Archive for the ‘Cine de allá’ Category

El viejo Peckinpah

Domingo, Febrero 21st, 2021

Sam Peckinpah (Fresno, California; 21 de febrero de 1925 – Inglewood, California; 28 de diciembre de 1984) no tuvo sangre india aunque propagó a quien quisiera escucharle que por sus venas sí que corría esa sangre. Insistió una y otra vez en la misma mentira. Puede que lo dijera y que hasta se lo creyera porque la mujer que lo cuidó en su infancia sí que fue india pero así se las gastaba el viejo Sam, ese cineasta al que unos califican como “poeta de la violencia”, relegando a un discreto segundo plano una de las constantes de su cine que no es otra que la amistad masculina. Una amistad que por una u otra razón siempre queda herida en sus películas.

Tuve la suerte enorme de descubrir a Sam Peckinpah en el cine. Y cuando escribo cine me refiero a una pantalla de cine que es como hay que ver las películas quiera o no el maldito virus que nos cambió la vida.

Recuerdo quedar abducido en el cine Numancia tras ver Grupo salvaje. Agradeceré siempre el reestreno en Yaiza Borges de Duelo en la Alta Sierra y en el Rex salir trasquilado con la chiquillada cuando se estrenó La cruz de hierro. En el cine Greco, que fue el que tenía mayor número de butacas en la isla en la que vivo, contemplé Convoy, que sigue pareciéndome la versión gamberra y motorizada de Peckinpah de un filme mítico: Río Bravo/El Dorado… Y más tarde decepcionarme mucho con el tío Sam cuando nos encerramos en la oscuridad del Greco también para visionar Clave Omega, que no, no puede ser una de Peckinpah por mucha cámara leeenta en las escenas de acción… pero sí que era una de Peckinpah. Su testamento, la película que cerraba toda una carrera que se distinguió por sus continuas peleas con los productores, los rodajes erráticos y en los que circulaba la droga y el alcohol y su amor sin barreras a un país que no fue el suyo sino el que está al otro lado de la frontera: México.

Recuerdo, como ven, casi todas las películas que vi de Sam Peckinpah en los cine de mi ciudad. Cines de pantalla única. Aún no se habían instalado las multisalas y apenas conocíamos el vídeo y mucho menos lo que vino después.

En el teatro Baudet, que estaba justo delante de la casa de mis padres el corazón casi se me sale por la boca cuando me di cuenta que el viejo Sam era un director capaz de conmoverme y provocarme profundo rechazo con la que sigo considerando es su obra maestra por personal y peckinpaniana: Quiero la cabeza de Alfredo García. Se trata de un largometraje violento, desagradable, de atmósfera sucia en la que un secundario que siempre fue un actor con todas sus letras, Warren Oates, interpreta al protagonista que debe de ejecutar y cortar la cabeza del Alfredo García que da nombre a esta enfermiza historia de amistad masculina. Warren Oates, uno de los actores habituales del cine de Sam, es el encargado de ejecutar y transportar la cabeza de García a la mansión de un rico hacendado que no es otro que el Indio Fernández. Por el camino conoce a una preciosa mexicana, Isela Vega, a la que maltratan dos motoristas, uno de ellos otro habitual en la corte de Peckinpah, Kris Kristofferson, mientras lo persigue una pareja de asesinos de equívoca sexualidad. Oates lleva una chaqueta blanca y de algodón y se pasa más de la mitad del metraje con una gafas de sol que no dejan ver sus ojos. Interpreta y Sam lo descubre demasiado tarde, al mismo Sam Peckinpah.

En el Cinema Victoria, que estaba debajo del Baudet, descubrí otra de Sam Peckinpah que me dejó traspuesto: Junior Bonner, que si tiene violencia es la de los jinetes que montan caballos en los rodeos del sur de los Estados Unidos; La huida, que me iluminó también en el Greco (¿o fue en el Rex?) y Perros de paja que descubrí también en pantalla grande. Las dos primeras están protagonizadas por el rey del cool: Steve McQueen, la tercera por un actor nada Peckinpah pero que se adapta como un guante al universo Peckinpah: Dustin Hoffman.

