicana, para muchos entre los que me encuentro, la más interesante de un cineasta que contaba historias desde dentro, allá donde se encuentra el alma.

Simón del desierto fue el último filme en el que trabajaron juntos y se trata de un mediometraje de cuarenta y tantos minutos de duración donde la actriz interpreta al diablo. Y, sí, efectivamente es una de las mejores encarnaciones que se han llevado a la pantalla sobre ese tipo que vive bajo tierra según la tradición cristiana.

El filme cuenta la historia de Simón el Estilita, a quien se le atribuye la invención del cilicio, leo en la wikipedia. ¿Qué es el cilicio?, pues un aparato para provocar deliberadamente el dolor y combatir las tentaciones de la carne… Si no han visto la película pierden el tiempo lo mismo que lo pierden si no han visto ninguna del maestro o una o dos… El cine de Buñuel, como dijo un sabio, es para verlo todo, todo. Incluso los últimos largometrajes que rodó en Francia.

En fin, que tal día como hoy vino al mundo una mujer que tuvo una infancia difícil y una carrera repleta de éxitos dentro de una de las cinematografías, la mejicana, más importantes del planeta.

Una mujer que todavía continúa fascinándome pasen los años que pasen. Detrás de tan aristocrática belleza se encuentra más que se esconde el corazón de una actriz.

De una actriz y de una estrella.

Saludos, días de futuro pasado, desde este lado del ordenador

La cavernícola que corrió bajo las faldas del Teide y el galán que tuvo madre canaria

Sábado, Septiembre 5th, 2020

Se llama Jo Raquel Tejada (Chicago, 5 de septiembre de 1940) aunque quienes la recuerdan la conocen como Raquel Welch o “el Cuerpo”, apodo que le pusieron porque su aspecto físico cortaba la respiración de legiones de hombres y de mujeres también, fascinados al verla corretear por Las Cañadas, Tenerife, en un ajustadito biquini de piel perseguida por cavernícolas y bestias antediluvianas bajo la sombra, asombrada cabe decir, del Teide.

La película para quien no la recuerde es una producción de la respetable Hammer bajo el título de Hace un millón de años (Don Chaffey, 1966) y sus huellas, comentan los que aún recuerdan los pasos de la Welch por las islas, deben de conservarse aún bajo las faldas del volcán dormido aunque eso, como dijo el-que-todo-lo-sabe, es otra historia.

La vinculación con Canarias no termina aquí, sin embargo. Si tomamos la máquina del tiempo y viajamos al Hollywood de los años 50 descubriremos a la por aquel entonces Raquel Tejada como ganadora de un concurso de belleza que se celebra en la Feria Anual de San Diego y en la que actúa como maestro de ceremonias bajo el nombre de Don Diego un tipo llamado a que se escriba su biografía: Domingo Hernández Bethencourt, nacido en el Puerto de la Cruz y actor de reparto (de una frase o dos) y con el nombre artístico de Tom Hernández en películas de aquel entonces como El ídolo de Acapulco o Los cuatro jinetes del apocalipsis. Su hermano, Pepe Hern, de nombre artístico, también desarrolló una discreta carrera cinematográfica que, para no abrumarles con datos, cuenta con incursiones en el cine y la televisión.

El objeto de estas líneas es, no obstante, rendir homenaje a una mujer que además de resultar explosiva hizo historia en el cine no solo porque correteara delante de los dinosaurios sino porque protagoniza junto al actor Jim Brown, ex estrella del fútbol americano, una de las primeras escenas de sexo interracial de la Historia del Cine en 100 rifles (Tom Gries, 1969), un más que estimable western rodado en pleno declive de un género que no termina de marcharse al otro mundo.

El otro actor vinculado con estas islas en las que nací y que cada día entiendo menos es Gustavo Rojo Pinto (Océano Atlántico, 5 de septiembre de 1923-Ciudad de México, 22 de abril del 2017) , galán del cine mexicano e hijo de la escritora y activista Mercedes Pinto (La Laguna, Tenerife; 12 de octubre de 1883-Ciudad de México, 21 de octubre de 1976), una señora que nació con lo que hay que tener y autora, entre otros libros, de Él, obra canónica de denuncia sobre los malos tratos y que inspiró a Luis Buñuel para rodar una muy especial adaptación cinematográfica.

Gustavo Rojo, su hijo, creció así en un ambiente cultural envidiable que le sirvió para cultivar la cabeza y el cuerpo porque este post va hoy de Cuerpos.

Estrella de telenovelas, interpretó en el cine al guerrero canario Bentejuí en Tirma (Paolo Moffa y Carlos Serrano de Osma, 1953), personaje que se enfrenta a un capitán castellano (Marcello Mastroianni) por el amor de una mujer, Tirma (Silvana Pampanini), durante la larga y costosa conquista de Gran Canaria en el siglo XV.

Como película no vale mucho pero como documento social e histórico es un trabajo al que recurrir una y otra vez para conocer de cerca cómo se intentó vender a las islas como lugar idóneo para rodar películas.

¿Les suena la historia?

Saludos, agur, desde este lado del ordenador