Los otros filmes que conforman su filmografía, Mayor Dundee, La balada de Cable Hogue, Pat Garret y Billy the Kid los conocí gracias a la televisión. Como Los aristócratas del crimen, que no es que sea el mejor Peckinpah pero tiene su gracia y algo de la fascinación que rodea al cine de un cineasta al que le hicieron la vida imposible y que se hizo así mismo la vida imposible.

Lo lamento por Gonzalo Suárez que cuenta en un artículo que publicó en su día la revista Casablanca (probablemente una de las mejores revistas de cine que se han publicado en este país desde que el cine es cine) con el título de Mi perro hermano indio pero no, el viejo Sam, como dije, no tenía sangre apache. O cherokee o sioux corriendo por sus venas. Tuvo, eso sí, mala suerte como cineasta para rodar. Aunque pudo hacerlo con un puñado de películas en las que revela toda su extraordinaria grandeza. Algo de esa chispa se detecta también en sus películas menores, cintas que no parecen de Peckinpah salvo cuando aparece de repente un destello de su genio, de su vitalidad, de su manera de ver y entender eso que una vez conocimos como cine.

Sí, tal día como hoy nació San Peckinpah. Y sí, fue y sigue siendo nuestro perro hermano ¿indio?

Saludos, salud, desde este lado del ordenador

George A. Romero, el padre de los muertos vivientes

Jueves, Febrero 4th, 2021

No recuerdo ahora si lo leí en algunos de aquellos estupendos artículos que firmaba Luis Vigil en Vampus, la primera versión española de la revista Creepy, pero en el mismo se venía a decir que 1968 fue un año inquieto no solo por el mayo que sacudiría las calles de París ni por el emergente movimiento hippy que comenzaba a ocupar las calles en rechazo a esa lejana guerra del sudeste asiático que se había desencadenado en un país llamado Vietnam, en aquel entonces dividido entre el sur y el norte, sino porque en 1968 se estrenaron tres películas que pusieron patas arriba al género fantástico.

Una de ellas fue 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick), una cinta de la que todavía se habla y de la que algunos se empeñan en descifrar su final. Otra, El planeta de los simios (Franklin Schaffner), a la que no hizo falta descifrar su final porque queda bastante claro y, por último, La noche de los muertos vivientes (George A. Romero), porque fue la película que lo inició todo, la que redescubrió un subgénero que desde entonces ha dado origen a centenares de largometrajes y series poblados por zombies que o bien caminan pasito a pasito o te persiguen a toda pastilla por ciudades que ya no son lo que fueron.

Ya no hay demasiada gente que se acuerde del impacto de La noche de los muertos vivientes, una película que por razones ignotas se estrenó en España tras la muerte de aquel general de cuyo nombre no quiero acordarme, pero cabe destacar que se trata de un filme pequeño, independiente que fue rodado en blanco y negro y con actores poco o nada conocidos porque su presupuesto resultaba entonces y ahora de risa.

Apenas contiene elementos “desagradables” que más tarde conquistaría al cine de muertos vivientes, la sangre y tripas vendrían años después con El amanecer de los muertos, cinta en la que colaboró con el maestro del cine amarillo, o giallo, Dario Argento, pero sí que contiene como todo el cine de George A. Romero (Nueva York; 4 de febrero de 1940-Toronto, Ontario, Canadá, 16 de julio de 2017) y de otros ilustres maestros del género de la fantasía, con un sustrato político que tiene una lectura muy dependiente del ir y venir de la película.

Si han visto el filme –y estoy casi seguro de que lo ha visto la mayoría que ahora mismo no nos lee– sabrán que el superviviente es un hombre de raza negra al que abate un grupo de cazadores blancos que lo derriban primero porque puede ser un muerto vuelto a la vida o segundo por el color de su piel. Se asiste también en la película a la desintegración de una familia y no se explica, lo que se agradece, cuál es la razón de que los muertos hayan despertado de su sueño eterno y qué provoca su desatado apetito por la carne humana.

George A. Romero fue el descubridor de un subgénero dentro del fantástico que desde ese entonces no ha dejado de dar dividendos. Los muertos vivientes aprendieron de hecho a caminar solos. A recorrer el ancho mundo fuera de la protección de su creador original.

No solo de zombis vivió nuestro hombre aunque sean los zombis los que elevaron a categoría de leyenda a un cineasta que sin ser John Carpenter, sí que le fue leal al género que lo hizo popular. Entre otras películas, destacaría Martin, Knighriders, The Crazies, que le debe mucho a los muertos resucitados y Atracción diabólica en las que nos enseña que igual no es muy buena idea tener a un mono como enfermero y mascota.

Adaptó una novela de Stephen King –que aparece curiosamente de extra en Knighriders– que se tituló en España La mitad oscura. Con King intentaría recuperar el estilo ácido y brutal de los E.C. Comic en Creepshow, que tuvo una o dos secuelas, la verdad es que ahora mismo no lo recuerdo, e historietas que fueron ilustradas por el gran Bernie Wrightson y película que en España, o al menos Canarias que es la tierra en la que vivo, vimos mutilada porque de los cinco episodios cortaron uno, precisamente el protagonizado por un Stephen King que hace muy bien el papel de paleto, respetando solo a los cuatro restantes. La amistad entre escritor y cineasta se consolidó con el tiempo, tanto que el autor de Christine le dedicaría una novela que no sé ahora si es la misma Christine.

Ha llovido mucho desde ese entonces.

La primera película que vi de Romero fue, por supuesto, La noche de los muertos vivientes que se reestrenó en los ochenta en un cine que ya no existe y que luego fue gimnasio para convertirse en la actualidad en ruinas. Se llamaba Yaiza Borges aunque antes fue cine Tenerife y se encontraba en la avenida del General Mola hoy de las Islas Canarias.

Fue una sorpresa que estrenaran en aquella sala una película como La noche de los muertos vivientes ya que el colectivo que estaba detrás de Yaiza Borges además de locos por el cine lo eran de un determinado cine. Se les reconoce por ello que se atrevieran a apostar por una película que no era ese otro que querían cultivar y que acogieran el estreno de un filme que, bien mirado, sí que podía presumir de independiente, de tiro al aire que entre otros tiros al aire por una vez da en la diana.

Salí de la sala conmocionado y el regreso a casa tuvo el mismo efecto que cuando vi por primera vi El exorcista en un cine de barrio: el Delta, porque en las salas del centro no me dejaban entrar ya que no tenía los 18 años de edad que se exigía.

George A. Romero me ha venido acompañando desde entonces aunque tras La mitad oscura la mayoría de sus películas las he visto en televisión.

El caso es que su cine vino para quedarse y pese a que se le pueda criticar por cierta tosquedad detrás de cámara nadie le podrá quitar de las manos el cetro de adelantado a su tiempo. De ese tan cacareado pero nunca verdadero adjetivo con el que se quiere renombrar a un artista como es el de visionario aunque en su caso, ya lo ven, sí que fue visionario cuando a mitad de los años sesenta se le ocurrió la idea de lo que podría pasar si los muertos regresaran de sus tumbas sin dejar muy claro la razón: ¿un misterioso fenómeno producido en el espacio?, ¿que el infierno está demasiado lleno de almas perdidas?, ¿un virus igual de letal que la Covid-19?

Como se dijo, el acierto del escritor y cineasta fue no explicarlo y situar al espectador uno o dos días después de producido el desastre. Los muertos revividos están ahí y han venido a morderte.

Saludos, cerebro, cerebro, cerebro, desde este lado del ordenador

Dos reyes

Lunes, Febrero 1st, 2021

No sé si hubo sol, el cielo estaba nublado o llovía escandalosamente pero tal día como hoy vinieron al mundo, abrieron los ojos para recibir la primera nalgada en el trasero para ponerse a berrear, dos reyes.

Dos reyes sin corona que solo coincidieron en una película que, como Mogambo (1953), para quien ahora les escribe no es que sea la mejor de las mejores películas que Hollywood ha localizado en África (y que me perdone John Huston y su La reina de África o Howard Hawks y su Hatari; incluso la pareja Compton Bennett y Andrew Marton de la fabulosa Las minas del rey Salomón y la angustiosa La presa desnuda de Cornel Wilde, entre otros y otros largometrajes) sino que es también uno de los mejores trabajos en las respectivas y honorables carreras de John Ford (1 de febrero de 1894-31 de agosto de 1973) que hace lo que parecía imposible: un western safari con intenso triángulo amoroso al fondo y William Clark Gable (Cádiz, Ohio; 1 de febrero de 1901-Los Ángeles, California; 16 de noviembre de 1960), que interpreta el papel que lo convirtió en estrella en el cine: el de un Hombre con H claramente mayúscula.

En la imagen pueden ver a los dos gigantes durante una pausa del rodaje de Mogambo. Por algún lado, porque no aparecen, deben de andar Ava Gardner y Grace Kelly. El resultado, ya se dijo, es una película donde la tensión sexual se puede cortar con un cuchillo. Una maravilla, por decirlo de una vez.

El antes y el después de este encuentro lo saben los cinéfilos y cinéfilas de cada casa. Jack Ford se convertiría en uno de los grandes maestros del cine norteamericano de todos los tiempos y Clark Gable sería proclamado rey en la república cinematográfica de Hollywood.

Sí, hermanos y hermanos, tal día como hoy la vida nos enseña que todavía es posible creer en milagros. O casualidades, que lo mismo da.

Humphrey Bogart

Viernes, Diciembre 25th, 2020

Si Humphrey DeForest Bogart (Nueva York, Nueva York; 25 de diciembre de 1899-Los Ángeles, California; 14 de enero de 1957) hubiera sido cualquier cosa menos actor no digo nada de cómo hubiesen resultado las películas que interpretó a lo largo de su carrera.

Afortunadamente, quiso la diosa fortuna que olvidara otra clase de menesteres y que dedicara sus esfuerzo a la interpretación. También que se encontrara en el camino con una estrella de la que hoy apenas se acuerdan los aficionados (Leslie Howard) y que éste le diera el espaldarazo definitivo para que metiera la cabeza en la industria del cine. Industria en la que se convirtió en uno de los referentes del cine negro (de hecho casi parece que este género lleva su nombre y apellido con permiso de gigantes como James Cagney, George Raft y Robert Mitchum, entre otros).

Y es que Bogey tuvo algo. No era lo que se dice muy guapo pero sí lo que se dice tremendamente atractivo. Y duro como el granito. Una roca que escondía por dentro a un romántico empedernido. Un tipo capaz de dejar que la mujer de su vida se fuera con otro bajo los compases de La Marsellesa o la de un personaje que, quemado por el sol y la mala vida, descubre el amor en el otoño de su vida mientras recorre las turbulentas aguas de un río africano…

Son muchos los papeles que, afortunadamente, nos legó Bogart antes de despedirse del mundo. Detrás dejó una carrera donde sobresalen los trabajos notables por encima de los insuficientes. Y una legión de rendidos aficionados, la mayoría de ellos masculinos, que le rindieron devoción en los sesenta y setenta porque encarnaba al hombre viril pero también al héroe que suele acabar solo y mal. Al detective privado o al gángster que sigue férreamente unas normas de conducta en un mundo que ya no cree en casi nada.

Hay un momento en la carrera cinematográfica de Bogey donde solo trabaja en largometrajes que han pasado a la Historia del Cine. Pequeñas obras maestras donde se mueve como pez en el agua a las órdenes de artistas con todas sus letras como Howard Hawks, John Huston, Delmer Daves, Nicholas Ray…, entre otros y otros gigantes que contribuyeron a que todos (iniciados y profanos) aprendiéramos a tomarnos muy en serio el cine norteamericano. Y en este escenario –el del cine norteamericano– Humphrey Bogart es una de sus estrellas más brillantes. Basta mirar al cielo y observar que aquella estrella que va dejando una estela que, dicen que es la que anuncia la llegada de Jesucristo, representa para los otros, los que pertenecen a esa religión de chalados que es la cinefilia, el nacimiento de un héroe al que si lo necesitas ya sabes, basta con silbar para que esté a tu lado.

En la imagen que hemos escogido para ilustrar nuestro humilde y personal homenaje a Bogart lo ven como el chandleriano detective privado Philip Marlowe en El sueño eterno (Howard Hawks, 1946).

Así que gracias y feliz aniversario, Bogey, es usted uno de los más grandes.

Saludos, a todas y todos, desde este lado del ordenador.

Ese vendaval llamado Vivian Leigh

Jueves, Noviembre 5th, 2020

La biografía Vivian Mary Hartley (Darjeeling, India; 5 de noviembre de 1913-Londres, 8 de julio de 1967) parece sacada de una novela de Rudyard Kipling. La India, una familia de financieros y militares, hace que los ecos literarios del gran escritor británico resuenen en mis cabeza tan dada a estos sueños que hoy resultan a la mayoría digamos que molestos… pero en fin, así son las cosas y no iba a disfrazarlas. Además, la protagonista de hoy no merece máscaras ni antifaces y el tiempo, que a su manera es sabio, ha ido situándola en el lugar que se merece.

La mayoría recordará a Vivian Leigh por su papel de la inmortal Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939), que es esa película racista que se convirtió en uno de los mayores éxitos de taquilla de su tiempo y el nuestro.

Se escribe racista porque quien niegue que no lo es, es que no ha visto este largo, larguísimo largometraje, aunque más allá de presentar a los negros como niños, bastante torpes si no está cerca un amo, ama o amito o amita blanco con una vara para corregir sus defectos, cuanta la vida de una indómita señorita del sur que se crece como un gigante ante la adversidad porque Tara, la mítica Tara, le pertenece.

Como bien sabe todo Dios, Lo que el viento se llevó fue un proyecto personal de David O. Selznick y si bien no entraba en sus cálculos que fuera Vivian Leigh, aquella actriz británica de luminosos ojos azules, la protagonista de la cinta al final se hizo con él porque, diablos, solo hay una posible Escarlata cinematográfica y esa es Vivian Leigh.

La actriz, que se desposó con el también actor y cineasta británico Laurence Olivier, procuró dar siempre una imagen de normalidad en torno a su trabajo y vida privada pero la procesión la llevaba por dentro. Se sabe ahora que sufría de trastorno bipolar y que sus picos de depresión como de euforia descontrolaban no solo a los que orbitaban a su alrededor sino a ella misma.

Yo le rendí devoción no por su papel de Escarlata, que también, sino por su papel de amante de Horacio Nelson en Lady Hamilton, en la que trabaja al lado de Oliver bajo las órdenes de Alexander Korda, que es un cineasta al que tengo muy en cuenta aunque hoy no guste demasiado por patriota que así son las cosas. Ellos y ellas se lo pierden.

Vivian Leigh volvió a magnetizarme en Un tranvía llamado deseo (Elia Kazan, 1951) donde, generosa, hace pareja perfecta por errante con Marlon Brando y antes, mucho antes, en El puente de Waterloo (Mervyn LeRoy, 1940). Estos son, pienso ahora, los cuatro papeles por lo que la recuerdo y venero aunque alguno pueda decirme que me olvido de su Ana Karenina o Cleopatra. Y sí, tienen razón, pero insisto que sus cuatro grandes películas, las cuatro grandes interpretaciones por las que será recordada serán por Lo que el viento se llevó, Lady Hamilton, El puente de Waterloo y Un tranvía llamado deseo.

Y nada más salvo celebrar que tal día como hoy viniera al mundo ese vendaval hecho mujer que ensombreció con su vitalidad a prototipos masculinos de su tiempo como el atractivo Clark Gable, Robert Taylor, Laurence Olivier y el mismísimo Marlon Brando.

Mañana, hermanos y hermanas, será otro día.

Saludos, nervios fuera, desde este aldo del ordenador

Lancaster/Visconti, el dúo dinámico

Lunes, Noviembre 2nd, 2020

Los personajes que aparecen en la fotografía hicieron Historia en el cine cuando quiso la fortuna que se unieran para que trabajaran juntos. Uno de ellos, Burton Stephen Lancaster, más conocido como Burt Lancaster (Nueva York, 2 de noviembre de 1913-Los Ángeles, 20 de octubre de 1994) fue un actor que procedía del mundo del circo por lo que su carrera está cuajada de películas donde hace algo que sabía hacer muy bien: cabriolas. Y si lo saltos en el aire los hacía junto a su amigo Nick Cravat, la fiesta estaba asegurada aunque con el paso de los años se labró una carrera cinematográfica donde abundaron las grandes interpretación de un actor que funcionaba por instinto. Que convencía porque sentía las grandezas y miserias de los personajes que interpretó en pantalla.

Hay varias películas con el actor que salvaría de la hecatombe final: El halcón y la flecha (Jacques Tourneur, 1950) porque significa la perfección del cine de aventuras; Veracruz (Robert Aldrich, 1954) porque sigue siendo uno de los mejores westerm de la Historia del Cine y porque Burt, que hace de malo simpático, se hace matar por Gary Cooper; Los que no perdonan (John Huston, 1960) porque me sigue pareciendo un western fabulosamente extraño; El nadador (Frank Perry, 1968), porque muestra con distante elegancia el desmoronamiento del Hombre, así con mayúsculas y, por último entre otras y otras películas (El tren, Forajidos, Los profesionales, Novecento, El abrazo de la muerte, Atlantic City, La venganza de Ulzana, Apache, El temible burlón…) que no menciono para no abrumarles con más títulos, El gatopardo, que fue la primera de las dos películas en las que actuó bajo las órdenes de Luchino Visconti (Luchino Visconti di Modrone, conde de Lonate Pozzolo, Milán, 2 de noviembre de 1906 – Roma, 17 de marzo de 1976) porque siempre que la veo percibo que todo cambia para que no cambie nada en la que sigue siendo una incontestable obra maestra del cine.

Luchino Visconti, el aristócrata rojo, nos dejó un puñado de películas que aguantan el paso implacable del tiempo. Vayan y vean Rocco y sus hermanos, Obsesión, Senso, Bellísima, con una inmensa Anna Magnani claro que ¿cuándo no estuvo inmensa la Magnani?) e incluso sus ya excesivas por barrocas superproducciones Muerte en Venecia, Luis II de Baviera y La caída de los dioses sin olvidar, por supuesto, Confidencias, donde volvió a contar con un maduro y ya muy seguro de sí mismo Burt Lancaster.

Quiero creer en estos tiempos canallas, que tanto Lancaster como Visconti no vinieron al mundo por un azar de la naturaleza sino que la fuerza de la existencia los reclamó de la nada para que se labraran unas carreras y se conocieran cuando comenzaba el otoño de su vida.

Cuentas las crónica que se llevaron muy bien, y que Burt encontró en Italia un rayo que iluminó una carrera que se estaba quedando acartonada en Hollywood.

El caso es que tal día como hoy vinieron al mundo estos dos hombres que son, cada uno de ellos, un punto y aparte en la Historia del Cine. El actor aportó su sensibilidad circense y su capacidad de mimetismo para construir personajes por muy endebles que resultaran en el guión y el segundo firmó algunas de las películas imprescindibles de eso que llaman séptimo arte, ofreciendo una mirada que siempre fue, incluso en sus películas más ferozmente neorrealistas, refinada. La de un noble que observa cansado cómo el mundo que conoció se desmorona bajo sus pies.

Permítanme pues que los aplauda y que agradezca que sigan estando aquí a través de su obra.

¡Recordad al príncipe Don Fabrizio Salina!

Saludos, reverencia, desde este lado del ordenador